Capítulo IX – Mentiras – Nosuë

 

 

Menudo error garrafal el mío. Había subestimado totalmente la locura de Danag, y por ello él había intentado matar a William. Había intentado asesinar a su cachorro, a su hijo, después de haberlo esclavizado, violado y maltratado durante años.

Al final mi intromisión había empeorado la situación… Temporalmente. Ahora, si él venía y Will lo oía ordenarle que fuera…

Pero había dado instrucciones precisas al rebaño. Mientras yo no estuviera, quería que vigilaran de cerca a William y siempre hubiera alguien viendo la reja de la mansión. Si había algo sospechoso debían enviar a Will abajo. Si era Danag, tenían permiso para coger las pistolas de oro y coserlo a balas, con mi bendición.

 

Conté los días con horror. Pronto tendría que ir con él, me pondría en el lugar de William, para mantenerlo definitivamente apartado de su padre… Su sire.

Era tan difícil interponerse en algo así, pero también necesario. Will debía estar lejos de sus manos, y punto. Cómo lo consiguiera, cómo traicionara mis principios por amor… Eso era cosa mía.

Al último día, poco después del amanecer, me senté en la sala de pintura. Era una de las pocas ocasiones en que sacaba el cuadro de Ritz y lo colgaba. Me senté ante un lienzo en blanco, y esperé la inspiración. Quería al menos empezar algo antes de… Irme.

Al poco rato William me encontró allí. Se acercó, apoyando ambas manos en mis hombros.

—¿Cómo estás? —susurró.

—Bien. – Respondí, ladeando la cabeza para apoyarla en su brazo.

Se inclinó hasta besar mi cabello y me acarició el cuello.

—¿Buscando inspiración?

—Sí, la verdad es que sí —tomé su mano y la besé en la palma—. ¿Y tú cómo estás?

—Mejor. Cada día un poco mejor.

Me abrazó con fuerza.

Habían pasado seis días. No parecía que Danag fuera a buscar a William, aunque… Quién sabe.

Acaricié sus brazos y lo besé a la altura de su muñeca, oliendo la sangre inmóvil de sus venas.

—Ah… —dijo de pronto—. Ahora recuerdo… Querías hacerme un retrato, ¿verdad?

Mejor en estos momentos que otro día, me dije. Seguramente, porque ese «otro día» podía tardar mucho en llegar. Mucho. Si acaso llegaba.

Los miedos me atenazaban, me mantenían en constante tensión, a sólo un paso de comenzar a gruñir de incomodidad.

Había estudiado todas las variables posibles. Yo sabía demasiado bien lo que sucedía si no se acababa con el problema de la manera adecuada, pero para conseguirlo… Oh, iba a ser duro. Muy duro.

—¿Quieres que sea yo tu fuente de inspiración? —me preguntó.

—Me encantaría.

Bajó los labios lentamente de mi cabeza a mi mejilla.

—¿Dónde quieres que me ponga?

Medio sonreí, aunque no tenía ganas de hacerlo. Me costaría mucho apartarme de él. Muchísimo.

«Todo por salvarte, William», me dije.

Le señalé el sillón de terciopelo granate que había al lado de la pared. Él se dirigió allí, obediente, y se sentó en el reposabrazos.

—¿Va bien así? —preguntó.

—Sí. Ábrete un poco la camisa, que se te vea el cuello.

Ese cuello que tanto me atraía. Ese cuello de piel nívea, tibia, bajo la cual permanecía inmóvil su sangre, deliciosa aunque fría.

Medio sonrió, sonrojándose un poco. Añoraría ese leve rubor de sus mejillas cuando todo aquello hubiera acabado. Desabotonó un par de botones y ladeó la cabeza

—Listo.

—Perfecto.

Cogí la paleta y el pincel y comencé a mezclar colores, rápidamente.

William rió por lo bajo, suave.

—Es un poco raro esto de hacer de modelo —comentó.

—Podrías acostumbrarte. Eres tan hermoso…

Se envaró y se tapó la cara un momento, avergonzado, pero en seguida volvió a la posición original.

—No, Nosuë, no lo soy —replicó—. ¿Te has mirado últimamente? Tú eres más hermoso.

—No discutas al pintor, es el que sabe de estas cosas.

