Capítulo 11
TE DUELE? —preguntó Hud.
Kendall pensó en mentir, en alzar la barbilla y fingir una fortaleza sobrehumana, pero los últimos veinte minutos habían sido los más sinceros de su vida.
—No siempre. Ahora no.
—Pero después de estar de pie mucho rato...
—O sentada mucho rato, o caminando mucho rato... Aunque nadar me ayuda.
—Claro —su preciosa boca dibujó una dulce sonrisa cuando ella, al fin, le dio la razón real por la que tanto ansiaba su piscina.
Entonces él se remangó la manga de la camiseta dejando ver una cicatriz vertical en la cara interna del brazo. Ella deslizó la mano sobre ella.
—¿Qué te pasó? —le preguntó casi con un susurro.
—Me caí y atravesé una ventana de cristal cuando tenía ocho años.
Ella lo miró a los ojos y supo que no estaba bromeando.
—¿Aquí?
—En el internado. Pero espera, aún hay más.
Se agachó y se remangó la pernera derecha del pantalón vaquero.
—¡Ay! —dijo ella inclinándose para verlo mejor y preguntándose en qué peligroso y lejano lugar se había hecho eso en un tobillo que, de lo contrario, sería aparentemente perfecto.
—En los barrios pobres de Londres, un accidente de moto cuando tenía más o menos tu edad. Aún me siguen saliendo pedacitos de grava de la herida de vez en cuando.
Ella lo miró sonriente.
—Eres un poco torpe, ¿no, Hud Bennington?
Se colocó el pantalón y le sonrió.
—Prefiero pensar que más bien tengo un espíritu intrépido.
Ella sonrió. Le estaba gustando ese juego porque él no estaba sintiendo lástima por ella y tampoco estaba mostrando repulsa por sus cicatrices, ya que las había visto peores. Pero lo más importante de todo era que sus cicatrices habían sido el resultado de comportarse como un niño grande y no de haber sido mordido por un tiburón, ni de haber tenido una pelea con navajas ni de haberse visto en situaciones peligrosas. Lo que Taffy le comentó sobre las minas y los disparos debió de ser otra de sus bromas y por esa razón se merecía que la estrangulara.
Su pobre y expuesto corazón se sintió aliviado.
—Bien, ¿alguna más?
Sin dejar de mirarla y sin sonreír, él comenzó a levantarse la camiseta y Kendall pudo ver sus calzoncillos de algodón asomando bajo los pantalones y un abdomen musculoso y bronceado. Si hubieran estado bañándose en la piscina, no habría significado tanto, pero en aquel momento un asomo de piel era como un secreto revelado. Una intimidad compartida.
—¿Qué vas a enseñarme, Hud?
—Espera —dijo él manteniendo la mirada.
—Más vale que sea interesante.
—Aquí está.
Kendall se vio frente a unos abdominales que parecían una tabla de lavar y un pecho ancho. Tanta piel, piel caliente, hermosa y masculina. La piel de Hud. Deseaba tocarla y recorrerla con los dedos. Él deslizó el dedo sobre una pequeña cicatriz roja situada entre dos costillas.
—¿Qué es?
—Me caí y un poste me atravesó en una granja abandonada en Kenya. Hace dos años. No atravesó ningún órgano vital, pero perdí tanta sangre que me desmayé. Ya sabes que soy un torpe.
Estaba bromeando, pero algo había cambiado en el tono de su voz y Kendall entendió que ese juego estaba dejando de ser divertido.
La cicatriz del labio también era reciente. Su vida era un enigma para ella y había llegado el momento de saber más. De saberlo todo.
—¿Te han disparado alguna vez? —le preguntó.
Él negó con la cabeza.
—No, gracias a Dios.
Kendall respiró aliviada...
Hasta que Hud continuó.
—Aunque sí han disparado a mi cámara. Tres agujeros, para ser exactos. En Guatemala, en El Salvador y en Texas. Mirabella me ha salvado la vida muchas veces.
Él estaba intentando abrirse, compartirlo con ella, hacerle sentir que no sólo ella tenía cicatrices, pero lo único que estaba consiguiendo realmente era recordarle a Kendall que mientras que ella soñaba con ver la Torre Eiffel algún día, él ya había vivido una vida que parecía sacada de una novela de aventuras.
