13
Vespasia estaba en el salón de la mañana, contemplando por la ventana los rosales amarillos en plena floración del otro extremo del césped. No podía seguir posponiendo enfrentarse a la pregunta que más profundamente le dolía. Temía la respuesta, pero siempre había creído que el coraje era la piedra angular de todas las virtudes. Sin él la integridad perecía; ni siquiera el amor podía sobrevivir, porque el amor entrañaba riesgo, y en alguna parte, en algún momento o lugar, siempre dolía.
Había amado a Mario durante medio siglo. Ese amor le había proporcionado el más intenso y completo gozo, así como el dolor más hondo que jamás había conocido, pero nunca desilusión. Trataba de decirse que no iba a hacerlo ahora.
Seguía allí cuando entró la criada para anunciar la visita de la señora Pitt.
Por una vez Vespasia hubiera preferido que no la interrumpieran. Era una excusa para apartar de sí el tema, pero no quería ninguna. Eso no cambiaba nada. Sin embargo, no podía negarse a recibir a Charlotte.
—Hazla pasar —indicó dando la espalda a las rosas. Debía de ser algo urgente lo que traía a Charlotte a una hora tan temprana. Acababa de desayunar.
En cuanto vio la cara de Charlotte supo que había acertado. Estaba pálida, salvo por sendas manchas de color en las mejillas, como si estuviera febril, y entró en la habitación apresuradamente cerrando la puerta tras ella. Comenzó a hablar de inmediato sin dar muestras de su habitual cortesía.
—Buenos días. Lamento venir a estas horas, pero Juno Fetters y yo encontramos ayer unos papeles de Martin, los que él escondió. Planeaba una revolución en Inglaterra, una revolución violenta para derribar no sólo el trono, sino todo el gobierno… el Parlamento, todo, y poner en su lugar un senado y un presidente. Contaba con que hubiera violencia. Había cifras de las muertes que calculaba, así como el borrador de una nueva constitución, llena de reformas.
—¿De veras? —murmuró Vespasia—. No me sorprende que existan tales papeles, pero nunca hubiera dicho que Martin Fetters estuviera involucrado sabiendo que habría violencia. Le había creído un reformista, no un revolucionario. El consentimiento del pueblo está en el alma de todo gobierno honrado. Lamento enterarme. —Y así era. Era una amarga noticia, la pérdida de otro hombre al que admiraba.
Charlotte permanecía de pie a su lado, con dolor en la mirada.
—Yo también —dijo sonriendo con tristeza—. Sólo le conozco por sus escritos, pero me gustaba mucho. Y ha sido devastador para Juno. El hombre a quien amó no existió en realidad. —Escudriñó el rostro de Vespasia, su expresión preocupada, asustada.
—Siéntate. —Vespasia señaló una silla y tomó también asiento—. Supongo que quieres hacer algo.
—Ya lo he hecho. —A Charlotte le falló la voz—. Juno enseguida comprendió que eso demostraba por qué John Adinett había matado a su marido y por qué no había podido decírselo a nadie, ni siquiera para salvarse. Después de todo ¿en quién podía confiar?
Vespasia esperó, intranquila.
—De modo que decidió que el honor la obligaba a darlo a conocer —concluyó Charlotte.
—¿A quién? —preguntó Vespasia; el miedo se abría paso como un afilado y brillante cuchillo en su interior.
—A Charles Voisey —respondió Charlotte—. Fuimos a verle ayer por la tarde. Ella le contó gran parte de lo que ponía en los papeles, pero no todo.
—Entiendo…
—¡No! —Charlotte estaba pálida, con los ojos desmesuradamente abiertos—. No puedes entenderlo. Justo antes de que nos marcháramos, convenció a Juno de que destruyera el libro en lugar de alarmar a la gente dando a conocer una conspiración sin poder facilitar el nombre de los implicados. Y tiene sentido —se apresuró a añadir—. ¡Pero en el calor de su argumentación Voisey mencionó cosas que nosotras no habíamos comentado! Tía Vespasia, Voisey forma parte del Círculo Interior… Creo que hasta podría ser el cabecilla. Como tú bien sabes, no confiarían tanta información a alguien de menos rango. —Meneó la cabeza levemente—. No lo hacen. Están divididos en grupos pequeños a fin de que no puedan traicionarles, y sólo saben lo que tienen que hacer.
—Sí… —A Vespasia se le agolpaban las ideas en la cabeza. Lo que Charlotte acababa de decir tenía mucho sentido. Charles Voisey era el hombre que se convertiría en jefe de Estado en una nueva Inglaterra revolucionaria. Había sido durante muchos años juez del tribunal de apelación, lo habían visto defender la justicia, revocar veredictos equivocados, mantenerse apartado de las ganancias personales o del partido. Tenía un amplio círculo de amigos y colegas, y sin embargo había permanecido al margen de la controversia política de tal modo que, a los ojos de la gente, no le movía ningún interés personal.
Al pensar en todo cuanto sabía de él, Vespasia decidió que lo que había dicho Charlotte era completamente verosímil. Otras muchas cosas cobraban de pronto sentido: fragmentos de conversaciones que había oído por casualidad, observaciones que le había confiado Pitt, hasta su encuentro con Randolph Churchill.
Acudieron a su mente otras cosas, y las pocas dudas a las que se había aferrado acabaron disipándose.
—Tía Vespasia… —murmuró Charlotte inclinándose en su silla.
—Sí —repitió Vespasia—. Casi todo lo que has dicho es cierto, pero me parece que has interpretado mal un hecho, y si se lo aclaras a la señora Fetters, le reconfortará mucho. Por otro lado, su seguridad es de suma importancia, y si tiene ese libro en su poder me temo que no la dejarán tranquila.
—Ya no lo tiene —se apresuró a explicar Charlotte—. Lo quemó allí mismo, en la chimenea de Voisey. Pero ¿en qué me he equivocado? ¿Qué he interpretado mal?
Vespasia suspiró, con el entrecejo ligeramente fruncido.
—Si Adinett se enteró de pronto de la existencia de ese libro y de que Martin Fetters formaba parte de una conspiración para provocar una revolución, y si eso ocurrió ese día en la biblioteca, ¿por qué no se llevó el libro?
—No sabía dónde estaba y no tuvo tiempo de buscarlo —respondió Charlotte—. Estaba muy escondido. Martin lo encuadernó de modo que pareciera exactamente… —De repente abrió mucho los ojos—. Oh… sí, por supuesto. ¡Si lo vio entonces es que sabía dónde estaba! ¿Por qué no se lo llevó consigo?
—¿De quién era la letra del libro?
—No tengo ni idea. En realidad, había dos o tres caligrafías distintas. ¿Sospechas que el libro no era de Martin?
—Me atrevería a decir que al menos una de ellas era de Adinett —respondió Vespasia—. Y otra seguramente de Voisey, o tal vez hasta de Reginald Gleave. Creo que la que no encontraste era la de Fetters.
—¡Pero lo encuadernó él! —arguyó Charlotte—. ¿Insinúas que lo hizo para conservarlo como prueba? Pero él era republicano. ¡Nunca fingió lo contrario!
—Hay mucha gente republicana —murmuró Vespasia tratando de protegerse del dolor que sentía—, pero la mayoría no quiere implantar una república mediante la violencia y el engaño. Se limitan a defenderla con argumentos y a intentar convencer con pasión o razón, o ambas cosas. Si Martin Fetters hubiera sido uno de ellos y hubiera descubierto que la intención de sus compañeros era mucho más radical que la suya, éstos habrían tenido que silenciarlo de inmediato.
