XII

Habla Star, y entre otras cosas cuenta cómo defendió un tranvía para dar celos a Villacampa

Al amanecer ha venido otra vez la policía y ha ocupado la casa. Por lo que se ve, ha convertido mi casa en un cepo donde atrapar a los que vayan llegando. O quizás sospechan que hay armas y quieren solamente evitar que vengan a buscarlas. Mi abuela se ha marchado a la casa de enfrente, con la señora Cleta, y se asoma de vez en cuando por el balcón. Ahora ha cambiado de táctica y no habla tanto con los agentes. A sus preguntas contestaba hoy con una canción bastante puerca en la que los trataba de invertidos. La pobre tiene la manía de que a mi padre lo han secuestrado y quería husmear y rebuscar el cadáver por todo Madrid. No pudimos ver lo que hacían con él, porque nos echaron de la plaza de Neptuno. Mi abuela se asoma al balcón en este momento y llama a los agentes. Hace un corte de mangas dándose una fuerte palmada en el brazo y lo dedica:

—¡Pa’ el director general de Orden Público!

Está comprometiendo a la señora Cleta que es viuda de militar. Yo paseo por la calle con el gallo. El pobre está un poco aturdido. El gato ha venido esta madrugada despeluchado y flaco. A este paso van a acabar con todos nosotros. También está con la abuela, la señora Cleta. Yo me he quedado en la calle porque a lo mejor llegan compañeros y puedo avisarles con una seña para que se larguen. El gallo da tantos pasos como yo. Es decir, más, porque cada tres de él hacen uno mío. Llevo en la mano la boina y en la boina la pistola. El agente de las gafas me ha dicho un piropo y yo me he quedado mirando muy fijo: «Si fuera hombre, le partía la cara». Esa manera de mirar y de hacer que entienda el otro la mirada no la he descubierto yo, sino que la aprendí de una gitana joven a la que le había hecho una proposición un señorito.

Paseando me acerco hasta la misma verja del pabellón del cuartel. Las paredes son de ladrillo color rosa y están llenas de Sol. Por el lado del cuarto de Amparo todo es enredaderas verdes y campanillas azules y son tan limpias y tan frescas que a mí me gustaría ir desnuda y rodearme la cintura y la cabeza con ellas. Pero acordándome de la carta de Samar, esos amores de Samar y Amparo me resultan como los de las tarjetas postales que venden en los estancos. Uno va a besar a una. Los dos guapos y bien peinados. Y en un extremo una palomita blanca. Yo me he llevado un chasco con Samar. Creía que era más inteligente, que era anarquista y sabía nadar. Luego he visto que se deja quitar un documento por la policía, y que nada muy mal. Pero —eso sí— es un buen compañero. Y aunque escribe en los periódicos y dice cosas finas, no basta para recusarlo en los cargos de la organización.

Ahí vienen Ricart y dos desconocidos. Les hago una seña para que se vayan, pero quieren hablar conmigo y entonces cojo el gallo bajo el brazo y voy allá. Ricart está fatigadísimo:

—¿Se puede dormir en tu casa?

Les digo lo que ocurre. También los otros están cansados. Ricart me dice que son compañeros catalanes y nos damos la mano. Antes de marcharse me encargan que vea a los compañeros del comité de grupos y les diga de su parte que Nicanor tiene razón, que está todo comprobado y que darán el informe por escrito cuando quieran. Me lo repiten dos o tres veces y se van. Ya tengo una misión. Me gusta mucho que los compañeros me encarguen algo porque entonces la pistola ya no es un juguete: la llevo para algo. Ahora no me dejaría detener, defendería mi libertad hasta haber transmitido esas palabras a todos los del comité. Sabría ponerle a alguien el cañón en el pecho. Bien es verdad que no tengo balas, pero cuando uno de nosotros tiene que disparar es que no le ha servido la pistola para nada. La burguesía lo que quiere es que nos veamos acorralados disparemos, y luego nos caiga encima la apisonadora de la justicia con todos sus papeles y nos machaque. Esa es mi opinión.

Ya son cerca de las diez y no he desayunado. El Sol calienta. Me acerco a casa de la tía Cleta y me dan chocolate crudo, pan y una naranja. Salgo a comerlos a la calle. Como me he sentado en una piedra, el gallo viene a picotear el pan que llevo en la mano y así lo comemos a medias. Ya son las once cuando aparece Samar. Yo salgo a su encuentro y nos vamos. No lo esperaba ni sé a qué voy, pero tengo que marcearme con él. Samar se detiene y se queda mirándome.

