Eres tan hermosa, nena —murmuró Niall sin dejar de acariciarla, posicionándose entre sus piernas. Quería tomarla ya, sumergirse en su interior y bombear hasta que los dos se corriesen de gusto.

Ella era pura dinamita, capaz de encenderle con solo mirarle y sonreírle. Ya estaba seguro que nunca se iba a saciar de su sabor, de sus temblores, de ver cómo se sonrojaba y gemía entre sus brazos.

La deseaba, y quería que ese primer encuentro fuera especial para los dos.

Sin dejar de besarla, se movió hasta quedar entre sus muslos, rozándole la húmeda entrada con la punta de su polla.

Voy a tomarte ahora  —murmuró con voz enronquecida mientras luchaba contra las ganas de sumergirse de golpe, hundirse hasta que lo acogiera por completo y así comenzar una danza antigua como el tiempo que los volvería locos a los dos—. No hay vuelta atrás, desde esta noche serás nuestra para siempre.

La miró a los ojos buscando algún indicio de duda, que por suerte no encontró, antes de comenzar a sumergirse poco a poco, avanzando lentamente, conquistando centímetro a centímetro. Cuando se topó con una fina barrera se detuvo en seco, jadeando al comprobar que era el primer hombre para su compañera.

—¿Cómo es posible? —preguntó,  sin  necesidad de expresar en alto a qué se refería. Ambos sabían a qué se debía.

Amanda se sonrojo mientras ahogaba los gemidos que pugnaban por brotar de sus entreabiertos labios. El placer y el dolor se entremezclaban provocando que todo su cuerpo se estremeciera de pura necesidad.

—Eres el único —acabó respondiéndole entre jadeos, mientras le arañaba la espalda al hundirle las uñas en su carne, abrazándole la cadera con sus piernas buscando más contacto entre los dos. Necesitaba eso. Quería sentirse completa. Deseada. Unida a otra persona de una manera que solo leía en los libros de romántica que devoraba en la soledad de su cuarto. Quería volverse uno tal y como gritaban las protagonistas de las novelas que siempre deseó que fueran realidad.

—El único —repitió Niall con una sonrisa, depositando suaves besos por la cara de su compañera, agradecido de nuevo al destino—. Para siempre —juró con voz enronquecida antes de moverse para completar la unión entre los dos, sumergiéndose hasta que lo acogió del todo.

Amanda se removió y gritó cuando él la poseyó, tensándose ante la molestia que sintió cuando su himen se rompió. Ya sabía que iba a sentir una molestia, sus hermanas hablaron de ello cuando tuvieron relaciones sexuales por primera vez. Era algo que esperaba y ahora que lo pasó… fue más la sensación de ser poseída, de ser estirada hasta acogerlo por completo que dolor.

El era grande y lo sentía dentro de ella, como un duro metal palpitante que la acariciaba allá donde nadie llegó antes. Y… cuando comenzó a moverse lentamente, alejándose unos centímetros para luego sumergirse de golpe, no pudo evitar gemir y arañarle con más fuerza ante la intensidad del placer que se arremolinaba en su interior.

Con cada empujón sentía una llamarada de gozo que se extendía a todo su cuerpo, como lava ardiente que amenazaba con consumirla.

—Eres perfecta —jadeó a su vez Niall cuando comenzó a penetrarla con estocadas profundas y rítmicas, entrando y saliendo del interior de su compañera, disfrutando de la intensidad de las sensaciones que estaba experimentando.

Con ella, todo era puro placer, una sensación que lo acariciaba el alma, que era capaz de provocar que quisiera besar el suelo por donde ella pisaba, agradecido por tenerla a su lado. Con ella, el sexo era más que sexo, era una unión entre sus almas, una caricia a su orgulloso corazón que comenzó a derretirse cuando percibió su aroma en la ropa que llevó la noche en que lo atacaron.

Los jadeos y crujidos de la cama eran lo único que se escuchaba en el dormitorio, elevando a los dos al cielo, a un paso de rozarlo con sus propios dedos.

