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—Lady Vespasia Cumming-Gould —anunció el lacayo sin pedirle la invitación.
No había en Londres criado de cierta categoría que no la conociera. Había sido una de las mujeres más hermosas de su generación, y la más osada. Tal vez seguía siéndolo. A los ojos de ciertas personas no tenía rival.
Entró por las puertas dobles y se detuvo en lo alto de las escaleras que descendían en una elegante curva hasta la sala de baile. Tres cuartas partes de ésta ya estaban llenas, pero el murmullo de la conversación disminuyó por un instante. Lady Vespasia reclamaba atención, incluso ahora.
Nunca había sido esclava de la moda, sabía bien que lo que le favorecía era preferible al último grito. Las cinturas de avispa y los casi inexistentes miriñaques de esa temporada eran maravillosos, siempre y cuando una no permitiera que las mangas resultaran demasiado exageradas. Vestía de raso color perla con un encaje de Bruselas tanto en el escote como en las mangas y, cómo no, perlas, siempre perlas en el cuello y las orejas. Su cabello plateado era una diadema en sí mismo, y recorrió por un instante la sala con sus ojos gris claro antes de empezar a bajar a saludar y ser saludada.
Conocía, naturalmente, a la mayoría de los invitados que pasaban de los cuarenta, del mismo modo que éstos la conocían a ella, aunque sólo fuera de oídas. Entre ellos había amigos, pero también enemigos. No era posible defender ciertas creencias, o incluso simples lealtades, sin granjearse la animadversión o la envidia de alguien. Y ella siempre había luchado por lo que creía, no siempre con prudencia, pero de todo corazón, así como con todo su considerable ingenio e inteligencia.
En el transcurso de medio siglo las causas habían cambiado. La vida entera había cambiado. ¿Cómo iba la arbitraria, adorable y poco imaginativa joven Victoria a prever a la hermosa, ambiciosa y amoral Lillie Langtry? ¿O cómo podría el serio del príncipe Alberto haber sabido qué decir al excéntrico y brillante Oscar Wilde, un hombre que escribía con tanta comprensión y cuyas palabras podían ser tan deslumbrantemente frívolas?
Desde entonces había habido una época de cambio, guerras terribles que habían costado la vida de innumerables hombres y choques de ideas que probablemente habían acabado con aún más. Se habían explorado continentes, habían nacido y perecido sueños de reforma. El señor Darwin había puesto en tela de juicio los fundamentos de la existencia.
Vespasia saludó con una leve inclinación de la cabeza a una anciana duquesa, pero no se detuvo a hablar con ella. Hacía mucho que se habían dicho todo cuanto tenían que decirse, y ninguna de las dos iba a molestarse en repetirlo. En realidad Vespasia se preguntaba qué demonios hacía allí esa mujer en esa recepción diplomática. Parecía un grupo singularmente ecléctico, y necesitó un momento de reflexión para comprender qué podía tener la gente en común. Luego cayó en la cuenta de que cada uno poseía cierto valor como entretenimiento… menos la duquesa.
Al príncipe de Gales se le reconocía fácilmente. Aparte de su aspecto, con el que Vespasia estaba muy familiarizada, pues había coincidido con él tantas veces que había perdido la cuenta, la distancia casi imperceptible a la que se mantenía la gente que lo rodeaba le hacía aún más evidente. Se percibía cierta actitud de respeto. Por divertida que fuera la broma o entretenido el chismorreo, uno no podía codearse con el heredero al trono ni abusar de su buen carácter.
¿Sonreía Daisy Warwick al príncipe desde el otro lado de la sala? ¿Un tanto descarada, sin duda? ¿O tal vez daba por hecho que todos los presentes estaban al corriente de la íntima relación que existía entre ellos, y en realidad a nadie le importaba? La hipocresía era un defecto que Daisy nunca había practicado. De la misma manera que la discreción era una virtud que ejercía de forma selectiva. Era indiscutiblemente hermosa y tenía un aire distinguido digno de admiración.
Vespasia nunca había deseado ser la querida de un miembro de la familia real. Pensaba que los peligros superaban con creces cualquier ventaja, y no digamos los goces. En ese caso ni le agradaba ni le desagradaba el príncipe de Gales, pero prefería a la princesa, pobrecilla. Era sorda y estaba aprisionada en su propio mundo, pese a lo cual debía de estar enterada de los excesos de su marido.
Una tragedia mucho mayor que tenía en común con tal vez menos mujeres, pero aun así demasiadas, era la muerte de su hijo primogénito al comienzo de ese año. El duque de Clarence también se había visto aquejado, como su madre, de sordera. Ésta había sido un peculiar vínculo entre ambos, que los había unido más en su mundo casi silencioso. Ella lloraba sola su muerte.
A menos de cuatro metros de Vespasia el príncipe de Gales se reía con ganas de algo que había dicho un hombre alto de nariz recia y ligeramente torcida. Su rostro denotaba fuerza, inteligencia e impaciencia, aunque en ese momento su expresión reflejaba sentido del humor. Vespasia no le conocía, pero sabía quién era: Charles Voisey, un juez del tribunal de apelación, hombre de gran saber, muy respetado entre sus coetáneos, aunque también algo temido.
