11
—Nunca habría esperado algo así de ti —dijo Westfield, balanceándose sobre los talones.
—Pues ya somos dos —replicó Jasper secamente.
La sala de baile de los Valmont era bastante grande, pero ni su extensión ni los techos de diez metros aliviaban la opresión causada por la multitud. Y aún más que la multitud, lo que lo agobiaba era la sensación de ser observado. Jasper se había pasado casi toda la vida tratando de pasar inadvertido, por lo que el hecho de ser el centro de la atención le resultaba aún más incómodo.
Pero la noticia de que la señorita Eliza Martin se había comprometido al fin, después de haber anunciado repetidamente su intención de no casarse, era un tema de conversación demasiado apetitoso. Todo el mundo lo estaba observando detenidamente, como si la explicación de la decisión de Eliza pudiera verse a simple vista.
Se había esmerado al vestirse para no avergonzarla. Había elegido un traje negro para no parecer tan corpulento. La chaqueta y los pantalones estaban excepcionalmente bien cortados y la tela era de primera calidad, igual que el diamante que adornaba su aguja de corbata o el zafiro de su anillo. Transmitía una imagen de elegancia y riqueza sin ostentaciones, que esperaba que ayudara a mitigar las especulaciones sobre su interés por la señorita Martin.
—Eres del todo inadecuado para ella —siguió diciendo Westfield.
—Estoy de acuerdo.
Jasper miró a su alrededor hasta que vio a Eliza. Parecía serena, aunque algo irritada. La expresión de su cara dejaba entrever tanto ese sentimiento como su confusión. A Jasper le encantaba que fuera tan transparente y expresiva.
—Estaría mucho mejor conmigo —añadió Westfield—. ¿Cómo esperas que una mujer tolere tu modo de vida?
—Supongo que la señorita Martin y yo tendremos que ir descubriendo la respuesta por el camino.
Su amigo se puso ante él y se dio la vuelta para atraer su atención.
—¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar en tu empeño por arruinar a Montague?
—Esto no tiene nada que ver con él.
—Claro que tiene que ver.
—Sólo tangencialmente —admitió Jasper, dando un paso al lado para seguir observando a Eliza.
—Espera. —Westfield volvió a taparle la vista de su prometida—. Cuando anoche hablabas de desear algo con fuerza… ¿te referías a ella?
—Sí.
En ese instante la deseaba más que nunca. Eliza se había puesto otro de los vestidos de su madre. Éste era de color rosa pálido. El corte era tan sencillo como el de color zafiro que había llevado días atrás, pero le quedaba muy ajustado a la cintura y el escote era provocativamente bajo. Era tan hermosa y esbelta que contemplarla le causaba un gran placer.
—¡Maldita sea! —Westfield la miró por encima del hombro—. ¿Te has enamorado de ella?
—Disfruto de su compañía y sé que puedo hacerla feliz.
—Lo dudo bastante. No a la larga. ¿Y qué importa que disfrutes de su compañía? Yo disfruto de la compañía de media docena de mujeres cada semana y no por eso voy proponiéndoles matrimonio.
—Ahí radica la diferencia entre tú y yo —replicó Jasper—. Yo he disfrutado de muy pocas cosas en la vida. Y de ninguna he disfrutado tanto como de la compañía de la señorita Martin.
—Reconozco que me siento intrigado —comentó su amigo—. Siempre me preguntaré qué me he perdido con la señorita Martin.
—No, no lo harás. Te olvidarás de ella como mujer y sólo pensarás en ella como mi esposa. Punto.
—Hum… —Westfield se volvió y miró a su alrededor—. No he visto a Montague. Me gustaría ver cómo reacciona al enterarse de la noticia de vuestro compromiso.
A Jasper no le importaba lo que pensara.
Al darse cuenta, sintió un escalofrío. Apretó los dientes y los puños. Pronto podría olvidarse de Montague, pero todavía no había llegado el momento. El conde todavía tenía que pagar por sus pecados y los pecados de su padre.
Eliza. Eliza hacía que se olvidara de todo lo demás. Ésa era una de las razones por las que la necesitaba en su vida. Pero en ese momento no podía permitírselo. Aún no. Tras años de frustrante espera y de incontables horas de trabajo, su plan estaba en la etapa final.