Comencé a pintar.

William sonrió, entrecerrando los ojos. Ojala le aguantara un rato esa expresión; era preciosa.

—Está bien, no discutir al pintor.

Estuvimos un rato así, en silencio. Trabajaba mejor de este modo. Era algo que Marlene no podía entender.

Quería a Marlene, más que a otros miembros del rebaño. Seguramente se debía a que, en su infancia, su madre me la dejaba para cuidarla, y la vi crecer y madurar. Era casi como una hija para mí.

Pero de todas formas a veces resultaba exasperante, como cuando se veía en la obligación de llenar los silencios con parloteo.

No obstante, en el fondo era madura, responsable y muy afectuosa. A veces su actitud algo infantil se debía a la frustración, y eso era en buena medida por culpa mía.

—William —lo llamé al cabo de un rato—. Hay algo que tengo que decirte.

«Vamos allá», pensé con cierta aprensión.

Ladeó la cabeza.

—¿Qué es?

—No te muevas, Will, por favor.

Regresó a la posición anterior, levantando un poco la mano a modo de disculpa.

—Bien, no me muevo… Dime.

—Esta noche voy a tener que salir.

—¿A dar otro paseo, gatito salvaje?

—Esta vez es algo más complicado que eso.

—Hm… ¿Y qué es?

«Vamos».

—Una vez cada… Treinta… Cuarenta… O cincuenta años… Voy a alguna convención de pintura, o una charla, un debate o una exposición, como el hijo, sobrino, nieto o bisnieto del antiguo Beso… O sea, de mí. Vaya, como el actual artista de la supuesta y misteriosa familia.

Hasta ahí, todo verdad. Si debía mentir… Bueno, intentaba ceñirme lo máximo posible a la verdad.

—Me han llamado para ir a una exposición en una galería —continué, y esto era mentira—. Y me tendrá fuera algunos días.

—Ah —esa fue toda su respuesta—. Lo comprendo.

—Pero tengo el móvil siempre en el bolsillo. Ya lo sabes. Si ocurre algo, sólo llámame.

William ya no sonreía. Alzó ambas cejas, serio.

—Sí, tranquilo —asintió.

—Te… Te llamaré a menudo, ¿de acuerdo?

—No te preocupes. Estoy bien, no va a pasar nada.

—Lo sé. Pero estando allí querré oír tu voz.

Eso le hizo medio sonreír, más tranquilo.

—Esperaré tu vuelta entonces.

 

Estuve varias horas pintando a toda prisa, hasta que terminé el cuadro. Lo dejé junto a una pared para que se secara, y le encargué a Andy que lo enmarcara cuando estuviera listo. Cumpliría. Estaba muy serio cuando se lo dije.

Puse en una bolsa lo que iba a necesitar. Ropa vieja, sobretodo; algunos miembros del rebaño me habían dejado ropas suyas, que ya no iban a usar, para decir sin palabras que el pobre cachorro había tenido que robar la ropa tendida de los humanos. Puse también algunas otras cosas: algunas joyas y un poco de dinero, antiguas pertenencias del supuesto sire muerto.

Lo más importante, no obstante, permanecía oculto en un bolsillo interior que no se veía si no se sabía lo que uno buscaba. Un arma muy simple que había mandado confeccionar especialmente para la ocasión… Y cuya sola presencia me provocaba un molesto picor en la piel.

Bajé al recibidor, maleta en mano. Por dentro estaba nervioso, asustado, tenso, preocupado. Pero debía aparentar. Siempre aparentar. Por fuera, estaba normal.

William me siguió del pasillo a la puerta con el rostro serio.

—Vuelve pronto —me pidió.

Noté un toque suplicante en su voz, aunque quizá lo imaginaba.

«Ojala», pensé.

Esperaba tener suficiente fortaleza para ello. Fortaleza, paciencia, resistencia.

«Dios, ayúdame con esto», rogué, aunque no estaba acostumbrado a rezar.

Medio sonreí y lo besé levemente en los labios.

—Lo haré.

Me acarició la mejilla y suspiró. Cuánto me dolía dejarlo con esas mentiras.

—Que vaya bien. Te quiero, Nos.

—Y yo a ti.

