3
Poco más de tres semanas después Pitt, que había vuelto a casa temprano de Bow Street, paseaba alegremente por el jardín. Mayo era uno de los meses más hermosos, lleno de pálidas flores, hojas nuevas y el brillante resplandor de los tulipanes, la intensa fragancia de los alhelíes, suntuosa como el terciopelo. Empezaban a salir los altramuces, altas columnas de tonos rosa, azul y morado, y había al menos media docena de amapolas orientales que se abrían, frágiles y llamativas como seda coloreada.
En realidad más que trabajar en el jardín lo admiraba, a pesar de que había suficientes malas hierbas para tenerlo totalmente ocupado. Esperaba que Charlotte terminara las tareas domésticas que estuviera haciendo y se reuniera con él, y cuando oyó abrirse la puertaventana se volvió satisfecho. Sin embargo, quien caminaba por el césped era Ardal Juster, su rostro moreno sombrío.
Lo primero que pensó Pitt fue que los jueces del tribunal de apelación habían hallado un error en el procedimiento y anulado el veredicto. No creía que hubiera nuevas pruebas. Había buscado por todas partes e interrogado a todo el mundo.
Juster se detuvo frente a él. Echó un vistazo a los parterres que tenía a izquierda y derecha, luego levantó la mirada hacia el sol que se filtraba a través de las hojas de un castaño en el fondo del jardín. Inhaló hondo la fragancia de la tierra húmeda y las flores.
Pitt se disponía a poner fin a la tensión cuando Juster habló.
—La apelación de Adinett ha sido desestimada —anunció en voz baja—. Saldrá en los periódicos de mañana. Veredicto por mayoría, cuatro contra uno. Lo pronunció Voisey. Él era uno de los cuatro. Abercrombie fue la única voz disidente.
Pitt no comprendía. Juster se comportaba como si fuera portador de noticias de una derrota, no de una victoria. Se aferró a la única explicación que se le ocurrió, lo que él mismo creía, que ahorcar a un hombre era una solución degradante, pues no dejaba que éste respondiera de su pecado ni le daba tiempo para cambiar. Creía, por supuesto, que Adinett había cometido un acto de profunda maldad, pero siempre le había preocupado desconocer por completo sus motivos. De haberse sabido toda la verdad, cabía la posibilidad de que el asunto hubiera parecido distinto.
Aun cuando ése no fuera el caso, e independientemente de quién fuera Adinett, la exigencia de que pagara por ello con su vida degradaba más a los que lo exigían que a él mismo.
El rostro de Juster, iluminado por el sol de la tarde, traslucía ansiedad. En sus ojos sólo se veía la luz reflejada.
—Lo ahorcarán —comentó Pitt.
—Por supuesto —dijo Juster. Se metió las manos en los bolsillos, con el entrecejo aún fruncido—. No he venido por eso. Lo leerá en los periódicos de mañana y, de todos modos, usted sabe tanto como yo al respecto. He venido para prevenirle.
Pitt se sobresaltó. Sintió un escalofrío, a pesar de la tarde agradablemente templada.
Juster se mordió el labio.
—No ha habido ningún error en la sentencia, pero mucha gente se resiste a creer que un hombre como John Adinett asesinara a Fetters. Si les proporcionáramos un móvil, tal vez lo aceptarían. —Vio la expresión de Pitt—. No me refiero al ciudadano corriente… ése está satisfecho con que se haya hecho justicia… posiblemente hasta le parece bien que alguien de la posición de Adinett reciba la misma justicia que él. No le hace falta comprender. —Entrecerró los ojos a causa de la luz—. Me refiero a los hombres de nuestra clase, los que tienen poder.
Pitt no estaba seguro de entenderle.
—Si no han anulado el veredicto, entonces la ley acepta tanto su culpabilidad como que el juicio se condujo con imparcialidad. Tal vez lloren su muerte, pero ¿qué más pueden hacer?
—Castigarle a usted por su temeridad —respondió Juster con una sonrisa torcida—. Y puede que a mí también, según hasta qué punto crean que fue decisión mía acusarlo.
El cálido viento agitó las hojas del castaño y una docena de estorninos levantó el vuelo formando un remolino.
—Creía que ya me habían arrojado todos los insultos que se les pasaran por la cabeza en el estrado de los testigos —dijo Pitt, recordando con repentina cólera y dolor las acusaciones contra su padre. Le había sorprendido que todavía le afectara tanto. Creía haberlo empujado a un segundo plano y dejado que curara. Le asombró que la herida se abriera con tal facilidad y volviera a sangrar.
Juster parecía apenado, con las mejillas ligeramente encendidas.
—Lo siento, Pitt. Creía haberle prevenido lo suficiente, pero no estoy seguro de si lo hice. Esto está lejos de haber terminado.
Pitt sintió un nudo en la garganta, como si por un instante le costara respirar.
—¿Qué podrían hacer?
—No lo sé, pero Adinett tiene amigos poderosos… no lo bastante para salvarlo, pero a los que les sentará mal perder. Ojalá pudiera decirle qué cabe esperar de ellos, pero lo ignoro. —La consternación estaba impresa en sus ojos y en sus hombros un tanto caídos.
—No habría cambiado nada —aseveró Pitt con franqueza—. Si te abstienes de iniciar un procedimiento judicial porque el acusado tiene amigos, la ley no vale nada, y nosotros tampoco.
Juster esbozó una sonrisa que curvó las comisuras de su boca hacia abajo. Sabía que era cierto, pero el precio estaba lejos de ser sencillo, y se daba cuenta de que las palabras de Pitt, además de irónicas, eran una baladronada. Tendió una mano.
—Si puedo servirle de algo, llámeme. Sé defender tanto como acusar. Hablo en serio, Pitt.
—Gracias —repuso éste con sinceridad. Era una cuerda salvavidas que podía necesitar.
—Me gustan sus flores. —Juster hizo un gesto de asentimiento—. Así ha de ser, mucho color en todas partes. No soporto las hileras rectas. Resulta demasiado fácil ver los defectos, aparte de cualquier otra cosa.
Pitt se obligó a sonreír.
—Así lo creo yo también.
Permanecieron en silencio por unos segundos, empapándose del color en la brisa de la tarde, el lánguido zumbido de las abejas, las risas de niños a lo lejos y el cotorreo de los pájaros. El aroma de los alhelíes casi dejaba un gusto en la boca.
Luego Juster se despidió, y Pitt se encaminó hacia la casa.
En los periódicos de la mañana Pitt encontró todo lo que había temido. En los titulares se anunciaba el fracaso de la apelación de Adinett, que sería ejecutado en menos de tres semanas. Pitt ya lo sabía, pero verlo en letra impresa lo hacía más inmediato. Eliminaba la última posibilidad de evasión.
Casi debajo de la noticia, donde nadie podía pasarlo por alto, había un extenso artículo de Reginald Gleave, quien había defendido a Adinett y declaraba abiertamente que seguía creyendo en su inocencia. Calificaba el veredicto de uno de los grandes errores de la justicia británica de ese siglo, y aseguraba que un día la gente se avergonzaría profundamente de una institución que había cometido, en su nombre, una injusticia tan terrible.
