La muerte de Rasputín

VERSIÓN LITERARIA DE LA CONFESIÓN DEL PRÍNCIPE FÉLIX YUSUPOV, SU ASESINO

Félix Yusupov

Gregori Efimovitch Rasputín nació en Pokróskole (Siberia Occidental) en 1864 ó 1865. Desde el seno de una familia de campesinos terminó convirtiéndose en un taumaturgo que, al ser capaz de curar al zarevich Alexis de la hemofilia, lo que no habían conseguido los más famosos médicos del mundo, se convirtió en el protegido de la emperatriz Alejandra.

Pero antes había aparecido en San Petersburgo como un staretz, o un hombre de Dios que vivía en la pobreza, el ascetismo y la soledad. Todo un hábil montaje, cuando en realidad mantenía una vida oculta de lo más libertina. Porque era un jlysty convencido, es decir, creía que para llegar a la máxima perfección se debían cometer los pecados más atroces, «ya que Dios sentía un mayor agrado al perdonar a los grandes pecadores».

Una vez consiguió el favor de la emperatriz, supo dominarla de tal manera que en el palacio de los zares no se movía ni un solo hilo sin que él lo supiera. Esto le permitió actuar como un dictador, sin dejar en ningún momento de montar orgías con las damas más importantes de Rusia y, lo peor, contar con los más crueles servidores. Todo un monstruo, que sólo pensaba en enriquecerse. Sin embargo, cometió el error de creerse invencible. Por eso le sucedió lo que contamos seguidamente...

A las once de la noche del 28 de diciembre de 1916 el príncipe Félix Yusupov consideró que todo se hallaba dispuesto en el sótano. Ya no era la estancia lúgubre de días anteriores, al contar con unos muebles confortables, un samovar humeante y los pasteles y las golosinas que encantaban a Rasputín.

Sobre un aparador se alineaban varias botellas y un conveniente número de vasos. La iluminación provenía de unas antiguas linternas de cristales de colores, que habían sido colgadas en el techo y en algunas de las paredes. También se disponía de un hogar, en el que crepitaban unos gruesos leños tan vivamente que, de cuando en cuando, desprendían algunas chispas sobre las losas. El ambiente no podía ser más invitador, como si se hubiera creado un paraíso en exclusiva, capaz de seducir al mayor criminal de Rusia. Toda una trampa de sensualidad.

De repente, el sonido de un timbre anunció la llegada de Demetrio y del resto de los cómplices. El príncipe Yusupov se cuidó de hacerlos pasar con el mayor sigilo, hasta dejarlos en el comedor. Todos se quedaron en silencio, impresionados. No tuvieron necesidad de hablar para compartir la idea de que aquél era el escenario ideal para el asesinato del monstruo.

Se diría que estaban en medio de una ceremonia, de ahí que se sintieran impresionados al ver a su anfitrión sacando la caja del veneno. Esta la colocó en el centro de la mesa, junto a las bandejas repletas de dulces. Entonces, el doctor Lazovert empezó a actuar con la precisión de un relojero, ya que cada uno de los actos de los conspiradores había sido estudiado minuciosamente. Se puso los guantes de caucho, extrajo los cristales de cianuro de potasa y comenzó a reducirlos a polvo sobre una tela especial. Una vez finalizó esta tarea, retiró el envoltorio de los pasteles y espolvoreó la parte inferior de los mismos con el veneno, procurando dejar en cada uno la cantidad suficiente para matar a varias personas. Todo un proceso minucioso, que los demás siguieron con una emoción contenida, sin romper el silencio. Seguidamente, se cuidaron de cambiar el mantel de la mesa, dejando uno con algunas manchas casi imperceptibles, así como modificaron la colocación de algunos de los muebles y se vertió té en varias tazas, para dar la sensación de que allí se acababa de celebrar una cena entre el príncipe Yusupov y sus amigos. Pero las bandejas con los pasteles y las chucherías se pusieron en los lugares más visibles, ofreciendo la sensación de que faltaban algunos.

Poco después, Demetri, Purichkevitch y Sukhotin subieron al primer piso, donde pusieron el gramófono para dar idea de que estaban allí escuchando música. Al mismo tiempo, el príncipe se había puesto el abrigo y un sombrero de pieles, que se caló de tan mal manera que no se le pudiera ver la cara. Cuando subió al coche, Lazovert le estaba aguardando con el uniforme de chófer. No encontraron ningún obstáculo, hasta llegar a la casa de Rasputín, donde el portero pareció dispuesto a negar el paso al príncipe. No obstante, supo éste utilizar unos razonamientos tan convincentes, que al fin se encontró accediendo por la escalera de servicio, como se le había recomendado. Como allí no había luz, debió moverse a tientas. Después de tropezar repetidas veces, consiguió llamar en la puerta.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Rasputín, desconfiado.