No, no podía irme así. Era incapaz. De forma que dejé la bolsa en el suelo, abracé a William y lo besé… Profundamente, con más pasión que otras veces. Porque no sabía si volvería a besar sus dulces labios… Nunca más.

Él pareció sorprendido al principio, pero me correspondió con una pasión igual a la mía, cerrando los ojos.

Estuvimos cerca de un minuto así, besándonos… Sintiendo nuestros labios, nuestros cuerpos.

Hasta que finalmente me aparté y volví a coger la bolsa. Tenía que parecer un «hasta  pronto», no un «adiós» del que no se veía el final.

—Voy a echarte de menos, William.

Parpadeó con lentitud y ladeó la cabeza.

—Yo también. Quizá demasiado.

—Entonces llámame.

—Lo haré, lo prometo.

—Bien.

Besé fugazmente sus labios otra vez.

—Hasta la vuelta, William.

«Adiós, amor mío», pensé amargamente. «Porque no sé siquiera si podré volver a verte».

Supongo que en algunas ocasiones es difícil ser optimista.

Cuando te enfrentas solo a un vampiro enloquecido, probablemente anciano, y que va a intentar someterte desde el primer momento… Cuando debes tener cuidado al combatirlo para que no se transforme en algo peor de lo que ya es… Cuesta ver el lado positivo.

Mientas me iba algunos miembros del rebaño me miraron con preocupación, incapaces de ocultar sus sentimientos. Todos sabían adónde iba y los riesgos que corría. Will era el único que no sabía nada.

Y así debía seguir.

Me fui en dirección al parque, alejándome de mi hogar, mi refugio, mi amor, notando que una parte de mí permanecía allí… Con William.

Por el camino saqué el móvil. Se me escapó un gruñido de angustia, el último, seguramente, en mucho tiempo. Debería controlarme de ahora en adelante como nunca antes lo había hecho.

—Lo siento —murmuré.

Lo apagué, y en seguida llegué al parque.

Allí ya estaba Danag, en la misma posición de siempre, despreocupado y ligero, con una sonrisa en los labios. Me acerqué a él tímidamente.

«Bastardo», sólo podía decirlo, furioso. «Tú quisiste matar a William, desgraciado, pero aquí estás, como si nada hubiera pasado. ¿Es cuanto te importa?».

—Buenas noches, sire —nada en mi voz respetuosa delataba la ira que sentía, y así debía ser.

Él amplió su sonrisa, tomó mi mano y la besó en la palma.

—Buenas noches, mi pequeño cachorro.

—¿Lleva mucho esperando?

—No importa eso, mi pequeño —soltó mi mano con suavidad—. ¿Quieres ver tu nuevo hogar?

—Sí, por favor. Estoy ansioso por verlo.

Rodeó mis hombros con suavidad y me besó en la sien, conduciéndome durante unos minutos hasta llegar a un edificio viejo, austero pero aún firme y robusto. El edificio parecía capaz de aguantar la embestida de un terremoto, cuyas paredes no podían atravesar los gritos de dolor.

Abrió el portal  para dejarme pasar, siempre tan educado… Casi tan hipócrita como yo.

—Entra —me indicó—. Ve al ascensor.

Asentí con la cabeza y me dirigí a esa pequeña jaula de rejas negras. Era increíble que aún no hubiera comenzado a gruñir. Al final, mi autodominio estaba dando sus frutos.

Danag cerró la puerta tras de sí y se puso a mi lado, picando al botón del último piso. El aparato parecía viejo y ruinoso. No aguantaría muchos trotes.

Las puertas se abrieron otra vez. Me empujó con suavidad afuera… Tocando, como de forma accidental, mi baja espalda. Muy baja.

—Te gustará —me aseguró.

—Estoy seguro.

«De que no», pensé.

Sacó la llave de su apartamento y abrió la puerta robusta de madera.

—Pasa —pidió.

—Gracias, sire. Por todo.

Entré, con un nudo en la garganta, a punto de gruñir, sabiendo que aquel era el principio… De mi condena.

Danag entró también, cerrando. La habitación era pequeña. Sólo había una cama, una mesa pequeña y coja, una baja cajonera y un sillón; una pequeña puerta llevaba a lo que sería el aseo. La ventana tenía los cristales rotos, y la persiana estaba bajada del todo.

