RELATO EXTRA DE REGALO
—Tienes que robar el tesoro del dragón y...
Las carcajadas de Alba Martínez sonaron como cascabeles y atrajeron la atención de los que estaban en las mesas de al lado de la cafetería.
—Tú estás mal de la cabeza, Miriam, te lo digo de corazón. —Sonrió con sorna, bebiendo un trago de su limonada, ignorando las miradas curiosas de los hombres que las rodeaban. No le gustaba acudir a locales concurridos como aquel, pero por su hermana, por no aguantarla día tras día sus quejas de que la ignoraba, haría cualquier cosa y...
—¡Pero debes ayudarme, Alba! Estoy en un buen lío y necesito que robes el tesoro del dragón oscuro por mí.
¿Ayudarla? ¡A eso lo llamaba ayudar! Ni loca lo iba a hacer. Robar sí que no lo haría y menos a un dragón. Nadie en su sano juicio le robaba el tesoro a uno de los “escupe fuego” si no querías acabar con el culo quemado o algo más.
Su hermana había perdido la cabeza, definitivamente.
Negó con la cabeza al tiempo que respondía a su teatral hermanita que en esos momentos la miraba con “gesto de cachorrito abandonado”, el mismo que en el pasado la sacó tantas veces de problemas, pero que ahora ya no era más que una mueca de la que todos en la familia estaban inmunizados. Sobre todo ella.
Más de un siglo al lado de Miriam consiguió que se le endureciera el corazón y deseara que se acercara el día en que la más joven del clan volara fuera del nido. Y cuanto más lejos de ella, mejor que mejor.
La había ayudado en demasiadas ocasiones. Ya no más. Las dos eran mujeres de más de doscientos años y por tanto, mayores de edad para los de su raza. Si estaba metida en un problema, tendría que afrontarlo con madurez y no refugiarse bajo la falda de su hermana mayor.
—Estás muy equivocada, Miriam, no tengo obligación de ayudarte. Ya estoy un poco cansada que me incluyas en tus disparatados contratiempos, y sea yo la que acabe dando la cara por ti. Si eres mayor para vivir por tu cuenta a costa del dinero que te dan nuestros padres, también lo eres para hacerte cargo del problema en el que te has metido de cabeza.
Miriam cambió de táctica, pasó de mostrar su cara de “cachorrito abandonado” a dejar ver su verdadera manera de ser: “la de una zorra egoísta y manipuladora” que jugaba con todos al creer que los demás debían servirle a su conveniencia. Esa era la cara que quería que sus padres vieran de una vez para que dejaran de defenderla hasta incluso poniéndola por encima de ella, llegando a echarle en cara que era la “mala” por no comprender y proteger a su hermana pequeña.
Si ellos supiesen realmente cómo era esta…
Tenía que reconocer que con su hermana pequeña tenía sentimientos encontrados, por un lado la ayudaría si veía que realmente su vida corría peligro o sus padres acababan convenciéndola, pero por otro lado, no quería tener tratos con ella.
Desde niña vio cómo intentó por todos los medios ser el centro de atención, como su vida giraba en torno a esa pequeña egoísta que procuraba estar siempre en primera línea, convertirse en la reina absoluta de la fiesta aunque fuera el cumpleaños de su hermana mayor. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por los continuos desplantes y burlas de su hermana, hasta tuvo que ver cómo le robaba sus novios. Y cuando se enteraba que ya no tenía pareja por culpa de terceros, Miriam, en lugar de sentirse apenada o culpable, se reía de ella y le aseguraba que si conseguía la atención de todos los hombres era por su belleza, algo que le faltaba a Alba según ella. Por su culpa siempre se sintió el patito feo de la familia y esa espinita siempre le quedaría en el corazón.
—Eres una zorra asquerosa, Alba, no comprendo cómo padre y madre pueden decir que intente ser más como tú. Alguien que no quiere a su familia, quien se apartó de la comunidad mágica y vive entre despreciables humanos y...
Alba la acalló con un gesto y con una mirada que prometía represalias si continuaba dando el espectáculo. Estaban en uno de los locales de moda de la ciudad porque Miriam no quería ni pisar el diminuto apartamento que compró su hermana mayor: “por si había bichos o ratas en ese sitio de mala muerte”.
—¡Basta! Me da igual lo que me digas, no voy a ayudarte a robar nada. —Además, aquel asunto del robo a un dragón le recordaba a una novela romántica que leyó hacía poco, en el que la protagonista robaba el oro a un escupe fuego, y acababa emparejada con él, viviendo mil y una aventuras estrafalarias que de pasar en la vida real te enviarían de cabeza al manicomio—. Afronta tus problemas como la mujer que eres. Es hora que aceptes de una vez que si cometes un error debes rectificarlo con tus propias manos, no depender de los demás. Y en segundo lugar, si elegí vivir entre ellos —señaló a los de alrededor disimuladamente—, es porque estoy cansada de la hipocresía de nuestro mundo. Aquí solo soy Alba, no la hija de... o la hermana de... Aquí solo soy yo.
La verdad es que no tenía que justificarse pero estaba cansada de escuchar siempre lo mismo. ¿Por qué te fuiste del Reino? ¿Por qué te ocultas en el mundo mortal actuando como una de ellos?
Porque entre los humanos era ella, con absoluta libertad y dispuesta a ser feliz con sus propios medios.
Miriam negó con un ademán de cabeza, y la miró con verdadero odio en sus verdosos ojos. Sí que tenía que reconocer que era una belleza andante: alta, rubia, ojos verdes, morritos finos y sonrosados y siempre luciendo perfecta. Pero por dentro era una serpiente disfrazada de corderito, capaz de morderse a sí misma si con eso conseguía algún beneficio.
—Ya sabía yo que no eras más que una don nadie, que no llegaría a nada en la vida y...
—Bla, bla, bla. Me importa poco lo que opines de mí, Miriam. Y espero que algún día tampoco te importe lo que yo haga, o deje de hacer. Vive tu vida y déjame tranquila. Si quieres robar algo, hazlo tú. No me incluyas en tus disparatados problemas o tendré que hablar seriamente con nuestros padres, y contarles todo lo que te guardé en secreto para que me dejes en paz. —Dejó un billete de diez euros sobre la mesa e hizo un gesto al camarero que las atendió para que les cobrara—. Que tengas un buen día, hermanita.
Saludó con un gesto al joven camarero cuando pasó por su lado, y salió del local, escuchando los gritos e improperios de la única mujer del mundo que le había amargado la existencia y seguía intentando hacerlo cada día.
Con cada paso que la alejaba del local, se sentía liberada, a punto de ponerse a saltar tras haber dado la cara a su hermana, tras haberse atrevido a decirle no.
«¿Cómo pudo creer que iba a ayudarle a robar algo? ¡Y menos a un dragón! De todos es sabido que son vengativos y agresivos, obsesionados con el dinero y el poder. Y pobre de aquel que se atreva a interponerse en su camino porque acabará destrozado», consideró, sin poder evitar sentirse algo inquieta. Tal vez tendría que haber escuchado a Miriam, ver por qué se veía obligada a robar algo y... «¡No!», gritó para sus adentros. «No lo hagas de nuevo. No vas a sentirte culpable por algo que ella hizo. Si está en problemas será por su culpa. Con todo el dinero que le da nuestros padres no tiene necesidad de trabajar en su vida. Si no le llega, que deje de malgastarlo en tonterías».
—Será mejor que me ponga a escribir. Ya estoy cansada de ser la buena si la ayudo, y ser la peor del mundo si me niego. Esta vez no voy a dar mi brazo a torcer. Me niego a robar nada... —Se juró a sí misma, al tiempo en que se teletransportaba al interior de su apartamento, nada más acceder a un callejón oscuro a pocos metros de la cafetería.
Ese día había sacado un hueco en su apretada agenda para poder atender a Miriam, y ahora tendría que quedarse toda la noche en vela para poder terminar lo que su editora le pidió hace un mes: una novela de más de doscientas páginas para incluirla en una colección especial de Navidad.
Nada más aparecerse en su hogar, fue corriendo hacia la cocina para beber un largo trago de limonada. Usar magia la mareaba, le producía náuseas y ganas de vomitar, siendo ese uno de los motivos por el que se alejó del mundo mágico, dejando la casa de sus padres en el momento en que la sociedad élfica la consideró una adulta.
Llevaba ya diez años entre los humanos y se sentía libre, liberada de la carga de ser un mueble en su familia, de ser alguien de quien sus padres se avergonzaban y no sabiendo qué hacer con ella cuando se suponía que tendría que ser la futura cabeza de familia. Al final, tras dos siglos de decepciones, tuvieron que aceptar que tendrían que dejarle todo el legado a su hijo pequeño, al único varón de sus tres hijos, y a quien educaban con rigidez para convertirse en el futuro líder del linaje.
Odiaba sentir vergüenza y rabia contra sí misma por haber defraudado a sus padres. Por mucho que intentara engañarse con palabras o frases que repetía hasta la saciedad como “quiérete tal y como eres”, “si los demás no ven lo preciada que eres, no valen la pena que estén a tu lado”... la dura realidad es que la decepción de sus padres era una dura piedra en su camino, en su alma, que la acompañaba cada día. Si los demás veían sus defectos, ella misma los multiplicaba por diez y se reprochaba todo lo que podía haber hecho y no hizo.
Puede que su vida fuera patética siendo una respetada miembro de la raza élfica con un futuro prometedor... si hubiera seguido lo que sus padres tenían planeado para ella. Pero adoraba su “patética existencia” como la llamaba su adorada y venenosa hermana. Adoraba la tranquilidad y quietud de su existencia entre los humanos; en su pequeño apartamento podía dar rienda suelta a su imaginación, aceptar que prefería vivir sin magia, sintiéndose feliz, algo que desde hacía tiempo no experimentaba.
Con sus novelas, fruto de sus más candentes deseos, se ganaba la vida, y con su trabajo se sentía orgullosa por primera vez en siglos. Por ser capaz de hacer algo que no mucha gente hacía, enamorar a miles de mujeres que devoraban sus novelas, y le pedían más. Si sus padres supiesen a qué se dedicaba, le dirían que estaban más decepcionados de ella y que estaba perdiendo su tiempo en algo que no daba frutos. Puede que así fuera desde la perspectiva de estos, unos honorables miembros de la sociedad élfica, pero para ella, lo poco que ganaba le llegaba para vivir y pagar sus gastos diarios, y junto con el cariño de sus lectoras, eran más que suficientes.
Actualmente era feliz con su vida y no quería más.
O al menos era lo que se decía cada día, aunque luego su corazón gritara necesitado por la noche mientras susurraba lo que ansiaba desesperadamente: que alguien la amara tal y como era.
