Capítulo 12

La cantidad de consuelo líquido con la que contaba Otto estaba experimentando una seria arremetida. Resulta una afirmación común en el campo de la medicina sostener que algunas personas sometidas a presión consumen grandes cantidades de alimentos; sin embargo, la Olympus Productions no contaba con ningún representante de este tipo: no había la menor demanda de comida. En cambio, y en proporción inversa, se buscaba ansiosamente el alcohol. La atmósfera de la cabaña hacía pensar en un bar de Glasgow cuando un equipo escocés de fútbol ha derrotado ignominiosamente a sus viejos enemigos del otro lado de la frontera.

Los 16 individuos desparramados por la cabaña, Heyter y sus heridas aparte, no manifestaban ningún deseo de dirigirse a sus cabinas; existía un entendimiento tácito e ilógico que los hacía pensar que si Judith Haynes pudo morirse en su cabinete, lo mismo podía ocurrirle a cualquiera. Estaban sentados en parejas o en grupos de a tres, bebían en silencio o hablaban en murmullos. Los ojos huidizos recorrían a los otros presentes y todos se iban hundiendo en un estado de ánimo lúgubre y triste que no parecía tener la muerte de Judith Haynes como causa, sino el temor a lo que podía ser un nuevo desastre. Eran cerca de las siete, y en medio de la oscuridad total, la nieve caía profundamente en el norte. Heissman, Goin y Jungbeck aún no regresaban.

Otto, contra su costumbre, estaba sentado solo. Mascaba un cigarro, pero no bebía y daba la impresión de un hombre que se está preguntando cuál será el próximo golpe que le tiene preparado el destino. Había conversado brevemente con él un poco antes; me manifestó taciturno su certeza de que los tres debían haberse ahogado. Me señaló que ninguno de ellos sabía cómo manejar un bote y que aunque hubieran logrado sobrevivir más de algunos minutos en las gélidas aguas no tenían ninguna esperanza de nadar hasta la playa, ya que si llegaban hasta los acantilados sus dedos sólo arañarían inútilmente la lisa superficie vertical hasta que se les agotaran las fuerzas, renunciaran y se hundieran. Por otra parte, si lograban descubrir un lugar más accesible, el aire helado penetraría a través de sus ropas mojadas hasta llegar a sus cuerpos empapados y los congelaría casi de inmediato. Me dijo que si no volvían, y estaba seguro de que no lo harían, pensaba abandonar todo el proyecto y esperar que Smithy volviera con ayuda; si no aparecía pronto, pensaba proponer que toda la compañía se dirigiera a Tunheim en busca de refugio.

Todos se habían quedado en silencio. Otto miró hacia donde yo estaba y me dirigió una sonrisa triste. Luego, haciendo un esfuerzo desesperado para alegrar el ambiente me dijo:

—Vaya, vaya, doctor Marlowe, veo que no tiene vaso.

—No, y lo considero justo.

Dio una mirada a los asistentes. Si la contemplación de lo rápido que iba desapareciendo su surtido de bebidas lo tenía anonadado, ocultaba perfectamente bien su angustia. Comentó:

—Los otros no parecen considerarlo justo.

—Los otros no tienen que tomar en cuenta el peligro de exponer los poros abiertos por la bebida a temperaturas bajo cero —me miró mientras me preguntaba:

—¿Qué? ¿Qué quiere decir?

—Que si Jungbeck y Goin no están de vuelta dentro de unos pocos minutos, pienso salir a buscarlos en el bote con el motor fuera de borda.

—¡Qué! —gritó con un tono de voz muy diferente al anterior mientras se ponía de pie penosamente, como era su costumbre, cuando quería parecer imponente—. ¿Salir a buscarlos? ¿Se ha vuelto loco, señor? Esto es lo único que nos faltaba. Salir en una noche tan oscura como ésta, en la que no se alcanza a ver una mano puesta frente a la cara. No, no. Ya he perdido demasiada gente. Demasiada. Se lo prohíbo.

—¿No se le ha ocurrido pensar que tal vez se les descompuso el motor y que están a la deriva congelándose mientras nosotros aquí estamos sentados conversando sin hacer nada por ayudarlos?

—Ya lo había pensado y no me parece posible. El motor del bote fue revisado cuidadosamente antes de su partida y, además, sé que Jungbeck es un mecánico muy competente. Ese aspecto del problema no hay ni que discutirlo siquiera.

—Voy a ir de todas maneras.

—Me permito recordarle que ese bote pertenece a la Compañía.

—¿Y quién va a impedir que me lo lleve?

Otto farfulló algunas cosas entre las que pude entenderle:

—Comprenderá…

—Comprendo —estaba cansado de Otto—. Estoy despedido.

