Capítulo dieciocho
Boom.
Niall estuvo a punto de caer de la cama al escuchar el temblor que sacudió la casa. Se levantó de la cama e hizo un gesto a su compañera para que permaneciera dentro. No iba a ponerla en peligro. Si alguien estaba atacando la mansión tendría que pasar por encima de él para llegar a su mujer.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Amanda, aferrando con fuerza la manta que la cubría. Todo el sueño que tenía se evaporó del todo ante los gritos y los temblores que sacudían los pilares de la vivienda.
La casa parecía que estaba en medio de una guerra y ella estaba… desnuda en la cama, saciada y devorando con la mirada al hombre que permanecía ante la puerta en una clara postura defensiva, dispuesto a acabar con quien se atreviera a entrar en el cuarto.
—¿No deberíamos vestirnos e ir a ayudar? —volvió a interesarse al escuchar los gritos de asombro de varios hombres y mujeres.
—No quiero ponerte en peligro, permaneceremos aquí y si escucho que se acercan te transportaré fuera de la mansión.
«¿Ponerme en peligro?», pensó Amanda. Ver cómo él la defendía de esa manera le provocó que su corazón se caldeara de amor. Pero tenía que reconocer que no podía permanecer en la cama mientras el resto de su nueva familia estaba luchando contra alguien o algo que estaba atacando la vivienda. ¡Tenía que ayudarles! O al menos, conseguir que Niall fuera a ayudarles.
Con esa idea se levantó de la cama y buscó su ropa, por suerte la encontró cerca de la cama. No tardó nada en ponerse el pantalón y el jersey, y encararse con su compañero quien se giró y al ver que ella no estaba donde se suponía que debía estar, le dijo, mostrando en el tono de su voz nerviosismo y enfado:
—¡Qué haces! Regresa a la cama, voy a mantenerte a salvo y…
—¡Y tu familia mientras está luchando con quien haya entrado en la mansión! ¿Y si alguien entra en el cuarto me vas a transportar lejos desnuda? ¿Y tú? ¿Te irás desnudo? ¿Es que eres un exhibicionista? ¡No quiero que nadie te vea así! —Se acercó hasta el armario ignorando los exabruptos que soltó el hombre, y le lanzó el primer vaquero que encontró—. ¡Vístete! Vamos a ayudar a tu familia y no, no te atrevas a decirme que me quieres defender. Te lo agradezco, pero como ya te demostré soy muy capaz de hacer frente a un enemigo.
El dragón se quedó en silencio unos segundos antes de recoger el vaquero que estaba a sus pies y comenzar a ponérselo, sin dejar de reírse.
—Voy a tener un problema con este pantalón, preciosa. Verte así de enfurecida me ha puesto duro —comentó, sin llegar a cerrar la cremallera del vaquero. Estaba duro, con su polla dispuesta a tomar de nuevo a su compañera. «Ummm, a cuatro patas, o mejor, ella arriba, montándome como la amazona que es».
—¿Pero cómo puedes pensar en sexo cuando tu hogar está siendo atacado? —gritó Amanda sin poder creer lo que veía. Su compañero estaba devorándola con la mirada, con el pantalón abierto y dejando a la vista su dura erección y todo mientras se escuchaban los gritos de varias personas a lo lejos.
Niall se encogió de hombros, sin dejar de sonreír.
—Siempre estaré duro y dispuesto para ti, no importa dónde o qué estemos haciendo. Te voy a querer follar, siempre. Y en cuanto a mi familia… ellos son dragones, preciosa. Nos gusta batallar, la guerra está en nuestra sangre. Si necesitaran ayuda me habrían llamado.
Amanda se acercó hasta él y cruzó los brazos sobre el pecho, intentando por todos los medios no mirarle por debajo del cuello. Tenerlo a unos metros de ella, duro, medio desnudo y exudando ese magnetismo animal que la alteraba y la derretía, la estaba poniendo de los nervios.
—Pues dile a tu pequeño amiguito que se deje de juegos que ahora es momento de hacer frente a quien ha entrado en la mansión y…
Niall la atrapó entre sus brazos y la besó, devorándola con la boca, provocando que gimiera y se agarrara a él en busca de estabilidad pues sentía que el mundo se movía a su alrededor y todo por culpa del dragón.
Se separó apenas unos centímetros y le susurró con voz enronquecida:
—Mi amor, recuerda que esta es nuestra casa, no lo olvides. Y de pequeño nada, nena, o debo volver a mostrarte a mi gran amigo que te hace gritar de puro placer —se burló Niall disfrutando al ver como ella enrojecía y desviaba la mirada. Atrapó sus labios de nuevo y se los mordisqueó, ahogándose en la necesidad de poseerla—. No sabes cómo me pones cuando me miras así.