***
—Necesito otro café —farfulló con voz adormilada Alba mientras se levantaba tambaleante de la silla frente a su portátil, echando un vistazo rápido a su pequeño despacho, un cuarto que habilitó para poder encerrarse a escribir lo que sus musas le susurrasen. Llevaba ocho horas escribiendo sin parar, toda la noche para poder terminar la novela antes que el plazo del mes que le dio su editora se terminara.
Por suerte sus musas se portaron bien con ella y avanzó en la trama de la novela, tecleando sin parar, satisfecha de cómo estaba quedando la historia... Hasta que por fin escribió la ansiada palabra: FIN.
Esperaba sorprender a sus lectoras con esta nueva novela, la cual tenía una trama candente, apasionada y más romántica de lo que las tenía acostumbradas. Llevaba tiempo necesitando escribir algo así, dulce, tierno pero ardiente, en la que el protagonista masculino era capaz de sobrepasar las páginas y acariciar el corazón de quien leyera su aventura.
Estaba agotada, le picaban los ojos y necesitaba urgentemente una ducha, comer algo e ir a la cama para dormitar al menos dos días enteros para recuperarse, pero antes que todo eso...
—Café... —susurró de nuevo caminando como una zombie hacia la cafetera, la mejor amiga de una escritora. Todas sus compañeras de editorial eran adictas a ese oscuro líquido, tomándolo varias veces al día cuando se acercaba la fecha de entrega, para poder acabar con el trabajo que tuviesen pendiente.
Se sirvió una buena taza y tomó un sorbo, tras echarle tres azucarillos.
—Ummm, necesitaba esta taza. —Ingirió otro trago apoyándose contra la encimera de la cocina, acallando los nervios que sentía tras haber enviado su manuscrito. Ahora llegaba lo peor, la lectura del borrador por su editora, y el tedioso proceso de corrección. Era lo que menos le gustaba de su profesión, pero algo que por mucho que lo odiara, era muy necesario.
Y por suerte, su correctora la conocía bien y le enviaba el primer borrador para corregir marcando los errores con varios colores. Si solo se lo enviaba marcando lo que tenía que cambiar en rojo lo acabaría dejando de lado, cansada de ver rojo y más rojo por todo el texto.
Si las lectoras supieran el trabajo que llevaba escribir, corregir y pulir una novela verían de otro modo el mundillo editorial, sin quejarse por los tiempos de espera entre libros de una serie y apoyando con más fuerza, un género como era la romántica, que por mucho que dijeran los expertos que estaba de capa caída, cada día nacía una nueva escritora que enriquecía el mundo “rosa” de las novelas. Después de todo… ¿No era cierto que en todas las novelas del mundo aparecía algún romance?
El amor era esencial en la vida y sobre todo en las novelas, y a ella le encantaba sumergirse en los mundos que inventaba y presentaba a sus lectoras. Escribir pasó de ser un refugio a convertirse en una pasión con la que vivía cada día, con la que llegaba a fin de mes y con la que la conectaba con sus deseos más secretos, esos que ocultaba en lo profundo de su alma y no se atrevía a reconocer.
Cuando estaba a punto de terminar la sexta taza de café en ocho horas, escuchó unos ruidos extraños provenientes de algún lugar de su apartamento.
—¡Pero qué...! —exclamó muerta de miedo. Eso había sonado a una aparición en su hogar. Algo imposible pues había escrito runas de protección en las paredes con tinta invisible para que nadie que no fuera ella pudiera entrar en su apartamento usando la magia. Si alguien de su mundo quería visitarla tendría que timbrar o golpear la puerta como un simple mortal por mucho que les molestara rebajarse al nivel de los humanos.
Si alguien había conseguido traspasar sus runas debía ser poderoso y eso solo significaba una cosa en su diccionario: problemas.
Corrió hacia la puerta, no dispuesta a enfrentarse a lo que hubiera roto sus protecciones; la magia le daba dolor de estómago y se negaba a hacer frente a una criatura inmortal con un paraguas o con un pelador de zanahorias. No había armas en su refugio al ser vegetariana y pacifista, y aunque hubiera, poco podría hacer pues eran ineficaces contra los seres inmortales.
Su plan iba bien, pasó de la cocina al salón procurando no hacer ruido, pero en el momento en que agarró el pomo de la puerta de salida, una voz la paralizó:
—¿A dónde crees que vas, elfa?
«Estoy perdida», pensó atemorizada ante el malhumorado tono de voz del hombre que había a su espalda.
—Date la vuelta, mujer y enfréntate a tu nuevo destino.
«Sí, claro», ironizó Alba odiando el tono autoritario del inmortal que tenía tras ella. Ser arrogante y creer que todo el mundo a su alrededor tenía que obedecer ciegamente lo que ordenaran era un rasgo insoportable de las razas que se consideraban eternas. Esa arrogancia la dejó atrás cuando decidió vivir en el mundo humano. Entre los mortales nadie le decía lo que tenía o no tenía que hacer, salvo su editora, una aterradora mujer capaz de hacerla temblar de miedo cuando la amenazaba con aparecer en su apartamento para controlar si acababa a tiempo o no la novela. Tenerla a su alrededor, husmeando por encima del hombro y ocupando su refugio con su arrolladora presencia y sus brebajes de tés extraños, le producía verdadero terror.
—Obedéceme o...
Alba no esperó a escuchar lo que le tenía deparado si no le hacía caso a lo que le ordenó. Giró el pomo y salió corriendo por el pasillo gritando como una poseída, deseando que así los curiosos y marujas de sus vecinos salieran de sus casas para ver qué ocurría.
Pero como siempre sucedía, cuando más los necesitaba los muy cobardes no salían, pero bien que la señora que vivía frente a ella se hacía notar quejándose de todo, hasta del ruido que hacía al escribir en el ordenador por las noches que según la cotilla, no la dejaba dormir.
—¡Ayudaaa! ¡Socorrooo! —gritó a pleno pulmón corriendo descalza por el descansillo del último piso del edificio en el que vivía. Iba directa hacia las escaleras, quería alejarse cuanto pudiese del que atravesó sus protecciones mágicas.
Pero... ¿sabes que sucede cuando deseas algo con fuerza... y el destino está en tu contra...?, pues...
—No sigas gritando mujer, tus chillidos me están destrozando los oídos.
Lo que sucede cuando todo se pone en tu contra es que acabas atrapada por un extraño.
Qué manera más perfecta de terminar la noche...
***
Alba tomó aire para gritar con más fuerza pero no pudo hacerlo porque el hombre le tapó la boca con una mano, mientras la apretaba contra su pecho.
—Deja de removerte, elfa. Eres mi presa, asúmelo. Puedes hacerlo por las buenas y ser una buena prisionera o por las malas y...
«Que sean por las malas», farfulló Alba mordiéndole la mano, librándose del agarre que la mantenía presa contra el extraño.
Como correr no le había ayudado, no le quedaba otra que hacerle frente y emplear su magia, aunque luego acabara con el estómago bailando y dispuesto a vaciar hasta su primera comida del día.
Se giró y adoptó una postura defensiva, que según su profesor de taekwondo al que conoció en las clases de los viernes en el gimnasio de su barrio, era la más efectiva cuando te enfrentabas a un oponente que te doblaba en tamaño y envergadura, y...
Estuvo a punto de caer de bruces ante lo que se encontró cuando lo tuvo cara a cara. Hombres como ese no podían ser reales, era imposible que bellezas masculinas que exudaban arrogancia y magnetismo animal con cada mirada y gesto tuvieran permiso para salir a la calle, y alterar las hormonas de las féminas que los encontraban en sus caminos.
«¿Pero estás tonta o qué? ¡Qué importa que sea guapo! Vale que parece sacado de mis sueños húmedos, pero este hombre quiere secuestrarme y... ¡No se lo voy a permitir!», pensó, insultándose en varios idiomas por caer tan bajo al quedarse mirando a ese inmortal con cara embobada y las braguitas empapadas por el anhelo, cuando ella estaba a un paso de convertirse en su presa.
—Perfecto, elfa, serán por las malas. —Rompió él el silencio mirándola fijamente después de analizar el mordisco que se percibía en su mano izquierda. Las marcas de sus dientes habían quedado impresas en su dorada piel, como un trofeo de una guerrera que no iba a permitir que nadie la obligara a hacer algo que no quisiese, o en su caso a secuestrarla para vete tú a saber por qué motivo.
—Ni se le ocurra dar un paso más, señor, o le aseguro que lo voy a hechizar. Le aconsejo que se vaya, no sé por qué motivo estás aquí y...
«Muy bien chica, estás ante un secuestrador y lo tratas de usted», se burló de sí misma ante sus palabras.
—Estoy aquí para llevarme como prisionera a una elfa llamada Alba Martínez, por los informes que tengo del caso, esa eres tú.
—¡Silencio, ni una palabra más!... No ves que mis vecinos pueden estar espiándonos —le gritó sin poder creer que ahora los inmortales desvelaban la existencia de otras criaturas en el mundo humano como si no importara que les descubriesen.
Los humanos por mucho que los suyos no lo creyesen, eran peligrosos, con su tecnología y sus capacidades de invención podían causar mucho daño a la tierra y por consiguiente, a los mundos que coexistían en ella. El mundo mágico y el mundo mortal podían destruirse si los humanos acababan con los recursos del planeta. Así conseguirían liquidar a los inmortales, y en una guerra entre los dos bandos, era una táctica desesperada que podían emplear los humanos para acallar el temor que les producía la sola idea que no eran los primeros en la pirámide alimenticia. Ella sí creía que eran capaces de destrozar el mundo antes que dejárselo en manos de los eternos.
El hombre se rio de ella, con unas carcajadas profundas que revolucionaron sus hormonas y volvieron a producir unos escalofríos por todo su cuerpo, que la dejaron a un paso de jadear en alto. Ese hombre debía de ejercer algún tipo de magia para afectarla tanto. No era una mujer sexual, tuvo en su juventud algún tonteo con sus novios, nada serio pues su hermana siempre conseguía robárselos antes que ella se animara a dar el siguiente paso; por eso, le sorprendía notar que su cuerpo reaccionaba de tal manera a ese macho que parecía que poseía lava por sus venas, a punto de quemarla viva.
—Nadie vendrá en tu ayuda si eso es lo que pensaste que harían los mortales cuando saliste de tu hogar gritando. He lanzado un hechizo de aturdimiento y de sueño a todo el barrio. No iba a arriesgarme a que pudieras escapar u obtener ayuda.
«Un hechizo a todo el barrio. ¡A todo el barrio...!», repitió una y otra vez, asfixiándose con el amargo sabor del miedo. ¡Si que era poderoso ese hombre para poder hacer eso! Conocía a muy pocos que tuvieran la capacidad de hechizar a un puñado de humanos, y mucho menos a un barrio residencial.
«¡Tengo que salir de aquí!», chilló cerrando los ojos y rozando su núcleo de magia para poder transportarse muy lejos de allí.
