11
Después de dejar a Charlotte Pitt siguió andando por la calle en dirección a la fábrica de azúcar. El intenso y empalagoso olor se le introducía por la nariz y la garganta, pero ni la perspectiva de hacer guardia esa noche podía estropear la felicidad que le había inundado al verla, aun por poco tiempo. Estaba exactamente como la había recreado su memoria en las largas noches de soledad: el calor que irradiaba, el contorno de las mejillas, los labios y, por encima de todo, los ojos al sostenerle la mirada.
Se encaminó hacia las puertas de la fábrica y las cruzó. El enorme edificio se elevaba imponente mientras los hombres se abrían paso a codazos. Sólo quería averiguar si lo necesitaban esa noche. Casi todas las mañanas pasaba para preguntar.
—Sí —respondió alegremente el vigilante más antiguo. Aquel día se le veía cansado, sus ojos, de un azul desvaído, casi ocultos tras pliegues de piel.
—Bien —respondió Pitt con pesar. Habría preferido dormir—. ¿Cómo está su mujer?
—Pachucha —contestó el vigilante nocturno meneando la cabeza y tratando de sonreír.
—Lo siento. —Pitt lo decía en serio. Siempre preguntaba por ella, y la respuesta variaba de un día para otro, pero la mujer empeoraba y ambos lo sabían. Habló con él un rato más. Billy se sentía solo y siempre necesitaba a alguien con quien compartir sus inquietudes.
Después Pitt se dirigió con prisas al taller de Saul porque se le había hecho tarde. También llegó con retraso a su primer recado, porque un carro de barriles volcó en la calle y se detuvo a ayudar al carretero a volverlos a cargar. La paz que experimentaba en su interior le hacía inmune a las calles grises, la cólera y el miedo que crispaban los nervios.
Esa noche, regresó a Heneagle Street temprano. Isaac aún no había vuelto y Leah estaba atareada en la cocina.
—¿Es usted, Thomas? —preguntó al oír pasos al pie de las escaleras.
Pitt percibió el intenso olor de sus guisos, a hierbas dulces. Se había acostumbrado a ellas y le habían llegado a gustar.
—Sí —respondió—. ¿Cómo está?
Ella nunca respondía directamente.
—¿Tiene hambre? Debería comer más… y no trabajar tan tarde en esa fábrica. No es bueno para usted.
Él sonrió.
—Sí, tengo hambre, y he de hacer el primer turno esta noche.
—¡Entonces pase y coma algo!
Él subió antes a lavarse la cara y las manos, y encontró la ropa limpia que ella le había dejado sobre la cómoda. Cogió la camisa de encima y vio que había dado la vuelta a los puños, de tal manera que los extremos gastados quedaban dentro.
Le embargó una sensación de nostalgia tan abrumadora que por un instante fue casi inconsciente de la habitación en que se encontraba. Era un pequeño detalle doméstico, la clase de cosa que haría Charlotte. La había visto tardes enteras remendar, dar la vuelta a cuellos o puños, la aguja chocando contra el dedal, la luz reflejándose en éste, plateada, con cada puntada diminuta.
Luego se puso furioso por tantas mujeres como Leah Karansky, a las que nunca se les preguntaba si querían una revolución, o qué precio estarían dispuestas a pagar por la idea que otra persona tenía de la justicia social o la reforma. Tal vez lo único que ellas querían era a su familia a salvo en casa por la noche y dinero suficiente para poner en la mesa algo que comer.
Pitt examinó las puntadas de Leah en los puños y supo cuánto tiempo había dedicado a la tarea. Debía darle las gracias, hacerle saber que apreciaba la amabilidad, tal vez hablarle de algo interesante al hacerlo. O mejor, escucharla con mucha atención cuando ella hablara.
Después de cenar, sonriendo aún al recordar las historias de Leah, entró en el patio de la fábrica de azúcar en el preciso momento en que llegaba Wally Edwards, con quien iba a compartir la guardia.
—¡Ah, tú otra vez! —exclamó Wally alegremente—. ¿Qué haces con todo tu dinero, eh? Con la seda todo el día y el azúcar por la noche… Alguien está viviendo a lo grande gracias a tu trabajo, seguro.
—¡Yo algún día! —dijo Pitt con un guiño.
Wally rio.
—Oye, me han contado una historia muy graciosa sobre un fabricante de velas y una anciana. —Y sin esperar, pasó a relatársela con deleite.
