Cuando tenía siete años encontré a un anciano yendo por el polvoriento sendero que llevaba de la escuela a la granja. El último sol del atardecer se enfriaba y él estaba sentado en una roca, con la cabeza descubierta, y las manos extendidas para recibir el suave calor de la tarde, silbando una bonita canción. Al verme pasar me saludó con la cabeza. Yo le devolví el saludo. Sentí curiosidad, pero sabía que no estaba bien entablar relación con desconocidos. Era como si éstos llevaran consigo males sin nombre, como si pudieran convertirse en leones cuando sólo había un niño para verlos.

—Hola, chico —dijo él.

Me detuve y removí el polvo con los pies, inquieto. Parecía más un halcón que un león. Vestía un traje color marrón con toques de gris y rojo oscuro y sus manos eran tan rosadas como la carne de un conejo recién capturado por un halcón. Tenía el rostro muy moreno salvo alrededor de los ojos, donde quizá hubiera llevado gafas; esa zona era más blanca y ello le daba mayor intensidad a su mirada.

—Hola —dije yo.

—Ha sido un día muy caluroso. Tiene que haber hecho calor en la escuela —dijo.

—Tienen aire acondicionado.

—Así que ahora tienen aire acondicionado… ¿Cuántos años tienes?

—Siete —dije yo—. Bueno, casi ocho.

—¿Mamá te ha dicho que no hables nunca con los desconocidos?

—Y papá también.

—Buen consejo. Pero ¿no me has visto antes por aquí?

Le miré con más atención.

—No.

—Mírame bien. Examina mis ropas. ¿De qué color son?

Su camisa era gris, como la roca sobre la cual estaba sentado. Los puños de las mangas, que asomaban bajo la chaqueta de color rojizo, estaban blancos. No olía mal pero no parecía especialmente limpio, aunque iba recién afeitado. Tenía el cabello blanco y sus pantalones eran del mismo color que el polvo bajo la roca.

—De todos los colores —dije.

—Pero, básicamente, de los mismos colores que el paisaje, ¿no?

—Supongo que sí —dije yo.

—Eso se debe a que no estoy aquí. Me estás imaginando, al menos una parte de mí. ¿No parezco alguien de quien habrías oído hablar antes?

—¿A quién se supone que te pareces? —le pregunté.

—Bueno, estoy lleno de historias —dijo—. Tengo montones de historias que contar a los niños y las niñas pequeñas e incluso a la gente mayor, si quieren escucharlas.

Me dispuse a irme.

—Pero sólo si quieren escucharlas —dijo él.

Eché a correr. Cuando llegué a casa le hablé a mi hermana mayor del hombre en el camino, pero lo único que hizo fue poner cara preocupada y decirme que no me acercara a los desconocidos. Seguí su consejo. Durante cierto tiempo evité ese camino y, aunque ya tenía ocho años, no hablé con desconocidos más que cuando era imprescindible.

La casa en la que vivía con los otros cinco miembros de mi familia, dos perros y un gato constantemente asediando, era blanca, cuadrada y cómoda. Las escaleras estaban hechas con una madera oscura y suave cubierta por una alfombra gastada. Los muros eran de roble oscuro y sus paneles llegaban casi medio metro por encima de mi cabeza, dejando paso luego a la blancura del yeso que se unía con el techo, también de yeso. El aire estaba lleno de olores: bacon cuando me despertaba, pan y sopa a la hora de la cena cuando volvía de la escuela, polvo los fines de semana cuando ayudaba a limpiar.

A veces mis padres discutían, y no sólo por el dinero, y ésos eran malos momentos; pero normalmente éramos felices. Se hablaba de vender la granja y la casa para ir a Mitchell, donde papá podría trabajar en una fábrica mezcladora de alimentos dirigida por ordenador, pero era sólo eso, charla.

Cuando fui otra vez por el camino estábamos a principios de verano. Me había olvidado del anciano. Pero entonces vi a una mujer y fue casi del mismo modo, cuando el sol ya se estaba enfriando y el aire estaba lleno de abejas perezosas. Las desconocidas no son tan malas como los desconocidos, y escasean mucho más. Estaba sentada en la roca gris, llevando una larga falda verde cubierta de polvo, con un chal floreado y una blusa que tenía el mismo color de los algodoneros cuando los ves a través de la luz apagada de un atardecer muy cálido.

—Hola, chico —dijo.

—Tampoco la conozco —tartamudeé, y ella sonrió.

—Claro que no. Si no le reconociste a él, menos puedes conocerme a mí.

—¿Le conoce? —pregunté. Ella asintió—. ¿Quién era? ¿Quién es usted?

—Los dos estamos llenos de historias, sólo que las explicamos desde ángulos distintos. No tendrás miedo de nosotros, ¿verdad?

Sí que lo tenía, pero el que me lo preguntara una mujer era algo totalmente distinto a que me lo preguntara un hombre.

—No —dije—. Pero ¿qué están haciendo aquí? ¿Y cómo sabe…?

—Pide una historia —contestó ella—. Una que jamás hayas oído antes.

Sus ojos eran del color de las castañas asadas, y los tenía medio cerrados para mirar al sol de tal forma que sólo podía ver su pupila, no el blanco. Cuando los abrió del todo para mirarme, seguían siendo todo pupilas, sin nada de blanco.

—No quiero oír historias —dije en voz baja.

—Claro que quieres. Lo único que debes hacer es pedirlo.

—Es tarde. Tengo que ir a casa.

—Conocí a un hombre que se convirtió en una casa —dijo ella—. No le gustó. Tuvo que estarse quieto durante treinta años y ver cómo la gente que vivía dentro iba creciendo para ser igual que sus padres, gente fea y sucia que dejaba desconchar sus muros y tenía los cuartos de baño en un estado deplorable. Así que una mañana los escupió, con muebles y todo, y cerró sus puertas dejándolos fuera.

—¿Cómo?

—Ya me has oído. Les echó. La pobre casa estaba tan disgustada que volvió a convertirse en hombre, pero ahora había envejecido y tenía cáncer y su corazón estaba enfermo a causa de todo lo que tuvo que soportar. Murió poco después.

Me reí, no porque el hombre se hubiera muerto sino porque sabía que todas esas cosas eran mentiras.

—Eso es una tontería —dije.