Jadeó en alto cuando no pudo hacerlo, al notar como su magia se apagaba antes de llevarla al lugar que había visualizado en su mente.
—¿Cómo es posible que...?
No pudo terminar la frase, ya que el hombre lo hizo por ella:
—Veo que ya te has dado de cuenta que no podrás teletranportarte. Me he asegurado de ello. Este amuleto, —le mostró un colgante oscuro con una garra de algún ave momificado que no pudo identificar—, tiene la capacidad de anular la magia élfica. No podrás acceder a tu núcleo mágico hasta que me des lo que te has llevado. Pero como veo que no vas a colaborar y que nada más percibir mi presencia has intentado huir como una rata cobarde, te mantendré prisionera en mi hogar hasta que decidas entregarme lo que me robaste.
—¿Te robé? —Fue lo último que dijo Alba antes de caer dormida ante el hechizo no verbal que le lanzó el hombre.
Su mente dio mil vueltas a toda velocidad a lo que había presenciado en esos minutos. Desde el poder del hombre, su magnetismo animal y... la palabra “robar”.
Y le venía una y otra vez una palabra...
Dragón.
***
—Despierta, mujer. Es hora de que hablemos.
Alba entreabrió los ojos y farfulló entre dientes al ver que no había sido un mal sueño lo que sucedió la noche pasada. Era muy real, y a unos metros de ella estaba sentado el hombre que la secuestró.
Se incorporó al momento e intentó mover los brazos, asustándose al no poder hacerlo. Tenía las manos atadas a la espalda.
—Atar a una mujer indefensa, muy valiente por tu parte —le espetó con burla, disfrazando de valentía el miedo que sentía por dentro. Pero por nada del mundo iba a mostrar que le temía.
El hombre soltó unas carcajadas al tiempo en que se levantaba y se acercaba hasta donde estaba ella.
—Si te desato, ¿prometes no volver a morderme?
—No, no puedo prometerte eso. —Alba mostró una mueca de absoluta sorpresa al decir lo contrario de lo que pensaba. Ella quería decirle que se lo prometía y mostrar una actitud sumisa con la que engañarle mientras ideaba un plan para escapar de donde estuviese. Pero ahora su plan se había ido al garete por ser demasiado sincera...
Él volvió a reírse, antes de desatarla, sorprendiéndola con ese gesto.
—En estas cuatro paredes no podrás mentirme, te he lanzado un hechizo para que solo me digas la verdad. No tengo tiempo que perder para recuperar lo que es mío.
—Podíamos perder el tiempo haciendo otras cosas más... divertidas como lamerte enterito como un polo de chocolate.
Ignorando el dolor de sus muñecas, Alba se tapó la boca con ambas manos incapaz de creer lo que acababa de decir. Ese hechizo que lanzó el hombre era muy molesto y peligroso. Demasiado. Tendría que andar con ojo para no seguir soltando lindezas por la boquita, o para confesarle que era...
—Un pedazo de carne que quería catar... —Esta vez estuvo a punto de golpearse la cabeza contra algo duro y perder el conocimiento, porque lo había dicho en alto. En cambio, se tapó los ojos con las manos muerta de la vergüenza—. No puede ser, ¿cómo te he dicho esto?
***
Drake Morgan estaba luchando contra sí mismo. Cuando le informaron que su mayor tesoro había sido sustraído ayer por la tarde, estuvo a punto de quemar la ciudad con su aliento de fuego hasta que todo se convirtiera en cenizas. Pero en lugar de liberar a su dragón, tuvo la sangre fría de analizar el robo en busca de alguna pista que lo llevara hasta el ladrón.
Tardó apenas unas horas en hallar un nombre:
Alba Martínez.
Elfa residente en el mundo humano.
Ocupación laboral: sin resultados.
La firma mágica junto con restos de cabellos que encontró en su despacho fueron pruebas suficientes para convencerle que había encontrado al ladrón que buscaba. Quien se había atrevido a robarle su más preciada posesión.
Estaba convencido...
Hasta que la vio. Hasta que presenció cómo huyó de él gritando. Aquella pequeña mujer de curvas y mirada ardiente, le confundía. Podía ver que era puro fuego por dentro, pero por fuera mostraba una máscara de frialdad que le desconcertaba. Además, no percibía un gran poder en ella. Por tanto… ¿Cómo pudo llevar a cabo el robo? ¿Traspasar las barreras de la mansión Morgan y alcanzar la caja fuerte de su despacho?
¿Quién era realmente? ¿La mujer fogosa que percibía en la profundidad de sus ojos? ¿O la ladrona que se llevó su posesión más preciada y, que ahora, se hacía la inocente para librarse del castigo que le deparaba si no le entregaba lo que era suyo?
Iba a averiguarlo, costase lo que costase, ignorando en todo momento el profundo y ardiente deseo que sentía hacia ella, cuando la miraba a los ojos. Deseaba desprenderla de esa máscara de frialdad e indiferencia que portaba, y mostrarle el verdadero placer de yacer con un dragón. Poseerla hasta que el mundo explotara para los dos, consumiendo todo lo que les rodeaba con el fuego de su pasión.
«No puedo dejarme llevar por mi animal», pensó Drake, apretando los dientes mientras la veía dormir en su cama. La había llevado hasta su mansión para hacerla confesar y que le entregara lo que se llevó, pero cuando llegó a las mazmorras, no pudo dejarla en la celda. La sola idea de depositarla en el frío suelo de piedra le producía repulsión y ganas de gruñir. Por eso acabó llevándola hasta su alcoba, tendiéndola en su gran cama, y admirando sus curvas, su suave respirar, sus sonrosados y carnosos labios, observándola mientras dormitaba, aunque lo que reamente debería estar haciendo era idear cómo vengarse de ella por lo que hizo.
Esperó hasta que ella mostró signos de que iba a despertar, y entonces lanzó un conjuro a su dormitorio para que todo lo que se hablara entre esas cuatro paredes fuera la más absoluta verdad. Ella no iba a mentirle en su cara. Sabría la verdad y recuperaría lo que era suyo antes de que llegara un nuevo día.
Cuando la miró a los ojos volvió a sentir la intensa necesidad por hacerla suya, una sensación que lo abrumaba, que le sorprendía y le dejaba tenso, a un paso de saltarle encima, arrancarle la ropa y hacer que se corriera de gusto.
Al ver que ella se hacía la dormida, le ordenó:
—Despierta, mujer. Es hora de que hablemos.
Sonrió al verla farfullar mientras se incorporaba y quedaba sentada sobre su cama. Una imagen que le tentaba y que provocaba que tuviera ganas de dejarse llevar y permitir que su dragón tomara el control de la situación.
—Atar a una mujer indefensa, muy valiente por tu parte.
«Ummm», la devoró con la mirada disfrutando al comprobar que comenzaba a asomar el fuego que poseía en su interior aquella hermosa elfa. No quería hablar con una sombra de la verdadera esencia de ella. Quería su furia, su sinceridad, su anhelo, su ardiente determinación, su fortaleza para hacer frente a sus miedos... lo quería todo.
Y lo iba a conseguir, de una manera u otra, esa pequeña mujer iba a ser suya antes de que terminara el día.
Ya lo había decidido cuando comprobó que a duras penas era capaz de acallar el deseo que ardía en su interior avivando las llamas del fuego que poseía como dragón. Esa elfa lo trastornaba de tal manera que solo podía significar una cosa: era su compañera eterna.
La había encontrado. Después de siglos de soledad, de noches eternas anhelando la compañía de su amante eterna, de ser testigo del abrasador poder de la unión de almas entre los suyos que tuvieron la suerte de encontrar a sus compañeras predestinadas... De negar una y otra vez que deseara una mujer en su vida, de sentir envidia ante la felicidad que mostraban sus hermanos pequeños con sus mujeres, de luchar contra sus propios deseos cuando la realidad era un duro golpe que le recordaba que estaba solo y que todos dependían de su fuerza…
La encontró...
Al fin… la encontró.
La mujer que avivaría su fuego eternamente. Quien le otorgaría la fuerza para conquistar a sus enemigos, daría alas a sus más oscuros deseos, y quien provocaría que la devastadora venganza se hiciera presente cuando alguien intentara dañar lo que era suyo.
Ahora tenía que conseguir dos cosas:
Primero: obligarla a confesar su crimen y que le devolviera lo que se llevó. Así podría perdonarla.
Segundo: atarla a él para siempre. Y, de paso, encerrarse en su alcoba con ella durante un mes entero para memorizar cada uno de sus gestos y gemidos mientras la follaba una y otra vez. Esta vez le tocaba a él ser quien se refugiase en el cuarto con su compañera y que fueran los demás quienes se asegurasen de mantener el imperio de los Morgan de pie.
Cuando un dragón encontraba a su compañera eterna, removería cielo y tierra con tal de mantenerla a su lado. Todos los machos de su especie lo sabían, todos lo respetaban. Después de todo, una compañera era el bien más preciado de un dragón, quien conseguía que no se volvieran locos y destruyeran al mundo.
Drake sonrió internamente, satisfecho con el inesperado giro del destino. No iba a negar que no era lo que esperaba cuando fue él mismo a por la ladrona, al no querer confiarle la misión a alguno de sus hermanos por temor a que lo jodieran todo. Los últimos acontecimientos de los pasados meses mermaron las riquezas de la familia al tener que pagar a los vampiros para que borraran los vídeos de Niall y Liam que circulaban por la red. Y ver cómo se portaron como auténticos gilipollas cuando lo que tenían que hacer era algo que hasta un cachorro de apenas unos siglos podía hacer… Fue lo que le convenció que esta vez tendría que ser él quien se encargara en persona de su problema.
Y ahora daba gracias al destino por esto, después de todo…
Alba Martínez muy pronto iba a pasar llamarse Alba Morgan.
***
—No puede ser, ¿cómo te he dicho esto?
Drake mantuvo en todo momento la sonrisa socarrona y llena de confianza, tras escucharla admitir en alto que lo deseaba, que quería lamerlo como a un polo de chocolate.
Le daría el gusto a la mujer, cuando recuperara lo que era suyo. La lamería hasta que se corriera de satisfacción sexual y la tomaría completamente, llenándola con su semilla, marcándola con su esencia de tal manera para que ningún otro inmortal se atreviera a acercarse a ella.
Un dragón no compartía.
Él mataría al macho que se atreviera a rozarla siquiera. La mantendría a salvo y le pondría el mundo a sus pies si así ella lo deseaba.
Pero antes...
***
—Ya te advertí que no podrás mentirme mientras permanezcamos en este dormitorio. En cuanto a tus súplicas, con gusto concederé tus deseos de explorar nuestros cuerpos cuando todo esto acabe. —Lamió sus labios provocando que ella saltara en la cama con evidente nerviosismo. Ella también estaba afectada con su presencia. La magia de los compañeros eternos estaba actuando entre los dos, uniendo sus núcleos mágicos antes de que lo hicieran sus cuerpos, sellando el destino de ambos para siempre—. Así que cuanto antes confieses dónde escondiste la piedra que me robaste, antes te podré tomar en mi cama, en la que estás tumbada ahora mismo.