No censuraba a los jueces del tribunal de apelación, aunque tenía palabras poco amables para el magistrado que presidió el primer juicio. Se mostraba indulgente con los miembros del jurado, a quienes consideraba hombres legos en lo tocante a la ley que se habían dejado engañar por los verdaderamente culpables. Uno de ellos era el fiscal Ardal Juster. El principal culpable era Pitt.
… Un hombre peligroso e intolerante, que ha abusado del poder que le otorga su cargo a fin de llevar a cabo una vendetta personal contra las clases acaudaladas porque procesaron a su padre por robo cuando él no tenía edad para comprender la necesidad y la justicia de tal medida.
Desde entonces ha desafiado a la autoridad de todas las maneras que se le han ocurrido, menos quedarse sin empleo y perder así el poder que tanto desea. Y no se equivoquen, es un hombre ambicioso, con una mujer que resulta cara mantener y aspiraciones de llevar la vida de un caballero.
Los agentes que velan por la observancia de la ley deben ser imparciales y justos para con todos, sin temer ni favorecer a nadie. Ésa es la esencia de la justicia y, al final, la única libertad.
Había más de lo mismo, pero se lo saltó y se limitó a leer frases sueltas aquí y allá.
Sentada a la mesa del desayuno frente a él, Charlotte lo miraba fijamente, con la cuchara de la mermelada en una mano. ¿Qué debía explicarle? Si ella leía el artículo, primero se enfadaría y luego temería por él. En cambio, si se lo ocultaba, ella sabría que se mostraba evasivo y eso sería aún peor.
—¿Thomas? —La voz de Charlotte interrumpió sus pensamientos.
—Reggie Gleave ha escrito un artículo bastante virulento sobre el caso —explicó él—. Adinett ha perdido la apelación y Gleave se lo ha tomado mal. Lo defendió él, ¿recuerdas? Tal vez cree de verdad que es inocente.
Ella lo escudriñaba, con preocupación en la mirada, interpretando su expresión antes que escuchando sus palabras.
Pitt forzó una sonrisa.
—¿Hay más té? —Dobló el periódico y titubeó un instante. Si se lo llevaba consigo, Charlotte era perfectamente capaz de salir y comprar otro. Y el hecho de que él lo hubiera ocultado haría que ella se preocupara más. Lo dejó en la mesa.
Charlotte soltó la cucharada de la mermelada y sirvió el té. No dijo nada más, pero su esposo sabía que en cuanto saliera de la casa, ella lo leería.
A media tarde el subcomisionado[*] Cornwallis había enviado a buscar a Pitt. Éste supo en cuanto entró en su despacho que pasaba algo grave. Imaginó un caso embarazoso y sumamente complicado, tal vez otro como el asesinato de Fetters en el que estaría involucrada una figura destacada. Era la clase de asuntos que llevaba últimamente.
Cornwallis se hallaba de pie detrás de su escritorio, como si hubiera estado paseándose por la habitación y fuera reacio a sentarse. Era un hombre ágil de mediana estatura. Había pasado la mayor parte de su vida en la marina y todavía daba la impresión de que el mando en alta mar iba más con su manera de ser, haciendo frente a los elementos antes que a la tortuosidad de la política y la opinión pública.
—¿Sí, señor? —preguntó Pitt.
Cornwallis parecía profundamente compungido, como si llevara largo rato buscando palabras para lo que tenía que decir, pero aún no las hubiera encontrado.
—¿Se trata de un nuevo caso? —inquirió Pitt.
—Sí… y no. —Cornwallis lo miró fijamente—. ¡Pitt, detesto esto! Llevo toda la mañana luchando contra ello y he perdido. Ninguna batalla me ha sentado peor. Si supiera qué más hacer, lo haría. —Meneó la cabeza ligeramente—. Pero creo que si continúo con ello sólo conseguiré empeorar las cosas.
Pitt estaba desconcertado, y la visible agitación de Cornwallis lo llenó de fría aprensión.
—¿Se trata de un caso? ¿Quién está implicado?
—En el East End —respondió Cornwallis—. Y no tengo ni idea de quién está involucrado. La mitad de los anarquistas de Londres, que yo sepa.
Pitt respiró hondo para calmarse. Como todos los demás agentes de policía, y la mayoría de la gente en general, estaba al corriente de las actividades anarquistas que tenían lugar en Europa, entre ellas varias explosiones en Londres y diversas capitales del continente. Las autoridades francesas habían hecho circular un dossier con fotos de quinientos anarquistas buscados. Varios estaban a la espera de ser juzgados.
—¿Quién ha muerto? —preguntó—. ¿Por qué piden que intervengamos? El East End no es nuestro territorio.
—No ha muerto nadie —contestó Cornwallis—. Es un asunto de la Rama Especial.
—¿Los irlandeses? —Pitt estaba sorprendido. Como todo el mundo, estaba enterado de los problemas irlandeses, de los fenianos, de la historia de mitos y violencia, tragedia y lucha que habían asediado a Irlanda a lo largo de los últimos trescientos años. Asimismo sabía que había disturbios en ciertas partes de Londres, motivo por el cual se había separado a un sector especial de la policía para que se concentrase en hacer frente a la amenaza de bombas, asesinatos o incluso pequeñas insurrecciones. Inicialmente se le había conocido como la Rama Especial Irlandesa.
—Ningún irlandés en particular —corrigió Cornwallis—. Conflictos políticos generales; sencillamente prefieren no llamarlos políticos. La gente no lo aceptaría.
—¿Por qué nosotros? —preguntó Pitt—. No lo entiendo.
—Será mejor que se siente. —Cornwallis señaló con un gesto la silla que había al otro lado de su escritorio y tomó asiento.
Pitt obedeció.
—No se trata de nosotros —añadió Cornwallis con franqueza—, sino de usted. —No desvió la vista mientras hablaba; al contrario, sostuvo la mirada de Pitt sin parpadear—. Queda relevado del mando de Bow Street y será trasladado temporalmente a la Rama Especial a partir de hoy.
Pitt quedó atónito. No era posible. ¿Cómo iban a destituirle de su cargo en Bow Street? ¡No había cometido ninguna torpeza y menos aún un error! Quería protestar, pero las palabras no parecían adecuadas.
La boca de Cornwallis se convirtió en una fina línea, como si le atormentara un dolor físico.
—La orden viene de arriba —susurró—. Muy por encima de mí. La cuestioné, incluso me opuse a ella, pero no está en mi mano revocarla. Todos los hombres implicados se conocen entre sí, y yo soy un intruso. No soy uno de ellos. —Escudriñó los ojos de Pitt tratando de juzgar cuánto había comprendido de lo que quería decir.