—¿Adónde vas con eso?

Se refiere al gallo. Yo me encojo de hombros. Sigo temiendo que se lo coman los agentes. Se comen lo que encuentran por casa. La abuela ha dejado unos chorizos rociados con polvos de matar ratas, pero no creo que esos polvos sirvan para los agentes. Samar no me atiende. Saca unos papeles y los hojea. Yo miro de reojo pero no entiendo nada. Son unas palabras absurdas: «Geywrewer, suhxmifoc, fimoxsamik, digenthyopay», etcétera, todas escritas a máquina y con mayúsculas, en papel cebolla.

—Habrá que llevar esto —dice— al avión de Barcelona.

No habla del sabotaje; ni de la marcha de la huelga aunque ésta ya se ve que es completa por lo menos en mi barrio. Nunca hablan los nuestros de lo pasado, sino de lo por venir. No existe el ayer sino el mañana. Yo le pregunto si está en el comité de grupos y al decirme que sí le doy cuenta del encargo de Ricart. Samar se detiene y me mira:

—¿Es eso lo que te ha dicho?

—Sí.

Le pido su impresión sobre el movimiento y tarda en contestarme para hacerlo por fin con desgana. Por lo visto la cosa va mal. Siempre que se llega a una situación crítica los compañeros se niegan a opinar conmigo u opinan a medias. Piensan que ya no es cosa de mujeres y menos de muchachas tan jóvenes. Pero Samar de pronto se anima y me dice:

—¿Sabes lo que llevas en esas palabras de Ricart?

No me preocupo. Lo que sea. Supongo que hago un buen servicio.

Samar me mira a los ojos:

—Llevas la muerte.

Luego siento sus ojos en mi jersey amarillo y en los brazos desnudos, y dice:

—¿Ves el cielo, tan azul?

Digo que sí, y añade:

—Se prepara una buena tormenta. Detrás está negro y hay cuervos malolientes. También detrás de tus labios y de las palabras de Ricart está la muerte.

Puede que tenga razón, pero no será una muerte negra y maloliente. Por eso me río, para que vea mis dientes blancos, y le echo el aliento a la boca para que vea que si lo del cielo es cierto, lo de mis labios, no.

Se ve que va a hablar de su novia, pero se calla. Debe tener la cabeza como los motores de aviación cuando arrancan. Mueve los párpados a menudo y a veces dice palabras que luego recoge arrepentido.

—¿No te preocupa eso? —me dice.

Yo me río:

—¿El qué?

—Eso de que lleves la muerte.

—Pero ¿a quién le llevo la muerte?

—A un hombre como una catedral.

—¿Por qué?

—Es confidente de la policía.

—¿Cómo se llama?

—Fau.

—¡Lo conozco! Ya sé quien es.

—Llevas su sentencia en tus labios.

Me los limpio con la mano sin darme cuenta. Luego me río y él contesta sólo con el rincón izquierdo de su boca. Bueno. Está bien, que lo maten. ¿Eso es todo? Salimos hacia la Ronda. Hay unos desmontes entre hoteles y unos postes de telégrafo custodiados por soldados. Vamos callados. Samar me ha dado su pistola y yo la llevo con la mía escondidas en el burujo de la boina. Llegan unos guardias civiles y hacen detenerse a Samar. Yo sigo adelante y me quedo esperándolo. Me miran los guardias, pero me ven tan tonta —eso de parecer tonta alguna ventaja ha de tener, compañero Villacampa— que no me dicen nada. Samar levanta los brazos. No le encuentran nada. Luego saca un carnet, lo enseña y lo dejan seguir. Antes pide Samar la contraseña de haber sido registrado y le dan un papelito con un sello. Seguimos en silencio. Ya lejos, me dice:

—Muy bien, Star.

Yo aseguro el gallo debajo del brazo y pienso que si no fuera por mí lo hubieran detenido. Pero esto no lo digo porque ya sé que cuando una persona está agradecida no hay que hacer resaltar los motivos de gratitud. Ser anarquista no quita para que una se fije. A los guardias yo no los tomo en serio, porque suelen ser buenos mozos y llevan un traje gris y un correaje amarillo. Ahora, que en lugar de servir al Estado me gustaría que sirvieran a la FAI y que nosotros fuéramos burgueses y nos hubieran detenido y machacado la cabeza. Eso tampoco lo digo porque es una estupidez, y si el pensamiento es libre y a veces es tonto no siempre se debe decir lo que se piensa. Miro a Samar de reojo y él no se da cuenta. Va pensando cosas profundas y está muy lejos de mí y de esto. Yo tengo ganas de cantar y aunque cante no se entenderá. El Sol saca brillo de las jícaras de los postes del telégrafo y las golondrinas pasan rozando con el ala las latas de un vertedero.

