VI
Vamos al río, nos bañamos y «actúo» con poca
fortuna.
(Habla el compañero Samar).
He dormido cinco horas en casa de un compañero. Me han despertado las chinches y me he levantado para ir a buscar a Star, que vive cerca. Antes de llegar he oído su voz. Cantaba. Una vecina barría el portal de al lado y la escuchaba murmurando:
—Su padre, de cuerpo presente.
Al entrar, se dio cuenta Star y calló, con la mano sobre la boca. Yo no quise decirle que las vecinas la escuchaban con escándalo. La tía Isabela no había vuelto. Star se preocupaba por ella como una madre por su hija. Se lo hice observar recordándole que era su nieta y dijo, riendo, que a veces la vieja era más niña que ella misma. Luego añadió señalando con la mano la altura de sus rodillas.
—Así. A veces es así. Por eso yo no le guardo rencor cuando me riñe.
—¿Por qué te riñe?
—Porque soy joven.
Yo la propuse que me acompañara. Se quedó mirándome:
—¿Vas a actuar?
—Quería decir si iba «en comisión» a hacer algo. Le dije que sí, pero que no había peligro ninguno.
—¡Lástima! —lamentó torciendo su cabeza—. Habría que ir a sacar a los socialistas a tiros.
A sacarlos de las fábricas y los talleres, se entiende. Suponiendo, claro está, que no secundaran la huelga. Me senté en su cama. Ella descolgó una boina gris y se la puso. Luego se la quitó, sacó de debajo del colchón una pistola pequeña y niquelada, la escondió dentro de la boina, dobló ésta, se quedó con ella en la mano y se me plantó delante:
—Cuando quieras.
—Pero ¿tú sabes manejar ese chisme?
Ella no se dignó siquiera contestar. Entonces yo cogí del suelo una armazón de muñeca que enseñaba el serrín por los desgarrones, y la levanté de una pierna.
—¿Y esto?
Me dijo que ella se hacía muñecas, con trapo y serrín, pero nunca consiguió acabar de construir ninguna porque cuando tenía hecho el esqueleto e iba a enseñárselo a la tía Isabela, ésta soltaba a reír y le decía:
—Eso no es una muñeca; eso es un sapo.
Entonces ella miraba detenidamente su obra y no tenía más remedio que darle la razón. Inmediatamente aborrecía aquel ser mixto de batracio. Poco tiempo después volvía a construir otro, pero le ocurría lo mismo. Ya en la puerta concluía:
—Así llevo desde los ocho años.
Salimos a la calle. No hay duda de que Star tiene una fina sensibilidad. Basta que alguien relacione su obra con un sapo para que la considere fracasada y deleznable. El día que se olvide la tía Isabela de decirle su opinión, esta pequeña amará a su muñeca y creerá haberla logrado. Pero yo preferiría otra cosa: que no le repugnaran los sapos. Que alcanzara su graciosa y tosca belleza.
De pronto Star regresó a casa diciendo que olvidaba algo. Salió con una carta alargada de un tenue color violeta.
Anoche llevó la mía al pabellón del coronel, y el ordenanza de guardia la recibió y le dio ésta por encargo «de la señorita Amparo». Tanta previsión me demuestra que ella está al tanto de lo que ocurre y que no se alarmaría mucho ayer tarde, al ver que no iba a buscarla. Me guardo la carta sin leerla. Instantáneamente el aire ha adquirido otro color. Quizá sea que sigue amaneciendo. Vamos andando hacia la Moncloa. Nos desviamos un poco, porque yo quiero ver el balcón de Amparo. El muro de ladrillo rojo está cubierto de trepadoras hasta el balcón mismo. Suben las más audaces rozando las maderas de un costado. Algunas campanillas azules tiemblan mojadas de rocío. La mañana es femenina; rubia como ella; alta y de una delgadez sazonada. Azul de ojos —inmensa de luz— como ella, y tierna y dulce con sus brazos frescos. La mañana es femenina y canta en la primavera:
En el aire con olor de pinos,
en el viento con olor de mayo;
por el aire vino riendo
por el aire se fue cantando.
