Capítulo 8

HUD NO pisó el cobertizo ni aquella tarde ni a la mañana siguiente, a pesar de que las palabras de Kendall no dejaron de resonar en su cabeza durante todo el rato que estuvo tumbado en el sofá de la librería leyendo o tirado al sol en el jardín trasero.

«Su casa. Su vida. Y él era el único que podía arreglarlos».

Ella había dado en el clavo, pero él no estaba tan seguro de poder hacerlo. En lugar de seguir a pie juntillas el consejo de Kendall, decidió dar un paseo por el resto de su casa.

En el escritorio del estudio de Tía Fay encontró una carpeta negra, con el nombre de Hud escrito en ella, que contenía notas con la curvada letra de Tía Fay. Notas sobre el jardín, los muebles y los códigos de las cajas fuertes. Papeles que se habían dejado preparados para que los viera diez años atrás, cuando él aún no había estado preparado para ellos.

Levantó un sobre del que cayó una llave; era la llave de un coche con un llavero y una dirección escrita en él.

Se trataba del viejo Bentley de Tía Fay y la dirección era la de un mecánico del pueblo. Sólo podía esperar que ese taller siguiera abierto y, como habría acordado con Tía Fay, con el coche listo para que él se lo llevara cuando regresara. Al parecer su tía había sabido que algún día regresaría.

Se asomó por la ventana y miró hacia la entrada de la casa. El pueblo. Aún no había pasado por allí, no había ido a ver si su árbol favorito seguiría allí o lo habrían sacrificado en honor de los dioses del progreso.

Aún tenía tiempo hasta que su compañera terminara de hacer lo que fuera que la estuviera entreteniendo y privándolo a él de su compañía durante aquella demasiado larga mañana.

 

Le llevó media hora recorrer el camino que seguramente recorría Kendall todos los días hasta que encontrarse en Peach Street.

Le vino bien estirar las piernas y cambiar de ambiente. Saffron era un lugar extraordinariamente pintoresco; parecía sacado de una postal de Nueva Inglaterra.

La calle estaba como siempre.

Se detuvo frente a las oficinas del periódico local; no por nada en especial, simplemente le pareció un buen lugar desde el que cruzar la calle. Miró por el cristal, pero no encontró a la persona a la que estaba buscando. Estaba...

¡Demonios! Estaba buscándola a ella.

La compañía de Kendall lo hacía sentirse lleno de energía.

Al pasar por delante de la oficina de correos, una mano lo saludó. La dueña de esa mano era una voluptuosa mujer con descontrolados rizos rubios y mejillas rubicundas. Miró hacia atrás para asegurarse, pero sí, era él al que estaba saludando, de modo que abrió la puerta de cristal y entró.

—¡Hola, forastero!

—¿Taffy?

Ella sonrió y se inclinó para besarlo en la mejilla.

—¡Vaya! ¡Cómo has crecido!

—Eso es lo que ves cuando vuelves a un lugar.después de diez años, Hud. Cambios.

—Bueno, dime, ¿qué haces aquí?

—Comprando artículos de papelería —dijo al mostrarle un puñado de sellos y una bolsa de sobres—. Me temo que son las tareas de esta humilde recepcionista. Pero la gran pregunta del día es: ¿qué haces tú aquí?

—Me has saludado y he entrado —dijo cruzándose de hombros y malinterpretando intencionadamente el sentido de su pregunta.

—Eso es verdad —respondió ella con una sonrisa—. ¿Tienes tiempo para tomar un café?

—¿No tienes que volver al trabajo?

—Una chica necesita tomarse un descanso para tomar algo al menos cuatro o cinco veces al día.

—Vale —dijo al pensar que se trataba de la amiga de Kendall. Era una oportunidad demasiado buena como para dejarla escapar—. Pues llévame a la mejor cafetería del pueblo.

—Señor Bennington —gritó una voz justo antes de que salieran por la puerta—. ¿No quiere su correo?

—¿Tengo correo? Sí, claro —se acercó al mostrador—. ¿He de firmar en alguna parte?

—No, no, no es necesario. Ya lo conozco.

Le entregó una buena cantidad de cartas. Hud reconoció el membrete de Voyager Enterprises en la carta que estaba encima del todo y se metió los sobres en la parte trasera de los pantalones.

Se giró hacia Taffy, tenso ante el posible contenido de la carta.

