23
Deportes sangrientos
Cuando el alba despuntó en el Hades, ni Jake ni yo estábamos preparados. Unas voces procedentes del pasillo rompieron el silencio y nos sacaron de nuestro estado de trance. Me sorprendió darme cuenta de que había tenido los ojos cerrados toda la noche, pero continuaba sentada sobre la cama, bajo las sábanas, con las rodillas contra el pecho. Jake se levantó de inmediato y miró hacia la puerta con rabia.
—Están aquí —anunció en tono de fatalidad.
Entonces la puerta se abrió y vi a un grupo de demonios, entre los cuales se encontraban Diego y Asia. A los otros solo los había visto una vez. Iban acompañados por nada menos que por cuatro enormes matones.
—Os habéis asegurado de traer refuerzos, ¿eh? —gruñó Jake mirándolos con furia.
—Gran Papi pensó que quizá quisieras presentar batalla. —Diego le dirigió una media sonrisa e hizo un gesto con la cabeza hacia mí—. Cogedla.
Los inmensos matones entraron en la habitación en tropel y pronto sus grandes manos me sujetaron por los antebrazos y me arrastraron fuera de la cama como si fuera una muñeca de trapo. Yo todavía iba descalza y llevaba el camisón de noche. Me ataron las muñecas fuertemente con una cuerda y me empujaron sin contemplaciones hacia la puerta.
—¡No la atéis!
Jake dio un paso hacia mí, pero los otros demonios se apresuraron a rodearlo. Era terrible ver de qué manera sus hermanos y hermanas se habían puesto en su contra tan pronto. En medio del caos que se formó perdí a Jake de vista y lo único que oía eran gruñidos y bufidos. Ahora el miedo ya me atenazaba y empecé a temblar.
—¡Beth! —llamó Jake, desesperado—. ¡Beth, no voy a permitir que continúen con esto!
Pero yo no le creí y me di cuenta de que él tampoco. El tono de su voz no demostraba convicción.
Los guardias me empujaron con brusquedad por el pasillo y nos dirigimos hacia el vestíbulo. Los demás nos seguían, charlando de vez en cuando entre ellos. Miré a Asia y ella me guiñó un ojo. Cuando llegamos al vestíbulo vi a Tucker, que tenía una acusada expresión de angustia. Por su mirada de congoja supe que se había enterado de la noticia. Intenté no mirarlo mientras pasábamos por su lado: no quería hacer que se sintiera peor.
—¡Beth! —gritó cuando el grupo lo dejó atrás. Se precipitó hacia nosotros e intentó abrirse paso entre los demonios para llegar hasta mí. Nash lo sujetó por los dedos de la mano y Tucker cayó de rodillas al suelo con un golpe seco. Soltó un grito y oí el crujido de unos huesos al romperse. Cayó tendido al suelo. Me giré para mirar un momento mientras me empujaban por la puerta giratoria.
—No pasa nada, Tuck —grité—. No sufras por mí.
Miré con furia a Nash, que en ese momento caminaba a mi lado.
—Cúralo —le dije con un hilo de voz—. Vuestra venganza contra mí no tiene nada que ver con él.
—No estás en posición de hacer peticiones —repuso Nash con gran amabilidad.
Una flota de 4x4 negros nos esperaba en el túnel, fuera del hotel. Me empujaron dentro como si fuera un paquete y a ambos lados de mí se sentaron Asia y Diego. De cerca, ambos apestaban a tabaco, alcohol y perfume. Me hundí en el asiento y me concentré en respirar más lentamente para tranquilizarme mientras me decía a mí misma que no iba a morir. Algo sucedería, alguien vendría en mi rescate. No podía ser de otra forma.
—Llévanos al Noveno Círculo —ordenó Diego al chófer—. Y ve por la ruta secundaria.
—Por lo menos tú tienes que presentarte ante Gran Papi —me dijo Asia—. ¿Qué te parece este trato de VIP?
Me mordí el labio y no respondí. Me concentré en la velocidad del coche y en los maltrechos túneles subterráneos del Hades. Empezaba a notar el miedo que me subía hasta el pecho y la garganta, y que casi no me dejaba respirar. Tragué saliva, decidida a no darles el placer de ver cómo perdía el control.