—Uno de ellos… —repitió Pitt. Acudieron en tropel a su memoria viejos recuerdos, como una marea de oscuridad. Había visto en el pasado corrupción de lo más sutil, hombres cuyas lealtades estaban por encima del honor o una promesa, que se cubrían mutuamente sus crímenes, que daban prioridad a los suyos excluyendo al resto. Se les conocía como el Círculo Interior. Sus largos tentáculos lo habían alcanzado antes, pero apenas había pensado en él en los dos últimos años. De pronto Cornwallis le decía que ése era el enemigo.
Tal vez no debería haberle extrañado. Les había asestado golpes duros en el pasado. Debían de haber estado esperando el momento oportuno para vengarse, y su declaración ante el tribunal les había proporcionado la ocasión perfecta.
—¿Amigos de Adinett? —inquirió.
Cornwallis asintió levemente.
—No tengo forma de saberlo, pero apostaría lo que fuera que sí. —Él también evitó mencionar el nombre, pero ninguno de los dos dudó de su significado. Cornwallis inspiró hondo—. Lo he dispuesto todo para que se presente ante el señor Victor Narraway en la dirección que le daré. Es el comandante de la Rama Especial del East End y le informará de sus deberes —se interrumpió bruscamente.
¿Iba a añadir que Narraway también pertenecía al Círculo Interior? Si ése era el caso, entonces Pitt estaba más solo de lo que había sospechado.
—Ojalá pudiera decirle algo más sobre Narraway —agregó Cornwallis con aire apenado—, pero toda la Rama Especial es como un libro cerrado para el resto de nosotros. —Arrugó la cara en una mueca de desagrado. Tal vez se había visto obligado a aceptar la necesidad de crear una fuerza clandestina pero, como para la mayoría de los ingleses, iba en contra de su modo de ser.
—Creía que el problema feniano había disminuido —dijo Pitt con ingenuidad—. ¿Qué puedo hacer yo en Spitalfields que no hagan mejor sus propios hombres?
Cornwallis se inclinó sobre su escritorio.
—Pitt, no tiene nada que ver con los fenianos o los anarquistas, y Spitalfields es irrelevante. —Hablaba en voz baja y apremiante—. Quieren sacarlo de Bow Street. Están decididos a acabar con usted, si pueden. Al menos se trata de otro empleo por el que será remunerado. Le ingresarán dinero para que su mujer lo retire. Si tiene cuidado y es inteligente, tal vez logre perderse en Whitechapel y, créame, eso sería muy deseable por un tiempo… Ojalá… ojalá fuera de otro modo.
Pitt se disponía a levantarse, pero le fallaron las piernas. Iba a preguntar cuánto tiempo debía permanecer desterrado, persiguiendo sombras en el East End, privado de dignidad, de mando, del estilo de vida a que estaba acostumbrado… ¡y que se había ganado! Sin embargo, no estaba seguro de ser capaz de soportar la respuesta. Luego, al observar el rostro de Cornwallis, se dio cuenta de que éste no tenía ninguna respuesta que darle.
—¿Tengo que vivir… en el East End? —preguntó. Oyó su propia voz seca y algo quebrada, como si llevara días sin hablar. Comprendió que era por la conmoción. Había oído el mismo tono en otros al comunicarles noticias insoportables.
Se obligó a reaccionar. Eso no era insoportable. Ningún ser amado había sido herido o muerto. No podía seguir viviendo en su casa, pero ésta seguía estando allí para Charlotte, y para Daniel y Jemima. Sólo faltaría él.
¡Aun así era tan injusto! Él no había hecho nada malo, ¡ni tan siquiera equivocado! Adinett era culpable. Había presentado las pruebas ante un jurado, con imparcialidad, y éste las había examinado y pronunciado un veredicto.
¿Por qué había matado John Adinett a Fetters? Ni siquiera Juster había logrado dar con un motivo. Todos habían creído que existía entre ambos una buena amistad, dos hombres que no sólo compartían la pasión por viajar y por objetos atesorados por sus vínculos con la historia y la leyenda, sino también muchos ideales y sueños de cambiar el futuro. Ambos querían una sociedad más bondadosa y tolerante, que ofreciera a todos una oportunidad para progresar.
Juster se había preguntado si la discusión podía haber tenido que ver con dinero o con una mujer. Nadie sabía de la menor diferencia entre ambos hasta ese día. No se les había oído alzar la voz. Cuando el mayordomo había entrado media hora antes con el oporto, los dos hombres parecían los mejores amigos.
Sin embargo, Pitt estaba seguro de no haber interpretado mal los hechos.
—Pitt… —Cornwallis seguía inclinado sobre el escritorio, mirándolo muy serio.
Pitt volvió a prestar atención.
—¿Sí?
—Haré todo lo que pueda. —Cornwallis parecía avergonzado, como si supiera que eso no bastaba—. Sólo… espere a que pase. ¡Tenga cuidado! Y por el amor de Dios, no se fíe de nadie. —Juntó las manos sobre la superficie de roble—. ¡Ojalá estuviera en mi poder hacer algo! Pero ni siquiera sé contra quién estoy luchando.
Pitt se levantó.
—No hay nada que hacer —dijo cansinamente—. ¿Dónde puedo encontrar al tal Victor Narraway?
Cornwallis le entregó una hoja de papel con una dirección escrita en ella: el número 14 de Lake Street, en Mile End New Town. Estaba en las afueras del barrio de Spitalfields.
—Pase antes por casa para recoger la ropa que va a necesitar y sus enseres personales. Cuidado con lo que le dice a Charlotte… No… —se interrumpió al cambiar de parecer acerca de lo que iba a decir—. Hay anarquistas —dijo en su lugar—. Auténticos terroristas. Tal vez tienen pensado hacer algo aquí.
—Supongo que es posible. Después del Domingo Sangriento en Trafalgar Square, pocas cosas podrían sorprenderme. De todos modos eso terminó hace cuatro años. —Pitt se acercó a la puerta—. Sé que ha hecho todo lo posible. —No era fácil decirlo—. El Círculo Interior es una enfermedad secreta. Sabía que… Sólo lo había olvidado. —Y sin esperar a que Cornwallis hablara salió y bajó por las escaleras, ajeno a las personas que pasaban a su lado, sin oír siquiera a los que se dirigían a él.
Le daba pavor decírselo a Charlotte, de modo que la única manera de hacerlo era inmediatamente.
—¿Qué pasa? —preguntó ella en cuanto lo oyó entrar en la cocina.
Se encontraba de pie frente al gran fogón negro. La habitación estaba totalmente iluminada por el sol y olía a pan recién horneado, y las sábanas que colgaban del tendedero del techo habían sido izadas. En el aparador galés había porcelana blanca y azul, y en el centro de una pulcra mesa de madera, un frutero lleno. Archie, el gato naranja y blanco, se limpiaba tumbado en la cesta de la ropa, mientras su hermano Angus se deslizaba esperanzado por el alféizar de la ventana hacia la jarra de leche que estaba junto al codo de Charlotte.