—Si es así, despídame a mí también —dijo Conrad. Todos nos dimos vuelta para mirarlo—. Pienso acompañarlo.

No esperaba menos de Conrad. Después de todo, él fue quien inició la búsqueda de Smithy poco después de nuestra llegada. No traté de discutir con él ya que pude ver que Mary Stuart tenía una mano en su brazo y lo miraba consternada. Si ella no era capaz de disuadirlo, yo ni siquiera iba a molestarme en intentarlo.

—¡Charles! —exclamó Otto, dispuesto a hacer valer su autoridad—. No olvide que tiene un contrato y…

—Métase el contrato por el culo.

Otto lo miró atónito, apretó los labios, se dio vuelta y partió hacia su camarote. Apenas hubo salido, todos comenzaron a hablar al mismo tiempo. Crucé hacia donde se encontraba el Conde bebiendo pensativo su infaltable coñac. Me miró y sonrió sin ninguna alegría mientras me decía:

—Si quiere tener un suicidio voluntario, mi estimado…

—¿Cuánto tiempo hace que conoce a Gerran?

—¿Cómo? —pareció perdido durante unos segundos, luego bebió otro poco de su coñac y me respondió—: Alrededor de treinta años. No es ningún secreto. Lo conocí bien en Viena durante la preguerra. ¿Por qué me lo…?

—¿Estaba usted en la industria fílmica en esa época?

—Sí y no —sonrió ligeramente sorprendido—. Lo sabe todo el mundo. En los viejos días felices, mi estimado amigo, cuando el conde Tadeusz Leszcynsky —y ése soy yo— no era un hombre todopoderoso, pero sí tenía fortuna, fue el ángel de Otto y su primer productor —volvió a sonreír, esta vez divertido—. ¿Por qué cree usted que formo parte de la junta de ejecutivos?

—¿Qué sabe de la repentina desaparición de Heissman de Viena en 1938?

El Conde dejó de divertirse. Continué:

—Eso no lo sabe todo el mundo. —Me callé para ver si decía algo, pero como no lo hizo proseguí—: Cuídese las espaldas, Conde.

—¿Las espaldas?

—Esa parte de la anatomía que puede ser agujereada con un objeto cortante, o perforada por minúsculos trocitos, aunque no tengan filo, si entran a gran velocidad. ¿No se ha dado cuenta de que los ejecutivos de la Olympus están desapareciendo como las manzanas podridas se caen del árbol? Hay un cadáver afuera y un cadáver adentro, dos están en peligro o ya desaparecieron en el mar. ¿Qué le hace pensar que usted tendrá mejor suerte? Tenga cuidado con el arco y las flechas, Tadeusz, y dígale lo mismo a Neal Divine y a Lonnie. Cuídense, por lo menos mientras yo no esté. Especialmente Lonnie… Me agradaría que evitara que saliera durante mi ausencia. Hay cosas muy delicadas en su pasado.

El Conde permaneció sentado, sin demostrar absolutamente nada de lo que pensaba en su rostro; después de un silencio me dijo:

—Le aseguro que no tengo idea de qué me está hablando.

—Nunca pensé que lo supiera —respondí golpeando un bulto en el bolsillo de su anorak—. Ahí es donde tiene que estar, en vez de permanecer inútil en su cabina.

—¿De qué habla?

—De su pistola Beretta 9 mm automática.

Abandoné al Conde después de este comentario enigmático y me dirigí hacia donde estaba Lonnie. La mano con la que sostenía su vaso temblaba casi constantemente, tenía los ojos vidriosos, pero hablaba con la misma inteligibilidad y lucidez de siempre.

—Una vez más nuestro Don Juan ¿o era Lancelote? se lanza a galope al rescate. No puedo expresarle, mi querido muchacho, hasta qué punto mi corazón se llena de orgullo con…

—Permanezca aquí dentro una vez que me vaya. No pase más allá de esa puerta. Ni siquiera una sola vez. Por favor. Hágalo por mí.

—¡Santo Cielo! —exclamó Lonnie, hipando—. Cualquiera pensaría que mi vida está en peligro.

—Lo está, créame, lo está.

—¿Mi vida? ¿La mía? —estaba verdaderamente desconcertado—. ¿Y quién podría querer hacerle daño al pobre, viejo e inofensivo Lonnie?

—Le sorprendería saber quiénes desean hacerle daño al pobre, viejo e inofensivo Lonnie. Olvídese por un tiempo de sus homilías acerca de la bondad natural del ser humano y prométame de veras que no saldrá para nada esta noche.

—¿Tanto le importa, muchacho?

—Sí.

