¡ADIÓS, JÓVENES! QUE OS FUTUREN

DESPUÉS de haberme dejado llegar a una razonable vejez (por lo cual, por si acaso, no dejo de dar gracias de vez en cuando a los ángeles que hayan podido intervenir en el asunto), el caso es que eso no me libra de la Ley de tener que fenecer un día cualquiera de éstos (“su juicio, aunque aplazado, espera el finiquito”, como le avisaba, dolido, Shakespeare a su amado), o sea, dicho de otro modo, que tengo poco futuro, muy poquito, a diferencia de todos ésos que, por haber nacido algo más tarde, tienen mucho futuro por delante, como les cantan los infames Gerentes del Capital y los Estados, haciendo como que les dicen algo muy gracioso y propio para animarlos mucho, ocultándoles que ‘futuro’ no quiere decir otra cosa sino muerte, vida sabida antes de vivirse (¿de qué iban a vivir, si no, la Banca, los Seguros, los vendedores de Generaciones de Ordenadores o de Poetas?), muerte administrada.

Y será duro, y es por lo pronto a veces melancólico, eso de tener que, además de dejar de acariciar la yerba o sentir correr el agua entre los dedos de los pies o ver desgranarse las nubecillas con el morir de un sol, también abandonar esas caritas maliciosas y ojos todavía claros, de tantos niños y niñas y tantos hasta algo mayorcitos, que me acompañaban en este trance y me sugerían que algo vivo seguía habiendo por debajo de la foto del Documento de Identidad. Sí; pero ¡cómo me consuela y me ayuda al abandono el pensar que con ello voy, a la vez, a dejar de ver, lo que me estruja el corazón y me revuelve las hieles cada día, lo que hacen año tras año con vosotros, a los que ellos, los malsebosos ministros de la Fe, llaman jóvenes, con un chasquido de chicle y fascio en las lengüecitas, de ver cómo os cogen desde tiernecitos y os van sometiendo y condenando a comprar futuro, y cómo vosotros vais agachando las cabezas y obedeciendo a la Realidad (porque os han convencido de que la Realidad es todo lo que hay) y vais creyendo, y creyendo cada vez más, y así colocándoos en los cuadros del Régimen, con más o menos éxito, pero con éxito o sin él cargándoos cada vez más, por consiguiente, de tristeza y aburrimiento.

Por ejemplo, para empezar, os venden la moto, como decís vosotros mismos sin daros cuenta de lo que decís, como fase preparatoria a aquélla en que, ya mayorcitos y con fe más firme, os vendan el auto, o un auto para tí y otro para tu señora y otro para la niña, que ya está estudiando para lo mismo. O bien os venden (¿qué ibais a hacer, si no, con vuestro Tiempo Libre?) la temporadita de esquí o la de surf, con Beca y Seguro combinados. O, mientras tanto (“¿Qué vamos a hacer este fin de semana, chicos?”) os venden la disco con el ruido “que le gusta a la Juventud”, que dicen Ellos y vosotros os lo creéis, o la entrada para el Estadio, con partidazo de ra-ra-rá o con roquero infame al que dar grititos con esa espontaneidad que os han metido dentro. O, cuando estáis hartos de malfollar por ahí, más o menos como Dios manda, y aspiráis a algo más alto o definitivo, os venden el traje de PRONOVIAS con sus tules y hasta su colita, como prenda de una vida nueva, de que, por fin, la Felicidad. U os venden la Carrera con Porvenir, con su Tesis y su Oposición, si os hace falta, o el Puesto de Trabajo Ocasional o Permanente, o el Cargo de Ejecutivo (esto es, viajante de comercio o chupatintas de ordenador, glorificados por el Régimen) con su Escala de Remuneraciones Progresivas, y os hacen creer que eso es la vida, trepar por los escalones de la pirámide de servidumbre de Capital y Estado, en tanto y no que llegáis a la edad en que, renunciando a las ilusiones de juventud que os quedaran, pueden, a su debido tiempo, proponeros el Plan de Jubilación.

Pues ¡adiós, jóvenes de Dios! Que no es que diga que vosotros seáis todos (que bien respiro de vez en cuando de sentir lo que, a pesar de toda esa peste, sigue vivo en algunos, en muchos, que no acaban de pertenecer a la Juventud del Bienestar), pero, con tal de no ver más, día tras día, año tras año, ese degüello en cadena de la Mayoría de vosotros, esos ojos mortecinos de droga de Televisión y de Futuro, ese pasar uno por uno al matadero de la Administración de Muerte, la verdad, muchachos, casi que prefiero desaparecer, y que no se sepa siquiera que haya estado yo nunca en este mundo.