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El señor Sempere se puso sus lentes de precisión para examinar el libro. Lo colocó en un paño extendido sobre su escritorio en la trastienda y dobló el flexo para que el haz de luz se concentrase en el tomo. Su análisis pericial se prolongó durante varios minutos en los que guardé un silencio religioso. Le observé pasar las hojas, olerlas, acariciar el papel y el lomo, sopesar el libro con una mano y luego con la otra y finalmente cerrar la tapa y examinar con una lupa las huellas tintadas en sangre seca que mis dedos habían dejado allí doce o trece años atrás.
—Increíble —musitó, quitándose los lentes—. Es el mismo libro. ¿Cómo dice que lo ha recobrado?
—Ni yo mismo lo sé. Señor Sempere, ¿qué sabe usted de un editor francés llamado Andreas Corelli?
—Por de pronto suena más italiano que francés, aunque lo de Andreas parece griego...
—La editorial está en París. Éditions de la Lumière.
Sempere permaneció pensativo unos instantes, dudando.
—Me temo que no me resulta familiar. Le preguntaré a Barceló, que lo sabe todo, a ver qué me dice.
Gustavo Barceló era uno de los decanos del gremio de libreros de viejo de Barcelona, y su enciclopédico acervo era tan legendario como su temple vagamente abrasivo y pedante. En la profesión, el dicho aconsejaba que, ante la duda, había que preguntar a Barceló. En aquel instante se asomó el hijo de Sempere, que aunque era dos o tres años mayor que yo era tan tímido que a veces se hacía invisible, y le hizo una seña a su padre.
—Padre, vienen a recoger un pedido que creo tomó usted.
El librero asintió y me tendió un tomo grueso y batallado a fondo.
—Aquí tiene el último catálogo de editores europeos. Si quiere vaya mirando a ver si encuentra algo y entretanto atiendo al cliente —sugirió.
Me quedé a solas en la trastienda de la librería, buscando en vano Éditions de la Lumière mientras Sempere regresaba al mostrador. Hojeando el catálogo, le oí conversar con una voz femenina que me resultó familiar. Oí que mencionaban a Pedro Vidal e, intrigado, me asomé a curiosear.
Cristina Sagnier, hija del chófer y secretaria de mi mentor, repasaba una pila de libros que Sempere iba anotando en el libro de ventas. Al verme sonrió cortésmente, pero tuve la certeza de que no me reconocía. Sempere alzó la vista y al registrar mi mirada de bobo trazó una rápida radiografía de la situación.
—¿Ya se conocen ustedes, verdad? —dijo.
Cristina alzó las cejas, sorprendida, y me miró de nuevo, incapaz de ubicarme.
—David Martín. Amigo de don Pedro —ofrecí.
—Ah, claro —dijo—. Buenos días.
—¿Qué tal su padre? —improvisé.
—Bien, bien. Me espera en la esquina con el coche.
Sempere, que no dejaba pasar una, intervino:
—La señorita Sagnier ha venido a recoger unos libros que encargó Vidal. Como son un tanto pesados quizá pueda usted tener la bondad de ayudarla a llevarlos hasta el coche...
—No se preocupen... —protestó Cristina.
—Faltaría más —salté yo, presto a levantar la pila de libros que resultó pesar como la edición de lujo de la Enciclopedia Británica, anexos incluidos.
Sentí que algo crujía en mi espalda y Cristina me miró, azorada.
—¿Está usted bien?
—No tema, señorita. Aquí el amigo Martín, aunque sea de letras, está hecho un toro —dijo Sempere—. ¿Verdad que sí, Martín?
Cristina me observaba poco convencida. Ofrecí mi sonrisa de macho invencible.
—Puro músculo —dije—. Esto es simple calentamiento.
Sempere hijo iba a ofrecerse a llevar la mitad de los libros, pero su padre, en un golpe de diplomacia, le retuvo por el brazo. Cristina me sostuvo la puerta y me aventuré a recorrer los quince o veinte metros que me separaban del Hispano-Suiza aparcado en la esquina con Portal del Ángel. Llegué a duras penas, con los brazos a punto de prender fuego. Manuel, el chófer, me ayudó a descargar los libros y me saludó efusivamente.
—Qué casualidad verle aquí, señor Martín.
—Pequeño mundo.
Cristina me ofreció una sonrisa leve como agradecimiento y subió al coche.
—Lamento lo de los libros.
—No es nada. Un poco de ejercicio levanta la moral —aduje, ignorando el nudo de cables que se me había formado en la espalda—. Recuerdos a don Pedro.
Los vi partir hacia la plaza de Catalunya y cuando me volví avisté a Sempere a la puerta de la librería, que me miraba con una sonrisa gatuna y me hacía gestos para que me limpiase la baba. Me acerqué hasta él y no pude evitar reírme de mí mismo.
—Ahora ya conozco su secreto, Martín. Le hacía yo más templado en estas lides.
—Todo se oxida.
—A quién se lo va a contar. ¿Me puedo quedar el libro unos días?
Asentí.
—Cuídemelo bien.