«¿Piedra? ¿Robo? ¿Explorar nuestros cuerpos?».
—¡Estás loco o qué! —explotó Alba, mirándole fijamente, maldiciendo por dentro al notar cómo su corazón golpeaba con ímpetu contra su pecho, aleteando nervioso y ansioso ante las palabras del hombre. Le gritaba que dejara que el dragón la devorara. Que era lo que llevaba tiempo deseando y por fin había encontrado—. Yo no te he robado nada. No tengo ni idea de por qué apareció mi nombre en tus informes —le echó en cara la información que él le facilitó antes, recordando cada minuto desde el momento en que se encontraron cara a cara en su edificio—. Y no creas que... —«No te deseo», pensó engañándose a sí misma, o intentándolo, pues al final acabó diciendo—... Que no quiero que dejes de acusarme de algo que no he hecho, porque ya estoy cansada de repetirte una y otra vez que soy inocente. Y pases directamente a la parte en que me vas a mostrar el cielo con tu cuerpo.
De nuevo Alba lucía un tono rojizo fruto de la vergüenza y estaba a un paso de lanzarse contra la pared, para ver si el golpe la noqueaba y dejaba de soltar sus más oscuros deseos. Ese maldito conjuro era horrible, una máquina de la verdad capaz de atormentarla y de que dejara de lado la vergüenza y la timidez al soltar todo lo que sentía, deseaba.
***
El alivio que sintió al ver que su compañera eterna no había sido la ladrona de su piedra de vida, fue tan abrumador que le asaltó al tiempo en que el deseo creció exponencialmente dentro de él, tomando el control de sus actos. Ella era inocente. No le quedaba dudas.
Ya no había motivos para ignorar al fuego que ardía en su corazón, que lamía sus venas y aceleraba su respiración.
Sin perder tiempo, se levantó y caminó decidido hasta su compañera. Había llegado la hora de marcarla, de asegurarse que ningún otro inmortal se atreviera a acercarse a ella con intenciones de cortejarla, pues de hacerlo, estaría muerto.
Sonrió al ver que quedaba rígida, mirándolo con la boca entreabierta y las pupilas dilatadas.
Perfecto. Su pequeña podía sentir la mágica electricidad que centelleaba entre los dos cuando estaban cerca.
***
—Pero... ¿Qué haces? —balbuceó Alba al ver que se acercaba a ella luciendo una sonrisa confiada y peligrosa. Todo él exudaba masculinidad y la estaba poniendo de los nervios, por no decir que estaba ya mojada y con ganas de cumplir cada una de sus fantasías sexuales.
«¡Pero qué me sucede!», gritó por dentro sin poder creer que lo deseaba, que ansiaba sentir sus caricias, sus besos, su... de su secuestrador, de un dragón que hasta hacía unos minutos no dejaba de acusarla de robarle algo preciado para él.
¿Ahora qué tocaba? ¿Tortura para saber si conseguía engañar al hechizo de la verdad de algún modo? ¿O...?
Alba no se esperó lo que el dragón hizo al final.
La besó. Devorándole los labios de tal manera que sintió que la tierra ya podía abrirse en dos y tragarla, que no le importaba nada.
Dudaba siquiera que lo notara, pues había perdido la razón y su corazón en brazos de ese hombre. De ese...
Dragón.
***
En cuanto probó el sabor de los labios de su compañera Drake juró que iba a cumplir todos sus deseos, que se aseguraría de conquistar su cuerpo, su alma y su corazón. Esa hermosa elfa iba a ser suya por completo, para siempre.
Sin romper el beso, comenzó a acariciarla, satisfecho al escuchar sus gemidos de placer y al notar cómo se acercaba más a él, cómo se contorneaba en busca de más contacto.
Se dispuso a desnudarla lentamente, sin dejar de besarla y acariciarla, queriendo grabar cada segundo de ese primer encuentro. Encontrar a la compañera eterna solo sucedía una vez en la vida de un dragón, y el momento del marcaje era muy importante. La tomaría con delicadeza, llevándola al orgasmo una y otra vez hasta que tanto su dragón como su parte humana quedaran satisfechos, hasta que oliera su esencia en cada centímetro del cuerpo de su mujer, hasta que su cuerpo gritara una sola palabra: SUYA.
Su compañera.
Su mujer.
Su elfa.
La única a quien amaría, a quien se lo entregaría todo si ella lo pidiese. Por quien daría la vida, por quien mataría por protegerla, por...
Por quien jadeaba a un paso de correrse por la belleza de su cuerpo desnudo, ante la suavidad de su piel, ante la dulzura de sus besos y el fuego que percibía en sus ojos, en sus movimientos.
SUYA.
Tan hermosa, tan...
Inocente.
Pues ella no le había robado la piedra. De eso estaba seguro. No solo por el hechizo de la verdad que lanzó en su alcoba, sino porque su dragón le indicaba que olía la verdad. Su pequeña no había sido, y ahora solo le quedaba averiguar quién fue el que implicó a su mujer y robó su piedra de vida. Y cómo lo hizo, pues el robo se perpetuó en su despacho, dentro de su mansión y dejando unas pruebas que le condujo directamente hacia la elfa.
Pero antes de desatar la furia de su venganza contra el culpable, a quien muy pronto daría caza; marcaría a su compañera.
—Tan hermosa —murmuró cortando el beso, atrapando los gemidos de ella al estar apenas unos centímetros separados. Sus cuerpos estaban a punto de volverse uno. Drake cubriéndola con su fornido y duro cuerpo, ella jadeando bajo él, nerviosa, con el corazón latiéndole desbocado contra el pecho.
***
Alba abrió los ojos y se quedó prendada de la mirada del hombre, sorprendiéndose que sin darse cuenta ya estaba desnuda, gimiendo al notar cómo la acariciaba con dulzura, cómo le dejaba un camino de suaves besos en el cuello, cómo se colocaba encima de ella rozándola con su miembro duro y listo para la batalla.
—Tan hermosa —escuchó cómo susurraba muy cerca de sus labios, encendiéndola todavía más.
Que un hombre como ese, tan hermoso, tan masculino, con sus penetrantes y oscuros ojos negros, con su largo cabello como el plumaje del cuervo, su cuerpo duro y musculado... se fijara en ella, parecía un regalo del destino que no tenía su nombre pero que por arte de magia apareció en su vida.
Tal vez si fuera más joven lo apartaría de su lado, no permitiría que la tomara sin conocerle antes, sin poder entregarle su corazón y recibir el suyo a cambio. Pero ahora... tras siglos presenciando cómo su hermana le robaba todas sus ilusiones, sus novios, siempre acusándola de ser la fea de la familia... No iba a negar lo que el destino le puso en su camino. Ese hombre era hermoso, y pese a que la secuestró, se portó con honor con ella, además... había algo entre los dos que conseguía que su núcleo mágico vibrara de tal manera que la conducía al borde del abismo, a un paso de rozar el cielo con las manos. No sabía cómo era posible pero sentía que llevaba toda la vida esperándolo.
«Puede que no tenga un futuro a su lado... puede que no sea más que un juego para él... pero no quiero negar el deseo que me produce, el deleite que estoy sintiendo en sus brazos. Quiero sentirme hermosa por una vez en mi vida, quiero ser la protagonista absoluta de la historia. Quiero...», se sorprendió al mirarle a los ojos y comprender la verdad de sus sentimientos... «Lo quiero a él».
No le conocía. No sabía ni siquiera su nombre. Solo que era un dragón poderoso que la acusó de un robo por unas pruebas falsas que encontró y que la señalaban a ella, y que ahora estaba devorándola lentamente, venerando su cuerpo, conduciéndola lentamente hasta el orgasmo, hasta esa explosión de pura electricidad y magia que burbujeaba en su piel, que amenazaba con presentarse ante ella por primera vez en su vida.
El dragón se parecía a uno de esos modelos de las portadas de las novelas de romántica que te dejaban con unas terribles ganas de que salieran de las mismas para que cumplieran tus deseos. Nunca creyó que un hombre como él se fijara en alguien como ella, una elfa que el uso de la magia le revolvía el estómago y se dedicaba a escribir novelas de romántica para llenar el vacío que era su vida. Pero ahí lo tenía, a escasos centímetros, mirándola como si fuera lo más hermoso del mundo, acariciándola con una pericia que la estaba volviendo loca, excitándola y humedeciéndola, preparándola para él.
Lo necesitaba. Lo deseaba. Quería sentirle dentro de ella, disfrutando del placer de la unión. Que la llamaran loca… Deseaba a un extraño que la secuestró.
***
—Mía —gruñó Drake, admirándola, sintiéndose afortunado por tenerla, por haberla hallado.
Si no fuera por el valor de la piedra de su vida, hasta le habría perdonado la vida al ladrón, pero robar a un dragón su corazón, lo que le hacía inmortal era un pecado que se condenaba con la muerte. Las leyes de los dragones eran muy rígidas y estrictas. No había salvación para quien se llevó la piedra.
Acabaría muerto por sus garras.
Solo le habría perdonado la vida si hubiese sido su compañera, pues un dragón por nada del mundo dañaba a su amante eterna, pero como su pequeña era inocente... Drake notó como el dragón rugía dentro de él, excitado por el rumbo que estaba tomando el robo. Ahora tendría un ladrón al que cazar y una mujer a la que amar.
No podía ser mejor el día.
Se centró en el preciado tesoro que estaba tumbado en su cama, mordisqueándole el cuello, acariciándole los turgentes pechos. Tenían el tamaño de sus manos, y por lo que pudo comprobar eran muy sensibles, dándole placer a su compañera mientras los acariciaba y le pellizcaba los pezones.
Su elfa se arqueó cuando abandonó su cuello para atrapar uno de sus pezones entre sus labios, chupándolo y tironeando de él. Drake sonrió al escuchar cómo los gemidos de la joven alcanzaban niveles que seguro que los demás miembros de la mansión, podrían escuchar.
No le importaba. Aquella mujer era suya y los demás lo sabrían muy pronto. Su familia no tendría otro remedio que aceptarla y acogerla con cariño y respeto, o tendrían que hacer las maletas y largarse lejos. Nadie dañaría a su compañera. Nadie.
—Me vuelves loco —reconoció, devorándola con la mirada tras liberarla de la tortura que era acariciarle los pechos y juguetear con sus pezones.
Si esperaba acaso que le respondiera, que siguiera esperando porque ella en esos momentos era incapaz de articular palabra, o de pensar, solo sentía y jadeaba, disfrutando de cada beso, cada caricia...