—Entonces, aquí tienes otra. Había un gato que deseaba comer mariposas. En todo el mundo no hay nada mejor para un gato que acechar por entre la hierba, esperando a que vengan las mariposas de color negro y calabaza. Se agazapa y menea el trasero para clavar firmemente sus zarpas en el suelo y luego salta. Pero una mariposa no sirve para alimentar a un gato, sólo le sirve para practicar. Había una chica más o menos de tu edad (podría haber sido tu hermana, pero ella jamás lo confesará), que vio al gato y decidió darle una buena lección. Se escondió entre la hierba más alta con dos viejas cometas bajo los brazos y esperó a que el gato se le acercara. Cuando estuvo realmente cerca, se puso las gafas oscuras de su madre para que sus ojos parecieran saltones y tuvieran un aspecto bien raro, y luego se levantó de un salto agitando las cometas como alas. Bueno, la cosa fue un poco demasiado real porque en un santiamén se encontró volando, y era mucho más pequeña de lo que había sido y el gato saltó sobre ella. Casi la cogió. Pregúntale a tu hermana alguna vez sobre ello, a ver si lo niega.

—¿Cómo volvió a ser mi hermana?

—Se asustó demasiado y no pudo volar. Aterrizó en una flor y la aplastó. Además, las gafas se rompieron.

—Una vez mi hermana le rompió a mamá un par de gafas.

La mujer sonrió.

—Tengo que irme a casa.

—Mañana serás tú quien me traiga una historia, ¿de acuerdo?

Salí corriendo sin contestarle. Pero en mi cabeza ya se estaban levantando monstruos de entre las sombras. Si había creído que estaba asustado, ¡que esperase hasta oír la historia que yo le contaría! Cuando llegué a casa, Barbara, la mayor de mis hermanas, estaba haciendo limonada en la cocina. Era un año mayor que yo pero actuaba como si ya hubiera crecido. Tenía unos buenos seis centímetros más que yo y sólo podía vencerla si le daba un golpe afortunado, pero no de otro modo, con lo cual su poder sobre mí era terrible. Pero normalmente nos llevábamos bien.

—¿Dónde has estado? —me preguntó, igual que mi madre.

—Alguien se ha chivado de ti —dije.

Del susto se le pusieron los ojos igual que a una cierva, pero luego se fueron cerrando hasta convertirse en dos rendijas.

—¿De qué estás hablando?

—Alguien se ha chivado sobre lo que hiciste con las gafas de mamá.

—Ya me dieron una azotaina por eso —dijo con aire despreocupado—. No hay mucho que contar.

—Oh, pero yo sé algo más.

—No fue jugando a médicos —replicó.

La más pequeña, Sue Ann, siendo la más débil y la más astuta, tenía la costumbre de contarle a la gente que alguno de nosotros jugaba a médicos. No sabía lo que quería decir eso (de hecho, yo apenas si lo sabía tampoco), pero una vez resultó ser verdad y desde entonces lo blandía contra nosotros como único vestigio de poder.

—No —dije yo—, pero sé lo que estabas haciendo. Y no se lo diré a nadie.

—Tú no sabes nada —dijo.

Luego, accidentalmente, me echó media jarra de limonada por la cara y la camisa. Cuando entró mamá, yo estaba gritando y maldiciendo igual que papá cuando arreglaba los coches, y me confinaron a cadena perpetua y noventa años más en el dormitorio que compartía con mi hermano menor, Michael. Esa noche la cena olía mejor que de costumbre, pero no probé ni pizca de ella. No sé muy bien por qué, pero no me sentía triste ni abatido. Eso me dio tiempo para pensar en una buena historia, una que diera mucho miedo, destinada a la mujer color tierra que estaba sentada sobre la roca.

Al día siguiente, la escuela fue la mezcla habitual del infierno y purgatorio. Luego los vientos secos y cálidos se fueron enfriando, sonó la campana y me encontré de nuevo en el sendero polvoriento, cruzando los cien acres del sur, caminando a la sombra de los grandes algodoneros. Llevaba mi cartera Correcaminos para el almuerzo, mi plumier y un libro (un manual de caligrafía que odiaba tanto que por la noche le iba arrancando páginas, para ir abreviando así su vida) y caminaba lentamente, para darle a mi historia tiempo de que fuera cuajando.

Estaba apoyada en un árbol, no muy lejos de la roca. Ahora puedo darme cuenta de que no era tan vieja como pensaba un niño de ocho años. Ahora puedo ver su grácil belleza delgada, pese a que el gris empezara a imponerse al rojo de su cabello, pese a las pequeñas patas de gallo que rodeaban sus ojos y las líneas que enmarcaban sus labios, producto de su sonrisa. Mas para el niño de ocho años sólo era una vieja extraña. Y ahora, pensó, tenía para contarle una historia que le haría ir mucho más de prisa a la tumba.

—Hola, chico —dijo ella.

—Hola.

Me senté en la roca.

—Me doy cuenta de que has estado pensando —dijo.

Fruncí el ceño, intentando verla mejor entre la sombra del árbol.

—¿Cómo lo sabes?

—Tienes el aspecto de un chico que ha estado pensando. ¿Has venido para escuchar otra historia?

—Esta vez tengo una que contar —dije.

—¿Quién va primero?

Siempre era más cortés dejar que la mujer fuera primera, así que dominé mi impaciencia y le dije que podía empezar ella. Me indicó que fuera hasta el árbol y me sentara en una pequeña roca, medio escondida por la hierba. Y mientras los grillos ocultos entre la hierba afinaban para el concierto de la noche, dijo:

—Había una vez un perro. Era un perro bastante normal, como los que te irían persiguiendo hasta tu casa si creyeran que les estaba permitido hacerlo; si no te conocieran, por ejemplo, o si creyeran que podías estar metido en algo que la gente mayor no encontraría digno de su aprobación. Pero este perro vivía en un cementerio. A decir verdad, era el perro del guardián. Ya has visto algún cementerio, ¿verdad?

—El cementerio al que llevaron al abuelo.

—Exactamente —dijo—. Con un césped muy bonito y piedras muy grandes, blancas y grises, y para los que han muerto recientemente piedras más pequeñas de color gris con nombres y flores y años inscritos en ellas. Y en algunos sitios había árboles, con un mortuorio cercano hecho de ladrillo y un garaje lleno de coches negros y un lugar detrás del garaje que no sabes adónde llevará. —Desde luego, conocía el lugar—. Este perro tenía una vida bastante buena. Su trabajo era mantener el lugar limpio de animales por la noche. Después de cerrar las puertas le dejaban suelto y él se pasaba la noche yendo de un lado a otro. Era casi blanco, ¿sabes? Si le veía alguien que no debía estar allí, pensaría que era un fantasma y saldría corriendo.