—¿Nos vamos? —preguntó Taffy agarrándolo del brazo para llevarlo a la agradable cafetería que se encontraba en el siguiente local.

Después de pedir las bebidas, se sentaron a unas mesas colocadas en la calle.

—Estaba enamoradísima de ti cuando era pequeña, pero que esto no te intimide porque ya lo he superado. Desde entonces muchos hombres han pasado por mi vida; han hecho falta muchos para lograr borrar tu recuerdo —le dijo con tono suave e insinuante.

Hud se movió incómodo sobre la silla mientras se preguntaba si sería muy tarde para fingir una cita con el dentista.

—¡Es broma! —dijo Taffy para gran alivio de Hud.

Él se rió.

—Por un segundo has logrado preocuparme, amiguita.

Taffy sonrió.

—He oído que has conocido a mi amiga Kendall —dijo antes de sorber con la pajita su café helado.

Eligiendo las palabras cuidadosamente, Hud respondió:

—Sí, nos hemos conocido. Y de una forma bastante divertida, ¿te ha contado...?

—Oh, claro, me lo cuenta todo. Lo ha hecho desde hace años. Kendall y yo somos como hermanas.

Hud sonrió y asintió, no muy seguro de lo que Taffy intentaba decirle.

—Qué bien.

—¿Te ha contado cómo nos hicimos amigas?

—Me dijo que estuvo saliendo con tu primo hace un tiempo.

—¿Te dijo eso? Lo cierto es que no sólo estuvieron saliendo. George y ella estuvieron prometidos.

Taffy volvió a su café helado, dejando a Hud intrigado. ¿Kendall estuvo comprometida? Al menos el saber que hablaban en pasado ayudó a aliviar el repentino nudo que sintió en el estómago.

—Bueno, es una gran chica, no hay duda de que tu primo fue muy tonto al dejarla escapar.

Taffy sonrió; Hud había salido en defensa de Kendall.

—No fue eso lo que sucedió exactamente.

—¿No?

—Eran novios desde el instituto. Viví con la familia de George mientras estudié en el instituto y Kendall siempre estaba en casa casi tanto como yo. Tenían planeado casarse, viajar y, en general, llevar una vida fabulosa.

¿Viajar? Por eso nunca había salido al extranjero; había planeado ir con... él.

—¿Y entonces?

Taffy suspiró. Fue un gran suspiro melodramático.

—George murió en un accidente de coche. Ella conducía y dio un volantazo para evitar un pájaro o un canguro o algo. La familia nunca la perdonó; la dejaron sola, en el hospital. Yo la visitaba siempre que podía, pero un mes después de salir del hospital desapareció de la faz de la tierra durante un tiempo. Y entonces un buen día apareció en mi puerta. Me alegré de poder ayudarla y alojarla en mi casa. Es una chica muy dulce y se merece algo mucho mejor de lo que la vida le ha dado. Ya sabes cómo son estos pueblos pequeños, todo el mundo se conoce y muchas de estas personas conocían a George de cuando venía a visitarnos de niño. Por eso llevó un tiempo que la gente de aquí aceptara a Kendall.

—Pero aun así se quedó.

—Se quedó, se forjó su propio camino aquí y ha trabajado tanto que no se ha tomado ni un día de vacaciones en tres años.

—¿Y por qué no empezó de cero en otro lugar?

—Yo tengo una teoría, pero tendrías que preguntárselo mejor a ella.

Pero no le haría falta; de pronto lo entendió todo.

—Se quedó aquí para cumplir una especie de penitencia, ¿verdad?

—¡Vaya! ¿De qué habláis cuando va a tu casa por las mañanas?

—Del tiempo —dijo Hud con una sonrisa—, principalmente.

Taffy sonrió.

—Claro. Es fantástica, ¿verdad?

Exactamente. Kendall York era fantástica.

—¿Taffy? —la voz de Kendall se inmiscuyó en la conversación.

Hud alzó la vista y se encontró con esa chica de gran coraje haciéndole sombra a Taffy.

Llevaba un perrito con aspecto desaliñado, que parecía tener unos cien años, enganchado a una correa. El brillo del sol de verano encendía decenas de colores distintos en su glorioso cabello. Ésa habría sido la iluminación perfecta si hubiera podido fotografiarla en aquel momento.

—Hola —dijo él.

—¿Qué hacéis aquí, chicos?

—Tomando café —dijo Taffy alzando su vaso vacío.