—Que es lo que hizo Adinett —concluyó Charlotte. Había miedo en su mirada—. No me extraña que Voisey odiara a Thomas por mantener las pruebas contra Adinett. ¡Y por ponerle más o menos en la situación en que él mismo tuvo que rechazar su apelación! Después de todo, si ya había tres jueces en contra de revocar el fallo, su voto a favor sólo habría descubierto su juego, por así decirlo, sin salvar a Adinett. —Su rostro traslució por un instante un humor amargo—. La ironía sólo habría empeorado las cosas. —Su expresión se suavizó—. Me alegro de que Martin Fetters no tuviera nada que ver con la violencia. Al leer sus escritos no pude evitar que me cayera bien. Y Juno se sentirá muy aliviada cuando se lo diga. Tía Vespasia, ¿hay algo que podamos hacer para protegerla del peligro, o al menos intentarlo?
—Pensaré en ello —respondió Vespasia pero, aunque eso era importante, tenía cosas más apremiantes en la cabeza.
Charlotte la miraba con atención; tenía los ojos empañados por la inquietud.
Vespasia no estaba preparada para abrir su pecho; tal vez nunca lo estuviera. Algunas cosas formaban parte de uno mismo y no podían expresarse en palabras.
Se levantó. Charlotte se apresuró a hacer lo mismo al comprender que era el momento de marcharse.
—Thomas me visitó ayer —dijo Vespasia—. Estaba bien. —Vio alivio en el rostro de Charlotte—. Creo que lo cuidan en Spitalfields. Llevaba ropa limpia y remendada. —Sonrió muy brevemente—. Gracias por venir, querida. Reflexionaré con detenimiento sobre todo cuanto me has contado. Al menos ahora hemos aclarado muchas cosas. Si Charles Voisey es el jefe del Círculo Interior y John Adinett su lugarteniente, al menos comprendemos qué le pasó a Martin Fetters y por qué. Y sabemos que Thomas tenía razón. Veré qué puedo hacer para ayudar a la señora Fetters.
Charlotte la besó en la mejilla y se despidió.
Ahora Vespasia debía actuar. Ya había suficientes piezas en su sitio para que no le cupiera ninguna duda sobre lo ocurrido. La deuda del príncipe de Gales no era real, lo sabía por el pagaré que le había traído Pitt. Se trataba de una falsificación excelente, pero no se habría sostenido ante un tribunal. Su propósito era convencer a los desposeídos, hambrientos y aterrorizados de Spitalfields de que se habían quedado sin trabajo por culpa del despilfarro de la familia real. Una vez que hubieran empezado los disturbios, dejaría de importar qué era verdad y qué mentira.
Por si fuera poco, Lyndon Remus iba a dar a conocer su noticia sobre el duque de Clarence y los asesinatos de Whitechapel, verdadera o falsa, y los disturbios darían paso a la revolución. El Círculo Interior lo amañaría todo hasta que llegara el momento de dar un paso adelante y tomar el poder.
Vespasia recordó a Mario Corena en la ópera. Cuando ella había comentado lo aburrido que era Sissons, Corena le había asegurado que se equivocaba. Si hubiera sabido más sobre él, habría admirado su coraje, hasta su sacrificio. Era como si Corena hubiera sabido que Sissons iba a morir.
Y recordó la descripción que había hecho Pitt del hombre al que había visto salir de la fábrica de azúcar: entrado en años, moreno con canas, tez aceitunada, estatura mediana, una sortija de sello con una piedra oscura. La policía lo había tomado por judío. Estaban equivocados; había sido un romano, un republicano apasionado que tal vez había creído que Sissons aceptaba su destino de buen grado.
Vespasia lo había conocido en Roma hacía cincuenta años atrás. Entonces él no habría asesinado a un hombre. Sin embargo, había transcurrido toda una vida desde ese verano, para los dos. La gente cambiaba. La decepción y la desilusión desgastaban hasta el corazón más fuerte. Las esperanzas postergadas durante demasiado tiempo podían convertirse en amargura.
Vespasia escogió un vestido de una exquisita seda gris plateada y uno de sus sombreros favoritos. Siempre le habían favorecido los de ala amplia. Luego pidió que llevaran el coche a la puerta y dio al cochero la dirección donde se alojaba Mario Corena.
Él la recibió con sorpresa y placer. Su próximo encuentro no estaba previsto hasta el día siguiente.
—¡Vespasia! —Su mirada se recreó en el rostro de ella, en la suave caída de su vestido. El sombrero le hizo sonreír pero, como siempre, no expresó el menor comentario sobre su aspecto; la aprobación se reflejaba en sus ojos. Luego, al observarla con más detenimiento, la alegría desapareció de su expresión—. ¿Qué ha pasado? —susurró—. No me digas que nada. Lo noto.
La época de fingir había quedado muy atrás. Parte de ella quería permanecer en esa bonita habitación con vistas a la silenciosa plaza, con el susurro de los árboles de verano, la visión momentánea del césped. Podía estar cerca de él, abandonarse a la sensación de plenitud que siempre experimentaba en su compañía. Pero tarde o temprano ésta se agotaría. Habría que afrontar el momento inevitable.
Se volvió y le miró a los ojos, y por un instante le faltó determinación. Mario no había cambiado. El verano en Roma podría haber sido ayer. Los años podían haber cansado sus cuerpos y arrugado sus rostros, pero sus corazones seguían rebosantes de la misma pasión, las mismas esperanzas, la voluntad de luchar y sacrificarse, de amar, de sobrellevar el dolor.
Vespasia parpadeó.
—Mario, la policía va a arrestar a Isaac Karansky o algún otro judío por el asesinato de James Sissons. No voy a consentirlo. Por favor, no me digas que es por el bien mayor del pueblo del que todos pueden beneficiarse. Si permitimos que un hombre inocente sea ahorcado y su mujer se quede sola y desamparada, entonces hemos hecho una parodia de la justicia. Y una vez hecho eso, ¿qué podemos ofrecer al nuevo orden que queremos crear? Cuando utilizamos nuestras armas para hacer el mal, hemos dañado su poder para hacer el bien. Nos hemos unido al enemigo. Creía que lo sabías.
Él la miró en silencio, con expresión sombría.
Vespasia esperó a que dijera algo; el dolor era tan intenso en su interior que creyó que iba a estallar.
Él respiró hondo.
—Lo sé, querida. Tal vez olvidé por un tiempo quién era exactamente el enemigo. —Bajó la vista—. Sissons iba a suicidarse en aras de una mayor libertad. Sabía cuando prestó dinero al príncipe de Gales que éste no se lo devolvería. Quería desenmascararlo como el parásito amigo de los excesos que es. Sabía que iba a costar el empleo a muchos hombres, pero estaba dispuesto a pagar con su vida. —Volvió a levantar hacia ella su mirada luminosa, apremiante—. Sin embargo, en el último momento le faltó coraje. No era el héroe que quería ser, que deseaba ser. Sí… le maté yo. Fue limpio y rápido, sin dolor ni miedo. Sólo supo por un instante qué iba a hacerle, y luego terminó. Dejé la nota que él mismo había escrito para explicar que se trataba de un suicidio, junto con el pagaré del príncipe. La policía debe de haberlos escondido. No comprendo cómo ha ocurrido. Teníamos a uno de nuestros hombres haciendo guardia, y debería haberse ocupado de que se declarara que había sido un suicidio y no se echaba la culpa a ningún inocente. —El desconcierto le ensombreció el rostro, así como la desdicha por el miedo y el mal cometido.