—Muy bien. Con ésta, mi mano nudosa, sobre la tinaja de whisky…

Lo dejé terminar una promesa que resultó muy larga y complicada y fui donde estaban Conrad y Mary Stuart. Parecían discutir intensamente en voz baja. Se separaron y ella puso una mano suplicante en mi brazo.

—Por favor, doctor Marlowe, por favor, dígale a Charles que no vaya. A usted le hará caso. Estoy segura… —tiritó—. Sé, sé que algo horrible va a pasar esta noche.

—Puede que tenga razón. Señor Conrad, no puede sacrificarse en vano.

Me di cuenta inmediatamente de que podría haber dicho algo más afortunado. Mary no miraba a Conrad, tenía los ojos fijos en mí y había comprendido mucho antes que yo las implicaciones de mi frase. Puso ambas manos sobre mi brazo, me dio una mirada sombría y desesperanzada, giró y se dirigió a su cabina.

—Vaya con ella —le dije a Conrad—, dígale que…

—Es inútil. Parto con usted y ella lo sabe.

—Dígale que abra su ventana y ponga afuera, sobre la nieve, la caja negra que le di.

Conrad me examinó con los ojos, abrió la boca como para decir algo, pero se marchó en silencio. No era ningún tonto, ni siquiera había hecho un gesto que se pudiera haber interpretado como un asentimiento. Estuvo de vuelta antes de un minuto. Nos metimos dentro de toda la ropa para salir a la intemperie que pudimos encontrar y nos equipamos con cuatro de las linternas más potentes. Cuando nos dirigíamos hacia la puerta, Mary Darling se levantó del lado de Allen, que aún estaba bastante maltrecho y dijo:

—Doctor Marlowe… —puse la cabeza donde supuse que estaba su oído, oculto detrás del pelo platinado y le pregunté—:

—¿Es para decirme que soy maravilloso?

Asintió solemnemente con los ojos entristecidos detrás del grueso marco de sus gafas y me besó. No sé lo que habrá pensado el público de nuestra pequeña escena, pero no me importaba mucho. Lo más probable es que se dijeran que se trataba de la última despedida al buen médico antes de que saliera y desapareciera para siempre en la oscuridad.

Mientras cerrábamos la puerta exterior, Conrad se quejó:

—Podría haberme besado a mí también.

—Creo que usted ya recibió su recompensa —tuvo el buen gusto de permanecer en silencio.

Con nuestras linternas apagadas nos dirigimos hacia la escasa protección que ofrecía la cabaña de las provisiones contra la tupida nevazón que caía en esos momentos. Ahí nos quedamos unos dos o tres minutos hasta que estuvimos seguros de que nadie tenía intenciones de seguirnos. Luego dimos la vuelta a la cabaña central y recogimos la caja en la ventana de Mary Stuart. Estaba de pie detrás de los cristales y estoy seguro que nos vio, pero no hizo ni un gesto ni un esbozo de despedida. Parecía que las dos Marys tenían el mismo lúgubre pensamiento.

Nos abrimos paso entre la nieve y la oscuridad hasta el muelle. Escondimos la caja negra bajo las láminas de la popa del bote, hicimos funcionar el motor fuera de borda —apenas 5 ½ caballos de fuerza, pero suficientes para el tamaño del bote— y zarpamos. Conrad exclamó:

—Dios, esto está más oscuro que el chaleco de Drácula. ¿Cómo se propone hacerlo?

—¿Hacer qué?

—Encontrar a Heissman y a los demás, por supuesto.

—No podría importarme menos no encontrarlos nunca —respondí con toda sinceridad—. No tengo la menor intención de buscarlos. Al contrario, todos nuestros esfuerzos estarán dirigidos a evitarlos.

Mientras Conrad rumiaba en silencio el posible significado de este cambio de actitud, y dirigía el bote, con el motor regulado hacia atrás por prudencia, durante unos 90 metros hasta que nos aproximamos a la costa norte del Sor-hamna. Allí corté el motor. Mientras el bote se detenía, fui a la proa y lancé un ancla y cuerda por la borda.

—De acuerdo con el mapa, aquí hay tres brazas de profundidad. Y de acuerdo con los expertos necesitamos alrededor de 15 metros de cuerda para impedir que quedemos a la deriva. De modo que acabo de lanzarlos. Como nuestra silueta está recortada contra la tierra no podrán vernos y quedamos invisibles para cualquiera que se aproxime desde el Sur. Por supuesto que está prohibido fumar.

—Muy divertido —dijo Conrad. Luego de una pausa preguntó—: ¿Qué espera usted que se aproxime desde el sur?

—Blanca Nieves y los Siete Enanitos.

—Está bien, está bien. ¿De modo que no cree que les haya pasado nada malo?

—Creo que les ha pasado una cantidad de cosas malas, pero no en el sentido que usted piensa.