—Ahhh —gimió en alto, abriendo muchísimo los ojos al sentir como el duro miembro del hombre presionaba contra su húmeda entrada. Estaba preparada, lista para tomarlo y descubrir si sus expectativas se iban a cumplir o no, si iba a rozar ese cielo que prometía cada movimiento, cada caricia, cada mordisco o beso que él hacía.
—Mi dragón me está volviendo loco con sus exigencias, ya no puede esperar para tomarte y marcarte como su compañera, y yo tampoco.
A muchos les sorprendían que los dragones hablaran como si fueran dos entidades diferentes conviviendo en un mismo cuerpo, y en esencia eso era lo que eran. Tenía una forma humana y otra animal en la que adoptaba la forma de un dragón de más de quince metros de altura con una coraza del color de la noche que ninguna arma podría penetrar y en el cual la magia rebotaba sin dañarle. Los dragones eran peligrosos porque poseían la capacidad de pensar como un hombre y como un animal, permitiendo que este último tomara el control de la situación si así era necesario, convirtiéndose en uno de los más sanguinarios enemigos que podrías soñar en tus peores pesadillas.
En su caso, su dragón rugía desesperado dentro de él, arañándole la piel y provocándole que el dolor del deseo no satisfecho se volviera una auténtica tortura. Necesitaba asegurar el marcaje, poseer a su compañera para luego disfrutar de ella, mostrarle que podía ser delicado y minucioso mientras se deleitaba con su cuerpo, con su aroma, con su sabor. La lamería, la tomaría con calma, descubriendo lo que a ella le hiciera gritar de puro gozo. La acariciaría hasta que presenciase cómo se estremecía al llegar al orgasmo. Le demostraría que era capaz de cumplir cada una de sus fantasías, y de entregarle el mundo entero si así se lo pidiese.
Convivir con un dragón no era fácil, eran dueños de centenares de negocios tanto en el mundo mortal como el inmortal y, por tanto, poseían enemigos poderosos que no dudarían en atacarle con lo que podrían destruirle: sus compañeras. Las amantes eternas de los dragones debían ser fuertes, capaces de calmar la furia de sus compañeros, de enfrentarse a su mundo, a las envidias que provocaba su posición social dentro de los inmortales pues numerosas mujeres querrían ocupar su lugar.
Sonrió al recordar como la mujer de su hermano pequeño le partió la cara a una vampiresa cuando la vio coqueteando con su dragón en la última fiesta de los clanes. Fue divertido ver la furia de la pequeña banshee, y cómo Niall acabó casi desnudándola en medio de la pista satisfecho y excitado por los deseos de su compañera, al ver que era tan posesiva como él.
El mundo en el que vivían podía llegar a ser muy cruel, pero los compañeros compartían destino y sus almas, mostrando una unión eterna que ninguna otra raza inmortal poseía, al menos, no como los dragones.
Un dragón solo elegía una vez en su vida a quien amar, y si perdía a su compañera, a su compañero... acabaría consumiéndose lentamente hasta perder la vida.
—Te entrego mi alma y mi futuro, eres dueña de mi pasado y mis tesoros, de mis deseos y exigencias, mi dragón te acoge en su corazón, moriremos por protegerte si es necesario —comenzó a recitar el ritual de marcaje, mirándola fijamente a los ojos, mientras se posicionaba contra su húmeda entrada. Las palabras que le iba a susurrar llevaban grabadas siglos en su mente, escribiéndolas poco a poco con cada deseo de su corazón. Presionó un poco adentrándose en el estrecho canal. Apretó los dientes ante el intenso placer que le produjo sentir esa calidez, acallando la necesidad de hundirse hasta la empuñadura, y perderse en el gozo de hacerla suya sin barreras, derramando su semilla cuando la sintiera como temblaba en sus brazos tras saborear su orgasmo—. Desde este momento me perteneces, al igual que mi dragón y yo te pertenecemos. Seremos uno, por siempre. —En este momento la penetró hundiéndose por completo en su interior, finalizando de esta manera el ritual que los uniría para siempre.
Alba jadeó en alto y se tensó al notar cómo se rompió su himen. Le sorprendió mucho que apenas notó una pequeña molestia, la cual enseguida desapareció cuando él comenzó a moverse lentamente, saliendo y entrando de su cuerpo, comenzando un ritmo que poco a poco fue aumentando de intensidad.
Drake estuvo a punto de rugir de dicha al notar que fue el primer hombre de su pequeña mujer. Estaban en el siglo XXI pero para un dragón de más de mil años, como era él, el ser el primero de su compañera, y el único, era un regalo que atesoraría siempre. Ningún otro macho iba a tocarla jamás, ningún otro macho la tocó, le provocó el placer que le estaba dando él. Ningún otro escuchó sus gemidos, la vio sonrojarse, cerrar los ojos y arquear la espalda cada vez que se hundía dentro de ella. Ningún otro iba a derramar su semilla en su interior, ni sería el padre de sus hijos.
Ella era suya.
«Nuestra», escuchó una voz complacida y grave dentro de su mente.
«Sí, nuestra», concedió, respondiendo a su dragón. Eran dos entidades conviviendo en un mismo cuerpo, eran dos mentes que se mantenían conectadas de tal manera que no se veía cuando acababa una y comenzaba la otra, el dolor de uno, era el dolor del otro y viceversa. Los dos eran un mismo ser que a partir de ese instante, viviría por y para complacer a su compañera.
—Eres perfecta —jadeó sin dejar de moverse, penetrándola con estocadas profundas, colmándola con su grosor y su longitud. Con cada movimiento los dos se encontraban, profundizando la penetración. Su pequeña arqueaba la espalda cuando él se lanzaba hacia delante para hundirse profundamente y sentir un placer intenso que lo acercaba al orgasmo.
Pero no iba a correrse hasta que ella lo hiciese primero. Quería que explotara y le exprimiera hasta la última gota de su semilla, acogiendo su esencia en su interior.
—No es así —consiguió balbucear Alba, entreabriendo los ojos y gimiendo al volver a sentirle avanzar dentro de ella, con movimientos duros y profundos que estaban sacudiendo hasta la cama, golpeando la pared con el cabecero de metal. Las sábanas quedaron arrugadas a su alrededor, amenazando con caer al suelo, olvidadas en esa danza sexual que uniría dos almas para siempre.
Drake se movió hasta conseguir que ella se sentara sobre él, empleando su fuerza para moverla sin problema y sin esfuerzo.
Alba gritó cuando sintió que él se retiraba y la levantaba del colchón, penetrándola cuando la sentó sobre él. Con esa nueva postura lo sintió mucho más adentro, tan profundo que estuvo a punto de correrse. Él la sujetó por la cintura y comenzó a moverse, sin apenas separarse de ella, con penetraciones suaves y muy seguidas.
—Mírame, Alba. —Ella así lo hizo, sorprendiéndose al escuchar su nombre. Era la primera vez que la llamaba así, pues antes siempre la llamó mujer o elfa. Drake esperó a tener su total atención y sin dejar de moverse, disfrutando de esa nueva postura al tener a mano sus pechos para juguetear con ellas mientras la penetraba; para decirle—: Eres muy hermosa, tu cuerpo me vuelve loco y soy muy afortunado por el regalo que me has concedido cuando nos hemos unido. —Sonrió al verla avergonzarse ante él. Detuvo sus movimientos para acercar su rostro al de ella y susurrarle, antes de robarle un beso que los dejó a los dos jadeantes y con ganas de alcanzar juntos las estrellas—. Eres mi compañera, mi pequeña. Y los dragones solo juramos amor una vez en la vida.
Tras ese beso Drake liberó su deseo tomándola sin contenerse, penetrándola una y otra vez mientras besaba y mordisqueaba su cuello. Alba cerró los ojos y se dejó llevar por lo que estaba experimentando, abrazándose con fuerza a ese hombre que había trastocado su existencia.
Y en apenas unos segundos, cuando sus núcleos mágicos se reconocieron como almas gemelas y se unieron... los dos rozaron el cielo, explotando en un orgasmo que los dejó jadeantes y sudorosos, abrazados uno al otro.
Alba entreabrió los ojos después de gritar cuando descubrió que era capaz de sentir uno de esos orgasmos que con tanto detalle describió en sus novelas, de esos que te dejan con la piel sensible, el corazón desbocado, la piel con una fina capa de sudor dulzón y sentías un cosquilleo por todo el cuerpo que persistía aún pasados unos segundos. Le sorprendió que siguiera consciente tras el placer que experimentó, pues no solo fue carnal, también muy dentro de ella percibió como la magia reconocía al hombre y la abrazaba como propia. Eso nunca le había pasado a un elfo, o al menos que ella supiese, quizás sí que era verdad que era su compañera y era algo que solo los dragones pasaban. De ser así... era muy afortunada, o... ¿quizás no? Solo le quedaba averiguarlo con el tiempo.
Cuando ya creía que él iba a separarse para descansar, lo sintió volver a ponerse rígido dentro de ella y a moverse, sacándole unos gemidos entre dolor y placer, que atrajeron la atención de él.
—¿Pero cómo es posible? —murmuró ella entre jadeos, intentando por todos los medios no cerrar los ojos ante el placer que estaba sintiendo.
—¿Acaso creías que iba a ponerme a dormir a pierna suelta después de haberte catado? —Por la expresión de ella, le dio a entender a Drake que eso era precisamente lo que esperaba de él. Ante eso, rompió a reír, al tiempo en que se echaba hacia delante para quedar tumbados nuevamente sobre la desordenada cama—. Ah, mi compañera, que poco conoces a los dragones. No saldrás de este cuarto hasta que me sacie de tu sabor, y te aseguro que mi apetito es inmenso. —Se agachó hasta besarla y susurrarle, antes de comenzar a penetrarla esta vez con estocadas fuertes y decididas, aprovechando la lubricación natural entremezclada con la liberación de su semilla. Esta vez no contendría al dragón y le dejaría mostrar su abrasadora pasión—. Cada noche, cada día... necesitaré probar tu cuerpo.
—¿¡Lo qué!? —gritó Alba antes de perderse en el beso que él le robó y jadear con cada estocada. Estaba sensible y el placer que estaba sintiendo era mucho más intenso, lanzándola al orgasmo, tomándola por sorpresa. Pero él no se detuvo, continuó moviéndose, imponiendo ahora un ritmo que la estaba volviendo loca.
Drake rio en alto al notar la confusión y la perplejidad en el rostro sudoroso y sonrosado de su compañera. Era divertido que creyera que solo necesitaba una vez para quedar satisfecho. Los dragones eran criaturas nacidas del fuego que necesitaban abrasarse y avivar las llamas que vivían en su interior.
