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Necesitaba encontrar un lugar donde pensar y ocultarme del celo doméstico y la obsesión por la pulcritud de mi nueva ayudante, así que me acerqué hasta la biblioteca que ocupaba la nave de arcos góticos del antiguo hospicio medieval de la calle del Carmen. Pasé el resto del día rodeado de tomos que olían a sepulcro papal, leyendo acerca de mitología e historias de las religiones hasta que mis ojos estuvieron a punto de caer sobre la mesa y salir rodando biblioteca abajo. Tras horas de lectura sin tregua, calculé que apenas había arañado una millonésima parte de lo que podía encontrar bajo los arcos de aquel santuario de libros, por no decir todo lo que se había escrito sobre el tema. Decidí que volvería al día siguiente, y al otro, y que dedicaría al menos una semana entera a alimentar la caldera de mi pensamiento con páginas y páginas sobre dioses, milagros y profecías, santos y apariciones, revelaciones y misterios. Cualquier cosa menos pensar en Cristina y don Pedro y en su vida de matrimonio.


Ya que disponía de una ayudante solícita, le di instrucciones para que se hiciese con copias de los catecismos y textos escolares que se empleaban en la ciudad para la enseñanza religiosa y que me redactase resúmenes de cada uno de ellos. Isabella no discutió las órdenes, pero frunció el entrecejo al recibirlas.

—Quiero saber con pelos y señales cómo se les enseña a los niños toda la pesca, desde el arca de Noé al milagro de los panes y los peces —expliqué.

—¿Y eso por qué?

—Porque yo soy así y tengo un amplio abanico de curiosidades.

—¿Se está documentando para una nueva versión del Jesusito de mi vida?

—No. Planeo una versión novelada de las aventuras de la monja alférez. Tú limítate a hacer lo que te digo y no me discutas o te envío de regreso a la tienda de tus padres a vender dulce de membrillo a tutiplén.

—Es usted un déspota.

—Me alegra que nos vayamos conociendo.

—¿Tiene esto que ver con el libro que va a escribir para ese editor, Corelli?

—Podría ser.

—Pues me da en la nariz que ese libro no tiene posibilidades comerciales.

—¿Y qué sabrás tú?

—Más de lo que usted se cree. Y no tiene por qué ponerse así, porque sólo intento ayudarle. ¿O es que ha decidido dejar de ser un escritor profesional y transformarse en un diletante de café y melindros?

—De momento tengo las manos ocupadas haciendo de niñera.

—Yo no sacaría a relucir el debate de quién es la niñera de quién porque ése lo tengo ganado de antemano.

—¿Y qué debate se le antoja a vuecencia?

—El arte comercial versus las estupideces con moraleja.

—Querida Isabella, mi pequeña Vesubia: en el arte comercial, y todo arte que merezca ese nombre es comercial tarde o temprano, la estupidez está casi siempre en la mirada del observador.

—¿Me está llamando estúpida?

—Te estoy llamando al orden. Haz lo que te digo. Y punto. Chitón.

Señalé hacia la puerta e Isabella puso los ojos en blanco, murmurando algún improperio que no alcancé a oír mientras se alejaba por el pasillo.


Mientras Isabella recorría colegios y librerías en busca de libros de texto y catecismos varios que extractar, yo acudía a la biblioteca del Carmen a profundizar en mi educación teológica, empeño que acometía con extravagantes dosis de café y estoicismo. Los primeros siete días de aquella extraña creación no alumbraron más que dudas. Una de las pocas certezas que encontré fue que la vasta mayoría de los autores que se habían sentido llamados a escribir sobre lo divino, lo humano y lo sacro debían de haber sido estudiosos doctos y píos en grado sumo, pero como escritores eran una birria. El sufrido lector que debía patinar sobre sus páginas se las veía y se las deseaba para no caer en un estado de coma inducido por el aburrimiento a cada punto y aparte.

