Capítulo 13
—Señor Gerran, le agradecería que junto con el señor Heissman, el señor Goin y Tadeusz, tuvieran la bondad de salir conmigo fuera un momento, por favor.
Otto miró su reloj y luego volvió a mirar a los otros tres directores, consultando de nuevo la hora me preguntó:
—¿Salir? ¿En una noche como ésta y tan tarde? ¿Para qué?
—Se lo ruego —miré a las otras personas que se encontraban en la cabaña—. Les agradecería que se quedaran aquí, en esta sala, hasta mi vuelta. Espero no demorarme demasiado. Comprendo que no tienen por qué obedecerme y no puedo obligarlos a hacerlo, pero por su propio bien les sugiero que lo hagan. Esta mañana supe el nombre del asesino, sin embargo, me parece justo y prudente que antes de revelarlo converse un poco con el señor Gerran y los otros ejecutivos.
Sin ninguna sorpresa por mi parte, recibieron en completo silencio mis palabras y, tal como era de esperar, fue Otto quien habló primero. Se aclaró la garganta y dijo cautamente:
—¿Afirma conocer la identidad del asesino?
—Sí.
—¿Tiene cómo fundamentar su descubrimiento?
—¿Quiere saber si tengo pruebas?
—Exactamente.
—No. No las tengo.
—Vaya… —dijo Otto con intención. Miró a su alrededor y prosiguió—: ¿No le parece que está desempeñando un papel que no le corresponde?
—¿Qué quiere decir?
—Me refiero a esta actitud dictatorial que ha ido asumiendo. Por Dios, hombre, si descubrió o cree haber descubierto el nombre del asesino dígalo sin armar tantas complicaciones. No es conveniente jugar a la Divinidad, doctor Marlowe. En todo caso, me permito recordarle que usted no es más que un miembro del grupo, un empleado de la Olympus Productions, exactamente igual que…
—No soy un empleado de la Olympus Productions, sino un funcionario del Departamento del Tesoro Británico que ha sido comisionado para investigar ciertas irregularidades de la Olympus Productions. Ya completé esas investigaciones.
La reacción de Otto fue tan desmesurada que se desencajó. Goin no manifestó ninguna sorpresa, pero su rostro habitualmente sereno y plácido adquirió una expresión desconfiada que era desusada en él. Heissman exclamó incrédulo:
—¡Un agente del Gobierno! ¡Un miembro del Servicio Secreto!…
—Tiene una confusión de países. Los agentes del Gobierno trabajan para el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, no para el Británico. Soy funcionario civil, nunca he disparado una pistola en mi vida y no cargo una. Tengo tanto poder oficial como un cartero o un empleado de Whitehall, ni más ni menos. Por eso les pido colaboración —miré a Otto— y les ofrezco lo que considero un deber de cortesía antes de proceder a las investigaciones.
—¿Investigaciones? —estaba claro que Otto había dejado de temerme desde hacía menos de medio minuto—. ¿Qué clase de investigaciones? ¿Y cómo es posible que un individuo contratado como médico resulte…? —se calló repentinamente mientras movía la cabeza con la actitud típica de las personas que renuncian a intentar comprender algo.
—¿Por qué cree usted que ninguno de los otros siete candidatos para el puesto se presentó a la entrevista? No enseñan modales en la Escuela de Medicina, pero no somos tan mal educados. ¿Salimos?
—Otto, me parece que sería mejor que escucháramos lo que tiene que decirnos —afirmó serenamente Goin.
—A mí también me gustaría oír lo que tiene que decir —dijo Conrad que era uno de los pocos que no me miraban como si fuera un habitante de otro planeta.
—Estoy seguro de que le gustaría, pero me temo que va a tener que quedarse aquí dentro. En todo caso, quisiera decirle algo en privado, si me lo permite.
Giré sin esperar respuesta y me dirigía hacia mi cabina cuando Otto me cerró el paso diciendo:
—No hay nada que tenga que decirle a Charles que no podamos oír todos.
—¿Cómo lo sabe? —respondí.
Lo hice bruscamente a un lado y cuando Conrad entró, cerré la puerta de la cabina.
