IX
We must be hard in the line — Paraísos artificiales — «El Vigía», Diario de la noche
Al entrar en el cine —ya comenzada la sesión— sale a recibirme una linda tropa de fantasmas: muslos y cabezas rubias. Música americana bien articulada en las gargantas de metal y en la madera del Pacífico. Ritmo no de banjos, sino de motores. La sensualidad es firme y limpia. Gimnasia y natación, lo más opuesto a la de Oriente adormecida en la serpiente fatal y la disonancia medular. Esto no es Madrid sino Nueva York. Nada representa Alcalá Zamora aquí. Ni la Institución Libre de Enseñanza con su cultura espiritualista. Ni el periodismo europeizante y ginebrino. Por abajo, gimnasia, natación, maxilares fuertes. Por arriba, un tope: Roosevelt. Política sin psicología, espíritu tan identificado con el cuerpo y con la mecánica de lo necesario que nadie diría que existe. Un ideal complejísimo pone la cucaña de las aspiraciones morales sobre la cabeza de don Teodoro. Ese ideal se resume en una fórmula abstracta complicadísima: «Valen más los hechos que las palabras». Hasta aquí ha conseguido desarrollar su espíritu ese país rubio que baila al son de los motores y lanza sobre el ritmo melodías infantiles sacudiendo el cuerpo como los negros. Un día se enteró de que a las palabras las controlaba una fuerza obscura, de orden intelectual, y se apresuró a lanzar la consigna contra las palabras. Don Teodoro se sumió en grandes reflexiones antes de hacerla suya y por fin hizo sonar las sirenas de alarma: «Sí, señor. Los hechos valen más que las palabras». No hay que fiarse de lo que se habla. Obtenida esta síntesis se durmió tranquilo en la historia. El cine americano es el templo de la única religión antiespiritualista que arraiga en Europa. Y a él vengo —¡ay!— a darle al espíritu una fiesta, mientras los tiros del atardecer van rematando el día por Carabanchel Bajo.
Me instalo, en la obscuridad, guiado por la linterna sorda. Alguien dice en la pantalla con voz firme:
—We must act hard in the line.
Armonía de motores con una fina melodía por arriba. Acción. Lucha. Esfuerzo coordinado y firmeza en la conducta. We must be hard in the line. Salto en el espacio con el impulso medido, para caer de pie habiendo avanzado un trecho previsto. Acción. Sigue la música. Yo me he sentado. Mi novia está a la izquierda. «No veo una palabra». Una mano coge mi brazo, otra se apoya en mi solapa. Oigo mi nombre y la voz que lo pronuncia está impregnada de la alegría de verme: «¡Lucas!». La miro y distingo sus contornos. Las mejillas frutales, la sonrisa lozana, los ojos rasgados y brillantes. Yo involuntariamente me acuerdo del croquis y del voto de censura. Veo en sus brazos redondos, en su perfume, en el jersey de un color tenue, en los guantes que se acaba de quitar, veo su hogar emplazado en medio de mis odios, en el plano de mis enemigos. Pero ella es hermosa.
—¡Si vieras el trabajo que me ha costado convencer a papá! Las muchachas traían noticias terribles de la calle. Sólo cuando tú has llamado y yo le he dicho que había tranquilidad se ha decidido a dejarme salir.
En la otra butaca estaba su tía, que se asomaba para preguntar:
—¿Qué ocurre, Lucas? ¿Es ya la revolución?
Mi novia se apresuraba a intervenir:
—No, tía. Para la revolución tiene que venir antes otro Gobierno más conservador, que obligue a los obreros a unirse en un solo partido.
Yo no recordaba cuándo le dije a ella eso, pero no cabe duda de que se lo dije porque asimila mis palabras y con ellas forma el fondo de sus juicios sin desviarse lo más mínimo. Yo afirmaba y la tía se hundía en su butaca lamentando:
—Que venga lo que haya de venir; pero sin sangre.
Amparo me cogía del brazo:
—No hables con mi tía.
