Rommel, el Zorro del Desierto

Manuel Yáñez Solana

Erwin Rommel nació el 15 de noviembre de 1891 en Heidenheim, cerca de Lum (Alemania). Su educación se fraguó en el seno de una familia de la alta burguesía, pues su madre era la hija del presidente del gobierno de Wüttenberg, y su padre llegó a ser nombrado director del «Realgnmasium» de Aalem. El joven pensaba iniciarse en la carrera de ingeniería, pero se decidió por la de las armas. A los dieciocho años se alistó como cadete en el 124 regimiento de Infantería. Y en 1911, con la graduación de sargento, ingreso en la «Kriesgchule» de Danzing.

Gracias a un compañero, primo de la bonita y responsable Lucia María Mollín, Rommel conoció a ésta en Danzing. No tardaron en enamorarse, y en sellar una relación tranquila y permanente, ya que contrajeron matrimonio. Durante la Primera Guerra Mundial el futuro Zorro del Desierto recibió la Cruz de Hierro de segunda clase por su valor; además, destacó como estratega al ser nombrado capitán.

Al final de la contienda, Rommel asumió el cargo de jefe instructor de la Academia Militar de Postdam. Para entonces ya había demostrado conocer a la perfección el desarrollo de las batallas con tanques y artillería pesada. En 1938, recibió los entorchados de general y se convirtió en Director de la Academia Militar de Wiener Neustadt. Después de llevar la jefatura del Cuartel General de Hitler, solicitó el traslado al frente de batalla, a primera línea. Y en 1940 se le asignó el mando de la VII División Acorazada, con lo que se encontró en su elemento natural.

En 1940 Rommel había estudiado a fondo la estrategia de la guerra cuando intervenían los tanques, y sabía que el golpe de sorpresa y la audacia eran dos elementos humanos que se podían multiplicar mediante una hábil utilización de las máquinas.

Muy pronto la VII División dejó de ser conocida por su nomenclatura, para recibir el significativo apodo de la «división fantasma», como mérito de la conquista de las avanzadas de la Línea Maginot. También fue la primera unidad alemana que alcanzó la costa de Saint Valéry, con lo que inició el acoso a los ejércitos anglofranceses que se vieron atrapados en el humillante cerco de Dunkerque.

La campaña de Francia, su prodigiosa maestría con los tanques, le valió a Rommel la Cruz de Caballero y su ascenso a jefe supremo de las unidades acorazadas. Y su nombre fue conocido por todo el pueblo alemán.

Y era éste el estado de ánimo del héroe, según podemos comprobar en un pasaje de una de las cartas que escribió a su esposa:

Rennes, 25 de junio de 1940

Queridísima Lu:

El armisticio con Francia ha entrado en vigor. Nos encontramos a 320 kilómetros de la frontera española, y esperamos llegar a la misma, con lo que quedará en nuestro poder toda la costa atlántica. Algo de lo que comí ayer me ha indispuesto ligeramente, pero vuelvo a sentirme bien. Nuestro alojamiento es regular...

Meses más tarde, el descalabro del ejército italiano en Egipto llevó a que Hitler aceptara la petición de Mussolini de enviar algunas divisiones a tan importante frente. En febrero de 1941 se organizó el Afrika Korps, cuyo primer comandante en jefe fue Erwin Rommel.

Esta elección sirvió de chiste a la prensa enemiga, que consideró un tremendo error confiar en un general que ignoraba la guerra en el desierto. Pero no se tardaría en rectificar, sobre todo cuando, en abril, con dos secciones de tanques ligeros y pesados, con un par de batallones de ametralladoras y con un puñado de hombres coronó una incursión de 600 kilómetros desde Trípoli hacia el Este.

Puede decirse que la burla cambió de bando, pues Rommel había sabido engañar a los aviones de reconocimiento enemigos con sus «blindados»: coches cubiertos con armazones de cartón piedra.

El Afrika Korps dispone de quinientos tanques pesados, escribieron los periódicos londinenses.

Realmente sólo eran ciento veinte carros, los cuales consiguieron la ya mencionada progresión victoriosa, porque Rommel jugaba tanto con la astucia, con la irreal evidencia que mostraban las fotos tomadas por los ingleses de las concentraciones de tanques enemigos, que con las fuerzas que poseía, con lo cual lograba verse favorecido por una importante baza psicológica: el miedo de un ejército que se considera inferior. Y así lo demuestra el periodista británico Alan Moorehead:

Las fuerzas inglesas creían que se hallaban en la fase de conquista, jamás en la de defensa, por eso fueron destrozados sus enlaces de supervivencia, y unidades enteras quedaron vergonzosamente cercadas por el enemigo...

Semanas después, Rommel se apoderó del fuerte de Mechill al mando de un escaso número de hombres y de una reducida dotación de vehículos, cuya única misión había sido la de levantar el mismo polvo que los grandes blindados.

—¡Nunca se sabe con que nuevo truco va a salirnos vuestro general! —comentó uno de los oficiales prisioneros.

El golpe de audacia permitió vencer a una fuerza diez veces superior a la alemana, y alimentar la enorme popularidad que concedían al Zorro del Desierto la radio y la prensa de los países beligerantes.

Poco tiempo más tarde, el Afrika Korps conquistó Derna, Bardia y llegó a la frontera de Egipto. Libia y la Tripolitana habían quedado liberadas.

En mayo de 1941, Rommel recibió la Cruz de Hierro con hojas de roble; mientras, luchaba infructuosamente por conquistar la irreducible fortaleza de Tobruk, el más importante puerto enemigo en el Mediterráneo.

Se detuvo el avance hitleriano, y, con la decisión de Rommel de abandonar el sitio, dejó una amenaza y una provocación en su retaguardia..., comentó el periodista Moorehead.

Esta situación la provocó la falta de refuerzos, debido a que el Alto Mando alemán prefería volcar el material en el frente ruso. Luego, se inició una fase de «guerra entre caballeros», en la que nadie pudo vanagloriarse de sus triunfos, ya que el desierto es como el océano: jamás se encuentra uno con su emplazamiento fijo.