—Hay dos razones por las que no quiero que venga con nosotros. Si llegan nuestros amigos, podría sorprenderlos no encontrarme en el muelle y vendrían directamente aquí. En ese caso, quiero que usted les indique dónde pueden localizarme. Lo más importante, es que deseo que vigile a Jungbeck. Si trata de salir, intente convencerlo de lo contrario, pero déjelo irse, si insiste, hasta que esté a una distancia prudente como para que pueda golpearlo con una botella de whisky, o algo parecido, que se las arreglará para tener accidentalmente en sus manos en esos momentos. No le pegue en la cabeza, lo mataría. Golpéelo en un hombro, cerca del cuello. Es probable que le rompa el hueso; en todo caso, quedaría incapacitado para moverse.
Conrad ni siquiera levantó ni ceja, pero comentó:
—Ahora entiendo por qué no carga armas.
—Una botella de whisky puede cumplir notables funciones sociales y de otro tipo también.
Había llevado una linterna Coleman conmigo y en ese momento colgaba en uno de los peldaños de la escalera de hierro que conectaba la torrecilla con el interior del modelo del submarino. El resplandor de la luz convertía el interior frío y malsano de esa tumba metálica en una mezcla de dibujos geométricos que iban del blanco deslumbrante al negro más oscuro. Mientras los otros me observaban en un silencio que distaba mucho de ser amistoso, destornillé una de las láminas de madera del suelo, la levanté, coloqué una de las barras para el lastre sobre el compresor y raspé con mi navaja su superficie. Le dije a Otto:
—Te darás cuenta que no estoy armando complicaciones con esto y por tanto, podemos prescindir del prólogo e ir al punto sin perder más tiempo —cerré la navaja e inspeccioné el resultado de mi trabajo—. Todo lo que reluce no siempre es oro. Pero esto, ¿les parece que es un caramelo?
Les eché un vistazo a los cuatro. Era obvio que a ninguno le parecía un caramelo, y comenté:
—Una falta total de reacción y de sorpresa. —Guardé la navaja en mi bolsillo y sonreí ante la actitud de endurecimiento de tres de los cuatro ejecutivos—. De acuerdo con el código de honor de los Scouts, nosotros los funcionarios civiles nunca cargamos armas. Comprendo que ninguno se haya sorprendido de mi descubrimiento. Desde hace tiempo que los cuatro saben perfectamente que yo no era aquello para lo que me contrataron. También entiendo que no los haya sorprendido la vista del oro, después de todo, esa era su única razón para venir a la Isla del Oso.
No respondieron nada. Ni siquiera me miraban; todos tenían la vista clavada en el lingote de oro, como si éste fuera mucho más importante que yo. Desde su punto de vista, me imagino que esta prioridad era perfectamente comprensible.
—¡Vaya, vaya! —dije—. ¿Dónde están los desmentidos inmediatos, los juramentos con la mano sobre el corazón y los gritos ofendidos preguntándome de qué estoy hablando? ¿No creen ustedes que un observador imparcial pensaría que esta actitud es tan incriminatoria como una confesión escrita? —los miré como dándoles ánimo, pero, fuera de Heissman, que pareció encontrar necesario humedecerse con la punta de la lengua su labio superior, no obtuve ninguna reacción. Proseguí—: Me parece que hasta sus abogados defensores tendrán que admitir en el juicio que era un plan inteligente y bien organizado. ¿A alguno de ustedes le importaría mucho contarme en qué consistía este plan?
—Según mi opinión, doctor Marlowe —dijo Otto en tono magistral—, el esfuerzo de estos últimos días ha perturbado sus condiciones mentales.
—No está mal como reacción —respondí aprobatorio—. Desgraciadamente llega con un par de minutos de retraso. ¿No hay más voluntarios para improvisar una escena? ¿Qué les pasa que no actúan? ¿Se debe a modestia o a falta de colaboración? ¿Usted señor Goin, no querría decir algunas palabras? Después de todo, está en deuda conmigo. Sin mí y mi dramática confrontación habría muerto antes de que terminara la semana.