Los niños estaban en el colegio, y Gracie debía de haber salido para hacer algún recado. Ése era el hogar que Pitt adoraba, lo que hacía la vida agradable. Después del horror y la tragedia del crimen, era volver allí, con sus risas y su cordura, y saberse querido, lo que quitaba el veneno de las heridas del día.
¿Cómo lograría arreglárselas sin eso? ¿Cómo se las apañaría sin Charlotte?
Por un momento se apoderó de él una rabia ciega hacia los hombres secretos que le habían hecho eso. Era monstruoso que desde la seguridad del anonimato le privaran de las cosas que más amaba, que invadieran su vida y la esparcieran como hierba seca, sin dar cuentas a nadie. Quería hacerles lo mismo, pero cara a cara, para que supieran por qué y él pudiera ver en sus ojos que lo entendían.
—Thomas, ¿qué pasa? —La voz de Charlotte sonó áspera por el miedo. Se había vuelto hacia él, con el trapo del horno en una mano, y lo miraba con fijeza. Él se dio cuenta vagamente de que Angus había alcanzado la leche y empezaba a beber a lengüetazos.
—Me han destinado a la Rama Especial —respondió él.
—No lo entiendo —dijo ella despacio—. ¿Qué significa eso? ¿Qué es la Rama Especial?
—Se ocupa de los terroristas y los anarquistas —contestó él—. Fenianos en su mayoría, hasta el año pasado. Ahora es cualquiera que quiere crear disturbios o cometer un asesinato político.
—¿Por qué es tan terrible? —Charlotte le escudriñaba el rostro, llegando a sus emociones antes que a sus palabras. No cuestionaba el dolor que veía reflejado en él, sólo la causa.
—Ya no estaré en Bow Street. Ni con Cornwallis. Trabajaré para un tipo llamado Narraway… en Spitalfields.
—¿Spitalfields? —Ella frunció el entrecejo—. El East End. ¿Quieres decir que tendrás que desplazarte cada día hasta la comisaría de Spitalfields?
—No… Tendré que vivir en Spitalfields, como una persona corriente.
En los ojos de Charlotte se reflejó poco a poco la comprensión, seguida de la soledad y la cólera.
—¡Eso es… monstruoso! —exclamó con incredulidad—. ¡No pueden hacerlo! ¡Es injusto! ¿De qué tienen miedo? ¿Creen que un puñado de anarquistas va a poner todo Londres en peligro?
—No tiene nada que ver con atrapar anarquistas —explicó él—. Se trata de castigarme, porque John Adinett forma parte del Círculo Interior y yo presté la declaración que lo llevará a la horca.
Ella tenía la cara tensa, los labios pálidos.
—Sí, lo sé. ¿Están escuchando a gente como Gleave? ¡Eso es ridículo! Adinett era culpable… ¡tú no tienes la culpa!
Él no dijo nada.
—Está bien. —Charlotte se volvió y añadió con voz llorosa—: Sé que no tiene nada que ver con eso. ¿No puede ayudarte nadie? ¡Es tan injusto! —Se volvió de nuevo—. Tal vez tía Vespasia…
—No. —Pitt sentía un dolor casi insoportable. Miró fijamente a su esposa. Tenía la cara encendida de cólera y desesperación, el pelo desprendiéndose de los pasadores, los ojos llenos de lágrimas. ¿Cómo iba a soportar vivir solo en Spitalfields sin verla al final de cada jornada, sin compartir con ella una broma o una idea, o hasta discutir una opinión, y sobre todo sin tocarla y sentir su calor entre los brazos?
—¡No será para siempre! —Lo dijo tanto para ella como para sí mismo. Tenía que mirar hacia un tiempo en el futuro, fuera cuando fuese. No toleraría esa situación un día más de lo necesario. Habría alguna manera de luchar contra ello… con el tiempo.
Charlotte trató de contener las lágrimas. Tenía los ojos húmedos y buscó un pañuelo en los bolsillos del delantal. Lo encontró y se sonó ruidosamente.
De pronto Pitt se sintió indeciso. Antes de entrar en la cocina había previsto recoger sus cosas y marcharse inmediatamente, sin alargar la despedida. Así sería más fácil, al menos para los niños. Sin embargo, quería quedarse el máximo tiempo posible, estrecharla en sus brazos y, como la casa estaba vacía, hasta subir y hacer el amor por última vez quizá en mucho tiempo.
¿Sería lo mejor… o sólo haría peor y más difícil el momento… que no iba a tardar?
Al final no pensó en ello, se limitó a abrazarla, a besarla, a estrecharla tan fuerte que ella gritó y él se apartó, pero sólo un par de centímetros, lo justo para no hacerle daño. Luego la llevó arriba.
Cuando él se hubo marchado, Charlotte se quedó sentada frente al espejo del tocador, cepillándose el pelo. Tuvo que quitarse los pocos pasadores que quedaban y rehacer el peinado. Tenía muy mala cara, los ojos rojos y todavía escocidos por las lágrimas, aunque éstas también eran de cólera, así como de conmoción y desamparo.
Oyó cerrarse la puerta de la calle y los pasos de Gracie por el pasillo.
Se recogió rápidamente el pelo y volvió a sujetárselo con los pasadores de manera desordenada, luego bajó por las escaleras y entró en la cocina.
Gracie estaba en el centro de la habitación.
—¿Qué ha pasado? —dijo horrorizada—. El pan se ha echado a perder. Mire. —A continuación se dio cuenta de que se trataba de algo mucho más grave—. ¿Es el señor Pitt? ¿Está herido? —Tenía la cara lívida.
—¡No! —se apresuró a responder Charlotte—. Está bien. Quiero decir que no está herido.
—Entonces ¿qué ocurre? —exigió saber Gracie. Tenía todo el cuerpo rígido, los hombros hundidos de la tensión, sus pequeñas manos juntas.
Charlotte se sentó con parsimonia en una silla. No era algo que pudiera explicarse en pocas palabras.
—Le han echado de Bow Street y enviado a la Rama Especial, en el East End. —Nunca se le había pasado por la cabeza no confiarse a Gracie. Ésta llevaba siete años con ellos, desde que era una niña abandonada de trece años, mal nutrida y analfabeta, pero con lengua afilada y ganas de superarse. Para ella, Pitt era el hombre más excelente del mundo y el mejor en su profesión. Se consideraba mejor que cualquier otra criada de Bloomsbury porque trabajaba para él. Compadecía a las que servían a meros lores inútiles. En su vida no había emoción, y tampoco un propósito.
—¿Qué es la Rama Especial? —preguntó con recelo—. ¿Por qué él?
—Antes se ocupaba de los terroristas irlandeses que ponían bombas. —Charlotte explicó lo poco que sabía—. Ahora de anarquistas en general, y nihilistas, creo.
—¿Quiénes son?
—Los anarquistas son gente que quiere acabar con todos los gobiernos y crear el caos…
—No hace falta acabar con los gobiernos para eso —comentó Gracie con sorna—. ¿Quiénes son los otros que terminan en «istas»?