Un cuarto de hora después Pitt efectuó la primera ronda por su zona, y Wally fue en dirección contraria, todavía riendo para sus adentros. El personal que trabajaba de noche era el mínimo. Las calderas nunca se apagaban, y Pitt echó un vistazo en cada sala y subió por la estrecha escalera a cada planta. Las salas eran pequeñas, de techos bajos para que hubiera el mayor número de pisos. Las ventanas eran diminutas; por fuera, a la luz del día, el edificio no parecía tener ninguna. En esos momentos estaba iluminado por lámparas bien protegidas, porque el jugo de caña era sumamente inflamable.
Cada sala por la que pasaba estaba llena de cubas, barriles, retortas y grandes calderas en forma de disco y cacerolas de varios metros de ancho. Los pocos hombres que todavía trabajaban; miraban alrededor y cambiaban unas palabras con él para a continuación seguir con su tarea. En todas partes había un olor dulzón, casi a podrido. A Pitt le parecía que nunca se lo quitaría de la ropa y el pelo.
Media hora después volvió a encontrarse abajo con Wally. Pusieron agua a hervir en un brasero en el patio descubierto y, sentados en los viejos barriles, dentro de los cuales llegaba sin refinar el azúcar de las Antillas, bebieron el té a sorbos hasta que estuvo lo bastante frío. Se contaron chistes e historias, algunas muy largas y sólo ligeramente graciosas, pero lo importante era la compañía.
En un par de ocasiones advirtieron un movimiento en la oscuridad. La primera vez Wally fue a investigar y volvió diciendo que creía que había sido un gato. La segunda fue Pitt, y encontró a uno de los encargados de la caldera dormido tras una montaña de toneles. Al despertar había movido uno, que rodó sobre los adoquines.
Cada uno efectuó otra ronda, y luego otra.
Una vez Pitt vio salir a un hombre al que no reconoció. Le pareció de edad más avanzada que la mayoría de los trabajadores, pero la vida en Spitalfields envejecía a sus habitantes. Lo que le llamó la atención fueron sus facciones recias, de huesos delicados, y su tez oscura. El tipo se abstuvo de mirarle, limitándose a levantar una mano en un saludo rápido, y la luz arrancó un destello de una sortija con una piedra negra. El hombre transmitía una inteligencia que continuaba grabada en la memoria de Pitt cuando volvió al patio y encontró a Wally poniendo de nuevo agua a hervir.
—¿Termina el turno algún empleado a esta hora? —preguntó.
Wally se encogió de hombros.
—Algunos. Es un poco temprano, pero a los pobres diablos no les dan las gracias de todos modos. Se escabullen a casa para dormir, supongo. Qué suerte tienen. ¡No me importaría meterme en la cama! —Retiró el cazo del fuego—. ¿Te he contado que una vez subí por el canal hasta Manchester? —Y sin esperar una respuesta, inició el relato.
Dos horas más tarde Pitt estaba en mitad de su siguiente ronda por las salas del piso superior cuando llegó al final del pasillo y observó que la puerta de la oficina de Sissons estaba entornada. Le parecía que no la había visto así en la ronda anterior. ¿Había entrado algún empleado?
La abrió por completo de un empujón, sosteniendo la linterna en alto. La estancia era más amplia que las demás y desde el séptimo piso, al resplandor muy tenue del lucero del alba, vio por encima de los tejados, en dirección sur, el reflejo plateado sobre la brillante superficie del río.
Sosteniendo la linterna en alto, dio vueltas por la habitación.
Sissons estaba sentado a su escritorio, desplomado sobre su superficie brillante. En la mano derecha tenía una pistola, y había un charco de sangre en la madera y el cuero debajo de él. Aún más llamativa, de un blanco deslumbrante al enfocarla con la linterna, era una hoja de papel que la sangre no había alcanzado y, por lo tanto, sin manchar. El tintero estaba a la derecha del escritorio, en la parte delantera, colocado en su base ligeramente hundida, la pluma en su soporte, el cortaplumas al lado.
Helado, con el estómago un tanto revuelto, Pitt dio los dos pasos que lo separaban de Sissons, con cuidado de no tocar nada. No vio huellas ni gotas de sangre en el suelo. Tocó la mejilla de Sissons. Estaba casi fría. Debía de llevar dos o tres horas muerto.
Rodeó el escritorio y leyó la nota. Estaba escrita con caligrafía pulcra, casi pedante.
