ZEKE
ZEKE
Timothy Robert Sullivan
Timothy Robert Sullivan es autor de cinco novelas y docenas de cuentos y artículos. Su obra ha sido publicada en distintos diarios, revistas y antologías como Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine, Rod Serling’s Twilight Zone Magazine y el Washington Post Book World. En 1986, le fue concedido el Premio Daedalus de cuento, y fue finalista del Premio Nébula en 1982. Timothy Sullivan nació en 1948 y, junto a Robert Collins, fundó la Fundación Thomas Burnett Swann y la Conferencia Internacional sobre lo Fantástico en las Artes. Desde hace años se dedica activamente a coleccionar incunables y libros mágicos. Dado que no tiene otras aficiones, se divierte mirando películas de terror y ciencia ficción de bajo presupuesto, y es miembro fundador de la Arthur Crabtree Memorial Film Society.
Timothy Sullivan reside actualmente en Filadelfia, pero ha vivido muchos años en Florida, donde transcurre este cuento nominado para el Premio Nébula.
* * *
Siguiendo la carretera 31, desde el límite estatal con Georgia hasta Cayo Oeste, todavía sobrevive una buena parte de la vieja Florida. Todavía se puede pasar la noche en un motel infestado de cucarachas, visitar a los espiritistas al borde del camino, o maravillarse con los aletargados moradores de una granja de caimanes. Ésta es la Florida de los cocos indios, de las albercas llenas de grietas y de unas fuentes de hormigón cuyos propagandistas muestran como la auténtica fuente de la vida que buscaba Ponce de León.
Era la tercera vez que cruzaba por la vieja carretera 31, aunque nunca lo había hecho solo. Después de una niñez miserablemente solitaria, descubrí durante mi adolescencia que podía explotar mi rareza, incluso hasta el punto de conseguir chicas gracias a ella. Por aquella misma carretera 31 anduve el otoño del sesenta y ocho, en un bus lleno de estrafalarios hippies. La «familia» era más pequeña en 1974, la segunda vez que pasé por la carretera 31. En un Toyota azul viajamos yo y Joannie, una chica que vio en mí todas las cosas raras y maravillosas que ella sola nunca se atrevería a hacer. El resultado de aquel interludio romántico fue un embarazo, un matrimonio y un hijo al que llamamos Danny.
Ahora, para colmo de masoquismo, volvía a cruzar una tercera vez, solo, como cuando era niño, aquella carretera rara vez frecuentada antes de que llegara a ser exorbitante recorrer largas distancias. Además, tenía tiempo disponible. Después de participar en una convención de exportadores en Atlanta, me había marchado un día antes del final. Eso me permitía emprender un apacible y agridulce viaje por la autopista del recuerdo. No pensaba regresar al trabajo hasta el lunes por la mañana, así que había llamado para decírselo a mi jefe. «Vale, tómate el tiempo que necesites», había dicho George. No era un mal tipo, el señor Noloff, pero después de haber pasado veinticinco años vendiéndole equipos de maquinaria pesada a repúblicas bananeras, había terminado por adquirir cierto aire dictatorial.
A menudo, cuando se volvía demasiado arrogante, tuve el deseo de mandarlo a paseo y dejar mi trabajo en Coastal Trading Inc., pero siempre estuvo el problema del alquiler, los pagos de mi Plymouth Horizon, comprado hace un año, la pensión después del divorcio y, por supuesto, las mensualidades de mi hijo, en una época en que una rebanada de pan llegaba a costar casi un dólar.
Por un altavoz mal encajado rechinaba la guitarra de blues blanco de Johnny Winter. Subí el volumen de todos modos, mientras corría por los suaves cerros del interior de Florida. A ambos lados de la carretera asfaltada de dos pistas, llena de baches, se extendían los campos de naranjos. Una franja curva de color damasco de la última luz de la tarde se fundía por encima de las arboledas cuando pasé al lado de la pancarta que anunciaba «MONSTRUOS, BESTIAS, RAREZAS DE LA NATURALEZA, MÁS ADELANTE SR 74», en colores pasteles que en otra época habían sido chillones.
—Esto —dije, por encima de los quejidos melódicos de Johnny— debe ser una de las ferias de atracciones más sórdidas del mundo.