Pero Samar me dice que mañana por la mañana debo entrar en el cuartel de Artillería y dar unas hojas de propaganda a un soldado que está ya de acuerdo con nosotros. Eso es imposible en estado de guerra porque las tropas están acuarteladas y no entra nadie como no sea con permiso del coronel.

—No importa. Tú tendrás ese permiso. Entrarás con una olla, que irá llena de manifiestos y te dirigirás a las cocinas. Te saldrá al paso un soldado. Le das la olla y esperas que te la devuelvan. Luego sales como si volvieras de coger rancho.

Bien está el plan si sale así. En todo caso, si me atrapan soy menor de edad, mujer, y además digo que no sabía lo que iba dentro. Seguimos andando. La Ronda se ensancha en la desembocadura de una gran avenida. Sube por allí un furgón automóvil a toda marcha. Es del servicio del hospital y lleva encima una cruz. Pasa por delante de nosotros a toda velocidad y se pierde hacia el cementerio del Este. Samar se detiene y se queda mirándolo.

—Probablemente —dice— va ahí tu padre.

Yo lo oigo como si de pronto me dijeran que se desgajaba el universo encima de nosotros y me lo dijeran cantando y con una dulce música. Lo veo, a Samar, entristecido por esa idea y para consolarlo le digo que a lo mejor mañana a esta misma hora es él quien pasa en el mismo furgón y con la misma dirección. Parecerá mentira, pero eso le consuela y hace que le quite importancia al recuerdo de mi padre. Samar sonríe y se queda mirándome. Le debo parecer bonita. No se decide a decírmelo pero yo lo adivino. Él se da cuenta de que lo he adivinado, y como quien cierra los ojos y se tira al agua me dice:

—No quisiera marcharme sin haberte dado un beso.

Yo me detengo, me pongo de puntillas y le ofrezco los labios. Entonces me coge la cabeza con las manos y me besa. No sé qué ha ocurrido que he soltado al gallo y se me ha escapado. Me separo y voy corriendo a buscarlo. Entre los dos lo cogemos. Seguimos andando. Por la Ronda no pasa nadie. A un lado está sin edificar, Samar me dice:

—¿Y si no me matan hoy?

No piensa en las balas, sino en otro género de muerte que yo no entiendo. Soy bastante aguda para adivinar lo que no se dice, pero a veces sin duda soy muy joven y no tengo experiencia de la vida, veo cosas obscuras que no puedo explicar.

—Si no te matan hoy —le digo—, mejor. Así verás en qué acaba todo esto. Pero no me contesta. Samar está enfermo, muy enfermo.

Yo lo curaría si se dejara, pero no es de los que se dejan. Me arrastraría con él yo no sé adonde. Le pregunto:

—¿Por qué me has besado?

Se encoge de hombros y sigue andando.

—¿No lo sabes? —insisto.

Calla, le arranca al gallo una pluma del rabo y se la pone en el ojal de modo que sólo se vean los últimos dos centímetros. El gallo ha dado unas voces como si lo asesinaran y yo me lo cambio de brazo. Vuelvo a preguntarle y me contesta de mala manera. En vista de eso, me callo. Pero yo lo curaría. Ese beso que me ha dado me ha revelado el secreto. Ya lo creo que lo curaría. ¿Cómo? No lo sé. Estando a su lado. Si me arrastrara consigo no me importaría. Y si nos estrellábamos al final, tampoco. Sólo al pensarlo siento que la cabeza se me va como cuando bajaba por la pendiente última en las montañas rusas… ¡Quién sabe! Aquella carta que leí tenía algo de despedida. ¡Pero yo no puedo ir callada!

—¿Quieres mucho a tu novia?

—Sí.

—Eres un podrido burgués.

—Puede que tengas razón.