El príncipe de Gales la vio y se le iluminó la cara de placer. Ella era una generación mayor que él, pero siempre lo había cautivado la belleza, y todavía recordaba los años más deslumbrantes de Vespasia, cuando él era un joven lleno de ilusiones. Ahora estaba cansado de esperar, cansado de cargar con la responsabilidad sin el respeto y las recompensas de ser monarca. Se disculpó ante Voisey para acercarse a ella.
—Lady Vespasia —dijo con placer mal disimulado—. Cuánto me alegro de que haya podido venir. Sin usted la velada habría carecido de cierta cualidad.
Ella le sostuvo por un instante la mirada antes de hacer una ligera reverencia. Todavía era capaz de conseguir que ésta pareciera un gesto de infinita gracia, con la espalda muy tiesa, el equilibrio perfecto.
—Gracias, Su Alteza. Es una velada espléndida. —Pensó en cuán espléndida era, como tantas otras últimamente: un despilfarro, con tanta comida, el mejor vino, criados por doquier, música, arañas de luz y cientos de flores frescas. No faltaba nada que pudiera aumentar el glamour, no se había escatimado en nada.
Había asistido en el pasado a tantas celebraciones en las que había habido más risas, más alegría, y por un porcentaje mínimo del costo. Las recordó con nostalgia.
El príncipe de Gales vivía muy por encima de sus posibilidades, llevaba años haciéndolo. Ya nadie se sorprendía de las desmesuradas fiestas que organizaba en su casa, de los fines de semana de caza, de los días en las carreras donde se apostaban y se hacían y perdían fortunas, de sus comidas pantagruélicas o sus regalos excesivamente generosos a favoritos de una u otra clase. Muchos ya ni lo comentaban.
—¿Conoce a Charles Voisey? —preguntó él. El juez estaba a su lado; la buena educación pedía una presentación—. Voisey, lady Vespasia Cumming-Gould. Nos conocemos desde hace más tiempo del que quisiéramos recordar. Deberíamos abreviarlo. —Hizo un gesto con las manos—. Quitar todas las partes tediosas de en medio y dejar sólo las risas y la música, las buenas comidas, las conversaciones y tal vez un poco de baile. Entonces tendríamos la edad adecuada, ¿no le parece?
Ella sonrió.
—Es la mejor sugerencia que he oído en años, señor —dijo con entusiasmo—. Ni siquiera me importa conservar parte de las tragedias o hasta de las disputas… limitémonos a eliminar las horas tediosas, el intercambio de frases que no sentimos, el estar de brazos cruzados, las mentiras educadas. Se llevarían años.
—¡Eso es! ¡Eso es! —convino él, la cara llena de convicción—. No me había dado cuenta hasta ahora de cuánto la he echado de menos. Me niego a permitir que vuelva a suceder. Paso años de mi vida desempeñando mis funciones. ¡Le aseguro que no estoy seguro de que las personas con quienes la paso estén más satisfechas con ella que yo! Hacemos comentarios predecibles, esperamos la respuesta del otro y pasamos a la siguiente respuesta igualmente predecible.
—Me temo que eso forma parte de los deberes de la familia real, señor —intervino Voisey—, mientras tengamos un trono y a un monarca en él. No se me ocurre cómo podríamos cambiarlo.
—Voisey es juez del tribunal de apelación —informó el príncipe a Vespasia—, lo que supongo le convierte en un fanático de los precedentes. Si no se ha hecho antes, más vale no hacerlo ahora.
—Al contrario —repuso Voisey—. Soy partidario de las nuevas ideas, siempre que sean buenas. Resistirse al progreso es morir.
Vespasia lo miró con interés. Era un punto de vista poco común en alguien de una profesión tan anclada en el pasado.
El magistrado no le devolvió la sonrisa, como habría hecho un hombre con menos seguridad en sí mismo.
El príncipe ya estaba pensando en otra cosa. Su admiración por las ideas ajenas parecía sumamente limitada.
—Por supuesto —reconoció con displicencia—. Es asombroso el número de inventos nuevos que estamos viendo. Hace diez años nos habría parecido inconcebible tener electricidad.
Voisey esbozó una débil sonrisa y clavó su mirada en Vespasia un instante antes de hablar.
—En efecto, señor. Uno se pregunta qué queda aún por venir. —Se mostraba educado, pero Vespasia percibió en su voz un atisbo de desdén. Era un hombre de ideas, de conceptos amplios, de revoluciones del pensamiento. Los detalles no le interesaban; eran para hombres más bajos de estatura, que veían el mundo desde un nivel inferior.
Se unieron a ellos un renombrado arquitecto y su mujer, y la conversación derivó hacia temas más generales. El príncipe dirigió una mirada pesarosa y divertida a Vespasia, luego participó en las trivialidades.
Vespasia logró disculparse y se acercó a hablar con un político que conocía desde hacía años. Éste parecía a la vez hastiado y divertido, su rostro profundamente surcado de arrugas, lleno de carácter. En el pasado habían compartido cruzadas personales, triunfos y tragedias, amén de una buena dosis de farsa.