He hecho todo lo que he podido y he fracasado. Me advirtieron, pero no hice caso. En mi estupidez creí que un príncipe, heredero al trono de Inglaterra y, por lo tanto, de una cuarta parte del mundo, cumpliría su palabra. Le presté dinero, todo el que conseguí reunir, a plazo fijo y con un interés mínimo. Creí que al hacerlo aliviaría sus apuros económicos y, al mismo tiempo, ganaría un poco que podría invertir de nuevo en mi negocio para beneficiar a mis trabajadores.
Qué ciego he estado. Él ha negado la mismísima existencia del préstamo, y estoy acabado. Perderé las fábricas, miles de hombres se quedarán sin empleo, y todos cuantos dependen de ellas morirán del mismo modo. La culpa es mía, por haber confiado en un hombre sin honor. No me siento con fuerzas para vivir y ver lo que ocurre, no puedo soportar ser testigo o enfrentarme a los hombres a los que he destruido.
Estoy haciendo lo único que me queda por hacer. Que Dios me perdone.
James Sissons
Al lado de la nota había un pagaré por valor de veinte mil libras, firmado por el príncipe de Gales. Pitt se quedó mirando ambos papeles y éstos danzaron ante sus ojos. La habitación parecía dar vueltas a su alrededor como si se hallara a bordo de un barco. Apoyó las manos en el escritorio para sostenerse. Ya no era posible ayudar a Sissons. Cuando entrara el primer secretario y lo encontrara, y junto a él la nota y el pagaré, el hecho causaría más daño que media docena de cartuchos de dinamita. Un préstamo no devuelto al príncipe de Gales, para que apostara en las carreras de caballos, bebiera vino y comprara regalos a sus queridas, ¡mientras en Spitalfields mil quinientas familias tenían que salir a mendigar! Las tiendas cerrarían, los comerciantes abandonarían sus negocios, la gente cerraría sus casas con tablones y viviría en las calles.
Se producirían disturbios al lado de los cuales el Domingo Sangriento de Trafalgar Square parecería una pelea en un patio de recreo. Todo el East End de Londres estallaría.
Y cuando Remus obtuviera la última prueba que necesitaba para desenmascarar al asesino de Whitechapel como alguien al servicio del trono, a nadie le importaría si la reina, el príncipe de Gales o quien fuera había estado informado o lo había consentido; habría una revolución. El viejo orden desaparecería para siempre, reemplazado por la cólera, luego el terror y por último la destrucción implacable, tanto de lo bueno como de lo malo.
La ley sería la primera en resentirse, tanto la que oprimía como la que protegía, y por último toda la ley, hasta la que regía la conciencia y la violencia que llevaba dentro de sí.
Pitt acercó la mano a la carta. Si la rompía, nadie más se enteraría de su existencia. Podía retirar la pistola de la mano de Sissons y deshacerse de ella, dejarla caer en un tonel. Entonces parecería un asesinato. La policía nunca averiguaría quién lo había cometido, porque nadie lo había hecho.
Esa mitad de la conspiración podía detenerse. Así, aun cuando Remus diera a conocer la otra historia, la cólera que se respiraba en Spitalfields no estallaría. Suscitaría furia, pero contra Sissons, no contra el trono.
¿Era eso lo que él quería? Mantuvo la mano en el aire, sobre el papel. Si el príncipe de Gales había tomado prestado dinero para pagar sus lujos, y no lo había devuelto, aun a sabiendas de que eso significaría la ruina para miles de personas, entonces merecía ser destronado, despojado de sus privilegios y abandonado relativamente en la indigencia en que se encontraban ahora los habitantes de Spitalfields. Aun cuando se convirtiera en fugitivo, en refugiado en otro país, su situación no sería peor que la de muchos. Tendría que empezar de cero como un extranjero, como habían hecho Isaac y Leah Karansky, y cientos de miles como ellos. A fin de cuentas todas las vidas humanas eran iguales.
¿Dónde estaba la justicia si Pitt encubría ese monstruoso egoísmo, esa irresponsabilidad criminal, porque el culpable era el príncipe de Gales? Eso lo convertiría en cómplice del pecado.
Y si no lo hacía, un número incalculable de personas que no tenían ni voz ni voto en el asunto se verían afectadas por la violencia que vendría a continuación y la destrucción, que dejaría una estela de pobreza y pérdidas tal vez durante toda una generación.
Estaba totalmente aturdido. Todos los principios por los que se regía su vida le prohibían ocultar la verdad. Sin embargo, aun mientras las ideas se le agolpaban en la cabeza, cogió el papel. Lo arrugó, luego lo desdobló y lo rompió una y otra vez hasta convertirlo en trozos diminutos. Todavía no muy seguro de por qué lo hacía, se guardó el pagaré dentro de la camisa.