Mi depósito estaba casi vacío, y no había gasolineras abiertas a esa hora, pero no me preocupaba. Ninguno de esos hoteluchos había tenido que encender el NO de neón delante de las palabras HABITACIONES LIBRES en años. Todos se morían por un cliente. Pasaría la noche en el próximo pueblo, cualquiera que fuese su nombre, y buscaría gasolina por la mañana.
El Horizon entró suavemente en el aparcamiento del Motel Azalea, un edificio bajo de color rosado, por cuyas paredes chorreaban hilos marrones de las vigas metálicas oxidadas bajo el hormigón.
Estos establecimientos rara vez cuentan con una recepción, y ése era el caso del Azalea. Dentro de la pequeña oficina llena de objetos, descansaba una mujer gorda, soportando la tormenta helada que soplaba su aire acondicionado Fedder y mirando Hee-Haw en la televisión. No me podía oír por encima del estruendo que emanaba de su aparato, además de las risas de fondo. Sin embargo, los acordes más sobrios de una música country reemplazaron las risas enlatadas, y —a duras penas— logramos sostener una conversación. Me entregó la llave, pero no estaba dispuesta a dejarme ir sin más.
—Usted parece el tipo de persona que disfrutaría viendo el show de los monstruos —dijo.
Hacía mucho tiempo que un adulto no hacía una referencia de ese tipo a mi condición de albino. Siempre les explico a los niños lo de la falta de pigmentación que hace mi piel tan blanca, pero esa mujer no era ninguna niña. La miré enfadado, y ella me devolvió la mirada hasta que yo bajé la vista y miré el libro de registro.
—Soy la señora Nickerson —dijo, mientras yo firmaba—. Bump es mi marido. No está aquí en este momento —agregó, y miró mi maleta como si se tratara de un animal peligroso.
—Oh —dije, suponiendo que intentaba decirme que no me llevaría el equipaje a la habitación—. Dígame qué dirección debo coger.
—Si sólo hay una dirección —respondió, señalando hacia la izquierda.
—Ah, vale… Gracias, señora Nickerson —dije.
Cogí la maleta, y sostuve la llave colgando de mi mano libre, y volví a salir al calor —que no había disminuido— como un niño bien educado. La puesta de sol había creado un mundo de color melocotón, y fuera ardían las ixoras rojas, los hibiscos amarillos y las buganvilias púrpura, con sus raíces hundiéndose en los muros agrietados del motel. No vi azaleas.
La habitación no estaba tan mal como esperaba. Paredes de yeso, colchón relativamente cómodo y sábanas limpias, una pantalla decorada con el dibujo de una cabeza de caballo, que miraba con ojos perdidos y anhelantes hacia un estante encastrado encima del lavabo (me pregunto por qué los moteles no tendrán el lavabo dentro del cuarto de baño), toallas blancas y limpias, televisor a color con un tubo estropeado, lo que daba a los personajes un aspecto algo bilioso. Flotaba un olor levemente rancio. Me metí inmediatamente en la ducha.
Después de lavarme, decidí salir a pasear. Además del mío, había tres vehículos en el estacionamiento, y uno de ellos era una camioneta Ford cargada con sacos de turba. Un hombre grande y bronceado, de unos cincuenta años, terminaba de cargarla. Llevaba una camiseta blanca sin mangas, y tenía los pocos pelos que le quedaban pegados al cráneo con brillantina. Al verme me saludó con un gesto de la cabeza. Le pregunté si era Bump Nickerson.
—El mismo —dijo, limpiándose el sudor de la frente.
Me estrechó la mano y luego se apoyó contra el portón. Le pregunté qué pasaba por esos pagos.
—La taberna de Florabella está cerrada por obras. Y hay una película en Apopka, pero eso queda a cuarenta kilómetros. No hay gran cosa en Boca Blanca hoy en día.
—Ya suponía que no habría gran cosa —dije.
Por lo visto, ése era el nombre del pueblo: Boca Blanca, conocía su significado gracias a mi rudimentario conocimiento del español. Curioso, siempre había pensado que Boca se refería a una bahía o ensenada, pero este Boca no estaba cerca ni del Atlántico ni del golfo.
—No, señor —reconocía Bump—. No, señor.
