16

Con la ayuda de Westfield, Jasper escoltó a Eliza y a la señorita Chilcott a Melville House. Desaliñados y apestando a humo, el aspecto de los cuatro contrastaba con el ambiente elegante de la mansión, preparada para la boda. Los cuatro permanecieron inmóviles en el vestíbulo, tratando de contener la risa.

Lady Collingsworth salió de la sala de baile donde iba a celebrarse la ceremonia y se acercó a ellos.

—Cielo santo —murmuró—. El vicario espera, pero es evidente que habrá que retrasar la ceremonia.

—No —dijo Eliza, sorprendiendo a Jasper—. Si puede esperar una hora, yo estaré lista para entonces.

Recuperándose, él añadió:

—Yo también estaré listo en una hora.

Lady Collingsworth miró a la señorita Chilcott y parpadeó.

—Regina —dijo Eliza con firmeza—, te presento a la señorita Vanessa Chilcott, mi hermanastra. Vanessa, ella es la condesa viuda de Collingsworth.

—Milady —susurró Vanessa, haciendo una reverencia.

Jasper se sintió muy orgulloso de Eliza. No conocía a ninguna otra mujer que hubiera sido capaz de sobreponerse a los acontecimientos del día con ese aplomo. Podría haber dejado que la señorita Chilcott se las apañara sola tras haberse enterado de su auténtica identidad. Pero en vez de eso, le había hecho una sola pregunta:

—¿Por qué?

A lo que la joven había respondido:

—Quiero ser autosuficiente e independiente. ¿Qué mejor modelo que usted? Y no podía hacerlo sin librarme del apellido que me ha marcado toda la vida.

Eliza le había ofrecido vivir en su casa por el momento, ya que la vivienda y todas las posesiones de la señorita Chilcott se habían perdido en el incendio. Al menos, la tendrían controlada mientras duraba la investigación. Ya se encargarían de los demás detalles al día siguiente.

—La señorita Chilcott necesita un baño y una habitación —dijo Eliza—. Si pudieras encargarte, Regina, te quedaría muy agradecida.

—Por supuesto. —Lady Collingsworth se volvió hacia Jasper—. Tiene visita, señor Bond. En el salita.

Al ver que Eliza lo miraba, Jasper extendió el brazo hacia su prometida. «Yo voy a donde tú vayas», le había dicho ella. A pesar de todo, Eliza deseaba casarse con la misma prisa que él. La adoraba por eso, entre otras muchas cosas.

Westfield fue a reunirse con el resto de invitados a la sala de baile mientras ellos dos se dirigían a la sala de visitas. Allí los esperaban cinco personas: los gemelos Crouch, Lynd, Anthony Bell y la señora Francesca Maybourne.

Mirándolos con las cejas levantadas, Jasper se preguntó a qué habrían venido. Estaba a punto de preguntarlo cuando Eliza se le adelantó:

—Buenas tardes, señora Reynolds. Después de todo lo que ha pasado, no esperaba volver a verla.

—He ido a la joyería —explicó Lynd—, pero no he visto a Bell por ningún sitio, lo que ha levantado mis sospechas.

Eliza escuchaba el relato de la segunda parte de las maquinaciones de los Reynolds con el corazón encogido. Aunque se alegraba de que su plan hubiera fracasado, era consciente de que la causa del peligro había sido la obsesión de Jasper por destruir a Montague. ¿Cuántas energías había malgastado en ese empeño a lo largo de su vida? ¿Podría contar Eliza con tener todo su corazón o le habría entregado la mayor parte a esa mujer de su pasado a la que Montague había destruido?

Una cosa sin embargo la animaba: había enviado a Lynd en su lugar a perseguir a Montague para él poder casarse con ella.

—A veces —susurró Jasper—, cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad es precisamente porque no es verdad.

Lynd asintió.