—¿Los nihilistas? Gente que quiere destruirlo todo.
—¡Eso es una tontería! ¿Qué sentido tiene? ¡Entonces tú tampoco tienes nada!
—Sí, es una tontería —coincidió Charlotte—. No creo que tengan mucho sentido común, sólo cólera.
—De modo que el señor Pitt va a detenerlos. —Gracie parecía un poco más esperanzada.
—Va a intentarlo, pero primero tiene que encontrarlos. Por eso deberá vivir en Spitalfields.
Gracie estaba horrorizada.
—¿Vivir allí? ¡No pueden obligarle a vivir en Spitalfields! ¿No saben qué clase de lugar es? ¡Caray, es la escoria del East End! ¡Es un lugar inmundo y apesta a Dios sabe qué! Allí nadie está a salvo de nada, ni de ladrones, ni de asesinos, ni de enfermedades, o de que te ataquen en la oscuridad. —Alzaba cada vez más la voz—. Tienen toda clase de fiebres y la sífilis, además de todo lo demás. Quien vuele con dinamita algunos de esos lugares estará haciendo un favor al mundo. Tendrá que decirles que no está bien. ¿Quién se creen que es? ¿Un polizonte inútil?
—Saben cuál es la situación allí —dijo Charlotte, embargada de nuevo por la tristeza—. Por eso lo hacen. Es una especie de castigo por haber encontrado las pruebas contra Adinett y haber testificado ante el tribunal. Ya no es el jefe de Bow Street.
Gracie se encorvó como si hubiera recibido un golpe. Se la veía muy menuda y delgada. Había presenciado demasiadas injusticias para poner en duda su existencia.
—Eso es perverso —murmuró—. Es una gran equivocación. Supongo que le pagarán en la rama esa.
—Oh, sí. ¡No sé cuánto! —Se trataba de algo en lo que Charlotte no había pensado. Era típico de Gracie ser práctica. Había vivido en la pobreza durante demasiado tiempo para olvidarlo. Había conocido la clase de frío que te hace enfermar, el hambre que te obliga a comer las sobras que otros tiran, cuando tener una rebanada de pan es ser rico y nadie piensa siquiera en el mañana, y no digamos la semana siguiente—. ¡Bastará! —añadió con más energía—. Tal vez no podamos permitirnos lujos, pero sí comida. Y se acerca el verano, de modo que no necesitaremos tanto carbón. Sencillamente no tendremos vestidos nuevos por un tiempo, ni podremos comprar juguetes o libros.
—Ni carne de ovino. Los arenques son buenos, y las ostras son baratas. Y sé dónde conseguir buenos huesos para hacer caldo y demás. Nos las arreglaremos. —Gracie respiró hondo—. ¡De todos modos no es justo!
También resultó difícil explicárselo a los niños. Jemima, de diez años y medio, crecía alta y delgada, y su cara había perdido un poco la redondez. Era posible entrever a la mujer en que iba a convertirse.
Daniel, dos años menor, era de constitución más robusta y decididamente más infantil. Sus facciones comenzaban a definirse, y tenía la piel suave y el pelo ondulado en la nuca, como Pitt.
Charlotte había decidido decirles que su padre tendría que ausentarse por un tiempo de tal forma que comprendieran que no lo había decidido él, que les echaría muchísimo de menos.
—¿Por qué? —preguntó Jemima inmediatamente—. Si no quiere irse, ¿por qué tiene que hacerlo? —Se resistía a aceptarlo, toda su cara llena de resentimiento.
—A veces todos nos vemos obligados a hacer cosas que no queremos —respondió Charlotte. Trataba de hablar con voz serena, consciente de que los niños estaban tan atentos a sus emociones como a sus palabras. Debía hacer todo lo posible por disimular su propia aflicción—. Es cuestión de lo que es correcto, lo que debe hacerse.
—Pero ¿por qué tiene que hacerlo? —insistió Jemima—. ¿Por qué no puede hacerlo otro? Yo no quiero que se vaya.
Charlotte la acarició.
—Yo tampoco. Pero si nos quejamos, sólo le pondremos las cosas más difíciles. Le he dicho que cuidaremos unos de otros y le echaremos de menos, pero que estaremos bien hasta que vuelva.
Jemima reflexionó unos minutos al respecto, sin saber si aceptarlo o no.
—¿Está persiguiendo hombres malos? —Daniel habló por primera vez.
—Sí —se apresuró a responder Charlotte—. Hay que detenerlos y él es la persona más adecuada para hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque es muy listo. Otras personas llevan tiempo intentándolo y no lo han conseguido, de modo que han enviado a papá.
—Entiendo. Entonces supongo que estaremos bien. —Daniel meditó un momento—. ¿Es peligroso?
—No va a enfrentarse a ellos —dijo Charlotte con más tranquilidad de la que sentía—. Sólo debe averiguar quiénes son.
—¿No va a detenerlos? —preguntó Daniel de modo razonable, con una ceja arqueada.
—Él solo no —explicó Charlotte—. Se lo dirá a otros policías y lo harán todos juntos.
—¿Estás segura? —Daniel intuía que su madre estaba preocupada, aun cuando no sabía el porqué.
Ella se obligó a sonreír.
—Por supuesto. ¿Tú no?
Él asintió, satisfecho.
—De todas formas le echaré de menos.
—Yo también —dijo Charlotte, obligándose a seguir sonriendo.
Pitt fue en tren directamente a la dirección al norte de Spitalfields que le había facilitado Cornwallis. Resultó ser una pequeña casa situada detrás de una tienda. Victor Narraway le esperaba. Pitt vio que era un hombre enjuto, con una mata de pelo oscuro salpicado de canas y un rostro en el que la inteligencia era peligrosamente evidente. No podía pasar inadvertido en cuanto uno lo miraba a los ojos.
Estudió a Pitt con interés.
—Siéntese —ordenó señalando la sencilla silla de madera que tenía enfrente. En la habitación había muy pocos muebles, sólo una cómoda con todos los cajones bien cerrados, una mesita y dos sillas. Seguramente antaño había sido una trascocina.
Pitt obedeció. Vestía su ropa más vieja, la que solía llevar cuando no quería llamar la atención en los barrios más pobres. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que le había parecido necesario. Se sentía incómodo, sucio y en una situación de total desventaja. Era como si sus años de éxitos se hubieran desvanecido y convertido en nada más que un sueño, o un deseo.
—No veo que vaya a serme usted de mucha utilidad —dijo Narraway sombrío—, pero supongo que no debería mirar los dientes a caballo regalado. Me lo han endilgado, así que será mejor que le saque el mayor provecho. Creía que era usted famoso por su forma de hacer frente al escándalo entre la pequeña nobleza. Spitalfields no parece su territorio.
—No lo es —dijo Pitt a regañadientes—. Lo era Bow Street.
—¿Y dónde demonios ha aprendido a hablar así? —Narraway arqueó una ceja. Tenía una buena voz, y su dicción le venía tanto de nacimiento como por educación, pero no era mejor que la de Pitt.
