CARNE MUERTA
CARNE MUERTA
Charles Sheffield
La mejor manera de describir la casa de Charles Sheffield es imaginarse un rincón de Inglaterra en las afueras de Washington D. C. Hace algunos años pasé una agradable tarde en su casa, tomando el té. En todo caso, recuerdo que consumimos más vino que té, y entre las muchas cosas sobre las que conversamos, hablamos de la pasión que ambos profesábamos por los cuentos de terror. De hecho, Charles es coautor (con David Bischoff) de una excelente novela de terror, The Selkie. Sheffield es oriundo de Yorkshire, y estudió en St. John’s College, en Cambridge. Posee un posgrado en Humanidades, es licenciado en Letras y en Matemáticas, y doctor en Física Teórica. Actualmente tiene la nacionalidad americana y vive con su mujer y sus cuatro hijos en la casa de Maryland que he mencionado. Desde 1963, Charles ha trabajado ininterrumpidamente en el programa espacial de Estados Unidos. Se ha desempeñado como investigador en la NASA y como asesor de su cuartel general. También ha sido asesor del Senado y de la Cámara de Representantes en temas relacionados con el programa espacial y los acuerdos internacionales en esta materia. Es miembro de la American Astronautical Society, de la British Interplanetary Society, Profesor Distinguido del American Institute of Aeronautics and Astronautics, y miembro de la junta de la National Space Society y de Students for the Exploration and Development of Space.
Sus obras publicadas incluyen éxitos de venta como los ensayos Earthwatch y Man on Earth; un ensayo bibliográfico, Space Careers; seis novelas (Sight of Proteus, The Web Between the Worlds, The Selkie, My Brother’s Keeper, Between the Strokes of Night y The Nimrod Hunt); cuatro antologías de cuentos (Vectors, Hidden Variables, Erasmus Magister y The McAndrew Chronicles); sesenta cuentos; cerca de sesenta artículos técnicos y monografías sobre procesamiento de imágenes, análisis de la transmisión de enfermedades infecciosas, sistemas informáticos de gran escala, física nuclear, análisis del campo gravitacional, mecánica celeste, astrofísica y relatividad general; ha escrito otros veinticinco artículos sobre exploración del espacio, desarrollo tecnológico, imágenes de la Tierra desde el espacio y sobre el futuro de la astronomía. No sabemos de dónde ha sacado tiempo para escribir este fascinante cuento ambientado en Borneo.
* * *
Aquella mujer me llamó la atención en la sala de espera del aeropuerto de Dulles. Deambulaba entre ejecutivos cansados y turistas vestidos con téjanos como un ejemplar de otra especie, una mujer alta, de cabello oscuro y caderas oscilantes. Me senté a su lado, admiré la palidez de su piel y sus brazos suaves y blancos, y me planté al acecho de una oportunidad.
Viajaba a Londres. Yo también. Pero eso no era suficiente, y en ningún momento se presentó la posibilidad de iniciar una conversación.
Cuando embarcamos en el avión, entendí que de todos modos no habría funcionado. Ella se dirigió a primera clase. Yo me retiré a clase turista, donde me tocó sentarme entre un neoyorquino demasiado gordo que olía a cebolla cruda y una señora de Tucson que no paraba de hablar de sus cuatro hijos y siete nietos.
Fin de la historia. Salvo que en Londres, la reina blanca y yo coincidimos en la sala de tránsito, esperando un vuelo retrasado que partía hacia Atenas. Y después de Atenas, fue Bombay, Singapur, y luego la espera de otro avión que nos llevaría a Yakarta. A esas alturas, ella ya se había dado cuenta de mi existencia. En el trayecto entre Singapur y Yakarta, donde sólo había una clase, finalmente crucé el pasillo y me senté a su lado.
Llevábamos veinticinco horas de viaje. El Banco Mundial aconseja a sus empleados no beber alcohol durante los viajes largos, comer frugalmente y dormir siempre que sea posible. Yo ya no trabajo para el banco. Mi método consiste en comer lo que me den, beber todo lo que consiga gratis y dormir el tiempo que me sobre.
Así, mi aspecto era el de un viajero trasnochado, mientras que ella estaba más fresca que un amanecer en Galway.
—Ha sido un viaje largo —dije. La expresión de su rostro me confirmó que mi estrategia era poco feliz.
Me miró con ojos del color de un Glenlivet cristalino. Era una mirada glacial, pero glacial como el hielo al borde de un vaso de whisky helado, más incitante que descorazonados.
—Bastante largo. —Había imaginado ese acento. Sólo me faltaba escuchar un par de palabras más para confirmarlo, pero mi primera idea fue que se trataba de una sueca, una sueca de pelo castaño, una de esas atrevidas licencias que se toma la naturaleza.
—¿Adónde viaja? —pregunté. Si había que pasar la noche en Yakarta, yo no tenía ningún inconveniente.
—A un lugar donde jamás he estado y del que usted jamás ha oído hablar. —La voz tenía el dejo inconfundible del círculo ártico—. Prabang —dijo—. Borneo oriental.
En ese momento deseché toda idea de una relación intrascendente. Prabang también era mi destino. Debía quedarme al menos dos meses, y el panorama que me esperaba a mi llegada no contemplaba para nada el tipo de compañía de la que ahora gozaba. Me habían prometido mucho trabajo, pésimas condiciones de vida y nada de mujeres.
—Me llamo Magrit Scanlon —me dijo, después de pensárselo un momento.
Aquél era el segundo golpe. Para explicarlo, tengo que remontarme un poco en el tiempo.
En 1909, cuando Robert Scott organizó su expedición a la Antártida, publicó un anuncio en los periódicos: «Se necesitan hombres para viaje peligroso. Sueldos moderados, mucho frío, largos meses de aburrimiento total, múltiples riesgos y regreso sanos y salvos dudoso. Honores y reconocimiento en caso de éxito». Recibió miles de cartas de hombres que no esperaban otra cosa que una oportunidad para morir en la gloria.
Los tiempos han cambiado. Cuando Jack Scanlon publicó un anuncio similar en el New York Times, el L. A. Times y el Washington Post, recibió muchas respuestas, pero casi todas procedían de seres sin esperanza, de hombres que habían pasado por todos los empleos del mundo y habían sido despedidos.
Entre ellos estaba yo.
Scanlon había sido bastante sincero conmigo cuando me entrevisté con él para un trabajo en Macro Construction.
—¿Sabes lo que me han dicho de ti en Bechtel and Parsons?
Hacía sólo un momento que nos conocíamos.
No dije nada. No me moví. Le podrían haber contado tantas cosas…
—Me dijeron que eres un hombre valioso pero con un grave problema —continuó, y en su tono había un matiz de acento irlandés—. No haces más que meterte en líos y has estado a punto de matar a un par de tipos.
Podía vivir con esa descripción. Mis últimos jefes habían sido mucho más explícitos.
—Odio tener que hacer esto, Tom —me dijo el hombre que me anunció mi despido—, pero tienes una bragueta demasiado sensible. Eres un irlandés loco, y andas por ahí intentando follarte a todo lo que parezca un agujero. Será mejor que te controles, o te pasarás el resto de tu vida peleando con maridos enfurecidos.
—También me dijeron que lamentaban tener que despedirte —continuó Scanlon—. Eres un cabrón competente como ingeniero de análisis de suelos, con mucha experiencia en el extranjero. Y eso es precisamente lo que necesito. Voy a trabajar con una cuadrilla de hombres rudos, y necesito una mano izquierda que sepa manejarlos. Si Macro te contrata, ese problema tuyo podría acabar siendo una ventaja.
El contrato que había conseguido consistía en la selección de un emplazamiento y un contrato de planificación, y había tres elementos que hacían de él algo fuera de lo común. Para empezar, se trataba de unas instalaciones para lanzamiento de cohetes espaciales en Indonesia, un país con muchas ambiciones pero poca experiencia. En segundo lugar, el emplazamiento había sido escogido según una lógica puramente política y tecnológica, y estaba situado cerca del ecuador, en uno de los países más conflictivos del mundo. Finalmente, se exigía que la mitad de los contratos estuvieran firmados con «servicios locales». En otras palabras, los indonesios proporcionarían comida y alojamiento, nos ayudarían y nos facilitarían transporte.
Yo ya conozco ese juego, sobre todo en África. La llamada «asistencia profesional» siempre es desastrosa. La comida es de pésima calidad o no llega nunca a tiempo, el dinero para pagar las dietas siempre ha desaparecido cuando llegas al lugar de trabajo, los aparatos de radio no funcionan, y los lugareños son siempre ignorantes o zánganos, o ambas cosas a la vez, y suelen ser un estorbo en la verdadera faena. No había razón para pensar que las cosas serían diferentes cien grados más al este, es decir, en Prabang. Este tipo de contratos se parece mucho a los trabajos forzados, y es una manera de lograr que en ciertos países se haga el trabajo duro por la mitad de lo que cuesta.