Temblaba y notaba el sudor frío en la piel. Se había comprometido. Ya no podía volverse atrás.
Si tenía que parecer un asesinato debía hacer que lo pareciera. Sin duda había investigado suficientes asesinatos para saber qué buscaría la policía. Sissons llevaba muerto al menos dos o tres horas. No había peligro de que sospecharan de él. Era preferible un robo impersonal al odio o la venganza, que darían a entender que era alguien que conocía al propietario de la fábrica.
¿Había dinero en la oficina? Debía crear la impresión de que la habían registrado cuando menos, y deprisa. Por otro lado, no debía parecer que se había quedado allí parado, planteándose qué hacer. Un hombre honrado habría dado la alarma de inmediato. Ya se había retrasado bastante. No era momento para titubear.
Abrió los cajones del escritorio y los vació en el suelo, e hizo lo mismo con los archivadores. Encontró un poco de dinero en efectivo, pero no se vio con fuerzas de cogerlo. En lugar de ello lo escondió debajo de un cajón y volvió a ponerlo en su sitio. No se quedó muy satisfecho, pero tendría que servir.
Ojeó rápidamente otros papeles para ver si había más alusiones al préstamo del príncipe. Todo parecía relacionado con la fábrica y su funcionamiento diario: pedidos y recibos, y unas pocas cartas de intenciones. Una le llamó la atención porque conocía la letra. Se quedó helado mientras la leía:
Querido amigo:
Es un sacrificio inmenso el que se dispone a hacer por la causa. Nunca podré expresar la gran admiración que suscita entre sus colegas. Su ruina en manos de cierta persona prenderá un fuego que nunca se apagará y que se verá en toda Europa, y se le recordará con reverencia como un héroe del pueblo.
Mucho después de que la violencia y la muerte hayan sido relegadas al olvido, su monumento conmemorativo será la paz y la prosperidad de los hombres y mujeres corrientes que llegaron después de usted.
Se despide con el más profundo respeto.
Estaba firmada con un garabato. En la mente de Pitt estalló como una explosión el hecho de que el autor de la carta estaba al corriente de la bancarrota de Sissons, y seguramente hasta de su muerte. El texto era ambiguo, pero eso parecía intencionado.
Debía destruirla también, y enseguida. Ya oía pasos en el pasillo. Había tardado demasiado en volver. Wally debía de estar buscándolo para asegurarse de que todo estaba en orden.
Rompió la misiva en mil pedazos. No tuvo tiempo de deshacerse de ella, pero al menos sería ilegible. Tendría que buscar la oportunidad de arrojar en una cuba los restos de ambas cartas y la pistola.
Se acercaba a la puerta cuando recordó dónde había visto esa caligrafía. Dio un traspié y se golpeó con la esquina del escritorio al comprender lo que eso implicaba. Había sido durante la investigación de la muerte de Martin Fetters… ¡era la letra de John Adinett!
Se quedó totalmente inmóvil, mareado por un instante, con la pierna dolorida por el golpe que se había dado contra el escritorio, aunque sólo era vagamente consciente de ello.
Los pasos de Wally habían llegado casi a la puerta.
Adinett no sólo había estado al corriente de la bancarrota de Sissons, ¡lo había elogiado por ella! No era monárquico como se habían pensado, sino todo lo contrario. Entonces ¿quién había matado a Martin Fetters?
Se abrió la puerta y Wally se asomó; la linterna que sostenía en la mano le iluminaba la cara desde abajo, lo que le daba un aspecto fantasmal.
—¿Estás bien, Tom? —preguntó con nerviosismo.
—Sissons está muerto —informó Pitt, y se sobresaltó al oírse la voz tan ronca y al ver cómo le temblaban las manos—. Parece que alguien le ha pegado un tiro. Voy a buscar a la policía. Tú quédate aquí y asegúrate de que no entra nadie.
—¿Un tiro? —Wally estaba perplejo—. ¿Por qué? —Miró hacia la figura desplomada sobre el escritorio—. ¡Dios! Pobre tipo. ¿Qué va a pasar ahora? —Había miedo en su voz y en su rostro, que estaba flácido de la conmoción y el horror.
Pitt era terriblemente consciente de la pistola que tenía en el bolsillo, así como de los trozos de las dos cartas rotas.
—No lo sé. Pero será mejor que llamemos enseguida a la policía.
