La juventud de Garibaldi

Alejandro Lerroux

La historia de Italia desde 1599 hasta 1713-1714 la formaron una serie de pequeños Estados que, excluidos del gran comercio internacional a consecuencia de los descubrimientos geográficos, vivieron replegados sobre sí mismos y en continuas rivalidades e intrigas. El ducado de Saboya, con Carlos Manuel I (1580-1630), intervino en la gran política europea, pero terminó cayendo bajo la influencia francesa, sin que ello proporcionase unas ventajas apreciables. Solamente se liberó con Víctor Amadeo II (1666-1732), que logró ceñir la corona de Sicilia en 1714 (la cambió seis años más tarde por la de Cerdeña).

Carlos Manuel III (1730-1773) extendió la frontera oriental de su reino hasta el Tesino (1748). La hegemonía austríaca sobre toda la península duró desde 1714 hasta 1734. Después de las «guerras de secesión», se estableció cierto equilibrio entre Austria (dominio sobre Milán y Mantua, e indirecto en Toscana) y España (influencia en Nápoles, Sicilia y Parma).

Tras un período de paz entra 1748 y 1793, las guerras de la Revolución francesa agitaron violentamente a Italia. Napoleón llegó a dominar la totalidad del país; únicamente quedaron al margen las islas de Sicilia y Cerdeña, defendidas por la flota británica.

La derrota de Napoleón siguió manteniendo a Italia subyugada, sin libertad, cuando todos sus habitantes recordaban los tiempos en que su país era la gloriosa e imperial Roma, dueña del mundo. Pero estaban amansados. Y entonces nació Giuseppe Garibaldi...

Giuseppe Garibaldi nació en Niza, el 22 de julio de 1807, en la misma casa y en idéntica habitación donde vino al mundo el mariscal Massena, el cual fue hijo de un panadero. Por cierto, la planta baja del edificio fue utilizada como panadería durante mucho tiempo.

El padre del futuro héroe se llamaba Domingo Garibaldi, provenía de Chiavari y se hizo marino siguiendo la tradición familiar, acaso porque lo primero que vieron sus ojos, de una forma consciente, fue el mar. Como no había ido demasiado tiempo a la escuela, siempre se movió más por la intuición, unida a la experiencia, que por un proceso intelectual. Cosas de aprender el oficio en los mismos barcos. Cuando se le nombró capitán, todos reconocieron que nadie se había ganado mejor el título. Pronto daría pruebas de que era un hombre de honor y que conocía perfectamente sus obligaciones. En lo que afecta al dinero, diremos que la suerte no le quiso amparar demasiado. Es posible que le brindaran ocasiones de hacerse rico, pero no supo aprovecharlas al pensar más en su tripulación y en la defensa de la embarcación que se le había confiado.

Garibaldi tuvo una educación bastante similar a la de su padre. Fortaleció sus músculos trepando por los palos de los barcos y deslizándose por las cuerdas. Dispuso de los mejores profesores a la hora de manejar la espada y el florete, además de las armas cortas; y pudo aprender a montar a caballo junto a los mejores jinetes del mundo: los gauchos.

En la natación se formó solo: un día resbaló en el puerto, cavó al agua y, en lugar de asustarse, comenzó a mover brazos y piernas, acaso como los perros, lo que le permitió ponerse a salvo. Después se cuidó de mejorar su estilo fijándose en quienes pasaban por ser unos campeones, y a los que no tardó en superar. También se le presentaron varias ocasiones de salvar a amigos y desconocidos, que estaban a punto de ahogarse por imprudentes o por caer al mar bajo el azote inesperado del viento o de las olas.

Singularmente, Garibaldi nunca pisó una escuela del Piamonte, donde residía, debido a que todos sus profesores eran curas fanáticos, empeñados en convertir a los alumnos en futuros seminaristas o en beatos sin un gramo de criterio propio, al haber sido asustados con el obsesivo temor al infierno.

La madre de Garibaldi se llamaba Rosa Ragiundo, y era tan bondadosa y caritativa, que inculcó en su hijo la idea de entregarse a sus amigos, a los que compartieran sus ideas, pidiendo a cambio ser correspondido en la misma medida. Estos conceptos positivos eran la libertad de los seres humanos, la independencia de Italia y el justo reparto de la riqueza nacida del trabajo honrado. Lo más singular de una mujer tan íntegra hemos de verlo en que rezaba a la Virgen, en cuyos favores creía, pero pocas veces se la vio en la iglesia del pueblo. Se conformaba con arrodillarse ante una imagen que tenía en casa; y lo hacía con tanta fe, que muchos años después, en medio de las más cruentas batallas o a merced de unas tormentas que estaban quebrando las maderas del barco, su hijo Giuseppe siempre confió en poder salir ileso gracias a las oraciones de su madre.

Como le sucede a cualquier niño, Garibaldi pasó la infancia entre lágrimas y risas, con más predisposición a las diversiones que al estudio. Imprudente como todos los jovencitos de la época, no obtuvo un excesivo provecho de los sacrificios que sus padres hacían por educarle.