De todos modos, acepté la oferta de Scanlon. No sólo porque necesitaba el dinero (realmente lo necesitaba) o porque me fuera bastante difícil encontrar una situación decente en Estados Unidos (realmente lo era), sino porque además Jack Scanlon me agradó y me impresionó. Según otros que habían trabajado con él, era un auténtico cabrón, un tío capaz de saltarse todos los engorros de la burocracia para terminar un trabajo, «cueste lo que cueste». Por lo demás, eran sus propias palabras. En ese momento no capté cabalmente su significado.
Me contrató inmediatamente, y me dijo que la próxima vez que lo viera sería en Prabang. Tenía que volver lo más pronto posible porque había algunos problemas. Jack era un tipo regordete, rondaba los sesenta, y no medía más de un metro sesenta y cinco, con unos doce kilos de más. Tenía el pelo canoso y fino, la tez rosada y grandes ojos azules cercados por arrugas de sonrisas. Caminaba como un pato, con los pies hacia afuera. Hasta tres meses antes de que yo lo conociera, había sido un fumador empedernido, y ahora no dejaba de jugar con el espacio entre el índice y el cordial de la mano derecha, buscando el cigarrillo ausente. Nos habíamos caído bien desde el primer momento.
Y ahora, en el avión, aquella visión de adusto encanto sentada a mi lado mientras disminuíamos la velocidad para aterrizar en Yakarta: la mujer de Jack Scanlon. No lograba del todo sobreponerme a la impresión. Magrit estaba hecha para ser la novia de un príncipe maravilloso, un magnate cuyo aporte a la dote sería equivalente al peso de la novia en diamantes. Pero esa mujer viajaba para quedarse dos meses con el gordo de Jack, que con sus diez centímetros de menos no podía ni mirarla a los ojos, a esos ojos que no había vuelto a ver desde que partiera a las costas perdidas de Borneo oriental.
—Soy Thomas Gavin —dije, y le tendí la mano. Una mano que tocó unos dedos largos, frescos y estilizados, de uñas cortas y bien cuidadas. Otra buena señal. Jamás he conocido una mujer de uñas largas que valiera la pena—. Si se va a quedar esta noche en Yakarta, sería un placer cenar con usted.
—Señor Ga-vin —dijo, en dos sílabas que pesaban lo mismo—, nos han dado de comer siete veces desde que partimos de Dulles. Imposible pensar en más comida.
—Llámeme Tom. ¿Un trago?
—No tendré tiempo. Tengo que encontrarme con mi marido en el Hotel Intercontinental.
—Yo también voy para allá. Quizá podamos compartir el taxi.
—Me espera una limusina en el aeropuerto.
Era el tercer y último golpe. Pero había una pequeña sonrisa en sus ojos color whisky.
—Si desea que lo lleve al hotel —agregó al cabo de un rato—, señor Ga-vin, será bienvenido.
Yo no estaba acostumbrado a las limusinas, sobre todo a los Mercedes Benz de tres filas de asientos, y cuando abandonamos el aeropuerto ninguno de los dos sabía qué decir. En el hotel le di las gracias, pasé por recepción y subí a mi habitación a ducharme, cambiarme de ropa y descansar un rato.
Los árabes dicen que el alma de un hombre no puede moverse más rápido que un camello. En términos modernos, eso quiere decir que los viajes te agotan. Eran las seis de la tarde cuando me desperté, y no sabía dónde estaba. Estaba reventado. Me quedé tendido en la cama pensando en el destino final, un sitio que los lugareños llaman Kalimantan Timur. Un sitio que ha cambiado poco desde que, en 1850 James Brooke, el raja blanco de Sarawak, se dedicaba a cazar piratas a lo largo de la costa norte de la isla. Como buen inglés, Brooke se vestía de gala todas las noches mientras duraban las correrías.
Me levanté, saqué el mapa y lo extendí sobre la colcha arrugada. Borneo es un país grande, con trescientos cincuenta mil kilómetros cuadrados de selvas, pantanos y montes, y con algunos lugares que jamás han sido explorados. Borneo norte pertenece en parte a Malasia y en parte a Brunei (independiente gracias a sus ventas de petróleo, como Ollie North podría contaros). Borneo sur, las dos terceras partes de la isla, y la región más salvaje, es actualmente Kalimantan. Hay partes del mapa donde casi no hay detalles. Hacia allá debíamos partir nosotros.
¿Y por qué diablos querría el Gobierno de Indonesia construir su plataforma de lanzamiento espacial en ese lugar? Magrit y yo estábamos en Yakarta, en Java occidental, la región más desarrollada del país. Borneo quedaba a trescientos cincuenta kilómetros al norte, al otro lado de las apacibles aguas del mar de Java. ¿Por qué no construir el emplazamiento aquí en Java, donde ya había una infraestructura, personal técnico y un sistema de comunicaciones moderno?
Aquí volvemos a la política. Java se resiente del peso de la sobrepoblación (aunque ya nadie quiere usar esa palabra). En Java viven ochenta y cinco millones de personas en un territorio de sólo setenta y cinco mil kilómetros cuadrados, y sería un gran alivio desprenderse de parte de esa carga. El Gobierno desea desarrollar las otras islas del archipiélago, Sumatra, Sulawesi, Westirian y Borneo, para que la gente abandone Java y se instale en esos lugares. Sin embargo, hasta ahora han fracasado todos los esfuerzos. La gente necesita algo hacia donde moverse o, si no, se queda dónde está.
Algo como unas instalaciones de investigación espacial que proporcionen muchos empleos.
Así, Jack Scanlon había conseguido un contrato que la mayoría de la gente estimaría imposible. Y yo le ayudaría a tener éxito, o a caer en desgracia y compartir su fracaso.
El papel de Magrit estaba menos claro. Ella pertenecía más a las tierras de caza de Virginia, al sudeste de Washington D. C., donde se tomaba menta o cassis con vermut. Tendido en la cama, intenté imaginarla al lado de Jack, luchando contra la malaria, la bilarciasis y la holgazanería de los nativos y quién sabe cuántas otras dificultades propias de la región. ¿Cuánto duraría?
Hablando del rey de Roma. Escuché que llamaba a la puerta de mi habitación. Abrí y me encontré con la reina blanca en persona, con un vestido rosado y zapatos blancos sin tacones.
—Jack se ha retrasado —dijo, con voz inexpresiva—. Hubo un imprevisto con la entrega de unos equipos de bombas. Si todavía le interesa tomar un trago…
Propuse que saliéramos del hotel. Al pasar del aire acondicionado del avión al del coche y luego al del hotel, nos habíamos mantenido lejos del calor del exterior. Ahora lo sentimos con toda su fuerza. A las siete de la tarde, la temperatura casi llegaba a los treinta grados, y el calor traía consigo una humedad densa que me estrujó la humedad del cuerpo sin esfuerzo alguno. El brillo anaranjado del atardecer ecuatorial flotaba por encima de nosotros, y el aire parecía aferrarse al recuerdo del sol. Caminamos a lo largo de Bekasi Road, y al cabo de doscientos metros, el sudor me bañaba la frente y me corría por los ojos. Entré sin decir nada en un bar de la calle, decorado con lámparas de colores y con siluetas de leones y aves fénix labradas en madera.
Dentro la ventilación era deficiente. Me separe la camisa empapada del pecho, pedí dos botellas de San Miguel y observé las diminutas gotas que se acumulaban sobre el labio superior de Magrit. Después de todo, la mujer era humana y transpiraba. Y por fin me sonreía.
Una vez más, las cosas parecían ir a pedir de boca.
Levanté el vaso hacia ella. Antes de que pudiera hablar, oí una segunda voz a mis espaldas.
—Por fin. Joder, pensé que no saldría jamás de aquel nido de ratas.
Era Jack Scanlon. Se dejó caer en el asiento a su lado, me sonrió y extendió la mano para beber un largo trago del vaso de Magrit. Cuando se volvió para mirarla, vi una expresión totalmente diferente en su rostro. La he visto antes, pero sólo en un par de ocasiones, esa mirada ciega y fervorosa de un hombre hacia la mujer que idolatra con todo su ser.
Magrit se inclinó para darle un beso en la mejilla.
—¿Cómo has sabido dónde estábamos?
La expresión de ella también había cambiado. Se había convertido en la esposa sumisa, perfecta, con la mirada fija en su marido.
—Los del hotel os vieron partir. Les pasé unas cuantas rupias ante los ojos. Sabía que en algún momento os detendríais. Hace demasiado calor para caminar. Me alegro de verte, pedazo de gorila. Tengo justo el problema para que te pongas en acción.
Se alegraba de verme, a pesar de haberme encontrado conversando tête-à-tête con su mujer. Uno más de los pequeños misterios del sexo. Para Jack Scanlon, era inconcebible la idea de que su mujer no estuviese totalmente consagrada a su persona. No le cabía en la cabeza. Sin embargo, en cualquier otro sentido seguía siendo el tipo más duro, agudo e intuitivo que te podías encontrar.