Sin embargo, el general Wavel, responsable de las fuerzas inglesas, sufría la insistente presión de Churchill, porque no llegaba la espectacular victoria que apagara la inmensa fama del Afrika Korps y de su comandante en jefe. Ya habían pasado los tiempos de los cómodos triunfos sobre los ejércitos italianos. Pero imaginaron que con la ofensiva del verano de 1941, a la que llamaron Battleaxe (Hacha de guerra), lograrían sus propósitos.

No tardaron en desvanecerse estos sueños de gloria, especialmente cuando Rommel concentró la xv División Panzer y la V División Ligera sobre los flancos del enemigo, que se hallaba temporalmente disperso. Y el terrible cañón antitanque germano de 88 mm causó estragos, con lo que los carros supervivientes tuvieron que huir sin pedir la aprobación de su Cuartel General, en Beresford-Pierce. Esto supuso la destitución de Wavel.

A la vez. que los servicios de propaganda nazi escribían con letras de oro el nombre de Erwin Rommel, y los medios de información aliados casi hacían otro tanto, éste mostraba un amplio derroche de humor castrense en las cartas a su esposa:

...Esta mañana he matado a dos chinches más, por fortuna fuera de la mosquitera. Las moscas acuden en bandadas, y mi pala «cazainsectos» va a resultar muy útil...

Nada de particular. El calor es espantoso, tanto de día como en la noche. Liquidé cuatro chinches. Mi cama ha sido colocada sobre cuatro latas llenas de agua, y espero que a partir de ahora las noches resulten un poco más tranquilas. Los demás lo pasan bastante mal a causa de las pulgas. Por fortuna a mi no me han tomado como su objetivo...

...¡Una noche sin chinches! Quizá maté al «último de los mohicanos». Por fin he conseguido también eliminar a las moscas...

...Ayer no pude escribirte, porque el estómago me volvió a molestar. La noche anterior nos sirvieron gallina; pero debía proceder de los tiempos de Ramsés II, porque después de hervir durante seis horas, estaba tan dura como el cuero, y mi estómago no ha podido resistirla.

Rommel sufría una dolencia gástrica muy acusada, que le imponía un severo control de sus comidas. Pero los dolores acentuados por el polvo del desierto y la sed, jamás le impidieron mantenerse en primera línea de todas las batallas.

A mediados de noviembre de 1941, Rommel viajó a Roma con el propósito de conseguir la autorización de atacar Tobruk con el grueso de sus fuerzas. Allí pudo encontrarse con su esposa durante unos días, hasta el 15, siempre con la atención puesta en los acontecimientos que seguían produciéndose en África.

Regresó a su puesto de mando antes de que se iniciara la «Crusader», que dirigían dos nuevos generales ingleses: Auschinleck y Cunningham. Estos contaron por vez primera con el factor sorpresa, lo cual les permitió un fácil avance durante los tres primeros días.

El 23 de noviembre el Afrika Korps destrozó todos los tanques de la VII Brigada Acorazada, casi aniquiló a la XII, y a la IV la dejó sin todo su Cuartel General. Esto hizo que Cunningham diera la ofensiva por perdida, lo que no pensó el otro Comandante en jefe. Y éste, al proseguir el ataque, consiguió que fracasara la amplia penetración de Rommel, llamada «la arremetida contra la barrera».

El error táctico de Rommel se debe achacar a la falta de un buen servicio de radiofonía, que le impidió estar al corriente de lo que iba sucediendo en todo el amplísimo campo de batalla. Así se vio perdido en el desierto durante dos fechas, provocando un enorme caos en el puesto de mando del Afrika Korps. El 27, una vez tomó contacto con sus oficiales, se vio obligado a aceptar la retirada hasta Gazala. Y realizó la operación con una insuperable maestría.

Mediante su acción personal, Auschinleck salvó la batalla y demostró sus relevantes cualidades como jefe y estratega, comentó Churchill, exultante del triunfo inicial. Porque la «Crusader» había cobrado el importante logro de demostrar que el Zorro del Desierto no era invencible.

Hasta finales de 1941 el Afrika Korps se limitó a defenderse de una forma muy bien organizada sin que su comandante en jefe perdiera su moral de victoria, como lo prueba en la carta que escribió a su esposa el 31 de diciembre:

Mis pensamientos, en este día de fin de año, se hallan más que nunca con vosotros, que significáis para mí toda la felicidad de este mundo. Mis valerosas tropas realizan sobrehumanos sacrificios. Las tres últimas jornadas, en las que hemos atacado sin descanso, contabilizan la destrucción de 111 tanques y de 23 vehículos blindados del enemigo. Las dificultades bajo las que hemos conseguido esta victoria no pueden ser descritas. De todos modos, creo que ha sido un buen final de 1941, lo que nos confiere renovadas esperanzas para 1942. Me encuentro muy bien. Un gallo y una gallina han logrado acostumbrarse a esta errante existencia, y corretean en libertad alrededor de mi coche...

El 19 de enero, Rommel decidió un nuevo avance, sirviéndose de un simulacro de acción sobre Mechill, con lo que consiguió tomar Benghasi, y limpiar la Cirenaica de enemigos. Esto le valió las espadas para su Cruz, de Caballero de la Cruz de Hierro —se convirtió en el sexto oficial de la Wehrmacht que recibía tan alta condecoración—, y se le ascendió a coronel general.

Rommel había coronado con éxito su última campaña gracias a los aprovisionamientos llegados a Trípoli el 5 de enero. Por este motivo, viendo que cada vez era más acusada la falta de repuestos y de alimentos, no dudó en ir personalmente en busca de ellos.

Pero le fueron negados, tanto por Mussolini, con el que se entrevistó en el Palacio de Venecia, como por Hitler al que vio en varias ocasiones durante los dos días que permaneció en el Cuartel General.

—El Führer me ha deseado toda la suerte de mundo, y no me ha dado nada de lo que le he pedido —confió a su ayudante.