Nos mirábamos. Ella sonreía. Yo recordaba demasiadas cosas. Traía impresiones contrarias a esta dulce intimidad. Su carne, su voz, sus ojos. Pero yo no puedo ni quiero reír. Ella es agua transparente, serena, inalterable. Agua para reflejar el cielo infinito. O para llenar el vaso decadente con la rosa blanca. Un remanso entre mirtos, campánulas y caminitos de arena, mientras en el mundo todo es roca viva y mar brava y nadie encuentra su ruta. Ella sonreía y oprimía mi brazo. Yo la miraba y pensaba: «¿Por qué no estará ya hecho todo? ¿Por qué no habremos alcanzado ese mínimo de armonía en el que reposar?». También, penetrando en sus ojos, añadía: «¿Por qué en esos ojos tan lindos y en esa armonía suprema de tu naricilla, y en tu boca sin sazonar ha de estar la muerte?». Y con una mano entre las mías, ella me miraba sonriendo. Sólo conozco dos actitudes suyas: la sonrisa o el llanto. Pasa de la una al otro con una rapidez increíble si no tengo cuidado. Sigo mirándola en silencio. Entro por sus ojos otra vez. Dentro tienen mucha luz, y nada más. Y me pregunto aún: «¿Por qué estas ganas de acabarse uno, el que siempre es, y de renacer en otro mundo maravilloso, en el de un hogar?». Le beso la mano, el brazo fresco al que sólo le falta la humedad del rocío. En la pantalla bailan los lindos fantasmas y la voz del saludable Teodoro Roosevelt repite:
—We must be hard in the line.
Sí, sí. We must be hard in the line. Pero el paraíso encajaba dentro de vuestra línea y era un estimulante más. En la nuestra no cabe. Para mí hay una muerte en sus ojos —en los de ella— y una vida mecánica maravillosa lejos de ellos. No sé renunciar a la muerte y de ello no tengo yo la culpa, sino esta red infinita que que habéis puesto como una vacuna contra la felicidad.
Ella me explica lo que hizo ayer. Hay una seguridad tal en sus movimientos, una solidez infantil, tal convicción de la fuerza de sus principios, que aterra. Hizo una visita. ¿Con quién hablaría? ¿Qué le dirían? ¿Cómo la mirarían al hablar? ¿Ya se dan cuenta de lo que ella es y respetarán su infantilidad? ¿No dirían alguna inconveniencia? Me habla de su equipo de boda. «Pienso que te gustaré mucho con esas cosas tan lindas».
Las industrias del lujo, los sueños de las máquinas y los artífices se han esmerado para decorarnos esta alegría de estar juntos, y siguen afanados en la misma tarea. Luego me cuenta cómo va a hacerse el vestido de novia. Yo la veo surgir entre los fantasmas americanos, floral y simple, inteligente y pura.
—Háblame. ¿Cómo será nuestra felicidad?
Pone su orejita pequeña y carnosa y espera, con la respiración acelerada. Su naturaleza intuye y desea no sabe qué. Yo voy diciendo con las palabras más simples que encuentro cuáles son mis sueños. Aparecen con mayor plasticidad que los fantasmas de la pantalla. Su respiración se acelera. Sonríe y mira las sombras, iluminándolas con su mirada y agrupándolas a su gusto.
—Tu cuerpo bonito se fundirá un día conmigo.
Ella afirma sonriente.
—Entonces serás ya mujer. Y tendremos un niño.
Repentinamente cierra los ojos, los labios y baja la cabeza. Así, con la barbilla sobre el pecho, permanece un rato. No hay manera de levantarle la cara. Yo sonrío y hago una pausa. «¿No quieres que tengamos un niño?». Calla y se encierra más en sí misma. Por fin, al repetir la pregunta la veo decir que no con la cabeza. Vuelvo a acercarme a su oreja:
—¿No?
Contesta con un rumor apenas perceptible. Me acerco a sus labios, repito la pregunta y esta vez la entiendo:
—No. Una niña.
—Bueno, mujer. Como tú quieras.
No puedo resistir la risa y ella lo observa y se pone más seria aún. Para que levante la cabeza tengo que darle palabra de mirar a otro sitio. Por fin la levanta y entonces yo ya me he marchado.
—¡Lucas! ¡Sol mío! ¡No mires el cine!
Y esta noche, sabotaje. Esa música, esas escenas tan bien articuladas entre hombres perfectos con máquinas y mujeres sabias como muñecas tonifican. El sabotaje no sabemos a dónde nos llevará. Las víctimas nuevas de esta tarde, tampoco. Puede que mañana respondan las demás ciudades y que Andalucía…
—¡Sol mío! ¡No mires el cine!