Vespasia no podía mirarle.
—Lo intentó —reconoció—, pero llegó demasiado tarde. Encontró el cadáver otra persona que, sabiendo los disturbios que iba a causar, destruyó la nota. Sólo que… verás, nunca habría podido pasar por un suicidio porque James Sissons tenía los primeros dedos de la mano derecha inutilizados, y el vigilante nocturno lo sabía. —Por fin Vespasia le miró—. Yo he visto el pagaré, y no era del príncipe. Era una falsificación excelente, diseñada únicamente con el fin con que tú trataste de utilizarlo.
Mario abrió la boca para hablar, luego la cerró. Poco a poco se reflejaron en su rostro la comprensión y el dolor, seguidos de la cólera. No hacía falta que adujera que le habían engañado; ella no lo habría dudado al verle los ojos y la boca, y la congoja que delataban.
A Vespasia le dolía la garganta del esfuerzo por controlarse. Lo amaba tanto que le consumía todo su ser, salvo un pequeño rincón del corazón. Si en esos momentos cedía y se decía que no importaba, que podían desentenderse de todo ese asunto, lo perdería… y, peor aún, se perdería a sí misma.
Parpadeó, con los ojos enrojecidos.
—Hay algo que debo reparar —susurró él—. Adiós, Vespasia. Digo «adiós», pero te llevaré en mi corazón a dondequiera que vaya. —Le cogió la mano y se la acercó a los labios. A continuación se volvió y salió de la habitación sin mirar atrás, dejando que ella se marchara cuando estuviera preparada, cuando pudiera dominarse y volver a encontrarse con el lacayo, el carruaje y el mundo.
Todo el asunto del príncipe Eddy y Annie Crook había quedado grabado en la memoria de Gracie. Imaginaba a una chica cualquiera, en una posición económica no mucho mejor que la que ella misma había tenido en las calles de su niñez, un poco más aseada, mejor hablada tal vez, pero en el fondo esperando únicamente una vida de trabajo y matrimonio, y más trabajo.
Y un buen día le habían presentado a un joven apuesto y tímido. Ella debió de darse cuenta enseguida de que era un caballero, aunque no un príncipe. Él era diferente de los demás, aislado por su sordera y las consecuencias de ésta. Cada uno había encontrado algo en el otro, tal vez un compañerismo que no habían conocido en ninguna otra parte. Se habían enamorado.
Sin embargo, era un amor imposible. Nada de lo que hubieran podido imaginar habría logrado igualar el horror de lo que ocurriría después.
Gracie aún no había conseguido borrar el recuerdo de los minutos que había permanecido en Mitre Square, viendo la cara de Remus a la luz de la farola y comprendiendo detrás de quién andaba. Aún se le hacía un nudo en la garganta al pensar en ello, incluso sentada en la acogedora cocina de Keppel Street, bebiendo té a las cuatro de la tarde, tratando de pensar qué verdura preparar para la cena.
Daniel y Jemima habían vuelto a salir con Emily. Ésta pasaba mucho tiempo con ellos desde que Pitt se había ido a Spitalfields. Había ganado muchos puntos en la estima de Gracie, pues hasta entonces la había considerado un poco consentida. Como era la hermana de Charlotte, se alegraba de haberse equivocado.
Seguía con la mirada clavada en las hileras de platos azules y blancos del aparador cuando una llamada a la puerta trasera la hizo volver con un sobresalto a la realidad.
Era Tellman. Entró y cerró la puerta tras de sí. Parecía preocupado y cansado. Llevaba el cuello de la camisa tan tirante y limpio como siempre, pero el pelo le caía hacia la frente como si no se hubiera molestado en cepillárselo con cuidado como acostumbraba e hiciera una semana que no pisaba el barbero.
Ella no se molestó en preguntarle si le apetecía un té. Se acercó al aparador, cogió una taza y se lo sirvió.
Tellman se sentó a la mesa frente a ella y bebió un sorbo. Esta vez no había bizcocho, de modo que Gracie no lo mencionó. No sintió la necesidad de romper el silencio.
—He estado pensando —dijo él por fin observándola por encima de su taza.
—¿Sí? —Ella sabía que estaba preocupado; se veía en cada arruga de su rostro, en su manera de sentarse y sostener la taza en la mano, en el tono de su voz. Le explicaría de qué trataba si ella no lo interrumpía ni tanteaba.
—¿Se acuerda del propietario de esa fábrica al que mataron en Spitalfields, Sissons?
—Sí. Dijeron que era posible que cerraran todas las fábricas, pero luego el príncipe de Gales, lord Randolph Churchill y algunos de sus amigos pusieron suficiente dinero para que siguieran funcionando, hace unas semanas.
—Sí. Corre el rumor de que fue un judío quien lo hizo… Lo mató porque había pedido prestado dinero a varios de ellos y no podía devolverlo.
Ella asintió. No sabía nada de eso.
—Bueno, supongo que tenían previsto que eso ocurriera al mismo tiempo que Remus encontraba las últimas piezas del rompecabezas del asesinato de Whitechapel. Sólo que aún no las tiene, porque el asunto de la fábrica de azúcar no ha salido bien. —Continuaba observándola, esperando ver su reacción.
Gracie estaba desconcertada. No estaba segura de si lo que Tellman explicaba tenía sentido.
—He ido a ver al señor Pitt otra vez —añadió él—, pero no estaba. Están insinuando que fue Isaac Karansky, el hombre en cuya casa se aloja, quien mató a Sissons.
—¿Cree que fue él? —preguntó ella imaginando cómo debía de sentirse Pitt y detestando todo el asunto por él. Había visto cómo se venía abajo cuando alguien resultaba ser culpable de un acto atroz.
—No lo sé —reconoció Tellman. Parecía confuso. Había algo más en sus ojos, sombríos y preocupados. Gracie pensó que tal vez estaba asustado aunque no se trataba de un miedo pasajero, sino de algo profundo y duradero contra lo que no podía luchar.
Esperó de nuevo:
—No es eso. —Él dejó la taza por fin, vacía, y miró a Gracie sin parpadear—. Es Remus. Tengo miedo por él, Gracie. ¿Y si tiene razón y esa historia resulta ser cierta? Esa gente no se lo pensó dos veces antes de matar a cinco mujeres en Whitechapel, por no hablar de lo que hicieron a Annie Crook y a su hija.
—Y al pobre príncipe Eddy —susurró ella—. ¿Cree que murió de muerte natural?
Tellman palideció aún más.
—¡No diga eso, Gracie! ¡No lo piense siquiera! ¿Me oye?
—Sí, le oigo. Usted también está asustado, no lo niegue. —No era una acusación. Le creería necio si no lo estuviera. Necesitaba que tanto ella como él sintieran la proximidad de compartir el miedo—. ¿Está asustado por Remus? —inquirió.
—No tendrán reparos en matarlo —aseguró él.
—Eso si está en lo cierto —argumentó ella—, pero ¿y si está equivocado? ¿Y si no tuviera nada que ver con el príncipe Eddy y fuera una mera invención del Círculo Interior?
—Seguiría temiendo por él —afirmó Tellman—. Lo utilizarían y se desharían también de él.