Hubo un largo silencio en el que me pareció que estaba pesando muchas cosas, luego dijo:

—Hablando de Blanca Nieves…

—¿Sí?

—¿Por qué no matamos el tiempo y me cuenta un cuento de hadas?

Le expliqué todo lo que sabía —o creía saber— y me escuchó sin hacer comentarios hasta que concluí. Esperé que dijera algo, pero permaneció en silencio.

—¿Me promete que no le pegará a Heissman apenas lo vea?

—No estoy muy seguro, no estoy muy seguro —tiritó—. Dios, hace frío.

—Va a hacerlo… Escuche.

Muy débilmente al comienzo, escuchamos entre la nieve y el viento norte el ruido de un motor que se aproximaba. Dos minutos más tarde, el sonido del tubo de escape era claro e inconfundible. Conrad ironizó:

—¿Qué le parece? Consiguieron que les arreglaran el motor.

Nos quedamos quietos donde estábamos, moviéndonos suavemente en el lugar donde anclamos, y tiritando bajo un frío que aumentaba, mientras el bote de Heissman redondeaba el brazo norte del malecón y paraba el motor. Ni Heissman ni Goin ni Jungbeck amarraron el bote. Se dirigieron de inmediato a tierra y permanecieron en el muelle más de veinte minutos. Era imposible ver lo que estaban haciendo; la oscuridad y la nieve impedían incluso distinguir sus siluetas, pero varias veces pudimos captar los reflejos de sus linternas bajo el brazo del malecón. En unas cuantas oportunidades, escuché claramente ruidos sordos y metálicos, en dos de ellas oí el sonido característico de algo pesado al golpear contra el agua. Por último, vimos tres puntitos luminosos caminando por el brazo central del malecón en dirección de la cabaña. Conrad dijo:

—Se supone que a estas alturas debería poder hacerle preguntas inteligentes.

—Y se supone que yo tendría respuestas inteligentes. Creo que pronto las tendré. Leve anclas, por favor.

Hice funcionar de nuevo el motor manteniéndolo con el mínimo de revoluciones, nos dirigimos hacia el Este durante unos 180 metros, luego giramos hacia el Sur hasta que calculé que la combinación de la distancia con el viento norte nos había alejado lo suficiente como para que no nos oyeran desde la cabaña, y juzgué que ya podía poner el motor al máximo.

Navegar, si podemos llamarlo así, resultó más fácil de lo que pensaba. Ya habíamos estado bastante tiempo en la oscuridad como para lograr el máximo de visibilidad nocturna y tenía pocas dificultades para percibir la costa a mi derecha; incluso en una noche aún más oscura, habría sido difícil no distinguir la brusca demarcación entre la negrura de los acantilados y las montañas blancas que se extendían detrás. El mar tampoco estaba tan malo como temí. Parecía picado, pero nada más. El viento no podría haber soplado desde un ángulo más favorable.

Kapp Malmgren quedaba más cerca a estribor y hacia allá dirigí el bote. Tomamos la dirección sudeste para entrar en el Evjebukta, teniendo cuidado de hacer la maniobra de manera de no alejarme demasiado. Los acantilados se veían perfectamente, pero todo lo que estuviera en el agua con el escenario negro a sus espaldas era virtualmente invisible y no tenía ningún deseo de encallar el bote en una de las islas de la parte norte de la bahía que había observado en la mañana.

Conrad habló por primera vez desde que levamos ancla. Estaba dotado de una paciencia ejemplar. Aclarándose la garganta dijo:

—¿Me permite hacerle una pregunta?

—No sólo se lo permito sino que hasta puede que se la conteste. ¿Recuerda las estacas y los fantásticos pináculos que estaban cerca de los acantilados cuando recorrimos el sur de la Isla en el Morning Rose?

—Querido y recordado barco —bromeó Conrad con tono de añoranza.

—No se desespere —repliqué alegremente—. Volverá a verlo esta noche.

—¿Qué?

—Tal como lo oye.

—¿El Morning Rose?

—Ningún otro. Por lo menos, eso es lo que espero. Llegará más tarde. Las estacas son el producto de la erosión que, a su vez, se produce por las mareas, las grandes olas durante las tormentas y el hielo. La Isla era mucho más grande antes, trozos completos están cayendo continuamente al mar. Esta misma erosión ha formado cuevas en los acantilados, no lo supe hasta esta tarde, que deben ser algo único en el mundo. A unos 200 o 300 metros del extremo sur de esta bahía, está Kapp Kolthoff, un promontorio que forma una pequeña rada en forma de herradura. Lo vi con los binoculares esta mañana.

—¿Cómo?