—¡Nos echarán la culpa a nosotros! —exclamó Wally con expresión asustada.
—¡No lo harán! —exclamó Pitt, pero la sola idea le produjo ardor en la boca del estómago—. De todos modos no tenemos otra elección. —Pasó junto a Wally y salió sosteniendo la linterna en alto para ver por dónde iba. Debía encontrar una cuba vacía y deshacerse de la pistola.
En la primera sala en que entró había un trabajador nocturno que levantó la vista sin curiosidad; lo mismo ocurrió en la segunda. En la tercera no había nadie, y Pitt levantó la tapa de la cuba y olió el espeso líquido. El papel no se hundiría sólo en él, tendría que revolverlo. No quería arriesgarse a que lo encontraran con los trozos, pues todavía podrían recomponer las cartas con cuidado. Los arrojó sobre la superficie y utilizó la pistola para darles vueltas hasta que dejaron de verse; a continuación dejó caer el arma y observó cómo se sumergía lentamente.
Tan pronto como desapareció, salió de nuevo al pasillo y, bajó corriendo por las escaleras hasta el patio. Fue derecho a las puertas y recorrió Brick Lane hacia Whitechapel High Street. La aurora se había extendido por el cielo, pero aún faltaba mucho para que se hiciera de día. Las farolas brillaban como lunas moribundas a lo largo de la acera y proyectaban pálidos arcos sobre los adoquines mojados.
Encontró a un agente de policía al doblar la esquina.
—¡Eh, eh! ¿Qué pasa contigo? —preguntó el policía cortándole el paso.
Pitt sólo veía su silueta porque estaban entre dos farolas, pero era alto y parecía fornido con la capa y el casco. Era la primera vez en su vida que Pitt tenía miedo de la policía, y era una sensación fría y desagradable, nada propia de él.
—Han pegado un tiro al señor Sissons —dijo jadeando—. En su oficina, en la fábrica de Brick Lane.
—¿Un tiro? —repitió el agente con tono dubitativo—. ¿Estás seguro? ¿Está muy malherido?
—Está muerto.
El policía enmudeció por un instante de perplejidad, luego se recobró.
—Entonces será mejor que vayamos a la comisaría a buscar al inspector Harper. ¿Quién eres tú y cómo es que has encontrado al señor Sissons? ¿Eres el vigilante nocturno?
—Sí. Me llamo Thomas Pitt. Wally Edwards está allí con él. Es el otro vigilante nocturno.
—Entiendo. ¿Sabes dónde está la comisaría de Whitechapel?
—Sí. ¿Quiere que vaya a avisarles?
—Sí. Ve y di que te envía el agente Jenkins, y explícales qué has encontrado en la fábrica. Yo estaré allí. ¿Entendido?
—Sí.
—Pues corre.
Pitt giró sobre sus talones y echó a correr.
Había transcurrido casi una hora cuando volvió a la fábrica de azúcar, no a la oficina de Sissons, sino a otra sala bastante amplia del piso superior. El inspector Harper era muy distinto físicamente del agente Jenkins, más menudo, de cara embotada y barbilla cuadrada. Jenkins estaba de pie junto a la puerta, y Pitt y Wally en el centro de la habitación. Acababa de amanecer, la luz grisácea a través del humo de los muelles, el sol plateado sobre los tramos de río que se vislumbraban a lo lejos.
—Veamos… —empezó a decir Harper—, ¿cómo se llama usted? ¡Pitt! Dígame exactamente qué vio y qué hizo. —Frunció el entrecejo—. ¿Qué hacía en la oficina del señor Sissons, para empezar? No le corresponde entrar en ella, ¿no es así?
—La puerta estaba abierta —contestó Pitt. Tenía las manos sudorosas y rígidas—. No debería haberlo estado, de modo que pensé que tal vez había pasado algo.
—Bueno, bueno. Ahora dígame qué vio exactamente.
Pitt había preparado la respuesta con mucho cuidado, y ya se lo había explicado al sargento de servicio de la comisaría de Whitechapel.
—El señor Sissons estaba sentado ante su escritorio, desplomado sobre él, y había un charco de sangre, de manera que enseguida comprendí que no dormía. Algunos de los cajones del escritorio estaban entreabiertos. No había nadie más en la habitación y las ventanas estaban cerradas.
—¿Por qué lo dice? ¿Qué importancia tiene eso? —lo desafió Harper—. ¡Estamos en un séptimo piso, hombre!
Pitt notó, que se le subían los colores. No debía parecer demasiado agudo. Era un vigilante nocturno, no un superintendente de policía.