—¿La diversión más cercana está en Apopka, eh? —pregunté. En ese lugar no tenía dónde perderme, como sucedía en Miami, cuando mi soledad se hacía intolerable—. ¿Y qué es esto del show de monstruos que hay por aquí?
—Es lo único que hay hasta que el Florabella vuelva a abrir —dijo Bump, encogiéndose de hombros—. Lo que pasa es que está apartado del camino.
—¿Ah, sí? —inquirí. Siempre había tenido cierta inclinación por lo raro, y ésta parecía una diversión suficientemente misteriosa para curar mi melancolía—. ¿Cómo se llega? —pregunté.
—Tres kilómetros hacia el sur, a la izquierda, justo después del puente del canal. Siga por ese camino pequeño más o menos un kilómetro.
Le di las gracias a Bump y subí al Horizon. Le di un par de golpes a la aguja de la gasolina, y pensé que seis kilómetros no dejarían el depósito seco. Así, me puse en marcha para ir a ver a la dama gorda, al niño con cara de perro, o cualquier criatura exótica que ahí en Boca Blanca fuera considerada un monstruo. Era curioso que el lugar estuviera apartado del camino principal, pensé. Cuando las estrellas comenzaron a relucir por encima de las oscuras arboledas, esperaba escuchar el pizzicato de la guitarra que introduce The Twilight Zone.
«George Hallahan —dijo la voz grave de Rod Serling dentro de mi cabeza—. Treinta y dos años. Un idealista de aspecto peculiar que un día pensó que podía ayudar a forjar un mundo mejor en el humo de una nube de cannabis. George descubrió que ni siquiera podía hacerse cargo de su propia vida, por no hablar de toda una sociedad enferma. Ahora, recorriendo un camino perdido de Florida, el albino ex hippy exportador desencantado está a punto de penetrar en…» Penetrar en un circo de monstruos. Encajaba con la realidad.
El estigma de mi albinismo no había sido tan grave en la ciudad de Nueva Inglaterra donde pasé los primeros ocho años de mi vida. Un brote de fiebre reumática me había dejado indefenso ante el clima frío, y mi padre, empleado de la administración pública, encontró un trabajo en Miami en respuesta a los ruegos de mi madre. Así, por mi bien, la familia se mudó al sur y a mí me tocó crecer en un exilio fantasmal entre todos aquellos dioses y diosas del bronceado.
Luego vino el «verano del amor». Me dejé crecer el pelo blanco y los pasotas pensaron que yo molaba mucho. No tenía ni un asomo de cinismo en las venas cuando me tomé el primer ácido, en un festival de rock en Orlando, ni tampoco después de haberme recuperado de una grave insolación por haber bailado desnudo bajo un sol implacable. Pero la realidad no tardaría en asomar su desagradable semblante durante mis días de universitario izquierdista. Los gases lacrimógenos y las porras que blandió la policía durante las convenciones políticas en Miami en el setenta y dos me enseñaron una valiosa lección acerca de cómo son las cosas, comparadas con lo que yo creía que debían ser.
Luego habían venido las aventuras con Joannie, que terminaron en el Motel Saturno, en la famosa carretera 31. ¿Era amor? No lo sé. Cuando miro atrás, pienso que tenía que poseerla simplemente porque era una chica muy simpática. Joannie era bonita, tenía el pelo castaño y era de clase media. ¿Qué más podía esperar? Ella no carecía de culpa en esta curiosa alianza fracasada de mujer y bicho raro. Le debe de haber parecido perfecto a su siniestro e incipiente sentido de conciencia social el mezclar sus genes con los de un bicho raro. El nacimiento de Danny había dado al traste con aquella fantasía viviente y, entretanto, yo había capitulado ante la bestia negra del capitalismo.
Cada una de estas pseudoaventuras había sido un fracaso en un sentido esencialmente doloroso, y cada una se había llevado un pedazo de mi alma más grande que la anterior.
Cuando llegué al puente del canal, no podía dejar de pensar en Danny. No había querido un hijo, creyendo que ambos éramos demasiado inmaduros para asumir esa responsabilidad, pero Joannie no había querido considerar un aborto. Jamás le conté mi miedo de que Danny saliera tan raro como yo. Pero cuando estuve ante ese hermoso bebé completamente normal, me sentí feliz por primera y única vez en mi vida. Al comienzo, Danny era una especie de novedad, pero cuando creció y aprendimos a conocernos mejor, creo que éramos más que padre e hijo. Éramos amigos.