Amanda se sentía en una nube. No pudo mantener los ojos abiertos, y se ahogó con el placer que estaba experimentando. Era mucho más de lo que esperaba. No solo por la intensidad de lo que le provocaba sentirlo dentro de ella, empujando profundamente, ensanchándola con su gran y gruesa polla que rozaba cada vez que entraba en un punto que provocaba que estuviera a punto de ver las estrellas. Era la sensación de tenerlo sobre ella, envolviéndola con su calor, escuchar sus gruñidos roncos de placer, sentir sus besos, sus caricias… Saber que ese hombre que parecía sacado de una revista de modelos de ropa interior moriría por ella… Era mucho más de lo que esperó, de lo que alguna vez deseó cuando se permitía soñar despierta.

Niall gruñó aumentando el ritmo de las embestidas, apenas retirándose unos centímetros del interior de su compañera para conquistarla de nuevo, aguantando a duras penas la necesidad de correrse por la tortura que significaba sentirla apretarle de esa manera. Su calor, su humedad, saber que estaba tomando por primera vez a su hembra, a la única mujer que le haría feliz, a la que podía entregarle su piedra de vida, su esperanza, su futuro sin esperar nada más que su amor a cambio.

Ella era perfecta. No se cansaría de decírselo, de mostrárselo. Tan perfecta que le estaba costando contenerse, derramarse en su interior y marcarla con su semilla, morderla en el cuello antes de darle media vuelta y tomarla sobre sus rodillas, o mejor aún, decirle que se pusiera encima de él y poder ver cómo lo cabalgaba mientras podía disfrutar de las vistas y de sus hermosos pechos.

Pero no iba a ser capaz de aguantar. No esa primera vez. No cuando al fin la tenía en sus brazos. No cuando ella aceptó ser su compañera por toda la eternidad.

Iba a correrse pero antes…

—Córrete para mí, Amanda. Muéstrame como te corres —le ordenó con el cuerpo tenso al contener su propio orgasmo.

Ella abrió los ojos y los posó sobre los de él, mostrándole lo cerca que estaba. No dejaba de gemir y pasar sus manos sobre la espalda, mientras elevaba la cadera cada vez que él se sumergía en su interior, buscando sentirlo más adentro, más profundo, conquistándola por completo.

—Aún no… —Ella movió la cabeza de un lado a otro. Estaba a punto de alcanzar el orgasmo pero había algo que lo retenía ante ella.

Niall lo comprendió. Los nervios, la intensidad de lo que estaba pasando, al ser su primera vez, su compañera necesitaba despejar la mente, centrarse únicamente en lo que estaba sucediendo, en lo que estaba sintiendo.

—Cierra los ojos, Amanda. Solo siente. Quiero que disfrutes de esto, quiero que te corras para mí, mi amor —le susurró muy cerca de su oído derecho al que luego lamió y mordisqueó, sin dejar de embestirla.

Fue en ese momento en que lo sintió. Como ella lo apretaba y lo enjaulaba ordeñándole hasta la última gota de su semilla que no pudo contener por más tiempo. En cuanto ella se corrió, él la siguió, alcanzando el ansiado orgasmo que llevaba conteniendo un rato.

Los temblores los sacudió a ambos tras que sus cuerpos se tensaron, y el placer los recorrió durante unos largos segundos que parecieron minutos. En medio de ese placer, Niall se agachó hasta morderle su cuello, hundiendo sus colmillos en él, introduciéndole unos químicos que la marcarían como suya, que la atarían a su vida. Era el último paso para atarla a él, para conectarla definitivamente con su dragón, para asegurarse que ella viviría el tiempo que él viviese y esperaba que el día en que él faltase ella tuviera la fuerza suficiente para sobrevivirle, pues no quería ni pensar en que muriese de pena por su culpa. Sabía que no sería capaz de unirse a otro macho, pero al menos que viviese una larga vida entre la familia que se disponía a formar con ella.

Pero esos momentos no era para pensar en el futuro, era para disfrutar de la unión mágica que se estaba formando entre ellos, para notar como su alma se estiraba y se entrelazaba con la de ella creando un hilo que no se rompería ni cuando sus vidas fueran seccionadas por la muerte.