Joder. Me caía bien este Jack Scanlon. Realmente me caía bien.
Tres días después llegamos a Borneo, y nos pusimos a trabajar en serio. En una plataforma de lanzamiento espacial hay tres factores del emplazamiento que son importantes: su proximidad al ecuador, para aprovechar la rotación de la Tierra; la altura, para que el cohete tenga que viajar lo menos posible a través de la atmósfera, y un acceso fácil, preferiblemente por mar y ferrocarril. Al fin y al cabo, aunque estén desmontados, los cohetes son grandes.
La mayoría de los países considerarán un cuarto factor. Mirando hacia el este, es preferible tener un desierto o un mar por delante. Esto en caso de que la operación fracase. El cohete es lanzado hacia el este, en una órbita de pequeña inclinación, y si las cosas van mal, es conveniente no largar una lluvia de miles de toneladas de desecho de metales y combustible sobre un área poblada.
Resulta curioso, pero todas las plataformas de lanzamiento del mundo fallan en una o dos de estas exigencias. Cabo Cañaveral en Estados Unidos, Tanegashima en Japón y Tiuratam en la Unión Soviética se encuentran a nivel del mar, y demasiado al norte. La estación de los franceses en Kurú, en la Guayana francesa, está mejor situada, cerca del ecuador, y tiene un acceso marítimo fácil por la costa este. Sin embargo, su proximidad con la Isla del Diablo parece sugerir que tiene otro tipo de problemas.
Nosotros teníamos que aceptar la misma limitación de estar situados a nivel del mar. Esto no se debía a que el Gobierno de Indonesia se preocupara por la posibilidad de que cayeran trozos de metal ardiendo sobre la población de Borneo oriental —es una población pequeña y, de todos modos, al Gobierno no le importaba—, sino porque la región montañosa del interior tiene otros problemas. Por ejemplo, no hay caminos ni vías férreas, hay serpientes pitones de diez metros, y están los dyak, cazadores de cabezas. Y, lo peor de todo, plagas de mosquitos. No es el problema de los mosquitos con la gente sino de los mosquitos con los equipos. En Cabo Cañaveral ha habido más de un accidente debido a los insectos en los cohetes.
Borneo oriental está casi despoblado, por una buena razón. La región es caliente y plana, como la Guayana francesa. Y, lo peor de todo, está llena de pantanos.
Antes de empezar, sabíamos que los pantanos serían nuestro principal problema. Tendrían que ser parcialmente secados. Scanlon había elegido a su equipo con cuidado. Había un holandés con experiencia en los diques de IJsselmeer en Holanda; un hidrólogo brasileño, especialista en terrenos pantanosos, encargado de levantar los mapas de flujos, y una media docena de australianos, rudos y descarados, recién llegados de unas obras en su propia plataforma de lanzamiento en Queensland.
Los australianos llegaron el mismo día que yo, y lo primero que hizo Jack Scanlon fue reunimos a todos y establecer algunas reglas básicas de trabajo.
—Trabajaréis con gente del lugar —dijo—. Aclaremos algunas cosas. No les dejaréis tomar decisiones. Ningún tipo de decisiones. ¿Me habéis oído?
Todos asentimos sin hablar. Estábamos sentados alrededor de una mesa grande de fórmica en la casa prefabricada de cuatro por ocho metros que sería la base de nuestras operaciones. Un aparato de aire acondicionado, alimentado por nuestro propio generador a gasolina funcionaba a todo trapo, y tenías que gritar si querías que te escucharan.
El holandés, Lutyens, era un hombre de cabeza redonda, de cerca de treinta y cinco años, pelo liso, gafas sin marco y ojos castaños y húmedos. Estaba sentado al otro lado de la mesa frente a Scanlon, fumando una pipa, y en ese momento se frotó la cazoleta de cerezo contra la mejilla.
—No segá fácil. El hombge del Gobiegno que esstuvo acá insistió en que ellos estánn a pagtes igualess en esta opegación —dijo.
—Tan a partes iguales como con el culo de una rata —intervino Scanlon, mientras nos lanzaba a cada uno una mirada inmisericorde—. Estamos en la etapa de planificación, y nosotros tenemos toda la responsabilidad. Tenemos que ser firmes. Si alguien quiere discutir eso, lo mandáis a hablar conmigo. Pero recordad esto —dijo, mirando a uno de los australianos fijo a los ojos—, nada de palizas. Estamos en el culo del mundo, pero éstos no son aborígenes. Si le ponéis una mano encima a uno de los obreros, os haya dicho lo que sea, estáis inmediatamente despedidos. ¿Me habéis entendido?
El hombre al que se dirigía era un rubio grande de pelo enmarañado, con hombros de lanzador de jabalina. Yo había visto cómo la mirada de Magrit se detenía en él un instante al bajar del hidroavión y caminaba sobre los maderos negros del muelle, y me reafirmó en mi primera impresión de ella. Magrit podía tenerle miedo a Jack Scanlon, y cuando él estaba a su lado era una esposa ideal, pero tenía cierta inclinación a jugar con fuego.
El australiano se llamaba Dave Lash. Cuando asintió y se limitó a devolverle a Scanlon una amable sonrisa, supe que yo no era el único del equipo con antecedentes turbios.
—Vale. —Otro australiano se había dado por enterado, y Scanlon se frotaba sus dedos de fumador—. Otra cosa, y es que éste es un trabajo a precio fijo. La próxima etapa será la preparación de los terrenos, pero nosotros no postularemos a ella. Somos demasiado pequeños. Tenemos que sacar nuestras ganancias de este contrato, y no pensar en lo que viene. Ahora bien, no os mostraré mis libros de contabilidad, pero si cumplimos con lo programado, os puedo asegurar que recibiréis una buena prima. Por lo tanto, nada de virguerías. Y respetar los plazos, bajar los costos y cumplir con las expectativas. —Scanlon se levantó y apagó el aire acondicionado—. Recordad eso. Son las únicas tres cosas que me importan.
Scanlon era más pequeño y más viejo que todos nosotros, y Dave Lash lo podría haber roto en dos sobre las rodillas. Pero nadie discutió con él.
Cuando se fueron los demás, Scanlon me hizo señas.
—Tú no, Tom. Acompáñame —dijo, y partió en la dirección opuesta, llevándome hacia el interior.
Yo no había hecho nada (los pensamientos no cuentan) y mi conciencia estaba limpia, o al menos todo lo limpia que podía estar. Sin embargo, vacilé y miré a mi alrededor antes de seguirlo. Eran las once de la mañana, treinta y cinco grados y noventa por ciento de humedad. Incluso después de cinco horas de luz solar, la niebla seguía flotando a ras del suelo entre nosotros y el mar, a poco menos de un kilómetro. La niebla gris flotaba sobre los juncos y bambúes, y el terreno pantanoso era invisible. Nuestras instalaciones estaban en el lado del mar. Hacia el interior no había nada.
Me pregunté qué estaba pasando, pero Scanlon ya había emprendido la marcha saliendo del sendero, internándose en un espeso manto de cañas. Al cabo de veinte segundos, el agua del pantano me llegaba a los tobillos y los diminutos mosquitos negros comenzaban a cubrirme la piel.
—¿Qué coño es esto? —Con o sin órdenes, estaba dispuesto a volver por donde había venido.
Se volvió hacia mí, y le vi el rostro enrojecido.
—Es el cabrón de Lutyens. En realidad, es culpa mía. Es un estúpido, pero debería haberlo sabido. Jamás debí contratarlo.
—Me dio la impresión de ser bastante competente —dije.
Nos habíamos detenido en medio de unos juncos de la altura de un hombre. Scanlon se volvió hacia mí, el rostro sudoroso y enfurecido.
—Ya lo creo que sabe de drenajes. Pero debería haberlo visto antes, Tom. Para ellos, no es más que un condenado holandés, un símbolo del colonialismo. Holanda fue dueña de Indonesia durante doscientos años. La gente no olvida esas cosas, y ahora odian todo lo que sea holandés. Así que el delegado del Gobierno le ha obligado a dar vueltas y vueltas deliberadamente, desaprobando cualquier cosa que haga. Y Lutyens no sabe cómo manejarlo.
—No veo dónde está el problema. Él sólo tiene que darle instrucciones sobre cómo secar los pantanos.
—Ahí está toda la diferencia del mundo. Cuarenta mil dólares. La manera más fácil de diseñar estas instalaciones consiste en despejar y secar toda esta área de aquí —dijo, y removió el espeso lodo negro con el pie—. Si tenemos que cambiar el diseño, estaremos aquí dos meses más de lo presupuestado, y eso significa que perderemos el culo y el sombrero. —Se detuvo y señaló con la mano—. Ya ves, ése es el camino más fácil, cavar un canal desde aquí hasta la costa y secar todo este terreno. Luego habrá que construir un dique junto al mar.