—Cuando salí a dar un paseo. En el extremo interior de la rada hay una entrada. No se trata de una entrada cualquiera, sino de un túnel que sale al otro lado del Kapp Kolthoff y que debe medir por lo menos 200 metros de largo. Se llama Perleporten. Para encontrarlo es preciso tener un mapa a gran escala de la Isla del Oso. Me apropié de uno esta tarde.

—¿Tan largo y de un extremo al otro? Debe ser un paso artificial.

—¿Y para qué gastar una fortuna haciendo un túnel de 200 metros en la roca para ir de A a B cuando se puede navegar de A a B en cinco minutos? En la Isla del Oso, por supuesto.

—No me parece probable. ¿Piensa que Heissman y sus amigos pueden haber estado ahí?

—No sé en qué otro sitio pudieron haber estado. Miré en todas las direcciones que pude del Sor-hamna y de esta bahía hoy en la mañana. Nada.

Conrad no dijo nada. Esa era una de las cosas que me agradaban en un hombre por el que empezaba a sentir un gran afecto. Podría haberme hecho una docena de preguntas para las que aún no tenía respuesta y como lo sabía se abstuvo de hacerlas.

Nuestro bote continuó ronroneando con una tranquilizadora estabilidad y en unos diez minutos pude ver surgir la silueta de los acantilados del sur de Evjebukta. A la izquierda, el extremo de Kapp Kolthoff era bien perceptible. Imaginé grandes olas blancas rompiendo más allá.

—Es imposible que nos vean —dije—, y no necesitamos seguir a oscuras, sé que no hay islas en los alrededores. Unas lámparas serían muy útiles.

Conrad fue a proa y encendió dos de las cuatro potentes linternas con que contábamos. Antes de dos minutos divisé el filo negro de los acantilados a menos de 100 metros de distancia. Giré a estribor y me puse paralelo a los acantilados del Noroeste. Un minuto más tarde llegábamos a la entrada este de una diminuta ensenada circular. Moderé la velocidad y entré cautelosamente; casi de inmediato lo vimos. Era una entrada semicircular al pie del acantilado sur. Parecía demasiado pequeña. Fuimos a su encuentro, siguiendo el impulso de la corriente, a menos de un nudo. Conrad se dio vuelta para mirar por sobre su hombro y comentó:

—Me da claustrofobia.

—A mí también.

—¿Y si no podemos salir?

—El otro bote era más grande.

—Suponiendo que estuvo aquí.

Crucé unos dedos imaginarios mientras deseaba que Conrad tuviera razón y llevé el bote hasta el túnel. Era más grande de lo que parecía, pero no mucho más. Las olas y aguas de incontables generaciones habían pulido las murallas de roca dejándolas tan lisas como el alabastro. Me pareció evidente que las manos del hombre no habían intervenido en su formación, aunque presentaba una curiosa orientación hacia el Sur, por los diferentes anchos y alturas del techo del túnel. Cuando Conrad me llamó señalando hacia adelante a la derecha dejó de parecerme tan evidente.

La entrada en la muralla no era verdaderamente otra cosa que una muesca que apenas se diferenciaba de una o dos que habíamos dejado atrás. En su parte más profunda no medía más de 2 metros, estaba enmarcada por una curiosa superficie plana cuyo ancho variaba de unos sesenta centímetros a un metro y medio. Parecía fabricada artificialmente, pero tantas formaciones rocosas de los alrededores tenían contornos tan extraños que bien pudiera tratarse de un proceso natural. Una cosa, sin embargo, no podía deberse de ninguna manera a un proceso natural: una pila de barras de metal pintadas de gris que estaban cruzadas simétricamente.

Ninguno de los dos habló. Conrad encendió las otras dos linternas, hizo girar sus cabezas hasta que la luz quedó regulada hacia arriba y las puso sobre la superficie plana. La minúscula zona quedó inundada de luz. No sin dificultades logramos trepar en esa especie de repisa y hacer un nudo en torno a una de las barras. Todavía en silencio, medí la profundidad del agua: había menos de un metro y medio y las rocas del fondo parecían ser muy extrañas. Con un gancho amarrado a la cuerda seguí tanteando el terreno hasta que tropecé con algo duro y flexible al mismo tiempo, lo alcé. Era una cadena de un centímetro de ancho que aún estaba en buen estado a pesar de encontrarse corroída en algunas partes. Alcé otro poco y ante nuestros ojos apareció el extremo de una barra rectangular idéntica en tamaño a las de la superficie plana. Estaba sujeta a la cadena mediante un perno. Había perdido buena parte del color. Devolví la cadena y la barra al fondo del mar.