—Señor Bond.
Al volver la cabeza, vio que sir Richard Tolliver se acercaba. Aunque Jasper había pensado que el joven no podía estar más delgado, al parecer se había equivocado. Le sobraba un buen trozo de chaqueta en los hombros y el sencillo chaleco se le abombaba.
—Buenas noches, sir Richard.
—Al parecer, tengo que felicitarle —dijo Tolliver, aunque su expresión era más bien lúgubre.
—Así es. Gracias.
—Qué casualidad que la señorita Martin haya decidido casarse tan poco tiempo después de que usted haya regresado a su vida. Es como si lo hubiese estado esperando todos estos años.
—Qué poético —se burló Westfield—. Tal vez si hubiera mostrado ese talento para la poesía con la señorita Martin habría tenido más suerte con ella, Tolliver.
—¿Qué talento empleó usted? —replicó Tolliver dirigiéndose a Jasper.
—Tenga cuidado cuando me critique —le advirtió Jasper con suavidad—. No vaya a criticar también a la señorita Martin sin darse cuenta, porque le aseguro que no me lo tomaré bien.
El joven deslizó la punta del pie por el suelo, mirándosela.
—Es raro que, con la larga amistad que une a su familia con los Tremaine, la señorita Martin sepa tan pocas cosas de usted.
—¿No las sabe o no quiere contarlas? —lo provocó Jasper—. La señorita Martin valora la discreción y la privacidad. Es una de sus muchas cualidades. Vamos, deje de molestar y vaya a buscar otra heredera a la que cortejar.
Tolliver permaneció clavado en el sitio durante unos momentos. Finalmente, dijo entre dientes:
—Buenas noches, señor Bond. Y buenas noches a usted también, milord. —Y, volviéndose, se marchó.
—Caramba. Estás haciendo muchos amigos esta noche —comentó Westfield, mirando cómo Tolliver se alejaba—. Lo cierto es que nunca pensé que tuviera tanto carácter. Tal vez sus sentimientos por la señorita Martin fueran sinceros, después de todo.
—No creo que su interés sea tan romántico.
Jasper echó los hombros hacia atrás para liberar la tensión.
Aquello era exactamente lo que pretendía. Atraer la atención de quien fuera que estuviera detrás de los ataques a Eliza. Pero no había contado con sus propios celos. Tolliver había despertado su instinto de posesión, y se temía que las cosas iban a empeorar en las próximas horas.
Al oír el nombre de Montague, se volvió hacia la puerta.
—Ha venido —murmuró—. Empezaba a ponerlo en duda.
—Mira a tu alrededor —replicó Westfield con un gesto de la barbilla—. Hacía mucho tiempo que lady Valmont no veía a tanta gente en su casa. Los curiosos han acudido en masa para contemplar la transformación de la señorita Martin y al hombre responsable de dicha transformación. Ha cambiado por ti, ¿no es cierto?
—Lo hizo por la investigación. Al menos al principio… —Jasper volvió a buscarla con la mirada. Estaba dividido entre sus dos objetivos: ganarse el corazón de Eliza o culminar su venganza—. Esta noche creo que lo ha hecho por mí.
—Entonces no mentía al decir que sentía algo por otra persona. —Su amigo resopló—. ¿Me pregunto qué demonios verá en ti?
—Ojalá lo supiera. Le daría una ración doble.
Era fácil seguir el avance de Montague por la sala, por el modo en que la gente se agolpaba a su alrededor. Parecía ir directo hacia Eliza, que estaba en el otro lado de la estancia.
Jasper se dirigió hacia allí, con Westfield a su lado. Juntos se abrieron paso entre la multitud, aunque su camino se vio interrumpido varias veces por personas que felicitaban a Jasper.
—¿Crees que tu matrimonio asegura la destrucción de Montague? —le preguntó Westfield.
—No del todo. Me he enterado de que está organizando un grupo de inversores para la explotación de una mina de carbón. —Cogió un vaso de limonada de una bandeja de bebidas que le pasó por delante.
—¿Crees que ése puede ser el motivo que lo llevó a contactar conmigo para recuperar la escritura de propiedad?