Sentí que el pegajoso lodo se resistía bajo mis pies al girarme para mirar hacia dónde apuntaba. Al este sólo había un llano pantanoso, después una franja delgada de costa de arenas grises, y luego las aguas poco profundas. Nada más que agua, en una distancia de quince mil kilómetros. Un cohete lanzado desde ahí pasaría al norte del estrecho de Makassar, por encima de Manado, en el extremo norte de las Célebes, y no volvería a divisar tierra por debajo de su trayectoria hasta pasar por encima de Ecuador.
Me percaté de que Scanlon tenía los ojos fijos en mí. No sé cuánto rato llevaba mirando hacia el este. El calor anulaba el pensamiento, y me convertía en una máquina de movimientos lentos.
—No me parece un trabajo tan difícil drenar esto —dije al final—. No soy un especialista, pero podría encargarme yo mismo del asunto.
—Yo también. No es difícil. —Scanlon parecía inmune al calor—. Sólo que Lutyens, el muy idiota, se ha puesto a discutirlo con Semarap, el delegado jefe del Gobierno, y ahora Semarap dice que él representa a los nativos que viven al otro lado. —Señaló con el pulgar hacia atrás, hacia el otro lado del manglar—. Dice que esa gente no quiere que despejemos esto.
—¿Por qué no? —Yo no paraba de manotear los mosquitos negros que zumbaban alrededor de mis orejas—. Deberían agradecérnoslo. Bastaría explicarles que esto es un paraíso para la reproducción de los mosquitos.
—Yo te enseñaré por qué. —Scanlon había vuelto a caminar por el lodo, y al cabo de veinte metros llegamos a un claro donde había una pequeña laguna cubierta de una capa cenagosa—. Esto es lo que no quieren perturbar.
La laguna tenía forma de pera, y medía unos cuarenta metros en la parte más ancha. Su superficie era oscura y desierta. Miré hacia el otro lado del claro, pero no había nada que ver. Respondiendo a mi mirada inquisitiva, Scanlon se acercó a la orilla y señaló la calma superficie del agua.
En el lado izquierdo de la laguna crecía la hierba alta y amarilla, y una mata grande había caído y ahora permanecía medio sumergida al borde del agua. Surgiendo de entre las sombras, vi que se deslizaba una forma oscura, moviéndose tan lentamente que el agua apenas se agitaba.
Era un cocodrilo, una bestia negra y vieja, y sólo cuando apareció cuan largo era me di cuenta de su tamaño. Desde las fosas nasales al final del hocico triangular hasta la punta escamosa de su cola plana, aquel lomo oliváceo se extendía al menos nueve metros. En el centro tenía como mínimo el grosor de un barril de cerveza, una envergadura redonda de cuero blindado de casi un metro de ancho.
Scanlon miraba para ver mi reacción.
—Tú has viajado por el mundo —dijo—. Debes haber visto unos cuantos cocodrilos.
—No de este tamaño. —Retrocedí rápidamente de la orilla de la laguna. Hay cocodrilos de todos los tamaños y formas, y los más grandes suelen ser los más inofensivos, se alimentan de peces y pueden llegar a medir diez metros. Pero la bestia de la laguna no tenía la nariz larga de los gaviales. Éste era un carnívoro, y era suficientemente grande para coger lo que le diera la gana, ya fuera pez, mamífero o ave. O ser humano. Retrocedí otro paso.
—¿Tienes miedo? —preguntó Scanlon riendo.
—Ya lo creo que tengo miedo. Ya he visto lo que son capaces de hacer. En el Nilo, más allá de Jartum, vi a un cocodrilo engullir el perro tejonero de una turista que se había detenido a un metro de la orilla. El cocodrilo salió del agua con una rapidez increíble. Tenía al perro entre las mandíbulas y había vuelto al agua antes de que la mujer se percatara que no había nada al extremo de su cuerda. La pobre se desmayó cuando se dio cuenta de lo cerca que ella misma había estado. Y ése sólo medía unos cuatro metros. —Retrocedí otro par de pasos—. Éste de aquí podría ser igual de largo que cinco de aquéllos.
El cocodrilo se había acercado a la orilla, a sólo unos metros de Scanlon. Una sola arremetida y…
Lo cogí del brazo y tiré de él hacia atrás. Se deshizo de mí de un tirón y se quedó mirando el agua.
—No pasa nada, pedazo de estúpido. Y no tienes por qué preocuparte de mí. Pienso morir en mi propia cama cuando regrese a Limerick. Además, está bien alimentado. Se come un mono o un cerdo casi todas las semanas. Venga, que se necesitaría más de un cocodrilo para comerse a un par de irlandeses.
—¿Siempre se queda en la laguna? —Yo había divisado un estrecho canal en la orilla derecha que aparentemente desembocaba en el mar, apenas lo bastante ancho para el cocodrilo.
—Sí. Lutyens cree que es de agua salada, pero vive aquí y jamás se mueve. Lo llamamos Monstro, y según Semarap los nativos de estos parajes lo consideran una especie de mascota. Dicen que ha estado aquí al menos desde los tiempos de la guerra, pero sólo Dios sabe de qué guerra hablan. —Scanlon volvió a acercarse—. He tenido la misma idea que tú. Empujarlo por el canal e impedir que vuelva a entrar. Pero no lo lograríamos. Semarap nos obligaría a quitar los obstáculos del canal.
—Sobórnalo.
—Ya, ya lo he pensado. Odio tener que hacerlo, el tío es un auténtico cerdo. Pero lo estoy intentando. Si no andamos con cuidado, ese cabrón me costará dos meses y cuarenta mil dólares.
Tenía la mano dentro de la guayabera, y vi que manoseaba algo. Cuando la extrajo, vi que tenía una pistola. La apuntó directamente a la cabeza del cocodrilo.
—No lo hagas. —No quería que nuestro contrato terminara ahí—. Si disparas, lo descubrirán y entonces sí que te habrás metido en un lío.
—Que va. Mira esto.
Levantó el arma (la sanción para los extranjeros que portan armas en Indonesia es la deportación inmediata, o a veces peor que eso), se acercó y apuntó al hocico romo de la bestia. Antes de que yo pudiera hacer nada, disparó cuatro veces.
El ruido fue apagado por el aire pesado y húmedo, y pareció desvanecerse ahí mismo. Sin embargo, las cuatro balas dieron en el blanco, de eso estaba seguro. Rebotaron sobre la piel del animal sin dejar un solo rasguño. Monstro no pestañeó. Después del último balazo, abrió unas fauces enormes. Nos quedamos mirando una lengua gruesa y carnosa y dos hileras de dientes afilados de un metro de lado a lado. Al abrirse aún más las fauces, pude ver el dorso huesudo del paladar en la mandíbula superior, y un trozo de carne podrida atascado entre los desgastados dientes triangulares. Escuchamos una especie de silbido y luego sentimos una ola de aliento putrefacto.
En ese momento Jack Scanlon retrocedió, aunque creo que fue por el olor más que por la cercanía. El hedor que se desprendió de aquellas fauces abiertas era el de una cloaca desbordante de cadáveres descomponiéndose desde hacía meses, un aliento de muerte antigua que se mezclaba con el dulzor nauseabundo de sala terminal en un hospital para vagabundos.
Scanlon se volvió y pasó a mi lado, en dirección al mar.
—Voy a despedir a Lutyens —dijo al pasar, por encima del hombro—. Hoy mismo. Tendrás un trabajo más, Tom. Quiero que seas tú el que trate con Semarap. Es un cabrón de cuidado, pero tú lo puedes convencer. Quiero que le hagas bajar su precio.
—Yo no me dedico a hacer milagros, ese trabajo le corresponde al Papa. ¿Por qué no te ocupas tú directamente del problema del cocodrilo? —Lo seguía a un paso de distancia, y realmente quería decir «tú» cuando le respondí. No tenía ganas de volver a acercarme a aquella reliquia de diez metros, pariente de los dinosaurios—. Si este Monstro no estuviera aquí…
—Ya lo sé, ya lo sé. Estaríamos de suerte. Ya me ocuparé de ello. Vamos a comer algo y ya hablaremos. Va a ser otro de esos días de infierno.
La niebla de la mañana se había desvanecido por completo. La temperatura estaba subiendo a cerca de los treinta y ocho grados, y más allá de la estrecha franja de playa y del hidroavión amarrado al muelle, el mar había adquirido un tono gris azulado. Scanlon se alejó hacia su cabaña con aire acondicionado, hacia su almuerzo frío y su Magrit.
Yo anhelaba los tres por igual.
Eso sucedió el martes por la mañana. Aquel mismo día Scanlon despidió a Lutyens y me convirtió a mí en el interlocutor del Gobierno. El jueves me reuní con Semarap y pude constatar que Scanlon tenía razón.
El representante del Gobierno era un hombre regordete de un metro sesenta de estatura y formación universitaria en Oxford. Vestía terno, usaba gafas oscuras y no dejaba de sonreír.