Llevaba siglos ansiando encontrar a su compañera, aunque se lo negara a sí mismo y se refugiara en el trabajo, en mantener el imperio Morgan. Llegó a creer que el destino le odiaba y no le iba a entregar lo que por tanto tiempo anheló, convirtiéndose en uno de los pocos desafortunados de su raza que morían sin conocer a su otra mitad, por eso ahora que la tenía entre sus brazos, apretándolo con su húmedo canal, abrazándolo y arañándole la espalda...
—Oh, sí, mi pequeña elfa... Necesitaré el resto de mi vida para saciarme de ti...
Acalló su posible queja con otro beso, satisfecho con el giro inesperado de su vida.
Objetivo marcar a su compañera: cumplido.
Cuando se saciara por el momento de ella saldría de caza... atraparía al ladrón y recuperaría su piedra de vida.
Pero antes...
—No eres normal...
Drake volvió a reír disfrutando del humor de su compañera. Tenían toda una vida para conocerse, y ese día iba a asegurarse de memorizar lo que a ella le gustaba. Ver como alcanzaba el orgasmo era lo más hermoso que presenció jamás. Esas mejillas sonrosadas, sus labios entreabiertos y esos ojos del color del cielo del verano nublados por el placer era...
—¡Cómo es posible que estés todo el tiempo duro!
—Eso es porque eres tú, mi hermosa compañera —le susurró—. Y hoy conocerás la pasión de un dragón... Tu dragón.
***
Al día siguiente
—¿Dónde está la ladrona? ¿No la atrapaste? ¿Cómo no lo hiciste y en su lugar te trajiste a casa a una puta con la que...?
Drake rugió acallando a su molesta prima, que le increpó nada más verlo entrar en el salón principal de la mansión. El buen humor con el que se despertó esa mañana desapareció y todo por culpa de esa chiquilla que estaba enamorada de él desde que eran pequeños, o eso es lo que quería creer la joven, pues todos sabían que los dragones solo poseían un alma gemela, y no era ella. Su enfermizo amor le estaba volviendo loco, deseando no haber hecho caso a sus padres y haber echado de casa a sus tíos hacía meses, para poder mantener alejada de su vida a esa trastornada que se negaba a ver la realidad.
Sus suposiciones que su familia habían escuchado gemir y gritar de puro gozo a su compañera se confirmaron por las miradas avergonzadas de sus padres, las jocosas de sus hermanos pequeños y la furiosa de la molesta chiquilla que insultó a su amante eterna.
—¡Ya basta, Judith! Esa puta como tú la has llamado, es mi compañera, y te ordeno que la trates con respeto o...
No se esperó lo que sucedió a continuación. Cómo su prima se lanzó con las garras extendidas hacia él, dispuesta a sacarle los ojos. Él no tenía intención de dañarla, pero no iba a permitir que la temperamental dragona se desquitara con él, por no cumplir sus caprichos.
Le lanzó un conjuro de viento, provocando que acabara estrellándose de espalda contra la pared, al otro lado del cuarto.
—¡Drake! —gritaron los demás presentes en la sala, sus padres, sus tíos, además de sus hermanos con sus respectivas compañeras.
—No voy a permitir que esta cría siga inmiscuyéndose en mi vida, estoy cansado de soportarla, y voy a proteger a mi compañera de cualquier insulto o mal gesto. Este es mi hogar y el que no esté de acuerdo que coja sus pertenencias y que se largue con Judith. —Esta le miró desde el suelo con cara llorosa y los ojos llameantes de furia y odio. Ya tenía que haberla echado de su mansión hacía varios meses pero por no soportar a sus padres, aceptó que se quedara pese a que le molestaba su sola presencia. Pero ya no más—. Tienes dos horas para hacer tus maletas e irte.
Esta se levantó y acabó gritando al tiempo en que los demás quedaban unos impactados por el ultimátum, y otros alzando la voz al no estar de acuerdo con su decisión.
Drake ignoró a sus tíos, que bien podían irse con su querida y malcriada hija a otro lado.
—¡No puedes hacerme esto! ¡Tú me perteneces! ¡Eres mi destino!
—¡BASTA! —rugió con rabia, no dispuesto a perder ni un minuto con esa loca. ¿Es que acaso no veía que los dragones se unían con el alma, a través un enlace mágico que era eterno e irrompible? ¿No por el capricho de una cría que desde niña mostró que se creía el centro del Universo?—. ¡Te irás ahora mismo! Y tus padres te acompañarán, estoy cansado de tener que soportar la presencia de la “familia” por obligación. Tus pertenencias se enviarán cuando le informes a mi secretario de tu nueva dirección. No vuelvas a aparecer en mi camino o no dudaré en acabar contigo, te destrozaré de tal manera que tendrás que cambiar de continente. Y vosotros... —Miró a sus padres y a sus hermanos, sus cuñadas por suerte asentían satisfechas al ver que defendía a su compañera, y le daba a Judith la lección que se merecía, mostrándole de esta manera que no era el único harto de su presencia... —... Si no estáis de acuerdo con mi decisión podréis acompañarles allá donde se vayan. A partir de ahora mi vida girará en torno a mi compañera, y no quiero que le hagáis daño con vuestros comentarios o desprecios.
Antes de que llegaran a responderle, la puerta del salón se abrió y la furia que lo estaba cegando en esos momentos se esfumó ante la inesperada aparición de la mujer a la que le entregó su corazón.
—Te estaba buscando y... ¡oh! —exclamó Alba al ver que no estaban solos, que había más personas en el cuarto. Se estremeció al ver el odio brillar en varias personas que la miraban fijamente. Se le pasó por la cabeza el refrán de “si las miradas mataran, ya habría caído muerta varias veces al suelo”.
—Mi amor, mi pequeña compañera. —Avanzó Drake hasta ella, esbozando una gran sonrisa.
Alba en ese momento tuvo que aceptar que le había echado de menos. Que necesitaba verle, sintiendo un vacío en su interior cuando estaba lejos de él. A su lado su núcleo mágico y su corazón bailaban satisfechos y felices, iluminando su rostro mostrando a todos que la unión se había completado con éxito y estaban unidos para siempre.
El día anterior había sido el más extraño que había sucedido en su vida. La habían secuestrado, luego había yacido con un hombre que parecía que no conocía la palabra “cansancio” y durmió en sus brazos toda la noche, despertándose sola en la gran cama, y sintiendo un agujero de pesar en su interior porque él no estaba a su lado.
Gracias a la conexión que notó en su núcleo mágico pudo localizarlo en aquella inmensa mansión. Y ahora que estaba frente a él... no esperó ser fulminada con la mirada por la mitad de las personas que estaban en esa habitación, y no sabía muy bien cómo actuar.
Quería abrazarle, decirle que lo echó de menos, o preguntarle cómo era posible que fuera capaz de percibir dónde se encontraba, o si todo lo que había sucedido el día anterior había sido un sueño... y ahora se arrepentía de haberla aceptado en su vida. Tenía tantas preguntas y dudas y... era incapaz de formular alguna delante de un público expectante.
Además quería comentarle que tenía una sospechosa para el robo: su hermana. No podía ser coincidencia que el mismo día en que esta le pidiera que le ayudara a robar el tesoro de un dragón, acudiera a su casa su… dragón, enfurecido y exigiéndole saber dónde ocultó su bien más preciado.
Debía ser Miriam la que le robó y la culpabilizó para librarse de nuevo del delito y quedar como la buena, y de paso así se vengaba de ella por no saltar cuando ella le dijo: salta.
Estaba cansada de ser tratada como un trapo por su familia, por su propia hermana, y si descubría que fue realmente ella, que sus sospechas eran ciertas, le arrancaría cada pelo de su cabeza, con sus propias manos. No creía en las coincidencias. Su hermana quería apropiarse indebidamente del tesoro de un dragón y ahí estaba ella, en la casa de un escupe fuego tras haber sido acusada del delito de robo. Si su hermana no era culpable, ella dejaría de comer chocolate durante un mes... algo que sería una verdadera tortura al ser adicta al dulce sabor del mismo.
Cuando estaba a punto de pedirle que saliera un momento fuera para avisarle que tenía que ir a su casa, y que necesitaba un teléfono para llamar un taxi al ser incapaz de teletransportarse por más que lo intentó, una voz la sobresaltó y la asustó:
—¡Por esa perra me has echado de mi casa!
No lo vio venir... el ataque por sorpresa de una llamarada de fuego que iba directamente hacia ella.
Drake se movió con rapidez cubriendo a su compañera con su cuerpo, protegiéndola del fuego. Los dragones no se quemaban pero su mujer podía salir dañada si el ataque de su prima la alcanzaba.
Mientras las llamas los lamía, solo pensó en una cosa: en matar a Judith.
Se escuchó un golpe seco y luego la rabiosa voz de su prima:
—Padre, ¿por qué me has golpeado?
—¿Cómo se te ocurre atacar a la compañera de tu primo? No me extraña que nos quiera lejos de esta mansión.
—Él es mío. La bruja me aseguró que odiaría a la mujer que leyó en su destino, él tendría que haberla matado cuando acudió a...
—¿Entonces no fue mi hermana la que te robó, si no esa chica? —murmuró para sí misma Alba, sin ser consciente que la escuchó el resto de la sala.
—¿Tu hermana? —preguntó Drake, mirándola con atención, tras separarse un paso de ella ahora que ya no había peligro. En todo momento la mantenía lejos de las miradas del resto de su familia que seguían a espaldas de ellos. No iba a cometer el error de dejarla desprotegida de nuevo.
Se enfureció al ver que su pequeña elfa tenía algunos mechones quemados, además de las mejillas enrojecidas y respiraba con algo de dificultad por el calor que los cubrió durante segundos.
Ella asintió ajena a su furia, que iba dirigida a su familia y en especial a su prima.
—Sí, mi hermana me comentó que quería robarle algo a un dragón y que debía hacerlo yo y...
—¡No he sido yo! Ha sido esa zorra la que se ha llevado tú piedra de vida —gritó Judith satisfecha ante sus palabras, cruzándose de brazos y mirando con altanería a los presentes—. ¡Veis!. No se puede confiar en esa perra y...
—¿Cómo sabes que lo que me fue sustraído es mi piedra de vida? —preguntó Drake dándose la vuelta, manteniéndose en todo momento frente a su compañera. La iba a cubrir con su cuerpo, con su propia vida. Ya había comprobado que ni de su propia familia podía fiarse.
—Porque... porque —titubeó Judith, odiando con toda su alma a la elfa que estaba plantada tras SU primo. Drake era suyo, siempre lo fue, solo que él no lo había visto aún. Tendría que deshacerse de esa perra para poder hacerle ver a su primo que eran almas gemelas, que podían forzar a la magia a unir sus almas si así lo exigiesen—. Tú nos lo dijiste a todos —confesó finalmente tras unos segundos de tensión y dudas.