—Creo que el señor Gerran tiene razón —dijo Goin con esa voz mesurada que sabía emplear tan bien—. ¿Yo estuve a punto de morir? —negó con la cabeza—. El esfuerzo debe haberle resultado excesivo y bajo esas circunstancias, como médico debe saberlo, la imaginación puede fácilmente…
—¡Imaginación! ¿Me estoy imaginando acaso este lingote de oro de dieciocho kilos? —señalé las barras de lastre bajo los listones—. ¿Me estoy imaginando esos otros quince lingotes y los otros cien apilados en una roca dentro del Perleporten? ¿Me estoy imaginando que el hecho de que no reaccionen ante la palabra Perleporten demuestra fuera de toda duda que todos lo conocen y saben lo que significa? ¿Me estoy imaginando los otros lingotes que todavía están bajo el agua en Perleporten? Dejemos de jugar, señores, porque su juego terminó. Como les dije antes, fue muy inteligente mientras duró. ¿Qué mejor pantalla para un viaje destinado a recoger oro en barras en el Ártico que un proyecto fílmico? Considerando que se piensa que todos en el mundo del cine son excéntricos hasta el punto de parecer lunáticos, ¿creyeron que la conducta más perversa iba a ser considerada como normal dentro de su propia anormalidad? ¿Qué mejor momento para recuperar las barras de oro que cuando hay luz sólo unas pocas horas y la operación de rescate podía llevarse a cabo en las largas horas de oscuridad? ¿Qué manera mejor para llevar los lingotes a Inglaterra que cambiarlos por las barras para el lastre e introducirlos en el país bajo los mismos ojos de las autoridades aduaneras? —sopesé el lastre—. Cuatro toneladas según magnífico folleto que escribió el señor Heissman. Yo diría que casi cinco. Hay unos diez millones de dólares en juego, bastante como para justificar un viaje hasta un lugar tan poco de moda y tan lejano como la Isla del Oso. ¿No les parece?
Como pareció que no tenían ninguna opinión al respecto, proseguí:
—Poco a poco, habrían inventado alguna excusa para llevar el submarino hasta Perleporten con el objeto de facilitar el traslado del oro. Y luego, de vuelta a la alegre Inglaterra para disfrutar del justo fruto de sus esfuerzos. ¿Me equivoco?
—No —respondió Otto calmadamente—, no se equivoca. Pero va a resultarle muy difícil convertir esto en un crimen. ¿De qué podrían acusarnos? Llamarnos ladrones sería ridículo. Lo encontramos y lo conservamos, eso es todo.
—¿Lo encontraron y lo conservaron? ¿Unas pocas miserables toneladas de oro? Sus ambiciones son modestas ya que sólo se conforma con una minucia del lote disponible ¿no es así, señor Heissman?
Todos lo miraron, pero no pareció particularmente ansioso por devolverle la mirada a nadie. Proseguí:
—Estúpidos ¿por qué creen que estoy aquí? ¿Por qué creen que, a pesar de toda la elaborada cortina de humo que inventaron, el Gobierno Inglés no sólo sabía que venían a la Isla del Oso sino que también estaba al tanto de que lo que se proponían no era precisamente lo que habían dicho? ¿Ignoran que para algunos asuntos los gobiernos europeos colaboran estrechamente? ¿Desconocen el hecho de que la mayoría de ellos está muy interesada en las actividades de Johann Heissman? Tal vez lo único que no sepan es que dichos gobiernos conocen mucho mejor a Johann Heissman que ustedes. Pudiera ser que Heissman quisiera ponerlos en antecedentes y empezara por contarles algo de esos curiosos treinta años en los que ha estado trabajando para el Gobierno soviético.
Otto miró a Heissman con la boca tan abierta que estuvo a punto de zafársele la mandíbula. Los músculos faciales de Goin se endurecieron de tal modo que toda la serenidad desapareció de su rostro. El Conde no cambió de expresión, pero asintió lentamente, como quien termina de comprender la solución de un viejo problema. Heissman parecía sentirse profundamente desdichado. Continué:
—Bueno, como parece que Heissman no tiene la menor intención de contarles nada, no me queda más remedio que hacerlo yo. Heissman, aquí presente, es un notable especialista en un arte muy especializado. Es nada menos que un cazador de tesoros y en ese género no hay nadie que pueda competir con él. Pero no busca los tesoros que ustedes podrían imaginarse y, me temo, que en este sentido los haya engañado así como los engañó en otro. Me refiero al hecho de que uno de sus prerrequisitos para compartir el botín con ustedes fue la exigencia de que su sobrina Mary Stuart fuera empleada por la Olympus Productions. Como tienen las mentes podridas y llenas de sospechas, deduzco que rápidamente llegaron a la conclusión de que no era su sobrina —lo que es efectivo— y venía con otros propósitos —lo que también es efectivo—, pero que no tienen nada que ver con lo que la putrefacción y las sospechas de ustedes le atribuyeron. Para Heissman era esencial que la señorita Stuart estuviera presente con el objeto de lograr algo que se le olvidó mencionarles.