Una mañana que iba de cacería por las orillas del Var, en compañía de uno de sus primos, se detuvo ante un barranco profundo, donde las mujeres del pueblo iban a lavar. Mientras enjabonaban las ropas, una de ellas se resbaló y cayó al río, cuya fuerte corriente la arrastró. Pronto se vio que no sabía nadar. Entonces Garibaldi, que sólo contaba ocho años, salto desde lo alto y con brazadas rápidas llegó al lado de la infeliz, como no era la primera vez que socorría a una persona en parecidas circunstancias, se cuidó de golpearla para dejarla sin sentido y, al momento, la llevó a la orilla. Esto supuso que el niño se hiciera muy popular en la comarca. Tanto que los curas-maestros pretendieron corregir ese «maligno error» de que no fuera a sus escuelas, sin conseguir sus propósitos al descubrir que estaba recibiendo lecciones de los profesores Giovanni y Arena. Estos eran los únicos seglares del Piamonte, y practicaban la enseñanza al mismo tiempo que ejercían otros oficios, como el de carpintero o tratante de ganado.

A pesar de que Garibaldi no aprovechase al completo las lecciones, sí aprendió a dominar perfectamente el italiano y el francés, a tener unos sólidos conocimientos de las matemáticas y, por encima de todo, a sentir un amor casi obsesivo por la Roma antigua. Quizá una pasión similar la volcase en los barcos, como demostró en su autobiografía (texto revisado por el gran escritor Alejandro Dumas):

«¡Oh, primavera, juventud del año! ¡Oh, juventud, primavera de vida!», escribió Metastasio. Yo me atrevería a completarlo de esta manera: ¡Cómo se embellece todo el sol de la juventud y de la primavera!

Iluminada por este mágico sol se me apareció la hermosa «Constanza», el primer navío en el que surqué los mares. ¡Su sólido casco, su arboladura gigantesca y ligera, su espacioso puente, y todo, hasta el busto de mujer que remataba la popa, quedará para siempre grabado en mi memoria, con el buril incomparable de mi imaginación de joven! ¡Nunca olvidaré, bella y querida «Constanza», cómo tus marineros, prototipos de nuestros queridos héroes, se inclinaban graciosamente sobre los remos! ¡Con cuanta alegría me echaba sobre la barandilla del puente para mejor escuchar sus cantos populares y sus coros armoniosos! Entonaban baladas de amor, las únicas que sabían. A pesar de ser tan sencillas, me enternecían y me alegraban. ¡Oh, si aquellos cantos hubieran sido para la patria, me hubiesen extasiado y enloquecido! ¿Pero quién hubiera podido decir entonces a aquellos marineros que existía una Italia? ¿Cómo enseñarles que teníamos una patria necesitada? Nadie, porque todos habíamos crecido y estábamos educados como judíos, creyendo firmemente que el único fin de la vida era hacer fortuna.

Mientras yo me sentía en el puerto tan feliz al ver el barco en el que iba a realizar mi primer viaje, mi madre preparaba llorando mi equipaje.

Por fin iba a satisfacer mi anhelo de recorrer los mares, a pesar del empeño con que mi padre se había opuesto hasta entonces a mi vocación. Su deseo era que yo hubiera seguido una carrera tranquila y sin peligros, que me hiciese abogado o médico; pero mi insistencia acabó por convencerle; su amor cedió ante mi juvenil obstinación, y me embarqué en el bergantín «Constanza», del que era capitán Angelo Pesante, el más intrépido de cuantos marinos he conocido. Si nuestra armada hubiera adquirido el inmenso poderío que era de esperar, al capitán Pesante le correspondería el mando de uno de nuestros mejores barcos de guerra, y yo respondo de que no hubiera habido oficial mejor que él.

Mi primer viaje fue a Odesa. Posteriormente se han hecho estas travesías más fáciles y comunes, que juzgo inútil hacer el relato de mi viaje.

Después fui a Roma. En esta ocasión me acompañó mi padre. Había sentado tales inquietudes durante mi primera ausencia, que al haber resuelto ser marino, debí viajar a su lado. Nos hicimos a la vela en la «Santa Reparatá», que era una tartana de nuestra propiedad.

¡A Roma! ¡Qué júbilo poder visitarla! Ya he dicho que bajo la dirección de mi digno profesor, me aficioné a los estudios históricos, y Roma era para mí la capital del mundo antiguo. Lo que fui a encontrarme sólo fue una reina destronada, es cierto, pero sus ruinas inmensas, gigantescas, sublimes, actuaron en mí como unos espectros luminosos, que colocaban ante mis ojos y traían a mi memoria toda la grandeza del pasado.

No era únicamente la capital del mundo, sino también la cuna de esta religión santa que ha roto las cadenas de la esclavitud, que ha dignificado a la humanidad; de esta religión cuyos primeros, cuyos verdaderos apóstoles, han sido los preceptores de las naciones, los libertadores de los pueblos; pero cuyos sucesores degenerados, bastardos, más traficantes que sacerdotes, verdaderos azotes de Italia, han comerciado con su madre, vendiéndola al extranjero. ¡No! La Roma que yo veía en mi juventud era algo más que la del pasado, ya que representaba a la del futuro, llevando en su seno la idea regeneradora de un pueblo perseguido con saña por las potencias envidiosas porque ha nacido grande, porque ha estado durante siglos a la cabeza de las naciones, a las que descubrió y mostró el camino del progreso.

¡Roma! ¡Cuando yo pensaba en su desgracia, en su decaimiento, en su martirio, la veía santa y querida sobre todas las cosas! La amaba con todo el fervor de mi alma, admirando no sólo los hechos soberbios de su grandeza incomparable, sino hasta los más pequeños sucesos, cuyo recuerdo guardaba en mi corazón como precioso depósito.

