El día en que estalló el alambique de Ocie Powell, hizo caer dos patos que iban hacia el norte y una nave ixiana que se deslizaba muy baja. Sólo que los patos lograron desaparecer, perdiéndose toda la confusión.
Por algún tiempo, Ocie y sus socios, Lee Oliver y Ranse Hawkins, permanecieron tumbados donde acababan de aterrizar, en un grupo de palmeras. En tales circunstancias, era agradable descansar allí, incluso necesario. La cocción les había resultado calurosa, fatigosa y aburrida, y se habían ofrecido mutuamente sus hallazgos como razones para hacer pruebas durante la operación… hasta que dejaron de darse motivos. Entonces, continuaron simplemente obteniendo muestras. Cuando abrieron los ojos, las ramas de los árboles giraron encima de ellos. Cuando los cerraron de nuevo, fueron ellos mismos los que giraron.
Pero los ixianos, de color verde, con cuatro piernas y dos cabezas, bajaron de su nave, decididos a localizar la causa de su descenso.
Los tres hombres esperaban, paciente y pacíficamente, a que el mundo se asentara, hasta que el ruido de unas pisadas les hizo levantar la cabeza. El lugar había sido elegido con vistas al panorama. En un día claro y con la visión normal, podrían divisar hasta muy lejos a nivel del suelo, gracias a los escasos árboles del paraje…, hasta lo bastante lejos como para tener tiempo más que suficiente para largarse si aparecía alguien con quien no quisieran tener relaciones.
Así, vieron a los ixianos a lo lejos, separarse en abanico y avanzar hacia ellos. El sol de Florida chispeaba sobre las avanzantes figuras, y los tres cogieron sus sombreros de vaquero, de copa baja, y se los encasquetaron hasta los ojos.
—Por lo visto, el sheriff ha comprado uniformes nuevos —comentó Ocie.
—Seguro, son muy brillantes —asintió Lee—. Deben de poner buenas multas para poder adquirir esos equipos.
—Será mejor que nos larguemos —propuso Ocie.
Todavía había musgo en las ramas y la cebada molida goteaba lentamente mientras estudiaban sus posibilidades. Éstas consistían en incorporarse, llegar hasta la camioneta, arrancar (cosa que podía ser difícil porque era un trasto viejo y desvencijado), y traquetear en campo abierto hasta llegar a la carretera. Era una medida de emergencia.
Por otra parte, como finalmente dijo Ranse Hawkins:
—Si nos quedamos quietos, quizá no nos vean.
Las pisadas se oían más fuertes. Ocie encontró el embudo a su lado, y llevándolo a los ojos como un telescopio, atisbo por entre las palmeras y descubrió las antenas encuna de las cabezas verdes.
—Walkie-talkie —susurró asqueado, metiéndose el embudo en el bolsillo—. Eso es jugar sucio.
Las antenas se inclinaron, señalando al escondrijo de los tres socios, temblando una hacia la otra. Los pies avanzaron un poco más y se detuvieron. Los tres hombres podían oír mejor que ver, y comprendieron que estaban copados.
Se levantaron humildemente, con las manos en alto.
—Hola, sheriff —murmuraron, yendo lentamente hacia los recién llegados.
Las delicadas antenas retrocedieron silenciosamente.
Fue como un malentendido interplanetario: un sheriff, como todo el mundo, y más particularmente un sheriff, ha de mostrarse amistoso y contestar cuando le hablan, pero los ixianos sólo podían comunicarse por medio de sus antenas. De lo contrario, tal vez estuvieran recibiendo grandes honores por haber llevado a buen término su expedición.
Tras haber agitado un cordial «¿Qué tal?» con las antenas, retrocedieron hacia el lugar de donde venían, o sea hacia la nave, convencidos de que no debían llevar más adelante la exploración, aunque decididos a señalar en sus mapas aquel lugar como peligroso.
Ocie, Lee y Ranse fueron tras ellos, aún con las manos en alto, aunque perdiendo la paciencia y la placidez. Era una procesión extraña.