De todos modos, las riñas entre Joannie y yo empeoraron y, ¡ay!, ella siempre con la respuesta a flor de labios. Cuando por fin decidimos separarnos, no había duda de quién era el más cualificado para educar a Danny. Yo era un hippy albino que envejecía con un sueldo inestable en el negocio de las exportaciones; ella, por el contrario, estaba sólidamente establecida. Joannie jamás había probado las drogas, ni siquiera había fumado tabaco. Yo sabía que todo eso estaba bien, pero le guardaba cierto rencor por la manera en que habían terminado las cosas.
Había pasado un año desde que me quitó a mi hijo. Danny sólo tenía cinco años cuando su hogar se vino abajo. El domingo celebraba sus seis años, y su padre tenía demasiado miedo a que lo recibieran con una paliza verbal. —«¿Por qué no te consigues un trabajo donde te paguen suficiente para que puedas darle a Danny lo que necesita?»— de estar ahí en el lugar preciso para ayudarle a apagar las velas. Tendría que mandarle un regalo por correo al día siguiente. ¿Llegaría a Miami a tiempo?
El angosto camino era polvoriento y lleno de baches invisibles en la oscuridad que caía. Al otro lado del canal no había plantaciones de naranjos, sólo matas de palmito y pino de Florida. Más adelante, había una casa de adobe de una planta, sin ventanas en la parte delantera, como una tienda porno. A ambos lados de la casa crecían unas palmeras sagú en la etapa terminal del «mal letal amarillo», y las hojas que caían parecían patas de una araña negra en la oscuridad cerrada.
Aparqué frente a la casa, y el Horizon se enterró en la arena blanda. Me pregunté si las ruedas podrían salir más tarde, o si en Boca Blanca había grúa. Cuando caminaba hacia la casa, pensé que mi actitud no siempre había sido tan derrotista.
«¿Qué diablos sucedió con la generación de Woodstock?», murmuré, recordando tiempos más inocentes en que podía echar unas caladas y acabar para siempre con la guerra, el racismo y la injusticia. Especialmente la injusticia que yo había sufrido por haber nacido con «una palidez más clara», como dice la canción de Procol Harum.
Una luz encendida en un lado de la casa proyectaba una mancha ámbar en la arena. Había una puerta de rejilla y, al otro lado, algo que se parecía a una cocina. Inhalé un soplo de aire cargado del aroma del jazmín y llamé a la puerta.
Desde el interior me llegó el ruido de algo como un periódico que se cerraba, el crujir de una silla que se deslizaba sobre el suelo, y luego pasos. No había ni televisión ni radio para apagar aquellos ruidos tan íntimos, sólo el canto de los grillos. En la puerta apareció una sombra, seguida de un viejo delgado, de figura encorvada y pantalones anchos. Me sonreía.
—He… venido a ver el espectáculo de monstruos —dije.
Él asintió y abrió la puerta.
—Por aquí —dijo, llevándome a través de una habitación llena de libros y revistas, de boletines literarios y científicos, todo desordenado sobre la mesa, el sofá y el suelo. Aquello se ponía cada vez más raro.
La puerta de atrás se abría sobre un cobertizo oscuro, y el viejo tiró de una cuerda para encender una solitaria bombilla de cien vatios que proyectaba sombras sobre cuatro pequeñas jaulas y sobre otra cosa cubierta con un trapo grasiento. Las jaulas estaban hechas de madera de pino y alambre. En el interior había cuatro desafortunados animales, que no se parecían mucho a los típicos monstruos de circo, pero igual de curiosos a su manera.
Por lo demás, ¿cómo se define a estos monstruos? La palabra monstruo se usa más para herir que para informar o divertir. Al menos estas criaturas jamás sabrían qué nombre les ponía la gente.
El animal más curioso de todos era una ternera de dos cabezas. Una de las cabezas era un apéndice que colgaba con ojos muertos y labios fláccidos, pero el resto de la ternera parecía bastante sana.