Algo más le había sucedido por aquellas fechas: el general Halder, jefe del Estado Mayor Central, le hizo un comentario demasiado grave.

—¡Rommel, está usted librando allá abajo una batalla perdida!

Esto sirvió para que germinara la desilusión en el ánimo del excepcional militar.

Ajenos a las preocupaciones de su gran enemigo, el general Auschinleck, comandante en jefe de las fuerzas británicas en África, cursó esta orden a todas sus divisiones:

...Es muy de temer que nuestros soldados lleguen a considerar al amigo Rommel, ese Zorro del Desierto como una especie de «bruja» o de «coco», por lo que queda prohibido mencionar su nombre al referirse a las tropas alemanas...

Meses después, la falta de aprovisionamiento volvió a provocar que el Afrika Korps abandonara la Cirenaica. Sin embargo, el 26 de mayo de 1942, materializaría el golpe más duro que, después de Dunkerque, haya recibido el imperio británico en toda su historia.

La batalla ha de distinguirse en cuatro períodos. El primero se desarrolló del 26 al 29 de mayo, y se centró en el aniquilamiento de todas las fuerzas británicas que se hallaban en la retaguardia. El segundo, cubrió las fechas del 3 al 9 de junio, y vio la extraordinaria defensiva de los ejércitos alemanes situados en «Caldero». El tercero, del 11 al 13, culminó con la derrota de los blindados enemigos. Y el cuarto y final, del 18 al 21 de junio, materializó la conquista de la inexpugnable Tobruk.

Pero la batalla no pudo empezar peor para el Afrika Korps, pues Rommel se encontró con que los cañones ingleses disparaban con una nueva munición de 75 mm. Esto provocó una momentánea confusión, que fue agravada por la lluvia de bombas que descargaba la RAF. Durante varias horas los alemanes se vieron cercados, hasta que los zapadores abrieron un pasillo por los campos de minas.

Luego, se lanzaron a la conquista de varias posiciones fortificadas debido a que como el mismo Zorro del Desierto expuso a un general inglés prisionero, poco me importa el número de tanques con que ustedes cuenten; mientras los sigan empleando por separado, yo los iré destruyendo, uno por uno, con la mayor facilidad.

El 16 de junio de 1942 el frente británico quedó roto gracias a una obra maestra de la estrategia militar. Y Tobruk, la «inexpugnable» fortaleza, acabó cayendo en poder alemán: el bombardeo en picado de los Stukas, unido al trabajo casi suicida de los zapadores, consiguió abrir un camino a los «panzers». Y en la mañana del 21, el nombre de Rommel apareció en grandes titulares en los periódicos de todo el mundo.

Esto supuso que el primer ministro Churchill y el presidente Roosevelt, que se hallaban conferenciando en Washington, creyeran que el gran triunfo del III Reich iba a suponer el inminente derrumbamiento de las posiciones aliadas en el Mediterráneo.

A muchos historiadores y especialistas bélicos les resulta muy difícil entender cómo Rommel, que padecía dolorosos ataques gástricos y la ictericia, pudo dirigir un combate tan importante y decisivo. Durante toda su estancia en África fue un enfermo, pese a toda su vitalidad, y a su inagotable energía, escribió uno de sus oficiales.

Por otra parte, los ingleses habían contado con poderosos efectivos: los tanques norteamericanos Grant, que eran superiores a los alemanes en blindaje y en potencia, y los cañones de seis libras, que vinieron a equilibrar el devastador efecto de los cañones germanos de 88 mm.

¿Cómo logró superar Rommel el contraataque del enemigo? Contamos con la respuesta en su inmensa pluma:

...Calculé que las brigadas mecanizadas británicas seguirían haciendo progresar a sus unidades avanzadas contra nuestras bien organizadas defensas, con lo que quemarían sus fuerzas en la progresión. Por lo que monté una barrera lo suficientemente elástica y movible...

El historiador sir Basil Liddell Hart ha analizado con rigor la táctica empleada por el Zorro del Desierto:

Al contar con un respiro, lo aprovechó para reorganizarse, queriendo servirse de todas las ventajas de la defensa —siempre que se realiza eficazmente— con objeto de reducir la superioridad numérica de los británicos. Mediante esta «endiablada» táctica preparó el camino para efectuar, en los días siguientes, una de sus más decisivas defensas. Como la mayoría de los soldados dinámicos, se sentía inclinado a desdeñar la defensa, pero cuando las circunstancias le obligaban a adoptarla, mostraba una clara intuición respecto a la sutileza de esta técnica, y en tan genial cualidad radicaba la base de sus victorias.

Era algo más que se advertía en cada una de las decisiones de Rommel, de un hombre volcado por entero en una empresa, sólo puede calificarse con una palabra: genialidad.

Conviene recordar este gran triunfo, para lo cual recurrimos a los escritos de Mellenthin:

A las cinco de la mañana me hallaba con Rommel. Veinte minutos después nos sobrevolaron los Stukas, que picaron sobre el perímetro, realizando uno de los ataques más espectaculares que yo he visto nunca. Al mismo tiempo, toda la artillería alemana e italiana se unió al bombardeo, con un tremendo fuego muy bien coordinado. Y esta vez el asalto había sido cuidadosamente organizado, concentrando todas las fuerzas en el punto clave de la zona sudoriental. La guarnición contaba con el mismo número de hombres que en 1941, pero carecía de la resolución de conservar a Tobruk a toda costa. A las 9.45 horas del 21 de junio. Rommel anunció a todos los ejércitos acorazados; «La plaza fuerte de Tobruk ha capitulado».