—Me he encontrado con Taffy en la oficina de correos y ahora voy a recoger el coche de Tía Fay. Espero que el Bentley siga en el taller, pero después de tanto tiempo no sé con qué voy a encontrarme.

—Oh, está perfecto —dijo Taffy—. Los chicos lo sacan unas cuatro veces al año a dar una vuelta para mantenerlo en forma.

—Pues ésa es una muy buena noticia —dijo y se volvió hacia Kendall, que estaba mirando a Taffy, ignorándolo.

Era la primera vez que la había visto fuera de Claudel, en el mundo real. Ella no parecía estar dándole demasiada importancia a ese hecho, pero desde el momento en que había oído su voz, a él se le habían despertado los sentidos.

—Kendall, cielo —dijo Taffy rompiendo así el incómodo silencio—. Siéntate.

Taffy se levantó, agarró a su amiga del brazo y prácticamente la sentó en su silla. Pero Kendall pareció rebotar en la silla y se levantó inmediatamente.

Hud se levantó también, para no ser menos.

—Bueno, yo tengo que volver al trabajo, así que me voy ya.

Besó a su amiga en la mejilla y le acarició las orejas al perro antes de marcharse y dejarlos solos.

—No me importa tomarme otro café si a ti te apetece —dijo él.

Kendall abrió la boca. La cerró. Miró hacia atrás y luego por encima del hombro de Hud; parecía asustada de que alguien pudiera verla allí sentada... con él.

Él se rió.

—Kendall, relájate.

—¿Cómo dices?

—Me estás poniendo nervioso.

—A lo mejor es que ya has tomado demasiado café. Hud volvió a reírse.

—A lo mejor sí.

Rodeó la mesa. Cuando ella vio lo que estaba haciendo, se echó hacia atrás y el tacón de su bota se coló en una grieta del pavimento. Rápidamente, él la sujetó. Ella, sonrojada, mantuvo el equilibrio aferrándose a su pecho.

—Hud —dijo susurrándole a la boca.

—¿Qué quieres, Kendall?

—Quiero... que me sueltes.

—No —le respondió con una voz suave, una voz sólo para ella, porque ya que por fin la tenía entres sus brazos, no podía permitirse dejarla marchar.

—No voy a caerme —pero a pesar de esas palabras, seguía agarrando con fuerza su camiseta.

Ella era... algo que Hud jamás había experimentado antes. Y eso implicaba que era algo desconocido. Un peligro. Un obstáculo.

Pero aun así, quería besarla. Deslizar los brazos alrededor de esa divina cintura, sentir ese curvilíneo cuerpo contra el suyo y saborear esa tentadora boca. Perderse en ella completamente, como ya hacía simplemente estando en su compañía.

Pero poner tantas esperanzas en ella era injusto, sobre todo teniendo en cuenta que el día en que se diera cuenta de que Kendall no era todo lo que él había creído, volvería a marcharse.

A pesar de las protestas, ella seguía prendida a él. Si se inclinaba y la besaba, ella no se apartaría. Estaba seguro de ello. De modo que tuvo que valerse de todas sus fuerzas, tanto físicas como psíquicas, para apartarse y dejarla marchar.

—Tienes un perro —dijo antes de agacharse y acariciar al chucho detrás de las orejas.

—Sí. Es Orlando, vive con nosotras. Apareció un día y se quedó. Un poco como yo.

—Es... gracioso.

Kendall se agachó y le acarició la otra oreja.

—Está sordo. Gimotea mucho y es muy quisquilloso con la comida, pero lo queremos de todos modos.

Las manos de los dos se encontraron. Kendall apartó la suya como si se hubiera quemado y se levantó inmediatamente. Hud hizo lo mismo.

—Bueeeeno —dijo él—. ¿Adónde vas? Yo voy al mecánico.

—Yo voy en la otra dirección —dijo mientras se estiraba la ropa y se atusaba el pelo.

—Entonces nos vemos sobre las cuatro.

Hora en la que por fin sacaría a la luz todos esos pensamientos que rondaban y obstaculizaban su cabeza.

Había llegado el momento.

—Nos vemos a las cuatro.

Mientras Kendall se alejaba por Peach Street, Hud se preguntó cómo diablos iban a poder trabajar juntos aquella tarde y la siguiente... y la siguiente, sin que se abalanzara sobre ella en el mismo instante en que la viera cruzar el umbral de su puerta.