Para llegar al Noveno Círculo tuvimos que penetrar más profundamente en el subsuelo. Cuando los coches se detuvieron, vi que nos encontrábamos ante un enorme y antiguo anfiteatro de tierra roja que se encontraba en el mismo centro de la Tierra. Las gradas estaban llenas de gente; parecía que todo el Hades hubiera sido convocado a presenciar este importante evento. Lucifer y los otros Originales ocupaban los asientos cubiertos de la gradería superior desde donde contemplaban con atención todo lo que sucedía, como si estuvieran esperando el comienzo de un espectáculo. Sirvientes humanos les llenaban las copas y les ofrecían bandejas de comida.
En el centro del anfiteatro habían montado una plataforma a unos cuantos metros del suelo, y de esta se elevaba un enorme poste de madera que se hundía en la tierra, por debajo. Un montón de madera seca y de paja lo rodeaba formando una pequeña pirámide. Calculé que ese material inflamable me llegaría a la cintura cuando me ataran a él.
El verdugo no era un encapuchado personaje medieval, tal como me había figurado, sino un hombre vestido con traje que hubiera podido ser un empleado de banca, aunque sus mejillas hundidas y grises y sus labios apagados lo hacían parecer la misma Muerte. A pesar de que era delgado, yo no hubiera podido enfrentarme a su fuerza nervuda. Sus manos me sujetaron y el vello de la piel se me erizó al sentir su tacto. Luego, me ató al poste con tanta fuerza que la cuerda me cortó la piel de las muñecas y me fue imposible moverme ni un centímetro.
La multitud nos observaba con una excitación creciente. Procuré mirar hacia arriba en un intento por distanciarme de lo que le iba a ocurrir a mi cuerpo, pero no pude evitar que mis pensamientos tomaran un rumbo horrible. ¿Cuánto tiempo tardaba una víctima en quemarse: minutos u horas? ¿El cuerpo se quemaría por partes o desde los pies y hacia arriba? ¿Me desmayaría a causa del dolor antes de que se me empezara a abrasar la piel? ¿O quizá sería la asfixia la causa real de la muerte?
El verdugo comprobó que mis ataduras estuvieran firmes y luego dio un paso hacia atrás. Entonces, alguien de entre la multitud le pasó una oxidada lata de gasolina y él empezó a rociar la paja con ella. Enseguida noté el cáustico olor que me escocía la nariz. El corazón me latía tan deprisa que creí que iba a estallarme y a pesar de que notaba el sabor metálico del miedo en la boca no grité, ni chillé ni pedí clemencia. Mi mente era un torbellino, pero no estaba dispuesta a demostrar el terror que sentía.
—Esto es lo que les pasa a quienes sirven al señor equivocado —me dijo el verdugo al oído con voz ronca—. El Cielo está en quiebra, ¿no te has enterado? —acabó, antes de saltar de la plataforma al suelo.
La muchedumbre quedó en silencio al ver que Lucifer se ponía en pie. Paseó la mirada a su alrededor con una intensidad que parecía no obviar ningún detalle y, sin decir palabra, levantó una mano para indicar que había llegado el momento de la ejecución. Fue un gesto sencillo, despreocupado incluso, pero provocó un estallido de vítores en todas las graderías. El poder que Lucifer ejercía sobre ellos era absoluto. Era aterrador ver cómo la multitud lo temía y lo adoraba al mismo tiempo. A la siguiente señal todos callaron al instante, como si alguien hubiera apretado un interruptor, y no se oyó ni el más leve sonido en toda la explanada. El verdugo, envuelto en un silencio mortal, encendió una larga cerilla y la mantuvo en alto un momento antes de dejarla caer con gesto dramático sobre el material empapado de gasolina. Al momento, unas enormes llamas se elevaron con gran fragor y Lucifer sonrió, satisfecho. Jake se debatía con desesperación contra unos demonios que lo mantenían sujeto. Asia lo observaba todo y se mordía el labio para controlar la excitación que sentía.
Las llamas me rodearon con una rapidez voraz y consumieron la madera y la paja que se amontonaban al pie del poste. Cerré los ojos con fuerza, a la espera de notar el calor sofocante y de que empezara la agonía. Envié una rápida plegaria a Mi Padre, no con la esperanza de que me salvara, sino para que me concediera el perdón por todos mis errores. Luego esperé a que el fuego hiciera su labor.
No sentía nada. ¿Quizá la tortura había empezado pero yo estaba demasiado conmocionada para notar nada? Pasaron unos momentos más y todo seguía igual. Miré a mi alrededor: las llamas danzaban en todas direcciones… pero ninguna de ellas me tocaba. Parecían apartarse de mí, se elevaban y se separaban formando dos columnas de fuego a ambos lados de mi cuerpo. Mi carne hubiera debido estar consumida ya, pero el fuego se negaba a tocarme. Cuando por casualidad se acercaba demasiado a mí, parecía rebotar y salir ardiendo en otra dirección. Era como si llevara puesta una armadura invisible. Y, por un breve instante, me pareció oír cantar a un coro de ángeles. Desapareció de inmediato, pero fue suficiente para saber que no me habían abandonado.
