Capítulo 9
AQUELLA tarde Hud se sentó en el sofá del salón mientras releía la carta que le había enviado Voyager Enterprises pidiéndole una fecha oficial de su regreso. Habían pasado dos meses desde que lo habían encontrado en un callejón de Salento, cuando lo daban por muerto, con las ropas hechas jirones, delgado y con los labios ensangrentados.
Un mes desde que había salido del hospital londinense con su mochila y la cámara que su equipo había recuperado la noche en la que él había desaparecido. Y casi una semana desde que había entrado en Claudel, buscando el camino de vuelta a la enérgica y emocionante vida que tanto había luchado por tener.
Se levantó. Ya debería haber telefoneado a Voyager.
Aquel lugar lo estaba cambiando, lo estaba haciendo soñar despierto mientras pasaba los días contemplando las nubes, haciendo picnics e incluso leyendo a Shakespeare, ¡por el amor de Dios! Necesitaba acabar con todo aquello, con la fantasía que estaba viviendo en esa enorme casa.
Pero no podía llamar a Voyager en ese estado. Primero tenía que sacarse de la cabeza todo lo que había ocurrido en Colombia dos meses atrás y también a Kendall York.
Caminó hacia la puerta trasera, pero en aquella ocasión se llevó consigo a Mirabella.
Volver a sentir su peso era... agradable. Una sensación familiar.
Se quedó de pie en el primer escalón y jugó con el zoom; la cámara parecía una extensión de su propio brazo. Enfocó un rosal iluminado por el sol que se colaba entre las ramas de un olmo y, como si hubiera estado esperando el objetivo de la cámara, un bichito rojo aterrizó en uno de los delicados pétalos.
Hud contuvo el aire y presionó el botón. La imagen quedó fija en la pantalla de la cámara. Preciosa. Llena de color. Mágica.
Animado, apuntó hacia la casa de la piscina, con su mezcla de luces, suaves y relucientes superficies y profundas esquinas oscuras.
—Perfecto.
Caminó entre la maleza y sus pisadas crujieron sobre las hojas y las pinazas hasta que encontró un cristal lo suficientemente limpio como para fotografiar a través de él.
Se le entrecortó la respiración y se quedó paralizado cuando vio a Kendall dentro.
Estaba sentada en el borde de la piscina con un vestido de tirantes verde remangado hasta los muslos; miraba al agua y el cabello suelto le caía sobre la espalda.
Sin pensarlo, él levantó la cámara y le enfocó la cara. La luz que entraba por el techo de cristal se reflejaba en la piscina y enmarcaba a Kendall creando un perfecto halo de luminosidad. La ausente expresión de sus ojos y su serena sonrisa resultaban cautivadoras. Embriagadoras.
Ella se movió y se alzó un poco más la falda del vestido, dejando al descubierto...
Inmediatamente Hud apartó el ojo de la lente, pero incluso desde aquella distancia pudo ver las cicatrices que serpenteaban alrededor de su muslo izquierdo para terminar justo debajo de su rodilla. Eran unas cicatrices de color blanquecino. No eran recientes, pero aún podían reflejar lo espantoso que debió de haber sido aquel accidente.
Entonces Kendall centró la mirada en su pierna y, con gesto de estremecimiento, deslizó un dedo sobre las espirales de piel cosida. Pero ese gesto no se debía a un dolor físico; parecía un dolor alimentado por la vergüenza y eso le partió el corazón a Hud.
En aquel momento todo recobró sentido: las faldas largas, el miedo a probar cosas nuevas, a conocer gente nueva. Su reticencia, el trabajo seguro, el pueblo seguro. La vida segura.
Kendall había conducido el coche que había matado a su novio; había quedado marcada física y emocionalmente y ahora pagaba su penitencia viviendo una vida alejada de las luces y de la aventura que tanto había ansiado en su juventud. Estaba escondiéndose y, obviamente, no tenía ni idea de lo bella y encantadora que era.