»Deben comprender que el padre de la señorita Stuart era tan inescrupuloso y carente de principios como cualquiera de los sinvergüenzas aquí presentes. Tenía altos puestos tanto en la marina alemana como en el partido nazi e igual que tantos otros en la misma situación, se dedicó a labrarse una posición personal. Imitó a Hermann Goering cuando quedó claro que habían perdido la guerra, pero fue más hábil y se las arregló para escapar antes de que persiguieran a los criminales de guerra. Aunque nunca pueda probarse, es casi seguro de que el oro provino de las arcas de bancos noruegos. Un hombre que disponía de todos los recursos que la marina alemana podía proporcionarle, no debe haber tenido mayores problemas para escoger un lugar tan espléndidamente aislado como Perleporten, en la Isla del Oso, y para trasladar ahí su fortuna. Probablemente empleó un submarino, aunque eso no tiene ninguna importancia ahora.
»No transportaron solamente oro a Perleporten y ésa es la razón por la cual Mary Stuart vino con nosotros. Para su padre, el oro no bastaba para darle seguridad y es muy probable que su seguridad tuviera la forma de bonos bancarios o seguros, adquiridos tal vez a fines de los años treinta y digo adquiridos porque no me atrevo a usar la palabra comprados, y que aún son perfectamente convertibles. Hace poco se hizo un intento para vender treinta millones de libras de seguros a través del mercado extranjero de cambio, pero el Banco Federal de Alemania Occidental no aceptó la operación sin que el dueño se identificara previamente. En este caso no habría problema para identificarse ¿no es así, Heissman?
Heissman no se pronunció ni en un sentido ni en otro. Proseguí:
—¿Dónde están? ¿Dentro de un lingote falso de acero? —como siguió sin pronunciarse continué—: No importa. Los descubriremos y nunca tendrá el placer de ver al padre de Mary Stuart poniendo su firma y sus huellas digitales en esos documentos.
—¿Está seguro? —replicó Heissman.
Había recuperado su grado normal de compostura, lo que quería decir que estaba sumamente compuesto.
—En un mundo tan revuelto como el nuestro no se puede estar seguro de nada, pero yo diría que sí.
—Me parece que ha pasado por alto un detalle.
—¿Qué detalle?
—Que tenemos al Almirante Hanneman.
—¿Ese es el verdadero nombre del padre de Mary Stuart?
—¿Ni siquiera sabía eso?
—No, pero no tiene ninguna importancia. No descuidé ese detalle y me ocuparé de ese asunto enseguida, apenas haya concluido con sus amigos. Aunque, tal vez ya no sean sus amigos. Se lo digo porque ninguno me parece especialmente amistoso.
—¡Monstruoso! —gritó Otto—. ¡Absolutamente monstruoso! ¡Imperdonable y diabólico! ¡Nuestro propio socio! —y se calló con un silencio ultrajado.
—Vil —dijo Goin con frialdad—. Una actitud despreciable.
—¿No es cierto? —pregunté—. Pero cuéntenme, ¿esta indignación moral nace de mi revelación de las profundidades de la perfidia de Heissman o es el producto del desencanto de que no los incluyera en los beneficios de los seguros? No se molesten en contestarme, es una pregunta retórica, ya sé que están cortados en el mismo molde de Heissman. Y lo que quiero decir es que la mayoría de ustedes dedicó gran parte de su tiempo a ocultarle a los otros ejecutivos de la Olympus Productions la verdadera naturaleza de sus actividades. En este sentido, Heissman es tan culpable como ustedes. En comparación, el Conde es un querubín angélico, pero incluso él ha navegado en aguas pantanosas. Por más de treinta años fue miembro de la junta de ejecutivos y se ha ganado desde entonces su subsistencia nada más que porque se encontraba por casualidad en Viena cuando se produjo la anexión nazi. En esa ocasión, Otto se dirigió a los Estados Unidos y Heissman desapareció misteriosamente porque Otto así lo había dispuesto con el objeto de sacar del país todo el capital de la Compañía. Otto nunca ha tenido escrúpulos para vender a un amigo.
»Lo que Otto no sabía, y el Conde nunca le explicó, fue que la desaparición de Heissman fue totalmente voluntaria. Heissman había sido un agente secreto alemán durante algún tiempo y su país de adopción lo necesitaba. Lo que su país de adopción ignoraba era que Rusia lo adoptó incluso antes, pero esto no tiene nada que ver con el punto principal que es el siguiente: Otto pensaba que había traicionado a un amigo por dinero y que el Conde lo sabía. Desgraciadamente, va a ser muy difícil probar nada contra el Conde, como no es un avaro por naturaleza siempre se conformó con su sueldo y es imposible demostrar que se trataba de un chantaje. Por eso lo escogí, y aceptó, para que sirviera de Testigo de la Corona contra sus compañeros de la junta ejecutiva.