—Es para el bien de esta gente —dijo—. Al fin y al cabo, es su país. No podemos pasar por encima de sus derechos.
«Salvo si me das algo de dinero». A veces me pregunto si existe o ha existido un lugar donde el soborno sería la excepción y no la regla.
—Me gustaría reunirme con los nativos para explicarles nuestra postura.
—Desde luego. —La sonrisa no se le borraba jamás—. Lamentablemente, no será posible. Son gente tímida, y viven apartados. Mi responsabilidad es protegerlos de los conflictos con el mundo exterior.
Desde luego. ¿Cómo se sentirían a propósito del mundo exterior si se construyera la plataforma de lanzamiento? He escuchado despegar a los cohetes grandes. Es como si te diera dentera en todo el esqueleto.
—Tendré que volver a conversar con el señor Scanlon —dije finalmente. Por lo que imaginaba, todo este asunto del cocodrilo y los nativos era un invento de Semarap—. Me pregunto si usted sabe cuánto dinero tendríamos que ofrecerle a su gente para compensarlos por lo que perderían si Monstro fuera trasladado a otro lugar.
Se le encendieron los oscuros ojos.
—Tendría que discutir el asunto con ellos. En cambio, si pudiera ofrecerles algún incentivo financiero, algún acuerdo sustancial…, quizá pagado en dólares americanos…
Tal vez eso era el progreso. No tuve mucho tiempo para pensarlo, porque sucedieron muchas otras cosas la tarde del martes. Para empezar, Jack Scanlon recibió una comunicación por radio desde Yakarta. Le pedían que estuviera presente en una reunión de nivel ministerial para hablar del proyecto el jueves por la mañana. Intentaba esquivar a Semarap en la cadena de sobornos al Gobierno. Partió de inmediato, y me dejó a mí a cargo de la operación. No había pasado ni media hora desde su partida cuando tuve que tomar mi primera decisión.
Todos los australianos eran grandes bebedores nocturnos. Yo no tenía ningún problema con eso. Pero aquel día, cuando aún era media tarde, llego Dave Lash. Estaba totalmente borracho. Me lo llevé a un lado antes de empezar y le dije que volviera a su barraca y se pusiera sobrio. También le advertí lo que sucedería si volvía a verlo en esas condiciones, y lo multé con el salario de un día. Aquello fue indulgente de mi parte. Lo podría haber despedido, pero necesitábamos toda la ayuda posible. No sé cuál fue su versión de la historia, pero después de la reunión los australianos comenzaron a lanzarme miradas poco amistosas.
Eso sucedió a las tres y media. A las seis, cuando el sol desaparecía entre los montes del oeste, Magrit Scanlon llamó a la puerta de mi cabaña. Los primeros días había compartido aquel espacio con Lutyens. Ahora estaba solo.
—Mi aire acondicionado no funciona. —Se ventiló el rostro con un pedazo de papel que cogió de mi mesa—. Y hace tanto calor —añadió.
Hacía un calor de mil demonios. En su labio superior flotaba un brillo de sudor.
—Iré a ver qué pasa.
—Gracias.
Reparación y mantenimiento eran precisamente las tareas de las que debía ocuparse el «servicio de apoyo local», pero, como era de esperar, aún estaban en Java, consiguiendo sus permisos de viaje. Probablemente llegarían cuando hubiésemos terminado la faena.
Caminé con Magrit los treinta pasos que nos separaban de la cabaña que ella y Jack Scanlon ocupaban. Entramos. Era del mismo tamaño que la mía, pero los muebles eran de más calidad.
En la pequeña cocina donde estaba la instalación eléctrica, el calor llegaba a los cuarenta y pico grados. Primero verifiqué la toma de corriente, y todo funcionaba bien. La electricidad venía de un generador que funcionaba veinticuatro horas al día. Si algo hubiera fallado ahí, todos nos habríamos dado cuenta.
Me disponía a salir para echarle una mirada al compresor, pero antes me detuve a mirar los mandos del aparato de ventilación.
El panel de control estaba cerca del suelo, y a pesar de que estaba oscuro, Magrit no había encendido la luz. Tuve que agacharme para ver los mandos. Luego me levanté, lentamente y pensativo. Miré a Magrit.
—Estos asuntos son como las personas, ¿sabes? Funcionan mucho mejor cuando los enciendes.
—Sí. —Hablaba muy lentamente—. ¿Por qué no lo hace? Enciéndalo ahora. ¿Tal vez antes quiera tomar un trago?
Antes y durante el amor, Magrit fue silencio y calor y energía concentrada. Más tarde, las palabras le salían a borbotones.
—Algo en mi interior —decía—. Es incontrolable. No puedo describirlo. Después de terminar, me siento maravillosamente, relajada y tranquila y feliz durante todo el día. Los próximos dos días me porto bien, pero de pronto me pongo algo nerviosa. Sigo así, y luego es como una pequeña comezón. Y luego crece y crece y crece y crece. No puedo hacer nada.
Estábamos tendidos cara a cara, nariz contra nariz, y por encima de la suavidad de su hombro se veía el calor brillando hacia el oriente, lejos, al otro lado de las aguas oscuras. La luz titilante daba a sus ojos un brillo ámbar que no parecía natural, como si fuera pernod en lugar de whisky.
No dije nada. ¿Qué podía decir? ¿Que entendía la comezón sexual tan bien como nadie? ¿O que Jack Scanlon no se había marchado hacía tres días sino hacía sólo tres horas?
En todo caso, Magrit no quería conversar. Quería comprensión, cercanía y seguridad. Más que hablar conmigo, hablaba consigo misma, justificándose y, al mismo tiempo, estrujando de su cuerpo hasta la última gota de excitación. Yo seguí su ejemplo mientras ella me decía qué maravilloso era, que era mejor conmigo que con nadie antes, cómo le había fascinado desde que me vio la primera vez. Por mi parte, le dije las mismas cosas. Y curiosamente, algunas de ellas eran verdad.
Hacia las nueve de la noche la distante tormenta en el mar se acercó a tierra. Los relámpagos se volvieron espectaculares, como un monstruo de veinte patas que avanzaba hacia nosotros desde la bahía. En el mismo momento en que un rayo cayó sobre la playa, la lluvia se desató en un torrente salvaje, el agua rebotando casi un metro al caer en la playa. Estuvimos mirando unos minutos, y luego Magrit se levantó.
—No te muevas —me dijo—. Estoy muerta de hambre, y tú también. Quiero darte de comer. No te muevas, mira la tormenta.
Se envolvió en una toalla azul, fue a la cocina y cerró las cortinas. Sólo en ese momento encendió la luz, y entonces pude mirar la habitación en que nos encontrábamos.
Era el dormitorio, que también era el estudio de Jack. Fui hasta la ventana y corrí las cortinas, y luego me senté, desnudo, en una silla al lado de 1a mesa. Todos los libros de cuentas de Scanlon estaban ahí, ordenadamente dispuestos. Conozco lo suficiente de cuestiones de contabilidad y costos. Me bastaba mirar esos libros diez minutos para saber exactamente cuáles eran los costos de su contrato, el presupuesto postulado y cuánto dinero esperaba ganar con el trabajo.
No pensé abrirlos. Habría sido como robar, y yo jamás he sido un ladrón.
Miré otras cosas sobre su mesa, y encontré un grueso libro sobre reptiles. Se abrió en el capítulo sobre los cocodrilos. Ahí estaba el cocodrilo de agua salada, Crocodylus porosus, con foto y todo, aunque la descripción no tenía nada que ver con lo que Jack Scanlon llamaba docilidad. Aquella bestia tenía reputación de audaz, peligrosa y agresiva.
Cerré el libro y lo devolví cuidadosamente a su lugar. No robaría los libros de cuentas de Scanlon. ¿Pero acaso no acababa de robarle su mujer?
No, desde luego que no. Nunca había sido suya. Pero tal vez ella sí me había robado a mí.
A las once de la noche cayó otra tormenta. Magrit no quiso que pasara la noche a su lado, y cuando la lluvia se desató con toda su fuerza, se despidió de mí con un beso. Entreabrí levemente la puerta y salí a la lluvia.
Más allá de la luz de la cabaña, todo estaba oscuro como boca del lobo, pero el camino era recto y plano, y sólo eran treinta metros. Era suficiente para dejarme empapado hasta la médula si no me daba prisa. Metí la cabeza entre los hombros y corrí a todo trapo en medio de la humedad caliente de la noche.
Lo increíble fue que de pronto me di de bruces con alguien por el camino, a menos de doce pasos de la puerta de Magrit. Nos cogimos el uno al otro y reconocí, bajo el rostro empapado, a Ron Dellums, uno de los australianos que trabajaba como fotógrafo del equipo.
—¿Qué coño haces aquí afuera con esta lluvia? —pregunté, y escuché cómo se cerraba la puerta a mis espaldas.