Lo ha dicho tan desesperado que no me atrevo a seguir hablándole. Pero lo miro de vez en cuando. A ver si acierto lo que piensa. Desde pequeño ha leído y ha vivido mucho y ha sido feliz cambiando de mujer a menudo, y sin pensar en ellas más de diez minutos cada semana, porque aunque estuviera a su lado no pensaba en ellas, como le pasa ahora conmigo. Era feliz y tenía ya una serie de cosas pensadas en las que apoyaba su felicidad. Y decía porque eso lo dice aún, con un gesto, sin hablar:

—Bueno. ¿Qué más da? Todo es estúpido y sucio y ruin, pero yo escojo lo mejor y lo disfruto y aún me queda un remanente en el fondo del alma para mí solo.

Así pasaba por entre las gentes muy fino y muy atento, sonriendo con piedad o con esa simpatía que debe tener el médico por el niño enfermo. Claro que estaba un poco por encima o al margen de esas cosas y que no las quería.

—Y tú —me pregunta—. ¿Eres feliz?

—¿Yo? ¿Qué quieres decir con eso?

Ahora piensa algo más complicado, que no sé qué es. Desde luego ese pensamiento le viene de lo mismo, pero tampoco él lo sabría explicar, como me ocurre a mí cuando pienso lo que sería el mundo antes de que existiera el mundo. Quiero pensar y representarme el pensamiento y no puedo. Algunas veces me mareo. También él piensa alguna de esas cosas que marean. En el amor antes de que existiera el amor, por ejemplo.

—¿Dónde la conociste? —le pregunto.

Contesta como si hablara solo:

—Fui al colegio para cumplir el encargo de unos parientes que tenían allí una niña. Coincidí en la sala de visitas con el coronel García del Río y su esposa, conocidos de mi familia. Nos saludamos y las monjas nos llevaron a una ventana desde donde se veía a las pequeñas dedicadas a la gimnasia de la mañana en el jardín. Formaban, en largas hileras, un cuadrado con dos diagonales y hacían movimientos rítmicos. El amplificador de una gramola eléctrica los dirigía con la marcha de Schubert. La monotonía de aquellas actitudes daba a las chicas una gracia de muñecos mecánicos. La marcha de Schubert se proponía movilizar para una guerra de banderas azules todas las flores del jardín. Amparo estaba en el punto de intersección de las dos diagonales, en el centro geométrico —fíjate bien: geométrico—, del cuadro, del jardín y de la mañana. Si hubiera estado en un costado quizá no hubiera ocurrido nada. Me hizo una impresión muy rara. Abría los brazos, inclinaba la cabeza a un lado cerrando los ojos bajo el primer Sol de la mañana y yo me diluía en aquel aire enrarecido de infantilidad y de pureza, y sentía impulsos y energías de raíz ignorada. Nos retiramos y fueron a avisar a la pequeña. Una monja nos decía que la gimnasia era lo único que Amparo hacía a disgusto en el colegio. Apareció ella corriendo y se fue a los brazos de sus padres. Aparentaba unos catorce años. Dio un hondo suspiro y se lamentó:

—Me aburro mucho, papá.

—¿Cómo? —se extrañaron.

Llegó otra monja. Se veía que la chica estaba con ellas a la defensiva y la inspectora de turno les dijo que en las clases de historia se distraía.

—Nos dice que es inútil que queramos hacerle comprender los parentescos de doña Juana la Loca cuando no ha podido comprender todavía los de su familia.

Al salir llevaba en los oídos la música de Schubert y el sol de mi corazón enviaba inquietos enjambres de avispas doradas al cerebro. Un coro de cabezas infantiles decía mi nombre cantando a lo largo de las avenidas y me arrojaban al mismo tiempo hojas de mirto y flores blancas.

Samar se quedó callado. Se detuvo y miró al cielo. Luego, a los árboles y después a una vidriera que movía el viento en lo alto de una casa y daba con el Sol explosiones de luz.

—Era una mañana como ésta.

Yo no decía nada. Llegamos al extremo de la Ronda, cerca de las Ventas. No podía más, con el gallo bajo el brazo y en la otra mano las pistolas. Samar se dio cuenta:

—Vamos ahí al lado. Están esperando los del comité.

Pasaron dos motocicletas con guardias civiles y un automóvil militar. Otra vez le pedí su impresión y me dijo que la huelga era incompleta en Madrid, pero que el estado de guerra y la paralización de los servicios más importantes hacían un efecto muy profundo. Fuera de Madrid —añadió— las cosas van mejor. Aquí, la falta de unanimidad la hemos compensado con el sabotaje, que aunque no fue completo ha hecho mucho daño.

Yo hice una pregunta que me aguantaba con dificultad.

—¿Vamos por todo, digo, esta vez?