—Has hecho bien en enviar a los Crouch. Entre los tres hemos vigilado la calle durante una hora y hemos visto un coche de alquiler que no se movía. Patrick ha pasado por su lado y, gracias a su tremenda altura, ha visto que la señora Reynolds estaba dentro, esperando con una pistola en el regazo. He enviado a Peter a buscar a Bell para que nos confirmara la historia que ella nos ha contado. Bell no la conocía de nada, pero al parecer la dama sabía lo suficiente sobre ti y Montague como para idear el cebo perfecto para atraerte. La hemos traído aquí sin saber que su identidad era falsa y mucho menos que la señorita Martin sabría quién era en realidad.

Eliza miró a Anne Reynolds con algo parecido al odio, una emoción que hasta ese momento le había resultado desconocida.

—¿Pensaba dispararle al señor Bond? ¿Iba a matarlo?

La mujer morena se apartó de la cara el pañuelo con el que se había estado secando las lágrimas desde que se había enterado de la muerte de su marido y miró a Jasper con rabia.

—No se llama así. De su nombre de pila no sé nada, pero puedo asegurarle que su apellido es Gresham. Es el hijo de Diana Gresham, que fue la puta de lord Montague hasta que murió tras una larga enfermedad.

Jasper permaneció tan quieto que Eliza se asustó.

—Le recomiendo que modere su lenguaje —le advirtió él, con una calma amenazadora.

—Lo sé todo sobre usted, señor Gresham —le espetó Anne—. Le dije a mi marido que se lo contara a la señorita Martin. Al fin y al cabo, fue ella la que contrató a mi cuñado para que investigara su conexión con lord Gresham en County Wexford. Le dije que le contara que usted no es quien dice ser, pero a él no le pareció necesario. Dijo que sólo con que supiera que usted la quería por su dinero sería suficiente para impedir su matrimonio. Tenía miedo de que se preguntara por qué no había hecho volver a Tobias de Irlanda cuando ella se lo ordenó. Pensó que, si descubría que había desobedecido sus órdenes esa vez, sospechara que lo había hecho más veces. Debió hacerme caso.

La tensión en la salita era palpable. Eliza se apresuró a hablar antes de que Anne siguiera complicando las cosas.

—Fue usted quien escribió esas cartas amenazadoras a mi tío —dijo sin dudarlo—. ¿Por qué? ¿Qué pretendía obtener?

La mujer levantó la barbilla y apartó la vista.

—No voy a decir nada más. Yo no he hecho nada malo.

—¿Y qué tiene que decir del incidente en la Royal Academy? —añadió Jasper en tono glacial.

—Santo Dios, ¿no pretenderán cargarnos con eso también? No somos asesinos. Ya he tenido bastante —dijo la señora Reynolds, levantándose—. No tienen ningún derecho a retenerme.

—Cuando salgamos de aquí será para ir a Bow Street —dijo Bell, balanceándose sobre los talones. Era un hombre delgado y no muy alto, de aspecto casi frágil—. Ya veremos si el juez opina lo mismo que usted. Hasta entonces, siéntese.

—Lleva una capa muy cara —observó Jasper—. Y las esmeraldas del collar y los pendientes llaman la atención. O tenía dinero antes de casarse o la señorita Martin le pagaba muy generosamente a su marido.

Eliza, que no estaba acostumbrada a fijarse en ese tipo de cosas, volvió a mirar a la mujer de arriba abajo. La verdad era que el atuendo de Anne Reynolds parecía más caro que su propio vestido.

—Pero ¿cómo? —preguntó, volviéndose hacia Jasper—. Me ocupo de la contabilidad personalmente.

—Pero no tratas directamente con los arrendatarios, ¿no? ¿Quién se ocupa de cobrar los alquileres?

—El señor Reynolds.

—Exacto —dijo Lynd—. Posiblemente, lo que usted recibe no coincide con lo que los arrendatarios están pagando.

Eliza palideció.

—Supongo que tiene razón —admitió, mirando a Anne, que estaba pálida pero seguía mostrándose desafiante—. Supongo que fue subiendo los alquileres paulatinamente, o cargándoles a los inquilinos algún concepto extra que yo desconocía. Tendremos que preguntárselo a la señorita Chilcott y a los demás. Santo cielo, ellos son tan víctimas de todo esto como yo.