A pesar del hedor reinante, me acerqué a las jaulas. Al lado de la ternera, Dios me libre, había una serpiente con patas. Eran unos miembros largos inútiles, pero cuatro patas de todos modos. Dormía sobre una pila de heno dentro de su celda de menos de un metro.
Luego había un «lagarto gigante», como lo llamaba el viejo, que no era más que una iguana.
En la cuarta jaula había un pollo sin plumas, y su piel cubierta de agujeros era un espectáculo horrible y repulsivo. En su desnudez, aquella ave parecía un viejo enjuto. Me dirigió una mirada asesina tan reconcentrada como si me confundiera con el que lo había desplumado.
—Se agradecen las donaciones —dijo mi amable anfitrión, arrastrando los pies en dirección a la puerta.
—Vale. Pero creo que todavía no lo he visto todo, ¿no? —pregunté. Me volví hacia la cosa bajo el trapo grasiento, en una jaula que parecía circular en la parte superior, a diferencia de las demás.
El viejo tiró de sus pantalones. Me miró a mí y luego miró el objeto cubierto, y luego a mí nuevamente.
—Bueno… —vaciló.
Yo esperé. Era evidente que el viejo no quería mostrarme lo que se ocultaba bajo el trapo, lo cual, como es natural, aumentaba mis ganas de insistir.
—Creo que él está durmiendo —dijo.
—¿Él?
El viejo no dio muestras de haber escuchado.
Levantó una punta de la tela y echó un vistazo.
—No, no hay problema —dijo—. Está bien, puede mirarlo si está seguro de que quiere hacerlo.
—Sí.
Sin ninguna ceremoniosidad, levantó la tela de un terrario de cristal y retrocedió con el trapo en su curtida mano de granjero.
No sé cuánto tiempo me quedé ahí, boquiabierto, observando aquella cosa increíble. Recuerdo que oí que el viejo me hablaba como en un sueño.
—Así se queda la mayoría de la gente cuando lo ve —advirtió.
Aquella cosa era un mono albino… No… Lo que confundí con un pelaje blanco era la piel… pelada, como la del pollo…, y tenía los brazos y las piernas doblados en ángulos insólitos…, tan encorvado como el viejo.
No, no estaba encorvado. Aquella cosa increíble se había erguido sobre su patas, quieta sobre un lecho de oscuras astillas de madera. Sus articulaciones se parecían a los dibujos animados de Rube Goldberg en toda su complejidad. Con las manos suspendidas en un gesto delicado, demasiado grandes para su cuerpo de apenas cincuenta centímetros, cogió el borde del terrario y me miró entre sus brazos de caña de bambú con ojos encarnados.
Aquello era una burla, una imagen salida de la sala de los espejos de un circo en una pesadilla. Como imitando el asombro que asomaba en mi boca abierta, la criatura abrió la boca, y dentro vi una cavidad blanca y rugosa, un campo nevado en medio de aquel sofocante verano de Florida. Aquella hondura virginal no emitía ningún sonido discernible.
El pollo soltó un cacareo sordo que me devolvió parcialmente a la realidad.
—¿Qué es esto? —murmuré, sin apartar la vista de la criatura.
—Él —me corrigió el viejo—. Es una persona. Puede que tenga un aspecto diferente, y que actúe diferente, pero es como la gente. Igual que yo… o que usted —explicó.
—¿Qué? —pregunté, mirándolo, pensando que tal vez me estaba provocando.
—¿Increíble, no le parece?
—¿De dónde lo ha sacado?
—Bueno, ha vivido conmigo desde que tengo…, veamos…, veintiséis años. Antes estuvo en casa del viejo Bo Wadley, hasta que Bo falleció, y Bo me contó que su padre lo tenía desde antes de que él naciera. Decía que había vivido aquí antes de que el hombre blanco llegara a Florida.
—Boca Blanca —dije. Una revelación. Tal vez los españoles dieron ese nombre a su asentamiento por la existencia de esta criatura cuatro siglos atrás—. ¿Pero cómo puede ser que haya vivido aquí tanto tiempo?
El viejo se chupó la dentadura postiza.
—Lo que pasa es que ha vivido más tiempo que nosotros, y ya está.
—¿Qué come?