Y el expatriamiento y el destierro, lejos de aminorar mi amor a Roma, lo han robustecido y afianzado. Muchas veces, al otro lado del océano, a tres mil leguas de la ciudad querida, he pedido fervientemente al Señor que me permitiese volver a verla.

Roma era para mi toda Italia, porque yo no acierto a comprender Italia sino en la reunión de sus dispersos miembros, y Roma es para mí el único, el irremplazable símbolo de la unidad italiana.

Durante algún tiempo Garibaldi se dedicó al cabotaje con su padre. Poco más tarde fue a Cagliari en el bergantín Enea, que capitaneaba Giuseppe Cervino. Y en esta travesía fue testigo de un suceso aterrador, que le dejaría un recuerdo inextinguible.

De vuelta a Cagliari, estando a la altura del cabo Nelí, navegaban en compañía de algunas embarcaciones, entre las cuales se encontraba una bella falúa catalana. En los dos primeros días habían gozado de un buen tiempo, lo que los marineros italianos llamaban libieno, debido a que antes de llegar al Mediterráneo ha pasado por los arenales de Libia.

Sin embargo, lentamente se fue picando el mar, al mismo tiempo que el libieno aumentaba, hasta terminar soplando con tanta furia, que impulsó a todas las embarcaciones hacia Vatio. La falúa catalana resistió el vendaval de una forma admirable; sin embargo, una gigantesca ola la volcó y, a los pocos minutos, se vieron a algunos de sus supervivientes en el puente suplicando auxilio, hasta que otra ola, superior a la anterior, los arrojó a un mar embravecido, devorador de vidas humanas.

La catástrofe se desarrolló ante los ojos estupefactos de Garibaldi, sin poder hacer nada por auxiliar a aquellos desdichados. Y en la misma imposibilidad se encontraron los otros tripulantes de las demás embarcaciones. Sólo les quedó la opción de llorar por los muertos, y seguir luchando por no sufrir ellos la misma desgracia.

A partir de este momento, el joven marinero recorrió diferentes puertos del Mediterráneo, hasta caer enfermo en Constantinopla. Como no pudo ser curado antes de la partida del bergantín Cortes, en el que estaba enrolado, se quedó en la ciudad turca. Allí viviría unos meses en medio de la pobreza más absoluta, hasta que la señora Luisa Sauvaigo, de Niza, le proporcionó un trabajo de preceptor en casa de la viuda Tenioni. Y con el primer dinero ganado, volvió a embarcarse. Muy pronto, a pesar de su juventud, se le nombró capitán de un pequeño barco.

La lección que Garibaldi obtuvo de su estancia en Constantinopla fue que se podía vivir con lo más elemental: agua y un pedazo de pan, con un techo bajo el que pasar la noche y con la ayuda de una persona amiga. Esto resultaría vital para su supervivencia en Uruguay, Argentina y Brasil. Además, aprendió a admirar la valentía, sin importarle que viniese de un enemigo o de un aliado, ya que quien no conoce el miedo pocas veces se alía con la traición y la impiedad. Es posible que estuviera equivocado, al darse bastantes excepciones; pero mantuvo esta idea hasta el final de sus días.

Mientras navegaba por el Mediterráneo, todo el afán de este joven impetuoso era leer libros, artículos de periódicos o cualquier hoja impresa, en los que se mencionara la idea de resucitar Italia. Un empeño que mantendría hasta los veinticuatro años, cuando entabló amistad con Tangarog, un patriota que pudo hablarle de los movimientos políticos clandestinos que bullían por todo el país.

Toda esta información actuó como la cerilla que prende la mecha de un reguero de pólvora, directo a la santabárbara de un estallido revolucionario. Porque Garibaldi había venido fraguando una esperanza, que pudo convertirse en un provecto libertario a partir de aquel punto. Y de ese fuego nació el héroe, el ser capaz, de enfrentarse a cualquier riesgo sin dar un paso atrás, porque su meta era tan alta que no podía rendirse cuando sólo se hallaba en la base.

En uno de sus viajes marítimos conoció a varios miembros de la secta de Saint-Simon, los cuales predicaban que la patria era el mundo entero y que la meta de cualquier hombre era la de enfrentarse a la tiranía. Y entregado a esta empresa nunca sería un simple soldado al estar impulsado por un sentimiento heroico.

Excelentes semillas para quien estaba forjando una naturaleza indomable. Nunca insensible a las noticias amargas, como las de saber, nada más llegar a Marsella, que la revolución del Piamonte acababa de ser abortada, y como resultado del fracaso habían sido fusilados patriotas en Chambey, Alejandría y Génova.

Algo muy distinto sintió cuando pudo conocer, gracias a la recomendación de Cove, a Vacchieri Mazzini, el alma de los revolucionarios, la cabeza fundamental de la ideología que alimentaría la resurrección de Italia.

Después de esta entrevista Garibaldi reforzó todas sus ideas; sin embargo, era demasiado joven e inexperto en el terreno político para ser considerado un líder. Por otra parte, se encontraba prestando servicio al Estado, como marino de primera clase a bordo de la fragata Eurydice. Su misión era la de hacer proselitismo revolucionario dentro de sus compañeros y en toda la flota.