Ella me habla de su equipo. Del traje de boda. De pronto recuerdo que ese traje se usa en la ceremonia religiosa. Le hago nuevas preguntas y creyendo que se trata de otra cosa me explica las razones de utilidad social que ha tenido para encargárselo de una manera determinada. Lleva una cola de encaje que dará labor a docenas de operarías. Pero no sabe a dónde voy a parar. Sólo se lo figura cuando le pregunto si el traje se usa también en la ceremonia civil. Tarda un poco en contestar.
—En cuanto hay revolución —dice— ya no me quieres. ¿Me dirás la verdad?
—Te la he dicho siempre.
—¡Contéstame bien, Sol mío! ¿Me dirás la verdad?
—Sí.
—¿Me das tu palabra de honor?
—¡Bah! Yo no conozco el honor.
—Perdona. ¿Me das tu palabra?
—Sí.
Me mira claramente a los ojos y me dice:
—¿Verdad que a veces no quisieras quererme?
—Sí.
—¿Verdad que a veces me odias?
—Me odio a mí mismo.
—Pero por culpa mía.
—Sí.
Calla, se retira. Pone el codo en el brazo de la butaca y la mano en la barbilla. Entorna los ojos soñolientos y balbucea:
—Te lo he notado cuando mirabas el cine. Esto te ocurre hace tiempo, ¿verdad?
—Sí. Desde que me di cuenta de que estaba enamorado. ¿Qué le voy a hacer?
Sigo, sin ver, el movimiento de los personajes en la pantalla. Hay dibujos animados. Un gato hace el amor a la ratita y al levantar los ojos a la Luna con ambas manos sobre el corazón, se le caen los pantalones. La ratita se ruboriza. Yo estoy lejos otra vez. Bajo las sugestiones de la lucha, bajo los recientes sucesos y los que a la noche se avecinan, enrolado en la carrera de los hechos —¡oh, los hechos, mis amigos!— estoy lejos. Los pantalones del gato enamorado me han hecho reír. Ella debe estar mirándome porque en seguida la oigo llorar en silencio. Oigo también cómo desgarra con sus dientes blancos el pañuelo de bolsillo y cómo balbucea llamando a su madre como un animalillo descarriado. Y el señor Roosevelt sigue gritando desde los dibujos:
—We must be hard in the line.
Como un animalito descarriado. Pero aquí el desorientado soy yo. Conocía el amor de los sentidos, el bueno y el puro, sin perversiones. Las mujeres que traté me dieron su ternura y yo les di mi pasión. Pero siempre fueron los sentidos. Yo fui libre. No soñé nunca. No me esclavicé a mis sueños. Ellas lo sabían y no les importaba. Los tiros, los manifiestos, me despiertan, me arrancan de los sueños. Pero, señor Roosevelt. Una duda: ¿No son los sueños más reales, más vivos, más «hechos» que los manifiestos y los tiros? La duda me trae un instante de delicia. El señor Roosevelt vuelve a reírse en la pantalla. Decididamente, me vuelvo hacia mi novia:
—Si sigues así, me marcho.
Me incorporo para irme y ella hace esfuerzos por serenarse. En vista de eso, me quedo. Necesito seguir envolviéndola, rodeándola, encauzando sus miradas y sus pensamientos, viendo lo que ella ve, fiscalizando a su alrededor, corrigiendo con mi deseo lo imperfecto y desbrozando de intenciones el panorama. Yo quería protegerla. La palabra recogida al pasar podía ser inconveniente. El periódico olvidado sobre una mesa en su casa le llevaría después el poso amargo de la experiencia o la ofensa de la estupidez. Nada debía llegar a ella. Nadie podría rozarla con una palabra ni con un pensamiento. Abundan el hombre y la mujer que se sienten fracasados y segregan un veneno del que yo quisiera librarla. Tamizar las palabras, las miradas, las fotografías de prensa y hasta las combinaciones de luz y color. Palabras neutras, miradas vacías de estatua, fotografías de cosas, de objetos, nunca de personas, luz desnuda y directa y azul celeste, azul tibio, uniforme e invariable. En estas condiciones ¿cómo iba a marcharme si todavía me quedaba una hora para estar a su lado? Y sin embargo, el impulso que me hizo levantarme era sincero. Vamos a hablar, pero de cosas indiferentes.
—¿Has guardado los artículos que te di?