Ella llevaba protector solar cada día, no conducía, se aferraba a su casa, a su trabajo, a su mejor amiga y a su comunidad. Él, por el contrario, miraba a la muerte de cara cinco días de cada diez.
Y se había enamorado de él, del hombre que menos podría encajar en su forma de vida. Lo único que los esperaba eran dos corazones rotos, despedidas y promesas que ninguno de los dos podrían cumplir.
—¿Y cuándo vuelves?
—¿Adónde?
—Allí, adonde sea. Al mundo de los disparos, de los postes y de los viajes largos. A tu vida real.
El le acarició la mejilla y le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Me han mandado una carta pidiéndome que responda exactamente esa pregunta y también me han enviado un mensaje al móvil. No me extrañaría que una paloma mensajera se presentara en mi puerta un día de éstos. Quieren que participe en un reportaje.
—¿Dónde?
—En el norte de África.
—¿Cuándo?
—La semana que viene.
—Entonces, ¿cuándo...? —se detuvo un momento—. ¿Cuándo tienes que decidirte?
—Si dependiera de Voyager, ahora mismo.
Eso no era una respuesta y ambos lo sabían.
—¿Y tu libro? ¿Tienes que acabarlo primero?
Arrugó los ojos cuando se detuvo a pensar antes de responder.
—Sí, preferirían que sí.
—Vale —dijo e hizo todo lo que pudo por esconder su dolor. Hud se marchaba, aunque, por otro lado se recordó que eso era mejor que recibir una llamada un día diciendo que había muerto realizando algún documental. No, ella no podría vivir así—. ¿Por qué no hacemos lo que se supone que deberíamos estar haciendo y nos vamos al salón para terminarlo? Así podrás tomar una decisión sin sentirte presionado por el tema del libro que tienes pendiente.
Se levantó y llevó su bolsa al salón esperando que no le relatara más cosas sobre visados y asuntos de aduanas. Esperando que, al menos, la respetara lo suficiente como para contarle la verdadera historia antes de irse.
¿Sin sentirse presionado? Tonterías. Ya sentía la presión tomando forma dentro de él: Voyager, Grant y el resto del equipo. Tía Fay, Saffron, Taffy, Kendall e, incluso, él mismo.
Se reunió con Kendall en el salón, sin saber qué debería decir.
Ella estaba sentada en su sitio habitual y se había recogido el pelo en una coleta alta. Descansó los dedos sobre el teclado y lo miró al decir:
—Estoy lista para que me dictes, señor Bennington.
Hud vaciló. Por un lado quería saltar por encima del escritorio y tomarla entre sus brazos y por otro quería retroceder en el tiempo y no haberla animado a que lo ayudara con el libro. Presión, presión, presión...
Se sentó en el borde del sofá y pudo ver la pantorrilla de Kendall cuando ésta se cruzó de piernas. No podía apartar los ojos de ella. Los músculos se contraían mientras ella movía la pierna hacia—arriba y hacia abajo con esa pantorrilla tonificada con la natación diaria. ¡Qué pierna! Su pierna buena. Incluso a pesar del flirteo y de lo que habían compartido, ella seguía escondiendo las cicatrices y él estaba haciendo exactamente lo mismo. Estaba escondiendo su cicatriz interior.
A lo mejor se trataba de eso. A lo mejor ése era el modo de mostrarle que no era el gallardo aventurero que ella pensaba. Si se sinceraba con ella, si ella sabía toda la verdad, entonces vería que él también era humano.
—¿Estás lista?
—Como siempre.
Hud respiró hondo, estiró el cuello, cerró los ojos y se adentró en el mundo real del que había estado alejándose todo lo posible durante las últimas semanas.
—Aquella noche, la noche de la fiesta, Phil, Grant y Vine se quedaron en el bar. No teníamos que marcharnos hasta dos días más tarde, cuando nos recogería una furgoneta para llevarnos a Bogotá, pero yo quería comprobar que la nevera de mi habitación de hotel tenía la temperatura adecuada porque antes se había estropeado y tenía dentro algunos carretes de una cámara vieja que me había llevado.