—¿Qué vamos a hacer? —se limitó a preguntar ella.
—¡Usted no va a hacer nada! —respondió él, cortante—. Va a quedarse en casa con la puerta cerrada. —Se volvió en su silla—. ¡Debería cerrar con llave la puerta trasera!
—¿A las cuatro de la tarde? —inquirió ella con incredulidad—. ¡No hay nadie aparte de mí! Si tuviera la trascocina cerrada con llave pensarían que tengo algo que esconder.
Él se ruborizó ligeramente y desvió la mirada.
Gracie se sorprendió sonriendo y trató en vano de disimular.
Tellman tenía miedo por ella y eso le volvía sobreprotector. Y ahora se sentía incómodo porque se había delatado.
Él la miró y vio la sonrisa. Por una vez la interpretó correctamente y se sonrojó aún más. Al principio Gracie creyó que era de cólera, pero luego lo miró a los ojos y vio que era de placer. Ella también se había delatado. Bueno… no podían jugar eternamente.
—Entonces ¿qué vamos a hacer? —preguntó ella—. Debemos prevenirle. Si no se lo decimos, no podremos evitarlo. Hemos de intentarlo, ¿no?
—No me hará caso —dijo él con tono cansino—. Cree que anda tras la noticia del siglo. No se rendirá, no importa adónde le conduzca eso. Es un fanático. Lo lleva escrito en la cara.
Gracie recordó la mirada extraviada de Remus.
—También está asustado. Deje que le acompañe. Lo intentaremos juntos.
Tellman parecía indeciso. Las profundas arrugas de su rostro delataban su preocupación. Nadie cuidaba de él. No tenía a nadie más con quien compartir sus temores o el sentimiento de culpabilidad si le ocurría algo a Remus y no había tratado de prevenirle.
Gracie se levantó arrastrando sin querer las patas de la silla en el suelo.
—Le prepararé otro té. ¿Qué tal un plato de repollo y patatas? Tenemos montones de repollos y cebollas. ¿Qué dice?
Él se relajó.
—¿Está segura?
—¡No! —exclamó ella irritada—. ¡Estoy aquí parada porque no consigo tomar una decisión! ¿Qué cree?
—Se cortará con esa lengua tan afilada —replicó él.
—Lo siento —se disculpó ella. Lo decía en serio. No sabía por qué se había mostrado tan brusca. Tal vez porque quería hacer mucho más para reconfortarle y cuidarle de lo que él le permitiría.
Ese pensamiento la hizo ruborizarse de pronto, y se dirigió a grandes zancadas a la despensa para coger las verduras. Las trajo y, de espaldas a Tellman, se dedicó a cortarlas y freír las cebollas. Luego añadió el resto de verduras y las removió con suavidad hasta que estuvieron blandas por dentro y doradas por fuera. Las echó en un plato tibio y lo dejó delante de él. A continuación volvió a poner agua a hervir y preparó más té.
Por fin se sentó de nuevo frente a él.
—¿Vamos a buscar a Remus para advertirle de lo serio que es el asunto? Por si está tan empeñado en sacar su noticia que no se ha dado cuenta de quién está arriba.
—Sí —contestó él con la boca llena y tratando de sonreír al mismo tiempo—. Pero yo, usted no.
Gracie contuvo el aliento.
—¡Usted no! —se apresuró a repetir él—. ¡Y no discuta conmigo! Se acabó.
Ella suspiró y no dijo nada.
Tellman se concentró en el plato de repollo y patatas. Estaba caliente y crujiente, y olía a cebolla. No se le ocurrió pensar que Gracie había cedido con demasiada facilidad.
Cuando terminó, le dio las gracias con profunda admiración. Se quedó otros diez minutos y se marchó por la puerta de la trascocina.
Gracie había seguido a Remus con éxito hasta Whitechapel y regresado. Creía que se le daba realmente bien. Cogió el abrigo y el sombrero del perchero de detrás de la puerta y salió tras Tellman. No le caía particularmente bien Lyndon Remus, pero había averiguado algo sobre su persona, lo que le gustaba y lo que no, y visto en él la emoción y el terror. No quería pensar en el periodista herido, al menos no de gravedad. Un pequeño escarmiento no le vendría nada mal, pero no había nada moderado en todo ese asunto.
Por supuesto, seguir a Tellman resultaría mucho más difícil porque la conocía. Por otra parte, él no esperaba que lo siguiera, y ella sabía a dónde iba: a las habitaciones de Remus para esperar a que volviera.
Gracie sólo llevaba encima un chelín y cinco peniques. No había tenido tiempo de buscar más. Por desgracia tampoco había tenido tiempo de escribir más que una nota apresurada a Charlotte para explicarle a dónde iba. Lo había hecho en la despensa, en una bolsa de papel, con el lápiz de la cocina. Su ortografía dejaba que desear, pero como era Charlotte quien le había enseñado a leer y escribir, entendería lo que quería decir.
Tellman bajó a grandes zancadas por Keppel Street en dirección a Tottenham Court Road. Se dirigía a la parada del ómnibus. Eso complicaría bastante las cosas. Si ella subía al mismo ómnibus, él la vería forzosamente. Si esperaba el siguiente, llegaría demasiado tarde. ¡Podía tardar un cuarto de hora!
Sin embargo, sabía dónde estaban las habitaciones de Remus. Tenía muchas posibilidades de llegar allí al mismo tiempo que Tellman si cogía el ferrocarril metropolitano. Valía la pena el riesgo.
Se dio bruscamente la vuelta y echó a correr. Si tenía suerte, funcionaría. Y tendría suficiente dinero.
Se paseó por el andén y, cuando llegó el tren, subió y se sentó nerviosa. En cuanto llegó a su destino, se precipitó hacia la puerta, cruzó el andén y subió por las escaleras.
Había mucho ajetreo en la calle y tardó unos minutos en ubicarse. Tuvo que pedir indicaciones a una vendedora de bollos y volvió a ponerse en camino casi a la carrera.
Al doblar la última esquina chocó de pleno con Tellman, que casi perdió el equilibrio.
Él soltó una maldición con más sentimiento de lo que Gracie le había creído capaz.
—¡Eso es terrible! —exclamó ella sorprendida.
Él se ruborizó. Era tal su vergüenza que le arrebató temporalmente la capacidad de conservar la dignidad y ordenarle que regresara a casa.
Gracie se puso bien el sombrero y le sostuvo la mirada.
—¿Aún no ha llegado?
—No. —Tellman se aclaró la voz—. Aún no.
—¡Pues será mejor que esperemos! —exclamó ella desviando la mirada y adoptando una postura paciente.
Tellman respiró hondo y se preparó para discutir, pero tras la primera palabra comprendió cuán inútil resultaría. Gracie estaba allí, y él no tenía ni la autoridad ni la capacidad para hacerla marchar. En cambio podía hacer de ella una aliada.
Permanecieron uno al lado del otro en la esquina frente al portal de la casa donde se alojaba Remus. Tras cinco minutos de silencio y las miradas de curiosidad de varios transeúntes, Gracie decidió expresar su opinión.
—Si no quiere que llamemos la atención, será mejor que hablemos. Así parece que estemos aquí para hacer alguna maldad. ¡Si estamos callados ni siquiera parecerá que hemos discutido! ¡Nadie está eternamente enfurruñado!
—¡Yo no estoy enfurruñado! —se apresuró a decir él.
—Entonces hábleme —repuso ella.