—Me educaron con el hijo del dueño de la finca —respondió recordándolo aun entonces con vividez: el sol que entraba por las ventanas, el profesor con su vara y sus lentes, las interminables repeticiones hasta que quedaba satisfecho. Al principio le había molestado, pero luego le fascinó. Ahora estaba agradecido.
—Tuvo suerte —comentó Narraway con una sonrisa tensa—. Pero si quiere servir de algo aquí tendrá que desaprenderlo, y deprisa. ¡Tiene aspecto de buhonero o vagabundo, y habla como un refugiado del Ateneo!
—Puedo hablar como un buhonero si quiero —afirmó Pitt—. No uno del barrio, sería estúpido que lo intentara. Todos se conocen.
La expresión de Narraway se relajó por vez primera y en sus ojos se vislumbró un atisbo de aceptación. Era un primer paso, nada más. Hizo un gesto de asentimiento.
—El resto de Londres no tiene ni idea de lo grave que es esto —aseguró con aire sombrío—. Sólo saben que hay disturbios. Pero es más que eso. —Observaba a Pitt con detenimiento—. No se trata de algún que otro lunático con un cartucho de dinamita, aunque sin duda también los tenemos. —La ironía apareció fugazmente en su rostro—. No hace ni dos meses tuvimos a un hombre que arrojaba dinamita por el retrete y bloqueaba las tuberías, hasta que la dueña se quejó. Los obreros que levantaron las tuberías y la encontraron no tenían ni idea de lo que era. Un pobre infeliz creyó que le sería útil para reparar grietas y la dejó en el suelo de su buhardilla para que se secara, e hizo saltar todo el lugar por los aires. Se derrumbó la mitad de la casa.
Era absurdo, pero también amargo y dramático. Uno se reía de lo ridículo que resultaba, pero quedaba la tragedia.
—Si no es algún nihilista intentando hacer realidad sus ambiciones —preguntó Pitt—, ¿qué buscamos entonces?
Narraway sonrió, un poco más relajado. Se arrellanó en la silla y cruzó las piernas.
—Siempre ha existido el problema irlandés y dudo que desaparezca, pero por el momento ésa no es nuestra principal preocupación. Sigue habiendo fenianos por ahí sueltos, pero arrestamos a un buen número el último año y están bastante silenciosos. Todavía hay un fuerte sentimiento anticatólico generalizado.
—¿Es peligroso?
Narraway observó la expresión de duda de Pitt.
—No en sí mismo —respondió con aspereza—. Tiene mucho que aprender. ¡Empiece por permanecer callado y escuchar! Búsquese un empleo cualquiera que justifique su existencia. Recorra las calles de por aquí. Tenga los ojos bien abiertos y la boca cerrada. Escuche las conversaciones frívolas, entérese de lo que se dice y lo que no se dice. En el aire se palpa una cólera que no existía aquí hace diez o quince años. ¿Se acuerda del Domingo Sangriento del ochenta y siete, y de los asesinatos de Whitechapel del otoño siguiente? Han pasado cuatro años de eso y es cuatro veces peor.
Por supuesto que Pitt recordaba los otoños de 1887 y 1888. Todo el mundo los tenía presentes. Sin embargo, ignoraba que la situación siguiera estando tan cerca de la violencia. Había creído que se trataba de uno de esos estallidos esporádicos que se producían de vez en cuando para, acto seguido, volver a apagarse. Una parte de él se preguntaba si Narraway no dramatizaba en exceso, tal vez para darse importancia. Había mucha rivalidad dentro de las distintas ramas responsables de hacer observar la ley, cada una de las cuales protegía su propio territorio e intentaba ampliarlo a costa de las demás.
Narraway le leyó el rostro como si hubiera hablado.
—No emita juicios apresurados, Pitt. Muéstrese escéptico, por supuesto, pero haga lo que se le ordena. No sé si Donaldson tenía razón en lo que dijo sobre usted en el estrado, pero a mí tendrá que obedecerme mientras esté en la Rama Especial, o le pondré de patitas en la calle tan deprisa que acabará viviendo en Spitalfields o en un lugar parecido de por vida, ¡y su familia con usted! ¿He hablado con suficiente claridad?
—Sí, señor —respondió Pitt, horriblemente consciente aún del terreno tan peligroso en el que se hallaba. No tenía ningún amigo y demasiados enemigos. No podía permitirse dar a Narraway un pretexto para que lo echara.
—Bien. —Narraway volvió a cruzar las piernas—. Entonces escúcheme con atención y no olvide lo que le digo. No importa lo que usted crea, yo tengo razón, y deberá usted actuar de acuerdo con lo que yo le diga si quiere sobrevivir, y no digamos serme de alguna utilidad.
—Sí, señor.
—¡Y no me conteste como un loro! —exclamó Narraway—. ¡Si quiero un pájaro parlante, me compraré uno! —Tenía la cara tensa—. En el East End reina una pobreza tan absoluta y desesperada como no es capaz de imaginar siquiera el resto de la ciudad. La gente se muere de hambre y de enfermedades provocadas por el hambre, hombres, mujeres y niños. —La cólera contenida hizo que su voz sonara áspera—. Son más los niños que mueren que los que logran vivir. Eso quita valor a la vida. Los valores son distintos. Ponga a un hombre en una situación en la que no tenga nada que perder y tendrá problemas. Ponga a cien mil hombres y tendrá un polvorín para la revolución. —Observaba a Pitt con atención—. Es ahí donde sus católicos, terroristas anarquistas, nihilistas y judíos representan un peligro. Son la única chispa que podría hacer estallar sin proponérselo todo lo demás. Sólo necesita empezar.
—¿Judíos? —preguntó Pitt intrigado—. ¿Qué problema hay con los judíos?
—No es lo que esperábamos —admitió Narraway—. Hay un montón de judíos bastante liberales procedentes de Europa. Vinieron después de las revoluciones del cuarenta y ocho, que fueron sofocadas de una manera u otra. Contábamos con que su cólera se desbordara aquí, pero hasta la fecha no ha sido así. —Se encogió muy levemente de hombros—. Lo que no es lo mismo que decir que no vaya a hacerlo. Y hay mucho sentimiento antisemita por ahí, nacido en su mayor parte del miedo y la ignorancia. Pero cuando las cosas se ponen difíciles, la gente busca cabezas de turco, y los que son evidentemente distintos se convierten en el primer blanco, porque es el más fácil.
—Entiendo.
—Lo dudo —repuso Narraway con desdén—, pero lo hará si presta atención. Le he encontrado alojamiento en Heneagle Street, con un tal Isaac Karansky, un judío polaco respetado en el barrio. Cabe esperar que esté usted a salvo dentro de lo que cabe, y en situación de vigilar y escuchar, de averiguar algo.