La triunfal orden del día que escucharon las fuerzas alemanas resulta la mejor descripción de su victoria: «¡Soldados! La gran batalla ha quedado coronada por vuestra conquista de Tobruk. Hemos apresado un total de 45.000 prisioneros, y destruido y capturado más de mil vehículos blindados y unos cuatrocientos cañones. A lo largo de la dura lucha de las últimas cuatro semanas, gracias a vuestro incomparable valor y a la tenacidad volcada en la empresa, hemos asestado al enemigo golpe tras golpe. Vuestro espíritu de ataque ha privado al adversario de lo mejor de sus fuerzas, las cuales se disponían a realizar una ofensiva. Los hemos privado, sobre todo, de sus poderosos blindados. ¡Mis especiales felicitaciones a los oficiales y a los soldados por esta magnífica victoria! ¡Soldados del Ejército Panzer de África, en marcha hacia la completa destrucción del enemigo! ¡No descansaremos hasta haber destruido los últimos restos del VIII Ejército británico! En los días que han de venir, he de pediros un esfuerzo más para alcanzar este objetivo final.

Rommel

Al día siguiente el Zorro del Desierto fue ascendido a mariscal de campo por orden directa de Hitler.

Rommel se encontró con un Afrika Korps exhausto y falto de aprovisionamiento —su eterna pesadilla—; pero era consciente de que el VIII Ejército de Auschinleck se veía en peores condiciones.

...Si consiguiéramos destruir los maltrechos restos de las fuerzas enemigas, que han escapado de las batallas de la Marmarica, así como a sus dos divisiones de refresco —lo cual es posible—, los ingleses no dispondrían en Egipto de nada capaz de oponerse a nuestro avance hasta Alejandría y el Canal de Suez.

El 26 de junio reanudó la ofensiva, deseando explotar sus anteriores victorias, a pesar de las fatigadas tropas que se hallaban a su mando. Tampoco le arredró que los bombardeos enemigos hubieran destruido el convoy de aprovisionamiento que tanto esperaba, porque contaba con la reserva que suponían los repletos almacenes que había encontrado en Tobruk. Y el 29 pudo escribir a su esposa:

La batalla de Marsa Matruh ha sido ganada, y nuestras unidades de vanguardia se encuentran a sólo 200 kilómetros de Alejandría. Unos obstáculos más y habremos alcanzado nuestra meta. Creo que lo más difícil ya ha pasado. Me encuentro bien...

La meta de Rommel era la quimera del golpe definitivo, cuya conquista parecía fiarse en los aprovisionamientos que iba capturando en las posiciones enemigas, ya que únicamente le habían llegado tres mil toneladas las sesenta mil que debía haber recibido en el último mes.

El Zorro del Desierto solicitó el permiso de Hitler y de Mussolini para lanzar el ataque con todo el grueso de sus fuerzas, y recibió esta respuesta: La diosa de la victoria solo sonríe una vez en la vida. Pero los tres personajes no cayeron en la cuenta de que jamás conseguirían llegar al Canal de Suez mientras no conquistaran la principal fuente de avituallamiento del enemigo: Malta.

Esto no impidió que el Afrika Korps avanzara más de 400 kilómetros, alentado por la invencible voluntad de su comandante en jefe. Esto provocó el pánico en todo Egipto: las carreteras y los caminos quedaron bloqueados por los soldados ingleses en retirada, así como por los camiones de abastecimiento y de municiones que habían sido destruidos; en el delta del Nilo se apresuraron las defensas entre los diques y los canales; en El Cairo se impuso el toque de queda, y la flota inglesa huyó materialmente ante la proximidad de «una leyenda viva» que jamás sería detenida.

Sin embargo, el mítico Rommel y sus fuerzas se hallaban dañadas por la fatiga, y si continuaban su progresión era porque se veían movidos por una voluntad fuera de toda lógica humana: la fe en el líder que siempre se mantiene en primera línea, provocando el disciplinado avance que permite olvidar el cansancio de los músculos. Peor al encontrarse frente a la barrera de El Alamein, fueron sacudidos por la XC División Ligera, que mandaba el general Auschinleck.

El 1 de julio, las fuerzas del Eje cedieron por su punto más débil, los italianos: Un ataque de los neozelandeses contra el Ariete obtuvo un éxito completo. El enemigo capturó veintiocho de los treinta cañones, y cuatrocientos hombres cayeron prisioneros, a la vez que el resto se entregaba a una cobarde desbandada, escribió el propio Rommel.

El daño sería mucho peor: el Afrika Korps se vio obligado a olvidar el ataque contra El Alamein, para acudir en auxilio de las divisiones Brescia y Pavía.

El Zorro del Desierto había inventado la estrategia del desierto, y los ingleses habían sido sus torpes cobayas que, con el transcurso del tiempo, acabaron por convertirse en unos aventajados alumnos: Auschinleck asestó sus mejores golpes en las barreras defensivas, después de haber estado retrocediendo aparentando una cierta debilidad, como antaño hiciera el general maestro.

Aunque las pérdidas inglesas en este combate de El Alamein fueron más elevadas que las nuestras, el precio que el general Auschinleck tuvo que pagar no fue excesivo, dado que lo único que importaba era detener nuestro avance, y esto, desgraciadamente, lo consiguió, escribió el propio Rommel en sus Memorias.

No obstante, este evidente triunfo no satisfizo a Churchill, pues en la conferencia de El Cairo, ante todos los delegados presentes, no dudó en gritar:

—¡Rommel, Rommel, Rommel! ¿Qué otro objetivo podemos conseguir sino derrotar a ese «monstruo»?

Esto supuso la destitución de Auschinleck, que había sitio el elemento providencial del VIII Ejército, poniendo en su lugar al general Montgomery.

Rommel se lanzó al ataque en lo que se ha dado en llamar la carrera de los seis días, en el momento que recibió los anhelados refuerzos: la 164 División alemana, la Brigada Ramcke de paracaidistas, la División aerotransportada italiana Folgore, 200 carros de combate equipados con cañones de 50 mm, y 27 con cañones largos de 75 mm. Su propósito era conquistar la posición de Alam Halfa, que era la llave de El Alamein.

Nuestras tropas se tropezaron con un amplísimo e insospechado cinturón de minas, que los zapadores no consiguieron abrir, porque se hallaban a más profundidad de lo normal... Poco después, los bombardeos de la RAF empezaron a machacar el sector que ocupábamos nosotros. Y por medio de bengalas lanzadas en paracaídas, las cuales convertían la noche en día, precisaron la granizada de proyectiles...