Volvió a colocarse la cámara en el ojo y le enfocó la cara: ese precioso rostro de ojos tristes. Apretó el botón y volvió a disparar... muchas veces. Entonces pasó a enfocarle las piernas y la imagen que inmediatamente después apareció en la pantalla no escondía ninguna de sus cicatrices ni su etérea belleza.
Debía de ser una de las mejores fotografías que había tomado en su vida. Desprendía un color, una luz y una emoción que parecían salirse de la pantalla, y fue en ese momento cuando Hud sintió que una parte de él, que había estado perdida demasiado tiempo, por fin había regresado.
La contempló unos momentos más mientras la amarga realidad le recordaba por qué tenía que volver a Londres y continuar con su antigua vida.
Había llegado el momento de que él también dejara de esconderse.
Kendall observaba sus pies sumergidos en el agua mientras la imagen de Hud Bennington le invadía la mente. Lo acababa de ver en el pueblo, recién afeitado y bien vestido con aspecto sonriente y pareciendo sentirse muy cómodo en Saffron. Como si jamás se hubiera alejado de allí, como si fuera su hogar.
Sabía que no debía permitirse pensar así, sabía que él se marcharía en, aproximadamente, una semana. Jamás había conocido a nadie que la afectara de ese modo. Tan de repente. Tan intensamente. Podía sentirlo en las puntas de los dedos, podía sentirlo en los pulmones, podía sentir cómo su efecto le debilitaba los músculos.
Y aquella tarde, cuando se habían mirado, también lo había sentido en su corazón.
Lo amaba.
Volvía a amar. En aquella ocasión, a un hombre seguro de sí mismo, experimentado; un hombre que vivía peligrosamente, que se guardaba sus sentimientos y que la hacía sentir como si ella pudiera serlo todo, hacerlo todo.
Eran cerca de las cuatro, de modo que tenía que empezar a moverse. Se puso en pie con piernas temblorosas e hizo acopio de fuerzas para ir a buscar a Hud, preguntándose en todo momento si ese poder que él le daba para hacerle creer que era capaz de hacerlo todo incluiría lograr hacer que la amara.
El chirrido de unas botas Doc Marten sobre el suelo de madera le dijo a Hud que Kendall había llegado.
Sintiéndose abrumado por lo que estaba a punto de hacer, se limitó a saludarla alzando el libro que tenía en las manos y diciendo:
—He estado leyendo a tu amigo Shakespeare.
—¡Vaya! Estoy impresionada. Me he ganado una estrella de oro de parte de los amantes de Shakespeare por convertir a otro más a la causa.
—Me ha costado un poco, pero creo que estoy empezando a entenderlo un poco más. Escucha.
... las buenas piernas se echarán a perder, una espalda derecha se encorvará, una barba negra se volverá blanca, una cabeza rizada se quedara calva, un rostro hermoso se marchitará, una mirada viva se volverá vacía; pero un buen corazón, Kate, es el sol y la luna, o mejor dicho, el sol, y no la luna, pues brilla claro y nunca cambia, sino que sigue firmemente su curso.
—La escena del cortejo de Enrique V. No sé qué decir.
Se acercó al brazo del sillón sobre el que él estaba sentado. Sonrió. Le brillaban los ojos y sus mejillas se veían redondas y rosadas.
Era hermosa y la expresión de su cara era más abierta de lo que nunca antes había sido.
—Hoy he sacado a Mirabella a dar un paseo, por primera vez en mucho tiempo.
—¿Y por qué tanto tiempo?
—Colombia —dijo él.
Ella simplemente asintió; a pesar de desconocer los detalles, lo entendió.
—He dado un paseo por el jardín y he acabado en la casa de la piscina.
—En la casa de la piscina —repitió ella—. ¿Cuándo?
—Hace una media hora.
El rostro de Kendall palideció, pero él tenía que acabar lo que había empezado.
—Te he visto, Kendall, con las piernas en el agua y pensativa.