Todavía en silencio, saqué una navaja de mi bolsillo y raspé la superficie de una de las barras de la pila. El metal —con toda seguridad diría que se trataba de plomo— era suave y flexible, pero no se trataba más que de una capa protectora, debajo había algo más duro. Con el filo de la navaja raspé el plomo alrededor de un par de centímetros. Algo dorado brilló bajo la luz de las linternas. Conrad exclamó:

—¡Vaya, vaya! Esto es lo que en términos técnicos se llama sacarse el gordo de la lotería.

—Mire esto —Conrad sacó de detrás de la pila de barras un tarro de pintura, cuya etiqueta decía: «Pintura Gris Instantánea».

—Parece ser muy buen material —^comenté tocando una de las barras—, está completamente seca. Hay que reconocer que el sistema es sumamente efectivo: se elimina el perno, se pinta encima y ¿qué es lo que queda?

—Una barra idéntica en tamaño y en color a las barras para el lastre que hay en el submarino.

—Exactamente —le tomé el peso a una de ellas—. Fácil de manejar, un lingote de unos 18 kilos.

—¿Cómo lo sabe?

—Por mi experiencia en el Tesoro. Tiene un valor aproximado de treinta mil dólares. ¿Cuántas barras cree que hay en la pila?

—Más de cien.

—Y esto es para comenzar. El grueso debe estar todavía bajo el agua. ¿Hay algunos pinceles por ahí?

—Sí —Conrad iba a dirigirse detrás de la pila, pero lo retuve diciendo:

—No toque nada. Piense en las huellas digitales.

—Acabo de darme cuenta de lo que esto significa —dijo Conrad lentamente, luego me miró y preguntó incrédulo—: ¿Tres millones de dólares?

—Poco más o menos.

—Mejor que nos vayamos. Se me empieza a despertar la codicia.

Partimos. Cuando salimos a la pequeña bahía circular ambos nos dimos vuelta y miramos al amenazante, oscuro y diminuto túnel. Conrad preguntó:

—¿Quién lo descubrió?

—No tengo idea.

—Perleporten. ¿Qué significa?

—Puertas de Perla.

—Un nombre muy apropiado.

—No está mal.

El viaje de vuelta fue mucho más desagradable que el de ida. Íbamos contra la dirección de las olas y del viento helado y de la nieve que golpeaba nuestros rostros. La densidad de la nevazón había reducido drásticamente la visibilidad. A pesar de todo, nos demoramos sólo una hora. Literalmente congelados y tiritando de frío amarramos el bote. Conrad se trepó al malecón. Le pasé la caja negra, corté alrededor de nueve metros de la cuerda del ancla y lo seguí.

Rodeé la caja con la cuerda, abrí con torpeza un par de cerraduras y luego una sección plegable que comprendía un tercio de la tapa y dos tercios de Ja sección lateral. En la oscuridad casi total, los interruptores y botones parecían imprecisos borrones, pero no necesitaba luz para hacerla funcionar. Su manejo era muy simple. Icé una antena telescópica manual en su máxima extensión y conecté dos interruptores. Se encendió una pequeñísima luz verde y empezó a zumbar un ruido inaudible a más allá de un metro de distancia de la caja. Conrad comentó:

—Siempre me sorprende que uno de esos juguetes funcione. ¿La nieve no interferirá?

—Este juguete cuesta más de mil libras. Lo puede sumergir en ácido o en agua hirviendo, arrojarlo desde el cuarto piso de un edificio y seguirá funcionando. Tiene otro gemelo que se puede disparar desde el cañón de un barco. No creo que la nieve interfiera ¿no le parece?

—Creo que no.

Me observó en silencio mientras bajaba la caja, la colocaba con el piloto hacia las piedras sobre el brazo sur del malecón, la amarraba a un bolardo, asegurando firmemente su base, y la ocultaba bajo un puñado de nieve. Preguntó:

—¿Qué radio de acción tiene?

—Cuarenta millas. No necesitará ni un cuarto de su potencia esta noche.

—Está transmitiendo ahora, ¿verdad?

—Sí.

Nos dirigimos al brazo central del malecón borrando nuestras huellas con los guantes. Dije:

—No creo que nos hayan oído llegar, pero es mejor no correr ningún riesgo; vigile, por favor.

Bajé al interior del submarino y antes de dos minutos estuve de vuelta. Conrad me preguntó:

—¿Ningún problema?

—Ninguno. Las dos pinturas no son exactamente iguales, pero nadie se daría cuenta de la diferencia si no anda buscándola.