¿Cómo se llama el dulce amor? Yo había guardado la carta en el bolsillo precipitadamente. Parecía que todo el mundo se había levantado y miraba por las ventanas. El pabellón del coronel quedaba a nuestras espaldas. Ella dormiría con ese gesto de niña de tres años cuya conciencia está por crear todavía, sueño de madera, de mármol. Star me miraba de reojo, y preguntaba afirmando:
—Tu novia es hija del coronel, ¿verdad?
En el cuartel toca diana la banda. Largos acordes majestuosos. Fuerza y diafanidad. En la imaginación se abren ventanas iluminadas y yo siento una ira enconada contra esas trompetas que van a acariciar sus oídos. No quiero que llegue a ella otra armonía que la de mis palabras. Esa diana que sigue tocando quiere alejarme de ella o bien captarme y embriagarme.
—¿No es la hija del coronel?
Me vuelvo violentamente hacia Star:
—Sí, ¿y qué? Tú no entiendes de estas cosas.
Star se ríe de una manera extraña. Puede que sí, que entienda.
—La conozco.
—¿De qué la conoces?
—Entro a veces al cuartel a buscar sobras del rancho para los compañeros parados. También voy al pabellón del coronel por la escalera de servicio.
—¿La has visto a ella?
—Me ha dado a veces ropa vieja que yo doy a los más necesitados. ¿No has visto a Floreal? Esa chaqueta que lleva es del coronel García del Río.
Todo esto me molesta bastante. Mis amigos son los mendigos de su padre. Esta reflexión me hiere y me arrepiento de haberla hecho. Star se queda mirándome:
—Tú eres un anarquista. Tú no querrás casarte por la iglesia y ella no podrá abandonarlo todo para irse a pasar fatigas contigo. Esto lo sabes tú bien.
La sencillez de estas palabras me deja un poco desorientado. La pequeña, aunque rara vez opina, cuando lo hace revela buen sentido. Ese buen sentido al que yo temo.
Seguimos callados. El amanecer se ha quedado extático bajo la diana de los artilleros y el tono de mercurio del cielo se sostiene sobre las sombras sin clarear más. Ya cerca de la Moncloa le pregunto:
—¿Qué te parece a ti la vida?
—¡Vaya una pregunta! Si he de decirte la verdad, no he pensado nunca en eso.
Me detengo y la miro a los ojos:
—¿No se te ha ocurrido pensar que podría ser mejor o peor?
Se encoge de hombros. En el azul de sus pupilas como en el del cielo hay una estrella. ¿Sus ojos? Son tranquilos y se posan sin penetrar. Luego contesta:
—Pensarás que soy tonta.
Yo sigo andando.
—No pienso nada.
Sabe que voy «a actuar» y ha dicho que iría conmigo. Bajamos constantemente desde que salimos del barrio. Como no vamos al centro sino a uno de los costados de la ciudad y no hay metro ni tranvía, nos trae más cuenta ir a campo traviesa. El paisaje se anima con las construcciones de la Ciudad Universitaria en la otra parte del río. Tardamos aún media hora en llegar a un sitio bastante solitario donde hay dos postes metálicos y un transformador. Examino los alrededores de una ojeada. La carretera está lejos. El silencio y la soledad son absolutos. El aire es suave, dulce y denso. El río hace un remanso y el fondo se ve limpio y pedregoso. Un tenue resplandor hace más cristalina la superficie. Quisiera bañarme.
—¿Has desayunado tú, Star?
—No.
—¿Quieres bañarte?
—Bueno.
Comenzamos a desnudarnos. Al sacarse el jersey me doy cuenta de que ha sido una proposición excesiva. Hay tal alegría sin embargo en sus gestos que me siento contagiado yo también. El agua, el aire, la luz, producen una embriaguez gloriosa. Antes de terminar de desnudarnos, nos mojamos la cabeza. Luego me quito la camiseta y los calzoncillos y me lanzo al agua. Llega a la cintura. Está fría, pero no tanto como las duchas de enero. ¡Abrazarse al agua, revolcarse en ella, sentirse ligero y activo en su fría resistencia! No he vuelto la cabeza cuando oigo chapotear y reír a mis espaldas. Ahí está la pequeña Star, que me ha alcanzado, quebrando cristales con brazos y piernas. Ríe satisfecha. Nada más que yo y con mejor estilo.
—Si no actúas mejor en la tierra que en el agua habrá que recusarte en los grupos. ¡Eh! —grita—, dejándome atrás.