Tras sobrevivir a miles de páginas sobre el tema, empezaba a tener la impresión de que los cientos de creencias religiosas catalogadas a lo largo de la historia de la letra impresa resultaban extraordinariamente similares entre sí. Atribuí esta primera impresión a mi ignorancia o a una falta de documentación adecuada, pero no podía alejar de mí la noción de haber estado repasando el argumento de docenas de historias policíacas en las que el asesino resultaba ser el uno o el otro, pero la mecánica de la trama era, en esencia, siempre la misma. Mitos y leyendas, bien sobre divinidades o sobre la formación y la historia de pueblos y razas, empezaron a parecerme imágenes de rompecabezas vagamente diferenciadas y construidas siempre con las mismas piezas, aunque en diferente orden.

A los dos días me había ya hecho amigo de Eulalia, la bibliotecaria jefe, que me seleccionaba textos y tomos de entre el océano de papel a su cargo y de vez en cuando hacía visitas a mi mesa del rincón para preguntarme si necesitaba algo más. Debía de tener mi edad y le rebosaba el ingenio por las orejas, normalmente en forma de puyas afiladas y vagamente venenosas.

—Mucho santoral está usted leyendo, caballero. ¿Ha decidido hacerse monaguillo ahora, a las puertas de la madurez?

—Es solo documentación.

—Ah, eso dicen todos.

Las bromas y el ingenio de la bibliotecaria ofrecían un bálsamo impagable con que sobrevivir a aquellos textos de factura pétrea y seguir con mi peregrinaje documental. Cuando Eulalia tenía un rato libre se acercaba a mi mesa y me ayudaba a poner orden en todo aquel galimatías. Eran páginas en las que abundaban relatos de padres e hijos, madres puras y santas, traiciones y conversiones, profecías y profetas mártires, enviados del cielo o de la gloria, bebés nacidos para salvar el universo, entes maléficos de aspecto espeluznante y morfología habitualmente animal, seres etéreos y de rasgos raciales aceptables que ejercían como agentes del bien y héroes sometidos a tremendas pruebas del destino. Se percibía siempre la noción de la existencia terrenal como una suerte de estación de paso que invitaba a la docilidad y a la aceptación del sino y de las normas de la tribu porque la recompensa siempre estaba en un más allá que prometía paraísos rebosantes de todo aquello de lo que se había carecido en la vida corpórea.

El mediodía del jueves, Eulalia se aproximó a mi mesa durante uno de sus descansos y me preguntó si, amén de leer misales, comía de vez en cuando. La invité a almorzar en Casa Leopoldo, que acababa de abrir sus puertas cerca de allí. Mientras degustábamos un exquisito estofado de rabo de toro, me contó que llevaba dos años en su puesto y dos más trabajando en una novela que no se dejaba y que tenía por escenario central la biblioteca del Carmen y por argumento una serie de misteriosos crímenes que acontecían en ella.

—Me gustaría escribir algo parecido a aquellas novelas de hace años de Ignatius B. Samson —dijo—. ¿Le suenan?

—Vagamente —respondí.

Eulalia no acababa de encontrarle el qué a su libro y le sugerí que le diese a todo un tono ligeramente siniestro y que centrase su historia en un libro secreto poseído por un espíritu atormentado, con subtramas de aparente contenido sobrenatural.

—Es lo que haría Ignatius B. en su lugar —aventuré.

—¿Y qué es lo que hace usted leyendo tanto sobre ángeles y demonios? No me diga que es un ex seminarista arrepentido.

—Estoy tratando de averiguar qué tienen en común los orígenes de diferentes religiones y mitos —expliqué.

—¿Y qué ha aprendido hasta ahora?

—Casi nada. No la quiero aburrir con el miserere.

—No me aburre. Cuente.

Me encogí de hombros.

—Bueno, lo que me ha resultado más interesante hasta ahora es que la mayoría de todas estas creencias parten de un hecho o de un personaje de relativa probabilidad histórica, pero rápidamente evolucionan como movimientos sociales sometidos y conformados por las circunstancias políticas, económicas y sociales del grupo que las acepta. ¿Sigue usted despierta?

Eulalia asintió.