Son dos ensayos sobre Pierre Louis, de una revista francesa. Ella se apresura a contestar, ya olvidada de todo. Los ha leído y me pregunta el significado de dos o tres palabras, entre ellas «hedonismo». Me molestan esas palabras en sus labios. Pierre Louis es idiota. Esta nena debe serlo todo y lo será todo —lo es ya— sin conciencia de sí misma. Una flor con una idea cabal de su origen y su misión es la grotesca flor desmontable, de madera, que hay en los gabinetes de botánica. No le gustan esos artículos. Yo podría convencerla de que un artículo sobre Pierre Louis puede ser una cosa idiota de la que hay que enterarse.
Durante el descanso encienden las luces. Resbalo un poco en mi butaca, me acodo en uno de los brazos y nos ponemos a hablar. No será fácil que el agente de servicio me conozca. Ella escruta con sus ojos a mi alrededor. No tiene miedo. Yo soy feliz viéndola desafiar con la mirada a los tipos equívocos que se acercan al subir por el pasillo central. Tiene los labios gordezuelos, a un tiempo provocativos y puros, unidos en un gesto indignado. Yo procuro evitar la risa. Mi ángel bonito se siente pantera con su garganta frutal, con sus ojos de terciopelo, con su atavío armonioso. Está dispuesta a repetir de buena fe que es anarquista y si lo hiciera no tendría más remedio que reírme con todas mis fuerzas. Me coge la mano y habla con la respiración acelerada:
—Hay un hombre que te mira hace rato. Debe ser policía…
—No lo mires tú.
Me clava sus ojos con una pregunta:
—¿Llevas pistola?
Yo me sobresalto un poco, le aprieto la mano:
—Bueno. Calla.
Tiene el ceño fruncido. ¿A quién me recuerda su expresión? Es un parecido tan fuera de las comparaciones posibles, que no acierto. De pronto recuerdo la expresión de la tía Isabela. Cierro los ojos y con ellos el diafragma del recuerdo. Pero ahora la voz de la viejecilla se impone: «¡A hacer puñetas!». Me tranquilizo y ya serenamente pienso, mirándola, que si ella hubiera de recorrer la amarga experiencia de la tía Isabela, sería capaz de matarla y matarme yo ahora mismo. Sería monstruoso que al final esos labios… Y luego insisto: «La mataría. Nos mataríamos». Mi imaginación rueda en torno de esa hipótesis. Llego a sentirme mareado. No he comido aún y la noche pasada no he dormido. Estoy un poco excitado y me gusta sentirme ligero, casi ingrávido. Sigo mirándola. También ella habla de pistolas con una ferocidad simple y natural. ¡Pero yo sé toda la armonía de tu alma, pequeña! Me miras con ansias de cerrar los ojos y seguirme. ¿Qué sabes tú? Malos caminos para tus pies. Te quiero, demasiado para llevarte conmigo. Pero dejarte… ¿Cómo? ¿Con quién? ¿Dónde? No es posible. El individuo sospechoso se fue. No queda nadie de pie en las cercanías y ella aprovecha ese instante para preguntarme bajo la luz:
—¿Por qué me has dicho hace poco que no querías quererme?
—Porque es verdad.
—¿No te hago feliz, entonces?
Hago un gesto vago:
—Me llenas de ilusión y de ensueños. A veces no es malo soñar.
Ahora pretende convencerme de que es revolucionaria. Claro está que deja a salvo la religión. Y que no puede aprobar que se mate a nadie. Pero lo malo es —sinceridad obliga— que si fuera revolucionaria yo dejaría de quererla. No podría seguir siendo ella como yo la he conocido. Ése es un término reflejo de la cuestión, quizás el más importante y el que me hace, a veces, sentirme lejos de ella, las raíces del odio de que antes hablábamos. A su lado me duele no el alma ni el corazón como dicen los poetas —eso no tendría importancia—, sino lo que es peor, lo que es verdaderamente trágico: me duele la razón. Mi razón geométrica, bien delineada, se vuelve barroca, en curvas ascendentes, en escorzos contradictorios, en florería barata, cubierta de purpurina. Mi razón se retuerce, se disemina queriendo concentrarse; me duele como una neuralgia. Yo le planteo la boda sin intervención de la Iglesia. Ella no comprende que pueda haber razones ideológicas contra un cariño como el nuestro. Yo doy la vuelta al argumento sólo por discutir —ella tiene razón— y entonces dice que no es ya por sí misma, sino por sus padres. Llega el sentimiento en grandes oleadas y todo él ensucia con su almíbar.
