¡ADIÓS, PROFILAXIS, MATASANOS!

¿SERÁ verdad que vamos a morirnos, y tan pronto? Bueno, será verdad cuando lo sea, o sea cuando no se diga en Futuro y se nos anuncie, cuando esté mudo y no haya nada que decir. Por lo pronto, aquí no hay verdad que valga: sólo realidad, esto es, la futuridad, la promesa o amenaza, bien real, de mi muerte siempre-futura. Pero, de verdad, nada; que no nos confundan la verdad con la realidad. Hombre, y tal vez sea triste eso de haberse de morir, y hasta puede que sea razonable que ahora me entristezca un poco a ratos de pensar que ya nunca más se entreabran al beso y se humedezcan estos labios, que ya nunca estas corvas y rodillas sepan plegarse y rotar como locas a atrapar un autobús que se me escapa, nunca esta lengua sentir cómo la hace temblar una voz que sube de lo profundo, de lo que yo no sé. Pero no vamos a llorar por eso ahora —¿verdad? Porque también está la ganancia inmensa y la alegría de que tampoco tendré ya nunca más que cuidar de esos mis órganos y miembros, que preocuparme por mis dientes, mi tendón de Aquiles o hasta mi corazón, como si fueran míos, imbécil de mí, como si tuviera yo que ser el ispector y responsable de si acaso les salía una manchita o un bultito o perdían un compás en el latido, nunca más tenerme que pasar la vida vigilando y previniendo las insidiosas señales del “Que vengo” de la muerte que pudieran mis órganos, los pobres, y mis funciones suministrarme. Porque eso sí que era una muerte, las medidas profilácticas, la prevención del mal, la gimnasia, la fitness, la higiene, el chequeo periódico, la información de síntomas y peligros, y toda la demás morralla; eso si que era una muerte.

Lo que son las cosas, Medicina, lo que es la Historia: tú, que habías nacido para sanar con tu salivita las heridas de la guerra o los achaques de la paz podrida, si se producían, cuando se produjeran, habías venido, con el progreso del Poder y de los Tiempos, a convertirte en guardiana de la falsa salud, en profilaxis de males ideales, a introducir la enfermedad futura en la salud presente (o sea desconocida), a ser preocupación, imposición y consagración del miedo, y así habías venido a ser tú la enfermedad de nuestras vidas. Pues ¿qué eran ya nuestra vidas? Abarrotado estaba el mundo de tus varios fantasmas y avisos de esqueletitos tintineantes con sus esquilas: lleno estaba, por ejemplo, de cáncer, y no el de los que habían venido de hecho a dejarse atrapar por él, sino el cáncer en potencia de la mayoría de las poblaciones, condenadas al chequeo, a la ispección de sí mismo, al intercambio de estadísticas y alarmas, y hasta a predicar el cuidado y alistarse en las banderas de no-fumadores; lleno también de S.I.D.A., la amenaza del Señor sobre Sodoma y Gomorra estendida al Globo, resucitando el fúnebre Preservativo, poniéndoselo al Globo entero, no fuera que fuese a pasarle algo no previsto; y lleno de las investigaciones millonarias en las Oficinas del Señor a la busca de los causantes, de los víruses (que ya no te bastaba, oh Profilaxis, con los gérmenes, que istituyeron la peste de la Higiene, ni con los microbios, que te hacían falta virus para sostener la Fe, la Fe en lo que no se ve, pero el microscopio electrónico sí lo ve), todos ellos causantes falsos, pero tan eficaces para asegurar el Imperio del Miedo y del Futuro. La enfermedad de tí, oh Profilaxis, amenazaba con cegarnos del todo las posibilidades de vida y de descuido que nos quedaran todavía.

No dejabas que nadie se acordara de que enfermedad no es otra cosa que conciencia, conciencia del pobre cuerpo, que no sabia nada; ni de que fué con eso con lo que nos echaron del paraíso terrenal y comenzó la desgraciada Historia, la Fe de cada uno en sí mismo, sobre la que el Poder asienta su propia Fe y con ella la Administración de Muerte.

Salud —aquí te lo digo a la cara, Profilaxis— salud no es otra cosa que el olvido. Y, si el olvido trae consigo también un olvido de mí mismo, de mi propia personita, eso ¿qué importa?, con tal de librarme de tu peste de falsía y venta de Futuro. Si yo personalmente he de morir y con ello olvidarme de mí mismo, pues bueno: alguien habrá que sea el que se olvide de mí mismo: alguien seguirá viviendo, en una salud no sabida y sin cuidados de futuro, y ése es el que soy de verdad yo, y ¿qué más natural y justo que el que ése no sea

AGUSTÍN GARCÍA CALVO?