—Plantas muertas, madera podrida, turba. A veces, bebe un poco de agua.
Distinguía el dibujo barroco de las costillas, una estructura surrealista bajo una capa estriada de músculos y carne suave y de tinte lechoso. El físico era vagamente humanoide, y el brillo encarnado de los ojos era insondable. Estos rasgos eran grotescos de por sí, pero la boca torcía el cráneo arrugado en una expresión dolorosa y abierta en su protuberancia como un embudo, como un grito silencioso que pulsó en mí una cuerda de empatía.
—¿Por qué lo guarda en este cobertizo con estos animales deformes? —pregunté.
—Bueno, eso ha sido idea de él —dijo el viejo en tono de reproche—. Necesitamos dinero para salir de apuros, de modo que hace algunos años a mí se me ocurrió la idea de montar un espectáculo de monstruos. Pasó un tiempo y él se acostumbró a dormir aquí fuera, como vigilando las cosas a su alrededor.
—¿Ha dicho idea de él? ¿Le he oído bien?
—Claro, si es más listo que un zorro. Me dijo dónde encontraría estos bichos, salvo el lagarto. Ése lo compramos en una tienda de animales en Orlando.
—Esto es absolutamente increíble —dije, negando con la cabeza—. Es…
—Es increíble, no le parece —dijo Bump, que acababa de entrar con un saco de turba.
—¿Usted también está enterado de esto? —pregunté.
—¿Enterado de qué? Yo me ocupo de mi negocio de jardinería desde que la autopista interestatal y Disney World acabaron con el negocio de los moteles. Una vez por semana le traigo a Zeke un poco de turba.
—Zeke —dije, y reí al recordar el viejo cántico del evangelio acerca de los «huesos secos» de Ezequiel, una imagen que calzaba perfectamente con la criatura en el terrario.
—Tiene que tener un nombre, digo yo —explicó Bump, antes de lanzar una risotada—. Nunca nos ha dicho cómo se llama de verdad.
—Seguro que en el lugar de donde viene —intervino el viejo— no usan nombres como nosotros.
—De donde viene… —soñé. La idea inspiraba verdadero asombro.
—Muy, pero que muy lejos —dijo Bump, con voz queda—. Muy lejos.
—Otro mundo —dije, aún más quedo.
El viejo se había puesto serio, y nadie habló, pensando todos en las implicaciones de lo que acabábamos de decir.
Al cabo de un rato, Bump abrió el saco, y sacó un puñado de turba con su mano regordeta y la dejó caer en el terrario. Los frágiles dedos de Zeke cogieron la ofrenda, eran casi tan largos como los de Bump. En lugar de comer delante de nosotros, Zeke dejó los trozos de turba entre los que ya tenía en el terrario.
—No todo el mundo sabe lo que ve cuando viene aquí —dijo el viejo, ceñudo—. Por ejemplo, a la mujer de Bump, no le importan las cosas que son… diferentes.
—Ya me he dado cuenta —dije.
—Hasta el día de hoy todavía piensa que se trata de una especie de mono sin pelos.
—Joder, Levon —dijo Bump—, nunca tuvo paciencia para ver cómo lee y escribe, y nunca me ha creído. Rayette apenas sabe leer, y tampoco quiere aprender. Lo único que sabe hacer es estarse sentada con el televisor encendido todo el puñetero día.
Después de dar rienda suelta a la explicación de sus desgracias, Bump metió la mano en el terrario. Cogiéndose de dos dedos, Zeke dejó que lo sacara del terrario y lo depositara en el suelo cubierto de paja. Llevaba unos diminutos pantalones cortos color beige.
Parecía incorrecto que Zeke estuviera ahí. Mi sentido de la moral social afloró ligeramente cuando me puse a pensar en nuestro deber para con la humanidad.
—El Centro Espacial Kennedy no queda lejos —dije—. ¿Por qué no dejáis que le eche una ojeada alguien de ahí?
—Deje que él mismo explique lo que piensa —dijo Levon.
El pequeño alienígena nos condujo hacia la casa con un andar torpe y desarticulado. Cuando Levon cerró la puerta del cobertizo, la ternera mugió. El suelo de la sala de al lado estaba regado de material de lectura. Junto a un viejo sofá desvencijado había una pizarra apoyada contra una de las paredes de adobe. Zeke cogió un trozo de tiza.