»Pero este perro tenía un problema. Su problema era que las ratas no le hacían mucho caso. Había toda una pandilla de ratas. Su jefe era una muy grande, tendría casi un metro del hocico a la cola. Estas ratas vivían bajo el suelo en la parte vieja del cementerio y allí encontraban su comida.

Con eso ya tuve bastante. No quería oír nada más. El aire se había vuelto mucho más frío de lo normal y quería llegar a casa con tiempo suficiente para la cena y con ganas de comer aún. Pero no podía irme justo entonces.

—El perro no sabía lo que hacían las ratas y, probablemente como nos pasaría a ti y a mí, no tenían muchos deseos de enterarse. Pero su trabajo era mantenerlas bajo control. Así que, un día, hizo una tregua con un par de gatos a los que normalmente atormentaba y les habló de las ratas. Los gatos eran viejos y duros, así que no temían la competencia de todos los demás, pero eran buenos amigos. Entonces, el perro les hizo una propuesta. Dijo que les permitiría usar el cementerio siempre que quisieran, que podrían ir por él para cazar o para lo que les viniera en gana, siempre que dieran un buen susto a las ratas. Los gatos le hicieron repetir su oferta para entenderla bien y luego dijeron: «Iremos donde nos dé la gana, cada vez que nos plazca y tú nos dejarás en paz». El perro estuvo de acuerdo.

»Esa noche el perro estuvo esperando oír el ruido de la batalla. Pero no oyó nada, ni un maullido. Ni tan siquiera un chasquido de cola en el viento. —Ella tragó aire y yo la imité—. Cuando ya era medianoche, el perro fue hacia allí. Estaba muy oscuro y no soplaba nada de viento, no se oía ningún pájaro y ninguna estrella brillaba para aliviar ese terrible color negro, como el que hay dentro de una cámara de fotografiar. Fue husmeando todo el camino hasta la parte vieja del cementerio y se encontró con la rata jefe, que estaba sentada sobre una vieja lápida de madera a punto de caerse. Sólo se podían ver sus ojos y la punta del rabo en la oscuridad, pero el perro la olió. “¿Qué ha sido de los gatos?”, preguntó. La rata se encogió de hombros. “No he visto ningún gato”, dijo. “¿Qué pensabas…, que podías asustarnos con un par de gatos? Ja. Escucha… si esta noche hubiéramos tenido gatos por aquí, ahora estarían colgados en mi casa, carne en la despensa, y mis jovencitas engordarían con…”.

—¡No-o-o! —grité yo y salí corriendo, alejándome de la mujer y del árbol para no oír nada más de la historia.

—¿Qué ocurre? —gritó ella—. ¿No tienes ganas de contarme tu historia? —Y su voz me fue siguiendo mientras corría.

Era extraño, pero esa noche deseé saber lo que había sido de los gatos. Puede que no les hubiera pasado nada. El no saberlo hizo que mis visiones fueran mucho peores… y no dormí bien. Pero mi cerebro funcionó como jamás había funcionado antes.

Al día siguiente, sábado, tenía un final para la historia (no era muy bueno, recordándolo ahora), pero sirvió para asustar tanto a Michael que me amenazó con decírselo a mamá.

—¿Para qué quieres decírselo? —le pregunté yo—. ¡Cobardica, jamás volveré a contarte una historia si se lo dices a mamá!

Michael era un año más joven que yo y no le preocupaba el futuro.

—Antes nunca me contaste historias y todo iba muy bien —dijo—. No las echaré de menos.

Bajó corriendo la escalera hasta la sala. Papá estaba fumando una pipa y leyendo el periódico, descansando un poco antes de comprobar el riego en los treinta acres del norte. Michael se quedó parado al final de la escalera, pensando. Estaba a punto de cogerle y hacerle subir por la fuerza cuando se decidió y fue hacia la cocina. Sabía perfectamente lo que estaba pensando…, que papá muy probablemente se reiría y le llamaría ratoncito asustadizo. Pero mamá se preocuparía y querría darme una buena lección.

Mamá estaba poniendo una gran hoja de papel sobre la mesa de la cocina para marcar en él la forma de un mantel. Michael fue corriendo hasta ella y se agarró a su pierna mientras yo me detenía en la puerta, jadeando y prometiéndole torturas eternas con los ojos si decía una sola palabra. Pero a Michael no le preocupaba mucho el futuro.

—Mamá —dijo.

—¡Cobardica! —grité yo, con mi voz mucho más aguda en la i.

El refugio me estaba aguardando en el cobertizo del tractor. Era el escondite acordado. Mamá no sabía que yo estaría ahí, pero papá sí lo sabía y podía actuar como mediador.

Necesitó media hora para llegar hasta mí. Yo estaba sentado en la oscuridad, tras un banco de trabajo, practicando mohines y pucheros. Se quedó inmóvil en mitad del haz luminoso que penetraba por la rendija sin arreglar del techo. Las motas de polvo bailaban alrededor de sus piernas como danzarines alrededor de un poste de mayo.

—Hijo, mamá quiere saber de dónde sacaste esa historia —me dijo.

La verdad es que la pregunta me resultó bastante extraña. La que yo había estado esperando era «¿Por qué asustaste a Michael?» o, quizá, «¿Cómo se te ha podido ocurrir algo semejante?». Pero no era así. Sin que yo supiera cómo, había llegado al fondo del problema, había colocado esas palabras en los labios de papá y le había convencido de que las relaciones padre-hijo quedaban temporalmente suspendidas.

—La inventé —dije.

—Antes no habías inventado nunca esa clase de historias.

—Acabo de empezar.

Mi padre tragó una honda bocanada de aire.

—Hijo, siempre nos hemos llevado realmente bien salvo cuando me mientes. Nos conocemos demasiado para eso. ¿Quién te contó esa historia?

Esto era increíble. Estaban ocurriendo una serie de cosas que no podía entender, cosas tan misteriosas como adultas. No tenía modo alguno de esconder por más tiempo la verdad.

—Una vieja —dije.

Papá volvió a tragar aire, haciendo aún más ruido que la vez anterior.

—¿Cómo vestía?

—Un traje verde —dije.

—¿Hubo también un viejo antes?

Asentí.

—Jesús —dijo él en voz baja.

Se dio la vuelta y salió del cobertizo. Desde fuera, me gritó que volviera a casa. Me sacudí el polvo del mono que llevaba y le seguí. Michael me miró con expresión burlona.