Por la pluma de Rommel podemos conocer las primeras dificultades, a las cuales se sumaron un centenar más por culpa de que los ingleses habían aprendido una lección del Afrika Korps: atraer a los blindados enemigos a posiciones bien defendidas, donde eran destruidos. Montgomery ganó la batalla por medio de este único recurso.

Después de la sexta noche decidí suspender el combate, para retirarnos a la línea de El Taqua-Bab el Qattara. Mis motivos se basaban en la grave situación creada por los ataques aéreos, y por el catastrófico estado de nuestros aprovisionamientos. La ofensiva ya no contaba con ninguna posibilidad de triunfo, en parte por carecer de gasolina y de protección aérea, y sobre todo, porque nuestra escasez de material había decidido la batalla...

El 23 de septiembre, Rommel tuvo que obedecer los consejos de su médico personal y cedió el mando del Afrika Korps a los generales Von Thoms y Stumme. Realmente necesitaba restablecerse de los enormes sufrimientos a que le sometía su dolencia gástrica. Era un hombre de carne y hueso, además de un mito, y por eso ya fue incapaz de aguantar más después de dos años de permanente combate en primerísima línea.

En Alemania volvió a centrarse en la cuestión del aprovisionamiento de sus hombres, pero se encontró con falsas promesas: el propio Hitler le anunció el envío de una fuerte dotación de los mejores carros de combate y de un sofisticado equipo de lanzacohetes. Esto jamás se haría realidad.

Tras su conferencia en el Cuartel General sin ninguna fe en haber logrado sus propósitos se dirigió a Semering, en las proximidades de Viena, dispuesto a recuperarse de su enfermedad estomacal. No lo conseguiría por culpa de la marcha de los acontecimientos bélicos: Montgomery había dado la orden de ataque.

La ofensiva comenzó el 24 de octubre. Y ésta era la relación de fuerzas entre los dos ejércitos contendientes; los ingleses disponían de 230.000 hombres, 1.351 carros de combate, 1.400 cañones antitanques y 1.200 aviones; las fuerzas del Eje únicamente contaban con 80.000 hombres, de los que 27.000 eran alemanes, 260 carros blindados y una cantidad aproximada de tanques italianos que eran pura chatarra, 24 cañones de 80 mm y 345 aviones.

Otra circunstancia favoreció a los ingleses: el mariscal Rommel, que estaba enfermo, se hallaba por entonces en Alemania, y uno de sus sustitutos, Von Stumme, cometió un gran error: distribuyó el conjunto de sus tropas más o menos por igual a lo largo de todo el frente. Le habría valido más que hubiera conservado reunidas sus mejores unidades hasta comprobar el cariz que tomaba la batalla; pero las situó en lugares donde resultaba muy difícil reagruparlas si se las necesitaba para nuevos y rápidos desplazamientos.

...El Zorro del Desierto se enfureció al comprobar aquel enorme caos. Realmente Von Stumme se había dejado engañar por las intencionadas concentraciones de vehículos que se descubrían en la retaguardia enemiga. Y tan sólo, cuando ya era demasiado tarde comprendió cuál era el punto exacto al que iba a dirigirse la verdadera ofensiva, escribió el periodista Moorehead.

A lo largo de diez días los aliados dispararon con sus cañones más de un millón de proyectiles contra el punto elegido para la rotura del frente. Pero, en el momento que lanzó sus blindados al ataque, Montgomery comprobó que la superioridad del material no le permitía reducir el ímpetu de los hombres de Rommel: todos los prisioneros se hallaban heridos, y a la mayoría de ellos hubo que sacarlos de los restos de los tanques o de las posiciones que se habían empeñado en defender hasta la muerte.

Pasados los doce días, el VIII Ejército había perforado por varios puntos vitales las posiciones defensivas del Afrika Korps, lo que obligó al «invencible» mariscal a maniobrar en campo abierto, como única forma de no permitir que sus hombres fueran totalmente aniquilados. Sin embargo, antes de retroceder en dirección a una posición más segura consultó mediante un telegrama con el Cuartel General.

Hitler leyó el texto de su mejor oficial a la mañana siguiente, debido a que el encargado no quiso despertarle. Su reacción fue degradar a su «protector» e insultar a Rommel, inmediatamente, al que le envió una «orden del Führer»:

¡El Ejército de África dará inmediatamente la vuelta para recuperar sus posiciones!

Esta obstinación del dictador no produjo el efecto deseado: el frente de El Alamein quedó roto, y las fuerzas alemanas debieron batirse en retirada, siempre bajo el constante hostigamiento del enemigo. Así se completó la gran derrota, a la que el mismo Rommel concedió esta dramática importancia:

La batalla de El Alamein volvió contra nosotros el resultado de la guerra de África, significando, también, el punto culminante de la vasta contienda en la que todos nos veíamos empeñados.

El gran vencedor de El Alamein fue Montgomery, porque supo aprovechar las amargas experiencias de los generales que le habían precedido en el mando del VIII Ejército. Además, mientras nuestros suministros se veían disminuidos hasta alcanzar cantidades irrisorias, los buques americanos y británicos llevaban al norte de África cargamentos de material muy superiores a los recibidos por Wavel o por Auschinleck.

Montgomery calculó de manera precisa hasta los menores detalles. Dejando a un lado las teorías académicas se condujo de acuerdo con sus experiencias. Nada más llegar a El Alamein, demostró poseer ideas muy avanzadas, extrayendo por sí mismo las necesarias consecuencias de los hechos y adaptando su método a las mismas. Mantenía por principio no librar una batalla hasta no estar convencido de que iba a ganarla. Desde luego, esto sólo se logra disponiendo de grandes cantidades de material.

Le considero más estratega que táctico. El mando de las fuerzas en combate móvil no era su fuerte, aunque como pude comprobar, daba preponderancia a ciertos principios tácticos. En el campo de la estrategia alcanzó éxitos notables, sobre todo durante la ofensiva de invasión.