Heissman se unió a Otto y a Goin para mirar al Conde exactamente con el mismo desprecio con el cual lo habían estado mirando a él hasta ese momento. Seguí hablando:
—Y ya que estamos en esto, mencionaremos a Otto, que durante años desfalcó grandes sumas de dinero de la Compañía, hasta prácticamente desangrarla —esta vez le correspondió a Otto recibir la mirada de desprecio de Heissman y del Conde—. O de Goin que sabía de los desfalcos y que durante dos o tres años estuvo chantajeando a Otto hasta desangrarlo a él también. En resumen, constituyen el grupo más desagradable e inmoral de depravados que haya tenido la desgracia de conocer. Y eso que todavía no hemos mencionado más que la superficie de la infamia de uno de ustedes. Aún no hemos hablado de la persona responsable de las muertes violentas. Está absolutamente loco y, por supuesto, terminará sus días en un manicomio. A pesar de todo, tengo que reconocer que ha actuado con una lógica muy cuerda en su planeamiento y en sus ejecuciones. Este tipo de cosas lo hacen lamentar a uno la abolición de la pena de muerte, pero es una certeza que irá a parar a una prisión para locos. Pudiera ser Otto, y es su única esperanza, de que no viva mucho tiempo después que lo encierren.
Otto no dijo nada y la expresión de su rostro no experimentó ningún cambio. Proseguí:
—Jungbeck y Heyter, sus asesinos a sueldo, seguramente serán sentenciados a cadena perpetua.
La temperatura en la gélida tumba metálica había descendido varios grados bajo cero, pero nadie parecía haberse dado cuenta: un ejemplo clásico de la mente dominando la materia. Dios sabe que pocas mentes podrían haber estado nunca más exclusiva y completamente poseídas que las de aquellos hombres en ese extraño escenario. Proseguí:
—Otto Gerran es un hombre tan malvado que la enormidad de sus crímenes apenas quedan dentro de las fronteras de la comprensión humana. Hay que reconocer en su favor, sin embargo, que tuvo la peor de las suertes en la elección de sus socios, a quienes hay que responsabilizar parcialmente por los terribles sucesos que han ocurrido. Su avaricia insaciable y su egoísmo monstruoso, lo acorralaron hasta tal punto que sólo podía escapar haciendo uso de remedios desesperados.
»Ya hemos establecido que tres de ustedes lo estuvieron chantajeando continuamente durante años. Sus otros dos asociados, su hija y Stryker, se unieron encantados en lo que se había convertido en un pasatiempo muy popular. Usaron una base diferente para su chantaje y, aunque no puedo demostrarla, creo que con el tiempo lograremos hacerlo. El chantaje estaba relacionado con un accidente automovilístico que tuvo lugar hace unos veinte años en California. Hubo dos coches comprometidos. Uno de ellos pertenecía a Lonnie Gilbert y llevaba tres mujeres en su interior, su esposa y sus dos hijas, que parecen haber estado completamente borrachas. El otro coche pertenecía a los Strykers, pero ellos no se encontraban dentro. Las dos personas que liquidaron la familia de Lonnie venían de la misma fiesta en casa de los Strykers y estaban tan borrachos como ellas. Sus nombres son Otto Gerran y Neal Divine. ¿No es así, Otto?
—Es imposible probar esa estupidez.
—Por el momento. La verdad es que Otto conducía, pero cuando Divine se recuperó de los efectos del choque quedó convencido, con la ayuda de Otto, de que él había estado al volante. Durante años, Divine tuvo la impresión de que le debía el haberse escapado del cargo de asesinato por conducir en estado de embriaguez al silencio de Otto. La lista de sueldos demuestra…
—¿De dónde sacó la lista de sueldos? —me preguntó Goin.
—De su cabina, de donde también saqué esta espléndida chequera que le pertenece. La lista demuestra que Divine recibía sólo una miseria como sueldo. Otto es admirable: no sólo hace asumir a un hombre la responsabilidad de muertes que él mismo ha causado, sino que también aprovecha para reducir a ese hombre al nivel de un siervo miserable. El chantajeado chantajeando a su vez. Es lo que faltaba para cerrar el círculo ¿no les parece?