—Encerrados en ataúdes con cadáveres muy viejos —dijo, imitándome—. ¡Puuuf! Te la vas a cargar…

Mis padres cerraron la puerta corredera de la cocina dejándonos a los dos fuera. Esto inquietó un poco a Michael, que empezó a temerse una venganza instantánea. Yo estaba demasiado preocupado y lleno de curiosidad como para cobrarme la venganza que me debía, así que salió por la puerta de atrás y empezó a perseguir al gato alrededor de la casa.

—¡Te encerraré en un ataúd! —iba gritando.

La voz de mamá se filtraba débilmente bajo la puerta corredera.

—¿Has oído eso? El pobre niño va a tener pesadillas. Afectará a su crecimiento.

—No exageres —dijo papá.

—¿Que no exagere? ¿Te parece que no debo exagerar el que esa sucia pareja haya vuelto? ¡Ben, deben tener como unos cien años de edad! ¡Están intentando hacer a tu hijo lo mismo que hicieron a tu hermano… y ahora fíjate en él! Viviendo en el pecado, escribiendo para esas revistas que están llenas de chicas…

—No está viviendo en el pecado, vive solo en un apartamento de Nueva York. Y escribe para todo tipo de sitios.

—¡Intentaron hacer lo mismo contigo! Doy gracias a Dios de que tu tía te salvara.

—Margie, espero que no pretendas…

—Por supuesto que sí. Ella lo sabe todo sobre esa clase de gente. ¡Les echó una vez y estoy segura de que puede hacerlo de nuevo!

Se había armado un jaleo tremendo. No comprendía ni la mitad de lo que ocurría, pero sí podía sentir la presencia de la Gran Tía Sybil Danser. Casi podía oír su voz cascada y el susurro que hacía su bolso lleno de Billy Grahams, Zondervans y otros pequeños panfletos en cuyas cubiertas brillaba un relámpago impreso en offset azul.

Sabía que el único modo de averiguar toda la historia era pegando el oído a la puerta para escuchar lo que decían mis padres, pero habían dejado de hablar y ahora permanecían sentados en ese pétreo silencio que indicaba enfado por parte de papá y una firme decisión por parte de mamá. Me enfurecía bastante el que nadie me echara la culpa de nada, como si yo fuera un niño idiota incapaz de hacer nada malo por mis propios medios. Estaba muy enfadado con Michael por haber provocado todo ese jaleo.

Y sentía curiosidad. ¿Tenían ese viejo y esa vieja más de cien años? ¿Por qué no les había visto antes, en el pueblo, o por qué no se los había oído mencionar a los otros chicos? Seguramente, yo no era el único al que veían en el camino para contarle historias. Decidí acudir a la fuente de todo el problema. Fui hasta la puerta corredera y pegué la mejilla a la rendija.

—¿Puedo ir a jugar a casa de George?

—Sí —dijo mamá—. Vuelve a tiempo para hacer tus tareas domésticas.

George vivía en la granja de al lado, unos tres kilómetros al este. Cogí mi bicicleta y tomé por el viejo sendero hacia el sur.

Los dos estaban bajo el árbol, comiendo el contenido de una cesta de mimbre. Bajé de mi bicicleta y me apoyé en la roca grisácea, cubriéndome un poco los ojos con la mano para verles mejor.

—Hola, chico —dijo el anciano—. Hacía tiempo que no te veía.

No se me ocurrió nada que decir. La mujer me ofreció una galleta y yo la rehusé con un «No, gracias, señora», que apenas si fue un murmullo.

—Bueno, entonces puede que tengas ganas de contarnos tu historia.

—No, señora.

—¿No hay historia para contarnos? Qué raro… Meg estaba segura de que en algún sitio, dentro de ti, había una historia. Quizá esté asomando por detrás de tus orejas, burlándose de nosotros con un dedo metido en la nariz.

La mujer me sonrió amistosamente.

—¿Té?

—Habrá problemas —dije.

—¿Tan pronto? —La mujer se alisó la falda y luego puso sobre ella un plato que contenía pan de nueces—. Bueno, tarde o temprano siempre llegan y esta vez han llegado temprano. ¿Qué opinas tú, chico?

—Creo que me he metido en un jaleo muy grande y no hice nada malo —dije yo—. No sé por qué me he metido en él.

—Entonces, siéntate —dijo el anciano—. Escucha una historia y luego cuéntanos lo que está pasando.

Me senté, sin demasiadas ganas de oír otra historia pero creí que debía hacerlo por cortesía. Cogí un poco del pan de nueces y lo mordisqueé, mientras la mujer sorbía el té y se aclaraba la garganta.

—Érase una vez una ciudad que estaba a orillas de un mar muy grande y muy azul. En la ciudad vivían quinientos niños y nadie más, porque el viento del mar no dejaba que nadie envejeciera. Bueno, naturalmente los niños nunca tienen niños, así que una vez llegó el viento la ciudad nunca llegó a crecer en número de habitantes.

—¿Dónde se había marchado toda la gente mayor? —pregunté.

El anciano se llevó los dedos a los labios y meneó la cabeza.

—Los niños intentaron pasar el día entero jugando, pero eso no era suficiente. De noche se asustaban y tenían pesadillas. No había nadie para consolarles, porque sólo los adultos sabían realmente cómo hacer que se fueran las pesadillas. A veces las pesadillas son caballos blancos que salen del mar y por eso dispusieron centinelas a lo largo de las playas y lucharon contra ellos usando varas hechas con un espino negro. Pero hay otra clase de pesadilla, una que es negra y surge del suelo, y contra ésta era imposible protegerse. Por eso los niños se reunieron un día y decidieron contarse todas las historias de miedo que existían, preparándose de esa forma contra todas las pesadillas. Descubrieron que era bastante fácil inventarse historias de miedo, y cada uno de ellos tenía por lo menos una o dos que contar. Se quedaron despiertos toda la noche inventando relatos sobre fantasmas y cosas muertas, y sobre cosas que estaban vivas pero que no deberían estarlo, y sobre cosas que no se encontraban en ninguno de esos dos estados. Hablaron de la muerte y de monstruos que sorbían la sangre, sobre cosas que viven en lo más hondo de la tierra, y sobre cosas largas y muy delgadas que se meten por las rendijas de las puertas para inclinarse de noche sobre las camas y hablar en lenguas que nadie puede entender. Hablaron de ojos sin cabeza y viceversa, y de zapatitos azules que cruzaban una habitación blanca y fría en la que no hay nadie, y dentro de esos zapatitos tampoco hay nadie, y de un camastro que cruje cuando está vacío y de una imprenta que produce periódicos de una ciudad que jamás existió. Cuando llegó el amanecer ya se habían contado todas las historias de miedo. Cuando los caballos negros brotaron del suelo la noche siguiente, y los blancos salieron del mar, los niños les acogieron con pasteles y jengibre, y todos celebraron una gran fiesta. También invitaron a las pálidas criaturas de las nubes, que parecen sábanas, y todos comieron mucho y se lo pasaron muy bien. Un caballo blanco dejó que un niño montara sobre él y le llevó donde el niño quiso. Y de ese modo ya no hubo más pesadillas en la ciudad de los niños que está junto al mar.