—Gregori Efimovitch, soy yo que he venido a buscaros como convenimos.

El visitante no pudo contener un estremecimiento, que fue a desaparecerle al escuchar movimientos de respuesta positivos: la retirada de la cadena y el pesado cerrojo al ser abierto. Cuando se le permitió la entrada, pasó a la cocina. El lugar se encontraba a oscuras y le pareció que alguien le espiaba. De una forma instintiva se alzó el cuello del abrigo y se bajó más el sombrero.

—¿Por qué se esconde de esa manera? —inquirió Rasputín.

—Es lo aconsejable, ya que vos me indicasteis que nadie debía saber que íbamos a salir juntos esta noche.

—Tiene usted razón. Yo tampoco he contado nada a las personas de mi confianza, y hasta he despedido a los servidores. Voy a ponerme una ropa de abrigo.

Los dos personajes entraron en el dormitorio, que sólo estaba iluminado con la lamparita encendida delante de los iconos. Rasputín prendió una vela, con lo que el príncipe pudo apreciar que la cama estaba deshecha. Era posible que sólo hubiera servido para un breve descanso, como invitaba a pensar el hecho de que la pelliza y el sombrero de piel de castor estuvieran en una silla y en el suelo los altos zuecos forrados de terciopelo.

El falso staretz se vistió una blusa bordada de azulejos y utilizó como cinturón un cordón de color rosa. Llevaba un largo calzón de terciopelo negro y unas botas, que tenían todo el aspecto de estar siendo estrenadas. Había tenido la precaución de peinarse la barba y el cabello, lo que debía considerarse una excepción. También se había cuidado de lavarse, ya que olía a jabón barato. Nunca apareció en público tan aseado, ni siquiera cuando visitaba a los zares.

—No esperemos más, Gregori Efimovitch, porque ya es tarde. Hace un buen rato que dieron la medianoche.

—¡Estoy deseando hacer una visita a los cíngaros!

—Quizá no podamos ir hasta la madrugada —se disculpó el príncipe.

—¿Encontraremos a algunos de sus amigos en la casa? —preguntó Rasputín, algo inquieto.

—No los tendrá delante, pues se han comprometido a permanecer en el piso superior. Le aseguro que allí no verá a nadie que pueda disgustarle, ni siquiera a mi madre, pues acaba de partir a Crimea.

—Su madre siempre me ha desagradado, porque me odia tanto que no deja de propalar, junto a su amiga Isabel, insidias contra mí. La misma zarina me ha advertido contra ellas. Y hablando de enemigos, debo contarle que hace pocas horas vino a visitarme Protopopof para alertarme de que hay unos conjurados dispuestos a darme muerte. Luego me aconsejó que no saliera de casa estos días. Le despedí con buenas palabras, sin dejar de asegurarle que nadie podrá doblegarme. Tengo demasiado poder y todos me temen... Bueno, creo que estoy hablando demasiado... Será mejor que nos marchemos.

El príncipe alcanzó la pelliza que se encontraba sobre el cofre y ayudó a que su enemigo se le pusiera sobre la espalda. Repentinamente, le dominó una intensa sensación de piedad por aquel sujeto. Sintió vergüenza de sus repugnantes intenciones, del terrible simulacro en el que se hallaba involucrado. Llegó a acusar un evidente desprecio hacia su persona. Terminó preguntándose cómo había planeado un crimen tan despiadado. Tampoco entendió dónde encontraba el valor para seguir adelante.

Contemplaba con horror a su próxima víctima, que se movía con la confianza propia de quien se considera por encima de cualquier peligro. Por eso se preguntó: «¿Dónde está su supuesto poder de adivinación? ¿Cómo no le sirve ese poder de leer el pensamiento de los otros si es incapaz, cíe intuir la amenaza que yo supongo? Es posible que el destino le haya cubierto con un velo de indiferencia... con la única intención de que alguien, como yo, se atreva a restablecer la justicia en Rusia...».

Sin embargo, de repente, con la impetuosidad de un rayo se llenó su memoria de algunas de las imágenes que componían la abyecta existencia de aquel monstruo. Todos sus reparos, unidos a esa absurda idea del arrepentimiento, se esfumaron al momento, para dejar en su lugar la sólida decisión de seguir adelante con la misión que se le había encomendado.

Mientras, los dos pasaban por la cocina, abrían la puerta y llegaban al descansillo de la escalera. El príncipe Yusupov escuchó a Rasputín echando la llave detrás de él, y se estremeció de nuevo al compás del chirrido de los cerrojos. Le rodeaba la más completa oscuridad... ¡Y, de repente, notó que los dedos del falso staretz le sujetaban violentamente la mano derecha!

