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De regreso a casa nos detuvimos en un colmado de la calle Comercio a comprar leche y pan. Isabella me dijo que iba a pedirle a su padre que me trajera un pedido de finas viandas y que más me valía comérmelas todas.
—¿Cómo van las cosas en la librería? —pregunté.
—Las ventas han bajado muchísimo. Yo creo que a la gente le da pena venir porque se acuerdan del pobre señor Sempere. Y la verdad es que, tal como están las cuentas, la cosa no pinta bien.
—¿Cómo están las cuentas?
—Bajo mínimos. En las semanas que llevo trabajando allí he estado repasando el balance y he comprobado que el señor Sempere, que en gloria esté, era un desastre. Regalaba libros a quien no podía pagarlos. O los prestaba y no se los devolvían. Compraba colecciones que sabía que no podría vender porque los dueños amenazaban con quemarlas o tirarlas. Mantenía a base de limosnas a una pila de poetastros de medio pelo que no tenían dónde caerse muertos. Ya puede imaginarse el resto.
—¿Acreedores a la vista?
—A razón de dos por día, sin contar las cartas y los avisos del banco. La buena noticia es que no nos faltan ofertas.
—¿De compra?
—Un par de tocineros de Vic están muy interesados en el local.
—¿Y Sempere hijo qué dice?
—Que del cerdo se aprovecha todo. El realismo no es su fuerte. Dice que saldremos adelante, que tenga fe.
—¿Y no la tienes?
—Tengo fe en la aritmética, y cuando hago números me sale que en dos meses el escaparate de la librería estará repleto de chorizos y butifarras blancas.
—Alguna solución encontraremos.
Isabella sonrió.
—Esperaba que dijese usted eso. Y hablando de cuentas pendientes, dígame que ya no está trabajando para el patrón.
Mostré las manos limpias.
—Vuelvo a ser un agente libre —dije.
Me acompañó escaleras arriba, y cuando iba a despedirse la vi dudar.
—¿Qué? —pregunté.
—Había pensado no decírselo, pero... prefiero que lo sepa por mí que por otros. Es sobre el señor Sempere.
Pasamos dentro y nos sentamos en la galería frente al fuego, que Isabella reavivó echando un par de troncos. Las cenizas del Lux Aeterna de Marlasca seguían allí y mi antigua ayudante me lanzó una mirada que hubiera podido enmarcar.
—¿Qué es lo que me ibas a contar de Sempere?
—Lo sé por don Anacleto, uno de los vecinos de la escalera. Me contó que la tarde en que el señor Sempere murió le vio discutir con alguien en la tienda. Él volvía a casa y dice que las voces se oían hasta en la calle.
—¿Con quién discutía?
—Era una mujer. Algo mayor. A don Anacleto no le parecía haberla visto nunca por allí, aunque dijo que le resultaba vagamente familiar, pero con don Anacleto nunca se sabe, porque le gustan más los adverbios que las peladillas.
—¿Oyó sobre qué discutían?
—Le pareció que estaban hablando de usted.
—¿De mí?
Isabella asintió.
—Su hijo había salido un momento a entregar un pedido en la calle Canuda. No estuvo fuera más de diez o quince minutos. Cuando regresó se encontró a su padre caído en el suelo, detrás del mostrador. Todavía respiraba pero estaba frío. Para cuando llegó el médico ya era tarde...
Me pareció que se me caía el mundo encima.
—No se lo tenía que haber dicho... —murmuró Isabella.
—No. Has hecho bien. ¿No dijo nada más don Anacleto sobre esa mujer?
—Sólo que los oyó discutir. Le pareció que era sobre un libro. Un libro que ella quería comprar y el señor Sempere no le quería vender.
—¿Y por qué me mencionó? No lo entiendo.
—Porque el libro era suyo. Los Pasos del Cielo. El único ejemplar que el señor Sempere había conservado en su colección personal y que no estaba a la venta...
Me invadió una oscura certeza.
—¿Y el libro...? —empecé.
—...ya no está allí. Ha desaparecido —completó Isabella—. Miré en el registro, porque el señor Sempere apuntaba allí todos los libros que vendía, con fecha y precio, y ése no constaba.
—¿Lo sabe su hijo?
—No. No se lo he contado a nadie más que a usted. Todavía estoy intentando comprender lo que pasó aquella tarde en la librería. Y por qué. Pensaba que a lo mejor usted lo sabría...
—Esa mujer intentó llevarse el libro a la fuerza, y en la pelea el señor Sempere sufrió un ataque al corazón. Eso es lo que pasó —dije—. Y todo por un cochino libro mío.
Sentí que se me retorcían las entrañas.
—Hay algo más —dijo Isabella.
—¿Qué?
—Días después me encontré a don Anacleto en la escalera y me dijo que ya sabía de qué recordaba a aquella mujer, que el día que la vio no cayó, pero que le sonaba que la había visto antes, muchos años atrás, en el teatro.
—¿En el teatro?
Isabella asintió.