Samar afirmó. Esperaban noticias decisivas de Barcelona, Coruña y Sevilla. Si la consigna de huelga general respondía a la declaración del estado de guerra se iría a fondo. Había muchos resortes todavía intactos. Lo veía a Samar lleno de fe. Llegamos a un cafetín, una especie de cantina de suburbio. Estaba cerrado. Daba a dos calles y tenía una puerta entreabierta. Vi un grupo reunido en el centro y conocí algunas caras. Una vez dentro, el dueño cerró. Por los montantes entraba luz. El dueño era viejo y tenía bigote quemado por el tabaco. Acercaba algunas tazas de café y me trajo a mí otra. Yo solté el gallo, dejé las pistolas en una mesa y sorbí un poco. El viejo no me conocía, pero cuando vio las pistolas sonrió y mirando el gallo me dijo:

—¿Lo quieres? Claro. A lo mejor lo has criado tú desde pequeño.

Entre los reunidos está Villacampa. Ahora se habla de Fau y hay sorpresas y lamentaciones. Luego se oye un «conforme» bastante unánime y Villacampa advierte:

—Hasta que lo sepan los demás compañeros del comité no hay que hacer nada. Además, la comisión debe enviar informe escrito.

Preside Urbano:

—Compañero Crousell. Informa sobre los ferroviarios de MZA.

—Pronto está dicho. La subsección del Centro va a la huelga y puede parar dos terceras partes del tránsito. Hemos tirado un manifiesto escrito por Samar y se han repartido ocho mil ejemplares.

Al mismo tiempo distribuye algunos y dos compañeros lo leen mientras Crousell sigue hablando:

—Como la directiva está en la cárcel y el centro clausurado hay dificultades para tomar acuerdos, pero existe mayoría en favor de la huelga y van a ella con entusiasmo.

Yo miro a Urbano y lo veo con un aire de secretario de juzgado muy grave y serio. Crousell sigue:

—Lo que es necesario saber es si la última parte del manifiesto la aprueba el comité revolucionario.

Esta reunión es de delegados de grupos. No es de los sindicatos. Claro es que en ella hay tres miembros del comité local y que el comité revolucionario nacional lo forman a un tiempo representantes de los sindicatos y de la federación de grupos. El final del manifiesto lo lee Urbano:

«La solidaridad del resto de la organización se os garantiza. Yendo a la huelga no hacéis sino iniciar el paro total en todas las líneas de España. Dar el primer paso para el triunfo de la causa que en estos momentos es amenazada por todas las fuerzas de la reacción…», etcétera.

—Desde luego —añade Urbano—, el comité revolucionario ha enviado órdenes de huelga a todas las secciones.

—¿Se sabe —insiste Crousell— la posición del comité nacional en esto?

Villacampa aclara:

—El comité nacional ha aprobado la constitución del comité revolucionario en principio. Aquí está: «Agitación contra las represiones y las prisiones gubernativas. —Huelgas generales de protesta en cuanto algún compañero caiga bajo los fusiles de la reacción—. Manifiestos poniendo de relieve la colaboración de los socialistas en los crímenes de la burguesía. —Sabotaje—. Vuelta al trabajo según lo aconsejen las circunstancias».

—Pero ahí no se habla de las atribuciones nacionales del comité. Ésas no son más que las funciones de una federación local.

—Es que no pueden reconocerlas —advierte alguien— sin someter el acuerdo a un referéndum nacional.

—Lo que no quieren esos compañeros de Barcelona es potabilidades —aclara Gómez. Samar pide la palabra y saca unos papeles:

—Aquí lo que pasa, compañero Crousell, es que todos estamos de acuerdo en la parte de agitación con consignas negativas. Pero el Comité Nacional hace muy bien en no querer saber nada cuando otros órganos como el comité revolucionario que se ha constituido tratan de encauzar un movimiento hacia el triunfo y de articularlo constructivamente. No quieren saber nada porque no existe una conciencia formada sobre el porvenir inmediato y rechazan la responsabilidad de lo que en ese aspecto hagamos nosotros o puedan hacer otros. Es muy natural. Ahora bien, yo opino que estando las cosas como están hay que ir a fondo arriesgándolo todo. Si no queremos fracasar una vez más, hay que avanzar construyéndonos al mismo tiempo el camino. Si no, nos despeñaremos. Ese camino se puede trazar aquí y podemos imponérselo al Comité Nacional. Si lo sometemos a su parecer, nos dirá que no. Lo considerará provocador o en todo caso creerá que se debe someter a referéndum. Ya se ve que en estas circunstancias se tarda en conseguir el refrendo de la organización quince días. Si se lo notificamos sin pedir opinión y lo llevamos a la práctica se callarán y esperarán acontecimientos. Mi posición es: o volvemos al trabajo inmediatamente o mañana mismo lanzamos las consignas netas, concretas e inmediatas para sustituir el poder burgués.