Considerando las circunstancias de una manera global, los ingleses cometieron un gran error al reemplazar constantemente a sus generales, pues así obligaban a los recién llegados a aprender las mismas hirientes lecciones que sus antecesores. Ya he dejado escrito que Montgomery no cayó en este error, sino que aprendió de las derrotas que le habían conducido a África de la mano de Churchill...

El 8 de noviembre de 1942 se produjo el desembarco aliado en el norte de África, con lo que dio comienzo la «Operación Torch». Y las fuerzas alemanas quedaron apresadas entre dos fuegos.

Entonces, la mente lógica y realista del mariscal Rommel llegó a una única conclusión: se debía abandonar África antes de recibir el golpe de gracia, para reunir todas las fuerzas en una posición defensiva situada en la costa septentrional del Mediterráneo.

En el momento que hubo sopesado concienzudamente esta idea y, mientras continuaba el ordenado repliegue a través de la Cirenaica, solicitó al Cuartel General una entrevista personal con Hitler. Pero no recibió ninguna respuesta, lo que le obligó a insistir, porque el frente no dejaba de ser desbordado por el enemigo.

En vista del silencio de sus superiores, una noche tomó un avión y llegó a Rastenburg, donde se encontró con la más tría expresión del dictador, el cual le preguntó:

—¿Cómo se ha atrevido usted a abandonar sus tropas sin mi autorización?

—Mi Führer, la situación en África exige imperiosamente que yo pueda hablar personalmente con usted, para exponerle mis ideas acerca del desarrollo de los acontecimientos...

Las explicaciones del mariscal de campo fueron claras, rotundas y muy sinceras: la retirada del f rente africano no significaba una derrota, sino el medio más inteligente de utilizar unas importantes fuerzas en la defensa de todas las posiciones europeas que el III Reich seguía manteniendo en el Mediterráneo. Porque la única forma de combatir al ejército aliado era contando con divisiones de refresco, con un fuerte contingente de aviones y con unos aprovisionamientos parecidos a los que recibía el enemigo.

—¡Me niego a oírle hablar de retroceso! —fue la airada réplica de Hitler—. ¡Hay que permanecer en África a toda costa! ¡Le impongo que defienda sus posiciones! —Entonces su rostro se desencajó, y exclamó fuera de todo control emocional—: ¡Váyase fuera a esperar mis órdenes! —Pero, dándose cuenta de que se estaba dirigiendo a su mejor oficial, intentó rectificar—: Compréndame. Si en el invierno de 1941-1942 hubiera hecho caso a mis generales, me hubiese resultado imposible avanzar el frente oriental. Entonces me negué a ello, y el éxito me dio la razón. También esta vez mantendré mi parecer, y el triunfo volverá a darme la razón en África. ¡Mis ojos ven más que los de mis generales!

A pesar de las órdenes de Hitler, el Zorro del Desierto se dispuso a organizar su ejército de forma que sufriera el mínimo número de bajas. Sabía que todos sus hombres eran veteranos, disciplinados héroes que se veían dañados por el cansancio que se negaban a reconocer —como le sucedía a él—, por eso no podía enviarles a un suicidio masivo, igual que estaba ocurriendo en Rusia.

El 16 de febrero de 1943, el Afrika Korps llegó a la Línea Mareth, siempre luchando por cada metro que se perdía. No obstante, tres semanas antes, saltó la noticia de que Rommel sería relevado por el general Von Armin, debido a su precario estado de salud.

Dado que este momento iba a retrasarse algunas semanas, el mariscal de campo siguió en la brecha. Y se lanzó a la ofensiva, queriendo aprovechar que el Primer Ejército aliado se hallaba muy disperso por el desierto. Los primeros golpes fueron certeros, tan eficaces como en los mejores tiempos, pero duraron muy poco: Von Armin se negó a obedecer sus órdenes, y organizó el ataque de forma que dividió las fuerzas del Afrika Korps —acaso pensando en no aumentar las alas del mito al que iba a reemplazar— y siguieron faltando los aprovisionamientos.

El 9 de marzo, Mussolini consiguió que Rommel fuese retirado del campo de batalla. Dos días más tarde, éste recibió de manos de Hitler las Hojas de Roble con Espadas y Diamantes para la Cruz, de Caballero de la Cruz de Hierro. Y a mediados de mayo, la marcha de los acontecimientos dio la razón a quien la tenía: los ejércitos aliados consiguieron un botín de casi trescientos mil soldados enemigos, y África se perdió definitivamente.

—Debí seguir su consejo, mariscal —reconoció el propio Führer—, pero yo supongo que ya es demasiado tarde.

A finales de julio, Rommel se incorporó como jefe al Estado Mayor de Trabajo, quedando bajo la única y directa dependencia de Hitler. En este nuevo destino se vio rodeado de algunos de sus más fieles colaboradores, y pudo obtener un exacto conocimiento de la marcha de la guerra.

Por otra parte, como todos los días participaba en dos largas conferencias con el Alto Mando del III Reich, adquirió la certeza de que el Führer se veía rodeado de una pandilla de aduladores, los cuales no debían seguir ocupando cargos tan importantes.

Y su encuentro con el mariscal Von Manstein, responsable de las fuerzas alemanas destinadas en el frente ruso sirvió de catalizador de una peligrosa iniciativa: el inmediato relevo de todo el Alto Mando de Hitler, con el fin de que éste se viera asesorado por auténticos militares de campaña.

Así fue como Rommel, el mítico Zorro del Desierto, sintió nacer en su mente una responsabilidad política, la cual iba más allá de sus obligaciones como estratega y hombre de las armas. Pero no suponía un acto que pudiera tacharse de traición: pues es obligación de todo ser humano enfrentarse a las normas, a las ordenanzas, si éstas le impiden seguir los dictados de su propia conciencia.

Von Manstein se encargó de la difícil e ingrata misión de comunicar al Führer la necesidad de sanear drásticamente el enorme cuadro de sus colaboradores más directos. Esto supuso una auténtica denuncia de la errónea forma de conducir la guerra.

