¡ADIÓS, LEYES! QUE OS ZURZAN

ENTRE los consuelos de la pena de dejar este mundo con sus gracias y aventuras, uno de los más grandes es pensar que, de paso, voy a librarme de vosotras, Leyes, las escritas en las Tablas o en el B.O.E. o en las entretelas de mi conciencia misma, y de todas las monsergas del Derecho y de los Derechos, sean Civiles o Políticos o de Autor o Humanos o Carpetovetónicos. ¡Uf, qué gloria, qué respiro!, que, sólo de pensarlo, a lo mejor corro peligro de que me vuelvan las ganas de seguir viviendo.

Pero ¿será verdad? ¡Sí, es verdad!, que, con sólo pasar por el trámite de descargarme de mi persona (aunque ello lleve aparejado perder también la vida), con eso, ya no va a haber más leyes, decretos, oficios, mandamientos y prohibiciones, istrucciones de uso, preceptos higiénicos y toda la tira, y la papelería asesina de árboles y corazones o, peor aún, la avalancha de regulaciones informáticas que vosotras, Leyes, arrastrábais y en la que estábamos ya ahogándonos.

Porque vosotras, Leyes, érais el arma primera de la administración de muerte, y, al con sólo morir eliminaros, descansaré de ver en vosotras la cara de la estupidez humana mayoritaria, que creía que esto del vivir se podía regular y regir por disposiciones y ordenaciones de lo futuro, de todo lo que había de ser y debía hacerse.

Desde que empezó la Historia con el invento de la escritura (¿o creíais que no me daba cuenta?) todo el afán del Poder (y del miedo de muerte de cada uno) ha consistido en eso, en tener todo previsto y escrito de antemano, no vaya a suceder nada que no esté ya en la Ley previsto, que nos sorprenda y nos desquicie del Orden Costituído: que, si alguien hace algo, eso sea cumplir la Ley o, si no, incumplirla, que, para el caso, a vosotras os da lo mismo (¿verdad, ricas?), que, si os servís de jueces y legisladores, ¿cómo ibais a sosteneros tampoco sin infractores y delincuentes?

Y es que sois todas escritas, aunque queráis disimularlo. En estos monos pelones entre los que me ha tocado vivir esta temporada, no hay otras leyes, ni Derecho Natural ni azufaifas que valgan, sino las escritas; sólo que algunas os venís imponiendo de tan añejo, dentro de estos pocos milenios de Historia, que os habéis grabado en las conciencias, y hasta un cierto grado de subcosciencia, y casi parecéis (¿qué?) leyes morales, que no tenéis que ver con las que dicta el Rey o el Amo; pero sois las mismas: todas escritura y muerte de la lengua viva y la razón libre y los sentimientos.

Y yo ahora me voy a escurrir de vosotras y vuestras letritas, Leyes, mentirosas: porque eso de que la vida podía regirse y llegar a preveerlo todo y a tener un Futuro regulado, todo eso era mentira: tan falso como real, como falsa toda la Realidad que sobre esa mentira está montada. Ni la Realidad era todo lo que hay, ni vida o razón podían nunca del todo preveerse y regularse.

Nunca lo conseguiréis del todo, Leyes, y yo, por lo pronto, voy sin más a librarme de vosotras, las Jurídicas y también las Físicas; que pretendíais equivocarnos y hacernos creer que las Leyes Físicas eran las primeras y sobre ellas se erigían luego las del Estado y el Dinero. ¡Prrrfl, cochino rollo: en la Historia real, la Ley de sometimiento de la gente fué primera, y luego vino, a su servicio, la de la conducta de Planetas y Microbios, a ratificar y vender como natural la del Régimen de los hombres.

Pero yo ya, con sólo desprenderme de mi nombre, ¡libre!, libre de todas vosotras, Leyes, hasta de la Ley de la Gravedad. Y, si acaso algún intencionado me amenaza con que aún me espera el Juicio Postrimero que me declare Delincuente o Justo según la Legislación Eterna, ¡ja!: ya se entiende con qué intención y al servicio de quién funcionan esas cuentas: que ni muriendo nos libremos de esta muerte que nos administráis, oh Leyes.

No: nadie me quita la alegría de que vais a desaparecer conmigo. ¡Adiós, Leyes, mentirosas, asesinas! Que os zurzan, que os empapelen, que os abuelan.