Amanda tomó aire y se enfrentó a su hambrienta mirada.
—Te pongo si me enfado, te pongo si me muestro tímida… ¿cómo es posible?
—Porque eres perfecta, preciosa. Y me vas a poner siempre. Llevo siglos esperando por ti y ahora que te tengo en mis brazos necesito recuperar el tiempo perdido. —Niall echó la cabeza hacia atrás y rompió a reír al escuchar los murmullos de ella que lo llamó imbécil.
No estaba preocupado ante el ataque, su familia podía defender la mansión sin problema y si le necesitaban habrían contactado mentalmente con él. La única que le importaba en esos momentos era su compañera, su prioridad, a quien iba a mantener a salvo pese a sus protestas.
—De nada te va a servir que me adules —comentó ella rompiendo el silencio, dando un paso hacia la puerta pese a que por dentro estaba más que tentada a dejarse llevar por las palabras de su compañero y olvidarse del mundo en sus brazos—. Vamos a ayudar a tu familia, sí o sí.
Niall soltó un teatral suspiro y se acercó hasta el armario para ponerse una camiseta larga que le cubriera su molesta erección pues era incapaz de cerrar la cremallera, por suerte los vaqueros eran ajustados en la cadera y no iba a acabar con los pantalones en los tobillos cuando menos se lo esperaba.
—Está bien, nena. Iremos a ayudarles, pero en cuanto la amenaza esté contenida te traeré a este cuarto y no saldremos en varios días. Me voy a asegurar de que la próxima vez decidas quedarte aquí en lugar de acudir a una batalla en la que no nos esperan —prometió Niall, mientras se ponía la camiseta negra y avanzaba hacia la puerta donde le esperaba ella.
—¿Cómo no nos van a esperar? Estamos en la casa y esta está siendo atacada. ¡Tenemos que ayudar en lo que podamos!
Niall negó con la cabeza al tiempo en que abría la puerta y observaba con atención el pasillo. No percibía a nadie en la planta en la que estaban. Los gritos y los golpes de antes vinieron de la planta baja, del salón o el comedor principal que daba a la terraza de la que se podía vislumbrar todo el esplendor de la finca familiar.
—Aún te queda mucho por aprender de los dragones, preciosa. Adoramos las peleas y no solemos pedir ayuda a nadie, ni siquiera a la familia. Si mis hermanos o mis padres necesitaran que me presentase para apoyarles en la batalla habrían contactado conmigo, si no lo han hecho es que están respetando que me he unido a ti hace poco. La unión con la compañera es un enlace venerado por nuestra raza, respetado por todos y… —«Lo necesitamos para no perder la cabeza, para no convertirnos en unos monstruos sin corazón que se lanzan de cabeza a la muerte», acabó la frase en su mente, sin ser capaz de decirlo en alto. No quería compartir esa parte de su “maldición” con ella, aún no. Necesitaba que lo amara, que el enlace se fortaleciera más de lo que ya estaba para poder contarle todo, para compartir todos sus miedos, sus dudas, sus anhelos, sus deseos con ella.
—Tenemos toda la eternidad para conocernos, ¿no? —comentó ella con un tono de duda en la voz. Por mucho que el dragón le asegurara que la amaba, que la necesitaba para poder ser feliz, siempre existiría dentro de ella una vocecilla que le susurraría que podía quedarse sola, que su destino era la oscuridad y la frialdad del mundo que la vio nacer. Sufrir igual que su padre… una eternidad de pura y desgarradora soledad.
—Cierto, nena, pero podemos comenzar ahora… —Esbozó una sonrisa, mientras ladeaba la cabeza y la devoraba con los ojos. Esperaba que aceptara su propuesta y se olvidara de…
—No me líes, malvado. Tenemos que ir a ayudar a tu familia —replicó ella, pasando por su lado para salir al pasillo. Se tensó al notarle detrás de ella, abrazándole unos segundos, en los que le depositó un cálido beso en la cabeza y se separó para tomarla de la mano.
—Vamos entonces, compañera. Cuanto antes nos deshagamos de quien entró en la mansión, antes regresaremos al cuarto a follar, que era lo que deberíamos estar haciendo ahora… —masculló esto último entre dientes, mientras se dirigían hacia la planta baja.
Caminaron en silencio, adentrándose por los pasillos de la vivienda. Amanda miraba para todos lados asombrada por la opulencia que presenciaba, mirase a donde mirase encontraba algo de oro, reluciente, con un tono que le recordaba a los rayos del sol en verano. Quiso detenerse unos segundos cuando vio unos cuadros en los que se veía una familia y juraría que reconoció en el más pequeño a su dragón.
—Ya habrá tiempo para que curiosees en los recuerdos familiares, preciosa —le comentó Niall al ver que se paraba ante uno de los muchos cuadros pintados hacía siglos por los mejores pintores del mundo inmortal.
