¡ADIÓS, FIESTAS Y FECHAS! A OTRO

Y ¿cómo no va a ser triste, o más bien soso, necio, vomitivo, esto de mi muerte? Con lo hecho que estaba a los recovecos abrigadlos de esta tierra, a trotar por el barro de sus calles y secar los pies a la lumbre de sus casas, ¿cómo no va la idea de su muerte a hinchársele a uno como una bola de estupidez entre gaznate, encías y narices? No tiene ninguna gracia. Y, sin embargo, hay también una llamita azul que me sube del pecho juguetona, de considerar que, al morir, por tanto, ¡ya no voy a tener que celebrar cumpleaños ninguno nunca! Ni, de paso, los de los prójimos. Que me voy a librar del coñazo insuperable de las felicitaciones, ¡y de los regalitos!, que al Capital-Estado le hacían mucha falta para sustentar su vida muerta, y que quería El convencer a sus súbditos de que a ellos también les gustaban mucho, que les daban mucha alegría y se lo pasaban bomba, hijitos de la ilusión, celebrando fechas, intercambiando testimonios de amor empaquetados en colorines y lacitos, lanzando a voz enlatada grititos de FELICIDAD, himnos al Señor de todos los bazares, Gloria a Dios en las Alturas y Paz en la Tierra a los Hombres de Buena Voluntad.

Pues ¡nunca más fechitas rojas ni doradas, nunca más Pascuas nevadas ni floridas, nunca más Cumpleaños ni Cumplemilenios!

¿No sientes ya, corazoncito, sólo de pensarlo, la alegría que te corre por las venas, el dulce casi olvido de tu muerte siempre-futura, de tu vida computada a reloj y calendario?

Porque érais vosotras, fiestecitas, el cerrojo de la cárcel, el lazo que aseguraba la condena y resignación al paquete de tiempo hueco en que les habían convertido la vida a esta calaña mía de monitos pelones y sumisos. Podría alguien pensar que la condena estaba en el Trabajo, que todo el trampantojo del Tiempo numerado se había impuesto con vistas al Trabajo, Horarios Laborales, Planes de Jubilación, Administración de Muerte y de Futuro; que había que trabajar, hacer lo que está hecho, cumplir la Orden a su Plazo, precisamente para que no se les fuera a ocurrir hacer algo que no esté hecho, pensar, sentir, algo imprevisto. Y así es, si; pero ¿qué es el Trabajo sin su diversión, su recreo, sus vacaciones, sus fiestas previamente marcadas en la Agenda? ¿No lo reveló el Señor mismo en su Escritura, creando antes que nada la Semana con su Domingo? Repugnante y denigrante es el espectáculo de las cuadrillas de esclavos u obreros o funcionarios o ejecutivos de Dios doblando el lomo al rebenque, llenando sus días de vacío en el Trabajo, en cumplir lo hecho y lo previsto, en el no hacer nada más que ganarse su mañana, esto es, servir al movimiento del Capital, a la reproducción de la mentira; pero ¿cómo iban a aguantar eso si no fuera por vosotras, fiestas, Navidades, celebraciones del cumpleaños del Niño y de la Niña, sin sus bodas de ilusos dobles, sin sus conmemoraciones de los Fastos de la Humanidad, sin que les adornen la Historia con sus cómputos de Siglos y Milenios de Tiempo muerto? Y por eso era que la tristeza misma del Trabajo donde más venenosamente se sentía era en vuestras celebraciones, en las vocecitas blancas (¡Gracias, Papá y Mamá!) y en los discursos de Prohombres, siempre el mismo optimismo en otra fecha, resonando todos en el hueco del abismo, y en la tarde de Domingo eterna y “¿Qué vamos a hacer este fin de semana, chicos?”

Ay, y de todo eso (alegría, alegría) ¿voy a quedar yo libre al barato precio de mi muerte?

¡Cosa más ridícula que estos piojillos, en su bola rodando por la verdad del sin fin, dedicándose a contar su tiempo y ponerle calendarios y banderitas y eventos que hacen época y hasta generaciones poéticas (¡ja!) revolucionarias! Y ¿querían que yo también contribuyera a los fastos y celebraciones con mi nombrecito? Pues díles que no, hojita volandera. Que ni vivo ni muerto voy a cumplir yo años ni siglos ni milenios. Que no me van a dejar escrito en la Agenda del Dinero y la Cultura ni en el Libro de la Historia.

Que no se van a librar tan barato de las palabras de verdad que por chiripa me hayan salido por esta boca.