—Ninguna. Sólo me fijé, eso es todo.
—¿Tocó algo?
—No.
—¿Está seguro? —Harper lo escudriñó.
—Sí, estoy seguro.
Harper parecía escéptico.
—Bien, le pegaron un tiro con un arma, una pistola de alguna clase. ¿Dónde está?
Pitt se dio cuenta con una sacudida de que Harper insinuaba que él la había cogido. Sentía la culpabilidad en su rostro encendido. De pronto supo exactamente cómo se habían sentido otras personas cuando él las había interrogado, hombres tal vez culpables de un crimen, pero con otros secretos desesperados que ocultar.
—No lo sé —respondió con toda la firmeza que le fue posible—. Supongo que quien la disparó se la llevó consigo.
—¿Y quién pudo ser esa persona? —preguntó Harper, con los ojos, de un azul pálido, abiertos de par en par—. ¿No es usted el vigilante nocturno? ¿Quién entró y salió? ¿O debo entender que es uno de los hombres que trabajan aquí?
—¡No! —Wally habló por primera vez—. ¿Por qué iban a hacerlo?
—Por ningún motivo en absoluto si tienen un poco de sentido común —afirmó Harper—. Lo más probable es que se pegara él mismo un tiro y que el señor Pitt decidiera llevarse un pequeño recuerdo. Tal vez para venderlo por unos chelines. ¿Era una buena pistola?
Pitt levantó la vista perplejo y le sostuvo la mirada. Fue en ese instante cuando comprendió con un terror escalofriante que Harper había sabido lo que iba a encontrar. Formaba parte del Círculo Interior, y estaba resuelto a establecer que Sissons se había suicidado, independientemente de lo que hubiera hecho Pitt. Éste tenía un nudo en la garganta, la boca seca.
Harper sonrió. Era dueño de la situación y lo sabía.
Jenkins cambió el peso del cuerpo de un pie a otro con aire desgraciado.
—No tenemos pruebas de ello, señor.
—¡Tampoco tenemos pruebas de lo contrario! —exclamó Harper con brusquedad, sin apartar la mirada de Pitt—. Tendremos que esperar a ver qué encontramos cuando investiguemos los asuntos del señor Sissons ¿no?
Wally meneó la cabeza.
—No tiene pruebas para decir que Tom se llevó la pistola, y eso es un hecho. —Le temblaba la voz de miedo, pero su semblante denotaba obstinación—. Además, el señor Sissons no se pegó un tiro, porque yo he visto el cuerpo. ¡Le dispararon en el lado derecho de la cabeza, como si fuera diestro, cosa que no era! Tenía los dedos de la mano derecha rotos y los como se llamen cortados, de modo que no podía doblar los dedos… conque no pudo sostener la pistola para dispararla. Los médicos que lo examinen se lo confirmarán.
Harper estaba desconcertado y furioso. Se volvió hacia Jenkins y se topó con una mirada de callada insolencia e impasibilidad.
—Está bien —dijo con irritación, desviando la vista—. Supongo que será mejor que averigüemos quién ha logrado entrar sin que estos dos diligentes vigilantes nocturnos se dieran cuenta y ha asesinado a su jefe, ¿no?
—¡Sí, señor! —exclamaron los demás.
Harper se pasó el resto de la mañana interrogando no sólo a Wally y a Pitt acerca de todos los detalles de su guardia, sino también a todo el personal nocturno y a los numerosos oficinistas que habían llegado para comenzar la jornada.
Pitt no mencionó al hombre que había visto salir. Al principio se lo calló más por instinto que por un motivo fundado. No era algo que se le hubiera ocurrido hacer veinticuatro horas atrás, pero ahora vivía en un nuevo mundo, y se dio cuenta con incredulidad de que durante semanas se había ido uniendo a personas como Wally Edwards, Saul, Isaac Karansky y los demás hombres y mujeres corrientes de Spitalfields que desconfiaban de la ley, la cual raras veces los había protegido y nunca había capturado al asesino de Whitechapel. Creía lo que le había contado Tellman sobre esa investigación, sobre Abberline, hasta sobre el comisionado Warren. Los tentáculos de esa conspiración habían llegado hasta el mismo trono.
Sin embargo, no era la misma conspiración que había asesinado a James Sissons y hecho que pareciera un suicidio, o que proporcionaba a Lyndon Remus información que, cuando estuviera completa, pondría al descubierto el mayor escándalo de la historia de la familia real y derribaría el gobierno y, con él, la corona.