—No puedo satisfacer sus deseos —respondió Hitler—. Desde luego, he perdido la confianza que tenía en usted. Pero me cuidaré de que se le conceda un buen retiro, para que pueda abandonar el servicio de la forma más honorable.

Ocho días más tarde, el importante militar, cuya hoja de servicios sólo podía indicar que no era un demente y sí un hombre íntegro y fiel a su conciencia, fue destinado a una posición secundaria. Y quedó bajo vigilancia de la Gestapo. Esta amenaza se mantendría como su sombra hasta el día de su muerte.

El 25 de julio de 1943, Rommel llegó a Salónica, para encargarse de la defensa de Grecia. Sin embargo, la caída de Mussolini, obligó a que el Cuartel General alemán cambiara todos sus planes. Lo importante era defender la península italiana.

Y cuando el gobierno de Roma firmó el armisticio con los aliados, el ex comandante en jefe del Afrika Korps volvió a demostrar sus cualidades de gran estratega: desarmó a los cuarenta mil soldados de guarnición en Milán con una falsa alarma aérea, que le sirvió para reducir al «nuevo enemigo» en el momento que estaba abandonando los refugios subterráneos. Esta jugada de astucia, tan propia de un «zorro», pareció devolverle la confianza del Führer.

Sólo fue un espejismo provocado por la innata sinceridad de Rommel, y por estas afirmaciones de Hitler:

—Tiene usted toda la razón, mariscal. Se hará cargo del mando supremo de Italia.

La verdad es que este destino cayó en manos del general Kesselrin, el cual era partidario de sostener el frente italiano desde el sur y defendiendo cada palmo de terreno; mientras que la idea del mariscal de campo era más ambiciosa y lógica: detener al enemigo por medio de las divisiones acorazadas y la aviación, con el ánimo de fortificar los Apeninos y los Alpes, de forma que se convirtieran en una inexpugnable barrera.

La obsesión del dictador de preferir sacrificar las vidas alemanas, en aras de un mal entendido concepto del valor, alimentó en Rommel un mayor deseo de seguir al lado de los conjurados.

En octubre de 1943, el Zorro del Desierto fue enviado a Francia al mando del Cuerpo de Ejército B. Desde este destino, pudo irse enterando como el frente italiano suponía un irrecuperable desgaste para las fuerzas alemanas, sobre todo por el absurdo derroche de vidas humanas.

Se hallaba alojado en el castillo del duque de Rochefoucauld, que se alzaba en la Roche-Guyon, a orillas del Sena, y le rodeaba un inmenso lujo. Cierto es que disfrutaba muy poco de estas ventajas, tan opuestas a las privaciones que sufrió en África, ya que le preocupaban las grandes zonas vulnerables que presentaba toda «la muralla del Atlántico».

Se cuidó personalmente de este enorme complejo de fortificaciones, aunque no confiaba en que sirviera para contener un masivo ataque de la aviación enemiga.

En enero de 1944, recibió la visita de varios altos oficiales, los cuales le ofrecieron que cambiara su papel de «títere» de la ineficaz barrera defensiva por el de «león», pasando a convertirse en el jefe del movimiento de resistencia berlinés contra Hitler.

—¿Se da cuenta que la propaganda que el partido ha montado en torno a la Muralla del Atlántico y a su persona no es más que un falaz intento de disimular la verdadera situación valiéndose de su nombre y de su fama? ¿Ha advertido que, como la defensa se hundirá sin remedio, esa misma propaganda le tomará a usted como cabeza de turco?

Las preguntas de Stroelin, burgomaestre de Sttugart, dejaron a Rommel muy preocupado; y al fin contestó:

—No estoy conforme, en absoluto, con todo ese ruido que se ha montado en torno a mi persona, y tengo la misma opinión que usted respecto a sus negativas consecuencias.

—Así, pues, ya ve cuanto conviene que dé usted el paso que todos nosotros juzgamos tan indispensable, y que se decida a intervenir personalmente.

—También yo creo que debo comprometerme, para lograr la salvación de Alemania —fue la responsable contestación del Zorro del Desierto.

Los conjurados se reunieron en diferentes ocasiones, siempre adoptando las mayores precauciones para no ser descubiertos por la Gestapo. Pero el desarrollo de los acontecimientos bélicos se anticipó a cualquier otra iniciativa personal: Rommel solicitó permiso al general Jodl, su superior en Francia, para entrevistarse con Hitler, así como le preguntó si podía trasladarse a Ulm, con motivo del cumpleaños de Lu, su esposa. Y, nada más llegar a su casa, fue informado de que se había producido el temido desembarco aliado en Normandía.

El 17 de junio, once días después de la invasión aliada, Rommel tuvo la ocasión de plantar cara al Führer, y le habló como no lo había hecho antes ningún otro oficial alemán: predijo la caída de Francia, debido a la falta de refuerzos y solicitó la retirada de los Servicios de Seguridad, cuya impopularidad había desatado el odio del pueblo francés.

—¡No se cuide usted de esas cosas, ni del desarrollo de la guerra, sino únicamente de su sector de operaciones! —gritó Hitler airadamente—. Admito que el número de divisiones enemigas es superior al que me proporcionó, en un principio, nuestro servicio de inteligencia. Pero tengo una gran confianza en las bombas «V», una de nuestras armas secretas, que ayer comenzaron a bombardear Londres.

—¿Por qué no son arrojadas contra las cabezas de puente enemigas? —exigió Rommel.

—Eso sería imposible en la actualidad —contestó el oficial responsable de las famosas «V-1», sintiendo sobre él la fría mirada del Führer—. La dispersión del enemigo, su movilidad, impide asegurar un blanco fijo, y ofrece el riesgo de que alcanzásemos a nuestro propio ejército.

La situación cobró un dramático tinte cuando el Zorro del Desierto, con implacable sinceridad, mencionó de nuevo la absoluta inferioridad de la Luftwaffe.