—Probablemente por eso querían matar a Bond —dedujo Bell—. Una vez casada, lo más seguro es que la estafa saliera a la luz, o que prescindiera de los servicios del señor Reynolds. Lamento no haberle hecho más caso cuando acudió a mí, señorita Martin. Espero que me sirva de lección en el futuro.

Jasper permaneció quieto y callado como un cadáver.

—Ésta iba a ser mi última temporada —dijo Eliza en voz baja—. Pensaba retirarme al campo con lord Melville y dejar casi todos mis asuntos en manos de Reynolds. Estaban tan cerca de conseguir sus objetivos que mi súbita decisión de casarme con el señor Bond alteró todos sus planes y los hizo actuar precipitadamente.

—Si se casa con él —intervino Anne con frialdad—, se merecerá todo lo que le pase. Al menos, mi marido se preocupaba de que sus negocios florecieran. Estoy segura de que Gresham pretende despilfarrar su fortuna.

Eliza se levantó, incapaz de aguantarla ni un segundo más.

—Lo dejo todo en sus manos, señor Bell. Confío en que me informe de cómo se desarrollan los acontecimientos.

El agente inclinó la cabeza.

—Por supuesto.

—Señor Bond —murmuró Eliza entonces, lo que provocó un resoplido burlón de la señora Reynolds—, ¿me acompaña, por favor?

—Un momento —respondió él—. En seguida iré a buscarte.

Ella salió de la salita con piernas que le parecían de madera. Se preguntó si iría realmente a buscarla o si lo habría perdido para siempre. Aunque tal vez nunca había sido suyo. Aunque habían prometido ser sinceros el uno con el otro, al parecer ambos habían guardado secretos.

Al llegar al final de la escalera, Jasper giró a la derecha, siguiendo las instrucciones de lady Collingsworth para llegar a la habitación de Eliza. Si a la condesa viuda le había parecido inadecuado que se las pidiera, no lo había demostrado. Al contrario, lo había tranquilizado diciendo que el vicario se lo estaba pasando en grande gracias tanto al champán como a la agradable conversación de lord Westfield, y que había aceptado esperarlos el tiempo que hiciera falta.

Respiró hondo y llamó a la puerta del dormitorio de Eliza. Mientras esperaba a que ella respondiera, luchó contra la debilidad que lo invadía. Se sentía como si fuera de cristal, como si pudiera romperse en cualquier momento. Tal vez fuera a causa de la larga retahíla de inesperadas revelaciones. O a los nervios propios de todo novio antes de la boda. O al pánico ante la perspectiva de perder a alguien irreemplazable. No lo sabía.

La puerta se abrió y allí estaba Eliza, vestida con una bata, con la nariz tan roja como los ojos. Recordó que la primera vez que la vio había pensado que era bonita, pero no una belleza. En esos momentos no entendía cómo había podido llegar a esa conclusión. Era preciosa, la mujer más hermosa que había visto nunca.

Ella se echó hacia atrás para dejarlo entrar. Cuando lo hizo, Jasper cerró la puerta discretamente.

Se fijó en que sus habitaciones estaban decoradas en los mismos tonos crema y borgoña que las de él y se sintió aliviado en cierto modo. No debía olvidar que se parecían mucho en cosas básicas. Si pudieran dejar a un lado sus diferencias exteriores y pudieran centrarse en lo que los unía…

—Debería habértelo contado… —dijeron los dos a la vez.

Sorprendidos por haber dicho las mismas palabras al mismo tiempo, se interrumpieron y se quedaron mirando el uno al otro. Jasper esperó a que ella siguiera hablando. Tras las revelaciones del día, se merecía desahogarse. Estaba dispuesto a aguantar el chaparrón.

Eliza se ató el cinturón de la bata con decisión.

—Contraté a Tobias Reynolds cuando te conocí, porque no sabía nada de ti. Me dijiste que podía contestarles a quienes me preguntaran que estabas emparentado con lord Gresham y me dije que sería mejor tener un poco más de información por si alguien lo ponía en duda. Pero cuando nuestra relación se afianzó, le pedí al señor Reynolds que mandara regresar a su hermano de Irlanda, antes de que me diera ningún dato. Quería que fueras tú quien me contaras lo que quisieras y cuando quisieras.