Harper formaba parte de ese segundo complot, de eso estaba seguro. Por lo tanto, no le diría nada más que lo estrictamente necesario.
En segundo lugar, y eso era algo de lo que se había dado cuenta un momento después, la descripción que él podía ofrecer encajaría fácilmente con muchos de sus conocidos: Saul o Isaac, y otros muchos hombres de edad. Y tal vez nada le gustaría más a Harper que utilizarlo como una excusa para avivar los sentimientos antisemitas. Favorecería sus fines acusar a los judíos de la ruina de la fábrica de azúcar. No tanto como acusar al príncipe de Gales, pero más valía eso que nada.
Y así resultó ser. Hacia el mediodía, cuando dejaron marchar a Pitt, Harper había insinuado y parafraseado respuestas hasta tener a un intruso que había sido visto por tres trabajadores nocturnos distintos: un hombre moreno y delgado de aspecto judío, que llevaba en la mano algo en lo que se reflejaba la luz, como el cañón de una pistola. Había subido por las escaleras a hurtadillas, sin hacer ruido, para poco después volver a bajar y desaparecer en la noche.
Pitt se sentía abatido y harto, y más impotente de lo que se había sentido en toda su vida. Su concepto de la ley y todas sus creencias habían cambiado de pronto de patrón. Había visto antes corrupción, pero ésta había sido individual, nacida de la codicia o de la debilidad explotada, nunca un cáncer que se propagaba silencioso e invisible por todo el cuerpo de los que creaban la ley y la aplicaban. No había nadie a quien recurrir, nadie a quien los perseguidos o heridos pudieran apelar.
Mientras andaba por Brick Lane en dirección a Heneagle Street, advirtió que estaba profundamente asustado. No se sentía así desde que, siendo niño, había visto cómo se llevaban a su padre y comprendido que no había justicia para salvarlo ni nadie que pudiera ayudarle. No iba a volver a verlo y no podía hacer nada por impedirlo.
Había olvidado cuán horrible era esa sensación, la amargura de la decepción, la soledad al comprender que ése era el final de ese camino en concreto y no había nada más allá aparte de lo que él mismo podía crear.
Pero ahora era un hombre, no un niño. ¡Podía y debía hacer algo! Dio media vuelta y apretó el paso en dirección a Lake Street. Si Narraway no estaba, pediría al zapatero que fuera a buscarlo. Al menos averiguaría en qué bando estaba Narraway, le obligaría a desenmascararse. Tenía muy poco que perder.
Cruzó la calle y pasó junto a un chico que vendía periódicos y vociferaba los titulares. En la Cámara de los Comunes el señor McCartney había preguntado si el conflicto entre los partidos políticos irlandeses impediría votar a los ciudadanos pacíficos. ¿Se les proporcionaría protección?
En París el anarquista Ravachol había sido declarado culpable y condenado a muerte.
En Estados Unidos habían vuelto a nombrar a Grover Cleveland candidato demócrata para la presidencia.
Al llegar a Lake Street pasó junto a otro vendedor de periódicos que sostenía un letrero en el que se leía que James Sissons había sido asesinado en una conspiración para arruinar Spitalfields, y la policía ya contaba con testigos que habían visto a un hombre moreno de aspecto extranjero y trataba de identificarlo. No se mencionaba la palabra «judío», pero para el caso bien podrían haberlo hecho.
Pitt llegó a la tienda del zapatero y dejó recado de que necesitaba hablar inmediatamente con Narraway. Le dijeron que volviera al cabo de treinta minutos.
Cuando lo hizo, Narraway lo esperaba en la pequeña habitación. No estaba sentado donde siempre, sino de pie, como si hubiera estado aguardando a Pitt y se sintiera demasiado agitado para hacer la menor concesión a la idea de que todo iba bien.
—¿Y bien? —preguntó en cuanto Pitt cerró la puerta.
Ahora que había llegado el momento, Pitt titubeó. Tenía las manos sudorosas y el corazón le latía deprisa. Narraway parecía escudriñarlo, pero Pitt seguía sin saber si confiar en él.
—¡Quería decirme algo, Pitt! ¿Qué es?
La voz de Narraway era dura. ¿También estaba asustado? Debía de haberse enterado del asesinato de Sissons y comprendido todas sus implicaciones. Aun cuando fuera miembro del Círculo Interior, no era disturbios lo que quería. Sin embargo, Pitt no tenía a nadie más a quien acudir. Le vino a la cabeza el dicho «Ten una cuchara larga si cenas con el diablo». Pensó en las cinco mujeres de Whitechapel y el carruaje que había dado vueltas por la noche en su busca para matarlas. ¿Era eso mejor que los disturbios, hasta que la revolución?