—No puedo hablar… ¡sin más!
—Sí puede.
—¿Sobre qué? —protestó él.
—Cualquier cosa. Si pudiera viajar a alguna parte del mundo, ¿adónde iría? Si pudiera hablar con alguna figura histórica, ¿a quién escogería? ¿Qué le diría?
Él la miró con los ojos como platos.
—¿Y bien? —instó ella—. ¡Y no me mire! Estese atento a ver si aparece Remus, que para eso estamos aquí. ¿A quién le gustaría conocer?
Él volvía a estar colorado.
—¿A quién querría conocer usted?
—A Florence Nightingale —respondió ella enseguida.
—Sabía que lo diría —repuso él—. Pero aún no ha muerto.
—No importa. Ya forma parte de la historia. ¿Y a quién le gustaría conocer a usted?
—Al almirante Nelson.
—¿Por qué?
—Porque fue un gran jefe y un gran combatiente. Logró que sus hombres lo apreciaran —contestó él.
Ella sonrió. Se alegraba de que Tellman hubiera dicho eso. A veces era muy revelador saber quiénes eran los héroes de las personas y por qué.
Él la cogió de pronto del brazo.
—¡Ahí está Remus! —exclamó—. ¡Vamos! —Cruzó con ella la calle esquivando el tráfico y llegó a la otra acera en el preciso instante en que Remus entraba por la puerta—. ¡Remus! —llamó, deteniéndose justo a tiempo de no tropezar con él.
El periodista se volvió sobresaltado. En cuanto reconoció a Tellman, su rostro se ensombreció.
—No tengo tiempo para hablar —dijo cortante—. Lo siento. —Retrocedió un paso y tras dar la espalda a Tellman empezó a cerrar la puerta.
Éste metió un pie en el hueco arrastrando aún a Gracie de la mano, y no porque ella no quisiera seguirlo.
Remus se detuvo, y su expresión cambió para delatar enojo.
—¿No me ha oído? No tengo nada más que decir, y menos aún tiempo. ¡Apártese de mi camino!
Tellman se puso rígido como si se dispusiera a resistir un golpe y permaneció donde estaba.
—Si todavía anda tras el asesino de Whitechapel y la noticia de Annie Crook, debería dejarlo. Es demasiado peligroso para que lo busque usted solo.
—¡Esa noticia es demasiado peligrosa para darla a conocer hasta que tenga las pruebas! —replicó Remus—. ¡Y usted debería saberlo mejor que nadie! —Se volvió hacia Gracie—. ¿Y quién demonios es usted?
—Sé en quiénes puede confiar —dijo Tellman con urgencia—. Hable con ellos. Es lo único que puede protegerle.
Remus tenía los ojos brillantes y en sus labios había una mueca burlona.
—¡Apuesto a que le gustaría que se lo contara a la policía! Empezando por usted, ¿eh? —Soltó una carcajada llena de desdén—. Aparte el pie de mi puerta. Sé lo peligroso que es, y los miembros de la policía son las últimas personas en que confiaría.
Tellman trató en vano de encontrar un argumento.
A Gracie tampoco se le ocurrió ninguno. En la situación de Remus, ella no habría confiado en nadie.
—¡Entonces tenga cuidado! —dijo impulsivamente—. Ya sabe lo que han hecho a esas mujeres.
—Por supuesto que lo sé. —Remus sonrió—. Ya tengo cuidado.
—No; no lo tiene —replicó ella escupiendo las palabras—. Le seguí hasta Whitechapel y no se enteró, y eso que incluso hablé con usted. También le seguí hasta Mitre Square, pero estaba tan absorto en sus pensamientos que ni se dio cuenta.
Remus palideció. La miró fijamente.
—¿Quién es usted? ¿Por qué iba a querer seguirme… si es que lo hizo? —Ahora había miedo en su voz. Tal vez la mención de Mitre Square le había convencido de que decía la verdad.
—No importa quién soy yo —contestó ella—. Si yo puedo seguirle, ellos también pueden. Haga lo que él le dice —añadió señalando a Tellman— y tenga cuidado.
—¡Está bien! ¡Tendré cuidado! Ahora lárguense —ordenó Remus empujando la puerta para cerrarla.
Tellman aceptó que habían hecho todo cuanto estaba en su mano y se apartó llevándose a Gracie con él.
De pronto se detuvo y la miró con expresión interrogante.
—Está tramando algo —aseguró ella con firmeza—. Está asustado, pero no va a darse por vencido.
—Estoy de acuerdo —murmuró—. Voy a seguirle para intentar protegerlo. Usted vuelva a casa.
—Voy con usted.
—¡De ningún modo!
—Voy a ir con usted o detrás de usted.
—Gracie…
En ese momento la puerta de Remus volvió a abrirse y éste salió, miró a izquierda y derecha, luego hacia atrás y, tras llegar al parecer a la conclusión de que se habían marchado, echó a andar. No había tiempo para discutir. Fueron tras él.
Lo siguieron con éxito durante cerca de dos horas, primero hasta Belgravia, donde estuvo unos veinticinco minutos, después al este y al sur del río, y a lo largo del Embankment en dirección a la Torre. Finalmente lo perdieron cuando volvía a encaminarse hacia el este. Empezaba a anochecer.
Tellman soltó una maldición de frustración, pero esta vez se moderó.
—¡Lo ha hecho a propósito! —exclamó furioso—. Sabía dónde estábamos. Debemos de habernos acercado demasiado a él y dejado ver. ¡Estúpido!
—Tal vez sabía que lo seguiríamos. O tal vez no era a nosotros a quienes trataba de despistar. Quizá sólo estaba siendo cauteloso, como le hemos aconsejado.
Tellman se detuvo en la acera con el entrecejo fruncido, los labios apretados hasta formar una fina línea, y miró hacia donde habían visto a Remus por última vez.
—El caso es que le hemos perdido. ¡Iba otra vez a Whitechapel!
Comenzaba a anochecer y en el otro extremo de la calle el farolero se apresuraba.
—Nunca le encontraremos con este follón. —Tellman miró alrededor; el tráfico, el estruendo de cascos y ruedas sobre los adoquines, los gritos de los cocheros. Todos trataban de ir lo más deprisa posible. Él y Gracie apenas veían más allá de cincuenta pasos en cualquier dirección en medio de la penumbra y la masa movediza de caballos y personas.
Gracie sentía una amarga decepción. Tenía los pies cansados y un hambre voraz, pero no podía apartar de sí el temor de que Remus no hubiera comprendido el peligro que corría y la convicción de que todavía estaban a tiempo para hacerle entrar en razón.
—Vamos, Gracie —dijo Tellman con suavidad—. Le hemos perdido. Vayamos a comer algo. Y a sentarnos un poco. —Señaló con un gesto una taberna al otro lado de la calle.
La idea de sentarse era aún más tentadora que la de comer. Y en realidad no había nada más que hacer.
—Está bien —accedió ella sin moverse, no porque no quisiera ir, sino por lo exhausta que estaba.
La comida era excelente, y la oportunidad de descansar, una bendición. Gracie disfrutó inmensamente, ya que las veces que habían comido juntos había sido en la cocina de Keppel Street, y ella había preparado la comida. Hablaron de toda clase de cosas, de los primeros años de Tellman en el cuerpo de policía. Él contó sus experiencias, algunas de las cuales eran hasta graciosas, y ella se sorprendió riendo. Nunca se había dado cuenta de que, a su manera, Tellman tenía un agudo sentido de lo absurdo.