El público tardó un poco en darse cuenta de lo que estaba sucediendo pero, en cuanto se percataron, sus vítores se convirtieron en gritos de frustración. Algunos de ellos incluso levantaron los puños al aire en una clara demostración de que se sentían engañados. Jake, desde la gradería de los VIP, ya no se debatía con sus guardas sino que me miraba con una abierta expresión de asombro. Lucifer pareció confundido por unos instantes, pero luego se puso en pie con la mirada encendida. El anfiteatro se llenó de murmullos de sorpresa.
No podía creer lo que estaba sucediendo. ¿Era posible que se tratara de una obra del Cielo para protegerme? ¿Había alguien embrujando las llamas, o eran mis propios poderes los que me protegían? No tenía ni idea, pero di las gracias mentalmente a lo que fuera que me hubiera salvado la vida. La expresión de Lucifer delataba la humillación que sentía ante todos los allí reunidos: mi muerte tenía que haber sido una demostración de su poder y yo, sin querer, acababa de ponerlo en evidencia. En ese momento las llamas ya empezaban a menguar.
—Soltadla —ordenó Lucifer en un tono de voz helado.
El verdugo obedeció: saltó a la plataforma con un hacha para cortar las cuerdas, que estaban ardiendo. Cuando me hubo desatado me alejé del fuego: no tenía ninguna herida en el cuerpo. Inmediatamente las llamas volvieron a inflamarse y devoraron todo lo que quedaba, dejando la estructura de madera hecha cenizas.
—¿Qué diablos está pasando? —Asia había dado un salto hacia delante con la expresión más salvaje que nunca. Se giró hacia Jake y añadió—: ¡Tendría que estar achicharrada! ¿Qué has hecho?
—Nada… —Me pareció que a Jake le temblaba la voz—. Yo… no sé qué ha pasado.
—¡Mentiroso! —chilló Asia.
—Silencio. —Lucifer levantó un dedo lleno de anillos—. Arakiel no ha tenido nada que ver con esto. Parece que el ángel nos oculta algo; sus poderes son mayores de lo que creíamos.
—¿Y ahora qué? —preguntó alguien.
La mirada lánguida y azul de Lucifer se clavó en mí, pero esta vez no bajé los ojos.
—Arakiel —dijo en un tono completamente inexpresivo—, ten la amabilidad de acompañar a la señorita Church a sus aposentos hasta que decidamos qué hacer con ella.
Resultó que «sus aposentos» eran la versión infernal de una celda: en comparación, el hotel Ambrosía era el paraíso. Los guardias me sacaron a rastras del anfiteatro, me metieron en un coche y me empujaron a una habitación tan pequeña que mi cuerpo casi no cabía. Estaba construida con piedras burdas y mal cortadas, y unos oxidados barrotes de hierro protegían la entrada. Al sentarme en el suelo me arañé los codos contra la piedra y al cabo de cinco minutos se me habían dormido las piernas. En el recinto reinaba una oscuridad absoluta, pero se oían sonidos apagados, como de pies que se arrastraban y golpes metálicos. De vez en cuando, también algún ahogado grito de angustia. El olor a humedad era insoportable.
Cuando los guardas se hubieron marchado oí la voz de Jake procedente del otro lado de los barrotes y, aunque casi no podía verle, sí noté el tono entre confundido y aliviado de su voz.
—¿Cómo lo has hecho? —me preguntó en voz baja. Oí el ruido de los anillos de sus manos contra el hierro de los barrotes—. Dime la verdad.
—No creo que haya sido yo.
—Bueno, pues no le cuentes eso a nadie, ¿vale? —se apresuró a decir—. Es la única moneda de cambio que nos queda.
—¿Qué vas a hacer?
—Todavía no lo sé. Pero voy a hablar con mi padre, intentaré convencerle de que te deje marchar. Quizá las cosas sean distintas ahora que ha visto que tú eres especial.
No respondí: estaba demasiado agotada por todo lo que había sucedido.
—Déjalo en mis manos —dijo Jake.
Al cabo de unos instantes oí que sus pasos se alejaban y yo me quedé sola en la oscuridad.