—Buena parte de la mitología que se desarrolla en torno a cada una de estas doctrinas, desde su liturgia hasta sus normas y sus tabúes, proviene de la burocracia que se genera a medida que evolucionan y no del supuesto hecho sobrenatural que las ha originado. La mayor parte de anécdotas simples y bonancibles, una mezcla de sentido común y folclore, y toda la carga beligerante que llegan a desarrollar proviene de la posterior interpretación de aquellos principios, cuando no tienden a desvirtuarse, a manos de sus administradores. El aspecto administrativo y jerárquico parece clave en su evolución. La verdad es revelada en principio a todos los hombres, pero rápidamente aparecen individuos que se atribuyen la potestad y el deber de interpretar, administrar y, en su caso, alterar esa verdad en nombre del bien común y con tal fin establecen una organización poderosa y potencialmente represiva. Este fenómeno, que la biología nos enseña que es propio de cualquier grupo animal social, no tarda en transformar la doctrina en un elemento de control y lucha política. Divisiones, guerras y escisiones se hacen inevitables. Tarde o temprano, la palabra se hace carne y la carne sangra.

Me pareció que empezaba a sonar como Corelli y suspiré. Eulalia sonreía débilmente y me observaba con cierta reserva.

—¿Es eso lo que busca usted? ¿Sangre?

—Es la letra la que entra con sangre, no a la inversa.

—No estaría yo tan segura de eso.

—Intuyo que acudió usted a un colegio de monjas.

—Las damas negras. Ocho años.

—¿Es verdad lo que dicen, que las alumnas de los colegios de monjas son las que albergan los deseos más oscuros e inconfesables?

—Apuesto a que le encantaría descubrirlo.

—Apueste todas las fichas al sí.

—¿Qué más ha aprendido en su cursillo acelerado de teología para mentes calenturientas?

—Poco más. Mis primeras conclusiones me han dejado un sinsabor de banalidad e inconsecuencia. Todo esto ya me parecía más o menos evidente sin necesidad de tragarme enciclopedias y tratados sobre las cosquillas de los ángeles, tal vez porque soy incapaz de entender más allá de mis prejuicios o porque no hay más que entender y el quid de la cuestión radica simplemente en creer o no, sin detenerse a pensar por qué. ¿Qué tal mi retórica? ¿La sigue impresionando?

—Me pone la piel de gallina. Lástima no haberle conocido en mis años de colegiala de oscuros anhelos.

—Es usted cruel, Eulalia.

La bibliotecaria rió con ganas y me miró largamente a los ojos.

—Dígame, Ignatius B., ¿quién le ha roto el corazón a usted con tanta rabia?

—Veo que sabe usted leer más que libros.

Permanecimos sentados a la mesa unos minutos, contemplando el ir y venir de camareros por el comedor de Casa Leopoldo.

—¿Sabe lo mejor de los corazones rotos? —preguntó la bibliotecaria.

Negué.

—Que sólo pueden romperse de verdad una vez. Lo demás son rasguños.

—Ponga eso en su libro.

Señalé su anillo de compromiso.

—No sé quién será ese tontaina, pero espero que sepa que es el hombre más afortunado del mundo.

Eulalia sonrió con cierta tristeza y asintió. Regresamos a la biblioteca y cada cual volvió a su lugar, ella a su escritorio y yo a mi rincón. Me despedí de ella al día siguiente, cuando decidí que no podía ni quería leer una línea más de revelaciones y verdades eternas. De camino a la biblioteca le compré una rosa blanca en un puesto de la Rambla y la dejé sobre su escritorio vacío. La encontré en uno de los pasillos, ordenando libros.

—¿Me abandona ya, tan pronto? —dijo al verme—. ¿Quién me va a soltar piropos ahora?

—¿Quién no?

Me acompañó a la salida y me estrechó la mano en lo alto de la escalinata que descendía al patio del viejo hospital. Me encaminé escaleras abajo. A medio camino me detuve y me volví. Seguía allí, observándome.

—Buena suerte, Ignatius B. Espero que encuentre lo que busca.