La idea básica consistía en apoderarse de la embarcación, para entregársela a los republicanos. El entusiasmo que el joven sentía alcanzaba tales límites, que no aceptando el papel pasivo que se le había asignado, traspasó a uno de sus compañeros el encargo de apoderarse de la fragata, porque quería tomar parte en los inicios de una revuelta que se preparaba en Génova. Éste sería su primer pistoletazo con el ataque al cuartel de la plaza de Sarzana.

A la misma hora que debía comenzar el combate, Garibaldi abandonó el barco en un bote que le llevó a la aduana, desde la que corrió hasta la plaza elegida como teatro de la lucha. Esperó una hora, sin ver llegar a los sublevados. Luego pudo saber que la intentona había fracasado y que los republicanos estaban siendo ferozmente perseguidos. Muchos ya habían sido detenidos.

Dado que él ingresó en la marina sarda para actuar a favor del movimiento republicano, considero inútil regresar a la fragata. Y empezó a planear su huida. En el momento que se hallaba entregado a estas reflexiones, las tropas sitiaron la plaza. Al comprender que no había tiempo que perder, se refugió en casa de una frutera a la que contó su situación.

La excelente mujer le ocultó en la tienda, y hasta le entregó las ropas de un aldeano, gracias a las cuales Garibaldi eludió el cerco aquella misma noche saliendo por la puerta de la Lanterna. A partir de este momento comenzó a vivir en el destierro y la persecución. Esto sucedió el 5 de febrero de 1834.

Se dirigió a las montañas, atravesando sembrados y saltando tapias. Por fortuna, se hallaba familiarizado con esta clase de ejercicios. Al cabo de una hora de carrera, dejó a su espalda el último prado. Con la idea de llegar a Cachiopea, escaló las montañas de Sestri. Al cabo de unas diez noches, ya que descansaba al clarear el día, llegó a Niza, donde fue a casa de una de sus tías. A ésta le pidió que comunicara a su madre que se encontraba a salvo.

En esta ciudad permaneció una jornada completa. Luego, acompañado de sus amigos, Giuseppe Janu y Angelo Gustavini, llegó a las orillas del Var. Estaba muy crecido por las recientes lluvias, lo que no supuso ningún obstáculo para un buen nadador como Garibaldi. Antes de lanzarse al agua se despidió de sus compañeros.

Como no esperaba encontrar más contratiempos, se dirigió a un puesto fronterizo vigilado por carabineros franceses. Se presentó como un fugitivo político, confiando que sus palabras y documentos le servirían como salvoconducto. No obstante, fue detenido hasta recibir órdenes de París. Garibaldi no opuso resistencia, a pesar de la contrariedad de tener que esperar tanto tiempo, confiando que en seguida se le presentaría la ocasión de evadirse.

Primero se le encerró en Grasse y, al día siguiente, fue trasladado a Draguñan. En este pueblo quedó encarcelado en un primer piso, cuya única ventana daba a un jardín. Una vez le dejaron solo, pudo comprobar que únicamente debía superar una altura de quince pies para encontrarse a salvo. Lo hizo en seguida, saltando desde la oportuna ventana, y corrió como un gamo. Y cuando los carabineros quisieron perseguirlo, al ser menos ágiles le perdieron en las cercanas montañas.

Garibaldi desconocía el terreno, lo que no supuso ningún problema al saberse orientar por el cielo, igual que todo buen marino. De esta manera se dirigió a Marsella. Como tenía hambre, entró en una posada. Vio a una pareja de jóvenes calentándose ante una chimenea, junto a la cual había una larga mesa dispuesta para la cena. Preguntó si podía sentarse a comer algo, y le dijeron lo que le iba a costar.

Dio cuenta de un guisado y de algún otro plato, además de vino. Y al sentirse tan satisfecho, contó que llevaba veinte horas corriendo por las montañas. Esto supuso revelar que era un fugitivo, lo que provocó que el posadero le dijera:

—No ha debido hablar usted esas cosas, porque me ha obligado a detenerle.

Garibaldi se tomó a risa estas palabras y siguió cenando, sin inquietarse. Pero no tardó en comprobar que la cosa iba en serio, lo que le obligó a idear una manera de eludir el peligro.

La encontró al ver que le rodeaba mucha gente del pueblo, ya que alrededor de la mesa se sentaban una veintena de comensales. También había otros hombres jugando a las cartas en unas mesas más pequeñas. Sólo debió servirse de su excelente voz de barítono, para cantar Le Dieu des bonnes geis. Y los versos de Beranger encantaron al auditorio, hasta el punto de que le obligaron a repetirlos dos o tres veces. Muchos terminaron por abrazarlo y, al final, todas las voces se unieron para corear estos gritos:

—¡Viva Beranger! ¡Viva Francia! ¡Viva Italia!

Al contar con estos amigos, Garibaldi pudo salir del lugar sin ser molestado por el posadero. Pero lo hizo al clarear el día, ya que durante la noche nadie le quiso dejar marchar, pidiéndole insistentemente que entonase otras canciones; mientras, corría el vino y bailaban las carcajadas y los gritos patrióticos.

Días más tarde, llegó a Marsella. Al comprar el periódico El pueblo soberano, se pudo enterar que se le había condenado a muerte en rebeldía. Y como leyó su nombre completo, decidió que desde aquel momento se apellidaría Pane. Permaneció en la ciudad portuaria varios meses, en casa de su amigo Giuseppe París. Finalmente, embarcó en el bergantín Unión.