—¿Cómo se llama? —preguntó Gracie de pronto cuando él terminó de explicar una aventura que revelaba bastante de sí mismo.
—¿Cómo dice? —Estaba desconcertado, no muy seguro de a qué se refería ella.
—¿Cómo se llama? —repitió Gracie. No quería seguir pensando en él como «Tellman». Quería un nombre, el nombre con que lo llamaba su familia.
Él se puso muy colorado y bajó la vista hacia su plato vacío.
—Lo siento —dijo ella con tristeza—. No debería habérselo preguntado.
—Samuel —respondió él enseguida.
A ella le gustó. De hecho le gustó mucho.
—Hummm. Es demasiado bonito para usted. Es un nombre de verdad.
Él levantó rápidamente la mirada.
—¿Le gusta? ¿No le parece que es…?
—Por supuesto que sí —coincidió ella—. Sólo quería saberlo, eso es todo. Es hora de volver a casa. —Sin embargo, no hizo ademán de levantarse.
—Sí —convino él sin moverse tampoco.
—¿Sabe una cosa? —dijo ella pensativa—. Remus cree que ya tiene la respuesta. Sabe la verdad. Lo he visto en su cara. Trataba de disimular para que no nos diéramos cuenta, pero lo sabe todo y va a contar la historia mañana.
Tellman no la contradijo. Se quedó mirándola con una expresión ansiosa.
—Lo sé, pero no tengo ni idea de cómo detenerlo. Explicarle todo el daño que causaría sería inútil. Es su oportunidad para hacerse famoso y no renunciará a ella por nadie.
—Ellos también lo sabrán —comentó Gracie, que sintió cómo volvía a invadirla un miedo frío y malsano. No le agradaba particularmente Remus, pero quería protegerlo—. Apuesto a que ha ido a Whitechapel una vez más antes de hacerlo público… tal vez antes de escribir la última parte de la noticia para los periódicos. Apuesto a que está visitando otra vez esos lugares, Hanbury Street, Buck’s Row y demás.
Por la expresión de los ojos de Tellman ella dedujo que le creía. El inspector echó la silla hacia atrás y se levantó.
—Voy allí. Usted coja un coche y vuelva a casa. Le daré dinero. —Empezó a buscar en sus bolsillos.
—¡Ni se le ocurra! —Gracie también se puso en pie—. No pienso dejarle ir solo. No pierda el tiempo hablando. Pediremos al polizonte que hace la ronda que nos acompañe desde High Street y, si no hay nada, haremos el ridículo. Écheme a mí la culpa. —Y sin esperarle se encaminó hacia la puerta.
Tellman la siguió abriéndose paso a empujones entre la gente que entraba y pidiendo disculpas por encima del hombro.
Fuera detuvo al primer coche de punto que pasó y pidió al conductor que los llevara a Whitechapel High Street.
Indicó al cochero que se detuviera al ver al agente de policía, una figura alta y con casco envuelta en la neblina a la luz de una farola.
Bajó de un salto del vehículo y se acercó a él. Gracie se apeó a su vez y lo alcanzó justo cuando explicaba al agente que temían que un informante estuviera en peligro y necesitaban su ayuda.
—Es verdad —corroboró Gracie con ímpetu.
—Gracie Phipps —se apresuró a decir Tellman—. Viene conmigo.
—¿Y dónde está ese informante? —preguntó el agente de policía mirando alrededor.
—En Mitre Square —respondió ella al instante.
—¡Eh! —exclamó el cochero—. ¿Ya no me necesitan más?
Tellman se acercó a él para pagarle, tras lo cual volvió a reunirse con Gracie y el agente. Echaron a andar por High Street hasta Aldgate Street y giraron en Duke Street. Ninguno de los tres habló, y sus pasos resonaban en la neblina. En esa zona el silencio era mucho más profundo y el espacio entre las farolas, mayor.
Los adoquines estaban resbaladizos. La humedad se introducía en la garganta.
Gracie sentía las mejillas mojadas. Tragó saliva respirando con dificultad. Recordó la cara de Remus tal cómo la había visto en Mitre Square, encendida de la emoción, con los ojos brillantes.
Pensó en el enorme carruaje negro que había circulado con estruendo por esas calles con algo inimaginablemente perverso y violento en su interior.
Aferró a Tellman del brazo cuando una rata pasó a su lado y alguien se movió junto a la pared. Él no se apartó; de hecho le devolvió el apretón.
Dejaron Duke Street para adentrarse en un callejón junto a la iglesia de Saint Botolph y lo recorrieron casi a tientas a la tenue luz de la linterna del agente hasta llegar a Mitre Square.
Salieron a un espacio vacío, débilmente iluminado por la única farola que había en lo alto de una pared. Allí no había nadie.
Gracie se sintió aturdida del alivio. Le traía sin cuidado que el agente la tomara por tonta o se enfadara con ella, como haría sin duda. Le traía sin cuidado que Tellman —Samuel— también se enfadara.
De repente le oyó contener un sollozo y vio el cuerpo tendido sobre los adoquines al otro lado, con los brazos abiertos.
El agente se precipitó hacia delante casi sin aliento.
—¡No! —exclamó Tellman cogiendo a Gracie del brazo.
Pero ella lo vio a la luz de la linterna. Lyndon Remus yacía donde había yacido Kate Eddowes, con la garganta rajada y las entrañas extraídas y esparcidas sobre un hombro en una especie de espantoso ritual.
Gracie lo miró fijamente un terrible momento más, un momento que quedó grabado para siempre en su memoria. Luego se volvió y ocultó la cabeza en el hombro de Tellman. Sintió cómo él la rodeaba con los brazos y la estrechaba contra su cuerpo como si nunca fuera a soltarla.
La pregunta se repetía en su mente: Remus conocía la verdad y había muerto a causa de ella, pero ¿cuál era esa verdad? ¿Lo había matado el hombre que estaba detrás de los asesinatos de Whitechapel, por haber descubierto que se trataba de una conspiración para ocultar la indiscreción del príncipe Eddy? ¿O había sido el Círculo Interior, porque había averiguado que no era verdad… que Jack el Destripador, el Delantal de Cuero, era un loco solitario, como siempre había creído todo mundo?
Remus se había llevado su secreto a la tumba y nadie se enteraría nunca de lo que había descubierto, fuera lo que fuese.
Gracie se soltó lo justo para echar los brazos al cuello de Tellman; a continuación volvió a apretarse contra su cuerpo, y sintió la mejilla y los labios de él en su pelo.
La casa de Isaac y Leah estaba silenciosa, casi sin vida, sin ellos. Pitt oía sus propios pasos por el pasillo. Hacía mucho estruendo con los cacharros cuando se preparaba la comida en la cocina. Hasta el ruido de la cuchara contra el bol le parecía un alboroto. Mantenía el fogón encendido para cocinar y tener al menos agua caliente, pero se daba cuenta de que era la presencia de Leah la que había transmitido verdadero calor a ese hogar.
Cenó solo y se acostó temprano, sin saber qué más hacer. Seguía despierto en la cama, a oscuras, cuando oyó unos golpes bruscos e imperiosos en la puerta.
Lo primero que pensó fue que había habido más conflictos en la comunidad judía y alguien buscaba la ayuda de Isaac. No había nada que él pudiera hacer, pero al menos abriría la puerta.