—Papá se moriría del disgusto.
Yo vuelvo a llevarla —¡oh, Mr. Roosevelt!— al terreno de los hechos puros. Aunque comprendo que tiene razón. En realidad, ¿qué me importa si muere su padre?
Se trata de que ella sea mía sin condiciones. Star García no pondría condición alguna. Menos mal que han apagado la luz. Su butaca es un potro de suplicios. Miro a la pantalla. Mr Roosevelt, ¿qué haría usted en este caso? Se lo pregunto porque yo sólo veo una solución: violarla o dejarla y olvidarlo todo. Por fin habla ella:
—Soy un estorbo en tu vida.
Yo insisto.
—¿Estás dispuesta a todo sin boda civil ni religiosa?
—¿A todo? ¿Qué es todo?
—Todo.
—¿Cómo?
—Quiero entrar una noche en tu cuarto y no salir hasta el amanecer.
Hay un largo silencio. Se oye en el brazo del sillón el ritmo de las palpitaciones.
—¿Es eso lo que quieres?
—Sí. ¿Es que no lo quieres tú?
Tarda, pero al fin afirma con la cabeza. Al mismo tiempo piensa que no. Yo sé que esto no se ha resuelto ni mucho menos; pero me abandono a la ilusión y soy feliz.
Salimos antes de que enciendan la luz. Ya en la calle, le oprimo el brazo suavemente y me acerco a su oído.
—¿Sabes lo que me has prometido?
—¡No lo sé, pero todo lo que quieras será siempre, siempre!
—¿Todo?
—Todo.
El chófer ha abierto la portezuela y espera con la gorra en la mano.
Sin volver la cabeza echo a andar. Las calles están casi desiertas. No hay tranvías. Algunos espectáculos funcionan porque la orden de paro ha llegado tarde o porque los socialistas no quieren asustar demasiado a la gente. Voy subiendo hacia Cuatro Caminos. Por unas palabras que oigo al paso me entero de que funciona el metro y voy a la estación más próxima. ¿Es libre el hombre? ¿Debe serlo? ¿Tiene, entonces, derecho a escoger su felicidad? Yo he de vivir una vez, una sola. Somos una consecuencia insignificante de una serie de leyes mecánicas que nos dominan. Ningún poder tenemos sobre ellas. Nacemos, vivimos, morimos, fuera de nuestra voluntad. Y nos obstinamos en crear mundos y en regir los que existen, en infestarlos de ideas. Voy a salir a una barriada luminosa y alegre. A la ciudad obrera de Cuatro Caminos. Junto a la estación hay un grupo de muchachos danzando alrededor de una pequeña hoguera donde arden dos paquetes de periódicos. Cojo del suelo un ejemplar pisoteado y huye en el momento en que se acercan unos guardias. El periódico es El Vigía y ha tenido el cinismo de salir esta noche. Me desvío del centro y me meto por unas callejuelas de barrio marinero. Llega una brisa yodada y húmeda —en el centro de Castilla— y por fin veo la taberna: «Casa de Nicanor». Dentro hay algunos obreros terminando de cenar. Casi todos están con sus mujeres, que llevan el hogar en sus ropas usadas y en su cansancio. No conozco a ninguno de los parroquianos. Mis compañeros no han llegado porque es muy temprano. Abro el periódico. Una crónica del novelista de mujeres, que cada vez que hace un viaje en sleeping car y se siente llamado impersonalmente por los camareros —«Si el señor desea». «¿Llamaba el señor?». «Me permitirá el señor que le advierta…»— se considera obligado a dar una conferencia y a contarlo, hablando, de paso, de sus pijamas de seda. Como escribe para la clase media, sus lectores se conmueven ante tanta exquisitez. Luego, la amenaza de guerra contra los Soviets a tres columnas en primera página. Los bigotes franceses de Stalin a un lado y el muñeco japonés al otro. «¿Se aproxima el fin de la URSS?». Luego una sección fija de bromas cuya base es el cocido, la carestía de los alquileres, las chicas guapas y el refresco de limón con paja, cosas que atañen a todo el mundo. Una caricatura en la que una señora quiere comprarse otro vestido y el marido se lo niega alegando que va a dejarlo desnudo a él. En segunda página, sensacional información de los criminales intentos revolucionarios. «Los desmanes iniciados ayer requieren medidas de ejemplaridad». Debajo, todavía otro: «Todo el país al lado del Gobierno». Y al frente