—Déjate llevar por quien tiene ojos de gato —musitó Rasputín al mismo tiempo que le conducía por los escalones.

La presión de los dedos causaba dolor a su acompañante, por eso quiso protestar y huir de allí, al sentirse demasiado confundido. Era tanto su aturdimiento que terminó olvidando lo que el monstruo le dijo en aquellos momentos, y si él llegó a contestarle. Porque la necesidad de abandonar el lugar se había convertido para él en una suplica obsesiva. Se negaba a seguir notando la presión de la mano repugnante y verse en medio de la oscuridad.

Pero, nada más salir a la calle, dejó de sentir pánico y recuperó su frialdad de ánimo. Entraron en un coche y partieron hasta el palacio del príncipe, en uno de cuyos sótanos éste debía envenenar a su acompañante. Prefirieron dar un rodeo por si alguien los había visto, y entraron en el patio de Moika unos diez minutos más tarde. Allí Lazovert, el médico disfrazado de chófer, detuvo el vehículo ante la pequeña escalinata.

En el momento que entraron en la sala oyeron las voces de los amigos del príncipe, junto a una canción ligera americana que salía del gramófono. Rasputín se detuvo con los oídos muy atentos.

—¿Qué significa esto? —preguntó, ligeramente alarmado—. ¿Es que se celebra alguna fiesta en su casa?

—No hay que preocuparse. Sólo es mi esposa que está con unos amigos, que no tardarán en irse. Será mejor que pasemos al comedor, donde podremos beber una taza de té lejos de cualquier ruido.

Bajaron por una corta escalera. Cuando se cerró la puerta, el falso staretz se desprendió de la pelliza y comenzó a examinar los muebles con el interés de un experto. Acabó por fijarse en un armario, acaso porque disponía de más cajones de los habituales. En seguida empezó a jugar con ellos, abriéndolos y cerrándolos como lo haría un niño curioso.

Entonces, su anfitrión volvió a dejarse llevar por una especie de remordimiento, ya que aconsejó a su Futura víctima que saliera de San Petersburgo lo antes posible. Pero Rasputín no lo aceptó, con lo que puede afirmarse que respaldó su trágico destino. Más tarde, rechazó el vino y el té que se le ofrecieron, lo que llevó a que el príncipe se dijera: «¿Sospechará la trampa que le he tendido?». No obstante, la presa ya se encontraba allí, de donde no podía salir con vida.

En el momento que se sentaron alrededor de la mesa comenzaron a hablar de los sucesos más conocidos, sin dejar a un lado el asunto Wirubof. Hasta llegaron a tocar el caso de Tsarskoie-Selo.

—Gregori Efimovitch, ¿por qué os ha visitado Protopopof? —preguntó Yusupov—. ¿Debo suponer que se está fraguando un complot contra vos?

—En efecto, mi querido amigo. Creo que mi forma clara de hablar enoja a demasiada gente. Son muchos los aristócratas que no terminan de aceptar que un humilde campesino haya entrado abiertamente en los salones del Palacio Imperial... Esto los enciende de rabia y envidia. Algo que nunca me ha asustado. No existe enemigo en Rusia capaz, de doblegarme. Cuento desde hace mucho tiempo con unas firmes defensas frente a los reveses de la suerte. Usted conoce que algunos locos han pretendido darme muerte; sin embargo, en el último momento el Señor ha malogrado todas las traiciones. La fatalidad caerá sobre cualquiera que pretenda alzar su mano contra mi persona.

Cada una de estas frases las escuchó el príncipe con un asomo de terror, al sentirse aludido. Porque se encontraba en el escenario del cercano asesinato. No obstante, como seguía manteniendo la sangre fría, no permitió que le declara la torpeza de sus movimientos o la vacilación a la hora de responder a cualquier pregunta comprometida.

En una de las pausas, cuando ya parecían haberse agotado los temas normales de conversación, Rasputín ordenó que se le sirviera el té. Su anfitrión le complació con ademanes tranquilos y, a la vez, le tendió un platito lleno de bizcochos, ninguno de los cuales estaba envenenado. Torpe forma de proceder, a pesar de que supuso todo un acierto.

Porque al servir los que contenían el cianuro, el sabor de los anteriores consiguió disimular la ligera falta de dulzura de éstos. Singularmente, Rasputín se negó a tomarlos, en un primer momento, hasta que comenzó a cogerlos uno tras otro, con cierta glotonería.

Yusupov le observó con disimulo, comenzando a mostrarse horrorizado al comprobar que los efectos mortales tardaban en manifestarse. El médico había asegurado que aparecerían casi de inmediato.