Guardó las llaves en una caja  que dejó bajo la mesa, y echó el cierre de la puerta.

Entonces soltó una risotada enloquecida, deshaciéndose la coleta.

Se acercó a mí y de un empujón brusco me mandó a la cama.

—Pórtate bien, niño… O será peor —me advirtió con una sonrisa cruel.

—¿S…sire? —musité, haciéndome el asustado… Aunque ya esperaba esa actitud.

—Cállate. Y desnúdate.

—Pero…

—¿Es necesario que lo repita, o que sea yo quien te arranque la ropa?

Me encogí, en apariencia asustado.

Estaba tenso, alerta, sabiendo perfectamente lo que iba a suceder… Pero eso no podía mostrárselo. Era un cachorro perdido y deseoso de complacer a su nuevo sire.

Me arrodillé en la cama y comencé a desabrochar mi camisa negra. Danag se sentó en el sillón, con la cabeza ladeada. Sacó unas esposas de la cajonera.

«Oh, dios», pensé, observándolas.

—Cuando acabes estírate en la cama —ordenó sin un ápice de su anterior dulzura—. ¿Queda claro?

—S… Sí, sire.

Poco a poco me quité toda la ropa, quedando desnudo ante él.

Noté que ese pequeño órgano en la base de mi garganta amenazaba con ponerse a vibrar en un gruñido de malestar. Tenía que contenerlo. Y, cuando no pudiera hacerlo… Bien, tendría que hacer más ruido que él.

Tendría que gritar.

Me tendí lentamente de espaldas, aunque apoyando los codos para mantenerme un poco erguido.

Él se puso en pie, abriendo las esposas. Sin asomo de delicadeza tomó mi muñeca y la ató a uno de los barrotes de la cabecera.

«Dios, dios, dios», pensé con creciente desespero, aunque sabía lo que me iba a pasar.

Entonces bruscamente me arañó el pecho, marcándome con sus uñas con unas finas líneas rojas que pronto desaparecerían. Dejé escapar un gemido para tapar el gruñido que me apresuré a sofocar.

No era el dolor. Era más la humillación de estar allí, atado y desnudo, a su merced, teniendo que aguantar sus abusos hasta el momento adecuado… Fuera cual fuera.

—Abre la boca —ordenó.

—¿Sire…?

—Abre… La… Boca.

Titubeé visiblemente, y, de forma temblorosa, obedecí.

Se acercó a un puñado de uvas polvorientas y de mal aspecto que había en un cuenco sobre la cajonera. Cogió una y se puso a mi lado de nuevo, apuntando con la medio podrida fruta a mi boca.

«Venga, hombre», pensé, atónito por la locura de aquel enfermo.

¿Matar a su cachorro adoptivo con comida humana?

Me sobrevino un ramalazo de temor. Tal vez me había descubierto, quizá sabía que era un nosferatu y pretendía acabar conmigo mientras me esforzaba por continuar mi papel.

Pero no, no era posible. No sería fácil hacerme tragar.

—Si veo que no obedeces lo que te digo, ¿sabes lo que va a pasar? —preguntó con dureza.

Asentí lentamente con la cabeza, sin apartar la mirada de la maloliente y peligrosa uva. La muerte por ingestión de comida era… Horrible. Pero no iba a morir, no así. No así.

Retiró la fruta y la dejó con las demás en el cuenco.

—Avisado quedas —dijo, para luego relamerse los labios, sacando los colmillos—. ¿No tienes un poco de sed?

Me moví un poco. Miré la esposa que retenía mi muñeca. De haber querido la podría partir. Un cachorro también podría, pero supuse que el poder de Danag no estaba en la sujeción de su víctima, sino en su poder de persuasión, en su…Dominación.

—Sí… —respondí sumisamente.

—¿Te apetece un poco de sangre?

Me volví a mover. Nervioso, asustado, inseguro.

—Sí.

Él asintió. Cogió otras esposas y me ató la otra mano a otro palo de la cama.

—Entonces comeremos algo. Pero antes…

Apartó mi cabello, exponiendo mi cuello. Me lo vi venir, pero eso no sirvió de nada. Clavó los colmillos con rudeza, y yo lancé un humillante grito para tapar el gruñido de dolor que emergió de mi garganta. Recé para que no notara la vibración.