«No tengo intención de ir a ningún lado», escribió.
—Tal vez te puedan devolver a casa —sugerí.
«Para cuando vuestras naves espaciales puedan viajar tan lejos —escribió en una cuidada letra de imprenta—, ya no estaré vivo».
—Pero todo los conocimientos que posees —protesté—. ¿No quieres compartirlos con nosotros? ¿Ayudarnos?
Zeke hizo una pequeña reverencia, y vi dos delgadas membranas en la parte superior de su cráneo de color nieve que supuse serían las orejas. Cuando escribía, el chirrido de la tiza invadía la habitación.
«Mis conocimientos tecnológicos son escasos —escribió—, pero aunque no fuera así, sería difícil».
—¿Difícil?
«Sería difícil pasar por encima de tantos niveles de complejidad técnica».
—Ya entiendo —asentí.
Yo me había saltado tercero. La adaptación a cuarto había sido un infierno, tanto intelectual como emocionalmente. Al menos los chicos de mi edad estaban acostumbrados a llamarme «blancucho», el mote que me quedó al final. Los chicos más grandes realmente me hicieron pasar por el tubo, y además tuve problemas con las mates. De modo que se podría decir que tuve problemas al pasar por un solo nivel de complejidad.
Zeke limpió la pizarra con un borrador lleno de polvo de tiza. Luego volvió a escribir.
«¿Cuánto entiende un ser humano común y corriente sobre el principio de las máquinas que utiliza todos los días?», preguntó.
—¿Como el televisor? —pregunté. Me divertía pensar en Rayette Nickerson participando de nuestra discusión.
«Sí, el televisor —escribió Zeke—, o incluso un coche. Nuestras máquinas eran muy autónomas. Se construían a sí mismas, se ocupaban de su propio mantenimiento, pero estaban sujetas a nuestros designios. No tendría por dónde empezar para explicaros cómo fabricar una de ellas, aunque fuera la más simple».
Para eso servían los salvadores del espacio estelar. En cualquier caso, tenía ante mis ojos una maravilla, y no había mediado ningún milagro.
—Pero ¿cómo llegaste a la Tierra? —pregunté—. ¿De dónde has salido?
En lugar de contestarme, Zeke me hizo señas para que lo siguiera a través de la cocina. Empujó la puerta de rejilla, que crujió en sus goznes, y salió al patio. Las estrellas brillaban como trozos de hielo, y la fresca brisa nocturna secó en seguida el sudor de mi frente. Tardé un momento en identificar aquel olor penetrante que anulaba el del jazmín como el olor de Zeke. No había olido su exótico aroma en el cobertizo debido a los animales, cuyo olor invadía incluso el salón. Su aroma me sorprendió porque ya había comenzado a mirarlo como si fuera un ser humano, quizá más parecido a mí que cualquier persona a la que hubiera conocido antes. No era desagradable. Sólo era… diferente.
Con un leve gesto, Zeke señaló hacia el cielo. Encima de nuestras cabezas estaban Venus y Marte, y hacia el oeste quedaba Júpiter. Se podían adivinar los contornos de las Pléyades, apenas visibles cuando las miré directamente. Hacia el norte quedaban Perseo y Cassiopeia, helados en una lejana riña marital, como Joannie y yo.
—Nunca ha dicho cómo llegó aquí —explicó Levon—. O por qué. Y le podrá preguntar hasta que se quede sin saliva. Cuando no quiere hablar de algo, simplemente no dice nada.
Nos quedamos parados ante la luz de la luna y bajo dos palmeras de aspecto enfermizo. La figura indescriptiblemente elegante de Zeke estaba tan inmóvil como desapasionado era el brillo de sus ojos. Tal vez mi impresión inicial de angustia no había sido más que la proyección de mi propio dolor.
Luego su mandíbula se desencajó hacia adelante, y creció nuevamente hasta articular aquel grito silencioso. Como en una reacción de simpatía, los ruidos nocturnos de los insectos y de las lechuzas se acallaron. Zeke alzó la mano, abriendo los dedos como para recoger las estrellas y atraerlas hacia la Tierra. Todo su cuerpo tembló mientras se estiraba sobre la punta de sus pies abiertos hacia los lados. Y luego se encogió tan cerca de la arena que pensé que caería al suelo. Sin embargo, conservó el equilibrio y se quedó mirando la hierba.