Kendall se aclaró la garganta y él fijó la mirada en la mesa de café que tenía delante. Esa mesa representaba a su familia, algo sólido, y eso lo ayudó a continuar.
—Recuerdo el olor de los pollos, de la basura, de la cerveza, de verduras pasadas, de madera podrida. Y, por encima de todos esos olores, recuerdo el aroma de la lluvia que se avecinaba.
Estaba cerca. Cerca de ese momento que había supuesto una sacudida para su memoria y lo había hecho detenerse cuando, estando en Londres, había intentado hablar con profesionales, con compañeros de trabajo, con amigos...
—Que se avecinaba... —repitió Kendall con voz dulce y suave para animarlo a continuar.
Él la miró, le atrapó la mirada y tomó fuerzas de ella.
Kendall sonrió y asintió con la cabeza. «Sigue», le dijo en sus adentros. «Puedes hacerlo».
—Olía a sudor, a sudor de hombre, como si alguien hubiera pasado por delante de mí. Pero no lo habían hecho, se habían quedado detrás de mí. Me giré y vi un arma que me golpeó el cráneo; me dolió más todavía cuando caí al suelo. Saboreé la sangre, un sabor metálico y salado mezclado con barro. Y luego nada. Oscuridad. Un agujero negro.
—Hud —lo miró y él pudo sentir esa cálida mirada de preocupación arropándolo como si fuera una manta.
El ácido sabor en la boca y el atronador latido en su cabeza se disiparon al verla.
Ella era su bella distracción.
Su ancla.
Su razón para superar aquello.
—Me desperté. Me estaban arrastrando, podía sentir la áspera tierra bajo mis pies. El sonido de los disparos rompió el silencio y sentí el metal de la pistola en mi sien: me habían secuestrado.
—¿Sabían quién eras?
—Llevar un pase de Voyager suele ser tan útil como llevar una cruz roja en tu espalda, pero dos tercios de los secuestros que se producen en el mundo se dan en Colombia.
—¿Quién te hizo esto?
—Los «protectores» locales que tal vez pensaban que nuestra presencia allí le haría ganar demasiado dinero a los Salinas.
—¿Te... te hicieron algo más?
—Estuve bajo su «cuidado» durante ocho días. Sin comida, con poca agua y atado de pies y manos en una cabaña llena de fango. Entonces un día me encontraron en un callejón en Salento, inconsciente, con el labio sangrando. Me habían soltado. ¿Quién sabe por qué? Me desperté en un hospital en Londres con lagunas de memoria. Y eso es todo.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que Kendall había dejado de teclear. Tenía el codo apoyado en la mesa y se cubría la boca con la mano. Las lágrimas se deslizaban por su rostro.
Se levantó y fue hacia ella. Había llegado a Saffron para hacer lo que Voyager le había pedido, pero jamás se habría esperado aquello. Jamás se habría esperado ver lo que le había ocurrido a él a través de los ojos de otra persona. De alguien que, obviamente, se preocupaba por su bienestar; se preocupaba de que regresara a casa sano y salvo. Jamás había visto que nadie se interesara tanto por su vida y él tampoco había sentido eso por otra persona. De pronto, todo aquello le pareció demasiado.
—Hud, lo siento —dijo ella, tratando de no llorar y tecleando desesperadamente sobre el ordenador—. Continúa.
—¿Para qué? No hay ningún acuerdo para el libro.
—No hay... ¿cómo has dicho?
—Me han hecho ofertas, pero no hay ningún contrato. La idea de que la gente lea cómo unos hombres que medían la mitad que yo me arrastraban por el fango como si fuera un muñeco de trapo no me atrae mucho. La idea de que me retrates de ese modo no me gusta demasiado. Kendall... No soy quien crees que soy.
—¿Y qué crees que pienso yo?
—Que soy el chico que puede hacerte olvidar a George.
—¿Qué te hace pensar que quiero olvidarme de George? Lo amaba. Era mi mejor amigo, mi familia. Jamás lo olvidaré.