—Yo he sido el primer engañado respecto al desarrollo de nuestra aviación —se desesperó el dictador—. ¡Las noticias que me han venido dando, sobre el número de aparatos y sus plazos de entrega, jamás se han cumplido!

—Mi Führer, debo advertirle que en el frente se tiene demasiado la impresión de estar ejecutando decisiones tomadas «en torno a una mesa», y de que los problemas más candentes no se resuelven con la debida competencia —remachó Rommel con una dignidad que aturdió a todos los presentes.

Alrededor del 10 de julio de 1944, el teniente coronel Von Hofacker celebró dos entrevistas con Rommel, al que propuso dar un golpe de estado, porque usted, mariscal, es el militar más popular de Alemania.

Pocos días más tarde, el mítico Zorro del Desierto siguió el camino de la legalidad al enviar una memoria a Hitler, en la cual le demostraba con los datos más exactos que era imposible ganar la guerra, con los que Alemania sería devastada en el espacio de unos meses, y finalizaba:...por tanto, mi Führer, le pido que sin demora saque las consecuencias políticas que de ello se deducen.

Era una petición de abandono del mando del III Reich, redactada en unos términos que nadie se había atrevido a emplear hasta entonces. Sin embargo, tardó en conocer las consecuencias, debido a que el destino volvió a anticiparse por medio de las ametralladoras de un caza enemigo.

El 17 de julio, cerca de Livarol, en la región francesa de Calvados, el mariscal de campo sufrió cuádruple fractura de cráneo, así como numerosas heridas de metralla en la cara, cuando viajaba en su coche. Se le efectuó la primera cura en un hospital de los alrededores de París. Y, nada más ser trasladado a su casa, quedó bajo los cuidados de los doctores Albrecht y Stock, dos eminentes profesores de la Universidad de Tubinga, los cuales le salvaron del «primer aviso» de la muerte.

El 20 de julio se produjo el fallido atentando contra Hitler, cuya recia mesa de roble, en la sala de conferencias del Cuartel General, resistió la explosión de una bomba colocada por el coronel Von Stannffenberg.

Las consiguientes investigaciones trajeron consigo que Rommel se viera incluido en la lista de los conjurados. Algunos de éstos fueron ajusticiados de inmediato, mientras que a los más importantes se les reservó algo más discreto. Al mismo tiempo, el pueblo alemán era engañado, conducido al holocausto, por medio de la propaganda sobre unas poderosas «armas secretas».

Rommel se hallaba convaleciente cuando la campaña de Normandía llegó a su fin, sin que sus cálculos, lo mismo que había sucedido en los frentes de África y de Italia, fueran desmentidos por el desenlace de la invasión.

A primeros de agosto, la Gestapo se dejó ver en Herrlingen, el pueblo donde residía el Zorro del Desierto.

...A las 3,30, el capitán Aldinger, ayudante de mi marido, se encaró con dos hombres, uno de los cuales llevaba unas gafas azules, pues hacía unas horas que estaban vigilando nuestra casa desde un altozano, escribió Lucie María Rommel.

El 14 de octubre, la presencia de los generales Burdorf y Maisel inundó con un halo de tragedias la tranquila residencia. Horas después, el ex comandante en jefe del Afrika Korps contó a los suyos:

—Hitler me manda decir que, si acepto tomar un veneno, no os sucederá nada, seréis respetados...

Nadie tuvo fuerzas para responderle.

La muerte del mariscal Erwin Rommel no ha sido lo suficientemente explicada por la Historia. Se cree que el veneno le fue suministrado por los generales que le obligaron a subir a un coche, en el que partieron en dirección a Wippergen-Blanbanren. Pocos aceptan que él tomara voluntariamente esta decisión, dado que sus creencias religiosas y morales eran contrarias a cualquier forma de suicidio.

El pueblo alemán se enteró del fallecimiento de su héroe a consecuencia de un accidente de coche ocurrido en Francia, veinticuatro horas después del asesinato. Las honras fúnebres resultaron impresionantes, demasiado exageradas. Los historiadores fueron más justos y concluyentes: Rommel había sido un gran militar y un patriota auténtico.

(Los alemanes de hoy saben que el mariscal Erwin Rommel se hallaba profundamente compenetrado con su pueblo, y que para dar forma a su patriotismo había adoptado la noble fórmula de la «ciudadanía del mundo» de Goethe, concebida por Gottfried Keller: Desconfía de todo hombre que presuma de no amar ni tener ninguna patria, pero desconfía igualmente de aquel que limita sus horizontes a las fronteras, para el cual todo se reduce a haber nacido por azar en tal o cual país, o que no ve en el extranjero más que un vasto campo para el pillaje o para la explotación en provecho de su propia patria. Ciertamente, también es una de las características del verdadero patriotismo el que yo pueda vivir en un feliz y perpetuo asombro de haber nacido precisamente en este país y bendigo el azar que así lo quiso; pero esta hermosa característica debe ser purificada por el amor y la estima a los extranjeros. Sin el íntimo y fecundo sentimiento de ser un ciudadano del mundo y sus serenas perspectivas, el patriotismo resulta vacío y estéril y sin vida».

Rommel forma parte de los grandes héroes, de ésos que quedan registrados en la Historia, y son reconocidos por amigos y enemigos como los mejores representantes de una clase de seres humanos excepcionales.

Algo muy distinto deberíamos contar de Hitler, el cual permitió la destrucción total de su país, debido a que nunca pudo aceptar la idea de la rendición incondicional, al ser el responsable de la matanza de seis millones de judíos, en los que debemos incluir a otras minorías étnicas. Prefirió morir en Berlín, el 30 de abril de 1945, junto a algunos de sus allegados. Nosotros creemos que en esta fecha ocurrió el fatal desenlace, aunque son muchos los historiadores que opinan lo contrario. Hasta se cuenta con autores capaces de asegurar que el Führer falleció en el atentado de 1944, y que en el bunker berlinés se encontraba un doble. Sin embargo, ésta es otra historia, que Victoria Robbins expone en su libro «El enigma de la muerte de Hitler», publicado recientemente por nuestra Editorial.)