Terminé mi trozo de pan de nueces y me limpié las manos en las piernas.

—Por eso habéis intentado asustarme —dije.

Ella meneó la cabeza.

—No. Jamás he tenido razón alguna para contar una historia y tampoco tú deberías tenerla.

—Creo que ya no voy a contar historias nunca más —dije—. Mis padres se preocupan demasiado si lo hago.

—Filisteos —dijo el anciano, contemplando los campos.

—Escucha, jovencito, no hay nada mejor en el mundo que el arte de contar historias. Puedes dividir los átomos si te place, pero declinar un infinitivo y hacerlo bien es mucho más noble que eso. Puedes dedicarte a reventar úlceras y ampollas, pero el arte de crear burbujas de ilusión es normalmente más limpio y siempre es más divertido.

—Entonces, ¿por qué están enfadados papá y mamá?

El anciano meneó la cabeza.

—Es un misterio eterno.

—Bueno, pues yo no estoy tan seguro —dije—. Asusté muchísimo a mi hermano pequeño y eso no está bien.

—Asustarse no es nada —dijo la vieja—. Estar aburrido o ser un ignorante…, eso sí es un crimen.

—Sigo sin estar seguro. Mis padres dicen que debéis tener cien años de edad. Le hicisteis algo a mi tío que no les gusta nada y de eso hace ya mucho tiempo. Además, ¿qué clase de gente sois?

El anciano sonrió.

—Somos viejos, sí. Pero no tenemos cien años.

—He venido aquí para avisaros y nada más. Mamá y papá van a traer a mi tía y no se la puede tomar a broma; nadie puede hacerlo. Será mejor que os vayáis.

Dicho esto volví corriendo a mi bicicleta y me marché, pedaleando tan fuerte como podía. Me encontraba atrapado entre la espada y la pared. Quería a mis padres, pero también tenía muchas ganas de oír otras historias. ¿Por qué no era más fácil tomar decisiones?

Esa noche no dormí demasiado bien. No tuve sueños, pero no paraba de revolverme y me despertaba con algo latiendo en mi nuca, como si deseara que le permitiera salir de allí. Me apreté la cara con los dedos, obligándole a estarse quieto.

La mañana del domingo, mientras desayunábamos, mamá, que estaba sentada al otro lado de la mesa, me miró y, con su mejor expresión, me dijo:

—Esta tarde iremos a buscar a la tía Danser, al aeropuerto.

Tuve la sensación de que mi cara se había vuelto de mantequilla y que se estaba derritiendo.

—Vendrás con nosotros, ¿verdad? —me preguntó—. Siempre te ha gustado el aeropuerto.

—¿Ha hecho todo ese camino desde donde vive ella? —pregunté.

—Ha venido de Omaha —dijo papá.

No quería ir, pero se trataba más de una orden que de una petición. Acabé asintiendo y papá me sonrió con los labios bien apretados alrededor de su pipa.

—No comas demasiadas galletas —le advirtió mamá—. Estás volviendo a engordar.

—Ya adelgazaré cuando llegue el tiempo de la cosecha. De todos modos, siempre cocinas como si fuéramos un regimiento.

—La tía Danser lo arreglará todo —dijo mamá, como si estuviera pensando en otra cosa.

Me pareció ver que por el rostro de papá cruzaba la sombra de una mueca, y la pipa osciló un poco al morderla con más fuerza.

El aeropuerto parecía haber salido de una de esas películas sobre el espacio que dan en la televisión. No se acababa nunca, y tenía escaleras que te llevaban a restaurantes y grandes ventanales ahumados, que daban a los reactores que aterrizaban y despegaban con un aullido, y montones de gente, que se alejaban con la excepción de una silueta con forma de pera que llevaba un vestido veraniego de algodón; tenía los tobillos muy gruesos y llevaba unas gafas con cristales tan gruesos como el fondo de un vaso. La reconocí a cien metros de distancia.

Cuando nos encontramos le dio la mano a mamá, abrazó a papá como si no tuviera ganas de hacerlo y luego, agachándose, me sonrió. Tenía todos los dientes iguales y de color amarillo, fuertes y grandes como los de un caballo. Era la mujer más fea que había visto en toda mi vida. Olía a lilas. Incluso hoy en día el olor a lilas me quita el apetito.

Llevaba un gran bolso. Parte de él estaba lleno de ovillos y agujas para tejer, el resto lo ocupaban los libros y los panfletos. Siempre me he preguntado por qué no se limitaba a llevar una Biblia y no esos Billy Grahams y Zondervans. Un panfleto cayó del bolso y papá se inclinó para recogerlo.

—Quédatelo y léelo —le dijo la tía Danser—. Te hará mucho bien. —Luego se volvió hacia mamá y la examinó atentamente, escondida tras esos cristales como si estuviera en el fondo de un acuario—. Tienes buen aspecto. Te debe estar tratando bien.

Papá nos guió a través de las puertas automáticas hasta el seco calor del exterior. La única maleta de la tía Danser era tan ligera como una momia y, probablemente, estaba igual de vacía. La llevaba yo y no me hizo sudar ni una gota, tan poco pesaba. Su vida no consistía en ropas y artículos de tocador; su vida estaba encerrada en el bolso de plástico.

Volvimos a la granja en la gran ranchera blanca. Apoyé mi cabeza en el fresco cristal de la ventanilla trasera y estuve pensando si sería mejor vomitar. Me dije que la tía Danser era como una dosis mental de aceite de castor, o como una visita al dentista. Aunque no fuera a pasar nada, bastaba con su olor para presagiar el desastre y, como los caballos que husmean la tormenta, sentí un vacío en el estómago y un nudo en las entrañas.