de la información, un editorial en «negrita del 12». Iracundia, miedo, desdén, odio. Todos los elementos de la tragedia griega y toda la retórica del siglo XIX se han volcado sobre esos comentarios. Hay que salvar la república que ha hecho diputado al director y que entre las dietas, una chapuza en un comité paritario y cierta obscura subvención le ha aumentado sus ingresos mensuales. El director no habla en el Congreso, no firma en el periódico, nunca opina sobre ninguna cuestión —este sistema, a lo largo de quince años de puntual asistencia a la Redacción le valió el cargo directivo— y ha llegado a convencerse de que todas esas cosas que lo rodean, la chapuza, la nómina, las dietas, son «la patria», «el interés público», «el orden social» y «la cultura». Cuando las defiende contra la «chusma anarcosindicalista-comunistoide» pone el grito en el cielo. Es ante el único sector que se atreve a opinar porque es el único que no le puede dar nada. Me río leyéndolo. Los compañeros creo que le preparan una jugarreta. Hay también un artículo del «sabio catedrático» que clama contra el resentimiento ajeno en la política, en lo social, en el arte, y al mismo tiempo deja asomar entre líneas el resentimiento propio no ya contra el profesor contemporáneo de mayor éxito social, sino contra Napoleón, Viriato y Amílcar Barca, cuyo relieve histórico no le deja un instante de reposo.
Luego viene la información. Como era de esperar, la muerte de los compañeros la atribuye a «los disparos de los propios obreros» y para esto le sirve la imprecisión del dictamen de las autopsias. Cree que se trata de un movimiento nacional. Recurre al sentimiento de responsabilidad de los socialistas y les recuerda a los dirigentes que serían las primeras víctimas del populacho embravecido. Alaba los buenos sentimientos demostrados al decretar el paro «con objeto de que los obreros asistieran al entierro», lamenta las muertes de los cuatro manifestantes y afirma que nunca ha sido más sólida la situación del régimen. Por la sintaxis de esos últimos renglones se advierte que el que los escribía estaba pensando todo lo contrario.
Aparte y con un subtítulo a dos columnas leo: «Uno de los cadáveres ha desaparecido». Se refieren, más adelante, a Germinal. Esta noticia le devuelve la vida. El Cid ganó batallas después de muerto, y Germinal, si no las gana, las pierde, que es lo mismo. Los agentes van y vienen:
—¿Se sabe quien es ese muerto?
Como está desnudo llegan a pensar que es un guardia de asalto o un agente despojado por los revolucionarios hasta de sus ropas íntimas, y como conserva la huella de la autopsia piensan que éstos se han ensañado a puñaladas con el cadáver. Al final, entre la lista de muertos ingresados en el depósito, aparece éste sin identificar, con «heridas de bala y cortantes». El pobre Germinal ha muerto dos veces. Los otros dos han sido enterrados en la fosa común.
Llegan dos de mis amigos. Mientras comienzo a comer me hablan de un manifiesto para que no vuelvan al trabajo los socialistas. Una proposición sobre el contacto con el resto de la organización en provincias, la fusión de la local, la regional y el comité de la Federación de grupos en un organismo revolucionario con plenos poderes, y como puntos de acción inmediata la agitación en el barrio del Norte con vistas al asalto del cuartel de Artillería del 75 ligero. En el pabellón del coronel de ese regimiento vive Amparo, mi novia. Un instante quedo sorprendido bajo la hipótesis de que intentan sondearme para ver cómo reacciono. Cuando me he convencido de que nada saben, me tranquilizo y sigo comiendo. Uno de ellos dice que el cuartel «se puede trabajar».
—¿Por qué?
—Hombre. Yo vivo cerca. Y al pasar por la parte de atrás hablo a veces con el centinela. «¿Qué, cuándo acabamos con los jefes?», le dije a uno el otro día.
—¿Y qué te contestó?
—Nada. Me pidió un cigarro y se rió.
Cuando ese tipo se alejó, yo me dije mirando su espalda: «¡Oh, el hijo de la gran puta!».