«Nota mental: retirar las imágenes en las que mi madre nos pintó desnudos cuando éramos bebés. Esas láminas… tengo que encontrarlas y deshacerme de ellas. No puedo permitir que mi compañera las vea», se dijo a sí mismo, sin dejar de mantener un ojo a todo lo que les rodeaba, sobre todo a los ruidos procedentes de la planta baja que desde hacía un rato se habían acallado. Ya no escuchaba los gritos de su madre y de su cuñada.
En cuanto llegaron a la planta baja, se detuvo y esperó en silencio, manteniendo en todo momento a su compañera a su espalda, protegiéndola con su cuerpo.
Atendió a los sonidos y a los olores, percibiendo la presencia de algo extraño y mágico que no pudo identificar pero que sin duda era el causante de los temblores en la mansión y de los gritos que se escucharon antes.
—Mantente en todo momento a mi espalda y si te digo que salgas corriendo del salón, lo harás.
—¿Qué es lo que pasa? ¿Percibes algo? —preguntó Amanda al ver a su compañero tenso, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, gruñendo.
—Sí, hay alguien ahí.
Amanda le empujó para que se moviera, muy nerviosa.
—Vamos entonces, tu familia nos necesita. No podemos quedarnos aquí parados sin hacer nada.
Niall abrió los ojos y suspiró. Por esta vez le haría caso a su compañera, pero en un futuro la encerraría en el cuarto para protegerla aunque luego tuviera que esforzarse el resto de su vida para que lo perdonara. Pero lo tenía claro, no iba a permitirle que se pusiera en peligro de nuevo.
—Guarda tus garras, preciosa… —La miró a la cara, sorprendiéndose al ver que se preocupaba por su familia. En su mundo eso era algo que no esperaban pues ella aún no los conocía, no tenía sangre de dragón y aún así… se preocupaba por ellos y solo porque eran su familia. Fascinante—. Vamos a entrar. Recuerda, Amanda…
No pudo continuar pues esta le interrumpió, citando con sarcasmo las “normas” que él impuso antes:
—Ya, ya… ya me lo dijiste, no te repitas, chico. Permanecer cerca de ti y si me mandas huir… —«No hacerte ni caso porque me voy a asegurar de protegerte. Ya demostré que puedo hasta tumbar a un dragón del cielo con uno de mis alaridos. Ya sufriré la consecuencia de emplearlos como un ataque, pero no voy a dejarte desprotegido, no voy a dejarte atrás, nunca. Si yo te pertenezco, tú también a mí».
—Más tarde cuando estemos de regreso en nuestra alcoba te voy a castigar, nena. Estás avisada…
Amanda sonrió, aguantándose las ganas de reír en alto para no alertar a quien estuviera tras la puerta del salón. Ya estaban hablando en susurros y aún así temía que quien entró en la mansión ya estuviese prevenido de la llegada de ellos dos, sobre todo ante el silencio a esas horas de la madrugada.
—Eso lo espero, dragón, o te lo voy a recordar más tarde, no lo dudes.
Niall le dio un beso rápido y le murmuró con voz enronquecida
—Como me pone que seas tan… malvada.
Y antes de que ella le respondiera, abrió la puerta de golpe, rompiéndola al sacarla de marco, entrando en el salón.
—¡Qué cojones pasa aquí! —masculló Niall al ver lo que se encontró nada más entrar en el salón. No era para nada lo que esperaba. Ya estaba preparado para atacar a quien estuviera en el cuarto pero...—. ¿Qué coño es eso? —Señaló con un gesto a lo que flotaba en el aire y que parecía una mole de masa con un pelaje de un color negro rojizo con varias franjas de un tono blanco y que estaba sacudiendo sus cuatro patas regordetas en las que se veían unas curvadas garras negras.
Sabía que su familia había neutralizado la amenaza, sobre todo porque ya no escuchaba gritar a su madre y a su cuñada, y era lo menos que esperaba que hiciesen tanto su padre como su hermano. Un dragón era muy posesivo con sus posesiones y atreverse a entrar en la guarida de uno de ellos era una sentencia de muerte asegurada.
—¡Al fin llegas, Niall! Se te pegaron las sábanas en el culo o…
—¡Cállate, Liam! Recuerda que acaba de enlazarse, o tengo que recordarte cómo te encerraste varios días en tu dormitorio con tu compañera o como te pillábamos en cada armario de la mansión metiéndoos manos como chiquillos —explotó el patriarca de los Morgan, fulminando con la mirada a su hijo mediano.