Esto le llevó a servir vino de Crimea, totalmente inofensivo, sin dejar de elogiar su calidad. Rasputín se negó a beber. Y como el tiempo pasaba, el envenenador empezó a sentirse muy nervioso. Sin embargo, como había llenado dos vasos, casi gritó triunfalmente al ver que el falso staretz se lo tomaba con delectación, tanta que al final elogió el vino y, después, quiso saber si se elaboraba en Crimea una gran cantidad. Le sorprendió conocer que en el palacio se disponía de una bodega llena.

—Ahora preferiría Madera —exigió el falso staretz. Y al ver que su anfitrión le acercaba un vaso lleno, se quejó—: No, de ninguna manera, prefiero que me lo sirvas en éste que acabo de utilizar.

—Una costumbre poco conveniente, Gregori Efimovitch —aconsejó el príncipe, con una voz sosegada—. Los grandes bebedores nunca mezclan dos vinos diferentes.

—Yo tengo mis propias normas. Échalo aquí pues yo lo prefiero así.

Su anfitrión le debió complacer, temiendo que la insistencia pudiera hacerle sospechar una intención oculta. Entonces, recurrió a un truco muy viejo al volcar el vaso de Rasputín como en un descuido. Acto seguido, echó el Madera en un recipiente que contenía cianuro, sin dejar de pedir disculpas, y se lo ofreció a su invitado. Lo tomó éste sin mostrar ningún tipo de rechazo, y se lo bebió paladeándolo.

Ya había ingerido tanto veneno para empezar a dar muestras de la mortal intoxicación; no obstante, seguía bebiendo, muy despacio, a sorbitos, saboreando el licor como si fuera un excelente catador. Su cara no acusaba ni la menor alteración. Únicamente empezó a tocarse el cuello, igual que si le costara tragar. También dejó la silla y anduvo un poco por la estancia. Y al preguntarle el príncipe que le sucedía, replicó:

—No es nada importante, sólo un ligero picorcillo en la garganta.

El tiempo no dejaba de transcurrir lentamente, sobre todo para el asesino.

—El Madera que me has servido es magnífico. Ponme un poco más —pidió Rasputín.

Se tomó aquel vaso, junto a otros lo que elevó el número a seis o siete, y cada uno de ellos con el cianuro suficiente para matar a varias personas... ¿Acaso era inmune al veneno al disponer de un organismo excepcional?

En la bandeja únicamente quedaba un vaso con arsénico. El príncipe Yusupov bebió vino inofensivo, sin dejar de mirar a su invitado. Quería provocarle a que diese cuenta del último Madera envenenado. Al mismo tiempo, sentía el peso de los ojos del falso staretz, con una intensidad que parecía encerrar este mensaje: «Por mucho que te esfuerces, infeliz, jamás me vencerás».

Repentinamente, la cara de Rasputín adquirió una expresión terrible. Nunca se había parecido tanto a un monstruo como en aquel momento; además, sus ojos acababan de cobrar un brillo diabólico. Resultaba tan horripilante, que Yusupov sintió el deseo de saltar sobre él para estrangularle.

En el salón pesaba un silencio agobiante, cargado de los peores presagios. Todo apuntaba a que el envenenado sabía porqué había sido llevado a aquel sótano del palacio Moika. Entre los dos personajes se entablo un mudo combate, singular y aterrador. Es posible que de haberse prolongado un minuto más Yusupov hubiera sido vencido, al tener los nervios al borde del estallido. Ya no podía contar con la sangre fría, se notaba muy aturdido y su cabeza era un tobogán girando alocadamente...

En el momento que logró recuperarse, observó que su víctima continuaba sentada en la misma silla; pero se sujetaba la cabeza con las dos manos. Esto impedía que se le vieran los ojos. Yusupov le ofreció una taza de té con cianuro.

—Dámela —susurró con una voz debilitada—. Me ha entrado mucha sed.

Al levantar el rostro pudo comprobarse que sus pupilas se hallaban cubiertas de una película líquida, de ahí que no se atreviera a mirar a su anfitrión. Acaso negándose a mostrar su debilidad.

Antes de coger la taza de té, volvió a incorporarse y dio unos pasos. Como descubrió una guitarra, pidió al príncipe:

—Quiero que toques algo alegre para mí. Sabes que me gusta oírte.

—Acaso me cueste conseguirlo, porque no me siento muy optimista —intentó disculparse, temiendo que los dedos le traicionaran al pulsar las cuerdas.

Sin embargo, lo hizo con su habilidad característica, lo que a él mismo le sorprendió. También cantó, aunque una romanza cargada de nostalgia, lo que no pareció molestar a su oyente. Claro que éste había vuelto a bajar la cabeza, como si se amodorrara. Algo que sólo debió ser un gesto, ya que al silenciarse la música y la palabra, abrió los ojos y contempló al príncipe con tristeza.

