Capítulo 10
HUD SE sentó en el banco de madera de la cocina.
Había encontrado gasas amarillentas, un antiséptico de color morado oscuro que debía de estar caducado desde hacía ocho años y una caja de vendas que lo habían hecho sonreír al recordar cuando Tía Fay la había comprado diciendo que iba a necesitarlas al tener a un chico en casa.
Pero Kendall no tenía la más mínima intención de sonreír. Se sentía dolida. Confusa. Hud había sacado a Mirabella, parecía que estaba volviendo a ser él y eso implicaba que pronto se marcharía.
Y además la había visto en la piscina, había visto sus cicatrices y sabría que ella estaba muy lejos de ser la mujer enérgica y dinámica que él querría tener a su lado.
Justo cuando estaba comenzando a salir del cascarón, a arriesgarse y a atreverse a soñar, volvía a ser la pobre Kendall York. La niña a la que habían dado palmaditas en la espalda cuando su madre había muerto. La joven sobre la que habían murmurado al morir su novio.
—Pon la mano boca arriba —recorrió con un dedo el largo arañazo, que era bastante profundo—. Sabes que te voy a hacer daño, ¿verdad?
—Lo sé muy bien, Kendall.
Ante el delicado y suave sonido de su voz, Kendall no pudo más que alzar la vista y mirarlo por primera vez desde que había salido corriendo; se quedó sin aliento.
La estaba mirando... de otro modo. Ella buscaba algo de compasión, de lástima, pero en su mirada no había nada de eso. Había...
Admiración, respeto, algo de incertidumbre y una buena cantidad de descarada atracción sexual.
—No te muevas —dijo cuando se volvió para empapar una gasa con antiséptico.
—Lo que digas, jefa.
Fue lo suficientemente lista como para no mirarlo mientras le curaba la herida, a pesar de que su aroma y el recuerdo de sus palabras, diciéndole que era hermosa, que quería besarla y estar con ella, era tan poderoso como la verdad que reflejaban sus ojos.
—Cuéntame lo de la pierna.
Ella lo ignoró.
—Lo de las cicatrices, lo de la cojera y háblame tam
bién de George —dijo directamente—. ¿Cómo sucedió?
—¿Qué sabes tú de George? —Taffy lo mencionó de pasada ayer.
—Por supuesto, ¡cómo no iba a hacerlo! Mira, yo no quiero hablar de esto y tú en realidad no quieres oírlo.
—Sí que quiero y a ti te vendría bien compartirlo con alguien.
—Y esto lo dice un tipo que palidece con sólo mencionar la palabra «Colombia», pero que no me dice el porqué. ¿Tú hablas de compartir?
—Kendall...
Ella presionó la gasa empapada sobre las heridas y lo hizo callar.
—Estábamos comprometidos y él murió. Yo resulté herida en el mismo accidente. ¿Ya estás contento?
—No del todo. Háblame de George —dijo y cerró la mano alrededor de la de Kendall.
¿Cómo podía hablarle a ese hombre de George? A ese hombre que se había apoderado de su atención, de su imaginación y del corazón que ella había prometido no volver a entregar jamás no podía hablarle del dulce, sereno y reconfortante amor que había sentido por George.
—Venga, no pasa nada —le dijo y el tono de su voz le infundió calidez y la hizo sentirse inmensamente segura.
—Yo era muy impulsiva cuando era más joven; era impetuosa y estaba en las nubes la mayor parte del tiempo, hasta que conocí a George. Él odiaba leer, a menos que se tratara de un libro de texto o sobre la historia de puentes. Jamás le gustaron ni los museos ni las galerías de arte y la poesía lo ponía enfermo, pero me amaba.
Hud extendió la otra mano y le acarició el pelo. Ella cerró los ojos y se entregó.
—Entonces un día íbamos a pararnos a visitar a Taffy de camino a Sydney para celebrar mi graduación. Yo conducía y estaba cantando muy alto una canción de la radio para molestarlo. Un zorro... un estúpido zorro cruzó la carretera, di un volantazo y chocamos contra un árbol —tragó saliva—. Él murió al instante. Un pequeño chorro de sangre le caía por la frente. Aparte de eso, parecía como si simplemente estuviera durmiendo, pero yo lo sabía.
—Oh, cielo —dijo él, pero Kendall no lo oyó. Estaba inmersa en el recuerdo que la había perseguido durante años.
—Yo sentía un dolor... ¡Dios!, ni siquiera puedo describirlo. Fue horrible, pero no logró hacer que me desmayara y tuve que quedarme allí, gritando, pidiendo ayuda, intentando alcanzar mi bolso, que estaba en el asiento de atrás, para sacar el móvil.
Podía sentirse las lágrimas cayéndole por la cara.