—Espero tener pronto la respuesta. O se salvará o se hundirá todavía más en la miseria.
Agarrándolo por el codo, el conde hizo que se detuviera.
—Bond.
Jasper arqueó las cejas en respuesta.
—¿No te has planteado iniciar una nueva vida con la señorita Martin y dejar el futuro de Montague en manos del destino? Según mi experiencia, los tipos que se lo merecen suelen encontrar su castigo por méritos propios.
—Yo soy su castigo —replicó Jasper, acabándose la bebida de un trago y lamentando que no fuera algo más fuerte, que lo ayudara a soportar el escrutinio al que estaba siendo sometido.
—Me alegro mucho por ti —dijo lady Collingsworth, radiante como una madre orgullosa.
Llevaba una auténtica cascada de zafiros, y plumas blancas en el pelo, y se movía con la confianza propia de una reina que transmite su gracia a los accesorios, en vez de depender de ellos.
—Gracias. —Eliza, algo mareada, se llevó una mano al estómago.
—Te admiro por haber seguido los dictados de tu corazón —siguió diciendo Regina—. Sé lo mucho que te has resistido a la idea del matrimonio.
—He tratado de entender por qué me resultaba tan poco atractiva. No es que yo conozca secretos sobre el matrimonio que las demás mujeres desconocen.
—Por supuesto que sí. Sólo tú has vivido con tu madre.
Eliza abrió mucho los ojos. Era la primera vez que la condesa decía algo que podía considerarse una crítica hacia Georgina.
—¿Por qué te sorprendes tanto, querida? Soy muy consciente de lo que piensas de ella y de las decisiones que tomó en la vida. Se casó con dos hombres porque los amaba y ninguno de los dos matrimonios acabó bien. El hecho de que su segundo marido fuera un cazafortunas acabó de forjar tu opinión sobre la institución matrimonial. Entiendo que has tenido que sobreponerte a prejuicios muy arraigados en tu interior para aceptar la proposición del señor Bond. —Fijó la vista en un punto detrás de Eliza—. Sólo espero que la indecente forma en que te mira haya tenido algo que ver en tu rendición. Su anhelo eleva la temperatura de la habitación.
—¡Regina! —Ella resistió el impulso de buscar a Jasper con la vista, sabiendo que si lo hacía se ruborizaría y le costaría concentrarse. Era consciente de que durante toda la noche la había estado desnudando con la mirada.
—¿Qué? —se defendió la condesa—. Lo que pasa en la intimidad del lecho es igual de importante que lo que pasa fuera. Un matrimonio no funciona si no hay armonía en el dormitorio.
—¿Y puede sobrevivir si se basa sólo en el placer?
—Mi querida niña, el placer es precisamente lo que falta en la mayoría de los matrimonios. No lo desprecies.
—Es que me parece una razón muy frívola para unirse a otra persona —murmuró Eliza.
—Eres demasiado lista para tomar decisiones frívolas. Estoy segura de que si hicieras una lista de virtudes y defectos del señor Bond, las virtudes superarían con mucho a los defectos.
Sin poder resistirse por más tiempo a la tentación, Eliza se volvió buscándolo, pero entonces vio una alta y familiar figura que se acercaba.
El conde de Montague estaba atravesando la multitud e iba directamente hacia ella, con una atractiva sonrisa en la cara. Sin embargo, su llegada se veía interrumpida por las numerosas personas que lo saludaban.
—El conde parece estar de buen humor —comentó Regina—. Fue muy amable por tu parte anunciarle el compromiso personalmente.
—Dejárselo a mi tío habría sido demasiado arriesgado. Y distante. —Le dirigió a su amiga una sonrisa llena de agradecimiento—. No me habría atrevido a hacerlo sola. Muchas gracias por acompañarme.
—¿Acompañarte adónde?
La voz de Jasper a su espalda le causó una agradable sensación de calor. Los ocupantes del salón desaparecieron para ella y el ruido que hacían se convirtió sólo en un murmullo de fondo. Se volvió hacia él.
—Al parque esta tarde.
—¿A reunirte con Montague?
—Sí, a contarle que me había comprometido contigo.