—Deseo que cantes algo más. Me encanta tu música, porque la interpretas con el mejor espíritu ruso.

En seguida fue obedecido; mientras tanto, el reloj no dejaba de desgranar los segundos. Ya eran las dos y media de la madrugada... ¡Esto dejaba claro que la pesadilla duraba más de ciento cuarenta minutos! Yusupov se preguntó: «¿Qué sucedería si mis nervios estallan al no soportar una espera tan angustiosa?».

Mientras tanto, los conspiradores que se hallaban en la estancia superior parecían intranquilos. Como el ruido que producían llegó a niveles tan alarmantes, Rasputín preguntó:

—¿A qué viene ese escándalo de sus invitados?

—Es posible que se encuentren un poco bebidos. Ya deben estar a punto de marcharse. Voy a comprobar qué sucede ahí arriba.

Yusupov no esperó a escuchar la aprobación del falso staretz para llegar al gabinete. Encontró a Demetri, Purichkevitch y Sukhotin con las armas en las manos. Los tres le rodearon sedientos de respuestas.

—¿Ya ha muerto el cerdo? ¿Podemos ir a recogerlo? Pero, ¿por qué te muestras tan preocupado? ¿Algo marcha mal?

—El cianuro no ha actuado —contestó Yusupov.

Todos se quedaron anonadados, sin palabras. Hasta que el gran duque exclamó:

—¡No puedo creerlo!

—Si ha tomado varios bizcochos y más de seis vasos de vino. Tendría que estar muerto, ¡ya que las dosis de veneno acabarían con un regimiento! ¿Qué ha podido fallar? —inquirieron los otros.

Superada una breve discusión, quisieron bajar todos al sótano para arrojarse sobre Rasputín y estrangularlo. Pero cuando ya se encontraban en la escalera, Yusupov decidió seguir actuando solo. Temía que el monstruo comenzara a gritar o saliera corriendo al ver a tantos extraños. Tardó en convencerlos. Por último empuñó el revólver de Demetri y volvió al escenario del crimen.

Rasputín continuaba sentado en el mismo sitio. Permanecía con la cabeza agachada y respiraba con dificultad. Yusupov se acercó muy despacio, procurando esconder el arma y se sentó cerca. Pero no apreció ninguna reacción en su enemigo y, luego, volvió a quedar sometido a una espera interminable. En el momento que vio al monstruo incorporarse, no dudó en preguntarle:

—¿Estáis enfermo?

—Eso parece: me duele la cabeza y siento ardor en el vientre. Sírveme otro vaso de Madera. Me vendrá bien.

Se tomó el vino de un trago, lo que pareció devolverle la alegría. Y al comenzar a hablar, pudo apreciarse que razonaba de una forma consciente. De pronto, se obstinó en hacer una visita a los cíngaros. Yusupov intentó hacerle desistir alegando que ya era muy tarde.

—¡Qué importa! Les tengo acostumbrados. No será la primera noche que me aguardan hasta el amanecer. Saben que Tsarskoie-Selo puede informarme de algún asunto importante, o que me he quedado charlando con Dios... Esperan a la llegada de mi coche... todos los cuerpos, hasta el mío, necesitan un poco de reposo... ¿Estoy diciendo alguna mentira? Nuestros pensamientos deben dirigirse a Dios, mientras el cuerpo se lo dedicamos a los placeres... ¡Así se ha decidido! —recalcó, al mismo tiempo que guiñaba un ojo.

Resultaba sorprendentemente, inhumano, que cuando debía estar muerto se mostrara tan deseoso de diversiones. Bien es cierto que su físico debía ser excepcional, lo que no le sucedía a su mente, ya que durante aquellas horas interminables no había podido adivinar que estaba muy cerca de la muerte.

Además, si nunca había dejado de presumir de sus poderes hipnóticos y clarividentes, ¿cómo no adivinaba por la posición de los brazos de Yusupov que escondía un revólver detrás de su espalda? De pronto, éste se volvió a mirar el crucifijo de cristal que colgaba en una de las paredes. Se levantó para tenerlo cerca.

—¿Qué interés te despierta esa cruz?—preguntó Rasputín.

—Es muy hermosa y la tengo devoción.

—No te lo reprocho, también a mí me parece bella. Tuviste que pagar una buena suma para conseguirla. —Se incorporó despacio, dio varios pasos y terminó apoyándose en el armario de los muchos cajones, diciendo—: Pero a mí me interesa más este mueble.

Comenzó a abrir los cajones como si pretendiera examinarlos minuciosamente.

—Gregori Efimovitch —dijo Yusupov—, os aconsejo que fijéis vuestra mirada en el crucifijo.