«Nuestra», gritaron de pura felicidad tanto el dragón como él. «Por fin ya es nuestra».

La neblina de placer se cernía sobre ella. Era como estar en una nube en la que el mundo es de rosa y no había preocupaciones. El cuerpo lo sentía dolorido, cansado y con el corazón agitado en el pecho, pero ante todo, relajado. El placer fue tan intenso que estaba segura que estuvo a punto de perder el conocimiento, que fue una llamarada que le recorrió desde el vientre hasta el cerebro, electrocutándola por completo.

Lo sintió derrumbarse sobre ella cuando los dos alcanzaron el orgasmo, para luego apartarse al apoyar los codos sobre la cama tras haberle mordido en el cuello. En el momento en que notó los colmillos hundirse en su carne fue como si la golpeara otro ramalazo de placer. Otro orgasmo que se unió al primero y la dejaron temblorosa, jadeante y con el cuerpo relajado y agotado.

Él no se movió. Permaneció tendido sobre ella, sin llegar a aplastarla al aguantar todo su peso sobre los codos. Lo podía sentir duro, no como antes, pero tampoco estaba relajado. Si comenzaba a moverse de nuevo, volvería a gemir y a buscar más contacto deseando volver a experimentar el orgasmo que la sacudió. Ahora comprendía la imperiosa necesidad de sus hermanas de follar a todas horas, de buscar consuelo en los brazos de los hombres a los que iban a conocer a la tierra, llegando a quejarse amargamente cuando les tocaba alguno que no eran lo que esperaban o no eran capaces de hacerles sentir bien.

El sexo era una conexión de cuerpo y alma, capaz de unir a dos personas más allá de las palabras.

Abrió los ojos cuando escuchó dos voces en su mente que dijeron a la vez:

«Nuestra. Por fin ya es nuestra».

—¿Cómo es posible que os escuche a los dos? —preguntó con la voz temblorosa y un poco ronca después de haber gritado y gemido sin control.

No era una sensación extraña escuchar voces, más molestas eran sus hermanas que no callaban ni en sueños, ellas sí que eran capaces de romper la paciencia a cualquiera hasta a la propia Muerte.

—Podrás escucharle a partir de ahora cuando nos unamos y hasta una hora después de mantener sexo. Estará ahí para ti también si sufres dolor o si estás en peligro de muerte, al igual que podrás escuchar mi voz, mis pensamientos. Esta conexión nos vuelve uno a los tres, uniéndonos para siempre. —Ante el silencio de ella que permanecía pensativa, Niall se atrevió a preguntar—: ¿Te molesta su presencia?

El dragón dentro de él se quedó sin habla esperando la respuesta de ella. No quería escuchar que era una molestia, ansiaba su amor, que lo aceptara en su vida, que lo amara con igual intensidad.

—No, no me molesta para nada, es algo… extraño, pero reconfortante. Puedo sentir su amor… —Sonrió y abrazó a Niall, sin dejar de mirarle a los ojos, ahogando las carcajadas que pugnaban por escaparse de sus labios al escuchar los gruñidos satisfechos del dragón dentro de su mente—… Soy muy afortunada, doblemente amada.

La deseaba. Oh, joder. La volvía a desear.

Su compañera era perfecta. No se iba a cansar de decírselo, de susurrárselo cada día, de mostrárselo.

Pero ahora…

—Recuérdalo, Amanda. Tienes en tus manos nuestro corazón, para siempre.

Sin más le dio un beso abrasador, tumbándola de nuevo sobre la cama para hacerla suya. Esta vez iba a asegurarse de hacerlo de una manera lenta… y que ella disfrutara y gritara su nombre antes de hacerla suya.

El dragón se removía dentro de él, satisfecho, excitado, agradecido con el destino. Llevaba siglos ansiando encontrar a la compañera que le haría sentir completo. Y ahora… al haber esperado tanto tiempo lo agradecía. Ninguna otra mujer sería como su pequeña compañera. La única dueña de su corazón.