—¡Por el amor de Dios, hombre! —exclamó Narraway, los ojos oscuros y brillantes, el rostro blanco de agotamiento—. ¡Si tiene algo que decir, dígalo! ¡No me haga perder tiempo!
Esta vez el miedo era inconfundible. No se veía a simple vista, pero Pitt lo sintió como electricidad a través de la piel.
—¡Sissons no ha muerto asesinado como cree la policía! —soltó por fin. Se había comprometido. Ya no era posible echarse atrás—. Fui yo quien lo encontró, y parecía un suicidio. Tenía la pistola en la mano, junto a una carta de despedida en la que afirmaba que se había matado porque estaba arruinado por un préstamo que había hecho y que ahora se negaban a devolverle.
—Entiendo. ¿Y qué ha sido de esa carta? —Esta vez Narraway habló con voz suave, casi inexpresiva.
Pitt sintió una sacudida en el estómago.
—La destruí. —Tragó saliva—. ¡Y también me deshice de la pistola! —No iba a mencionar la carta de Adinett ni el pagaré.
—¿Por qué? —susurró Narraway.
—Porque el préstamo era al príncipe de Gales —respondió Pitt.
—Entiendo. —Narraway se frotó la frente echándose hacia atrás el pelo. En ese único gesto había un cansancio y una comprensión tan profunda que disipó la capa exterior del miedo de Pitt. Quedó extrañamente al descubierto, como si por fin hubiera revelado algo del hombre de verdad.
Narraway se sentó y le invitó a hacer lo mismo con un ademán.
—¿Y qué es eso de un judío al que han visto salir de la fábrica?
Pitt sonrió con ironía.
—Es el intento del inspector Harper de encontrar un cabeza de turco satisfactorio… aunque no tan bueno como el príncipe de Gales.
—¿No tan bueno? —Narraway levantó la vista bruscamente.
Pitt ya no podía volverse atrás, no quedaba ningún lugar seguro.
—Para sus fines —aclaró Pitt—. Pertenece al Círculo Interior. Esperaba la muerte de Sissons. Estaba vestido esperando que lo llamaran. Trató de decir que era un suicidio y acusarme de haber robado la pistola. Lo habría hecho si Wally Edwards no le hubiera plantado cara… y también el agente Jenkins. Fue Wally quien dijo que Sissons no pudo haberse suicidado a causa de una vieja herida: tenía los dedos de la mano derecha inutilizados.
—Entiendo. —El tono de Narraway era amargo—. ¿Y debo asumir que ahora confía en mí? ¿O está tan desesperado que no tiene otra elección?
Pitt no pensaba aumentar sus mentiras. Además, tal vez Narraway merecía mejor trato, de una manera u otra.
—Creo que tiene el mismo interés que yo en ver el East End envuelto en llamas. Y es cierto, estoy desesperado.
En los ojos de Narraway asomó brevemente un humor negro.
—¿Debo agradecerle al menos eso?
A Pitt le hubiera gustado hablarle de los asesinatos de Whitechapel y de lo que sabía Remus, pero eso habría sido llevar demasiado lejos la confianza y, una vez que lo hubiera contado, no podría volverse atrás. Se encogió muy levemente de hombros y no respondió.
—¿Puede ocuparse de que la policía no acuse a una persona inocente? —preguntó en su lugar.
Narraway soltó una breve carcajada amarga y burlona.
—¡No… no puedo! No puedo impedir que acusen a un pobre judío de la muerte de Sissons si creen que eso los sacará de más apuros. —Se mordió el labio con fuerza, hasta que el dolor se reflejó en su rostro—. Pero lo intentaré. Ahora váyase y haga lo que pueda. ¡Ah, Pitt!
—¿Sí?
—No vaya por ahí contando lo que hizo, sea quien sea quien arresten. De todos modos no le creerán. Sólo conseguirá empeorar las cosas. Esto no tiene nada que ver con la verdad. Estamos hablando de hambre y miedo, y de proteger lo que te pertenece cuando apenas tienes algo que compartir.
—Lo sé —repuso Pitt. También sabía sobre el poder y la ambición política, pero calló. Si Narraway no estaba enterado, no era el momento para abrirle los ojos; si lo estaba, era innecesario. Salió sin decir nada más.