Se apartó y ronroneó, con una sonrisa dulce en sus labios manchados. No había tomado mi sangre, sólo dejaba que se derramara un poco.

—Así seguro que tendrás más sed. ¿Alguna vez has matado a alguien?

Como un relámpago frente a mis ojos aparecieron imágenes fugaces de seis hombres…

Me negué a pensar en ello.

—No, sire.

Su sonrisa se amplió. Cogió un mechón de su cabello y lo besó en la punta.

—Pues espera aquí, mi pequeño… Porque veremos cómo reaccionas.

Se acercó a mí y me besó en los labios… Clavando los colmillos en ellos, dolorosamente. Gemí, pero por suerte la vibración de mi garganta apenas la noté yo mismo.

Se apartó, no sin arañarme otra vez, y se fue, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de la mano.

Cuando lo tuve suficientemente lejos, me permití un gruñido gutural de rabia, de dolor y de angustia.

¿Podría aguantar aquello?

Miré las esposas. Simple metal. Podría soltarme ahora, pero si lo hacía…

No, tenía que seguir pareciendo indefenso y débil. Así se tomaría sus confianzas. Así…

«Espera», pensé de pronto. «¿Matar?».

 

Tardó un rato en volver. Lo oí en el portal, subiendo en el ruidoso ascensor.

Cuando llegó al piso, antes de que abriera la puerta, ya supe que llevaba algo arrastrando. Algo grande. Algo pesado.

Danag abrió la puerta, tirando a los pies de la cama a una chica… Una cuyo cuello no paraba de sangrar. Era joven. Me recordó a Marlene. Mi pobre Marlene.

—¿Lo hueles? —preguntó el vampiro, cerrando tras de sí.

Lo olía. Esa pobre desgraciada… La sangre roja y caliente no dejaba de manar. Estaba sentenciada desde antes de llegar al edificio.

Me moví, irguiéndome para… Ver mejor. Eso tenía que aparentar. Entre asqueado y deseoso, con los ojos muy abiertos, sediento pero poco dispuesto. Confundido. Didivido. Premeditadamente me había ido sin alimentarme desde hacía un par de días, y ahora el instinto tiñó mi vista: mis ojos comenzaban a enrojecer por la sed.

—¿Quieres tomar? —insistió Danag, divertido.

Se acercó, moviendo un poco a la chica sin delicadeza. Le apartó el pelo de un tirón y tocó su cuello con los dedos, que luego me acercó a mí para manchar mi mejilla de sangre.

«Qué asco», pensé con disgusto por aquel alarde de brutalidad gratuita.

Con todo, entreabrí la boca y lamí sus dedos como un cachorro devoto y hambriento.

Danag rió, divertido. Sí, claro que sí, disfrutaba de su posición de poder, su dominancia, su control.

La chica se movió un poco, pero no despertó. Pronto moriría desangrada. Muy pronto.

El vampiro la cogió del cabello, tiró, y puso su cuello herido a la altura de mi rostro.

—Tómala.

Titubeé visiblemente. No sólo por mi papel… También porque la idea de matarla me resultaba terrible.

—Pero está… Mu… Muriendo, sire…

—Y morirá, bajo tus colmillos.

—¿Qué? Yo… No… No puedo.

—Vas a hacerlo… O ya sabes lo que te espera.

«La uva», recordé.

—Sire, por favor… Esa mujer está a punto de morir… No… No quiero matar a nadie…

—¿Es que quieres morir tú?

Me envaré y negué lentamente con la cabeza.

«Desgraciado manipulador».

—Entonces toma.

Me estaba pidiendo que matara  a una humana, y hacía tanto que yo…

De todas formas me obligué a recordar que ya estaba casi muerta. Si no lo hacía yo lo haría él, de forma bastante más cruel. Y si no tenía ganas sencillamente la dejaría en la calle y ahí terminaría de desangrarse.

Estaba muerta pasara lo que pasara.

Si tenía que morir de todas formas, prefería hacerlo yo antes que dejar que Danag le hincara otra vez los colmillos en la carne rosada y cálida.