Estaba medio vestido y en mitad de las escaleras cuando advirtió cierta autoridad en los golpes, como si la persona tuviera derecho a exigir atención y esperara recibirla. Sin embargo, eran más discretos y menos impacientes de como habrían sido los de la policía, sobre todo los de Harper.
Llegó al pie de la escalera y recorrió los tres pasos que había hasta la puerta. Descorrió el cerrojo y abrió.
Victor Narraway entró directamente y cerró la puerta tras de sí. A la luz de la lámpara de gas del pasillo parecía ojeroso y su abundante cabellera se veía alborotada y húmeda por la neblina.
A Pitt se le encogió el corazón.
—¿Qué pasa? —preguntó dando rienda suelta a la imaginación.
—Acaba de llamarme la policía —respondió Narraway con voz ronca—. Voisey ha pegado un tiro a Mario Corena.
Pitt estaba perplejo. Por un instante la noticia no tuvo mucho sentido para él. No situaba a Corena, y Voisey no era más que un nombre. Sin embargo, la mirada de Narraway indicaba que era de suma importancia.
—Mario Corena era uno de los grandes héroes de las revoluciones que hubo por toda Europa en el cuarenta y ocho —explicó Narraway en voz baja, con una terrible tristeza—. Era uno de los más valientes y generosos.
—¿Qué hacía en Londres? —Pitt seguía desconcertado—. ¿Por qué iba a querer Voisey pegarle un tiro? —Recordó comentarios que habían hecho Charlotte y Vespasia—. ¿No se identifica Voisey con los sentimientos republicanos? Además, Corena es italiano. ¿Por qué iba a importarle a Voisey?
Narraway frunció el entrecejo.
—Corena era más grande que cualquier nación, Pitt. Por encima de todo era un gran hombre, dispuesto a arriesgar todo cuanto tenía luchando para dar una oportunidad a la gente, para que hubiera verdadera justicia y humanidad en todas partes.
—¿Por qué lo mató entonces Voisey?
—Dice que fue en defensa propia. Vístase y venga conmigo. Vamos a averiguar de qué se trata. ¡Deprisa!
Pitt obedeció sin hacer preguntas, y media hora más tarde estaban en un coche de punto que se detenía frente a la elegante casa de Charles Voisey en Cavendish Square. Narraway se apeó, pagó al cochero y precedió a Pitt hasta la puerta principal, que abrió un agente de policía uniformado.
Pitt subió por los escalones y entró inmediatamente detrás de él. En el pasillo había otros dos hombres. Pitt reconoció a un policía cirujano; al otro no lo conocía. Fue el segundo quien habló con Narraway y señaló con un gesto una puerta.
Narraway lanzó una mirada a Pitt, para indicarle que lo siguiera, se acercó a la puerta y la abrió.
Saltaba a la vista que la habitación era un despacho, con un gran escritorio, varias estanterías y dos sillas talladas y tapizadas de cuero. Encendieron la lámpara de gas y la estancia se llenó de luz. En el suelo, como si hubiera estado caminando de la puerta hacia el escritorio, yacía un hombre esbelto de tez morena y pelo oscuro salpicado generosamente de canas. En su mano de huesos delicados había una sortija con una piedra oscura. Su rostro era atractivo, casi hermoso por lo apasionado de su forma y la serenidad de su expresión. Tenía los labios curvados en un esbozo de sonrisa. La muerte le había llegado sin horror ni miedo, como un amigo muy esperado.
Narraway quedó inmóvil, luchando por contener la emoción.
Pitt reconoció al hombre. Se arrodilló y lo tocó. Seguía tibio pero, aparte del orificio de la bala en el pecho y la sangre roja del suelo, no había duda de que estaba muerto.
Se irguió de nuevo y se volvió hacia Narraway. Éste tragó saliva y desvió la mirada.
—Vamos a hablar con Voisey. Veamos cómo… explica esto. —Su voz sonó ahogada, pero en ella se filtró la cólera.
Cerró con mucha delicadeza la puerta al salir, como si la habitación se hubiera convertido en una especie de santuario. Recorrió el pasillo hasta donde esperaba el segundo hombre e intercambiaron una mirada de comprensión, tras lo cual éste abrió la puerta y Narraway entró, seguido por Pitt.
Era un salón. Charles Voisey estaba sentado en el borde de un gran sofá, con la cara oculta entre las manos. Levantó la mirada cuando Narraway se detuvo ante él. Estaba muy pálido, salvo por las débiles marcas de los dedos en las mejillas.
—¡Se abalanzó sobre mí! —exclamó con voz fuerte y quebrada—. Estaba como loco y llevaba un arma. Traté de hacerle razonar, pero no quiso escucharme. No… no parecía oír nada de lo que yo le decía. ¡Era… un fanático!
—¿Por qué iba a querer matarle? —preguntó Narraway con frialdad.
Voisey tragó saliva.
—Era… era amigo de John Adinett, y sabía que yo también lo había sido. Creía que yo le había traicionado… de algún modo… al no ser capaz de salvarlo. No lo entendía. —Miró a Pitt, luego a Narraway—. Hay lealtades que están por encima de la amistad, por mucho… aprecio que tengas a alguien. Y Adinett tenía muchas cosas buenas… Dios lo sabe.
—Era un gran republicano —dijo Narraway con una mezcla de pasión y sarcasmo que Pitt no supo cómo interpretar.
—Sí… —Voisey vaciló—. En efecto. Pero… —se interrumpió de nuevo, con incertidumbre en la mirada. Miró a Pitt y por un instante se hizo visible el odio en su cara. Lo enmascaró con rapidez y bajó la vista—. Creía en muchas reformas y luchó por ellas con todo su coraje e inteligencia. Pero yo no podía pasar por alto la ley. Corena se negó a comprenderlo. Había algo… violento… en él. No tuve otra elección. Se arrojó sobre mí como un loco jurando que iba a matarme. Forcejeé, pero no conseguí quitarle el arma. —En sus labios apareció una fugaz sonrisa, más de sorpresa que de humor—. Tenía una fuerza extraordinaria para un hombre de su edad. La pistola se disparó sola. —No añadió más; habría sido innecesario.
Pitt le observó y vio la sangre en la pechera de su camisa, a la altura de la herida de Corena. Podría ser cierto.
—Entiendo —dijo Narraway sombrío—. Así pues, ¿fue en defensa propia?
Voisey arqueó las cejas.
—¡Por supuesto! Dios mío… ¿cree que habría disparado a propósito a ese hombre? —El asombro y la incredulidad eran tan intensos en todo su ser que, a pesar de sus sentimientos, Pitt no pudo evitar creerle.
Narraway dio media vuelta y salió como una exhalación, haciendo que la puerta girara sobre sus goznes.
Pitt miró a Voisey una vez más antes de seguirle.
Narraway se detuvo en el pasillo. Tan pronto como Pitt lo alcanzó, habló en voz muy baja.
—Conoce a lady Vespasia Cumming-Gould, ¿verdad? —Apenas era una pregunta, y ni siquiera esperó una respuesta—. Tal vez no sepa que Corena fue el gran amor de su vida. No me pregunte cómo lo sé; lo sé y eso basta. Debería ser usted quien se lo diga. No deje que lo lea en los periódicos o se entere por alguien que desconoce lo que significa para ella.
Pitt sintió como si hubiera recibido un golpe tan fuerte que le hubiera vaciado los pulmones de aire. En su lugar se instaló un dolor que casi bastó para hacerle gritar.