—Eso es mentira, Judith, él nunca nos dijo que era una piedra, nunca mencionó el objeto que le robaron, solo nos informó que alguien sustrajo algo suyo ayer—intervino la compañera del hermano más pequeño de Drake, una joven dulce de la que nadie sospecharía que era una banshee capaz de hacer frente a cualquier hembra que se acercara a su marido. Quien muchas noches rompía la calma de la mansión con el grito de la muerte, por culpa de su trabajo de mensajera.
Su padre La Muerte intentaba no darle más trabajo del que repartía a sus otras hijas banshees, pero aún así, muchas noches todos se despertaban con un espeluznante grito que duraba segundos y que conseguía que no volvieran a dormir en horas. La pobre no podía acallarlo, debía gritar transmitiendo el mensaje de su padre que le llegaría a la víctima allá donde estuviese en sueños, como una mala pesadilla de la que quieres despertar pero que por desgracia te muestra el final de tu vida. La mala suerte es que además de la víctima todos los que estuviesen cerca de la mensajera lo oirían...
Drake no sería capaz de dormir cada noche con alguien que podría gritarte tu propia muerte... pero él no era el que estaba perdidamente enamorado de esa pequeña chillona de más allá, su hermano sí, y se desvivía por ella.
—Es cierto lo que dice, mi compañera. Mi hermano nunca nos informó que era su piedra de vida lo que le robaron —respaldó el marido de Amanda, mirando a su hermosa banshee con absoluta adoración.
Judith se vio acorralada al ver que todos se giraron hacia ella, con reprobación en sus gestos. Robar la piedra de vida era un delito grave, penado con la muerte, sin importar si eras hombre o mujer, y ella se había condenado con esa acción.
—Yo no la robé, le pagué a una elfa para que lo hiciera pero la imbécil no se atrevió así que tuve que...
«Mi hermana no robó nada al final», se mostró aliviada Alba, suspirando por dentro. Lo que menos quería ahora era tener la culpabilidad de Miriam sobre su conciencia.
—Así qué, ¿qué es lo que tuviste que hacer? —exigió saber Drake, echándole en cara las palabras que barbotó con nerviosismo Judith.
Esta se mostró atemorizada al ver que su plan que estudió hasta el último detalle se resquebrajaba ante ella, como una torre de naipes, exponiendo cada una de las cartas con las que intentó ganar el premio gordo.
Sabía que la condena por robar la piedra era la muerte, aunque dudaba que Drake se atreviera a ejecutarla si no quería tener a media familia en su contra, pero... quizás tendría que tomar otro rumbo de acción para no perderle. No podría vivir sin su dragón. Él era suyo y prefería verlo muerto que en brazos de otra mujer.
—¡Tuve que hacer lo que era necesario para tenerte! ¿Es que acaso no ves que estamos predestinados a estar juntos? ¿Qué eres mío? —bramó Judith sin llegar a confesar lo que llegó a hacer. No iba a admitir que tenía la piedra en su cuarto, bajo su almohada tras haberla robado de la caja fuerte del despacho de Drake. No iba a confiarle a nadie ese bien preciado, el corazón de un dragón, la piedra que poseía la capacidad de destruir a uno de los suyos. Cada uno de ellos en el momento de su primera transformación en dragón expulsaba por la boca una piedra palpitante que era la mitad del corazón del dragón y por la que se aseguraban ser invencibles, pues para matarles era necesario destruir el cuerpo y la piedra al mismo tiempo.
Drake se apareció frente a su prima agarrándola por el cuello, apretándoselo con la tentación de rompérselo sin miramientos.
—Debería matarte aquí y ahora —expuso dispuesto a permitir que su dragón obtuviera la ansiada venganza. Este quería la sangre de esa zorra, desgarrarla con sus garras y colmillos, ya luego se encargaría de buscar la piedra. Lo único que quería en esos momentos era acabar con ella, nada más.
—No... puedes... soy tu alma gemela y...
***
Iba a matarla.
Lo podía ver con la furia que se percibía en la tensión de su cuerpo, en la fuerza que estaba imprimiendo en su agarre. Por mucho que estuviese tentada a dejarle que le rompiera el cuello, no podía. Era su prima, su familia, además de una imbécil insufrible que no dejaba de gritar que el dragón era suyo. Alba no podía aceptarlo. No quería que la relación que esperaba mantener con él comenzara con un baño de sangre.
Así que cuando escuchó las balbuceantes palabras de esa loca, corrió hacia donde estaban al lado otro lado del cuarto y paró a su dragón en el último momento, apoyando una mano en su tenso brazo.
—Por favor, no la mates. —Sintió la mirada sorprendida de todos sobre ella, pero los ignoró manteniendo la mirada que le dedicó el hombre. No iba a echarse hacia atrás por mucho que le tentara deshacerse de esa loca o por mucho que viera la furia y el dolor en los ojos de él. La muerte nunca era la solución a ningún problema, solo atraía dolor y remordimientos—. No vale la pena. ¿No ves que está loca? Pídele que te devuelva eso que te robó. —Esa piedra de vida debía ser muy valiosa para que estuviera dispuesto a matar a alguien de su familia. Más tarde le tendría que preguntar qué era si él aún estaba dispuesto a mantenerla en su vida. Sentía que al inmiscuirse en medio de un problema familiar estaba tensando la cuerda de una relación naciente que podría romperse—. Y que se vaya lejos. No les arrebates a tus tíos su hija. —Vio duda en los ojos de él, así que insistió—. Por favor —suplicó, bajando la mano, alejándose un paso del dragón.
Él ahora debía tomar una decisión.
Matar o no a su prima.
Matar o no a una mujer que enfermó por la obsesión hacia él, pues eso nunca sería considerado amor.
—Por ti, mi amor —claudicó Drake, maldiciéndose por dentro por no romperle el cuello a Judith. Esa hija de puta no merecía otra cosa. Si su plan inicial hubiese salido bien, él podría haber dañado o incluso matado a su compañera. Pero era cierto que había preguntas que necesitaban respuestas. ¿Cómo supo que Alba era su compañera? ¿Qué bruja va vendiendo los secretos de los dragones? ¿Cómo pudo verlo la bruja? ¿Dónde escondió su piedra de vida?
Bajó el brazo y soltó a su prima, quien cayó de rodillas ante él, respirando agitadamente y tocándose el cuello con sus temblorosas manos.
—Le debes tu patética vida a mi compañera. Por su petición te dejaré vivir. —Se giró para mirar a sus tíos quienes lloraban en silencio después de todo lo que habían presenciado en ese salón. A su lado estaban sus padres y sus hermanos, dispuestos a proteger a su pequeña elfa si alguien intentaba atacarla en un último intento desesperado—. Os la llevaréis lejos de mí, hace tiempo que debíais haberle buscado ayuda psicológica. No la quiero cerca de mis tierras o mis posesiones o me olvidaré de la petición de mi compañera y acabaré con ella.
Sus tíos asintieron en silencio y se acercaron hasta su hija, para levantarla del suelo.
—Antes de iros que le entregue la piedra a mis padres.
—Así lo hará, Drake —murmuró con voz temblorosa su tía, la hermana de su madre—. Gracias por no arrebatarnos a nuestra hija aunque era tu derecho hacerlo por robarte.
Drake asintió con la cabeza y avanzó por el salón tras tomar de la mano a su compañera.
Alba creía que iba a echarle una bronca por haberse inmiscuido en los asuntos de familia pero la sorprendió al notar como la abrazaba, nada más salir del cuarto, tras cerrar la puerta tras ellos.
—Yo... —comenzó a decir Alba para ser interrumpida por él cuando la apretó con fuerza, y le susurró:
—Siento que tu primer encuentro con mi familia haya sido así. Estoy furioso conmigo por haberte puesto en peligro, debí haber visto que la obsesión de Judith se convirtió en locura.
—Yo... siento haber sido la causa de que...
—¡Ni se te ocurra disculparte! ¡Tú no has hecho nada! Yo te puse en peligro, y Judith no merecía tu compasión... —Ahora se arrepentía por no haberla matado. Dejarla con vida era un riesgo para su compañera, por si la loca de su prima volvía a atacarla.
—Toda criatura en este mundo merece una oportunidad para redimirse —recitó uno de las leyes élficas.
Drake rompió a reír, negando con la cabeza sin dejar de apretarla contra su cuerpo en un abrazo posesivo.
—Mi pequeña compañera es una pacifista, si que se van a reír mis hermanos de mí. Ahora ya no podremos burlarnos de Niall por su compañera Amanda... —Negó con la cabeza recordando las veces que tanto su hermano Liam como él se burlaban del pequeño de la casa echándole en cara si su banshee era tan gritona en la cama como cuando transmitía un mensaje de su padre La Muerte.
—Soy una elfa, la guerra no va con nosotros —expuso con sencillez Alba, encogiéndose de hombros.
Drake dejó de reír y miró fijamente al amor de su vida, a la dueña de su corazón y su alma.
—Por lo que dijiste en el salón no todos los elfos son como tú, tu hermana sin ir más lejos quería robarme...
Alba se puso roja de la vergüenza y la rabia, no quería ni pensar en lo que pudo haber pasado si hubiese aceptado la alocada propuesta de su Miriam. Quería creer que su dragón le habría perdonado la vida y la habría aceptado como su compañera de igual modo, aunque habrían comenzado la relación con una desconfianza muy grande que tardaría tiempo en desvanecerse.
—Punto para ti —le concedió sin poder defender a su hermana y sin querer hacerlo pues esta era una zorra caprichosa que le había hecho la vida imposible desde que eran pequeñas.
—Será divertido cuando conozca a tus padres y a esa hermana tuya, tanto mi dragón como yo le daremos un recuerdo que nunca olvidarán —se carcajeó Drake pensando en asar a sus futuros suegros y a su futura cuñada hasta que quedaran doraditos y no volvieran a dañar a su compañera. Pues ningún progenitor permitiría que uno de sus hijos torturara o se aprovechara del otro si realmente los protegía y los amaba a los dos por igual. Él tenía la sospecha que los padres de su compañera no fueron buenos para ella y, de algún modo, les dejaría claro que no iba a permitirles que se inmiscuyeran en la vida de su elfa nunca más.
—¿Conocerlos? —balbuceó Alba sin poder creer la velocidad que había tomado su... —. ¿Estamos en una relación, no? —preguntó finalmente lo que la reconcomía por dentro.
—¿Qué tipo de pregunta es esa? ¿Acaso no te digo una y otra vez que eres mi compañera? —Ella asintió en silencio con los ojos llorosos y los labios temblorosos, a un paso de romper a llorar abiertamente de la emoción. Sus sueños se estaban cumpliendo en brazos de ese hombre, de su abrasador dragón—. Ser una compañera de uno de los míos es estar junto a tu pareja hasta el día de nuestra muerte, es soportar nuestra pasión, nuestro continuo deseo por complaceros o protegeros, nuestro fuego interior o el deseo de matar a cualquier macho que se te acerque con intenciones de cortejarte. Eres mío, al igual que yo te pertenezco y mi dragón te adora. ¿Aceptas ser mi compañera? —le pregunté pese a que la unión ya había sido afianzada en el momento en que conquistó su inocencia, en el que se volvieron uno a través de la carne.