Jasper asintió, cruzando las manos a la espalda.

—Y yo debí haberte hablado de mi madre. Pensaba hacerlo, pero me dije que teníamos tiempo…

—Lo tenemos. —Eliza se acercó a él—. Todo el tiempo que necesites.

—No, tengo que contártelo ahora, para que puedas decidir si quieres casarte conmigo. No podría soportar que me dejaras después de la boda.

—No voy a dejarte. Te quiero.

Jasper cerró los ojos y respiró entrecortadamente.

—Eliza…

—No quiero que digas nada hasta que seamos marido y mujer —lo interrumpió ella—. Quiero casarme siguiendo el mandato de mi corazón, no de mi cerebro. Debo aprender a confiar en mi instinto para poder ser lo que tú necesitas. Necesito ser una persona con una relación más sana y completa con su lado instintivo. Y necesito que sepas que te acepto tal como eres, sin dudas ni reservas, para que algún día, Dios lo quiera, puedas amarme.

Eliza estaba desafiando todo lo que le resultaba familiar, rechazando hábitos y rutinas de toda la vida, haciendo una concesión tras otra… por él. Estaba decidida a confiar en él por completo, a pesar de todas las pruebas que se lo desaconsejaban.

—Te quiero —repitió.

Jasper la miró. Se había sentado en uno de los sofás, con las manos unidas sobre el regazo. Era absurdo, pero verla así lo excitó. Verla tan controlada, sabiendo lo desbocada que se volvía cuando estaba entre sus brazos era un gran estímulo. Más que el placer físico, lo que lo volvía loco era ver cómo le mostraba su auténtica naturaleza cuando estaban a solas.

—Estoy a tu merced —confesó él con voz ronca—. Haría cualquier cosa por poseerte.

Eliza se llevó la mano al esbelto cuello, rodeándoselo con los dedos. Cruzando la habitación, Jasper le cogió la mano, tan blanca que parecía de alabastro. Empezó besándole el dorso y siguió por los dedos, lamiendo la punta de aquel en el que llevaría su anillo antes de que acabara el día.

Ella se estremeció. Bajando los párpados, entreabrió los labios y suspiró.

Jasper le succionó el dedo, acariciándoselo al mismo tiempo con la lengua hasta que ella gimió.

Fue el sonido de la rendición que él esperaba oír para liberarse de las restricciones.

Con la mano que le quedaba libre, se desabrochó los pantalones. Su miembro le cayó pesadamente sobre su mano, tan grueso y contundente que tuvo que agarrárselo con fuerza para aliviarse momentáneamente.

—Jasper.

Él le soltó los dedos para decirle:

—Te necesito.

Eliza trató de deshacer el nudo del cinturón de la bata, pero le temblaban tanto los dedos que no resultaba nada fácil. Impaciente, Jasper se dejó caer de rodillas en el suelo y le levantó la prenda con brusquedad. Luego, sujetando a Eliza por las caderas, la atrajo hacia sí hasta que cayó sentada sobre su regazo, cabalgándolo. La abertura de su sexo rozaba la suave y ardiente piel de su pene.

Jasper la cogió de la nuca, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Necesito estar dentro de ti.

—Sí.

Eliza se humedeció al oír su voz excitada. Le encantaba verlo así, descontrolado, loco de deseo por ella.

Él la levantó ligeramente. El grueso glande se deslizó por su sexo hasta apoyarse en su clítoris. Gimiendo, ella se agarró de los hombros de Jasper, tensos por la impaciencia y la necesidad.

Cuando apuntó hacia su interior palpitante, Eliza se estremeció. Con un gruñido, él embistió, clavándole el tenso miembro profundamente.

La abrazó con fuerza, inmovilizándola y robándole el aliento.

Ella le arañó la espalda, retorciéndose de deseo. El calor de la piel de Jasper la quemaba a través de la tela de la camisa.