—Buenas noches, Somerset —dijo ella con verdadero placer. Había olvidado el aprecio que le tenía. Sus fracasos habían sido tan magníficos como sus éxitos, y había llevado unos y otros de forma airosa.
—¡Lady Vespasia! —A Somerset se le iluminó la mirada—. ¡Por fin un poco de cordura! —Tomó la mano que ella le ofrecía y la rozó con los labios en lo que era más un gesto que un acto—. Ojalá tuviéramos una nueva cruzada, pero me temo que es algo imposible incluso para nosotros. —Recorrió con la mirada la suntuosa estancia y el número cada vez más elevado de hombres y mujeres que se congregaban en ella riendo, el destello de los diamantes, la luz que acariciaba sedas y piel pálida, encajes y brocados brillantes. Se le endureció la mirada—. Se destruirá a sí mismo… si no entra en razón en los próximos dos años. —En su voz había pesar y perplejidad—. ¿Cómo es posible que no se den cuenta?
—¿En serio lo crees? —Ella pensó por un instante que tal vez hablaba para causar efecto y exageraba de manera un tanto teatral. Luego reparó en sus labios apretados y su mirada sombría—. ¿De veras…?
Somerset se volvió hacia ella.
—Si Bertie no recorta mucho sus gastos —susurró inclinando por un instante la cabeza hacia el príncipe de Gales, que a tres metros de él se reía a carcajadas de alguna broma— y la reina no vuelve a la vida pública y empieza a conquistar de nuevo a su pueblo. —Hubo otra carcajada a unos metros de distancia. Carlisle bajó aún más la voz—. Muchos sufrimos penas, Vespasia. La mayoría hemos perdido algo que amamos en nuestra vida. No podemos permitirnos renunciar… dejar de trabajar a causa de ello. El país está compuesto de un puñado de aristócratas, cientos de miles de médicos, abogados y curas, un par de millones de tenderos y comerciantes de una u otra clase, y granjeros. Y docenas de millones de hombres y mujeres corrientes que trabajan de sol a sol porque no les queda otro remedio si quieren dar de comer a los que dependen de ellos, los ancianos y los niños. Los hombres mueren, y a las mujeres se les parte el corazón. Pero la vida sigue.
En alguna parte del fondo de la habitación empezó a sonar música. Se oyó un tintineo de copas.
—No es posible gobernar a un pueblo desde más allá de una determinada distancia —prosiguió Somerset—. La reina ya no es uno de nosotros. Ha permitido que ya no se cuente con ella. Y Bertie es excesivamente uno de nosotros, con sus apetitos… ¡Sólo que él no los paga de su bolsillo, como tenemos que hacer los demás!
Vespasia sabía que lo que decía era cierto, pero no había oído nunca a nadie expresarlo con tanta osadía. Somerset Carlisle tenía un ingenio irresponsable y un gran talento para lo estrafalario que ella conocía demasiado bien. Todavía experimentaba una emoción incontrolable cuando pensaba en sus pasadas batallas y las cosas grotescas que su amigo había hecho en su esfuerzo por acelerar la reforma. Pero lo conocía demasiado bien para creer que bromeaba o exageraba.
—Victoria será la última monarca —murmuró con una áspera nota de pesar en la voz—. Si ciertas personas se salen con la suya… créeme. Hay en el país un malestar más profundo que el que hemos tenido en dos siglos. En algunos lugares la pobreza es casi increíble, por no hablar de los sentimientos anticatólicos, el miedo a los judíos liberales que han entrado en Londres después de las revoluciones europeas del cuarenta y ocho, y por supuesto siempre están los irlandeses.
—Exacto —coincidió ella—. Siempre hemos tenido casi todos esos elementos. ¿Por qué ahora, Somerset?
Él permaneció callado varios minutos. Pasaron varias personas a su lado. Un par de ellas hablaron, las demás saludaron con la cabeza, pero no se entrometieron.
—No estoy seguro —respondió por fin—. Una combinación de cosas. El tiempo. Hace más de treinta años que murió el príncipe Alberto. Es mucho tiempo para vivir sin un monarca efectivo. Existe una generación que comienza a darse cuenta de que podemos arreglárnoslas bastante bien sin uno. —Levantó un tanto un hombro—. Personalmente, no estoy de acuerdo con ellos. Creo que la mera existencia de un monarca, tanto si hace algo como si no, es una salvaguarda contra muchos de los abusos de poder, de los cuales tal vez no somos conscientes sencillamente porque hemos tenido mucho tiempo ese escudo. Un monarca constitucional, por supuesto. El primer ministro debería ser la cabeza de la nación, y el soberano, el corazón. Creo que es muy prudente no reunir ambos en la misma figura. —Le dedicó una sonrisita torcida—. Eso quiere decir que podemos cambiar de parecer cuando descubrimos que estamos equivocados, sin suicidarnos.
—También cuenta quiénes somos —dijo ella, igualmente en voz baja—. Hemos tenido un trono durante miles de años, y la noción de él mucho más tiempo. No creo que me gustara cambiarlo.
—A mí tampoco. —Somerset sonrió de pronto, y se le iluminó la cara de un humor desenfrenado—. ¡Soy demasiado viejo para eso! —Tenía al menos treinta y cinco años menos que ella.