No nos recibieron como a héroes de retorno. No sería justo decir que nuestra vuelta, mejor dicho nuestra vuelta tan pronto, fue recibida con desencanto, pero ciertamente se produjo un anticlímax. Tal vez habían agotado su comprensión compadeciendo a Heissman, Jungbeck y Goin, quienes dijeron que se les había descompuesto el motor del bote temprano por la tarde. Heissman nos agradeció el gesto como correspondía. Descubrí en sus agradecimientos un leve matiz de condescendencia burlona que me habría convertido de inmediato en su antagonista, si no hubiera sido por el hecho de que mi antagonismo hacia Heissman era tan completo que resultaba imposible que pudiera aumentar.

Conrad y yo nos contentamos con expresar nuestro alivio al descubrir que los tres viajeros estaban vivos, pero no nos preocupamos mucho por disimular el disgusto que experimentábamos. Mi amigo estuvo particularmente brillante: no había dudas de que tenía un gran futuro como actor.

La atmósfera de la cabaña tenía un insoportable aire de funeral. Yo habría pensado que si cinco miembros de la comunidad volvieron sanos era una razón suficiente para una alegría moderada. Sin embargo, bien pudiera ser de que el hecho de que continuáramos con vida sólo aumentara su conciencia colectiva de que había una mujer muerta en su cabina.

Heissman trató de contamos algo acerca de los sitios maravillosos que había descubierto para filmar la ambientación. No pude menos que pensar en lo difícil que iba a resultarle instalar una cámara y un equipo de sonido dentro del limitado espacio del túnel de Perleporten. Desistió cuando se dio cuenta que nadie lo escuchaba. Otto hizo un esfuerzo para establecer algún tipo de contacto conmigo; incluso me sirvió un whisky, que bebí sin agradecérselo. Trató de hacer algunos comentarios poco divertidos respecto a poros abiertos, pero yo no pensaba volver a salir esa noche. No se lo dije. No le expliqué por que aún no era el momento oportuno, que mi caminata no me llevaría más allá del malecón y que era muy improbable que los poros abiertos por la bebida pudieran perjudicarme.

Miré la hora. Quedaban diez minutos, no más. Luego, daríamos un paseo los cuatro directores de la Olympus Productions, Lonnie y yo. Sólo los seis, nadie más. Los cuatro directores se encontraban presentes en la sala, era hora de que Lonnie también apareciera ya que normalmente se demoraba en volver a tomar contacto con la realidad, luego de una sesión prolongada con el único elemento que le proporcionaba consuelo. Fui a buscarlo a su cabina.

Hacía un frío intenso porque la ventana estaba abierta de par en par; por ahí había salido Lonnie. Cogí una linterna que se encontraba junto al lecho en desorden y miré hacia afuera. Aún nevaba, pero no tan copiosamente como para borrar las huellas que se alejaban de la ventana. Había huellas de dos personas. Lonnie fue persuadido para que saliera, lo que no creo que resultara muy difícil de conseguir.

Ignoré las miradas de curiosidad que me dirigieron cuando atravesé la parte central de la cabaña para dirigirme a la de las provisiones. La puerta estaba abierta, pero Lonnie no se encontraba adentro. El único indicio seguro de que había pasado por ahí era una botella de whisky semivacía. Así me cumplió la promesa formulada con su mano sobre la tinaja…

Las huellas en el exterior de la cabaña eran numerosas y confusas. Resultaba obvio que mis posibilidades de aislarlas para seguir una pista eran mínimas. Volví a la cabaña y hubo numerosos voluntarios para la búsqueda. Lonnie no tenía enemigos.

El Conde lo encontró después de un minuto. Yacía boca abajo en una profunda grieta detrás de la cabaña del generador. Debía haber estado bastante tiempo en ese lugar porque estaba cubierto por una capa de hielo. Sólo llevaba encima una camiseta, un jersey, un par de pantalones y unas viejas zapatillas de levantarse. La nieve alrededor de su cabeza era amarilla. Parte del contenido de la botella que aún sujetaba en su mano derecha, se había derramado, tiñéndola de ese color.

Le dimos vuelta. Si he visto a un hombre con todas las apariencias de un cadáver, ése era Lonnie. Su piel estaba helada y tenía un color marfil, los ojos vidriosos no se movían cuando les caía la nieve encima y no respiraba. Basándome en el dicho de «que hay una Providencia para los niños y los borrachos» puse mi oído en su pecho y me pareció detectar un lejano y débil murmullo.

Lo llevamos dentro y lo acostamos sobre su catre de campaña. Mientras calentaban aceite y preparaban botellas de agua caliente y mantas, todos parecían patéticamente deseosos de contribuir en algo constructivo, aparte del deseo de ayudar a Lonnie por quien se sentía una estimación general.

Con mi estetoscopio pude comprobar que el corazón aún latía, si es que se le podía llamar latido a ese ruido débil como el aleteo de un pájaro herido. Pensé darle un estimulante cardíaco y coñac, pero deseché ambas ideas porque en sus condiciones era probable que lo mataran en vez de reanimarlo. Por consiguiente, nos concentramos en calentar su cuerpo helado; cuatro personas le masajeaban los pies y las manos, tratando de restablecer la circulación.