Hubo un momento de silencio. Vacilaban todos. Villacampa dijo que por su parte estaba conforme, pero el viejo de las melenas blancas levantó la mano y dijo:

Plantea el compañero Samar un dilema cuyos términos no pueden escapar a nuestra consideración. O sustituimos el nefando poder burgués o no hacemos nada. Yo no puedo entrar en «disgresiones» sobre el segundo término porque rechazo abiertamente el primero y me imposibilito por lo tanto para continuar avanzando ya que en buena ley, es decir en buena lógica —rectificó rápidamente como si al citar la ley se hubiera quemado la lengua antes de dar el segundo paso hay que «cimentar» el primero. No se puede sustituir el poder burgués porque decir tal cosa equivale a decir que podemos implantar otro poder y yo, consecuente con mi ejecutoria de nobleza anarquista, rechazo todos los poderes.

Samar reía y comentaba:

—¡Ejecutoria de nobleza!

El viejo se creyó en el caso de explicar que había dos noblezas, que no sólo existía la de los aristócratas. Samar tenía prisa y estaba como desazonado y nervioso. Dijo que traía dispuesto un proyecto de comunicación al Comité Nacional en el que se les decía lo que íbamos a hacer sin pedirles el refrendo.

Comenzó a leer. El viejo interrumpió:

—Eso no se puede confiar al correo.

Samar advirtió que iba en clave y que no se le hicieran observaciones tan ingenuas. Las consignas eran sencillas. Cosas que se podían hacer y que revelaban de pronto lo fácil que era la revolución. Al final el viejo movió la cabeza tristemente:

—Yo no voto eso.

Urbano, aunque con respetos para Samar, dijo que tampoco lo firmaba porque aquello no era el comunismo libertario. Gómez dio un puñetazo en la mesa:

—Yo soy anarquista pero yo voto eso y lo firmo. No se puede abandonar a los compañeros que luchan en la calle, en nombre de la pureza de una doctrina que nosotros no podemos implantar de momento.

Samar miro a Gómez, conmovido por su acento de sinceridad, y después a los otros. Los jóvenes estaban con él. Pero eran pocos. Liberto García, el gigante blanco, de pelo de panocha; Elenio Margraf, el tipógrafo descolorido y adusto, y los otros dos, también de Artes Gráficas —José Crousell y Helios Pérez— lo apoyaban. A la hora de votar, vencieron, sin embargo, los viejos. Samar se levantó:

—Aunque la federación de grupos la rechace, yo la llevaré esta noche al comité revolucionario porque entiendo que es la única manera de encauzar los hechos.

Pero Gómez estaba indignado:

—¡Vámonos!

—¿A dónde vais? —preguntó Urbano.

—A que nos maten. Es lo único que en estas circunstancias se puede hacer.

Villacampa intervino:

—Eso sería darles gusto a nuestros enemigos.

Urbano le pidió una aclaración.

Samar le interrumpió con una mirada de reojo en la que venía a decir: «Nos comprendes y sabes que tenemos razón, que es lo peor. Pero temes a la revolución y quieres morir de viejo agitando tu melena en la utopía». Se conocían. Samar aclaró a medias por Gómez, que no quería hacerlo. Dijo que eran incapaces de sabotear un acuerdo de un comité o una asamblea aunque hubieran votado en contra y que como el acuerdo era seguir en la calle sin consignas y liándose a tiros con todo cristo, eso equivalía a dejarse matar.

Salió asqueado. Con él se fueron —ya terminada la reunión y adoptados otros acuerdos secundarios— Liberto, Elenio, José, Helios y Gómez. Yo salí con ellos y con el gallo. Ya estábamos en la calle cuando de pronto llegó Villacampa corriendo. Miraba el gallo y tenía ganas de meterse conmigo, pero no encontraba motivo. Quizá le parecía que era darme demasiada importancia. Gómez decía a José y a Helios:

—Tened cuidado con Fau. No volváis a casa, que estáis vigilados.