El rostro de él se ensombreció.
—No deberías haberlo hecho.
Eliza se tensó al oír su tono de voz. No estaba acostumbrada a que la contradijeran.
—Se merecía una explicación.
—No tienes ni idea de lo que se merece.
—Bond.
El susurro de advertencia de Westfield captó la atención de Eliza, que se volvió hacia el conde, que estaba justo detrás del hombro de Jasper. Al igual que Montague, era un hombre muy guapo y elegante, y la estaba mirando con amabilidad.
Dos pares del reino. Ambos atractivos, solícitos y deseosos de casarse con ella. Y sin embargo había elegido a un plebeyo salvaje de orígenes desconocidos. Un hombre al que nunca podría domar. Un escalofrío de inquietud le recorrió la espalda.
Jasper apretó los dientes como si hubiera notado sus dudas. El afecto que había visto en sus ojos cuando se había reencontrado hacía un rato ya no era tan evidente. La distancia entre los dos se había vuelto algo tangible.
Regina carraspeó.
—¿Me acompañaría a la mesa de refrescos, lord Westfield? Tengo la garganta seca.
—Por supuesto. —Con una mirada de advertencia en dirección a Jasper, el conde se alejó con lady Collingsworth.
Él dio un paso hacia Eliza.
—¿Cómo puedo protegerte si te pones en peligro deliberadamente?
—¿Qué peligro? Me he reunido con Montague en un lugar público, acompañada por lady Collingsworth. Tus hombres me estaban siguiendo sin duda. ¿O no? ¿Es por eso por lo que estás de tan mal humor?
—Me contrataste para que investigara a tus pretendientes. Y luego vas y te reúnes con uno de ellos a solas para decirle que ha perdido cualquier posibilidad de acceder a tu dinero. Es decir, poniéndolo en una situación desesperada.
—¿Qué podría haberme hecho?
—Raptarte. Pedir un rescate por ti. Cualquier cosa.
—¿Montague? —se burló ella—. Un hombre de su posición nunca…
—No lo conoces, Eliza. No sabes lo que es capaz de hacer.
—¿Y tú sí?
—Mantente alejada de él.
Ella alzó las cejas.
—¿Es una orden?
Jasper apretó los dientes.
—No conviertas esto en una lucha de voluntades.
—Eres tú el que está tratando de limitar mi libertad. No es razonable que me rinda sin luchar por ella.
Él la agarró por los codos y la acercó escandalosamente, como si estuvieran solos y no rodeados de centenares de ojos curiosos.
—Estoy intentando mantenerte a salvo.
—Consejo recibido, gracias. —Eliza sabía que lo estaba provocando, pero las respuestas tensas de él empezaban a hacerle sospechar que lo que pretendía precisamente era que discutieran.
—Tienes que obedecerme. —Los ojos de Jasper se habían oscurecido tanto que parecían negros.
—Tu preocupación es infundada. No veo por qué lord Montague y yo no tendríamos que volver a vernos, a no ser en actos sociales.
—Me da igual. Quiero que te mantengas alejada de él —insistió Jasper, soltándola—. Y de Tolliver también.
Eliza no pudo reprimir más su irritación.
—¿Puedo saber por qué?
—Porque se ha tomado muy mal la noticia de nuestro compromiso.
—¿Y Montague? Cuando se lo he contado ha sonreído y me ha deseado que sea feliz.
—Al conde no podría importarle menos la felicidad de los demás. Sólo se preocupa de la suya.
—¿Y yo tengo que aceptar tu palabra al respecto sin una explicación?
—Sí.
—¿Ya estás ejerciendo tu derecho conyugal de controlar mis actos? —preguntó ella, apretando el abanico con tanta fuerza que la madera crujió.
—No consentiré que conviertas una charla sobre tu seguridad en una discusión sobre la independencia de la mujer y las desventajas del matrimonio.
—¿No lo permitirás? Ya veo. ¿Y eso cómo funciona? ¿Es recíproco? ¿Puedo yo prohibirte que te reúnas con lord Westfield?
—Me estás provocando deliberadamente.
—Sólo estoy tratando de entender dónde están los límites y si se aplican a los dos por igual.