—Por favor —le rogó, temblando a su alrededor—. ¡Por favor!

Sujetándola con fuerza por las caderas, él la hizo subir y bajar, empalándola en su duro miembro. Arriba y abajo. Presionando, clavándose cada vez un poco más.

Eliza gimió de placer.

—¡Sí!

—Haré que te vuelvas adicta a esto —le prometió Jasper con voz ronca, peligrosamente oscura—. Te volverás adicta a mí. Pronto serás tú la que venga a buscarme, aunque estemos en público, incapaz de resistir ni un minuto más. Te levantarás las faldas y me rogarás que te dé placer con la boca, con la lengua. Estarás tan desesperada que te dará igual dónde estemos. Necesitarás notar mi sabor. Te dejarás caer de rodillas y me darás placer, tomándome en tu boca y succionándome hasta que me corra dentro de ti, ardiente y loco de pasión.

Ella lo abrazó con fuerza, con los ojos cerrados, mientras él seguía clavándose en su interior. Era una sensación increíble. Nunca se cansaría de hacerlo. El pliegue de su glande rozaba deliciosamente contra las terminaciones más sensibles de sus nervios, provocando un incendio en su sexo.

Él arremetió una vez más, llenándola con su calor y su firmeza. Colmándola de tanto placer que Eliza arqueó la espalda sin control. Su posesión era increíblemente erótica. Y tan adictiva como él le había advertido.

Cuando se retiró, se sintió vacía. Cuando volvió a entrar, tuvo que morderse el labio para no gritar. No quería que todos los invitados se enteraran de lo que estaban haciendo.

Pero Jasper no estaba dispuesto a consentirle ni una pizca de control.

—Déjame oírte. Quiero oírte —la animó—. Quiero oír cuánto lo deseas.

Le separó los muslos con las manos para poder llegar más adentro. Moviendo las caderas, siguió penetrándola con maestría, volviéndola loca de lujuria, ansiosa por tener más. Siempre más. Por mucho que le diera, no tenía suficiente.

Eliza respiró con esfuerzo y le clavó las uñas en la espalda.

—Acaba, por favor.

—No, es demasiado pronto —respondió él, mientras el sudor le resbalaba por la frente.

—Tenemos toda la vida para ir despacio. No me hagas esperar ahora.

Jasper se clavó en ella con toda la fuerza que pudo, abrazándola y diciéndole al oído:

—Te quiero, Eliza. Te quiero.

Ella alcanzó el clímax con tanta intensidad que se convulsionó. Él la siguió de cerca, moviendo las caderas con rapidez y fiereza. Eliza sintió cómo el orgasmo se apoderaba de su cuerpo. Los músculos se le tensaron y los pulmones le trabajaban frenéticamente. Cuando al fin se corrió, el clímax fue violento. El grueso pene se sacudía con cada nuevo chorro de semen que salía de él. Pronunció su nombre entrecortadamente hasta que ella lo besó, tragándose los sonidos de su placer junto con el amor incondicional que brotaba de su corazón.

Una hora más tarde estaban casados. Excepción hecha del vicario, que estaba sofocado y feliz gracias al champán, fue una boda sombría. Si alguien se dio cuenta de lo que acababa de pasar en la habitación, nadie lo comentó. Sin embargo, Eliza estaba segura de que al menos Regina lo sabía.

Cuando pronunció los votos, Jasper aún tenía el pelo húmedo. Había enviado a los hermanos Crouch a su casa a buscar ropa limpia mientras se bañaba en una habitación de invitados para ganar tiempo.

Los invitados que presenciaron la ceremonia no llegaban a la docena. La celebración posterior fue muy breve, ya que todo el mundo había estado esperando a los novios durante horas.

Eliza llevaba un vestido de raso color blanco roto, con delicado encaje adornándole las mangas y el corpiño. Era nuevo, uno de los muchos vestidos nuevos que iban a marcar su transformación. No pensaba volver a esconder la belleza que Dios le había dado. Usaría todas las armas de su arsenal femenino para complacer a su esposo y aumentar su amor por ella.