Pero los dos querían volver para salvar los tipos de imprenta porque eran el único recurso que en la barriada tenían para manifiestos clandestinos.

—Llevando el molde hecho —decían— tenemos siempre una máquina dispuesta en alguna imprenta.

Quedaron, pues, en que volverían y en que irían después con Samar a casa de Villacampa a comer. Villacampa no estaba fichado y seguramente allí no había riesgo. Se marcharon. Liberto, Elenio y Gómez también se querían marchar a Vallecas para preparar lo que se hubiera de hacer al día siguiente en el cuartel. Liberto llevaba los bolsillos llenos de papeles. Era la Regional, la Local y el Comité revolucionario ambulantes. «Eso» —decía refiriéndose al proyecto de Samar— tiene que salir esta noche. Al llegar a la plaza de Manuel Becerra vimos alguna animación. Ya era hora, porque las calles daban la impresión de una ciudad abandonada o diezmada por la peste. Gómez decía:

—¡Qué alegre está hoy Madrid!

Pero yo no concibo que pueda estar alegre sin tranvías. Los dos tipógrafos se despidieron allí y se marcharon. Villacampa se quedó mirando a un individuo que cabeceaba sentado en un portal.

Cuando nos vio se levantó y vino con andares poco seguros.

—¿Qué haces ahí, Casanova?

Se restregó los ojos y explicó:

—Esperando a un compañero que creo que tiene dos pistolas. He pasado la noche ahí, y que si quieres. ¡Coño, parece mentira el trabajo que le cuesta a un hombre conseguir un arma!

—¿No asaltaste con nosotros la armería?

—Sí, pero no conseguí más que una de esas que empleaban los marqueses hace un siglo para los desafíos. Se carga por la boca y hay que llevar un saco al hombro con pólvora y plomo.

Villacampa hacía memoria.

—¿Sabes quién tiene tres pistolas? Serafín Urbez.

Vive en el otro extremo de Madrid, pero Casanova sin chistar da media vuelta, se orienta un instante y echa a andar por una callejuela. Como tiene mucho sueño lleva la cabeza más adelantada que los pies y parece que va a embestir a las farolas. Seguimos bajando. La calle está en suave declive. Hay algunas tiendas entreabiertas y un garaje con el cierre a medio echar. Dentro se ve a algunos guardias civiles y una ametralladora desmontada.

A medida que bajamos, la calle se anima y las gentes parecen alarmadas. Tienen los oídos atentos a cualquier rumor. Hay pocos obreros. Es un día tranquilo y diáfano, como para confiarse y después del terror de la noche sin luz salir a ver lo que ocurre. Ha aparecido una edición oficiosa de «El Vigía» y la pregonan «con los graves sucesos de anoche y la declaración del estado de guerra en todo el país». La compramos y Samar apenas la hojea, sin leer más que los epígrafes: «El criminal atentado de anoche» —sabotaje, víctimas—. «La opinión al lado del Gobierno» —declaraciones de Gobernación—. «Han sido descubiertos todos los resortes del complot».

Samar sonríe:

—¿De qué complot? Si hubiera complot no existirían ya ni vestigios del Gobierno. Señala una noticia con la uña del pulgar, ofreciendo el periódico a Villacampa.

—Mira. Han matado a Murillo.

Villacampa lee: «Resultó llamarse Murillo y ser un tipo muy peligroso en cuyas manos estaba el nudo central del complot».

Ríen Villacampa y Samar:

—Pobre Murillo. No sabía nada de nada.

Ha muerto en un motín, herido por una bala perdida. ¿Quiénes más caerán? ¿Caeremos nosotros? Samar parece adivinar nuestro pensamiento y dice:

—Lo bueno que tiene todo esto de diluirse y despersonalizarse en la masa es que no le pueden matar ya a uno, aunque nos partan el corazón.

Villacampa no quiere hablar de eso y me dice que en un día como hoy no debí salir vestida de amarillo —color de esquirol— sino de rojo.

Samar aclara:

—Es que está enamorada de los tranvías.

—¿De todos? —pregunta Villacampa pensando que soy tonta.

—Hombre. La verdad es que todos son iguales. Estoy enamorada, pues, de uno y de todos.

Villacampa me mira las piernas y tararea a media voz una canción de un fraile que regaló unas medias a una chica.

—¡Vaya una copla estúpida! ¡Qué tendré que ver yo con los frailes! El caso es que le molesta que yo esté enamorada del tranvía.

—¿Desde hace mucho tiempo?