Una semana después, mientras estaba hablando en la cubierta con el capitán Francesco Gaza, pudo vera un niño jugando en el muelle de Santa Ana. Sin embargo, lo hacía saltando de un bote a otro bote, con tanta imprudencia que tropezó y cayó al agua.

Garibaldi o Pane saltó a socorrerlo, sin importarle llevar su mejor traje, y lo consiguió. El jovencito tenía catorce años y se llamaba José Rambaud. Su madre besó al salvador y quiso recompensarlo con dinero o con lo que hiciera falta. Toda una muestra de afecto, que se hizo más intensa cuando, meses después, el futuro héroe y un amigo cumplieron la misión de enfermeros durante la epidemia de cólera que diezmó la ciudad de Marsella.

Y a partir de este momento debemos ofrecer una visión más generalizada de las actividades de Garibaldi en América, donde llegó poco más tarde. Contar detalladamente lo que hizo al otro lado del Atlántico nos obligaría a rellenar cientos de páginas. Como nuestro propósito es reflejar la juventud del libertador, vayamos a condensar la segunda etapa de este período.

Garibaldi pisó Brasil con el apellido de Borel, y llevando una carta de recomendación de Mazzini para la colonia de italianos. En ésta las gentes vivían a la manera de las comunas, hermanados de tal manera que todo lo que se obtenía era repartido solidariamente. Allí no se tardó en saber que acababan de aceptar «como uno más» a Garibaldi. Y así le describió una de las mujeres italianas:

Era un vigoroso muchacho rubio. Con frecuencia se quedaba ensimismado en medio de una discusión muy animada. Sus ojos tenían algo de santo, con esa dulce expresión de los que saben perdonar porque son buenos de verdad. Le encantaba jugar con los niños como si fuera uno de ellos.

Brasil llevaba poco tiempo siendo independiente, en sus inmensos territorios reinaba el caos y la injusticia, debido a que no se había conseguido mantener la unidad. En la provincia de Río Grande do Sul su presidente fue encarcelado por las tropas imperiales. Esto permitió que Garibaldi y su amigo Rosseti, un gran marino, se pusieran al servicio del prisionero, al disponer de una vieja embarcación, a la que habían bautizado con el nombre de Mazzini.

Para llegar ante tan importante personaje se sirvieron de la mediación de su secretario, el conde Zambeccari. Ahora conviene saber que el presidente prisionero disponía de su palacio y de un amplio campo de acción, lo que le permitió firmar unas credenciales, sin que se enteraran sus carceleros, para que el Mazzini pudiera navegar con la bandera de la república de Río Grande do Sul.

De esta manera, Garibaldi y Rosetti contrataron una tripulación y, en seguida, dieron comienzo a una actividad de corsarios. En su primer ataque se apoderaron de una embarcación austríaca que navegaba con bandera brasileña; y como era más grande que el Mazzini, la convirtieron en su centro de operaciones. Luego, con un gran dolor, hundieron el viejo cascarón que les había permitido obtener el primer triunfo.

Donde quedó palpable la nobleza tan singular de Garibaldi fue en el trato de los prisioneros. A todos los condujo a Uruguay, donde los dejó libres. Cinco negros prefirieron que darse con él, pues no creían poder encontrar un capitán tan honesto en toda su vida. Y a un infeliz negociante que pretendió salvar la vida a cambio de una caja llena de diamantes, se limitó a decirle:

—Puede quedarse con sus riquezas, porque nosotros luchamos por el bien de los oprimidos. No somos ladrones.

Sin embargo, navegar por ríos y mares desconocidos, no disponiendo de mapas y fiándose sólo del cielo resultaba muy peligroso. Cuando faltaba la comida, la encontraban en las orillas al haber caza en abundancia. Pronto se vieron acosados por dos barcos de guerra; y al enfrentarse a éstos, la primera andanada mató al timonel y la segunda alcanzó en el cuello a Garibaldi.

La herida fue tan grave, que le dejó al borde de la muerte. Por fortuna habían conseguido eludir al enemigo, para encontrarse con que no sabían qué rumbo elegir. El único que lo conocía, fijándose en el cielo, había perdido el sentido. Le curaron durante algunas semanas, sin demasiadas esperanzas. Hasta que se dieron cuenta de que se recuperaba, al disponer de un cuerpo de atleta sano y bien provisto de defensas. Y cuando se puso en pie, lúcido, ya se encontraban en Gualaguaychu, donde anclaron.

Se hallaban en Argentina, donde se conocían sus actividades como «piratas». Las autoridades los consideraron prisioneros, aunque los permitieron moverse en doce millas a la redonda. Garibaldi se sintió como un garañón encerrado en una cuadra, por grande que ésta fuera. Como ya sabía montar a la manera de los gauchos, procuró escapar por unos bosques que desconocía, los cuales estaban cubiertos de unos árboles altos y frondosos que le impedían ver el cielo.

Le perseguían auténticos gauchos que cabalgaban mejor que él y, sobre todo, que conocían el terreno como la palma de su mano. Por eso le apresaron, para dejarle a merced del comandante de Gualaguaychu. Un tirano que desconocía la piedad. Garibaldi fue azotado con un látigo hasta desollarle la espalda, porque se negaba a dar el nombre de los que le habían facilitado la huida. Le colgaron por los brazos a una barra del techo, de tal manera que todo el peso del cuerpo recayera sobre las muñecas ensangrentadas y dislocadas. Bajo este suplicio le mantuvieron durante largas horas.