¡Vespasia!
—Hágalo, por favor —dijo Narraway con tono apremiante—. Que no sea un desconocido quien le dé la noticia. —No suplicó, pero lo hizo con la mirada.
Sólo había una respuesta posible. Pitt asintió con un gesto, no confiando en poder hablar, y se encaminó hacia la puerta y la calle silenciosa.
Detuvo el primer coche de punto que pasó y dio la dirección de Vespasia. Durante todo el trayecto permaneció con la mente en blanco. No tenía sentido ensayar cómo iba a comunicar tal noticia.
El vehículo se detuvo y Pitt se apeó. Llamó al timbre y con gran asombro vio que abrían al cabo de unos minutos.
—Buenas noches, señor —susurró el mayordomo—. La señora sigue levantada. Tenga la bondad de pasar y le avisaré de que está usted aquí.
—Gracias. —Pitt estaba desconcertado, como si se sumergiera en una pesadilla. Siguió al mayordomo hasta la sala amarilla y esperó.
No sabía si habían transcurrido un par de minutos o diez cuando se abrió la puerta y entró Vespasia. Llevaba una bata larga de seda blanquinosa, el pelo todavía enroscado sobre la cabeza. Se la veía frágil, mayor, de una belleza casi etérea. Era imposible no pensar en ella como una mujer apasionada que había amado de manera inolvidable un verano en Roma, medio siglo atrás.
Pitt contuvo las lágrimas que acudieron a sus ojos y le hicieron un nudo en la garganta.
—No te preocupes, Thomas —dijo ella tan bajito que él apenas la oyó—. Sé que ha muerto. Me escribió para explicarme lo que se proponía hacer. Fue él quien mató a James Sissons… Creía que eso era lo que Sissons había querido, pero que en el último momento le faltó el valor para ser un héroe —hizo una pausa tratando de mantener la compostura—. Eres libre de utilizar esta información para asegurarte de que no culpan a Isaac Karansky por un crimen que no ha cometido… y tal vez que culpen a Charles Voisey, aunque no estoy segura de cómo podrías lograrlo.
Pitt detestaba tener que decírselo, pero no era una mentira que pudiera perdurar.
—Voisey afirma que le disparó en defensa propia. No sé cómo podríamos probar lo contrario.
Vespasia casi sonrió.
—Estoy segura de que así fue —repuso—. Charles Voisey es el jefe del Círculo Interior. Si hubieran tenido éxito en su conspiración para hacer una revolución, se habría convertido en el primer presidente de Inglaterra.
Por un instante, un latido del corazón, Pitt quedó atónito. Luego todo cobró sentido: el descubrimiento que había hecho Martin Fetters del complot, su enfrentamiento con Adinett —probablemente amigo de Voisey y su lugarteniente— y su asesinato porque quería reformas, pero no una revolución. Luego, pese a todo su poder y su lealtad, Voisey no había podido salvar a Adinett. A Pitt no le extrañaba que el juez le odiara y hubiera utilizado toda su influencia para destruirlo.
Y Mario Corena, un hombre movido por un fuego más puro, más inocente, había sido utilizado y engañado para acabar con Sissons. Al darse cuenta por fin de lo ocurrido, había tratado de volverse contra Voisey.
—No lo entiendes, ¿verdad? —susurró Vespasia—. Voisey se había propuesto ser el héroe supremo de toda reforma, el líder de una nueva era… Tal vez inicialmente sus objetivos fueran buenos. Sin duda contaba con el apoyo de hombres buenos. Pero su arrogancia lo llevó a creer que tenía derecho a decidir por el resto de nosotros lo que más nos convenía e imponérnoslo por la fuerza, con o sin nuestro consentimiento.
—Sí, lo sé… —empezó a decir Pitt.
Ella meneó la cabeza, con los ojos llorosos.
—Pero ya no puede hacerlo. Ha matado al héroe republicano más grande del siglo… por encima de cualquier nacionalismo o particularidad de un país.
Él creyó vislumbrar una luz, una estrella lejana.
—Pero fue en defensa propia —dijo despacio.
Vespasia sonrió, y las lágrimas le rodaron por las mejillas.
—Porque descubrió la conspiración para derrocar el trono, inventar esa deuda falsa del príncipe de Gales, asesinar a Sissons y causar disturbios… y cuando Mario se dio cuenta de que lo sabía, lo atacó, de modo que Voisey se vio obligado, cómo no, a disparar. ¡Es un hombre tan valiente! Casi sin ayuda de nadie ha puesto al descubierto una terrible conspiración y dado los nombres de los involucrados, que quedarán por lo menos desacreditados, tal vez incluso sean arrestados. Puede que la reina lo arme caballero… ¿no crees? Debo hablar con Somerset Carlisle para asegurarme de ello. —Acto seguido se volvió y se retiró sin decir una palabra más. No era capaz de contener por más tiempo el dolor y la añoranza que la consumían.
Pitt permaneció inmóvil hasta que dejó de oír sus pasos. Luego se volvió y salió al pasillo. Allí no había nadie más que el mayordomo, quien lo acompañó a la puerta y a la calle iluminada por las farolas.
Casi un mes después Pitt se hallaba al lado de Charlotte en la sala del trono del palacio de Buckingham. Se sentía muy incómodo con su traje nuevo, camisa inmaculada, cuello alto y recto, y botas impecables. Hasta llevaba el pelo bien cortado y arreglado. Charlotte estrenaba vestido, y él nunca la había visto más encantadora.
Con todo, era Vespasia, a unos metros de distancia, quien acaparaba su atención. Lucía un vestido gris y perlas en el cuello y las orejas. El cabello le brillaba plateado, tenía el mentón alzado, el rostro bellísimo, delicado y muy pálido. Se negaba a apoyarse en el brazo de Somerset Carlisle aun cuando éste estaba preparado y atento para ayudarla.
Un poco más adelanté Charles Voisey hincaba la rodilla mientras otra mujer mayor, baja y regordeta, de mirada penetrante, se movía con cierta torpeza para rozarle el hombro con la espada y ordenarle que se levantara.
—Somos conscientes del gran servicio que nos ha prestado, sir Charles, por el trono y la seguridad y prosperidad ininterrumpidas de nuestro país —dijo con claridad—. Es un placer reconocer ante el mundo entero los actos de generoso coraje y lealtad que ha realizado en privado.
El príncipe de Gales, a unos metros, sonreía con aprobación y gratitud aún más sentida.
—El trono no tiene servidor o aliado más leal —afirmó agradecido.
Siguió una ovación entusiasta del público, compuesto de cortesanos.
Voisey trató de hablar, pero se aturulló, como le ocurriría en el futuro si volviera a levantar la voz a favor de una república.
Victoria, acostumbrada a ver a hombres abrumados en su presencia, lo pasó por alto, como requerían los buenos modales.
Voisey se inclinó y se volvió para marcharse. Mientras lo hacía miró a Pitt con un odio tan intenso, tan profundo, que le tembló el cuerpo entero y se le perló el rostro de sudor.
Charlotte asió a Pitt del brazo hasta clavarle los dedos aún a través de la tela del abrigo.
Voisey miró a Vespasia. Ésta le sostuvo la mirada sin parpadear, con la cabeza bien alta, y sonrió con la misma calma apasionada con que había muerto Mario Corena.
Luego dio media vuelta y se marchó para que no viera sus lágrimas.