—Westfield no supone un peligro para nadie.
—Tal vez yo sepa algo de él que tú desconoces —siguió provocándolo Eliza—. Y si sigo tu ejemplo, no tengo por qué contarte de qué se trata.
Volvió la cara para ocultar las lágrimas que le asomaban a los ojos y vio que lord Montague se acercaba. Echó los hombros hacia atrás.
—Señorita Martin. —El conde le besó la mano, inclinándose ante ella con una reverencia impecable. Luego se volvió hacia Jasper—. Señor Bond, ¿puedo ofrecerle mis felicitaciones?
Él mostró los dientes en algo parecido a una sonrisa.
—Puede, milord. Las acepto complacido.
Eliza sabía que su propia rigidez delataba que habían estado discutiendo, pero estaba demasiado frustrada para que le importara.
—¿Sería demasiado optimismo por mi parte esperar que aún tenga un espacio libre en su carnet de baile, señorita Martin?
—El próximo vals es suyo —respondió ella, sintiendo una amarga satisfacción al ver el tic en la mandíbula de Jasper.
Había reservado los dos valses, no para Montague, sino para estar junto a Jasper. Había decidido que no volvería a bailar el vals con otro hombre, aunque él tardara semanas en aprender.
—Parece que yo también soy un hombre afortunado —dijo Montague—. Aunque, desde luego, no tanto como usted, señor Bond.
—Eso parece. —Su cara parecía tallada en granito.
La orquesta empezó a tocar para alertar a los bailarines de que el siguiente baile estaba a punto de comenzar. Aliviada, Eliza se excusó y fue en busca de su pareja, el barón Brimley. Mientras se alejaba de la enorme tensión que emanaba de Jasper, empezó a respirar con más facilidad. Pronto recuperó la capacidad de pensar, seguida de cerca por el arrepentimiento. No le gustaba nada haber discutido con él. Peor aún. No le gustaba nada su propio comportamiento.
Jasper observó a Eliza mientras se alejaba apresuradamente y se reprendió por haber provocado su primera discusión. Sabía que tenía que tratarla con cuidado o se arriesgaba a que ella le lanzara a la cara argumentos como el dinero o la independencia, pero había perdido el control al enterarse de que había cometido semejante imprudencia.
Había sido la sorpresa de saber que se había visto con Montague a sus espaldas lo que lo había impulsado a hablarle así, aunque sabía que la culpa era suya. Lynd se había presentado sin avisar y él había cometido el error de dejar de leer los informes diarios para recibir a su viejo mentor.
¿Cómo podía haber sido tan descuidado? Si su vida se regía por esquemas rígidos y horarios fijos era por una razón: para evitar incidentes y hacer que todo en su vida fluyera a la perfección.
Pero descargar en ella el enfado que debería dirigir hacia sí mismo no hacía más que empeorar las cosas. Había abierto una brecha entre los dos que no se podía permitir.
—Imita usted la pose melancólica de Byron a la perfección —comentó Montague—. Lástima que no se me ocurriera esa táctica mientras cortejaba a la señorita Martin.
Jasper volvió la cabeza lentamente, dejando su rostro vacío de toda expresión. Su hermanastro y él eran casi de la misma altura. Y las similitudes entre ellos no se limitaban a eso. De hecho, se parecían tanto que Jasper se alejó un poco para poner cierta distancia.
—No puedo decir que lamente que no la consiguiera.
El conde sonrió y se balanceó sobre los talones. Parecía no darse cuenta del parecido entre ellos, ni del parentesco al que se debía.
—Es usted una persona misteriosa, señor Bond.
—Pregúnteme lo que quiera. Tal vez le responda.
—¿Qué opina del carbón?
Una oleada de satisfacción lo inundó. ¿Iba a ser tan fácil obtener la información que necesitaba?
—Es un bien necesario. La vida sin él sería muy incómoda.
—Estamos de acuerdo. —El joven le dirigió una sonrisa sincera—. Tengo un negocio en ciernes que puede resultarle interesante.
Apartando a Eliza de su mente, Jasper se volvió hacia Montague y logró sonreír.
—Soy todo oídos, milord.