En el momento que le descolgaron, sintió su cuerpo tan «frío e insensible al dolor como el de un muerto». Para entonces el comandante había aceptado que nunca conseguiría hacerle hablar. Le dejaron abandonado en una habitación con la puerta abierta. Y hubiese muerto de no ser por una mujer, «madame Alemán» (como la llama Garibaldi en sus memorias), que le curó con esos remedios indios que «lo sanan todo en un tiempo prodigioso».

Y el destino quiso que, meses después, Garibaldi y sus hombres se apoderaran de Gualaguaychu. Al decidir la suerte de las autoridades, se prefirió dejarlas en libertad. También al comandante, a pesar de que fueron muchos los que le quisieron torturar. Pero el héroe consideraba que esta clase de venganza le igualaría a su verdugo. Se limitó a ordenar que le comunicasen que marchara hacia Río Grande, sin que jamás se le volviera a ocurrir regresar.

Garibaldi y sus hombres cabalgaron por la pampa, las montañas y las selvas. Eran unos proscritos que se habían ganado el respeto de los nativos, ya que su forma «tan sorprendentemente noble» de tratar a los prisioneros era admirada. Y cuando se pusieron al servicio de Benito Gonzales, el presidente de la república de Río Grande, fueron aceptados. Al héroe se le nombró capitán de una flota inexistente, que debía ser construida.

Resultó complicado encontrar la madera y el hierro necesarios, lo mismo que la mano de obra especializada. Debió buscarse entre los emigrantes a quienes no habían olvidado el oficio desempeñado en Europa. Ocho meses más tarde, pudieron ser botadas dos embarcaciones de catorce toneladas, cada una de las cuales disponía de dos cañones. Reclutar a la tripulación también resultó complicado. Garibaldi los fue buscando por todo el país, hasta contar con seis fieles italianos y una veintena de mulatos y esclavos liberados, que en seguida aprendieron a respetarlo al comprobar que no utilizaba el látigo para hacerse obedecer.

La misión esencial de esta reducida Ilota era impedir la llegada de los enemigos brasileños, lo que consiguieron lo misino en el agua como en la tierra. Esto los rodeó de un gran respeto, cuando al principio muchos se rieron de ellos.

Meses después, en vista de que las costas estaban seguras, prepararon una especie de infantería al ser informados de que el enemigo se hallaba en el estuario de Los Patos.

Garibaldi ordenó la construcción de dos carros provistos de ocho enormes ruedas, y con un tiro de doscientos bueyes. De esta manera pudo transportar sus barcos por tierra firme, recorriendo unos despeñaderos. En una maniobra que resultó fallida por culpa de un fuerte viento: el barco de Garibaldi se hundió, y éste se salvó al utilizar unas tablas como sujeción. Sin embargo, cuando su querido Luigi, un hombre que le había salvado la vida en El Plata, pretendió ayudarle, fue arrastrado por una ola y nunca se le encontró con vida.

La fallida misión costó dieciséis vidas humanas, toda una tragedia que el héroe jamás olvidaría. Lloró por ellos y, después, tuvo que ocuparse de los trece supervivientes, los mejores nadadores, con los que apenas se podía entender al no hablar el mismo idioma.

Llegado el mes de agosto, Garibaldi navegaba en el Itaparica, una nueva embarcación, cuando se le ocurrió utilizar su catalejo. De repente vio a una muchacha muy bella, que le pareció una madona de las pintadas por el español Murillo. En seguida dio órdenes de atracar y, luego, materialmente corrió hasta la casa donde estaba «ella». No le cabía la menor duda de que era la mujer que estaba buscando desde siempre. El mismo Garibaldi contó este momento:

Nos quedamos frente afrente, callados, nos miramos como dos personas que se ven por vez primera y buscan en los rasgos del otro algo que les indique un recuerdo. La saludé finalmente y dije: «Has de ser mía». Mi portugués era deficiente, y debí hablarle en italiano.

Sin embargo, ella, Anita, había sido prometida hacía cuatro años por su padre al terrateniente que le pagaba por pastorear sus rebaños. Éste se llamaba Manuel de Aguiras y era un buen hombre, por eso esperó a que la niña se hiciera mujer. Ya lo era, pues contaba dieciocho años. Toda una barrera que Garibaldi se saltó, no se sabe cómo, porque ni él mismo se lo contó a nadie. Sólo se conoce que volvió al barco, a los dos días, en compañía de Anita...

Era un tesoro prohibido. ¡Pero qué tesoro!... Si alguien fue culpable del hecho, ¡ése fui sólo yo!, escribió el héroe.

Este hombre liberal, demócrata puro, en lo que concierne a las mujeres actuó de una forma muy primitiva, al no respetar ciertas reglas sociales y preferir la norma «de esta hembra quiero y con ella me quedo, sin preocuparme de si violento su voluntad o voy en contra de algún hombre que ya tiene el derecho a hacerla suya». La verdad es que Anita consintió el trato desde el primer momento, debido a que se sentía atraída por ese extranjero rubio tan gallardo y valiente. De ahí que le fuera tan fiel como una india, al seguirle a todas partes, soportar las mayores calamidades o gozar de sus triunfos.

