¡ADIÓS, LUZ! LA QUE YO VEÍA, NO LA QUE ME VE
¿DEBO también a tí decirte adiós al fin, oh luz? Sí. Porque, díme, tú ¿eres falsa o no? Vamos a ver: ¿eres tú una cosa?, ¿perteneces a la Realidad? Entonces, eres falsa, porque toda la Realidad lo es. Y el caso es que tienes que ser real, puesto que sacerdotes y profetas, físicos y científicos, los visionarios del mundo al servicio del Señor, tratan de tí, te tratan como una cosa; o por lo menos te ponen en el principio de las cosas: “¡Hágase la luz!”, o lo mismo, nada mejorado por cierto salvo el refinamiento de las ecuaciones, “Big! Bang! y ya está”. Si por lo menos, en vez de hablar de tí y con ello hacerte realidad (¿sabía ya el Señor, antes de empezar, tu nombre ‘luz’ y que era luz lo que iba a hacerse?), se hubieran limitado a llamarte o invocarte, ‘‘¡Házte, oh luz!”, de modo que se viera que el decirte era lo mismo que el hacerte... Pero no: eso no es modo de sostener la fe en la Realidad.
Así que, bueno, eres real, y por ende falsa, y por lo tanto tengo que dejarte, luz. Ni siquiera creo que vaya yo, como mi compadre en su momento, a pedir “¡Más luz!”; porque ¿para qué?: mira: eres tan falsamente luz que ni es verdad que hagas falta tan siquiera para ver las cosas: ahí tienes a los ciegos, que se las arreglan sin tí tan ricamente para ver las mismas cosas que los videntes y televisivos, para ver las mismas fantasías, ideas, ilusiones que el vocabulario de sus idiomas les hace ver: a tal punto es evidente que son cosas de mentira las que se ven, y con ellas mentira también tú misma.
Pero, luz, ¿no ves tú misma que eres falsa? A ver: si eres una realidad, te pasará lo mismo que a las otras realidades: tendrás tu cuerpo (como el santo Einstein descubría con asombro que, por muy onda que fueras, tenías que tener tus cuerpos, que, aun liberados de masa y todo, eran hasta sensibles a algún modo de gravedad, y sin salir de su asombro se moriría), y tendrás por ende tu movimiento y por ende tu velocidad (real y todo, vive Dios, como quien dice 25.000 leguas por segundo) y, si tu velocidad no es un límite de ‘velocidad’ insuperable (ya ves que eso hasta les deja a algunos creyentes hablar de velocidades superiores a la tuya) y, si cualquier velocidad, libre de interferencias y a su propio ímpetu, aunque sólo sea el de una ‘gravedad universal’, tiene que acelerar continuamente (ni sentido tiene la noción de ‘velocidad’ sin la de ‘aceleración’: ¿cómo se iba a distinguir, si no, una velocidad de otra?), entonces, ¿qué privilegio, luz, te va a librar a tí de la Ley de Natura que en tí misma se fundaba? Y entonces, acelerando desde siempre, sin nada que te retarde y te mantenga a una velocidad finita y uniforme, por el libre vacío del Universo, ¿qué velocidad, a las horas que son, no habrías alcanzado?, ¿dónde estarías tú ya y contigo todos nosotros a la rastra?
Ya ves que no puede ser, que te tienen presa en una red de trampantojos y las condiciones imposibles que te ponen no son más que para que sigas sosteniendo la fe en la Realidad. Hay otra velocidad de veras, hay otra luz que no sabe siquiera llamarse luz: es ésta con la que ahora mismo digo “¡A la nova Epsilon de Andrómeda!”, y, antes de que acabes de leer la línea siguiente, ya he ido (¿ves?) y estoy aquí de vuelta. ¿No te lo crees?
¿Crees que es más verdad que Felisa ha ido a Bangkok en vuelo de ida y vuelta y 5 noches de hotel? Pues allá tú.
Nada puede haber más veloz que el pensamiento; pero eso, luz, es gracias a que no es real, porque es lo que piensa la Realidad. Eso no eres tú: eso no es la luz de que la Biblia y la Física discurren: ésa no es la luz que se ve, como si fuera una cosa entre las cosas: ésa es la luz que ve. Y ésa (la verdad, lo siento) no eres tú. A ella nadie tiene que mandarle hacerse, porque es ella la que lo hace y lo deshace todo, la que hace la Realidad (y en ella también a tí, luz falsa) diciendo, mientras cruza los dedos a la espalda, “Sí”, y la que dice NO a la Realidad y NO a tí, luz.
Esa luz verdadera ¿qué?: ¿soy yo? Pues claro: en cuanto deje de ser un Yo, una Persona de la Realidad, ya está: en cuanto no me vean, yo soy el que ve. Y por eso tengo que dejarte, luz; y, personalmente, confieso que me duele: me duele perder la sombra que me dabas, esa sombra fresca del soto bajo el estío, esas nubecillas sonrojándose al morir el sol. Yo quería... Pero... Ahí te dejo, luz, al Dios que te hizo, a la Ciencia que te mantiene.