—Me dejé mi cámara fuera y me pilló la tormenta. —Dellums estuvo a punto de derrumbarse encima de mí. Despedía un agrio tufo de borracho, y no tenía la cámara de 35 milímetros que solía llevar consigo—. Me quedé dormido ahí, bajo el cobertizo. Me acabo de despertar.
—Anda, vete a casa. Sécate antes de dormir.
—Sí, eso haré.
Seguro que no se secaría. Siguió trastabillando. Me quedé mirando para asegurarme de que llegara sano y salvo, y luego, totalmente empapado, me dirigí a mi cabaña. Todos los lagos y ríos debían estar a punto de desbordarse. Por la mañana volvería a mirar la laguna oculta. Tal vez la naturaleza haría lo que nosotros no habíamos logrado, y se llevaría a Monstro mar adentro.
El camino a Yakarta era largo: había que cruzar todo el estrecho de Makassar, y luego sobrevolar toda la costa norte de Java. Jack Scanlon estaría ausente al menos tres días más.
Magrit lo sabía. Yo también. Durante el día nos ignorábamos el uno al otro, pero desde las primeras sombras hasta después de medianoche, estuvimos juntos todos esos días.
Supe cómo se habían conocido. Magrit había nacido en Kiruna, por encima del límite del círculo Ártico, y había vivido ahí los primeros diecisiete años de su vida, como una flor esperando nacer de las nieves. Cuando Jack Scanlon llegó a trabajar en un proyecto de instalación de central nuclear, ella fue primero su secretaria, un año después su amante y, finalmente, su esposa. Pero ahora añoraba la belleza fría y descarnada de Suecia, y cuando hablaba de ello sus grandes ojos marrones se llenaban de lágrimas. Le pregunté si no estaba resentida por eso, por la manera en que él la descuidaba, por sus continuos viajes y el trabajo que no cesaba, por arrastrarla a ella a esas tierras del infierno ecuatorial. ¿Por qué no lo dejaba? ¿Por qué no volvía a casa?
Ella frunció el ceño y se mordió el labio, como si jamás se hubiera planteado esa pregunta.
Al final, terminó por negar sacudiendo la cabeza.
—No haría eso —dijo.
¿No lo haría, o no podía, o no se atrevía? Le aterraba la idea de que la descubriera. Cuando estaba con ella, tenía cuidado de correr las cortinas, y ojear los alrededores todas las noches antes de despedirme. Y, sin embargo, cometió la locura de venir dos veces a mi oficina, a media tarde, para insistirme en que la acompañara media hora a la espesura, entre los juncos cerca del mar. Una vez allí, hacía el amor desaforadamente, en absoluto silencio, con el rostro enrojecido y su blanco cuerpo musculoso cubierto de sudor. Después me hablaba de proyectos imposibles que pondría en marcha para que Jack volviera a ausentarse del campamento.
Yo era incapaz de seguir a Magrit en las profundidades de su pensamiento. Cogía lo que podía, la dejaba contra mi voluntad, y lamentaba que aquello tuviera que terminar tan pronto.
Si bien yo llenaba los pensamientos de Magrit, no podía permitirme que ella llenara los míos. Scanlon me había dejado con mucho trabajo por delante, y tenía que encargarme de que el proyecto avanzara, lo cual significaba controlar los horarios de diez personas. Hacia media tarde del segundo día, asigné a cada cual sus tareas, lo que me permitió terminar un trabajo que había postergado. Me calcé unas botas de hule que cubrían hasta las rodillas y partí hacia el interior, llevando conmigo una vara articulada que uno de los australianos había fabricado siguiendo mis instrucciones.
La laguna que habitaba Monstro apenas había sido afectada por las tormentas. El cocodrilo aún estaba ahí, vigilante entre las sombras de las matas de algas. Sólo sobresalían los enormes cuencos de sus ojos y las fosas nasales del morro.
Mantuve la mirada fija en la bestia y caminé lentamente alrededor de la laguna. No lo había hecho antes, y ahora me parecía que la laguna había sido cavada por el hombre. Las orillas estaban bien definidas, y salvo en dos lugares, los inmensos juncos que la rodeaban sólo llegaban hasta cierta distancia de la orilla, dejando un espacio de terreno plano a su alrededor.
Me acerqué aún más al agua. La vara articulada que había traído me permitía llegar muy adentro en la laguna, inclinar la segunda vara hacia abajo y medir la profundidad en cualquier punto. Normalmente habríamos sondeado la profundidad desde un bote, pero con Monstro dormitando en aquellas aguas ni siquiera Jack Scanlon había sugerido semejante idea.
La laguna era poco profunda, algo más de un metro y medio en el centro. El drenaje, el dragado y el rellenado sería un trabajo fácil. Plegué las varas por última vez, y en ese momento, desde el refugio de los juncos sumergidos, apareció la cabeza de Monstro nadando lentamente hacia mí.
Me alejé unos cuatro metros y observé. En la mitad de la laguna apareció el inmenso lomo de la bestia, lo bastante oscuro para confundirse con las aguas. Y luego su larga cola, desplazándose perezosamente de un lado a otro. No era difícil entender por qué los disparos de Jack Scanlon no habían surtido ningún efecto. Aquel cocodrilo debía de pesar un par de toneladas, y el cuero correoso de su lomo blindado podía detener cualquier proyectil, incluyendo el de un rifle potente.
Seguí retrocediendo, sin dejar de mirar la laguna. Pretendía no darle la espalda a Monstro en ningún momento, aunque estuviese a treinta metros de distancia en lugar de a cinco. El recuerdo de aquel perro en las orillas del Nilo era demasiado vivido. El movimiento había durado menos de un segundo, y le siguió un único crujido seco. Al parecer, las mandíbulas de un cocodrilo pueden mantenerse cerradas con cierta facilidad, y yo así lo creía. Pero sabía, por experiencia propia, que al cerrarse eran increíblemente poderosas y rápidas.
Estaba tranquilo y vigilante, pero debía estar más tenso de lo que pensaba, porque al escuchar un crujido de ramas a mis espaldas, me giré tan rápido que dejé caer las varas.
Eran Ron Dellums y Dave Lash, ambos completamente sobrios. Como de costumbre, Dellums llevaba la cámara colgando del cuello. Aparentemente, había sobrevivido intacta a la tormenta.
Lash me lanzó un saludo irónico.
—Somos nosotros, jefe. Venimos a tomar un par de fotos del viejo cocodrilo. Es una bestia muy hermosa.
Dellums era el fotógrafo del equipo, y era bueno cuando estaba sobrio. Él y Lash eran grandes colegas, y solía encontrarlos conversando en lugares inesperados. Al verme callaban, y luego cada uno tomaba su propio camino. Había algo en su actitud de los últimos días que no lograba desentrañar del todo, una especie de burla que en la vida militar les habría valido un castigo por insolencia. Pero tenían derecho a tomar fotos, y lo estaban haciendo en su tiempo libre. Yo no podía hacer nada para prohibírselo.
—Si tomáis alguna foto que valga la pena, hacédmelo saber —dije finalmente, y me alejé.
Jack Scanlon tenía ciertos principios básicos cuando se trataba de gente que trabajaba para él. Uno de ellos era despedir a cualquiera que no le cayera bien.
Justificaba su procedimiento con un argumenta lógico:
—Si no te sientes a gusto con una persona, aunque no sepas por qué, jamás lo tratarás bien. Por su propio bien, deberías deshacerte de él. ¿Entiendes?
Dije que sí.
Y luego arruinó el efecto de sus palabras.
—Y no sólo eso —agregó—, sienta bien despedir a un cabrón.
Yo no tenía la seguridad de Scanlon. Si la hubiera tenido, Dellums y Lash habrían dejado la faena hacía tiempo, o en ese mismo instante. Decidí volver al campamento, y encontré a Alberto Andrade esperándome en mi oficina.
Andrade era un brasileño de aspecto tristón y facciones marcadas, que cumplía a la perfección con los trabajos y jamás se quejaba de nada, de modo que cuando me dijo que tenía un problema, supe que era algo serio. Dellums y Lash lo habían estado ayudando en el trazado del edificio de reuniones. Cuando vi lo que habían hecho, constaté que mis primeras intuiciones eran correctas. No valía nada, dos semanas perdidas, y esa faena estaba llegando a su punto crítico en la fase final del contrato.
Le prometí a Andrade que tendría todo el apoyo que necesitara (sólo Dios sabía dónde lo encontraríamos). Fui a buscar a otros tres australianos, y los llevé conmigo de vuelta a la laguna. Los otros dos aún estaban ahí. Monstro estaba cerca de la orilla, y Lash estaba posando para una foto como si se estuviera encaramando sobre el ancho lomo. El pobre idiota lo tendría bien merecido si perdía el pie o toda una pierna, y es que no se debe jugar con algo tan grande y rápido como un cocodrilo adulto.