Cuando llegó la hora de retirarse, Jasper se sintió aliviado. Eliza abrió camino, tirando de él en dirección a sus habitaciones.

—Tengo una cosa para ti —dijo él, cuando estuvieron a solas.

—Oh. —Ella se mordió el labio inferior—. Yo no me he acordado de comprarte un regalo de bodas.

—Tú eres mi regalo de bodas.

Del bolsillo interior de la chaqueta sacó un anillo. Era un sello pequeño, de mujer.

Alargó la mano y le puso el anillo en la mano derecha.

—Era de mi madre.

Eliza lo miró con los ojos brillantes.

—Gracias.

Jasper se quitó la chaqueta.

—¿Te apetece una copa? —le preguntó, solícito.

Antes había tomado su cuerpo con tanta urgencia que ahora quería compensarla yendo con calma. Pensaba disfrutarla y saborearla.

—No, me apeteces tú.

Jasper sintió una gran satisfacción. Respiró hondo, expandiendo los pulmones. La sangre se le espesó y le circuló de prisa, caliente.

—¿No tienes dudas? ¿Preguntas?

—¿Por qué sigues hablando? —preguntó ella, que se había vuelto de espaldas.

—Nunca dejas de sorprenderme.

Jasper se acercó y empezó a desabrocharle el vestido.

—¿No crees que ya hemos tenido que enfrentarnos a bastantes asuntos desagradables por un día? Ya tendremos tiempo mañana de encarar el resto.

Él le besó el hombro, agradecido.

Eliza volvió la cabeza por encima del hombro y lo miró con intensidad.

—Si hubieras ido tú a la joyería en vez de Lynd…

—Eliza…

Ella se volvió bruscamente entre sus brazos, atrapándole la boca en un beso poco estético, pero lleno de fervor. Él la abrazó con fuerza, levantándole los pies del suelo. Eliza le rodeó el cuello con sus esbeltos brazos, enredándole los dedos en el pelo de un modo que lo enloquecía de pasión.

—Quiero verte desnudo —susurró, provocándole una erección—. Quiero tocarte por todas partes, y la ropa me lo pone difícil.

—No queremos dificultades en el dormitorio —replicó él, reprimiendo una sonrisa.

Sentándola en el borde de la cama, dio un paso atrás y se empezó a desabrochar los botones del chaleco.

—Tómate tu tiempo —dijo ella.

—Te gusta mirar.

—Me gusta mirarte a ti —lo corrigió Eliza—. Te encuentro muy hermoso, sensual y deseable.

Jasper no supo cómo replicar a eso. ¿Cómo explicarle lo mucho que su honestidad significaba para él? En vez de palabras, se lo agradeció con hechos, reduciendo la velocidad de sus movimientos y sin dejar de mirarla en ningún momento, esperando que leyera en sus ojos lo mucho que la amaba. Cuando se hubo despojado de toda la ropa, se quedó quieto, esperando a que ella le dijera qué hacer a continuación. Antes de la boda la había tomado sin contemplaciones y ella se había entregado sin reticencias. Aunque ella aún tenía poca experiencia sexual, Jasper había sido incapaz de tratarla con la delicadeza que merecía. Esta vez sería distinto.

—Voy demasiado vestida —dijo Eliza, quitándose los zapatos y dejándolos caer al suelo.

—¿Y qué quieres que haga al respecto?

—Desnúdame. Pero mucho más de prisa de como te has desnudado tú.

Él la agarró por la cintura y la dejó en el suelo. Acabó de desabrocharle los botones del vestido, esta vez con más urgencia. Dejaron el vestido de boda en una silla, con cuidado, pero la camisola y los calzones fueron a parar al suelo de cualquier manera.

Hechizado por la piel pecosa de su espalda, la rodeó con los brazos, doblando las rodillas para quedar a su altura. Apoderándose de un pecho con una mano y cubriendo con la otra los rizos de su sexo, era el dueño de su pasión.

Ella gimió de placer, dejando caer la cabeza hacia atrás.

—Me encanta cómo me tocas. Tus manos son tan grandes y fuertes, callosas pero cálidas.