Vespasia le lanzó una mirada que debería haberlo inmovilizado a veinte pasos, pero que sabía que no iba a lograrlo.
Se unió a ellos un hombre esbelto, un poco más alto que Vespasia, con una mata de pelo negro salpicado de canas por las sienes. Tenía los ojos muy oscuros, la nariz larga y la boca delicada, con profundas arrugas a cada lado. Parecía inteligente, irónico y hastiado, como si hubiera visto demasiadas cosas en la vida y se le estuviera agotando la compasión.
—Buenas noches, Narraway. —Somerset lo escudriñó con interés—. Lady Vespasia, permite que te presente a Victor Narraway. Es el jefe de la Rama Especial. No estoy seguro de si es un secreto o no, pero conoce usted a mucha gente a la que podría preguntar, si le interesa. Lady Vespasia Cumming-Gould.
Narraway se inclinó y saludó como correspondía.
—Habría dicho que estaba usted demasiado ocupado cazando a anarquistas para perder el tiempo charlando y bailando —comentó Carlisle con sequedad—. ¿Inglaterra está a salvo por esta noche entonces?
Narraway sonrió.
—No todo el peligro se agazapa en oscuros callejones de Limehouse —contestó—. Para constituir una verdadera amenaza debería tener los tentáculos mucho más largos.
Vespasia lo escudriñó tratando de averiguar si creía en lo mismo que Carlisle, pero no fue capaz de separar la tristeza de la diversión en su mirada. Enseguida hizo un comentario sobre el ministro de Asuntos Exteriores, y la conversación pasó de largo el asunto y se tornó trivial.
Una hora después, con los compases de un agradable y cadencioso vals de fondo, Vespasia disfrutaba de un champán excelente. Llevaba un rato sentada sola cuando reparó en que el príncipe de Gales se hallaba a unos cuatro metros. Conversaba con un hombre de mediana edad, constitución robusta, rostro serio y agradable, y un copete de cabello ralo en la coronilla. Le pareció que hablaban del azúcar.
—¿… No está de acuerdo, Sissons? —preguntó el príncipe. Su expresión era educada, pero menos que interesada.
—A través del puerto de Londres sobre todo —respondió Sissons—. Por supuesto, es una industria que requiere mucha mano de obra.
—¿De veras? Reconozco que no tenía ni idea. Supongo que lo damos por hecho. Una cucharada de azúcar con el té y demás.
—Oh, hay azúcar en muchísimas cosas —dijo Sissons con pasión—. Bizcochos, pastas, tartas, hasta en alimentos que podríamos creer que son salados. ¡Una pizca de azúcar mejora el sabor de los tomates más de lo que usted creería!
—¿En serio? —El príncipe arqueó ligeramente las cejas para dar a entender que le parecía una información valiosa—. Habría dicho que para eso estaba la sal.
—Es mejor el azúcar —aseguró Sissons—. Es principalmente la mano de obra lo que aumenta el coste, ¿entiende?
—¿Cómo dice?
—La mano de obra, señor —repitió Sissons—. Por eso el barrio de Spitalfields es óptimo. Cientos de hombres que necesitan trabajo… un pozo casi sin fondo al que recurrir. Volátil, por supuesto.
—¿Volátil? —El príncipe seguía aparentemente perdido.
Vespasia advirtió que había otras personas lo bastante cerca para oír esa conversación sin sentido y que también escuchaban. Una de ellas era lord Randolph Churchill. Ella lo conocía de vista de toda la vida, como había conocido a su padre antes que a él. Sabía de su inteligencia, así como de su consagración a sus creencias políticas.
—Una gran mezcolanza de gente —explicaba Sissons—. De distinta procedencia, religión y demás. Católicos, judíos y, cómo no, irlandeses. Muchos irlandeses. La necesidad de trabajo es casi lo único que tienen en común.
—Entiendo. —El príncipe empezaba a tener la impresión de que ya había dicho lo suficiente para cumplir con las normas de la buena educación, de modo que se le podía disculpar por abandonar esa conversación sumamente tediosa.
—Ha de ser rentable —continuó Sissons con tono cada vez más vehemente, con el rostro sonrosado.
—Bueno, supongo que al tener un par de fábricas usted es quien mejor puede saberlo. —El príncipe sonrió con afabilidad, como para zanjar el asunto.
—¡No! —exclamó Sissons con brusquedad avanzando un paso al tiempo que el príncipe daba otro para alejarse—. Tres fábricas. Lo que quería decir no es que son rentables, sino que pesa sobre mí una gran responsabilidad para conseguir que lo sean, pues de lo contrario un millar de hombres se quedaría sin empleo, y el caos y el perjuicio que eso provocaría serían terribles. —Las palabras le salían a trompicones a una velocidad cada vez mayor—. No me atrevo a conjeturar en qué podría acabar. No en esa parte de la ciudad. Como ve, no tienen ningún otro lugar adonde ir.
—¿Ir? —El príncipe frunció el entrecejo—. ¿Por qué habrían de querer irse?
Vespasia se sintió encoger. Tenía una idea muy gráfica de la pobreza desmoralizadora en ciertos barrios de Londres, en concreto en el East End, del que Spitalfields y Whitechapel eran el corazón.
