¡ADIÓS, ALMA MATER, PROSTITUTA!

ES triste —¡vive Dios!— esto de que, por el mero hecho de tener que morirme como está mandado, no sólo deba renunciar a ceñirle la cintura con estas manos pecadoras a alguna que se deje, sino que encima tenga que dejar, antes o después, interrumpidas tantas dulces y sutiles tareas de estudio, de descubrimiento de las variopintas falsedades de la Realidad, de cómo se las habían con ellas mis queridos antiguos, Parménides o Lucrecio o los pensativos indios o los chinos o los honestos matemáticos del siglo XIX, y abandonar los lindos libros que trataba de leer cada vez menos mal, limpiándolos de manchas de la incuria o la pedantería secular, y renunciar al arte de dejar hablar a través de mí la razón común y descubrir lo que todo el mundo sabe sin saberlo. ¡Ah, sí, qué inoportunidad de muerte —¡coño!— y qué tristeza!

Pero ¡ah también, qué consuelo, qué respiro al menos de pensar que, a la par con ello, voy a dejar de verte a tí, Universidad, falsificadora de estudios y descubrimientos, vendida al Señor, al Tiempo y al Dinero, administradora del saber sabido y de la conformidad con la Realidad falsa, corruptora de tantos floridos jovenzuelos, a los que machacabas y aburrías y examinabas" con vistas al Futuro y, si se descuidaban, los sacabas hechos unos funcionarios de la Ley y de la Ciencia servil, de la Administración de Muerte! ¡Qué consuelo, sí, del tenerme que morir después de haberte dedicado, mala madre, tantos años y tantas horas, intentando hacer dentro de tí algo de veras, algo que no fuese tu futuro programado, tu venta de saberes necios y sumisos, hacer lo que tú no mandabas, pero la gente estudiantil lo pedían desde lo hondo sin saberlo, qué alivio de tu carga, aunque sea al precio de mi muerte!

Que es que no bastaba con la Jubilación, con la que aparentemente premiabas mis desvelos, pero en verdad te sacudías lo más rápido posible los incordios que pudiera en tus aulas ocasionar semejante bicho: no bastaba con eso: tu olor pedante, informático, nauseabundo seguía apestando el aire, y no podía yo menos de enterarme de cómo tu empresa fúnebre seguía dominando y progresando, del contraste cada vez más descarado entre cualquier amor ni sabiduría que pudiera florecer en este mundo y la Gran Bambolla Cultural con que te adornabas, Equipos Interdisciplinares, Doctorandos Honoris Causa, Premios a la servidumbre científica y literaria, Reorganización incesante de los Planes de Estudio, para amamantar, con pretesto de cualquier Asignatura Fantástica, más y más dominillos criados de tu casa, y para que los estudiantes, entregados a tu contabilidad de Créditos, no corrieran peligro de pensar que allí podía estarse haciendo otra cosa, descubriendo algo (en lo alto, el Ministro, con sus asesores, sabe de antemano todo lo que ha de saberse cada curso), y junto a tanto aparato y tu venta al Capital, cada vez más desvergonzada, pues claro, la insipidez, el vacío, el aburrimiento y la falsía que tenía que acompañar a tu prostitución.

Y no me llames ingrato, Alma Mater; porque bien me acuerdo de lo mucho que otrora he sacado, a pesar de todo, de tus bibliotecas, de los compañeros que me tocaban, hasta de algún profesor menos bien vendido, en los varios sitios en que te he servido, Palacio de Anaya en Salamanca, Fábrica de Tabacos en Sevilla, en la Universidad vieja en Lila y hasta por los pasillos de la Complutense. No, no lo olvido; pero todo eso ha sido en contra de tu Plan y Ley, gracias a los respiraderos de tus rendijas.

Y además, allá en mis años de estudiante, tú no eras la misma: eras ciertamente una ramera, más bien desastrada y zarrapastrosa, y por eso mismo dejabas mucha vidilla a la razón suelta, al diálogo y el descubrimiento; pero luego te has venido haciendo una de alto standing, y ya ¿qué vas tú a darnos, aparte de dinero?

Y no te creas tú que, con tu aparato, del bracete de la Banca, con tu retórica de Futuro, vas a salvarte para siempre y ocultar la vergüenza de tu trata: los estudiantes que se rebulleron, cuando se estaba estableciendo el Régimen, por California, en Madrid mismo, en Berlín luego, en Paris al fin, no eran cosa del año ’65 y de la Historia: algo de eso sigue en tu seno, madre vendida, rebullendo siempre, no una Mayoría (la Mayoría ya se sabe que es idiota, como el Régimen la necesita), pero algo, y ello se encargará de poner al aire tu prostitución y redimirte de ella.

Así que yo te abandono, madre, y no sabes tú con qué alegría, aun teniendo que pagar por ello con la negra moneda de mi muerte, y también con un regocijo algo malicioso de que pueda yo atreverme a decirte a la cara esto, algo que nadie se atreverá a decirte, ama seca y envenenada, más que uno que ya no tiene que promocionarse, que ya no espera de tí nada. ¡Bendiciones de la vejez!