—Son las manos de un hombre que se gana la vida trabajando —replicó él, recorriéndole la oreja con la lengua.

—Son las únicas manos que me tocarán así.

Con dos dedos, le separó los pliegues del sexo, dejándole el clítoris al descubierto.

—¿Te encontraré húmeda?

Eliza jadeó cuando empezó a martirizarle los pezones con dos dedos. Separó las piernas, invitándolo a acariciarla más a fondo.

—Sí, todavía te tengo dentro de mí… de antes.

Pensar en ella húmeda de su semen hizo que su erección creciera aún más. Empujándola entre sus muslos, gruñó al sentir la humedad que lo recibía.

—Déjame —le pidió, empujándola hacia la cama y animándola a que apoyara los codos en ella.

Al principio, Eliza se tensó, pero en seguida se relajó y le presentó las exuberantes curvas de sus preciosas nalgas. Sin poder resistirse, Jasper se las apretó.

Luego la ayudó a subir un poco a la cama, le levantó un muslo y se lo apoyó en la colcha, dejándola completamente expuesta. Con una caricia posesiva, le susurró:

—Te quiero.

Ella volvió la cara y apoyó la mejilla en la colcha.

—Dilo otra vez —le pidió, con los ojos cerrados.

Sujetándose el miembro con firmeza, apoyó la punta junto a la diminuta entrada de su sexo sedoso.

—Te quiero.

Con un lento movimiento de caderas, Jasper hizo entrar la gruesa cabeza en su estrecho canal. Sintió como si lo apretara un guante de seda. Eliza clavó los dedos en el colchón. Su gemido apagado lo excitó aún más.

—Mi esposa —murmuró, hundiéndose más profundamente.

Ella arqueó la espalda como un gato, abrazándolo con los músculos internos con el movimiento. El placer de esos abrazos, que eran como pequeñas olas, unido a la sensación de ser atraído más profundamente hacia su interior, era indescriptible. Jasper gruñó como una fiera salvaje. Encorvándose, la penetró con embestidas rápidas y poco intensas, deslizándose lentamente en su interior hasta llegar al fondo. Se negaba a permitir que ninguno de los dos alcanzara el clímax hasta que estuvieran totalmente unidos.

Eliza ahogó un grito.

—Tan hondo… Te siento tan adentro… —dijo, arrastrando las palabras.

Él se retiró unos centímetros y volvió a embestir, llegando aún más profundamente. Ella lo abrazó hasta la raíz, sumergiendo su miembro palpitante en calor líquido.

Sujetándola por el hombro, Jasper la aprisionó contra la cama, cabalgándola con embestidas largas y relajadas. Sus testículos rebotaban a la entrada de su sexo, estableciendo un ritmo regular y muy erótico. Eliza gemía con cada nuevo golpe que sentía en el clítoris, dejando el rastro de sus uñas marcado en el terciopelo de la colcha. El pelo se le estaba humedeciendo de sudor.

Cuando le pareció que estaba a punto de estallar, Jasper se detuvo en seco, clavado en lo más hondo de su cuerpo, y se mantuvo allí, susurrándole palabras de ánimo mientras ella se derretía a su alrededor. Él también sudaba, tenía el pelo pegado a la cara y el vello del pecho empapado por el esfuerzo de mantenerse duro como una piedra e inmóvil dentro de ella.

El tiempo fue pasando, pero Jasper había perdido toda noción del mismo, como le pasaba siempre que estaba con Eliza. Sólo sabía que ella había tenido tantos orgasmos que ya no le quedaban fuerzas para agarrarse a la colcha y que sus gemidos eran débiles como los de un gatito recién nacido.

Cuando, con voz ronca, le susurró que lo amaba, Jasper no pudo contenerse más.

Con la mejilla apoyada en su glorioso cabello y rodeándola con los brazos, la llenó con chorros de lujuria calientes y desgarrados, que nacían de lo más profundo de su ser. Brotaban de un pozo de amor y esperanza que no había sabido que existía en su interior hasta que la había conocido.