—Desde pequeña.

Samar ríe:

—Eres pequeña ahora.

Yo les explicaría mi enamoramiento, pero no son momentos para hacer comprender estas cosas. Vi incendiar un tranvía cuando vino la república. ¡Pobre tranvía! Tenía una voz delicada, como una campanita.

Llega un rumor alarmado. La gente huye en todas direcciones. No se ve un guardia ni nos amenaza nadie. Quizás en la calle ya casi desierta aparezcan balas silenciosas, de esas que dan la vuelta a las esquinas y suben al tejado para herir a una cocinera en el balcón de un patio interior. Pero nos quedamos quietos. Cuando los alrededores quedan despejados aparecen dos niños de cuatro o cinco años junto a un montón de basura revolviendo con la mano y llevándose trozos de legumbre y cortezas de pan a la boca.

Villacampa insiste:

—¿Pero es verdad que estás enamorada del tranvía? Eso es del todo estúpido.

Samar contesta por mí y explica que cada cual puede enamorarse de lo que bien le parezca. De un tranvía o de una pistola, como le pasa a Casanova, o de unas tenazas de podar.

Yo no lo entiendo. Villacampa tampoco, pero el caso es que ahora, después de la explicación de Samar, quiero más al tranvía y que en este preciso momento llega uno calle arriba. Nos quedamos estupefactos.

—¿Cómo es posible si no hay fluido?

Un obrero nos dice que han reparado las averías de esta línea y que tienen órdenes del Gobierno de salir. «Pero éste —añade escabullándose misteriosamente— no volverá sano a la cochera». Efectivamente. Antes de que llegue a donde estamos nosotros se produce una explosión, y unos adoquines saltan en surtidor y caen sobre el tranvía. La vía queda levantada y el tranvía descarrilado y cojo, con una rueda girando en el aire. Corremos a refugiarnos en las esquinas próximas y el gallo se ha espantado tanto que me ha desgarrado con las patas la falda y tengo que ponerme un alfiler. Quedamos a la mira. En el tranvía iban dos guardias civiles que se han herido con cristales y esquirlas de piedra. Bajan como pueden. El conductor ha salido ileso, pero huye calle adelante, sin saber adónde. Por las calles afluentes vuelven los grupos amenazadores y algunos se acercan, pero otros recelan y miran calle abajo. Yo quiero al tranvía que no tiene culpa de nada. Percibo olor a gasolina. Van a quemarlo. Pero aún no se atreve nadie a acercarse. Le doy la pistola a Samar y en dos brincos atravieso la acera, salto el arroyo y me encaramo al tranvía. Al verme tan decidida vienen todos detrás, pero se oyen cascos de caballería más abajo. Y tiros. La gente se desparrama y yo me acurruco junto al motor. Más tiros. El tranvía se ha quedado solo y yo dentro de él. Algunas balas dan en los cristales y saltan hechos añicos. El gallo se me ha escapado y se sube a los asientos o a las ventanillas. Desde mi escondite junto al motor veo a Samar y a Villacampa con las solapas levantadas y el sombrero bajo, hurtando la cara y asomando la pistola. Tiran otros obreros desde todas las esquinas. Y los cascos de los caballos siguen sonando. La calle es blanca como una losa de cementerio. Y en el tranvía suenan las balas como si fuera el calor del Sol que desajusta las maderas y las hace dar chasquidos. Yo estoy con los ojos cerrados un buen rato. Lejos comienza a sonar una ametralladora. Cuatro o cinco tiros y calla. Luego vuelve a oírse otra vez y vuelve a callar. Por fin los cascos de los caballos suenan en mi alrededor y alguien me llama. «Me van a detener» —pienso—. Llevo mi pistola niquelada en la boina.

Antes de descubrir la cara me mojo los párpados con saliva. Los guardias me compadecen, me preguntan si no tuve tiempo de escapar. Creen que viajaba en el tranvía cuando ocurrió el atentado. Pido el gallo y un guardia me lo trae cabeza abajo, cogiéndolo de las patas. Cuando ya desconfiaba de encontrar a mis amigos, me salen al paso en un portal. Villacampa está indignado conmigo. Entra en otro portal a ocultar la pistola en la caña de la bota, y Samar se queda mirándome. Está contento y con los nervios tranquilos, como siempre que sale de un fregado de éstos.

Estamos en un barrio rico. No hay un alma por los alrededores. Parece que ellos se dan perfecta cuenta de lo que está sucediendo.