Los ixianos, intrigados pero sin detenerse, se pasaban mensajes entre sí por medio de las antenas, mientras los tres socios formaban una cola algo agitada: Ocie, gordinflón, aunque lo parecía más porque siempre llevaba los bolsillos llenos de objetos; los otros dos, altos y flacos, y un poco elásticos por las rodillas. Estaban preocupados por la afrenta de no haber recibido respuesta a su saludo, y con las cabezas gachas para evitar la luz del sol, ni siquiera se dieron cuenta de que iban en la cola.
La vista de la nave en el suelo aún excitó más sus sentimientos heridos.
—¡Se gastan el dinero de los contribuyentes en coches nuevos y aparatosos —se quejó Lee, indignado—, en lugar de pavimentar los caminos!
—Eso es culpa de votar a tipos indeseables —remachó Ocie.
Estaba ya a punto de trepar por la escotilla, pero de pronto dio media vuelta. Estaba tan enojado que arrojó lo primero que halló a mano, el embudo, contra el costado de la nave, y ni siquiera observó cómo retrocedía la antena ante aquel ruido.
—¡Sheriff —exclamó—, ni yo ni nadie de mi familia volveremos a votarle!
Las tinieblas les absorbieron dentro de la nave, donde el único sonido fue el de sus jadeos. Era un lugar donde todo el que sintiera recelos estaría justificado.
—No estoy seguro de que sea el sheriff —masculló Lee—. Parece un poco diferente.
—De ser federales lo habrían dicho —replicó Ocie, aún sudado bajo el cuello—. Y voy a preguntárselo. Están obligados a hablarnos, sean quienes sean.
Empezó a subir, pero la nave se balanceó y entonces ya fue demasiado tarde para dudas y reproches. Al despegar la nave, los tres perdieron el conocimiento.
Una habitación como una caja, con las paredes metálicas y sin ventanas, una sola puerta con rejas, una luz amortiguada…, así era el lugar donde se hallaban los tres. Se incorporaron hasta sentarse y todos buscaron los avíos de fumar.
—Esto no es la cárcel del condado —afirmó Ocie con autoridad.
—Pero es un sitio —objetó Ranse, tratando de sostener el papel del cigarrillo quieto en su mano— que hace que el tabaco salte como frijoles mexicanos.
—Será una prisión federal —aventuró Lee.
Ocie retorció lentamente la punta de su cigarrillo.
—No pueden meternos en una prisión federal —replicó—, al menos sin un juicio.
Pero sus palabras sonaban sosegadas; no le quedaban fuerzas ni para indignarse.
Fue entonces cuando un ixiano apareció tras las rejas de la puerta. Silenciosamente, los tres lo miraron y vieron a un ser verdoso con dos cabezas y cuatro patas, y algo que surgía de las cabezas. El extraño ser alargó una serie de brazos retráctiles para asir las rejas cuando quiso ver mejor a los prisioneros.
—Extranjeros —musitó Ocie, con la garganta seca.
—Enemigos de los Estados Unidos… —concluyó Ranse.
Sí, recordaban haber sido capturados. Usualmente, no les atrapaban. Entre otras razones, usaban los alambiques para elevar sus ánimos; recordaban los tiempos en que, según se decía, todo hombre que se respetase poseía un alambique, y por tradición les enojaba verse mandados en todo.
Fue su ánimo lo que les obligó a abrir la boca, sentados con la espalda apoyada en la pared, y proferir un chillido de rebeldía; pero fue el miedo lo que hizo que su chillido resultase tan estridente.
Los chillidos emprendieron la única dirección posible: la de la puerta, y allí estaba el ser verde que no podía hablar ni oír, a no ser por medio de sus sensibles antenas.
Las antenas retrocedieron, y empezaron a descender hacia las frentes del ixiano. Éste se apartó de la puerta y buscó a tientas a sus compañeros. Una vez hospitalizado y alimentado, el ixiano recobrarla sus facultades, pero la herida era lo bastante grave como para inquietar a aquellos seres.