—Sí... —susurró Alba, notando como sus lágrimas se deslizaban silenciosas por sus mejillas y el corazón latía desbocado en el pecho. Ahora sí comprendía el significado de “pura felicidad”, era mirar a los ojos de su compañero y ser acariciada con su amor.
—Menos mal que has dicho sí, elfa, porque sino...
—¿Qué habrías hecho si te digo que no? —se interesó ella, con curiosidad.
—Encerrarte en nuestro cuarto y mostrarte lo que te pierdes, una y otra vez hasta que cambiases de opinión.
De nuevo ella se puso avergonzada por la capacidad del dragón de hablar libremente de sexo, con confianza en sí mismo y en sus asombrosas habilidades.
—¡Oh! Bueno... —Alba se mordió el labio inferior y se limpió los ojos con una mano, antes de comentarle con algo de duda en el tono de su voz—... ¿Y ahora no me vas a demostrar nada? Porque si lo llego a saber te digo que no.
Drake se quedó momentáneamente en silencio antes de romper a reír, alzándola en brazos para apretarla contra su pecho con fuerza.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, pasándole un brazo por el cuello de su compañero, sonriendo ante la alegría que percibía en él y al ver la rapidez con que se alejaba de esa parte de la mansión.
—¿A dónde va a ser? ¡A cumplir tus deseos! Vamos a follar lo que resta de día... no sabes las ganas que tengo de tomarte en cada uno de los cuartos de mi mansión y...
Alba se puso a reír como nunca lo hizo antes, dichosa del rumbo que había tomado su vida. Era muy afortunada y cada día agradecería que la alocada y caprichosa de su hermana se moviera en los círculos de la prima de su compañero, pues al fin y al cabo, gracias a esas dos locas, había conocido a Drake.
«Drake», paladeó su nombre dentro de su mente. Devorándolo con la mirada. Deseándolo con igual ímpetu que él.
«Tal vez tenga que llamar a mi hermana y darle las gracias... Me gustaría poder ver su cara cuando le diga que tendrá como cuñado al dragón al que quería robar».
Se rio en alto, atrayendo la atención de su compañero.
—¿Algo que comentar, compañera mía? —preguntó este, alzando una de sus cejas, mirándola con curiosidad, abriendo la puerta del dormitorio principal de una patada.
—Nada, que soy feliz y todo es gracias a ti.
«Gracias a nosotros», escuchó una ronca voz dentro de su mente, sorprendiéndola al reconocer en esa voz al dragón. «No te olvides de mí, soy parte de esta unión, eres mi compañera y al igual que Drake te amaré más allá de la muerte».
—Sí —aceptó agradecida por todo el amor que le estaba transmitiendo la bestia, quien le aseguraba que la adoraba y que la veneraría hasta el día de su muerte—. Gracias a vosotros dos, soy feliz como nunca antes lo fui.
Drake la depositó sobre la cama, tumbándose a continuación sobre ella e ignorando los gruñidos de satisfacción de su dragón quien quedó complacido ante la aceptación absoluta de la mujer de la unión; comentó:
—¡Oh, sí! Inmensamente feliz —movió las cejas hacia arriba y abajo, con un tono de voz lleno de diversión.
Alba compartió sus carcajadas con él, arqueándose bajo su cuerpo.
—Ya veo que es inmenso... lo noto... —jadeó al sentir como él ya estaba listo para unirse a ella.
—Ahora compañera mía, ¿comenzamos a celebrar nuestra gran felicidad por habernos conocido? Tanto mi dragón como yo estamos deseando volver a probar tu sabor.
«Menos hablar, imbécil, móntala ya», bramó furioso el dragón consiguiendo que tanto Drake como Alba rieran unos segundos antes de unirse en un apasionado beso que avivó el fuego del enlace, complaciendo a los tres.
Y durante horas no hicieron otra cosa que descubrir que el mundo explotaba a su alrededor cuando sus cuerpos se volvían uno.
El dragón había caído en las redes de una peligrosa elfa que se negaba a comer carne y era incapaz de hacer daño a otra criatura.
¿Qué sucedería cuando él descubriera que se dedicaba a escribir novelas románticas eróticas?
***
Una semana después
—¿Qué te parece que el próximo protagonista de mi novela sea un dragón? —lanzó la propuesta Alba, esperando la contestación de su editora que durante unos largos minutos quedó en silencio.
—¡Me gusta! —La sobresaltó con su grito al otro lado de la línea—. Un cambiaforma dragón, es muy buena idea. Tienes tres meses para enviarme un borrador, así saldrá para San Valentín y...
—Mejor seis meses, y que salga después del verano o las Navidades que viene.
—¿Seis meses? ¡Estás loca! Lo quiero en tres y...
Alba alejó unos centímetros el teléfono abrumada por los gritos de su editora. Cuando quería era una auténtica diablesa que parecía disfrutar esclavizando a las escritoras que trabajaban con ella.
—Antes de seis meses no lo tendré porque voy a cogerme tres meses de luna de miel y...
—¿Te has casado y no me has avisado? Espero que no te hayas atrevido a hacerlo. Podríamos haber hecho una gran fiesta invitando a los jefazos de la editorial, a tus compañeras, a...
Antes de que describiera una ficticia boda que daba miedo, Alba decidió dar por finalizada la conversación, diciendo:
—Mira Nelly, acepté trabajar contigo porque eres la mejor y porque la editorial me permite no asistir a firmas de novelas, que ya sabes que no quiero conocer a ninguna de mis lectoras. Te enviaré un manuscrito dentro de seis meses o rescindo contrato con vosotros. Tienes una semana para darme una respuesta. Que tengas un buen día.
Colgó sin esperar que le contestara. Estaba cansada de saltar cuando los demás decían salta. Ahora su vida había cambiado totalmente y estaba agradecida y satisfecha de haberse atrevido a hacerlo.
Ella tenía el control de su vida y...
—No sabes cómo me pones cuando te escucho en plan “mandona” —susurró su compañero tomándola desprevenida al abrazarla por detrás y depositando pequeños besos y mordiscos en su nuca.
—¡Drake! Me has asustado, voy a tener que comprarte un collar de cascabeles para que me avise cuando entres en una habitación.
Este rompió a reír, dándole la vuelta para tenerla cara a cara. Esa semana que llevaban conviviendo juntos fue la mejor de su vida, descubriendo que a su lado era mejor hombre y dragón de lo que era. La vida no podía ir mejor, la trastornada de Judith junto a sus padres se fueron a EE.UU poniendo el océano Atlántico de por medio, y por la información que le llegaba a su secretario, habían internado a la loca en un centro con fuertes medidas de seguridad.
Su compañera por el momento no estaba en peligro y disfrutaba de la calma y la pura felicidad que experimentaba a su lado.
—No sabía ese fetiche tuyo con los gatos. Ahora cascabeles y que fue lo que me dijiste hace unos días... ¡Ah, sí! Que lamía muy bien tus jugos...
Sonrió al verla vergonzosa ante él. Era divertido ver que una mujer capaz de escribir escenas eróticas que encendían la libido del más gélido del mundo, se ponía roja cuando le echaban en cara las palabras o las acciones que hacía.
Más divertido fue descubrir que era escritora de romántica erótica. Fue gracias a su hermana que un día se encontró el portátil de su compañera encendido en el salón y cuando leyó el nombre con el que firmaba el documento estuvo a punto de romper las ventanas de toda la mansión del chillido que soltó. Ahí descubrieron todos que Amanda era fan de las novelas de Dark Moonlight, el seudónimo con el que escribía su pequeña. Peor lo tuvo su compañera cuando tras apagar el portátil, avergonzada tuvo que explicarles a todos cuál era su trabajo, atrayendo la atención tanto de las mujeres como de los hombres que estaban deseosos de leer todas sus novelas.
Estuvo a punto de reír en alto al recordar la cara que puso Alba cuando vio aparecer a Amanda cargada con todas sus novelas para que se las firmara.
Su pequeña elfa no quería notoriedad pero no pudo evitar tener que firmar cada novela, soportando estoicamente que la banshee le relatara con pelos y señales sus escenas favoritas. Por suerte, Alba se fue antes de ver que sus suegros y cuñados se repartieron los libros para comenzar a leerlos, admirando ellas las imágenes de las portadas y farfullando ellos que era novela rosa para mujeres pero que si había escenas de sexo, le darían una oportunidad. Y fue asombroso que uno de los más entusiastas fue Liam quien provocó que se sonrojara su hermosa Cupido tras susurrarle unas cosas al oído tras leer una de las sinopsis de las novelas.
Ahora una semana después, estaban todos como locos ideando la forma preguntarle a la nuevo miembro de la familia si iba a publicar alguna novela nueva pues habían devorado las quince que ya tenía en el mercado.
Hasta Rose le estaba comentando una serie de ideas para que escribiera acerca de los Cupidos para así alejar de una vez el mito de que eran bebés regordetes, vestidos con un pañal y que cargaban un arco y flechas. Por las cosas que le contó de sus muchos hermanos… tenía para varias novelas, pero no le gustaba escribir acerca de personas, en este caso, semidioses que podían tomarse la revancha en cualquier momento. Sobre todo ese al que Liam llamaba hijo de puta cada vez que aparecía por la mansión: Valentine…
¿Quién le iba a decir que San Valentín nació por culpa de un malentendido que provocó ese Cupido?
Drake miraba con orgullo como su mujer interactuaba con su familia. Aún no conocía a la de ella y por la calma con que se tomó su compañera que ni siquiera les llamó para decirles que estaba casada… No tenía muchas ganas de conocerles.
En tan solo siete días su compañera se los había ganado a todos, a toda la familia Morgan, quienes la admiraban, la querían y la protegerían con sus vidas.
La voz de Alba lo devolvió a la realidad, encontrándose con sus ojos molestos que lo miraban fijamente:
—Debes quitar de una vez el hechizo de la verdad de tu alcoba o...
—Nuestra alcoba, mi amor, y atendiendo a tu petición, mi respuesta es no. —Negó con la cabeza, divertido—. No lo voy a quitar.
—Eres... eres...
—Tu dragón, mi vida, y ahora... ¿qué te parece que este gatito te lleve en brazos hasta nuestra cama para lamer tus dulces jugos...?
Las carcajadas de los dos se escucharon por toda la mansión, provocando que los demás habitantes sonrieran, contagiados por la alegría que imperaba en ese hogar desde la llegada del nuevo miembro de la familia: una pequeña elfa que atrapó al peligroso y temido dragón, y se hizo con su corazón y su amor eterno.