—Y estuve en el coche, con él a mi lado, muerto, durante tres horas hasta que alguien nos encontró.
Hud le secó las lágrimas con el pulgar delicada y tiernamente.
—¿Y tu pierna?
—Un trozo de metal me atravesó el muslo y me cortó los músculos. Me operaron mediante una cirugía innovadora.
—Pero no te recuperaste del todo.
—La recuperación no consiste simplemente en medicinas y descanso. Me dijeron que tenía que darle tiempo. Les pregunté cuánto. ¿Un mes? ¿Un año? ¿Una fecha que pudiera marcar en un calendario y estar esperando con ansia?
Hud se inclinó y le besó el cabello.
—No fue culpa tuya.
—Lo sé —dijo. Apenas podía respirar.
—No fue culpa tuya —le repitió.
—Lo sé —repitió ella también, tras una pausa.
Él la miró intensamente.
Lo amaba y se sentía tan atraída físicamente a él que temía que eso pudiera reflejarse en su cara. Se sentía tan emocionalmente unida a Hud que sentía como si hubieran compartido todas las experiencias que él había vivido.
Pero no podía tenerlo. No a un hombre como él, de modo que era mejor apartarse y evitarse tener que sufrir el dolor de perderlo.
—Kendall, mírame.
Ella hizo lo que le dijo.
—Tu madre no va a desaparecer de tu vida si no escribes sobre ella, y tampoco lo hará George. Está bien dejar las cosas en el pasado, está bien mirar hacia el futuro y está bien disfrutar del momento.
Tal vez por la comprensión de su mirada o, tal vez, por la calidez de sus palabras, Kendall dejó de pensar, dejó de torturarse a sí misma y se rindió, inclinándose hacia él y besándolo.
Esos labios eran calientes, dulces y suaves como el terciopelo.
Hud la llevó hacia él y el beso se hizo más intenso. Con un suave suspiro, ella le rodeó el cuello, mientras saboreaba su boca. Él tenía un sabor ardiente y picante. Delicioso.
Kendall había sentido una conexión desde el momento en que se habían conocido, como si los dos provinieran del mismo lugar. Pero al verse entre sus brazos, sólo veía diferencias. La dureza del pecho de Hud contra la suavidad de sus pechos. Los rígidos tendones de su cuello bajo sus pequeños dedos. La mandíbula cubierta de una ligera barba rozando sugerentemente sus suaves labios.
Era todo un hombre. Era una mezcla de fortaleza, sabiduría, madurez y hormonas y ella quería entregarse a él.
Cerró los ojos y apoyó la cabeza en su pecho.
Ella no era una joven de veintitrés años a la que nunca habían besado. Cuando había salido del hospital y se había mudado al otro lado de Melbourne, había salido todas las noches, había conocido a hombres y había necesitado el contacto humano para eliminar los ruidos de su cabeza.
Pero un beso como aquél, un beso con conexión, un beso con historia y posibilidades... eso era algo muy distinto. Era más intenso, más puro. Un beso como aquél cambiaba a una persona. Cambiaba una relación. Y ya no había vuelta atrás.
—No puedes tener frío —dijo Hud después de que un escalofrío recorriera el cuerpo de Kendall.
—No... Es sólo que... estoy temblorosa.
—Vale, me lo tomaré como un cumplido.
Ella sonrió.
—Arriba —dijo él al alzarla y sentarla en el banco de madera.
Comenzó a besarla en la mejilla, en la barbilla, en el cuello...
El pecho de Kendall se alzaba para respirar más profundamente a la vez que se acercaba a él.
Él deslizó suavemente una mano sobre su muslo, creando una cálida oleada de placer que se extendió por todo el cuerpo de Kendall. Ella puso su mano sobre la de él y juntos alzaron la falda.
Las cicatrices de su pierna izquierda quedaron expuestas. Ella se sintió vulnerable, pero seductora a la vez.
Miró a Hud: unos preciosos ojos color avellana, unas pestañas oscuras, un pelo oscuro y rizado y una cicatriz reciente que se extendía desde su labio superior hasta su nariz.
Alargó la mano y la acarició.
Él se estremeció y respiró hondo.
La cicatriz reflejaba un corte limpio. La marca de un cuchillo o de un pedazo de cristal.
Podría haber preguntado cómo había sucedido, pero prefirió inclinarse hacia delante y deslizar su boca sobre ese fragmento de piel.
Hud le devolvió el beso y fue un beso cargado de dulzura y afecto al que Kendall se entregó dejando que esa ternura la empapara como una cálida ducha reparadora.
Un buen rato después, Hud le rodeó la cara con las manos y la besó una última vez.
Después, bajó la vista y le observó la pierna.