Sentí cierta vergüenza, y una gota de sudor rodó por mi frente a pesar de la fresca brisa. Me daba vergüenza, porque esta visión del dolor se parecía mucho a un reflejo distorsionado de mi propia alma, y tuve que mirar hacia otro lado.
Al final, tuve que despedirme de Bump y de Levon, y en sus rostros sencillos vi reflejada la hondura de su emoción ante la angustia de su amigo. Saqué un billete de cinco dólares de mi billetera y se lo tendí a Levon como donación.
—A veces se cansa —dijo Levon.
Asentí con la cabeza y, sin volverme, me dirigí al coche.
Más que escucharlo, sentí a Zeke a mis espaldas. Tenía una mano en la puerta abierta y me volví hacia él. Me incliné para que pudiésemos mirarnos a los ojos.
A la tenue claridad proyectada por la luz del interior del coche, Zeke levantó su frágil mano para tocar la mía. Yo extendí mis propios dedos y con la punta toqué los suyos. Sus dedos eran cálidos, y la emoción parecía fluir de ellos y penetraba en mí. Algo salió de mí también, algo amargo y feo que había llevado dentro demasiado tiempo. Zeke lo absorbió como una esponja absorbe un charco de agua sucia.
No diré que de pronto me encontraba absolutamente reconstituido, como supuestamente sucede con la imposición de manos. Me sentía aliviado. No se trataba de una revelación o de una purificación, sino de un intercambio, haber compartido algo. Zeke compartió mi dolor… y yo compartí el suyo.
Duró sólo un instante, y luego nuestros dedos se separaron.
Me quedé quieto, hipnotizado por los ojos de rubí de Zeke. Ya no tenían aquel aspecto desapasionado. En cierto sentido, yo había mirado el mundo con esos ojos. No había ninguna imagen Fujicolor de un mundo extraño, sólo la sensación de una pérdida tan grande que la resignación había sido la única alternativa a la muerte. Mis problemas parecían tan insignificantes comparados con los de Zeke que llegué a sentir vergüenza de mí mismo por abandonarme a la autocompasión.
—Hasta otra, Zeke —dije—, y gracias.
Cuando subí al coche y cerré la puerta, se apagó la luz del techo, y donde estaba Zeke ahora no quedaba más que una figura vaga y pálida. Encendí el motor y salí de la arena sin problemas. Cuando volvía a la carretera 31, vi por el retrovisor las tres siluetas que se iban haciendo más pequeñas, dos seres humanos y una criatura de otro mundo. ¿Qué era Zeke? ¿Un exiliado, un fugitivo, un viajero perdido? Moriría en este planeta, pero, a pesar de todo, había hecho todo lo que podía.
A la mañana siguiente, cuando me dirigía a la oficina a pagar mi cuenta, observé que la camioneta de Bump no estaba en el aparcamiento. Tal vez había pasado la noche donde Levon, o puede que ya hubiera salido a repartir sus productos de jardinería a clientes más convencionales.
La actitud de la señora Nickerson no había cambiado. Estaba mirando Bolos y dólares, y apartó de mala gana la vista del televisor para recibir mi dinero.
—¿Vio al monstruo? —preguntó, mientras yo firmaba el cheque.
La miré directamente a los ojos, ocultando mi hostilidad.
—Sí, lo vi. ¿No cree que nos parecemos mucho?
La sonrisa desapareció del rostro rechoncho, y se volvió sin decir palabra a mirar su programa. Yo sonreí. La respuesta le había puesto los pelos de punta, y no era realmente una broma. Especialmente para Zeke. Venir de tan lejos, vivir tanto tiempo sin la posibilidad de volver a casa, eso haría de él el más grande especialista en materia de alienación.
Eran las ocho y media de la mañana, y el aire húmedo ya estaba caliente y pegajoso, pero abandoné la oficina climatizada silbando. Al fin y al cabo, aún tenía bastante tiempo para llegar a la fiesta de cumpleaños de Danny.