»Los Strykers sabían quién era el verdadero responsable del accidente porque Otto estaba al volante cuando partieron de su casa. De modo que vendieron su silencio a cambio de empleos como ejecutivos de la Olympus Productions y de sueldos desproporcionados. Son todos un conjunto encantador. ¿Sabían que este gordo monstruoso trató de que mataran a Lonnie esta noche? ¿Por qué? Porque Judith Haynes poco antes de morir le contó a Lonnie la verdad respecto al accidente y, por consiguiente, Lonnie habría significado un peligro para Otto mientras viviera.
»No sé quién sugirió la expedición fílmica como una pantalla para sacar el oro. Me imagino que fue Heissman. Pero no tiene importancia. Lo que sí la tiene es que Otto vio en este proyecto una oportunidad única, que podía no volver a repetirse nunca más, para resolver todos sus problemas con un solo golpe. La solución era simple: eliminar a sus cinco socios, incluida su hija a la que odiaba tanto como ella a él. Contrató dos pistoleros, Heyter y Jungbeck. No tengo dudas respecto al contrato, encontré dos mil libras, en billetes de cinco libras, en la maleta de Jungbeck esta tarde. Los dos se hicieron pasar por unos actores de quienes nadie había oído hablar, fuera de Otto.
»En efecto, el proyecto de Otto era deshacerse con un solo golpe de las personas que odiaba y que lo odiaban. Con sus muertes compraría bastante tiempo como para ocultar sus desfalcos. Cobraría grandes sumas de dinero por concepto de seguros y volvería a la brecha con dinero a su haber, gracias a los servicios de contables complacientes. Se quedaría con todo este espléndido oro él solo y, lo que era más importante, estaría libre para siempre de los continuos chantajes que habían dominado su vida y pervertido su mente hasta llevarlo al borde de la locura —miré a Goin—. ¿Comprende ahora lo que quise decir cuando afirmé que sin mí habría muerto antes de que terminara la semana?
—Sí, sí, creo que sí. No me queda otra alternativa que creer que tiene razón —miró a Otto con un poco de sorpresa—. ¿Pero por qué si lo que quería era deshacerse de los ejecutivos…?
—¿Por qué murieron otros? Mala suerte, torpeza, alguien interfirió. Su primera víctima iba a ser el Conde, pero intervino la mala suerte —no la del Conde— sino de Antonio. Como descubrí hurgando en su pasado, Otto es un hombre con muchas facetas y cuenta entre sus habilidades más esotéricas conocimientos de Farmacia y Medicina. Otto es muy hábil con los venenos. También lo es, como muchos gordos, para escamotear artículos. La noche que Antonio murió, la comida fue servida desde la mesa pequeña, como era habitual, que estaba instalada al lado de la cabecera donde Otto se sentaba. Le puso un poco de acónito, bastaba una pizca, a los rábanos en el plato destinado al Conde. Desgraciadamente para el pobre Antonio, al Conde no le gustaban y se los pasó a su compañero vegetariano. Así murió Antonio.
»Intentó envenenar a Heissman al mismo tiempo, pero Heissman no estaba en su mejor noche en esa oportunidad ¿no es así, Heissman? Recordará que abandonó la mesa muy apurado y dejó su plato intacto. El económico Haggerty, en vez de deshacerse de una comida que nadie había tocado, la volvió a poner en la cacerola de la que sirvieron la cena de Scott y Moxen y de la que el Duque hurtó subrepticiamente unas cuantas cucharadas. Tres estuvieron muy enfermos, dos murieron debido a su mala suerte.
—¿Y el hecho de que Otto también sufriera de envenenamiento? —preguntó el Conde.
—Fue autoprovocado para desviar cualquier sospecha que pudiera recaer en él. No usó acónito, sin embargo. Lo único que necesitó fue un vomitivo poco peligroso y algo de actuación. La razón por la que me mandó recorrer el Morning Rose no era comprobar quiénes estaban mareados sino quiénes habían sido envenenados por error. Tuvo una reacción desproporcionadamente violenta cuando se enteró de la muerte de Antonio; entonces no comprendí su significado.