Braceo hasta alcanzarla. Ya a su lado, cuido el estilo.
—Allá lejos está Madrid. Dentro de una hora se darán cuenta de que nadie trabaja y habrá que tomar el desayuno sin las tostadas negras. La huelga saldrá bien. Los mismos socialistas están indignados.
Star ríe e imita la voz doliente de un mendigo:
—¡Un corrusquito de pan integral para este pobre coronel retirado!
Yo añado:
—¡Que está diabético, el infeliz!
—¿Lo toman los diabéticos?
—Sí.
He asomado el torso y me ha tirado agua. Voy a correr, pierdo el equilibrio y nado de nuevo. Ella va hacia la orilla y se estremece. Le pregunto si tiene frío y resoplando me dice que no. Es una graciosa estatua de mármol, con los pies, las puntas de los pechos y la naricilla color rosa. Hay una energía y una fuerza increíbles en esa fragilidad. Vuelvo a escudriñar con la mirada los alrededores. No hay nadie. ¿Quién va a venir por estos lugares, a esta hora? Los campos de aquí no son de cultivo. Ella me comprende:
—Si nos ven creerán que estamos locos.
—O se volverán locos por la pequeña anarquista.
Ella ríe desde la orilla:
—O quizá por ti.
Ella está ocupada en quitarse el barro de la planta de un pie.
Yo le digo que haga ejercicio o que se lance otra vez al agua. Opta por lo segundo. El Sol ha salido y no tardará en llegar aquí porque baja ya por los postes metálicos y barniza el transformador. Yo nado hasta la otra orilla. Serán treinta metros. Luego vuelvo. Voy pensando que Star lo sabe todo, lo conoce todo sin curiosidad y sin misterios. En cambio, mi novia Amparo cree que la fecundación se produce por un beso. Un día leyó en un periódico la palabra «homosexual» y me preguntó —todo me lo pregunta—, obligándome a contarle un cuento chino. Yo debí decirle la verdad, pero me hubiera parecido que la pervertía y por otra parte no hubiera comprendido mis explicaciones. Le mentí. A veces no me importa —mis relaciones con ella son una sarta de bonitas mentiras—, pero también a veces me preocupa. Si fuera millonario —¿podría yo serlo?— la llevaría al campo conmigo en un país cuyo idioma desconociera y moldearía su carácter como Pigmalión, cuidando mucho de que viviera sin sentir sino la belleza, de adormecerla en la delicia para siempre. Fijar la eternidad en la infancia moral. Que no llegaran a ella otros sonidos que los de mi voz, otras manifestaciones de la vida que las que yo le elaborara. ¡Qué gran artífice!
Me siento en la orilla. Al salir se ensucian los pies en el limo y hay que lavárselos. Star ha vuelto al agua y bajo la superficie su cuerpo es suave y resbala como un pez en los reflejos azules. Pero pienso que el caso de Amparo no concuerda con mis convicciones. Para mí el candor y la pureza son ignorancia, y esto constituye hoy una enfermedad y mañana será un delito En la sociedad a la que aspiro no habrá más que dos delitos: la enfermedad y la ignorancia. ¡Qué gran delincuente, mi pequeña! ¡Qué buen juez, yo! ¿Y Star? Ahora se sostiene flotando, sin nadar, mucho mejor que yo. Adolescente aún, tiene sin embargo moldeadas las piernas, los brazos, hinchadas suavemente las caderas y pesando poco desplaza no obstante mucha agua. Star es la carnerada. La veo como una figurilla de vidrio, incapaz de despertar los sentidos. Su carne no ha debido presentir el amor.
¿Cómo será un día su presentimiento? El agua se obscurece en la orilla, luego tiene una cenefa blanca y después, sobre la tierra es incolora y transparente. Llega el silbido de una locomotora, repetido tres veces. Los horizontes son de goma y ceden. Star repite el silbido, no con los labios sino con la garganta, y grita con su vocecilla atiplada:
—El expreso del Norte.
Luego dice que en la línea del Mediodía los obreros sin trabajo de la barriada de Vallecas han resuelto la cuestión desvalijando los trenes de mercancías. La alegría que le producen esas revelaciones encierra una gran salud. Ahora es Star quien me dice desde el agua que haga ejercicio. Tengo frío. Esperaba que el Sol llegara sobre mí.