Y Garibaldi la correspondió con un amor apasionado. Una semana después de conocerse, la pareja se vio en medio de un combate naval: diez barcos enemigos empujaron a los tres de Garibaldi a la bahía de Barre. Uno de los primeros cañones dio de lleno en la cubierta, y Anita cayó al suelo en compañía de tres hombres. Estos fallecieron en el acto, mientras que ella se incorporaba milagrosamente ilesa.

En seguida su amado la llevó a un lugar más seguro, el entrepuente. Pronto descubrió que ella había conseguido una carabina y estaba disparando.

La batalla parecía perdida; no obstante, al llegar la noche, Garibaldi realizó una maniobra tan audaz que logró escapar de la encerrona. Sus otros dos barcos le siguieron. Y al encontrarse en tierra firme, él debió aceptar la idea de que llevaba a su lado a una mujer que podía defenderse igual que cualquier hombre. No tardaría en comprobarlo, porque volvieron a ser atacarlos por los imperialistas. Y en esta ocasión se perdieron dos embarcaciones, fueron diezmadas las tripulaciones y Anita realizó la proeza de sacar las municiones de la tercera, realizando veinte viajes con un bote. Por último, «su hombre», como ella le llamaba, quemó ese tercer navío completamente inutilizado.

Estas primeras derrotas obedecieron a la falta de medios de todo tipo, especialmente los económicos. Ni siquiera se podían pagar los jornales de la tropa, comprar mejor armamento o reforzar adecuadamente las defensas. Garibaldi había sido ascendido a coronel, y sólo tenía una camisa remendada, de la que se sentía orgulloso al ser el manto blanco de algodón de los gauchos. A su lado siempre iba Anita, la reina de mi alma, que estaba tan interesada como yo por los asuntos del pueblo.

Cierta tarde seiscientos soldados del emperador se enfrentaron a los sesenta y tres de Garibaldi. Anita no vaciló al encontrarse en el corazón de la batalla, sin dejar de servir municiones a sus compañeros. Cuando entendió que ya no había posibilidad de resistir, montó en un caballo y escapó de allí. De pronto, una bala atravesó su sombrero, aunque sólo pasó por su espeso cabello. La hubiera resultado fácil huir, de haber sido alcanzada su montura por otro proyectil. Terminó viéndose detenida y llevada ante el jefe de los imperialistas.

Como éstos creían haber matado a los rebeldes, en el momento que ella les pidió que la dejasen ir a comprobar si el cadáver de «su hombre» se encontraba entre los muertos, se sintieron tan asombrados de su entereza, que no supieron decirle que no.

Y Anita recorrió todo el campo de batalla, dando vuelta a los cuerpos, descubriendo los rostros tapados por la maleza, las ropas, los sombreros o cualquier otro obstáculo. Más de dos horas empleó en este macabro recorrido, hasta que un atisbo de esperanza se abrió en su mente: «¿Y si Giuseppe estuviese vivo?».

Como había aprendido a ser astuta junto a su amor, al descubrir la casa de unos campesinos, entró a pedir una taza de café y un caballo. Es posible que a aquellos infelices ella les pareciese un espectro, pues le dieron lo que quería sin pedirle nada a cambio.

Seguidamente, Anita cabalgó por el Mato, uno de los bosques más gigantescos de Sudamérica, que se extendía entre La Plata y el Amazonas. Pudo esquivar las ramas, los arbustos y los espinos, lo mismo que a las fieras y a las serpientes venenosas. Cuatro días y cuatro noches avanzó por aquel terreno hostil, sin comida, siguiendo el rumbo que le marcaba el corazón. Tampoco se concedió un descanso.

Como hubo momentos que siguió moviéndose entre truenos y relámpagos, negándose a que le rindiera la lluvia torrencial, los imperialistas que la vieron fueron incapaces de disparar... ¡Porque era una visión salida del infierno! Bastante tuvieron con santiguarse aterrorizados.

Al octavo día encontró el campamento de los italianos, y pudo caer en brazos en Garibaldi... ¿Acaso le localizó por medio de ese poder telepático o emocional que une a los seres humanos que se aman apasionadamente? Meses más tarde Anita dio a luz un niño por sus propios medios, ya que se encontraba sola en una cabaña junto al estuario de Los Patos del Atlántico. Al pequeño se le bautizó con el nombre de Menotti.

El hecho de tener un hijo llevó a que Garibaldi pensara en conseguir un hogar estable. De momento se conformó con adquirir una cuna y algunas ropas. Había recibido un dinero extra, y marchó a una localidad próxima a realizar las compras. No obstante, al volver... ¡Encontró la tosca vivienda saqueada por los imperialistas! Pero, ¿dónde estaban Anita y Menotti?

Los buscó por las cercanías, desesperadamente. Cuatro días tardó en dar con ellos. Estaban a salvo. Después de las lágrimas de felicidad, vinieron las risas cuando ella contó cómo había escapado sobre un caballo, totalmente desnuda y con el niño en brazos, delante del enemigo, que había vuelto a ser sorprendido por una «aparición».

Más tarde, al efectuar un repaso de los recientes acontecimientos, debieron admitir que les quedaban pocas esperanzas. De los seis mil guerrilleros que llegaron a reunir en las mejores épocas, ya sólo sobrevivían ochocientos, y la mayoría de éstos se hallaban heridos o enfermos. Entre los caídos Rosetti, el más fiel de los compañeros. Y a Garibaldi sólo le quedó la opción de partir con su familia. Antes se despidió de los que aún se mantenían de pie, prometiéndoles que pronto los mandaría llamar. No era una deserción.