Mamá se volvió a mirarme (la tía Danser iba en el asiento delantero, con papá) y me preguntó:

—¿Te encuentras bien? ¿Te dieron algo de comer? ¿Algo extraño?

Dije que me habían dado un poco de pan de nueces.

—Oh, Dios —dijo mamá.

—Margie, ellos no obran de ese modo. Tienen otros sistemas. —La tía Danser se inclinó sobre nuestro asiento y me contempló con sus gruesas gafas—. El chico está preocupado, nada más. Lo sé todo sobre este asunto. Conozco a esa pareja desde hace mucho tiempo.

Protegidos por esos cristales nebulosos, sus ojos parecían saberlo todo sobre mi joven y lamentable corazón. No me gustaba nada que alguien me conociera tan bien. Me daba cuenta de que la vida de la tía Danser era tan segura como fácil de predecir, y en ese momento tomé una súbita decisión. Ese hombre y esa mujer me gustaban. Habían causado problemas pero eran el justo reverso de mi tía. Me sentí mejor y le dirigí una sonrisa tranquilizadora.

—El chico se pondrá bien —dijo—. No es más que un cólico mental causado por la preocupación.

Cuando llegamos, Michael y Barbara estaban sentados en el porche delantero. Al parecer, una visita de la tía Danser no les resultaba tan molesta como a mí. No la acogieron con muchas demostraciones de afecto, pero la aceptaron sin protestar y no se quejaron ni tan siquiera cuando había adultos para escucharles. Eso me hizo pensar un poco más en ellos. Decidí que no había dejado de quererles, pero que tampoco podía confiar en ellos. El mundo se estaba dividiendo en dos bandos, y de momento el mío era muy poco numeroso. De hecho, estaba solo; no podía contar a la pareja de ancianos en mi bando porque no estaba muy seguro de ellos… pero, desde luego, sí estaban más cerca que cualquier otro miembro de mi familia.

La tía Danser quería leernos libros de Billy Graham después de la cena, pero papá logró salvarnos de ello antes de que mamá pudiera reunimos en la sala… salvo Barbara, que se quedó voluntariamente a escuchar. Estuvimos contemplando el ocaso desde lo alto del viejo granero de madera, y luego intentamos atrapar a los pajarillos que vivían entre las vigas. Cuando llegó la oscuridad y la hora de acostarnos, yo estaba hambriento pero no de comida. Le pregunté a papá si podía contarme una historia antes de dormir.

—Ya sabes que a tu madre no le gustan todas esas historias de hadas —dijo.

—Entonces, nada de hadas. Que sea simplemente una historia.

—Hijo, hace mucho que no practico —me confesó. Parecía muy triste—. Tu madre dice que deberíamos concentrarnos en las cosas reales y no perder el tiempo con lo que no existe. La vida es dura. Puede que deba vender la granja, ya lo sabes, y acabe trabajando en esa fábrica de Mitchell.

Me fui a la cama sintiendo muchas ganas de llorar. Esa noche gran parte de mi familia había muerto sin que yo supiera muy exactamente el porqué o el cómo. Pero estaba muy triste y enfadado.

Al día siguiente no fui a la escuela. Durante la noche había tenido un sueño, un sueño tan detallado y real que no tuve más remedio que ir a los algodoneros y contárselo a los dos viejos. Cogí mi almuerzo y me fui andando rápidamente por el camino.

No estaban allí. En un trozo de alambre atado al árbol más grande habían dejado un viejo pedazo de papel marrón con una nota. Estaba escrita con letra firme pero femenina, con una tinta de color sepia, y había sido trazada delicadamente con lo que muy bien podría ser una pluma de ganso. Decía: «Estamos en la vieja granja de Hauskopf. Ven si no tienes más remedio».

Nada de «Ven si puedes». Sentí un leve escalofrío de temor. La granja de Hauskopf, abandonada hacía quince años y desde entonces en venta se encontraba unos seis kilómetros más lejos siguiendo el camino y torciendo luego hacia la izquierda por un sendero bastante malo. Tardé una hora en llegar allí.

La casa seguía pareciendo abandonada. Toda la pintura blanca había saltado, dejando la madera gris y muerta al descubierto. Las ventanas parecían mirarme. Subí los peldaños del porche y llamé a la gruesa puerta de roble. Por un instante pensé que nadie iba a responderme. Luego oí lo que parecía una ráfaga de viento, pero en el interior de la casa, y la vieja me abrió la puerta.

—Hola, chico —dijo—. ¿Has venido a buscar más historias?

Me invitó a entrar. En las tablas del suelo crecían las flores silvestres y rosas diminutas asomaban por entre los zarzales y espinos que cubrían los muros. Una codorniz brotó de la escalera, seguida por un cortejo de polluelos minúsculos que parecían bolas de pelusa, y se desvaneció en la sala. El suelo de esa habitación estaba cubierto por una alfombra, pero las flores de su dibujo parecían algo más que meros hilos entrelazados. Si bajaba la vista hacia ellas, habría sido capaz de estarme minutos y minutos mirándolas, descubriendo siempre detalles nuevos.

—Por aquí, chico —dijo la mujer, y me cogió la mano.

Sus dedos eran cálidos y suaves, pero tuve la impresión de que eran también muy duros, tanto como la madera.

En la sala se alzaba un árbol que había brotado del suelo, y con sus ramas parecía sostener el techo. Por entre sus espesas raíces asomaron una codorniz, varios conejos y un gato marrón de aire perezoso, que se quedaron mirándome. Alrededor del tronco había un banco. En el lado que no podíamos ver oí el sonido de una respiración. Luego el anciano asomó la cabeza y me sonrió, alzando su larga pipa a guisa de saludo.

—Hola, chico —dijo.

—Esta vez el chico parece realmente dispuesto a contarnos una historia —dijo la mujer.

—Claro que sí, Meg. Siéntate, chico. ¿Quieres tomar un poco de sidra? ¿Té? ¿Una galleta de hierbas?

—Sidra, por favor —pedí.

El anciano se puso en pie y fue hacia la cocina cruzando el vestíbulo. Volvió con una bandeja de madera y tres vasos en los que espumeaba la sidra, aromatizada con especias. Al beber, la canela me hizo cosquillas en la nariz.

—Y ahora, ¿cuál es tu historia?

—Es sobre dos halcones —dije.

Y me quedé callado, dudando cómo tenía que seguir.

—Continúa.