»Hubo otro vuelco trágico más tarde. Dos personas fueron a revisar mi camarote durante mi ausencia; una fue Jungbeck o Heyter y la otra Halliday —miré a Heissman y le pregunté—: ¿Era de los suyos, verdad? —asintió en silencio. Proseguí:
—Heissman sospechaba de mí y quería estar seguro de mi buena fe examinando mis maletas; para ser exacto, haciendo que las examinara Halliday. Otto también sospechaba y uno de sus pistoleros descubrió que había estado leyendo un artículo sobre el acónito. A estas alturas, una muerte más o una muerte menos no significaba ya gran cosa para Otto y planeó eliminarme con su sustancia favorita: el veneno. Estaba en una botella de whisky. Desgraciadamente para Halliday, que fue a ver si podía darle un vistazo al maletín que tenía en el salón, se bebió el trago que me estaba destinado.
»Las otras muertes son fáciles de explicar. Cuando estábamos buscando a Smithy, Jungbeck y Heyter golpearon a Allen y asesinaron a Stryker. Trataron de culpar a Allen. Durante esa noche, Otto preparó la ejecución de su propia hija. Estaba de guardia con Jungbeck y el asesinato sólo pudo tener lugar a esa hora —miré a Otto—. Debió haber revisado la ventana de su hija; la había cerrado yo de tal manera que era imposible entrar desde afuera. También descubrí que me habían robado una jeringa y un frasco de morfina. No es necesario que admita nada, tanto Jungbeck como Heyter van a cantar como canarios.
—Lo admito todo —reconoció Otto con una calma impresionante—. Tiene razón en todos los detalles pero no creo que vaya a servirle de mucho —dije que era un artista para escamotear cosas y procedió a probarlo con una desagradable pistola negra automática, con la que amenazaba y que parecía haber salido de la nada.
—Yo tampoco creo que esto le vaya a servir a usted de mucho. Acaba de reconocer que es culpable de todos los cargos de los que lo responsabilicé —yo estaba parado justo debajo de la escotilla de la torrecilla, donde me instalé deliberadamente apenas entramos, y podía ver cosas que Otto ignoraba—. ¿Dónde cree que está ahora el Morning Rose?
—¿Qué quiere decir?
No me gustó nada la manera como su mano regordeta apretó la culata.
—Nunca fue más allá de Tunheim, donde había gente esperando mis noticias. Es verdad que no se podían poner directamente en contacto por radio, uno de sus matones destrozó el transmisor del pesquero ¿recuerda? Pero antes de que el Morning Rose partiera, dejé a bordo una radio e instrucciones precisas respecto a lo que tenían que hacer apenas mi transmisor se pusiera en contacto con ella. Hace noventa minutos que están en contacto. A bordo del pesquero se encuentra la policía noruega y la inglesa. Bueno, se encontraba, porque ahora está sobre la cubierta de este submarino. Por favor créame y nos podemos ahorrar un baño de sangre inútil.
No me creyó. Se adelantó rápidamente mientras levantaba su revólver y miró hacia la torrecilla. Desgraciadamente para Otto, estaba colocado bajo un chorro de luz mirando hacia la oscuridad. El sonido de un disparo nos hirió los oídos en ese espacio cerrado, casi simultáneamente se escuchó su grito de dolor y el ruido metálico del revólver al caer de su mano ensangrentada, con la que golpeó un lingote. Le dije:
—Lo siento. No me dejó tiempo para decirle que estaban especialmente entrenados.
Cuatro hombres descendieron. Dos civiles y dos con el uniforme del ejército noruego. Uno de los civiles me preguntó:
—¿El doctor Marlowe? —asentí—. Soy el inspector Nielsen. Parece que llegamos a tiempo.
—Sí, gracias —no llegaron a tiempo para salvar a Antonio ni a Halliday ni a los dos camareros ni a Judith Haynes ni a su esposo, pero eso era culpa mía—. Llegaron muy rápido.
—Estamos aquí desde hace tiempo, le vimos descender aquí. Vinimos en una lancha neumática desde afuera, al norte de Makehl. El capitán Imrie no estaba muy contento de tener que recorrer el Sor-hamna de noche. No creo que tenga muy buena vista.
—Yo pienso lo contrario.
Arriba se escuchó una voz áspera:
—¡Arroje el revólver, arrójelo o lo mato! —la voz de Heyter parecía no admitir dudas.
Había una sola persona con un revólver: el soldado que le disparó a Otto. Lo dejó caer sin titubear cuando el inspector noruego se lo ordenó. Heyter descendió. Sus ojos eran vigilantes, su revólver se movía ligeramente recorriéndonos.