—Entonces, ¿qué puedes ver en mí? Si buscas un novio, yo no soy el adecuado. He estado solo toda mi vida y esa forma de vida es la única que conozco. He viajado durante quince años y no puedo imaginarme viviendo en un mismo lugar más de tres meses. Alguien me pidió que lo hiciera una vez; una mujer, una mujer increíble, y no pude hacerlo.
—Vale, ya entiendo, entonces has estado aquí haciendo tiempo. Estás deseando marcharte, ellos quieren que vuelvas, así que ¿por qué no te vas ahora mismo? Mejor todavía, ¿por qué decidiste venir aquí en un principio?
Él tomó aire dos veces y pensó bien antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirse.
—Volví aquí para hacer un pequeño paréntesis en mi vida, Kendall. Y no me arrepiento en absoluto porque, de lo contrario, no te habría conocido.
Ella alzó las manos al aire y echó la silla hacia atrás produciendo un fuerte chirrido.
—¡No conocerme no habría marcado ninguna diferencia en tu vida! ¡Nada! Te marcharás de todas formas y yo me quedaré aquí, con mi trabajo que no entraña peligros y mi rutina donde la parte más emocionante y brillante del día consiste en un baño a escondidas en una piscina.
Se levantó.
—Lo único que quería era que fueras sincero conmigo, pero ni siquiera estoy segura de que puedas ser sincero contigo mismo. Tú vives de avión en avión y detrás de la lente de tu cámara, pero luego hablas de Tía Fay, de tus padres y de Grant con tanta ternura que sé que significan para ti mucho más de lo que tú te das cuenta.
—Vale, ¡como si tú hubieras sido sincera conmigo desde el primer día!
—Bastante más de lo que tú has sido conmigo, lo cual demuestra que he sido una completa idiota. ¿Qué crees que soy, Hud? ¿Una ONG? ¿Una pobrecita chica de pueblo con la que puedes jugar hasta que se acabe tu «paréntesis»?
—Kendall, no intentes eso conmigo.
—¿O qué? —tenía las mejillas encendidas y allí de pie, mirándolo, le infundió tanta energía que Hud no supo bien cómo controlarla.
—O te volveré a besar. O peor, te tomaré en brazos y te llevaré a ese sofá para hacerte exactamente lo que esos expresivos ojos que tienes me han estado pidiendo durante días.
—¡Ja! ¿No crees que a estas alturas ya me he dado cuenta de que hablas mucho y no haces nada? ¿Acaso lo estaba retando a...?
—Y además estás emocionalmente bloqueado. Lo supe desde el primer momento que miré a esos tristes ojos color avellana y, aun así, mordí el anzuelo como una estúpida. Una estúpida. Me lo merezco, todo. Una lección. Eso es lo que has sido para mí. Una gran e importante lección.
Hud estaba impactado de sentir que lo único que seguía queriendo hacer era besarla apasionadamente.
—¿Así que estoy emocionalmente bloqueado? No creo que estés preparado para oír la profundidad de mis verdaderas emociones en este momento, Kendall.
—Prueba.
Jamás había deseado tanto besar a una mujer, hacerle el amor hasta que ella pronunciara su nombre entre sollozos.
Kendall enarcó una ceja como diciéndole: «Venga, prueba, adelante». Pues muy bien, ella lo había querido.
Se acercó más a Kendall, caminando despacio deliberadamente.
—¿Y si te dijera que ahora mismo mis emociones tienen muy poco que ver con experiencias en países lejanos y muchísimo más que ver contigo?
Ella parpadeó varias veces antes de decir verdaderamente impactada:
—Me taparía los oídos y diría «la, la, la» bien alto hasta que las voces de dentro de mi cabeza dejaran de convencerme de que yo siento lo mismo por ti.
Hud la tomó de los brazos y la llevó hacia él. Su piel resultaba extremadamente suave bajo las palmas de sus manos, su pelo olía a aire fresco y su cuerpo a algo dulce y excitante a la vez.
Ella se puso de puntillas y lo miró a los ojos; sus ojos azul grisáceo brillaban de atracción y de algo mucho más profundo y peligroso.
Victoria.