—Eran hermanos. Jamás se quisieron entre ellos. Siempre estaban luchando por un trozo de tierra en el que poder cazar.

—¿Sí?

—Un día, pasado mucho tiempo, uno de los halcones encontró un gato montés viejo y algo enfermo que vivía en lo alto de unas rocas. El gato montés estaba aprendiendo magia para no tener que salir a buscarse la cena, lo que ahora le resultaba ya tremendamente difícil. El halcón aterrizó junto a él y le habló de su hermano y de lo cruel que era. El gato montés, finalmente, le dijo: «¿Por qué no permites que durante todo un día tenga la tierra para él? Te contaré lo que puedes hacer». Y el gato montés le explicó cómo podía convertirse en conejo, pero en un conejo tan fuerte que ningún halcón podría hacerle daño.

—Un gato montés muy astuto —dijo el anciano, sonriendo.

—«¿Quieres decir que mi hermano no sería capaz de cogerme?», preguntó el halcón. «Claro que no —dijo el gato montés—. Y, además, podrás darle una buena lección. Podrás darle una paliza tal que recibirá un susto de muerte… así le enseñarás lo duros que son los animales en esa tierra que tanto quiere. Luego se irá y cazará en algún otro sitio». Al halcón eso le pareció una idea excelente y permitió que el gato montés le convirtiera en conejo. Luego se fue dando saltos y se escondió entre la hierba. Naturalmente, la sombra de su hermano no tardó en aparecer sobre él; luego oyó el ruido que hacía al lanzarse en picado y vio cómo extendía las garras hacia él. Entonces, enfurecido, saltó hacia arriba y casi dio un mordisco a la cola de su hermano. El halcón se alzó revoloteando y luego cayó al suelo, pestañeando aturdido y con el pico muy abierto. «Conejo, esto no es natural. Los conejos no actúan de esta forma», le dijo.

»“Por aquí sí —respondió el halcón-conejo—. Esta tierra es vieja y dura y aquí todos los animales conocen los trucos necesarios para escapar de los pájaros malvados como tú”. Esto asustó a su hermano y le hizo escapar volando tan lejos como pudo, y nunca volvió. El halcón-conejo subió dando saltos a las rocas y cuando estuvo ante el gato montés le dijo: “Todo funcionó realmente de maravilla. Te doy las gracias. Ahora, vuelve a cambiarme y me marcharé para cazar en mi tierra”. Pero el gato montés se limitó a sonreír y luego, con una de sus garras, rompió el cuello al conejo. Después se lo comió y dijo: “Ahora la tierra es mía y no hay halcones en ella que puedan quitarme las presas fáciles”. Y de ese modo la codicia de dos halcones hizo que la tierra acabara siendo del gato montés.

La vieja me miró con sus grandes ojos, de un color idéntico al de las castañas asadas, y dijo:

—Lo tienes. Igual que tu tío. ¿Verdad que lo tiene, Jack?

El anciano asintió y se sacó la pipa de la boca.

—Desde luego que lo tiene, y bien. Será excelente.

—Veamos, chico, ¿por qué inventaste esa historia?

Lo estuve pensando durante un momento y luego meneé la cabeza.

—No lo sé —dije—. Sencillamente, apareció.

—¿Qué piensas hacer con ella?

Tampoco tenía respuesta para esa pregunta.

—¿Tienes otras historias dentro?

Lo pensé durante unos segundos y luego dije:

—Creo que sí.

Se oyó un coche en el exterior y luego mamá gritó mi nombre. La vieja se puso en pie y se alisó el vestido.

—Sígueme —dijo—. Sal por la puerta trasera y da la vuelta a la casa. Vuelve con ellas. Mañana, ve a la escuela tal y como debes hacer. El próximo sábado vuelve aquí y hablaremos un poco más.

—¿Hijo? ¿Estás aquí dentro?

Salí por la puerta trasera y rodeé la casa hasta llegar al porche delantero. Mamá y la tía Danser me esperaban en la ranchera.

—No puedes venir aquí. ¿Estabas dentro de la casa? —me preguntó mamá.

Yo meneé la cabeza.

Mi tía me contempló con sus ojos achatados por los cristales, y las comisuras de sus labios se levantaron un poco.

—Margie —dijo—, echa una mirada por esas ventanas.

Mamá salió del coche y subió los peldaños para atisbar a través de los cristales polvorientos.

—Está vacía, Sybil.

—Está vacía, chico, ¿verdad?

—No lo sé —dije yo—. No estuve dentro.

—Pude oírte, chico —dijo ella—. La noche pasada. Hablabas en tus sueños. Conejos y halcones que no se portan de ese modo. Tú lo sabes y yo lo sé. No es bueno pensar en esas cosas, ¿verdad que no?

—No recuerdo que hablara en sueños —dije.

—Marge, vamos a casa. Este chico necesita que le metan dentro algunos panfletos.

Mamá entró en el coche y antes de ponerlo en marcha me miró.

—Como hagas novillos otra vez te azotaré hasta dejarte morado. Ya resulta bastante vergonzoso que la escuela nos avise para que, además, no sepamos dónde te has metido. ¿Me has oído bien?

Asentí en silencio.

Durante esa semana reinó la tranquilidad. Fui a la escuela, intenté no soñar por las noches e hice todo aquello que se supone deben hacer los chicos. Pero no me sentía como tal. En mi interior me parecía notar algo muy grande, y por muchos Billy Grahams y Zondervans que me leyeran eso no podía cambiar lo que sentía.

Pero cometí un error. Le pregunté a la tía Danser por qué nunca leía la Biblia. Eso ocurrió una noche en la sala, después de cenar y haber lavado los platos.

—¿Por qué deseas saberlo, chico? —me preguntó.

—Bueno, la Biblia parece estar llena de historias maravillosas, pero tú no la llevas encima. Me preguntaba por qué, eso es todo.

—La Biblia es un buen libro —dijo—. Es el único libro bueno que existe. Pero es difícil. No siempre es lo que aparenta. A veces… —Se quedó callada—. ¿Quién te dijo que hicieras esa pregunta?

—Nadie —dije yo.

—Mira, ya he oído antes esa pregunta —me respondió ella—. No es la primera vez que me lo han preguntado. Otra persona me lo preguntó hace tiempo.

Me quedé inmóvil en mi silla, sin respirar, tieso como un jamón curado.

—El hermano de tu padre me lo preguntó una vez. Pero no debemos hablar de él, ¿verdad que no?

Meneé la cabeza.