Quince minutos más tarde respiraba perceptiblemente. Era una lucha desganada e intermitente por conseguir aire, pero, de todas maneras, significaba que estaba vivo. Lo teníamos todo lo abrigado que se pudo conseguir con medios artificiales, de modo que les agradecí el esfuerzo y les pedí que se marcharan. Le solicité a las dos Marys que se quedaran como enfermeras porque yo tenía que irme; según mi reloj ya estaba atrasado diez minutos.

Los ojos de Lonnie se movieron, el resto del cuerpo permaneció inmóvil. Después de unos minutos me enfocaron. Estaba más consciente de lo que había estado durante mucho tiempo. Le dije:

—Viejo torpe, ¿por qué lo hizo?

No era la manera apropiada para hablarle a un hombre que todavía estaba a medio camino entre la vida y la muerte, pero me sentía muy violento.

—Ah… —emitió un sonido lejano y remoto.

—¿Quién lo llevó allá y quién le dio la bebida?

Tenía conciencia de que las dos Marys se habían dado una mirada después que dejaron de observarme, pero ya no importaba lo que pensara nadie. Los labios de Lonnie se movieron varias veces sin emitir sonido, luego sus ojos parpadearon rápidamente y dijo con voz de borracho, que no era más que un débil sonido gutural:

—Un hombre bondadoso —susurró débilmente—, muy bondadoso.

Lo habría sacudido violentamente si no hubiera sido porque eso podría significar su muerte. Me contuve con mucho esfuerzo y le pregunté:

—¿Quién era ese hombre bondadoso?

—Un hombre bondadoso —respondió entre dientes—. Un hombre bondadoso —levantó una de sus delgadas muñecas y me hizo un gesto para que me aproximara. Me incliné—. ¿Quiere saber algo? —su voz era un susurro agónico.

—Dígame, Lonnie.

—Al final… —su voz se apagó.

—Siga, Lonnie.

—Al final… —continuó con gran esfuerzo y después de una pausa en la que puse mi oído en su boca—. Al final… sólo importa la caridad —y bajó sus párpados color cera.

Lancé una serie de maldiciones hasta que me di cuenta que ambas muchachas me estaban mirando con ojos espantados. Debían pensar que estaba maldiciendo a Lonnie. Le dije a Mary Stuart:

—Vaya donde Conrad… Charles. Dígale que me mande al Conde a mi cabina inmediatamente. Conrad sabrá cómo hacerlo.

Partió sin una pregunta. Mary Darling murmuró:

—¿Vivirá Lonnie, doctor Marlowe?

—No lo sé, Mary.

—Pero… ahora ya está abrigado.

—No creo que muera de frío ¿me entiende?

Me miró desde detrás del marco de sus gafas con ojos ansiosos y asustados y exclamó:

—Quiere decir que… ¿que podría morirse debido a una intoxicación alcohólica?

—Podría ser, no lo sé.

Inquirió con ese asomo de brusquedad que podía ser tan característico de su personalidad:

—A usted no le importa verdaderamente ¿verdad, doctor Marlowe?

—No.

Me miró con una expresión escandalizada en su pálido rostro. Puse mi brazo alrededor de sus frágiles hombros y proseguí:

—No me importa porque a él no le importa vivir. Lonnie hace ya tiempo que está muerto.

Volví a mi cabina. El Conde ya se encontraba allí, de modo que no perdí ni una palabra dando rodeos:

—¿Sabe que hubo un intento deliberado para acabar con Lonnie?

—No, no lo sé, pero lo sospecho —respondió en un tono totalmente desprovisto de su habitual aire de broma.

—¿Sabía que Judith Haynes fue asesinada?

—¿Asesinada? —el Conde estaba de veras impresionado.

—Alguien le inyectó una dosis mortal de morfina. Para no cometer errores sobre la cantidad usaron mi jeringa y mi morfina —no dijo nada—. De modo que la caza ilegal del oro se ha transformado en algo más que un simple deporte.

—Así es.

—¿Sabía que estaba asociado con asesinos?

—Ahora lo sé.

—Ahora lo sabe. ¿Y sabe qué interpretación hará la Ley?

—También lo sé.

—¿Tiene un revólver? —asintió—. ¿Sabe cómo usarlo?

—Soy un conde polaco, señor —respondió, con algo del antiguo Tadeusz.

—Va a ser impresionante ver a un conde polaco en el banquillo de los testigos. ¿Se da cuenta, por supuesto, que su única esperanza es servir como Testigo de la Corona?

—Sí, eso también lo sé.