Este ruego alarmó a Rasputín, hasta el punto de que mostró en sus ojos en una expresión fatalista. Igual que si se resignara a su destino, presintiéndolo inconscientemente. Se acercó al armado y le miró detenidamente, muy de cerca. Es posible que por momentos viese más claro lo que allí estaba sucediendo. Yusupov comprendió que debía actuar sin más demora.

«¡Señor, concédeme energías para culminar esta ejecución! Pero... ¿dónde he de dispararle: en la cabeza o en el pecho?».

Se vio sacudido por unos estremecimientos al estirar los brazos. Apretando con fuerza las manos y los dientes, apuntó al corazón y apretó el gatillo. Escuchó el rugido de una fiera humana, seguido de la caída de un cuerpo sobre la piel de oso que cubría esa parte del suelo.

Durante unos segundos se dejó dominar por el pánico, al comprender lo sencillo que era quitar la vida a un hombre. Con un solo movimiento del dedo acababa de convertir a un ser vivo en una marioneta dislocada.

Al estampido acudieron los demás conspiradores. En su loco descenso apagaron uno de los interruptores eléctricos, con lo que dejaron el sótano sin luz. Uno de ellos tropezó con Yusupov y gritó aterrorizado. Mientras tanto, éste se movía asustado, sin querer tocar el cadáver. Todos respiraron aliviados al volver la claridad.

Al momento vieron a Rasputín boca arriba, con el rostro contraído y las manos crispadas. Pero aún se movía. Su blusa de seda aparecía enrojecida con una mancha de sangre. Los cuatro se agacharon para examinarlo, como si desconfiaran que pudiese estar en los últimos momentos de la agonía.

Unos minutos después se quedó inmóvil por completo. El doctor pudo comprobar que la bala le había alcanzado el corazón. Era imposible que el monstruo pudiese volver a la vida. Demetri y Purichkevitch le trasladaron desde la piel de oso hasta las frías losas, debajo de la escalera. En seguida apagaron la luz y subieron al primer piso. El príncipe Yusupov y sus tres cómplices se consideraban unos héroes, al estar convencidos de que acababan de salvar a Rusia.

En seguida se dispusieron a cumplir la segunda fase del plan. Demetri, Sukhotin y el médico debían organizar toda una farsa para engañar a la policía secreta: Sukhotin se pondría las ropas de Rasputín y los demás le llevarían en el coche de Purichkevitch, simulando que el staretz regresaba a su casa. Más tarde, volverían al palacio de Moika en el mismo vehículo, con la idea de llevar el cadáver a la isla Petrovski.

Así dio comienzo la estratagema; mientras tanto, Yusupov y Purichkevitch seguían en el primer piso hablando del futuro de su país, que veían espléndido al haberse librado del monstruo. Sin embargo, de repente empezaron a sentir una gran inquietud; y bajaron al sótano para echar un vistazo al muerto. Continuaba en el mismo lugar y, al tomarle el pulso, comprobaron que no acusaba ningún latido.

Como la intranquilidad no le desaparecía, el príncipe cogió el cadáver y empezó a agitarlo con fuerza. Y al soltarlo, cayó al suelo igual que un pelele. En el mismo instante quise iba a alejar, pudo descubrir una ligerísima sacudida del párpado izquierdo. Al principio creyó que sufría una alucinación; no obstante, se agachó para cerciorarse mejor... ¡Aquel rostro estaba mostrando unos pequeños temblores..., y hasta se abrió el ojo izquierdo!

A todo lo anterior se unieron las confracciones del párpado derecho... ¡Para que dos ojos verdes de víbora se quedaran fijos en el rostro del asesino mostrando un odio diabólico! Y éste se quedó petrificado. Intentó escapar de allí, pedir auxilio; sin embargo, sus piernas se negaron a obedecerle, y de sus labios no surgió ni un solo sonido. Se hallaba como sumido en una pesadilla, pegado a las frías losas del suelo.

De repente, sucedió algo insólito, alucinante: Rasputín se puso en pie con una sacudida brusca y salvaje, expulsando espuma por la boca y profiriendo rugidos de bestia enloquecida. Aterrorizaba verlo. Sus manos temblorosas se agitaron en el aire. Seguidamente, se arrojó sobre Yusupov, intentando estrangularle, aunque sólo le pudo coger por la espalda. Tenía los ojos desorbitados y le salía sangre por la boca.