Sus instrucciones seguían siendo muy vagas, y Pitt no sabía muy bien qué se esperaba de él. Estaba acostumbrado a tener un caso concreto que investigar, algo que ya había sucedido y que él debía desentrañar, averiguar quién era el responsable, cómo se había hecho y, si era posible, por qué. Tratar de descubrir algo sobre un hecho poco específico que podía o no suceder en el futuro era totalmente distinto, algo demasiado indefinido para entenderlo. ¿Por dónde iba a empezar? No había nada que examinar, nadie a quien interrogar y, peor aún, carecía de autoridad.
Una vez más se sintió abrumado por una sensación de fracaso, tanto pasado como por venir. No servía para ese empleo. Requería habilidades y conocimientos que no poseía. Allí era un extraño, casi un extranjero respecto a las costumbres imperantes. No lo habían enviado a ese lugar porque pudiera ser útil, sino a modo de castigo por haber acusado a Adinett y tenido éxito. No obstante, seguía teniendo un empleo y una fuente de ingresos para Charlotte y los niños. Al menos estaba agradecido por eso, aun cuando en ese momento su gratitud se hallaba sepultada bajo el miedo y la cólera.
¡Tenía que intentarlo! Necesitaba sacar más información a Narraway, aun cuando eso significara tragarse su orgullo y obligarse a preguntar. Cuando saliera de esa habitación diminuta e insulsa sería demasiado tarde. Se sentiría más solo de lo que había estado profesionalmente en toda su vida.
—¿Cree que hay alguien tratando deliberadamente de fomentar la violencia, o va a ocurrir en una serie de accidentes que nos pillarán desprevenidos? —preguntó.
—Lo segundo es posible —respondió Narraway—. Siempre lo ha sido. Pero creo que esta vez será lo primero. Aunque probablemente parecerá espontáneo, y sabe Dios que hay suficiente pobreza e injusticia para avivarla, una vez encendida. Y suficiente odio religioso y racista para que estalle una guerra en las calles. Eso es lo que debemos prevenir, Pitt. En comparación, el asesinato parece algo muy simple, ¿verdad? Casi hasta irrelevante, salvo para los involucrados. —Su voz volvía a ser áspera—. Y no me diga que toda la tragedia o la injusticia está hecha de personas individuales… ¡ya lo sé! Sin embargo, ni siquiera las mejores sociedades del mundo logran erradicar los pecados personales de la envidia, la avaricia y la cólera, y no creo que lo consigan nunca. De lo que estamos hablando es de una clase de locura en la que nadie está a salvo y que destruye todo cuanto tiene utilidad o valor.
Pitt no dijo nada. Sus pensamientos eran tan sombríos que le asustaron.
—¿Ha leído algo sobre la Revolución francesa? —preguntó Narraway—. Me refiero a la grande, la de 1789, no a este reciente fiasco.
—Sí. —Pitt se estremeció al pensar de nuevo en las lecciones en la finca y la descripción de las calles de París, en las que corría la sangre humana mientras la guillotina hacía su trabajo día tras día—. El Gran Terror —añadió.
—Exacto. —Narraway apretó los labios—. París está muy cerca, Pitt. No crea que no podría ocurrir aquí. Tenemos suficiente desigualdad, créame.
A pesar suyo, Pitt consideró la posibilidad de que hubiera al menos alguna verdad en lo que decía Narraway. Exageraba, por supuesto, pero hasta la imagen más pálida resultaba terrible.
—¿Qué necesita exactamente de mí? —preguntó controlando con cuidado su voz—. Deme algo que buscar.
—¡Yo no le necesito absolutamente para nada! —exclamó Narraway con repentina indignación—. Usted me ha caído de arriba. No estoy muy seguro de por qué pero, ya que está aquí, puedo utilizarlo. Aparte de tener un lugar donde vivir tan razonable como cabe esperar de Spitalfields, Isaac Karansky es un hombre de cierta influencia en su propia comunidad. Obsérvelo, escuche, averigüe cuanto pueda. Si se entera de algo útil, avíseme. Estoy aquí cada semana a una hora u otra. Hable con el zapatero de la acera de enfrente. Él sabe cómo hacerme llegar los recados. No me llame a menos que sea importante, ¡y no deje de hacerlo si puede serlo! Si se equivoca, prefiero que sea por pecar de prudente.
—Sí, señor.
—Bien. Entonces váyase.
Pitt se levantó y se encaminó hacia la puerta.
—¡Pitt!
Éste se volvió.
—¿Sí, señor?
Narraway lo observaba.
—Tenga cuidado. Ahí fuera no tiene amigos. No lo olvide nunca, ni por un momento. No se fíe de nadie.
—No, señor. Gracias. —Pitt salió sintiendo frío, a pesar del ambiente cargado y el olor medio dulzón de la madera podrida.
Preguntando un par de veces llegó a través de estrechas y grises callejas a Heneagle Street. Encontró la casa de Isaac Karansky en la esquina de Brick Lane, una concurrida calle que conducía por delante de la altísima mole de la fábrica de azúcar hasta Whitechapel Road. Llamó a la puerta. No ocurrió nada, de modo que volvió a llamar.
Acudió a abrirla un hombre de unos cincuenta y cinco años. Tenía la tez morena, a todas luces semítica, y el pelo negro salpicado generosamente de canas. En su mirada había tanta amabilidad como inteligencia mientras estudiaba a Pitt, pero las circunstancias le habían enseñado a ser cauteloso.
—¿Sí?
—¿Señor Karansky? —preguntó Pitt.
—Sí… —Tenía la voz grave, con un leve acento, y muy recelosa de los intrusos.
—Me llamo Thomas Pitt. Acabo de llegar a este barrio y estoy buscando alojamiento. Un amigo me ha comentado que usted podría tener una habitación para alquilar.
—¿Cómo se llama su amigo, señor Pitt?
—Narraway.
—Bien, bien. Tenemos una habitación. Pase, por favor, y vea si es lo que busca. Es pequeña, pero limpia. Mi mujer es muy maniática. —Se apartó para franquearle la entrada.
El pasillo era estrecho, y las escaleras no estaban a más de un par de metros de distancia de la puerta. Todo estaba oscuro, y Pitt supuso que en invierno habría humedad y haría muchísimo frío, pero olía a limpio, a una especie de cera, y llegaba un aroma a hierbas que no logró identificar. Era agradable, una casa donde vivía gente en familia, donde una mujer cocinaba, barría y hacía la colada, y estaba por lo general ocupada.
—Arriba de todo. —Karansky señaló las escaleras.
Pitt subió despacio, oyendo el crujido que acompañaba cada paso que daba. En lo alto Karansky le indicó una puerta y Pitt la abrió. La habitación era pequeña, con una ventana tan sucia que costaba ver lo que había fuera, pero tal vez era preferible dejarlo a la imaginación. Uno podía crearse su propio sueño.
Había una cama de hierro, ya hecha con sábanas de hilo que parecían limpias y almidonadas, y varias mantas, además de una cómoda de madera con media docena de cajones con extraños tiradores, y una palangana y una jarra encima. De la pared colgaba un trozo de espejo. No había armario, pero sí dos colgadores en la puerta. En el suelo, al lado del lecho, había una alfombra.