—Estáis despedidos —les dije. Lo mejor era decir las cosas de frente, para evitar malentendidos—. Estáis despedidos a partir de esta tarde. Partiréis a Yakarta apenas vuelva el hidroavión.
Dellums se puso rojo y miró hacia un lado. Dave Lash era algo más duro de roer.
—Pedazo de mierda irlandesa. —Se me lanzó encima, y en ese momento agradecí haber traído a los demás conmigo. Cogieron a Lash antes de que se me acercara y lucharon con él hasta reducirlo en el lodo. Cuando estuvo tendido, con el aliento entrecortado y el brazo torcido detrás de la espalda, el pequeño Ron Dellums se acercó, miró al suelo y luego me miró a mí.
—Eres un cabrón muy listo, trayendo ayuda —dijo—. Pero te voy a joder, espérate y verás.
Ayudó a Lash a levantarse, y se alejaron juntos hacia la costa.
—Gracias, chicos —les dije a los australianos—. No me olvidaré de esto cuando llegue el momento de las primas. —Luego regresé al campamento, sintiéndome tan nervioso y agitado como un atleta antes de una importante carrera.
¿Acaso me habían contratado para eso, para soportar la mierda de ese par de borrachos? Así era. Era exactamente para eso que me habían contratado, y eso es lo que tenía que hacer.
Cuando regresaba al campamento, escuché el motor del hidroavión que se acercaba al improvisado muelle. Cambié de sentido y llegué allá cuando Jack Scanlon desembarcaba. Tenía que saberlo lo antes posible.
—Bienvenido a casa —dije—, pero tengo malas noticias.
Le expliqué lo sucedido con Dellums y Lash, le conté que los había despedido y que, además, íbamos retrasados en nuestro programa de trabajo.
Asintió con la cabeza, pero daba la sensación de que apenas me escuchaba. De su rostro había desaparecido aquella acostumbrada lozanía, y ahora lucía un gris cansado. Llevaba un cigarrillo en la mano derecha.
—Ven conmigo —dijo, sin dejarme terminar la explicación sobre nuestro retraso—. Tenemos que hablar.
—¿No has tenido suerte en Yakarta? —No hacía falta ser un genio para adivinarlo.
—¡Ese bastardo de Semarap! —Hizo una entrada violenta en su casa, y yo lo seguí—. Me ha jodido soberanamente… Sabía con quién me iba a reunir, y el cabrón se me ha adelantado. Se me rieron en la cara. Me dijeron que «volviera y llegara a un acuerdo con el señor Semarap, que goza de toda nuestra confianza». Cuatro días y dos mil kilómetros de viaje, totalmente perdidos.
Magrit salió de la cocina y le dio un beso. Él no la miró y ella no me miró a mí. El lugar estaba impecable, y eso no era ninguna sorpresa. Lo habría limpiado de arriba abajo. Ya se sabe que nada estropea tanto una bienvenida a casa como un pelo ajeno en el lecho conyugal.
Scanlon apagó el cigarrillo, sacó otro inmediatamente y abrió el mueble de las bebidas. Se sirvió un vaso lleno de whisky irlandés y se bebió la mitad de un solo trago. Como pensándoselo, me acercó la botella de un empujón.
—Mulato grasiento, hijo de puta. Me costará cincuenta mil dólares. —Se despachó otro medio vaso de whisky—. Esos cabrones de Yakarta ya habían hecho sus propios cálculos. Ya saben cuánto nos costará que aprueben este proyecto. Nos han jodido soberanamente.
—Parece que sí. —(A los tres)—. ¿Qué piensas hacer?
—No lo sé. —Su tono gris se había convertido en un rosado intenso en ambas mejillas—. Algo. Tengo que hacer algo. Si ese pedazo de mierda estuviera aquí en este momento, lo mataría. —Se cubrió el rostro con ambas manos un instante, luego me lanzó una mirada rabiosa, apuró de un trago el whisky que quedaba y se levantó de un salto—. Ven conmigo —dijo.
—¡Jack! —gritó Magrit, y lo agarró por el brazo.
Él se soltó de un tirón y se alejó hacia el hidroavión. Yo lo seguí, y Magrit también, cogiéndolo del brazo hasta que él se volvió y le ordenó que regresara a la casa. Ella vaciló, me miró un segundo y luego obedeció.
Cuando llegamos al avión, se detuvo y miró hacia el cielo. El sol se alejaba rápidamente hacia el horizonte. Estaría oscuro dentro de media hora.
—Ve a buscar los faros con las baterías —me dijo—. Los grandes. Nos encontraremos en la laguna.
—¿Qué piensas hacer?
—Voy a apañar a ese cabrón. Va a haber un accidente. Y luego veremos lo que dice cuando venga la próxima vez. —Había abierto un compartimento de la cabina del hidroavión y buscaba algo—. Venga, muévete, Tom; nos veremos allá.
Los faros estaban guardados en la cabaña de los equipos. Eran del tamaño de los faros de un coche, adaptados para condiciones duras (incluso bajo el agua) y alimentados por baterías de coche incorporadas de doce voltios. Cada una pesaba cerca de quince kilos. Cogí una en cada brazo y me encaminé a la laguna.
Scanlon me estaba esperando. En sus manos tenía una manguera plana y flexible de cinco centímetros que terminaba en una boquilla con un obturador para abrir y cerrar el flujo. El resto de la manguera se alejaba serpenteando por entre la hierba hacia el mar.
—Las luces —dijo Scanlon, respirando en un silbido, casi sin aliento—. Ilumina la laguna. Veamos por dónde anda.
Encendí ambos faros cerca de la orilla y desplacé el haz de luz sobre la superficie del agua. Allá estaba Monstro, cerca del otro extremo. Cuando le di con el haz de luz, se alejó hacia el lado opuesto.
Scanlon dejó escapar un gruñido de satisfacción.
—Ya lo cogeremos, al cabrón. Coge la manguera. Tengo que ir a conectarla al depósito. Cuando lo sientas venir, lanza el chorro sobre el agua.
Cuando se alejó dando tumbos de regreso al campamento (el whisky se le había subido a la cabeza) entendí su plan. La fuente de energía del campamento —para el generador, los hornos, botes, equipos y jeep— era un depósito de cuarenta mil litros de gasolina presurizada instalado detrás de la oficina. La manguera que yo sostenía debía estar conectada. Scanlon intentaría rociar la laguna. ¿Pero tendría alguna posibilidad de convencer a alguien de que aquello había sido un accidente? Por otro lado, ¿quién podría probar que no lo había sido?
La manguera en mis manos pegó un tirón y se hinchó hasta quedar redonda. Scanlon había abierto la boca principal.
Apunté con la manguera hacia la laguna, pero al principio no dejé escapar la gasolina. Aquélla era la venganza de Scanlon, no la mía. Esperé, mientras el breve crepúsculo tropical se convertía en noche cerrada. La única luz ahora provenía de los faros, y sólo iluminaban parte del claro y de la laguna, dejando el resto del paraje en sombras movedizas.
Ya no podía ver a Monstro. ¿Se habría sumergido? Mientras intentaba aguzar la vista para encontrarlo al otro extremo de la laguna, escuché gritos que venían del campamento.
Pasaron otros cinco minutos. No había señales de Scanlon, y no veía a Monstro. Imaginé al cocodrilo avanzando en mi dirección, justo por debajo de la superficie, y dejé que saliera un poderoso chorro de gasolina hacia el agua. Si estaba sumergido, aquello debería bastar para disuadirlo de salir a la superficie. El aire se llenó del olor penetrante de la gasolina de alto octanaje.
Sentí que unas ramas se quebraban a mis espaldas y salté hacia un lado. El hecho de que pensar en Monstro era una señal bastante precisa del estado mental en que me encontraba. Pero sólo era Scanlon, y si antes lo había visto borracho, ahora estaba fuera de sí. Sus ojos azules estaban a punto de saltársele de las órbitas, de la cabeza le chorreaba el sudor, y tenía la camisa rasgada a la altura del hombro.
—Dámela —me dijo.
Cogió la boquilla y disminuyó el flujo. Luego soltó un chorro de gasolina desde la orilla de la laguna hasta unos veinte metros en dirección al campamento.
—La encenderemos desde aquí —dijo. Estaba temblando—. Ve a buscar los faros.
Me alejé y los levanté. Hice brillar uno sobre la superficie del agua. No había cocodrilo. Me gire para hablar y un chorro de gasolina me golpeó con fuerza en mitad del pecho, dejándome empapado desde los hombros hasta la cintura. Fue tan inesperado que dejé caer los faros y me acerqué tambaleándome hasta la orilla de la laguna.
Scanlon había cerrado el chorro y buscaba algo en su bolsillo. Cuando vi que en su mano sostenía un encendedor, me imaginé lo que iba a suceder. Logré ponerme de pie, pero él estaba a sólo veinte metros. Intenté correr, resbalé y caí. Jamás lograría llegar a tiempo. Miré hacia arriba, esperando ver el último destello de luz de toda mi vida.