La marcha resultó muy larga y peligrosa. Al atravesar los ríos o bajar por las pendientes, Garibaldi se colocaba a su hijo atado al cuello con un pañuelo. Pero les faltaba la comida; y los pechos de Anita se quedaron sin leche. Afortunadamente, encontraron viviendas donde había vacas, cuyos propietarios no le negaron al niño su alimento.

Por último, el héroe y su compañera se entrevistaron con el presidente Gonzales para dar por terminado el pacto. El viejo responsable de una pobre república estaba en deuda con Garibaldi, y sólo pudo pagarle con el ganado que pudiera encontrar por las cercanías. Veinte días llevó lacear a doscientos toros; y otros quince conducirlos a Montevideo.

En aquel año de 1841, el héroe fue recibido por los italianos como un líder. Sin embargo, nadie pensó en crear un ejército revolucionario. Se diría que esta fiebre había sido apagada por los grandes poderes. A Garibaldi sólo le quedó el camino de actuar como un burgués, ya que debía ganar el dinero para tres bocas. Se hizo vendedor de macarrones y telas francesas, fue maestro en el instituto de un tal Paolo Semidei. Y al saber que el antiguo prometido de Anita había muerto, consintió en casarse por la Iglesia. Lo hizo por ella, ya que odiaba a los curas, al verlos como la representación de un Vaticano que estaba oprimiendo a la mitad de Italia.

Anita demostró su habilidad de ama de casa igual que antes se había portado como una guerrillera: averiguó dónde se pagaba más barato por unos productos de la misma calidad y supo regatear con la habilidad de una gitana. Y de esta manera el dinero que traía su marido daba para vivir desahogadamente.

Pero se encontraban en Uruguay, un país muy joven, lleno de riquezas naturales, que apetecían a los gigantes con los que compartía fronteras: Brasil y Argentina. Esto provocaba continuas peleas, algunas demasiado cruentas. Y al conocerlos resultados de una de éstas, Garibaldi sintió que debía pagar de alguna manera la buena acogida que le habían brindado las gentes de Montevideo.

Decidió volverá ser un guerrillero en el momento que la ciudad fue asediada por los argentinos. Se corrió la voz que los invasores se hallaban dispuestos a matar a todos los extranjeros que encontrasen. El héroe no había dejado de tratarse con sus vecinos italianos, y los conocía a todos por sus nombres. Eran pequeños negociantes. Contaban con poco dinero; pero poseían la esencia básica: la fe en la libertad.

Cuando formaron un ejército, se encontraron con que no tenían uniforme. Como uno de ellos guardaba una partida de camisas rojas de algodón para los mataderos de Argentina, que no había podido dar salida por culpa de la guerra, se las entregó a Garibaldi. De esta forma nacieron los famosos «camisas rojas». Quizá nunca en la historia se hubiera denominado a un ejército por el color de sus camisas.

A las pocas semanas los legionarios «rojos» se habían hecho famosos, al haber roto el asedio de Montevideo. Sumaban ochocientos, y sólo recibían como soldada unas raciones de pan, sal, vino y aceite. Nunca dinero, a la manera de los antiguos espartanos. Sólo bastaba que Garibaldi pronunciara su famoso grito «¡Adelante, hoy nos toca vencer a nosotros!», para que lucharan con una audacia increíble.

Combatían con bayonetas y el terrible cuchillo de los ganchos. Un general enemigo se propuso acabar con los «camisas rojas»; y llegó a matar a un tercio de ellos, sin hacerlos retroceder. Porque cuando uno caía, dos venían a reemplazarlo. Esto permitió que naciera el mito, porque al ver a los hombres de Garibaldi se adquiría la certeza de que la victoria sería suya.

Tardaron poco en acabar con el bloqueo argentino, consiguieron descargar sus aprovisionamientos en los mismos puertos enemigos y hasta se propusieron marchar a Buenos Aires para detener al dictador Rosas. Su acción más espectacular la protagonizaron al burlara la flota argentina, mientras las mujeres y los niños de Montevideo contemplaban la escena desde los balcones y las tenazas de las casas. Y el aplauso se hizo general.

Pero Garibaldi ya no era un joven, lo que nos permite cerrar aquí nuestro relato histórico.

(Garibaldi regresó a Italia en 1848, para apoyar la República de Manzini. Gracias a sus dotes militares inculcó al pueblo el entusiasmo por el movimiento unitario. Caída la República, en 1850, se trasladó a Estados Unidos. Cuatro años más tarde, regresó a su país, pero se vio rodeado de espías. Debió retirarse a las proximidades de Cerdeña.

En 1857 se unió a la Asociación Nacional, que agrupaba a los italianos bajo la autoridad de la casa de Saboya. Con sus cazadores alpinos prestó grandes servicios lo que le hizo muy popular. Durante la revolución de Sicilia, en 1860. llegó a esta isla con un ejército de revolucionarios y se la arrebató al rey de Nápoles, provocando que las provincias meridionales se sublevaran. Años después se apoderó de Roma, pero fue vencido por los franceses en 1867. Volvió a tomar las armas tres años más tarde para defender la III República Francesa, obteniendo la victoria en Dijon. En 1875 fue elegido miembro del Parlamento italiano; no obstante, siguió residiendo en su humilde casa de Capresa, donde murió en 1882. Actualmente, es considerado uno de los héroes más grandes y nobles de la moderna Italia.)