Con una voz ronca llamó al príncipe por su nombre, el cual intentaba librarse de la tenaza. Pronto se dio cuenta de que estaba tan aprisionado como en un torno. Los dos entablaron una cruenta pelea. Aquel engendró que debía estar muerto, al hallarse atiborrado de cianuro y con el corazón atravesado por una bala, parecía ser movido por las potencias del mal. Como si hubiera regresado del más allá para vengarse. La escena sólo podía considerarse una pesadilla... ¡Entonces Yusupov creyó saber quién era realmente Rasputín: el mismo Satanás convertido en un falso staretz que pretendía arrebatarle la vida!

Pero logró escapar con un esfuerzo sobrehumano. Cayó de espaldas en el suelo, tosiendo y recogiendo la chaqueta que había perdido mientras luchaba. Entonces se dio cuenta de que el monstruo estaba tumbado, quieto. Pero no tardó en moverse. Entonces Yusupov llamó a Purichkevitch, que se encontraba en el gabinete.

—¡Ven, necesito ayuda! ¡Este engendro no se quiere morir! —gritó enloquecidamente.

Como escuchó un ruido a sus espaldas, cogió la porra de caucho del diputado Maklakof, que le había sido entregada «por lo que pudiera suceder», y saltó hasta la escalera. Purichkevitch le seguía muy cerca llevando el revólver en la mano.

Al mismo tiempo, Rasputín estaba reptando sobre los peldaños, ya que se desplazaba sobre el vientre y las rodillas. Realizando un esfuerzo sobrenatural logró brincar hasta una puerta secreta, que al empujarla le permitió llegar al patio. De esta manera escapó en medio de la oscuridad de la noche... ¡Burlando a los dos hombres que le estaban esperando, ya que habían supuesto que la puerta impediría el paso del monstruo al encontrarse cerrada!

Uno de los perseguidores disparó y el otro corrió desesperadamente, no queriendo que se le escapara aquel demonio agonizante. El patio contaba con tres puertas, y sólo a una de ellas se le había echado la llave. Y hacía ésta se dirigía el acosado. De pronto, se oyeron dos nuevos estampidos... La figura pareció vacilar y, luego, se desplomó sobre un montón de nieve.

Purichkevitch llegó hasta el cuerpo inerte, lo examinó minuciosamente y, poco más tarde, con la certeza de que ya nunca se podría incorporar, corrió a grandes pasos hasta el interior del palacio. Yusupov le llamó, pero no fue oído.

El cercano malecón y las calles estaban desiertas. Era posible que los tiros no hubieran sido escuchados. No obstante, el príncipe intentó asegurarse, volviendo al patio para llegar junto al montón de nieve, detrás del cual se hallaba el cadáver. No daba muestras de vicia.

Pero en aquel instante vio llegar a dos de sus criados y a un agente de la policía. No había ninguna duda de que habían escuchado las detonaciones. Con esta idea se adelantó unos pasos, con la intención de que el encuentro se produjera lejos del muerto, y esperó.

—Alteza —dijo el agente al reconocer al príncipe—, aquí se han hecho varios disparos. ¿Qué ocurre?

—Algo sin importancia —respondió Yusupov—. Una bobada. Estábamos celebrando una fiesta, y uno de los imitados se ha entretenido disparando su revólver al aire. Cosas de la borrachera. Si le pregunta el comisario, puede decirle que no ha habido ninguna novedad en el palacio.

Mientras hablaba, procuró llevarle hasta la puerta. Una vez se quedó sólo, regresó junto al muerto. Allí se encontraban sus dos criados de confianza. Sin embargo, el cuerpo de Rasputín había cambiado de postura sin que nadie lo moviera... ¿Acaso es que seguía con vida?

El terror se apoderó de Yusupov al imaginarse que el monstruo se incorporaba. Corrió hasta la casa y llamó a Purichkevitch, que parecía haber escapado de allí. No se sentía bien, acaso porque en su mente retumbaban las voces amenazadoras de Rasputín llamándole por su nombre. Sin apenas conseguir mantenerse en la vertical, entró en uno de los cuartos de aseo y bebió un vaso de agua. En aquel instante vio a Purichkevitch.

—¡Menos mal que estás aquí! ¡No me dejes cuando más te necesito! —protestó.

Se le velaba la vista, y creyó que iba a derrumbarse en el suelo. Se sujetó en la pared y, poco más tarde, llegó al gabinete. Cuando acababa de sentarse, apareció su ayuda de cámara para informarle que el agente de policía deseaba volver a hablarle. Al parecer los disparos habían sido oídos en la comisaría, y como le pidieron explicaciones, debió ofrecer las que le había comunicado el príncipe. Pero le exigieron un informe más detallado.

—¿Es que nunca te han hablado de Rasputín? —preguntó Purichkevitch—. Me refiero al diablo que tramaba hundir a Rusia en la desgracia, perdiendo a toda la familia del zar y a sus soldados... ¿Has olvidado que nos vendió a los alemanes? ¿Comprendes lo que provocarías si nos niegas tu ayuda?