Al salir de Ix les habían ordenado más o menos: Pensar. Pensar. Pensar. Poner el satélite en torno a la Tierra, sin dejarse detectar. Recoger información mediante los instrumentos del satélite y con viajes a la Tierra…, analizando y correlacionando los datos. Evitar la provocación de incidentes, aunque, a ser posible, capturar algunos especímenes sin despertar sospechas. Pensar. Pensar. Pensar.
Habían seguido estas instrucciones al pie de la letra porque la obediencia era su segunda naturaleza. Y había ocurrido que una de las naves enviadas a la Tierra para explorar habían caído por accidente, y algunos habitantes de la Tierra habían subido a bordo por voluntad propia, acompañándolos hasta la base. En su calidad de investigadores, se hallaban muy contentos con los especímenes; y con la obstinación innata de los investigadores, no deseaban perder aquella oportunidad de conseguir más información.
Pero aquellos prototipos se habían vuelto repentinamente peligrosos, llegando a poner en peligro el éxito de la expedición.
Enviaron una llamada urgente a Ix, preguntando qué debían hacer con los especímenes, y decidieron que, mientras llegaba la respuesta, tratarían a los terráqueos con los honores debidos a los grandes pensadores, el mayor honor concedido en Ix.
Cuando otros dos ixianos hubieron sufrido la pérdida de sus antenas a causa de los chillidos rebeldes, comprendieron que aquellos pensadores terráqueos no podían pensar en un cubículo cerrado.
Se abrió la puerta del calabozo, y Ocie, Lee y Ranse se encasquetaron sus sombreros de vaquero en la cabeza, de una forma que pregonaba su absoluta determinación, y salieron como si llevaran pistoleras en la cadera. Los ixianos les saludaron reverencialmente.
—Por lo visto, esos patos intentan mostrarse amistosos —murmuró Ocie.
Los llamaban «patos» porque los ixianos anadeaban al caminar. Pero aquella súbita amistad no les trastornó y se contentaron con llevarse una mano al ala del sombrero; sus ojos continuaron recelosos.
Con orgullo que se transparentaba a través de su deferencia, los ixianos les enseñaron el gran laboratorio donde pesaban, medían, analizaban y archivaban la información recogida respecto a la Tierra y la vida en ella. A los nuevos especímenes aquello no les interesaba en absoluto. No tenían motivos para reconocer resultados de los estudios, y miraban suspicazmente incluso cosas tan simples como los equivalentes ixianos de los mecheros Bunsen y las calculadoras.
Los jardines eran mejores. Las plantas crecían en algo semejante a tierra y las regaban con lo que podía ser agua. Los «patos» les ofrecieron comida y la devoraron, descubriendo que les dejaba satisfechos.
—No está mal —opinó Ocie.
Le gustaban los dulces y las féculas, y ahora comía una cosa tremendamente dulce, aunque parecía más bien una berenjena, y después algo parecido al trigo aunque con gusto a cebada.
—Preferiría un plato de quimbombó o nabos verdes, o fríjoles —objetó Lee.
—Bien, hay mucha comida —observó Ranse—. Al menos no nos moriremos de hambre.
Sin embargo, la comida no les embotó el cerebro, por lo que su próximo descubrimiento fue mucho peor. Apremiados con insistencia hacia el telescopio, vieron que la Tierra aparecía muy abajo. Entonces, alguien dejó oír un silbido bajo que hizo retroceder a los «patos» aprensivamente.
Ocie señaló hacia la lejana Tierra, luego se señaló a sí mismo y a los demás, gesticulando como queriendo volar moviendo los brazos. Aliviados y dichosos, los «patos» movieron agitadamente las antenas como respuesta.
—Por lo visto, tendremos que salir de aquí como podamos —murmuró Ocie.
—Sí, saldremos de aquí como podamos —observó Ranse—, y la caída será mortal.
Los tres regresaron a su celda de mutuo acuerdo. Allí estudiaron el problema en toda su magnitud, pero sin encontrar el medio de volver a la Tierra.
—Siempre llueve sobre mojado —citó Ocie, rebuscando en sus bolsillos—. Prisioneros de un puñado de extranjeros y ni siquiera sé dónde tengo el tabaco.
Sacó algo del bolsillo, pero no era el tabaco. Era jiste, el fermento de la cerveza, y naturalmente, el plan llegó por sí solo.