—¡Bien hecho, Heyter, bien hecho! —dijo Otto entre quejidos de dolor que le provocaba su mano destrozada.
—¿Bien hecho? —dije—. ¿Quiere tener la responsabilidad de otra muerte? ¿Quiere que esto sea lo último que haga Heyter, esté bien o mal hecho?
—Demasiado tarde para hablar —el rostro castaño rojizo de Otto estaba grisáceo. La sangre de su mano goteaba constantemente sobre el oro—. Todo es demasiado tarde.
—¿Para qué es demasiado tarde, viejo estúpido? Sabía que Heyter se podía mover. No se olvide de que soy médico, aunque no sea muy bueno. Tenía un corte dentro de una gruesa bota de cuero. Sólo una fractura compuesta pudo provocárselo y era inexistente. La torcedura de un tobillo no desgarra la piel. Se hirió a sí mismo. No tiene imaginación, como lo demostró con el asesinato de Stryker y con el de Smithy. ¿Mataste a Smithy, Heyter?
—Sí —me apuntó con el revólver—. Me gusta matar gente.
—¡Baja ese revólver o eres hombre muerto!
Me maldijo con desprecio. Aún estaba haciéndolo cuando apareció el chorro de sangre en la mitad de su frente. El Conde bajó su Beretta con el cañón aún humeante y dijo disculpándose:
—Soy un Conde polaco, pero me encuentro fuera de práctica.
—Ya veo —respondí—. Un mal tiro, pero creo que va a significarle el perdón Real.
En el malecón, la policía insistió en esposar a Goin, Heissman e incluso al malherido Otto. Los persuadí de que el Conde no era peligroso y de que necesitaba hablar con Heissman mientras ellos se dirigían a la cabaña. Cuando estuvimos solos le dije:
—El agua en esa bahía está por debajo del punto de congelación; con esa ropa pesada y sus muñecas esposadas en la espalda habrá muerto en treinta segundos. La ventaja de ser médico es que se puede predecir este tipo de cosas —lo cogí del brazo y lo empujé hacia el borde del malecón,
—Hizo deliberadamente que mataran a Heyter ¿no es verdad? —dijo con voz estrangulada.
—Por supuesto. ¿No sabía que ahora no hay pena de muerte en Inglaterra? En cambio aquí, no hay problemas. Adiós, Heissman.
—¡Lo juro! ¡Lo juro! —respondió con una voz que era como un alarido—. ¡Haré que suelten a los padres de Mary Stuart para que puedan reunirse! ¡Lo juro! ¡Lo juro!
—Es a cambio de su vida, Heissman.
—Sí, sí, ya lo sé —tiritaba violentamente y no porque hubiera un viento helado.
La atmósfera en la cabaña estaba extraordinariamente calmada y relajada. Supongo que era la reacción inevitable del profundo e increíble alivio que experimentaban. Matthewson parecía haberles explicado las cosas.
Jungbeck estaba en el suelo sujetando su hombro izquierdo y quejándose como si le doliera mucho. Miré a Conrad quien, a su vez, miró al hombre en el suelo. Luego me señaló los trozos de vidrio desparramados por el suelo y me dijo:
—Cumplí sus instrucciones. Me temo que rompí la botella.
—Cuánto lo siento… por el whisky —me dirigí a Mary Darling que sollozaba amargamente y a Mary Stuart, que a pesar de estar sólo un poco menos emocionada, trataba de darle ánimo. Les dije en tono de reproche:
—¡Lágrimas, lágrimas inútiles! Ya todo terminó, mis dos Marys.
—Lonnie se murió —sus ojos empañados me miraban desconsolados desde detrás de sus inmensas gafas—. Hace cinco minutos. Acaba de morir.
—Lo siento, pero que nadie lo llore. Son sus palabras no las mías. «Odiaría a quien en el tormento de esta vida me la prolongara un poco más».
—¿Él lo dijo? —me preguntó la querida Mary mirándome sin comprender.
—No. Un sujeto llamado Kent.
—Dijo algo más —agregó Mary Stuart—. Lonnie nos pidió que le dijéramos al bondadoso curandero, supongo que se referiría a usted, que lanzara una moneda al aire para saber quién pagaría la primera ronda de bebidas en un bar. No le entendí bien, pero era algo así como un bar donde vendían cerveza.
—¿Y que estaba en el Purgatorio?
—¿En el Purgatorio? No lo sé. No le entendí muy bien.
—Yo lo entiendo. No me olvidaré de tener preparada la moneda.