Con cuidado, acerqué mis labios a su piel. Lamí un poco de sangre. Aún caliente, aún viva. Cuánto tiempo hacía desde la última vez que tomé alimento fresco…

Me hubiera gustado decirle algo. Aunque estuviera inconsciente, pedirle perdón era lo más adecuado.

Pero no podía. No debía. Mi… Sire me estaba mirando.

Bruscamente saqué los colmillos y desgarré su cuello, arrancándole así la poca vida que le quedaba, bebiendo de ella desesperadamente.

Cuando murió, Danag la tiró al suelo con brusquedad.

—Aprendes rápido —comentó con una sonrisa.

Se acercó a mí y lamió mis labios. Luego me soltó una de las manos.

—Boca abajo —ordenó.

Ladeé la cabeza, como dudando, pero… Opté por obedecerle y tenderme boca abajo en la cama.

Oí que se desabrochaba el pantalón. Puso una pierna a cada lado de mí. Recorrió con su lengua repugnante mi espalda.

—Ahora comienza la verdadera diversión —dijo, divertido.

No, la tortura había comenzado hacía rato.

 

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Fue una semana dura. Muy dura.

Día tras día viví con sus… Abusos. Lo aguanté. Debía soportarlo todo: las personas medio muertas que traía, las ataduras, la actitud, las… Violaciones.

A veces tuve que gritar hasta dejarme la garganta para tapar gruñidos y rugidos. En ocasiones así me daban ganas de arrancarme ese órgano que no dejaba de vibrar y poner en peligro todo lo que estaba haciendo.

Lo peor fue el total fracaso del plan A.

Con curiosidad en cierto momento de descanso le pregunté su edad. Se me olvidó pronto la edad exacta, pero eran alrededor de seiscientos. Era mayor que yo.

Maticé mi impertinencia con un montón de halagos. «Qué fuerte eres, sire, y tan sabio, tan longevo,…»

Al ser mayor también era más fuerte, era una cuestión de desarrollo del vampiro: a más edad, más fuerza, más velocidad y resistencia. Eso era malo. No podía reducirlo por mi cuenta, así que no tenía otra opción que el plan B.

Sólo esperaba poder llevarlo a cabo pronto.

Finalmente llegó un pequeño premio: me gané algo de la confianza de Danag, que me dejó salir una noche… Si volvía antes del  amanecer. Se lo prometí varias veces y luego me fui.

Ya estaba a mitad del camino.

Pensé en ir al parque, pero… No. Podrían encontrarme allí. Fui en dirección contraria, lejos del parque, de la mansión, de Danag. Lejos de todo cuanto había visto y vivido durante los últimos siglos.

Allí me senté. Encendí el móvil y llamé a William. No tardó en responder, con preocupación en la voz.

—Nosuë —fue lo primero que dijo—. ¿Qué ha pasado estos días?

El sonido de sus palabras me hizo sentir que el corazón me empezaría a latir, pero no lo hizo. Por el contrario, se me empañaron los ojos de lágrimas de sangre.

Mi cachorro estaba ahí solo. Lo que hubiera dado por estar con él.

—Hola —saludé en voz baja, totalmente sereno, aunque las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas—. Perdóname, William… No hay cobertura en el complejo. Las puertas están cerradas por la noche, así que… Me he escapado un momento para llamarte y decirte que… Que estoy bien. Y que te echo de menos.

Lo oí suspirar de alivio.

—Estaba preocupado. He estado llamándote… Comenzaba a subirme por las paredes.

—Lo sé, yo también estaba nervioso. No imaginaba que fuera a ser así. Es como una cárcel, estamos totalmente incomunicados. Si llego a saberlo, no acepto la invitación.

William guardó unos momentos de silencio.

—Ya veo… ¿Y estás bien?

«No», quise decir. «Tu padre está minando poco a poco toda mi resistencia, y no veo el fin de todo esto».

—Sí, estoy bien —respondí, las mejillas mojadas de rojo—. No está siendo fácil dosificar la sangre que me llevé.

Sangre que en realidad no me llevé.

—Pero creo que durará hasta que vuelva a casa. Te llamaré antes de volver para que apartes de mi camino al rebaño, no quiero tirarme a ningún cuello —intenté sonar bromista, para aligerar—. ¿Y tú? ¿Cómo te está yendo?