—Eso, Liam… silencio… Qué bien podías haber parado a esta criatura cuando entraste en el salón… —explotó Drake cansado por todo. Solo deseaba acostarse en su cama y olvidarse del mundo, o más bien que este se olvidara de él porque llevaba dos días que solo deseaba que su familia desapareciera de una puta vez y lo dejaran tranquilo—... Y lo único que hiciste fue dejarle pasear por aquí rompiendo y babeando todo mientras te reías de cómo intentaba atraparlo nuestro padre sin mucho acierto.
Los dos machos se mostraron avergonzados al ser reprendidos por el cabeza de familia. Drake lucía tenso y enfadado a un paso de ser él quién se pusiera a destrozar lo que quedaba de mansión, además de agotado pues mantener el hechizo de sujeción sobre la bestia le estaba desgastando mágicamente.
—Dejad de pelear entre vosotros y responderme de una maldita vez. ¿Qué coño es esa cosa? Parece… parece… —«Una bola de grasa babeante que…».
—¡Bery! —gritó Amanda atrayendo la atención de todos, sobre todo cuando la bola se libró del hechizo que lo mantenía preso en el techo y trotó moviendo la larga cola con forma de látigo azotando con fuerza los muebles, llegando incluso a romperlos.
Todos se quedaron sin habla cuando presenciaron como esa inmensa criatura atrapó entre sus garras a la compañera de Niall y la lamió de arriba abajo con su babosa y rugosa lengua.
La joven en lugar de molestarse al ser babeada de esa manera se rio en alto, sentándose en el suelo y abrazando a esa fea cosa.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo llegaste, precioso? —Comenzó a preguntar sin dejar de acariciarle donde sabía que más le gustaba, bajo la barbilla, provocando que moviera una de sus patas traseras, sacudiéndola con energía y consiguiendo que la mansión temblara por la intensidad de sus gestos.
«¿Precioso?», pensaron todos al mismo tiempo, sorprendiéndose ante lo que estaban viendo. Esa mole de músculo y babas se comportaba como un cachorrito ante esa mujer, tumbándose en el suelo al lado de ella y moviéndose hasta quedar con la panza hacia arriba gimiendo en alto para que lo acariciara.
Niall no pudo acercarse a ella porque la cosa esa comenzó a gruñir al ver que daba un paso hacia Amanda. En respuesta, Niall le gruñó a su vez mostrándole los colmillos no dispuesto a ser alejado de su compañera por esa maldita criatura.
—¡No le gruñas, Bery! —le amonestó Amanda, dándole una cariñosa palmada en los morros, limpiándose las babas en el suave y oscuro pelaje de la criatura después—. Niall, Bery, Bery… él… —señaló a su compañero con un gesto antes de continuar—… es Niall, un dragón y mi… esposo —dudó esto último, susurrándolo, para luego echarse a reír.
Si en esos momentos escuchaba los pensamientos de la familia de su dragón se sorprendería porque creían que estaba loca, una trastornada con una mole de puro músculos como mascota, y que rematar las novedades, olía a humana.
—¿Por qué te ríes? —preguntó con curiosidad Niall, dando otro paso hacia su compañera, sorprendiéndose al ver que esa cosa a la que ella llamaba Bery le obedecía y no le gruñó pese a que se mostró tenso y molesto por su cercanía. Se notaba que quería a su ama para él solo.
«¡Jódete, bicho asqueroso! Ella es mía», masculló para sus adentros el dragón de Niall quien bullía de rabia ante la presencia de la otra criatura mágica. Para él era peligroso, alguien que le restaría minutos de atención de su compañera. Solo podía acariciarle a él a ninguna otra criatura. Y sí, lo reconocía. Se estaba muriendo de los celos en esos momentos. No podía evitarlo. Recordaba cuando ella le acarició con suavidad en el bosque y quería repetir la experiencia, por eso ver como pasaba sus suaves manos por el pelaje de ese chucho con garras le estaba dando ganas de comerlo a la brasa cuando ella no mirase.
—Ahora ya no será necesario que pase por casa a por mis cosas, todo lo que tenía de valor estaba en mi mochila —ya pensaría más tarde cómo decirle que tenían que acercarse al bosque y buscarla a ver si aún seguía ahí, porque de no ser así le obligaría a comprarle toda las novelas de Dark Moonlight y de otras autoras que eran algunos de sus tesoros, además de comprar algo de ropa para no estar todo el día desnuda o con lo mismo que vestía cuando se la encontró—, y… Bery… ¡Oh! ¿Se puede quedar conmigo tal y como me dijiste?
Antes de que llegara a responder Niall, se escuchó la enfurecida voz de Drake:
—¡Niall!
Este… estaba en problemas… ¿Acaso le prometió a su compañera que aceptaría la presencia de esa criatura en la mansión?
Oh, sí… al final sí que iba a cortarle los cuernos a su hermanito y venderlos al mejor postor.