El agente no entendió lo que se le estaba diciendo, por eso se quedó con rostro alelado, en silencio.

—¿Me conoces a mí? —siguió Purichkevitch—. Estás delante de Vladimir Mitrofanovitch, componente de la Duna. Las detonaciones que has escuchado han quitado la vida a Rasputín. Si de verdad amas a tu país y a tu zar, estás obligado a guardar silencio.

El agente oía asustado aquellas palabras turbadoras, pronunciadas tan deprisa que no supo cómo reaccionar. A la vez quien acababa de hablar se hallaba como en éxtasis al creerse un auténtico héroe.

—Habéis actuado como debíais —admitió el policía, comprendiendo al fin—. Mantendré en silencio lo ocurrido aquí, aunque si mis superiores me exigen jurar mi declaración tendría que contar la verdad. Es un pecado mentir.

Con estas palabras abandonó el palacio. Purichkevitch le siguió para intentar convencerle de que en ocasiones se debe jurar en vano. Poco después, Yusupov vio el cuerpo de Rasputín al bajar la escalera. Había sido traído al rellano. La sangre continuaba manando de las múltiples heridas. Como una lámpara lo iluminaba desde lo alto, se contemplaba hasta el último detalle el repulsivo estado de la cara.

Sintió deseos de cerrar los ojos y escapar cuanto más lejos mejor, de olvidar todo lo que acababa de suceder. Sin embargo, a pesar de sus deseos, aquel cadáver le atraía como una obsesión irresistible. Su cabeza estallaba, sus ideas se confundían. Entonces le sobrevino una especie de arrebato de locura. Se arrojó sobre el muerto y comenzó a golpearlo furiosamente con la porra que no había dejado de llevar en la mano derecha. Actuaba como si hubiera olvidado todas las leyes humanas y divinas.

Después, Purichkevitch le contaría que aquel espectáculo resultó tan terrible que nunca conseguiría olvidarlo. Cuando se pudo separar del cadáver, gracias a la ayuda del amigo, ya había perdido el sentido.

Al mismo tiempo, Demetri, Sukhotin y el doctor Lazovert regresaban en el coche cerrado en busca del cadáver. Cuando Purichkevitch les contó lo sucedido, prefirieron que Yusupov se quedara descansando y marcharon sin él. Envolvieron el cuerpo de Rasputín en una gruesa tela y lo llevaron a la isla de Petrovski. Allí lo echaron al río desde la zona más alta del puente.

En el momento que el príncipe Yusupov recuperó el sentido, creyó haberse curado de la más terrible de las enfermedades y, al igual que sucede después de una tormenta, respiró a pleno pulmón en una atmósfera purificada. Se sentía revivir. Con el apoyo de su ayuda de cámara limpió todas las huellas de sangre que hubiesen podido traicionarlos. Nada más que terminaron de arreglar las habitaciones, salieron al patio.

Yusupov debía tomar algunas otras medidas. La principal encontrar una explicación lógica a los disparos. Esto fue lo que imaginó: uno de sus invitados bebió más de la cuenta y al salir del comedor disparó jugando sobre uno de los perros guardianes.

Mandó venir a los criados que habían presenciado el final del drama y les contó lo que en realidad había sucedido. Le escucharon en silencio y, después, prometieron guardar el secreto.

Ya eran las cinco de la madrugada en el instante que el príncipe marchó al palacio del gran duque Alejandro. El convencimiento de que había dado el primer paso para salvar a Rusia le llenaba de valor y confianza. Al entrar en el dormitorio, encontró a su cuñado Teodoro, que no había podido dormir en toda la noche ante la falta de noticias.

—¡Por fin apareces! —exclamó—. ¿Qué ha sucedido?

—Rasputín ha muerto, pero no tengo fuerza para seguir hablando. Tendrás que esperar a que descanse lo suficiente.

Yusupov necesitaba dormir para recuperar fuerzas, porque estaba convencido de que el día siguiente sería sometido al más duro interrogatorio. También tendría que soportar infinidad de pesquisas. No obstante, pudo caer en un profundo sueño, al no sentir el peso del remordimiento. El suyo fue el descanso de un héroe.

(El príncipe Félix Yusupov y su esposa, la princesa Irina pudieron escapar de Rusia al estallar la revolución bolchevique, que acabaría con el asesinato de los zares. Como llevaban mucho dinero en su poder, se establecieron en París. Los libros escritos por el «heroico asesino» de Rasputín, junto a unas afortunadas inversiones, les permitieron mantener una vida cómoda, sin dejar de ayudar a sus compatriotas. Hasta que Yusupov falleció en la capital de Francia en 1967, cuando acababa de cumplir los ochenta años de edad.)