Me sumí en un largo silencio. Isabella me observaba, inquieta.
—Ahora no me quedo tranquila dejándole aquí. No se lo tendría que haber dicho.
—No, has hecho bien. Estoy bien. De verdad.
Isabella negó.
—Esta noche me quedo con usted.
—¿Y tu reputación?
—La que peligra es la suya. Voy un momento a la tienda de mis padres a llamar por teléfono a la librería y avisar.
—No hace falta, Isabella.
—No haría falta si hubiese usted aceptado que vivimos en el siglo veinte y hubiese instalado teléfono en este mausoleo. Volveré en un cuarto de hora. No hay discusión que valga.
En ausencia de Isabella, la certeza de que la muerte de mi viejo amigo Sempere pesaba sobre mi conciencia empezó a calar hondo. Recordé que el viejo librero siempre me había dicho que los libros tenían alma, el alma de quien los había escrito y de quienes los habían leído y soñado con ellos. Comprendí entonces que hasta el último momento había luchado por protegerme, sacrificándose para salvar aquel pedazo de papel y tinta que él creía que llevaba mi alma escrita. Cuando Isabella regresó, cargada con una bolsa de exquisiteces del colmado de sus padres, le bastó con mirarme para saberlo.
—Usted conoce a esa mujer —dijo—. La mujer que mató al señor Sempere...
—Creo que sí. Irene Sabino.
—¿No es ésa la de las fotografías viejas que encontramos en la habitación del fondo? ¿La actriz?
Asentí.
—¿Y para qué querría ella ese libro?
—No lo sé.
Más tarde, después de cenar algún bocado de los manjares de Can Gispert, nos sentamos en el gran butacón frente al fuego. Cabíamos los dos e Isabella apoyó la cabeza sobre mi hombro mientras mirábamos el fuego.
—La otra noche soñé que tenía un hijo —dijo—. Soñé que él me llamaba pero yo no podía oírle ni llegar hasta él porque estaba atrapada en un lugar donde hacía mucho frío y no podía moverme. Él me llamaba y yo no podía acudir a su lado.
—Es sólo un sueño —dije.
—Parecía real.
—A lo mejor tendrías que escribir esa historia —aventuré.
Isabella negó.
—He estado dándole vueltas a eso. Y he decidido que prefiero vivir la vida, no escribirla. No se lo tome a mal.
—Me parece una sabia decisión.
—¿Y usted? ¿Va a vivirla?
—Me temo que mi vida ya está un tanto vivida.
—¿Y esa mujer? ¿Cristina?
Respiré hondo.
—Cristina se ha marchado. Ha vuelto con su esposo. Otra sabia decisión.
Isabella se apartó de mí y me miró, frunciendo el entrecejo.
—¿Qué? —pregunté.
—Me parece que se equivoca.
—¿En qué?
—El otro día vino a casa don Gustavo Barceló y estuvimos hablando de usted. Me dijo que había visto al esposo de Cristina, el tal...
—Pedro Vidal.
—Ése. Y que él le había dicho que Cristina se había ido con usted, que no la había vuelto a ver ni a saber de ella desde hace casi un mes o más. De hecho me ha extrañado no encontrarla aquí con usted, pero no me atrevía a preguntar...
—¿Estás segura de que Barceló dijo eso?
Isabella asintió.
—¿Qué he dicho ahora? —preguntó Isabella, alarmada.
—Nada.
—Hay algo que no me está usted contando...
—Cristina no está aquí. No ha estado aquí desde el día que murió el señor Sempere.
—¿Dónde está entonces?
—No lo sé.
Poco a poco nos fuimos quedando en silencio, acurrucados en el butacón frente al fuego, y bien entrada la madrugada Isabella se durmió. La rodeé con el brazo y cerré los ojos, pensando en todo lo que había dicho y tratando de encontrarle algún significado. Cuando la claridad del alba encendió la cristalera de la galería, abrí los ojos y descubrí que Isabella ya estaba despierta y me miraba.
—Buenos días —dije.
—He estado meditando —aventuró.
—¿Y?
—Estoy pensando en aceptar la propuesta del hijo del señor Sempere.
—¿Estás segura?
—No —rió.
—¿Qué dirán tus padres?
—Se llevarán un disgusto, supongo, pero se les pasará. Preferirían para mí un próspero mercader de morcillas y embutidos a uno de libros, pero se tendrán que aguantar.
—Podría ser peor —ofrecí.
Isabella asintió.
—Sí. Podría acabar con un escritor.
Nos miramos largamente, hasta que Isabella se levantó de la butaca. Recogió su abrigo y lo abotonó dándome la espalda.
—Tengo que irme —dijo.
—Gracias por la compañía —respondí.
—No la deje escapar —dijo Isabella—. Búsquela, dondequiera que esté, y dígale que la quiere, aunque sea mentira. A las chicas nos gusta oír eso.
Justo entonces se volvió y se inclinó para rozar mis labios con los suyos. Me apretó la mano con fuerza y se fue sin decir adiós.