—Berenjenas dulces… —recordó Lee.
—Y lo que sabe a cebada debe de ser cebada… —añadió Ocie.
—Con instrumentos para trabajar en abundancia… —concluyó Ranse, levantándose y echándose el sombrero hacia atrás, en una posición astuta.
A los ixianos les encantó que los especímenes terráqueos utilizaran sus instrumentos y los estudiaran. Iban al laboratorio siempre que disponían de unos minutos libres para verles trabajar, y admiraban la extremada atención que los tres amigos prestaban a sus operaciones. Experimentaban una gran afinidad hacia los investigadores, y esperaban aprender mucho de ellos.
Aprendieron. El resultado de los estudios no fue muy bueno… pero fue whisky, claro, caliente, y de un efecto poderoso en los «patos».
—Vaya —observó Ocie—, se han emborrachado con sólo mojar sus antenas en el líquido.
Mucho más tarde, Ranse comentó:
—Nunca había visto una borrachera tan larga con tan poca bebida.
Los pobres ixianos, obreros de precisión del cosmos, que siempre medían mediante los instrumentos más delicados, siempre calculaban más lugares de lo necesario, siempre comprobaban una y otra vez los resultados, como victimas de una conducta compulsiva y llena de complejos… Bien, imaginémonos a los ixianos libres por primera vez de la carga de ser exactos.
Enviaron a Ix el informe de que la Tierra era lo más extraño que habían visto: se doblaba sobre sí misma y saltaba en su órbita; desafiaba toda descripción; y, finalmente, que no podían pensar en ella. Las naves que debían viajar hacia la Tierra, a veces iban y a veces hacían carreras espaciales como cohetes locos.
Desde Ix efectuaron ansiosas preguntas, pero todas las cartulinas fueron extraídas de las máquinas sin leerlas, dobladas en naves espaciales en miniatura y lanzadas al espacio. Hacia los tres maestros destiladores, los ixianos sentían un respeto no exento de afecto, palmeándoles en la espalda con las antenas y metiéndoles los sombreros hasta los ojos cuando los tenían cerca. De modo que Ocie y sus amigos no intentaron ya hacerles hablar, permaneciendo el mayor tiempo posible en su celda.
—Bien —musitó Ocie a guisa de consuelo—, ha sido una buena carrera.
—Sí —asintió Lee—, es agradable no tener que estar al acecho por si viene el sheriff.
—Seguro —confirmó Ranse lentamente.
Y es que, por entonces, el plan había dado excelentes resultados.
—Tú hablas «pato» mejor que nosotros —le dijo Lee a Ocie—. Y andas mejor, por lo que puedes escucharles mejor que nosotros. Pues bien, háblales y convénceles para que te bajen a la Tierra. Asegúrales que no te perderán de vista para siempre.
El entendimiento de los «patos» se había ampliado extraordinariamente. Dejaron a Ocie cerca de los restos del alambique, y él les hizo señas de que aguardasen y se marchó a la ciudad con la furgoneta.
Mientras estaba en la tienda adquiriendo veinte cajas de frascos de fruta, tuvo la mala suerte de tropezarse con el sheriff.
—Hola, Ocie —le saludó el sheriff—. Esto es mucha fruta para un hombre solo.
—Seguro, sheriff —asintió Ocie—. Y le juro que esto mismo le dije a mi amigo cuando me rogó que se la comprase. Pero está cortejando a una viuda, y pensó que si le regalaba toda esta fruta y algunas verduras, la mujer le invitaría a compartirlo todo con ella.
—Me encanta oírte decir esto, Ocie —respondió el sheriff—. Sí, me encanta. No me gustaría tener que acompañarte, sólo por cumplir con mi deber, y descubrir que empleas esta fruta para algo ilegal.
—Yo, en su lugar, no me molestaría, sheriff —le advirtió Ocie, francamente—, porque no averiguarla nada.
Por tanto, cuando Ocie regresó al satélite y relató aquel encuentro, los tres amigos acordaron que sería mejor demorar la primera entrega a la Tierra, mientras el sheriff aún pudiera descubrirlo todo.