—Quiero decir para buscar empleo. —Sissons comenzaba a ponerse nervioso. Era evidente en las gotas de sudor en la frente y el labio, que brillaban a la luz de las arañas—. Morirán sin duda de hambre. Sabe Dios lo cerca que ya están de hacerlo.
El príncipe guardó silencio. Se sentía visiblemente incómodo. Era un tema de lo más impropio en ese maravilloso y opulento despliegue de placeres. Era de mal gusto recordar a hombres con una copa de champán en la mano, y a mujeres cubiertas de diamantes, que a unos pocos kilómetros de distancia miles de personas no tenían qué llevarse a la boca ni dónde pasar la noche. Les incomodaba.
—¡Es necesario que mantenga el negocio! —La voz de Sissons se alzó un poco por encima del murmullo de otras conversaciones y la música lejana—. Tengo que asegurarme de que cobro todas mis deudas… para poder seguir pagándoles.
El príncipe parecía desconcertado.
—Por supuesto. Sí… así debe ser. Muy concienzudo, estoy seguro.
Sissons tragó saliva.
—Todas… señor.
—Sí, ya lo creo. —El príncipe parecía decididamente desdichado en esos momentos. Era evidente su deseo de escapar de esa absurda situación.
Randolph Churchill se tomó la libertad de interrumpirlos. Vespasia no se sorprendió. Sabía que la relación de éste con el príncipe de Gales venía de antiguo y había evolucionado. En 1876 había sido de profundo odio a propósito del asunto de Aylesford, cuando el príncipe le había desafiado a batirse en duelo en París, ya que era ilegal en Inglaterra. Dieciséis años atrás el príncipe se había negado públicamente a entrar en la casa de todo el que recibiera a los Churchill. Como consecuencia, éstos habían sido condenados al ostracismo.
Con el tiempo la enemistad se había desvanecido y Jennie Churchill, la esposa de Randolph, había encandilado de tal modo al príncipe, convirtiéndose al parecer en una de sus muchas queridas, que éste comía de buen grado en su residencia de Connaught Place y le hacía regalos caros. Randolph volvía a gozar de su favor. Además de ser nombrado presidente de la Cámara de los Comunes y ministro de Hacienda, dos de los cargos más altos del país, era el confidente personal del príncipe, lo acompañaba a actos sociales y deportivos, le daba consejos y recibía elogios y confianza.
En ese momento intervino para salvar una situación tediosa.
—Por supuesto que debe… hummm… Sissons —dijo alegremente—. Es la única manera de llevar un negocio, ¿no es cierto? Pero ésta es una ocasión para divertirnos. Beba más champán, que es excelente. —Se volvió hacia el príncipe—. Debo felicitarle, señor. Una elección exquisita. No sé cómo lo hace.
El príncipe se animó considerablemente. Estaba con uno de los suyos, un hombre en quien podía confiar no sólo en asuntos políticos, sino también sociales.
—¿Verdad que lo es? Ha quedado bien.
—A la perfección —coincidió Churchill sonriendo. Era un hombre bien vestido, de mediana estatura, facciones regulares y un bigote muy amplio y vuelto hacia arriba que le confería un aire distinguido. Había un orgullo ilimitado en su actitud—. Creo que pide un bocado suculento para acompañarlo. ¿Puedo hacer que le traigan algo, señor?
—No… no, iré con usted. —El príncipe aprovechó la ocasión para escapar—. Debo hablar con el embajador francés. Un buen hombre. Discúlpenos, Sissons. —Y dándole la espalda se marchó con Churchill demasiado deprisa para que Sissons pudiera hacer algo más que murmurar unas palabras que nadie oyó y despedirse.
—Un loco —murmuró Somerset Carlisle al lado de Vespasia.
—¿Quién? —preguntó ella—. ¿El hombre del azúcar?
—No, que yo sepa. —Somerset sonrió—. Aburrido en extremo, pero si eso fuera locura entonces habría que encerrar a la mitad del país. No, me refiero a Churchill.
—Oh, desde luego —concedió ella con naturalidad—. No eres el primero en decirlo. Al menos tiene claro lo que es ventajoso para él, cosa preferible a la situación de Aylesford. ¿Quién es ese hombre de pelo gris y aspecto apasionado? —Miró a lo lejos para indicarle a quién se refería y se volvió de nuevo hacia Carlisle—. No recuerdo haberlo visto nunca, pero irradia una clase de pasión casi evangélica.
—Es el propietario de un periódico —explicó Carlisle—. Thorold Dismore. Dudo que aprobara la descripción que has hecho de él. Es republicano y un ateo convencido. Sin embargo, tienes bastante razón; tiene algo de prosélito.
—Nunca he oído hablar de él —comentó ella—. Y creía conocer a todos los dueños de periódicos de Londres.
—Dudo que leas el suyo. Es de buena calidad, pero no es contrario a dejar que sus ideas se reflejen con bastante claridad en él.
—¿De veras? —Vespasia arqueó las cejas en un gesto inquisitivo—. ¿Y por qué iba eso a disuadirme de leerlo? Nunca he creído que alguien fuera capaz de informar de una noticia sin pasarla antes por el filtro de sus propios prejuicios. ¿Acaso los suyos son más poderosos de lo normal?