—¿Y por qué no has entrado?
—Parecías tan... ausente, como si quisieras estar sola. No quería molestarte.
—Mentira —dijo ella con un tono de voz tan fuerte que Hud prácticamente se estremeció—. Has visto más que eso. No soy idiota, Hud. El fragmento que acabas de leer, «las buenas piernas se echarán a perder»... —alzó una mano para cubrirse los ojos—. ¡Oh, Dios!
—Yo no creo que seas idiota. Quería decirte que eso no importa —alargó la mano hacia ella, que dio un paso atrás.
—Ni lo intentes, Hud. Tengo una pierna desfigurada, marcada con una cicatriz.
—¿Y? Creo que eres preciosa, completa y absolutamente cautivadora y no podrás negarme que no has notado esto que siento. Que no has notado lo mucho que deseo acariciarte, besarte y estar contigo en todo momento.
Ella cerró los ojos y sacudió la cabeza, como si oír esas palabras le estuviera resultando más duro que el hecho de que él hubiera visto las cicatrices.
—Es cierto. En este mismo momento me estoy teniendo que reprimir mucho para no abrazarte. Tú me has hecho querer volver a sacar a Mirabella. Hace una semana no habría podido hacerlo, no hasta que te conocí.
—¿Y? Eso no tiene nada que ver conmigo. Yo he superado mi problema, ¿por qué no ibas a hacerlo tú sin mi ayuda? —le dijo con extremada frialdad.
Él se levantó y dio un paso hacia ella, lenta y cuidadosamente.
—Me inspiras en muchos más modos de los que imaginas.
Kendall recogió su bolsa, se dio la vuelta y se marchó. Prácticamente se fue corriendo.
En el momento en que la perdió de vista, la habitación se quedó fría, vacía y carente de vida. Salió corriendo tras ella.
—Kendall —dijo al alcanzarla en el jardín—. Mira, no hay necesidad de esto. No seas tan testaruda, quédate, habla conmigo. Sé escuchar. Lo prometo. Y es lo mínimo que puedo hacer después de que hayas tenido que escuchar mis paparruchas.
—A cambio de eso me merecería una compensación mucho más grande.
—Muy bien. Te extenderé un cheque para cubrir ese sufrimiento emocional que te habrá supuesto haber tenido que escucharme. Tú pones el precio. La piscina, el coche, la casa, mi alma.
Ella ni siquiera lo miró.
Algo atrapó el talón izquierdo de Hud y, a pesar de agarrarse a la fina rama de un rosal cercano, no pudo evitar caerse al suelo.
Allí, sentado, echó la cabeza hacia atrás y contuvo el aliento, dándose cuenta de que había perdido la batalla. Eran polos opuestos, razón por la que se atraían tanto el uno al otro.
Pero entonces vio una pálida mano acercarse a él.
Kendall York, además de todo, era humana y comprensiva.
—Estoy sangrando —le dijo mostrándole la palma de la mano e intentando rechazar su ayuda. Después de todo, se suponía que él era el grande y fuerte y ella la frágil y vulnerable.
—Ya lo veo —le respondió sin apartar la mano.
Él la agarró; su encallecida mano raspó la suavidad de la de Kendall y la envolvió.
—Vamos —dijo ella—. Vamos dentro, no vaya a ser que mueras de gangrena y luego me sienta culpable —caminó hacia la casa y la cojera de su pierna fue tan clara como el día. Él se preguntó cómo no se había dado cuenta antes; él, que vivía en el mundo de las imágenes.
Probablemente porque desde el segundo en que había aterrizado allí, había estado viviendo una fantasía basada en los hermosos recuerdos de su juventud y la había proyectado en esa casa, en ese lugar y en esa mujer. Pero las fantasías no duraban. La vida real siempre encontraba el modo de interceder.
La siguió, preguntándose cómo acabar con todo del modo menos doloroso posible, aunque tal vez ya era demasiado tarde para eso.