25
Abandoné Casa Marlasca con el alma en los pies y anduve sin rumbo a través del laberinto de calles solitarias que conducían hacia Pedralbes. El cielo estaba cubierto por una telaraña de nubes grises que apenas permitían el paso del sol. Agujas de luz perforaban aquel sudario y barrían la ladera de la montaña. Seguí aquellas líneas de claridad con los ojos y pude ver cómo, a lo lejos, acariciaban el tejado esmaltado de Villa Helius. Las ventanas brillaban en la distancia. Desoyendo el sentido común, me encaminé hacia allí. A medida que me aproximaba, el cielo se fue oscureciendo y un viento cortante levantó espirales de hojarasca a mi paso. Me detuve al llegar al pie de la calle Panamá. Villa Helius se alzaba al frente. No me atreví a cruzar la calle y acercarme al muro que rodeaba el jardín. Permanecí allí sabe Dios cuánto tiempo, incapaz de huir ni de dirigirme hasta la puerta para llamar. Fue entonces cuando la vi cruzar frente a uno de los ventanales del segundo piso. Sentí un frío intenso en las entrañas. Empezaba a retirarme cuando se dio la vuelta y se detuvo. Se acercó al cristal y pude sentir sus ojos sobre los míos. Levantó la mano, como si quisiera saludar, pero no llegó a despegar los dedos. No tuve el valor de sostenerle la mirada y me di la vuelta, alejándome calle abajo. Me temblaban las manos y las metí en los bolsillos para que no me viese. Antes de doblar la esquina me volví una vez más y comprobé que seguía allí, mirándome. Para cuando quise odiarla, me faltaron fuerzas.
Llegué a casa con el frío, o eso quería pensar, en los huesos. Al cruzar el portal vi que asomaba un sobre en el buzón del vestíbulo. Pergamino y lacre. Noticias del patrón. Lo abrí mientras me arrastraba escaleras arriba. Su caligrafía atildada me citaba al día siguiente. Al llegar al rellano vi que la puerta estaba entreabierta y que Isabella, sonriente, me esperaba.
—Estaba en el estudio y le he visto venir —dijo.
Intenté sonreírle, pero no debí de resultar muy convincente porque tan pronto Isabella me miró a los ojos adoptó un semblante de preocupación.
—¿Está bien?
—No es nada. Creo que he cogido un poco de frío.
—Tengo un caldo al fuego que será como mano de santo. Pase.
Isabella me tomó del brazo y me condujo hasta la galería.
—Isabella, no soy un inválido.
Me soltó y bajó los ojos.
—Perdone.
No tenía ánimos para enfrentarme con nadie, y menos con mi pertinaz ayudante, así que me dejé guiar hasta una de las butacas de la galería y me desplomé como un saco de huesos. Isabella se sentó frente a mí y me miró, alarmada.
—¿Qué ha pasado?
Le sonreí tranquilizadoramente.
—Nada. No ha pasado nada. ¿No me ibas a dar una taza de caldo?
—Ahora mismo.
Salió disparada hacia la cocina y pude oír desde allí cómo trajinaba. Respiré hondo y cerré los ojos hasta que escuché los pasos de Isabella aproximándose.
Me tendió un tazón humeante de dimensiones exageradas.
—Parece un orinal —dije.
—Bébaselo y no diga ordinarieces.
Olfateé el caldo. Olía bien, pero no quise dar excesivas muestras de docilidad.
—Huele raro —dije—. ¿Qué lleva?
—Huele a pollo porque lleva pollo, sal y un chorrito de jerez. Bébaselo.
Bebí un sorbo y le devolví el tazón. Isabella negó.
—Entero.
Suspiré y bebí otro sorbo. Estaba bueno, a mi pesar.
—¿Qué tal el día, entonces? —preguntó Isabella.
—Ha tenido sus momentos. ¿Y a ti cómo te ha ido?
—Está usted ante la nueva dependienta estrella de Sempere e Hijos.
—Excelente.
—Antes de las cinco había vendido ya dos ejemplares de El retrato de Dorian Gray y unas obras completas de Lampedusa a un caballero muy distinguido de Madrid que me ha dado propina. No ponga esa cara, que la propina también la he metido en la caja.
—¿Y Sempere hijo, qué ha dicho?
—Decir no ha dicho gran cosa. Se ha pasado todo el rato como un pasmarote fingiendo que no me miraba pero sin quitarme ojo de encima. No me puedo ni sentar de lo mucho que me ha llegado a mirar el trasero cada vez que me subía a la escalera para bajar un libro. ¿Contento?
Sonreí y asentí.
—Gracias, Isabella.
Me miró a los ojos fijamente.
—Dígalo otra vez.
—Gracias, Isabella. De todo corazón.
Se sonrojó y desvió la mirada. Permanecimos un rato en un plácido silencio, disfrutando de aquella camaradería que a ratos no precisaba ni de palabras. Apuré todo el caldo, aunque ya no me cabía una gota, y le mostré el tazón vacío. Asintió.
—¿Ha ido a verla, verdad? A esa mujer, Cristina —dijo Isabella, rehuyendo mis ojos.
—Isabella, la lectora de rostros...
—Dígame la verdad.
—Sólo la he visto de lejos.
Isabella me contempló con cautela, como si se debatiese en decirme o no decirme algo que tenía atascado en la conciencia.
—¿La quiere usted? —preguntó al fin.
Nos miramos en silencio.
—Yo no sé querer a nadie. Ya lo sabes. Soy un egoísta y todo eso. Hablemos de otra cosa.
Isabella asintió, su mirada prendida del sobre que asomaba de mi bolsillo.
—¿Noticias del patrón?
—La convocatoria del mes. El excelentísimo señor Andreas Corelli se complace en citarme mañana a las siete de la mañana a las puertas del cementerio del Pueblo Nuevo. No podía elegir otro sitio.
—¿Y piensa usted ir?
—¿Qué otra cosa puedo hacer?
—Puede usted coger un tren esta misma noche y desaparecer para siempre.
—Eres la segunda persona que me propone eso hoy. Desaparecer de aquí.
—Por algo será.
—¿Y quién iba a ser tu guía y mentor en los desastres de la literatura?
—Yo me voy con usted.
Sonreí y le tomé la mano.
—Contigo, al fin del mundo, Isabella.
Isabella retiró la mano de golpe y me miró, ofendida.
—Se ríe usted de mí.
—Isabella, si algún día se me ocurre reírme de ti, me pegaré un tiro.
—No diga eso. No me gusta cuando habla así.
—Perdona.
Mi ayudante volvió a su escritorio y se sumió en uno de sus largos silencios. La observé repasar sus páginas del día, haciendo correcciones y tachando párrafos enteros con el juego de plumines que le había regalado.
—Si me mira, no me puedo concentrar.
Me incorporé y rodeé su escritorio.
—Entonces te dejo que sigas trabajando y después de cenar me enseñas lo que tienes.
—No está listo. Tengo que corregirlo todo y reescribirlo y...
—Nunca está listo, Isabella. Vete acostumbrando. Lo leeremos juntos después de cenar.
—Mañana.
Me rendí.
—Mañana.
Asintió y me dispuse a dejarla a solas con sus palabras. Estaba cerrando la puerta de la galería cuando oí su voz, llamándome.
—¿David?
Me detuve en silencio al otro lado de la puerta.
—No es verdad. No es verdad que no sepa usted querer a nadie.
Me refugié en mi habitación y cerré la puerta. Me tendí de lado en la cama, encogido sobre mí mismo, y cerré los ojos.