—Servirá —aceptó Pitt. Los años se desvanecieron, y era como si volviera a ser un muchacho, en la finca, y la policía acabara de llevarse a su padre; cuando a su madre y a él los expulsaron de la casa del guardabosque y se encontraron en las habitaciones de los criados. Entonces se habían considerado afortunados. El señor Matthew Desmond los había acogido. La mayoría de la gente los habría echado a la calle.
Recorrió la habitación con la mirada recordando de nuevo la pobreza, el frío y el miedo; era como si los años intermedios sólo hubieran sido un sueño y hubiera llegado el momento de despertar y seguir adelante con la realidad. El olor le resultaba curiosamente familiar; no había polvo, sólo la desnudez y el saber cuánto frío haría, los pies descalzos en el suelo, hielo en el cristal de la ventana, agua fría en la jarra.
Keppel Street parecía obra de la fantasía. Iba a echar de menos las comodidades a que estaba acostumbrado. Peor aún, iba a echar infinita e insoportablemente de menos el calor, las risas y el amor, la seguridad.
—Serán dos chelines a la semana —susurró Karansky a sus espaldas—. Y un chelín y seis peniques más con comida. Puede sentarse con nosotros a la mesa si lo desea.
Recordando lo que Narraway había dicho sobre la posición de Karansky en la comunidad, Pitt no vaciló en aceptar.
—Gracias, eso estaría muy bien. —Se llevó una mano al bolsillo y contó el dinero para pagar el alquiler de la primera semana. Como Narraway había dicho, debía encontrar alguna clase de empleo o suscitaría sospechas—. ¿Cuál es el mejor lugar para buscar trabajo?
Karansky se encogió expresivamente de hombros, el pesar impreso en su rostro.
—No existe tal lugar. Aquí la gente lucha por sobrevivir. Parece fuerte de espaldas. ¿Qué está dispuesto a hacer?
Pitt no había pensado seriamente en ello hasta ese momento. Sólo mientras contaba el dinero de su alquiler cayó en la cuenta de que debía tener una fuente de ingresos visible, pues de lo contrario despertaría sospechas innecesarias. Habían transcurrido muchos años desde la última vez que había hecho un gran esfuerzo físico. Su trabajo a veces era duro para los pies, pero en la mayoría de los casos era la mente lo que utilizaba, sobre todo desde que había estado a cargo de Bow Street.
—No tengo manías —respondió. Por lo menos no se encontraban lo bastante cerca de los muelles para tener que cargar carbón o levantar cajones—. ¿Qué me dice de la fábrica de azúcar? La he visto al bajar por Brick Lane. Se huele desde aquí.
Karansky arqueó una ceja.
—Le interesa, ¿eh?
—¿Si me interesa? No. Sólo pensé que podría haber trabajo allí. El azúcar necesita a muchos hombres, ¿no es así?
—Oh, sí, cientos —coincidió Karansky—. Una de cada dos familias del barrio debe al menos parte de sus ingresos a esa fábrica. Pertenece a un hombre llamado Sissons. Tiene tres, todas por aquí; dos a esta parte de Whitechapel Road y la tercera al otro lado.
Algo en su expresión llamó la atención de Pitt, una vacilación, una actitud vigilante.
—¿Es un buen lugar para trabajar? —preguntó tratando de adoptar un aire de naturalidad.
—Cualquier empleo es bueno —respondió Karansky—. Pagan lo suficiente. La jornada es larga y el trabajo puede ser duro, pero da lo bastante para vivir si anda con ojo. Es mucho mejor que morir de hambre, y ya hay bastante de eso por aquí. Pero no se haga ilusiones a menos que conozca a alguien que lo meta.
—No conozco a nadie. ¿Dónde más puedo buscar?
Karansky parpadeó.
—¿No va a intentarlo?
—Lo intentaré, pero usted mismo ha dicho que no cuente con ello.
Hubo un movimiento en el rellano al otro lado de la puerta y Karansky se volvió. Pitt vio más allá de él a una atractiva mujer. Su cabellera seguía siendo abundante y morena a pesar de que debía de tener casi la edad de Karansky, pero tenía el rostro surcado de arrugas de hastío y ansiedad, y una expresión angustiada en los ojos, como si el miedo nunca la abandonara. Aun así sus facciones eran hermosas y proporcionadas, y poseía un aire de dignidad que la experiencia había pulido antes que destruido.
—¿Le parece bien la habitación? —preguntó con timidez.
—Ya está arreglado, Leah —la tranquilizó Karansky—. El señor Pitt se quedará con nosotros. Buscará empleo mañana.
—Saul necesita ayuda —dijo ella mirando a Pitt—. ¿Puede levantar y cargar? No es duro.
—Me estaba preguntado por la fábrica de azúcar —explicó Karansky—. Tal vez prefiera eso.
La mujer pareció sorprendida y preocupada, como si Karansky hubiera hecho algo que la hubiera decepcionado. Frunció el entrecejo.
—¿No estaría mejor con Saul? —Dio a entender con su expresión que quería decir mucho más que esas simples palabras, y esperaba que él lo entendiera.
Karansky se encogió de hombros.
—Puede probar suerte con los dos, si quiere —comentó a Pitt.
—Usted ha dicho que no conseguiré nada en la fábrica de azúcar a menos que conozca a alguien —recordó Pitt.
Karansky lo miró unos segundos en silencio, como si tratara de decidir si Pitt era honrado, y la verdad al respecto lo eludiera.
Fue la señora Karansky quien rompió el silencio.
—La fábrica de azúcar no es un buen sitio, señor Pitt. Saul no le pagará tan bien, pero es mejor trabajar con él, créame.
Pitt trató de sopesar las ventajas de la seguridad y lo que parecía sentido común, frente a la pérdida de una oportunidad para descubrir qué había tan peligroso en las fábricas de azúcar que mantenían a la mitad de la comunidad, ya fuera directa o indirectamente.
—¿A qué se dedica Saul? —preguntó.
—Es tejedor de seda —respondió Karansky.
Pitt tenía el presentimiento de que Karansky esperaba que se interesara por la fábrica de azúcar y fuera tras ese empleo pese a su advertencia. Recordó el consejo de Narraway de no fiarse de nadie.
—Entonces iré a verlo mañana, y si tengo suerte tal vez me dé un empleo —afirmó—. Cualquier cosa será mejor que nada, aunque sea por unos pocos días.
La señora Karansky sonrió.
—Se lo diré. Es un buen amigo. Le buscará algo que hacer. Tal vez no sea mucho, pero es tan seguro como puede serlo algo en esta vida. Bueno, debe de tener hambre. Comeremos en menos de una hora. Siéntese con nosotros.
—Gracias. —Pitt aceptó recordando el olor de la cocina y retrocediendo ante la idea de volver a salir a las desagradables y grises calles, con su olor a suciedad y miseria—. Lo haré.