—Creo que sí. Y tampoco es contrario a defender que se combata por su causa.
—Oh. —Ella sintió el comentario como una corriente de aire gélido, nada más. No debería haberse sorprendido. Miró al hombre con más detenimiento. Tenía un rostro inteligente, de facciones recias, angulosas, susceptible de una profunda emoción. Habría dicho que era un hombre que no cedía terreno a nadie y cuya manifiesta afabilidad tal vez enmascaraba un carácter capaz de ser desagradable cuando perdía el control. No obstante, las primeras impresiones podían ser erróneas.
—¿Quieres conocerle? —preguntó Carlisle, intrigado.
—Tal vez —contestó ella—, pero estoy bastante segura de que no deseo que se entere de ello.
—Me aseguraré de que no lo haga —prometió él sonriendo—. Sería terriblemente presuntuoso. Desde luego, no permitiré que se crezca. Si arreglo una presentación, creerá que la idea fue suya y me estará muy agradecido por haber intervenido.
—Somerset, rayas en lo impertinente —observó Vespasia, consciente del aprecio que le tenía. Era osado, disparatado, apasionado en sus creencias y, bajo su fachada frívola, encantadoramente único. A ella siempre le había atraído la gente excéntrica.
Era pasada la medianoche y Vespasia empezaba a preguntarse si quería quedarse mucho más cuando oyó una voz que hizo desvanecer el tiempo, transportándola de nuevo a un verano inolvidable en Roma medio siglo atrás: 1848, el año de las revoluciones en toda Europa. Durante un período —demasiado breve— de euforia y frenesí los sueños de libertad se habían propagado como el fuego por Francia, Alemania, Austria-Hungría e Italia. Luego, uno por uno, los habían destruido. Habían asaltado las barricadas, sometido a la gente y devuelto a los papas y reyes su poder. La reforma había sido anulada y pisoteada por los soldados. En Roma habían sido los soldados franceses de Napoleón III.
Apenas se volvió para mirar. Quienquiera que fuera, sólo podía ser un eco. Era la memoria que le jugaba una mala pasada, una entonación que sonaba igual, algún diplomático italiano, tal vez de la misma región, hasta de la misma ciudad. Creía haberlo olvidado, haber olvidado aquel año tumultuoso, con su pasión, sus ilusiones y todo el coraje y el dolor, y al final la pérdida.
Desde entonces había viajado de nuevo a Italia, pero nunca a Roma. Siempre había hallado la manera de evitarlo sin dar ninguna explicación. Era otra parte de su vida, una existencia totalmente distinta de la realidad de su matrimonio, sus hijos, Londres, hasta de sus recientes aventuras con el extraordinario policía, Thomas Pitt. ¿Quién hubiera imaginado que Vespasia Cumming-Gould, la aristócrata por excelencia, cuya familia descendía de la mitad de las casas reales de Europa, iba a hacer causa común con el hijo de un guardabosque que se había hecho policía? Claro que la preocupación por lo que pensaran los demás paralizaba a la mitad de sus conocidos privándolos de toda clase de pasión, alegría y dolor. De pronto se volvió. No fue tanto un acto premeditado como una reacción que no pudo evitar.
A menos de cuatro metros vio a un hombre casi de su edad. En aquella época había sido un veinteañero esbelto, moreno, ágil como un bailarín, con esa voz que llenaba sus sueños.
Ahora tenía el cabello gris y estaba un poco más fornido, pero sus huesos no habían cambiado, como tampoco la forma de sus cejas o su sonrisa.
Como si hubiera notado su mirada, él se volvió hacia Vespasia apartando por un momento su atención del hombre con quien hablaba.
La reconoció en el acto, sin un instante de duda o indecisión.
De pronto ella se asustó. ¿Acaso la realidad podía igualar los recuerdos? ¿Se había permitido creer más de lo que de hecho había ocurrido? ¿Era la mujer de su juventud remotamente parecida a la que era hoy? ¿O descubriría que el tiempo y la experiencia le habían vuelto demasiado prudente para ser capaz de seguir viendo el sueño? ¿Necesitaba verlo con la pasión de la juventud, el sol romano en el rostro y una pistola en la mano, de pie junto a las barricadas, dispuesto a morir por la República?
Él se acercaba a ella.
El pánico la dejó empapada como una ola, pero la costumbre, la autodisciplina de toda una vida y la absurda esperanza impidieron que se levantara y se fuera.
Él se detuvo frente a ella.
Vespasia sentía los latidos del corazón en el cuello. Había amado muchas veces en la vida, en ocasiones con pasión, en otras con sentido del humor, por lo general con ternura, pero nunca tanto como había amado a Mario Corena.
—Lady Vespasia —dijo él con formalidad, como si fueran simples conocidos. No obstante su tono era suave, acariciaba las sílabas. Después de todo era un nombre romano, como él le había dicho bromeando hacía mucho tiempo.
El hombre había empleado su título. ¿Debía responder ella con la misma corrección? Después de todo lo que habían compartido, la ilusión, la pasión y la tragedia, parecía una negación. Nadie les oía.