Estaba a punto de abrir el mechero cuando alguien lo cogió por el brazo.
—¡No, Jack, no, no! —Era Magrit, apenas reconocible. El lado izquierdo de su rostro estaba hinchado y desfigurado, y había desaparecido el bello perfil del pómulo. Tenía la mandíbula rota y un ojo cerrado por la hinchazón—. No lo hagas, Jack, por favor.
Y luego se volvió hacia mí.
—¡Lo sabe todo! Los australianos se lo han dicho. ¡Tenían fotos!
Yo me había levantado e intentaba correr sobre el resbaladizo terreno. Scanlon se había soltado. Se acercó y volvió a levantar el mechero.
—¡Nunca más! —me gritó—. Eres carne muerta, Gavin. ¡Te vas a asar!
Yo me movía muy lentamente. Él estaba levantando la tapa del mechero. Yo podía ver la pequeña llama amarilla. De pronto, una figura inmensa rasgó las sombras a su espalda. Era Monstro, que se abalanzaba hacia adelante, veloz, las patas tiesas, el cuerpo del tamaño de un bote elevado sobre el suelo. Había contorneado la laguna, evitando entrar en el área iluminada. Ni Magrit ni Jack Scanlon se habían dado cuenta de que estaba detrás de ellos.
Antes de que yo pudiera gritar, la bestia estaba allí. El cocodrilo había ignorado a Jack (al igual que yo, podía reconocer la carne tierna cuando la tenía ante los ojos). Su hocico se abrió, enorme, la lengua rosada y la dentadura infernal brillando bajo la luz de los faros. Las mandíbulas se cerraron sobre Magrit, cogiéndola entre el muslo y el vientre.
Se escuchó un ruido sordo, de algo quebrándose, como un cuchillo de carnicero cayendo sobre carne y huesos, seguido de un grito, breve y desvanecido. Luego escuché los disparos de la pistola de Scanlon, seis tiros en rápida sucesión. Monstro ni siquiera disminuyó su velocidad. Pero cuando la larga cola pasó junto a Scanlon, casi como una ocurrencia final, lanzó un coletazo y lo golpeó en el lado izquierdo del cuerpo.
Y luego Monstro se abalanzó directamente sobre mí. Creo que no se daba cuenta de que yo estaba ahí. Volvía a su morada. Salté a un lado, pero al pasar junto a mí cogí a Magrit por los hombros. Sabía que ya había muerto y realmente no importaba lo que le sucediera. Pero yo conocía a los cocodrilos. Magrit era demasiado grande para ser tragada en un solo bocado, y los dientes de los cocodrilos están hechos para despedazar, no para mascar. Se la llevaría bajo el agua entre las raíces retorcidas de los troncos hasta que su carne estuviera lo bastante podrida para ser desmenuzada fácilmente, y luego comerla a su aire. Yo no podía soportar esa idea.
No había esperanza. Monstro me superaba en peso, uno a veinte. Cuando tiré de Magrit a la altura de las axilas, el cocodrilo se detuvo, justo el tiempo suficiente para girar la cabeza y afianzar su presa entre los dientes junto al tronco. Sentí un dolor horrible en la mano derecha, perdí asidero y ambos desaparecieron. Escuché un silbido ronco cuando el cocodrilo se sumergió en la capa de gasolina que flotaba sobre el agua.
Volví tambaleándome hacia Jack Scanlon. Aquel golpe casual de la cola le había roto el brazo derecho y todas las costillas del lado izquierdo. Puede que viviera treinta segundos, vomitando sangre y whisky al morir. Sus pulmones acabados no le habían permitido lanzar ni un grito.
Pobre Jackie Scanlon. Después de todo, no moriría en su cama de Limerick. Me arrastré junto a él en la oscuridad.
Desde la laguna escuché sonidos salvajes, roncos silbidos. Miré en esa dirección un momento. Los ojos, las fauces y la nariz de Monstro estaban llenos de gasolina, pero aún sostenía el cuerpo pálido de Magrit. Se desplazaba, dejando surcos en las aguas cubiertas de combustible.
Finalmente encontré lo que buscaba: el mechero de Scanlon. Corrí siguiendo la línea de gasolina, lejos de la orilla, rasgándome la camisa empapada mientras corría. Lo hice con una sola mano, puesto que los dedos de mi mano derecha habían desaparecido, cortados desde la primera falange.
Monstro había soportado más de la cuenta, o quizás había decidido que sabía dónde estaba la fuente de sus problemas. Cuando prendí fuego a mi camisa y la dejé caer al final del reguero de gasolina en el suelo, el cocodrilo emergió de pronto de la orilla. Venía derecho hacia mí cuando una enorme explosión sacudió la laguna y sus alrededores.
Las llamas alcanzaron los quince metros. El animal se volvió, contorsionándose, intentando escapar, pero estaba completamente empapado en gasolina. Las llamas azules bailaron, enroscándose y deslizándose sobre las escamas de su lomo, y luego se cebaron en su vientre carnoso y pálido. Lanzó un golpe de cabeza en el mismo momento en que abrió el hocico en un aliento agónico. El cuerpo encendido de Magrit voló por el aire y aterrizó a sólo un metro de donde yo estaba.
¿Una ofrenda de paz? Ya era demasiado tarde. Toda la vegetación ardía y el aire alrededor de la laguna brillaba agitado por el calor. El cocodrilo se levantó sobre sus patas traseras. Apoyado en su cola, alcanzaba una altura de casi cinco metros. Al levantarse, con el hocico abierto y las patas inflamadas en ademán de súplica, tuve la visión del viejo ancestro y primo de Monstro, el gran saurio carnívoro.
La bestia se revolvió, giró sobre sí misma, se balanceó y volvió a girar. El fuego había penetrado por debajo de su blindado correoso, y ahora sus tiernas carnes interiores comenzaban a asarse. En su agonía, Monstro ejecutaba una danza, haciendo cabrioladas a ciegas entre las llamas, pisando el cuerpo encendido de Jack Scanlon, una sola lengua de fuego desde la cola hasta el morro.
El calor aumentaba. Cuando la gigantesca bestia lanzó un último rugido de agonía y se desplomó, se me incendió el pelo de la cabeza. Me sacudía con la mano sana cuando caí, casi inconsciente, esperando el final y protegido del fuego más intenso por el cuerpo de Magrit hecho un rescoldo donde morían pequeñas llamas.
Los otros me encontraron al cabo de unos minutos, y Semarap llegó al lugar en menos de cuatro horas. Las llamas habían sido avistadas a más de veinte kilómetros de distancia.
Le enseñé los tres cuerpos carbonizados y los muñones de mi mano. Eso neutralizó su sonrisa durante unos minutos, pero lo que más le molestó fue la posibilidad de que el contrato se anulara. Eso significaba que desaparecían sus expectativas de aumentar sus ingresos.
Tardé bastante en devolverle la seguridad, pero al final lo logré. Terminaríamos las obras, sólo si él nos otorgaba un período de gracia de dos meses, no sujeto a penalizaciones. No habría ningún soborno, pero como contrapartida él podría convertirse en socio de la empresa en la sombra, compartiendo las ganancias con nosotros.
Y habría beneficios, eso estaba claro. Le mostré los libros de Jack Scanlon, sus cuentas bancarias, sus márgenes de beneficios. La sonrisa volvió a su rostro y estrechamos las manos.
Eso fue hace más de un año. Todo sea por el mejor de los mundos. Terminamos el trazado de las obras como estaba previsto, y ahora estamos entre los postulantes (y seleccionados oficiosamente) para un proyecto mucho más grande en Borneo, y luego para otros dos en Lombok y Sumbawa.
Envié por barco el cuerpo de Jack Scanlon de vuelta a Limerick, y él y Magrit yacen enterrados uno junto al otro. Yo aprendí a escribir con la mano izquierda, y ahora estoy a la cabeza de Macro Construction con más éxito del que jamás tuvo Jack Scanlon.
Esto se debe a que mi otro «pequeño problema», el que provocó mi baja en Bechtel y Parsons y en TAMS y otra media docena de empresas, ya no existe. El último grito que me lanzó Jack Scanlon encerraba una verdad precisa. Sexualmente, soy carne muerta, y lo he sido desde aquella noche. Lo he intentado a menudo, y el deseo está presente; pero no me queda ni un asomo de virilidad.
Físicamente me encuentro bien. Y cuando una mujer me sonríe no tengo visiones de los ojos de malta dorada de Magrit Scanlon o de las fauces de un cocodrilo. Podría decir que Magrit fue tan espléndida que me echó a perder para todas las demás, pero eso también es una necedad.
No. Debo creer que fue sólo la pura fuerza e intensidad de las últimas palabras de Jack Scanlon. «Eres carne muerta, Gavin». La predicción de Scanlon se reveló cierta, al menos en parte. Tendremos que esperar un tiempo para ver si acabaré en el asadero.