Cuando el conde de Montague fue a buscar a Eliza para bailar su vals, el enfado de ella se había desvanecido. Sin embargo, seguía muy alterada. Se dio cuenta de que, tras la muerte de su madre, su vida se había visto libre de conflictos. Nunca discutía por nada. No tenía que dar explicaciones ni ponerse de acuerdo con nadie. Como resultado de esa independencia, había perdido la capacidad de discutir. Podía hacerlo, pero su cuerpo reaccionaba mal. Le dolía la cabeza y se notaba el estómago revuelto.
—Está usted preciosa esta noche, señorita Martin —murmuró Montague, apoyándole la mano en la cintura.
—Gracias —replicó ella, con la vista clavada en el elaborado nudo del pañuelo de él.
El conde iba vestido ostentosamente, con una chaqueta de terciopelo azul brillante y un chaleco multicolor. Aunque su estilo no podía ser más distinto del de Jasper, notó que tenían muchas cosas en común. Su talla y color de pelo eran prácticamente idénticos.
Eliza aprovechó esa similitud para tomar nota de cómo él resolvía su diferencia de tamaño a la hora de bailar. Era muy experto y la guiaba con facilidad. Ella tomó notas mentales para usarlas luego en las clases particulares de baile con Jasper, agradeciendo esa actividad, que le permitía olvidarse de sus conflictos emocionales, aunque fuera temporalmente.
—Admito que ha despertado mi curiosidad —dijo él.
—¿A qué se refiere?
—A sus habilidades como casamentera.
Eliza frunció el ceño.
—Nunca he dicho que fuera una gran casamentera. Sólo dije que podría encontrarle una candidata mejor que yo.
—¿Alguna sugerencia? —preguntó el conde con los ojos brillantes.
—Creo que cualquier mujer soltera cumpliría los requisitos.
—Debería darle vergüenza —replicó él, echándose a reír, lo que hizo que varias cabezas se volvieran hacia ellos—. Mire que darme esperanzas y luego derribarlas con una broma cruel…
—Bobadas. Podría casarse con quien quisiera.
—Menos con usted.
Eliza tardó unos momentos en darse cuenta de que estaba bromeando.
—¿Qué me dice de Aurora Winfield? —sugirió.
—Su risa me saca de quicio.
—¿Jane Rothschild?
—La asusto. Cada vez que hablo con ella se ruboriza y tartamudea. La mejor conversación que hemos logrado mantener fue durante una fiesta campestre. Yo hablé sin parar para llenar el incómodo silencio y ella asentía vigorosamente cada vez que yo decía algo.
—Pobrecilla. Tal vez si pasaran más tiempo juntos superaría la timidez.
—Sería una tortura para los dos. Demasiado esfuerzo, francamente.
—¿Qué tal Sarah Tanner?
Él negó con la cabeza.
—¿Qué defecto le encuentra?
Montague dudó un momento antes de responder:
—Es… demasiado… atrevida.
—Oh, entiendo. —Eliza no supo qué decir. Estaba segura de que había muchas más candidatas adecuadas, pero en aquel momento no se le ocurría ninguna—. Tal vez lo mejor sería esperar a la temporada que viene. Con nuevas debutantes.
—Ayer le habría dicho que no podía esperar tanto.
—¿Y hoy?
—Hoy tengo nuevas esperanzas. Creo que podré esperar hasta conocer a alguien que pueda reemplazarla. He encontrado una inversión que creo que dará buenos resultados. El señor Bond me ha dicho que tal vez participe. Hemos quedado en que mañana hablaríamos del tema.
—¿Ah, sí?
¿Por qué se plantearía Jasper invertir en el fondo de Montague después de haberle dicho que no se fiaba de él y sabiendo que el conde era insolvente? No tenía sentido. Y ésa no era su única preocupación. ¿Qué experiencia tenía Jasper con las inversiones? ¿Sabría dónde se estaba metiendo?
Por la mañana le pediría a Reynolds que se informara sobre el potencial del fondo de Montague. Luego le pediría explicaciones a Jasper. Si se negaba a dárselas, le plantearía un ultimátum: o le contaba las cosas o la perdería.
Con tantos secretos nunca funcionarían como pareja.