—Mario… —Era extraño volver a pronunciar su nombre. La última vez lo había susurrado en la oscuridad, con voz ahogada en llanto, las mejillas húmedas. Las tropas francesas entraban en Roma. Mazzini se había rendido para salvar al pueblo. Garibaldi se había dirigido al norte, a Venecia, con su mujer embarazada, vestida de hombre y armada como todos los demás, luchando a su lado. El Papa había regresado y anulado todas las reformas, cancelado la deuda, la libertad y el alma en un solo acto.
Pero todo eso era cosa del pasado. Italia ya estaba unida; al menos eso se había hecho realidad.
Él escudriñaba sus ojos, su rostro. Ella esperaba que no dijera que seguía siendo hermosa. A él nunca le había importado eso.
¿Debía decir algo para adelantarse a él? Un comentario trillado sería intolerable. Pero si hablaba, entonces nunca lo sabría. No había tiempo para juegos.
—A menudo he imaginado que volvía a encontrarme contigo —dijo él por fin—. Nunca creí que ocurriría… hasta hoy. —Se encogió de hombros de forma casi imperceptible—. Llegué hace una semana a Londres. Era imposible estar aquí sin pensar en ti. No sabía si preguntar por ti o dejar los sueños sin tocar. Entonces alguien mencionó tu nombre y todo el pasado regresó a mí como si fuera ayer, y no tuve fuerzas para sacrificarme. Pensé que te encontraría aquí. —Recorrió con la mirada la suntuosa sala, con sus columnas, sus deslumbrantes arañas, el torbellino de música, risas y vino.
Ella sabía exactamente a qué se refería. Ése era su mundo de dinero y privilegios, todos ellos heredados. Tal vez en algún pasado lejano alguien los había ganado, pero no esos hombres y mujeres que se hallaban ahí ahora.
Podía reemprender fácilmente las viejas batallas, pero no era lo que ella quería. Había creído tan desesperadamente como él en la revolución de Roma. También había luchado y discutido por ella, trabajado día y noche en hospitales durante el sitio, llevado agua y comida a los soldados, y al final hasta disparado armas junto a los últimos defensores. Y había comprendido por qué, cuando al final Mario había tenido que escoger entre ella y su amor por la República, él había elegido sus ideales. El dolor que le había causado tal decisión nunca la había abandonado del todo, aun después de todos esos años, pero si la elección de él hubiera sido distinta, habría sido peor. Ella no habría podido amarlo del mismo modo, porque sabía en qué creía.
Vespasia sonrió a su vez, mientras una risa efervescente se alzaba en su interior.
—Tienes ventaja sobre mí. Yo ni en mis sueños más descabellados habría imaginado que te encontraría aquí, codeándote con el príncipe de Gales.
Él la miró con ternura al recordar viejas bromas, disparates que les hacían desternillarse.
—Touché —reconoció—. Pero ahora el campo de batalla está en todas partes.
—Siempre lo ha estado, querido —repuso ella—. Aquí es más complicado. Pocas cuestiones son tan sencillas como nos lo parecían entonces.
Él no pestañeó.
—Eran sencillas.
Vespasia pensó en lo poco que había cambiado él. Sólo en aspectos superficiales: el color del pelo, las finas arrugas del rostro. Tal vez por dentro fuera más sabio, tuviera unas cuantas cicatrices y heridas, pero la misma esperanza ardía con idéntica fuerza, junto con todos los viejos sueños.
Ella había olvidado lo abrumador que podía ser el amor.
—Queríamos una república —prosiguió él—. Una voz para el pueblo. Tierras para los pobres, viviendas para los que dormían en la calle, hospitales para los enfermos, luz para los prisioneros y los locos. Era sencillo imaginarlo, sencillo hacerlo cuando tuvimos el poder… por un breve período antes de que volviera la tiranía.
—Carecíais de los medios —recordó ella. Mario no merecía que se le respondiera con nada más que la verdad. Al final, tanto si las tropas francesas hubieran entrado como si no, habría caído la República, porque los que poseían el dinero no estaban dispuestos a dar lo necesario para mantener en marcha su frágil economía.
El dolor encendió el rostro de Mario.
—Lo sé. —Recorrió con la mirada la espléndida estancia en la que se encontraban, todavía llena de música y conversaciones—. Los diamantes que veo aquí habrían bastado para mantenernos durante meses. ¿Cuánto crees que se sirve en estos banquetes en el transcurso de una semana? ¿Cuánto se come de más y cuánto se tira porque no se necesita?
—Lo suficiente para alimentar a los pobres de Roma —respondió ella.
—¿Y a los pobres de Londres? —preguntó él con sorna.
—No lo bastante para eso. —En las palabras de Vespasia subyacía la amargura de la verdad.
Mario contempló a la gente en silencio, el rostro fatigado por la larga batalla librada contra la ceguera de corazón. Ella lo observó, consciente de en qué había creído hacía tantos años en Roma, y supo sin sombra de duda que seguía creyendo en lo mismo. Si entonces habían sido el Papa y los cardenales, ahora eran el príncipe y sus cortesanos, admiradores y adláteres. Era la corona de Gran Bretaña y su Imperio, no la corona de tres pisos del Papa, pero todo lo demás era igual: el esplendor y la indiferencia, el uso inconsciente de la pólvora, la flaqueza humana.