Cuando finalmente estuvieron listos para bajar, ya tenían otra cochura a punto de destilar. Les enseñaron a los «patos» el intrincado proceso y los tres se marcharon a realizar la venta. Pero no pensaron en la diversión que los «patos» tendrían, pudiendo mostrarse irresponsables por una vez.
Los ixianos los dejaron en tierra con su cargamento y los tres trasladaron las jarras llenas de whisky de la nave a la furgoneta, tapándolas con una lona.
Lee y Ranse se instalaron en la cabina con Ocie, y los felices ixianos se sentaron sobre la mercancía y en la parte trasera, con las patas colgando. Les entusiasmaba la sensación del aire fresco azotando sus antenas, y el impredecible traqueteo del vehículo, que tanto hacía reír a aquellos seres verdes. Se reían de la forma en que el follaje y los postes del teléfono retrocedían ante la luz de los faros y se desvanecían. En la Tierra había cosas que ni siquiera habían soñado.
Los tres ixianos que se quedaron en el satélite sospecharon que estaban perdiéndose una gran diversión y despegaron para unirse a los otros. Así, dejaron encendido el fuego debajo del alambique.
Un coche-patrulla de carreteras aparcado en un cruce hizo parar la furgoneta.
—Se ha fundido el faro de la izquierda —manifestó el patrullero a Ocie, que iba al volante.
—Oficial —respondió aquél—, pienso hacerlo arreglar en la primera población que encuentre.
—Enséñeme la licencia —pidió con severidad el agente, paseando la luz de su linterna por la cabina del coche.
Ocie empezó a buscar en sus bolsillos.
—Tiene que estar por aquí.
El patrullero retrocedió y paseó la linterna por la trasera del vehículo. Ante aquel resplandor, los ixianos centellearon y refulgieron. Todas las cabezas y las patas eran verdes y brillantes. Pero los ixianos sólo vieron a un hombre y ellos estabas llenos de buena voluntad hacia los hombres. Las antenas se proyectaron para palmearle la espalda; surgieron los brazos y encasquetaron el sombrero del agente hasta los ojos.
Ocie aceleró y en la primera curva hizo girar te furgoneta en sentido contrario.
Aquella noche hubo un destello misterioso en el cielo, sobre el que algunas personas todavía comentan y hacen cábalas. Pero los tres amigos adivinaron lo ocurrido cuando hallaron a los tres «patos» que habían dejado al cuidado de la retorta aguardándoles junto a las otras naves.
—El alambique habrá estallado —gruñó Lee.
—Y con él todo el satélite —añadió Ocie—, y es una lástima porque era un lugar estupendo. Tardaremos mucho en hallar otro igual.
—Tal vez podríamos repararlo más adelante —propuso Ranse—. Por ahora, lo más urgente es esconder el licor.
—Lo enterraremos en la carretera —indicó Ocie—. Los «polis» nunca lo buscaran allí.
Acababan de empezar a cavar en la tierra cuando oyeron unos pasos que se aproximaban.
Pero no se trataba de la patrulla de caminos, ni del sheriff o sus comisarios, ni de los agentes del Departamento Federal de Impuestos sobre el Alcohol. Por primera vez en la historia de Ix, habían enviado una fuerza policíaca para hacer volver a unos expedicionarios.
Los policías se inclinaron ceremoniosamente y empezaron a discutir rápidamente con los renegados de las antenas. Ya más sobrios, los «patos» contestaron tartamudeando; y serenos del todo, agitaron sus antenas tristemente hacia sus amigos y se marcharon obedientemente con sus policías.
Los tres amigos volvieron a cavar.
—Probablemente les impondrán una multa o les suspenderán de empleo y sueldo —reflexionó Ocie, intentando no mostrarse demasiado apenado.
Durante un rato sólo se oyó el sonido de las palas.
—Ordinariamente no soy bebedor —rezongó al cabo Ocie—, pero opino que sería una vergüenza enterrar todos estos frascos, después de lo ocurrido.
—Seguro —asintió Lee.
—Seguro —repitió Ranse.