El sábado siguiente esperé hasta que oscureció por completo y todos se hubieron acostado. El aire nocturno era cálido, pero cuando monté en mi bicicleta yo sudaba demasiado para el calor que hacía. Fui por el camino, con la luz de mi faro oscilando a un lado y a otro. El cielo estaba cuajado de estrellas y todas me miraban. La Vía Láctea parecía tocar el camino justo más allá del horizonte, como si me fuera posible subir por ella si iba lo bastante lejos.

Llamé a la gruesa puerta. No había luces en las ventanas y era muy tarde para que gente tan mayor como ellos estuviera levantada, pero yo sabía que esa pareja no se portaba de la misma manera que la gente normal. Y también sabía que el que la casa pareciera vacía por fuera no quería decir que lo estuviera por dentro. El viento sopló con más fuerza y golpeó la puerta, haciéndome estremecer. Un instante después la puerta se abrió y por un segundo todo estuvo oscuro y me quedé sin aliento. Dos pares de ojos me contemplaban desde la negrura. Esta vez me parecieron mucho más altos.

—Entra, chico —susurró Jack.

El árbol de la sala estaba iluminado por las luciérnagas. Los zarzales y las flores silvestres relucían como algas en el fondo del mar. La alfombra se movía, pero no eran mis pies los causantes de tal movimiento. Realmente, ahora temblaba mucho y me castañeteaban los dientes.

Cuando tomaron asiento en el banco sólo pude ver sus sombras ante mí.

—Siéntate —dijo Meg—, y escucha bien. Has aceptado el fuego y ahora su luz arde con fuerza. Sólo eres un chico, pero en estos momentos eres también como una mujer embarazada. Durante el resto de tu vida estarás maldecido por la peor enfermedad que ha conocido toda la raza humana. De noche sentirás picores en todo el cuerpo. Tus ojos verán cosas en la oscuridad. Animales de todas clases acudirán a ti suplicándote que montes sobre ellos. Nunca sabrás distinguir una verdad de otra. Puede que te mueras de hambre, porque muy pocos sentirán deseos de animarte y ayudarte. Y si las cosas te van bien en el mundo, puede que pierdas el don y lo busques luego eternamente, en vano. Algunos dirán que el don no tiene nada de especial. Cuídate de ellos. Algunos dirán que es muy especial y también de ellos debes cuidarte. Y algunos…

Oí unos arañazos en la puerta. Pensé durante un segundo que era un animal. Luego oí un carraspeo. Era mi tía.

—Algunos dirán que estás maldito. Puede que tengan razón, pero también se te ha bendecido. Lleva esa carga tan alegremente como puedas, y con toda la responsabilidad de que seas capaz.

—Oídme, soy Sybil Danser. Ya me conocéis. Abrid.

—Ahora quédate junto a la escalera, en la oscuridad, allí donde no pueda verte —dijo Jack.

Hice lo que me decía. Uno de ellos, no supe ver cuál, abrió la puerta y las luces del árbol se apagaron, la alfombra se quedó quieta y los zarzales se extinguieron bruscamente. La tía Danser estaba en el umbral, su silueta delimitada por el brillo de las estrellas, con su gran bolso de costura en la mano.

—¿Chico? —preguntó. Yo contuve el aliento—. Y vosotros, también…

El viento pareció responderle en el interior de la casa.

—No llego demasiado tarde —dijo ella—. ¡Malditos seáis, en verdad, malditos y condenados al infierno! Venís a nuestros pueblos y ciudades y nos afligís con ideas que ninguna persona decente quiere aceptar. ¡No sólo cuentos de hadas, también le decís a la gente cómo vive y por qué no debería querer ese modo de vida! ¡Hasta vuestro aliento está manchado! ¿Me oís? —Entró caminando lentamente en la sala vacía, con sus pies resonando en el suelo de madera—. Hacéis que escriban sobre nosotros y hacéis que los otros se rían de nuestras vidas. Ponéis en tela de juicio nuestro modo de pensar. Condenáis todo aquello de lo que más hondamente nos sentimos orgullosos. Ponéis al descubierto nuestros errores y los hacéis mucho más grandes con vuestras mentiras. ¿Qué derecho tenéis para robarnos nuestros jóvenes y retorcer sus mentes?

El viento cantaba por entre las grietas de los muros. Intenté ver si Jack o Meg estaban ahí, pero sólo había sombras.

—¡Sé de dónde venís, no olvidéis, no olvidéis eso! ¡Salís del suelo! ¡Salís de los viejos y perversos huesos de los indios! ¡Chamanes, danzas paganas, adoración del polvo y la suciedad! Oí como las viejas mujeres de la reserva hablaban de vosotros. Escarcha y Primavera, así os llamaban, las señales que anuncian el cambio de cada año… ¡Bien, ahora tenéis un nombre distinto! ¡Yo os llamo muerte y demonios! ¿Me habéis oído?

Pareció sobresaltarse ante un sonido que yo fui incapaz de escuchar.

—¡No discutáis conmigo! —chilló. Se quitó las gafas y alzó las dos manos—. Pensáis que soy una mujer débil y vieja, ¿no? ¡No sabéis hasta dónde llega mi poder en todas estas comunidades! Yo fui la que hizo retirar todos esos libros de los estantes, ¿me recordáis? Oh, lo odiasteis, sí… cómo odiasteis el no poder llenar todas esas mentes jóvenes con vuestra pestilencia. Los hice sacar de los estantes en todas las escuelas, los expulsé de las listas… ¡los quemé como si fueran basura! ¿Lo recordáis? Fui yo quien lo hizo. ¡Todavía no estoy muerta! Chico, ¿dónde estás?

—Encantadla —le susurré al aire—. Usad vuestra magia sobre ella. Haced que se vaya. Dejad que viva aquí, con vosotros.

—¿Eres tú, chico? Ven con tu tía ahora mismo. ¡Ven aquí, aléjate de ellos!

Sentí algo parecido a un cálido cosquilleo y supe que había llegado el momento de volver a casa. Salí por la puerta de atrás sin hacer ruido y di la vuelta hasta la parte delantera de la casa. No había ningún coche. Me había seguido a pie, todo el camino desde la granja. Quise dejarla ahí dentro, en la vieja casa, gritándole a las vigas muertas, pero en vez de eso dije su nombre y esperé.

Salió de la casa llorando. Lo sabía todo.

—Pobre niño pecador… —dijo, atrayéndome hacia su seno, que olía a lilas.