¿Qué hacía él en Londres? ¿De veras quería saberlo? Tal vez no. Era un momento entrañable. Allí, en medio del ruidoso y superficial glamour de la sala de baile, Vespasia sentía el calor del sol romano en la cara, el polvo, la luz deslumbradora en los ojos, bajo sus pies las piedras que habían resonado al ritmo de los pasos de las legiones que habían conquistado hasta el último confín de la tierra y gritado «¡Ave César!» al marchar, las águilas en lo alto, los brillantes penachos rojos. Allí habían arrojado a los mártires cristianos a los leones, habían luchado los gladiadores, habían crucificado boca abajo a san Pedro, había pintado Miguel Ángel la capilla Sixtina.
No quería que el pasado quedara eclipsado por el presente. Era demasiado precioso, estaba demasiado entremezclado con el tejido de sus sueños.
No; no iba a preguntárselo.
Luego el momento pasó y dejaron de estar solos. Un hombre llamado Richmond los saludó con afabilidad y les presentó a su esposa; poco después se unieron a ellos Charles Voisey y Thorold Dismore, y pasaron a hablar de temas más generales. Fue una conversación trivial y bastante divertida, hasta que la señora Richmond hizo un comentario sobre la Troya antigua y los emocionantes hallazgos que había hecho Heinrich Schliemann. Vespasia se obligó a prestar atención al momento presente y sus banalidades.
—Asombroso —coincidió Dismore—. Extraordinaria la persistencia de ese hombre.
—Y las cosas que descubrieron —dijo la señora Richmond con entusiasmo—. La máscara de Agamenón, el collar que seguramente llevó Helena. Eso los hace reales en un sentido que nunca habría imaginado… de carne y hueso como cualquiera de nosotros. Es una sensación de lo más extraña sacarlos del terreno de la leyenda y hacerlos mortales, con vidas que dejan atrás restos físicos, objetos.
—Seguramente. —Voisey se mostró cauto.
—¡Oh, creo que hay poco lugar para la duda! —protestó ella—. ¿Ha leído alguno de los maravillosos trabajos de Martin Fetters? Es genial. Hace que todo parezca tan inmediato.
Hubo un momento de silencio.
—Sí —dijo Dismore con brusquedad—. Es una gran pérdida.
—¡Oh! —La señora Richmond se ruborizó—. Lo había olvidado. Qué terrible. Lo siento mucho. Él… cayó… —se interrumpió sin saber muy bien cómo continuar.
—¡Por supuesto que cayó! —exclamó Dismore, cortante—. Sabe Dios cómo un jurado ha llegado a semejante veredicto. No cabe duda de que es absurdo. Pero se apelará y será revocado. —Miró a Voisey.
Richmond se volvió también hacia él.
Voisey les sostuvo la mirada.
Mario Corena estaba desconcertado.
—Lo siento, Corena, pero no puedo opinar —dijo Voisey tenso. Estaba pálido y tenía los labios apretados—. Es muy probable que yo sea uno de los jueces que examinen el caso cuando se presente la apelación. Sólo sé que ese maldito policía Pitt es un ser ambicioso e irresponsable, que está resentido con los que han nacido en mejor cuna y con más dinero que él. Está decidido a ejercer el poder que le otorga su puesto sólo para demostrar que puede hacerlo. A su padre lo deportaron por robo y él nunca lo ha superado. Es una especie de venganza contra la sociedad. Da pavor la arrogancia del ignorante cuando se le concede cierta responsabilidad.
Vespasia sintió como si la hubieran abofeteado. Por un momento se quedó sin habla. Percibió la cólera en la voz de Voisey, vio el fuego en sus ojos. La cólera que ella experimentaba era comparable.
—No sabía que lo conocía —dijo con tono gélido—, pero estoy segura de que un miembro de la judicatura como usted nunca juzgaría a ningún hombre, independientemente de su linaje o su condición, sino basándose en pruebas cuidadosamente demostradas. Usted jamás permitiría que le influyeran las palabras o actos de otros hombres, y menos aún sus propios sentimientos. La justicia debe ser igual para todos, o deja de ser justicia. —Su voz estaba empapada de sarcasmo—. Supongo, por lo tanto, que usted le conoce mejor que yo.
Voisey estaba tan pálido que se le resaltaban las pecas. Respiró hondo, pero guardó silencio.
—Es pariente político mío —concluyó ella. Un pariente muy lejano, pero no había necesidad de añadirlo. Su sobrino nieto, ahora muerto, había sido cuñado de Pitt.
La señora Richmond estaba horrorizada. Eso era una metedura de pata descomunal. Por un instante le pareció casi divertido, pero enseguida se dio cuenta de la seriedad con que todos los demás se lo habían tomado; la tensión cargó el ambiente como una tormenta inminente.
—Poco afortunado —dijo Dismore rompiendo el silencio—. Seguramente cumplía con su deber tal como él lo entendía. Aun así, la apelación cambiará sin duda el veredicto.
—Ah… sí —añadió Richmond—. Sin duda alguna.
Voisey se mantuvo circunspecto.