—¿Me estás admirando? —pregunta ella.
—Sí.
Sale del agua, decidida, y se me acerca con las manos en las caderas:
—Pues no nado más.
Me cuenta que desde pequeña había sido muy amiga del agua. Iba a pasar los veranos con unas tías, a un pueblo. Las tías de los pueblos son siempre católicas y beatas aunque sean pobres. Ella tenía ocho años y se iba con los arrapiezos a las badinas del río. Un día la sorprendieron en cueros, con la ropa bajo el brazo, después de bañarse. Iba lanzando a toda voz una canción que les había oído a sus amigos:
El nadazo de Cristo:
cojo la ropa y me visto.
Las tías le profetizaron que acabaría mal y la tuvieron encerrada en casa una semana. Cuando Germinal se enteró fue a buscarla y riñó con sus parientes a quienes ya no volvió a tratar. Yo la escucho un poco sorprendido porque Star no da la impresión de una chica traviesa. Claro es que éstas no son travesuras, sino manifestaciones normales de salud y de alegría. Ya nos da el Sol. Vamos a ver. Un último remojón y a secarse baje su toalla amarillenta. Star tiene el pelo mojado y saca esa cara de fruta monda y lavada —en agraz— de las chicas pelonas. Me dice que lleva un peinecillo con el cual podré peinarme yo también. Salimos y nos calzamos secando nuestros pies con mi camisa. Luego dejamos que el Sol evapore el agua de nuestra piel. Reímos y hablamos de cosas muy trascendentales: «El nadazo de Cristo, cojo la ropa y me visto». Star quiere sentarse. Yo extiendo mi americana, mi camisa; le hago una alfombra. No se sienta, sino que se tumba. De vez en cuando levanta la cabeza y la sacude salpicándome. Ríe. Yo la hago levantar una pierna para coger del bolsillo de mi americana la carta de mi novia. Tiene que ladearse para que de otro bolsillo coja el lápiz. Star protesta:
—¡Para leer eso molestas así a una camarada!
—No voy a leerla.
Me quedo a su lado. Miro alrededor y con el lápiz trazo unas curvas en el dorso del sobre. Luego una recta. Más líneas panorámicas. Hago un pequeño gráfico. Los postes, el transformador donde zumba la alta tensión. Aquí y allá pongo unos números. El río tiene treinta metros de ancho por uno y medió de profundidad. Aunque haya corriente se puede vadear sin dificultad. Los postes tienen veinte metros de altura y al principio del último tercio está el transformador. Un vigilante sentado sobre la curva de la izquierda puede ver lo que ocurre en tres kilómetros de radio. Star se incorpora.
—¿Me estás dibujando?
Mira por encima de mi brazo, poniéndome la mano en el hombro.
—Es un mapa.
Me fricciona la espalda, diciendo que yo estoy seco y que si quiero vestirme me devuelve mis ropas. Pero la posición que tenía al dibujar ha hecho que en el doblez del estómago y el vientre se haya depositado agua. Me tumbo un instante, ofreciéndolo al Sol, y Star grita regocijada:
—¡El timbre, el timbre!
Trae su mano sobre mi vientre y con el índice oprime mi ombligo. Al mismo tiempo suena el silbido de una locomotora. Mi ombligo es el timbre de alarma del paisaje. Ha callado la locomotora cuando mi amiga ha retirado su dedo. Se queda muy confusa, mirando los horizontes donde por lo visto se encierra el misterio. Repite la llamada y de nuevo la locomotora lanza su silbido de Este a Oeste en fina comba. Reímos hasta más no poder. Yo le digo que no me extraña. El hombre desnudo es el protagonista del paisaje. La locomotora y el paisaje están identificados y además yo estuve enamorado de la locomotora cuando era pequeño.
—Yo, no —dice ella—. Yo del tranvía. ¡Si vieras lo que sufro pensando que los conduce personal reformista!
Vamos vistiéndonos, al Sol. Star mira mi reloj y se alarma. Son las siete y media.
A las ocho tiene que estar a la puerta de la fábrica de lámparas para evitar el esquirolaje.
—¿Les pegáis a las esquirolas?
—Yo, no. Pero digo a compañeras de otras fábricas quiénes son y ellas las sacuden.
Yo también tengo que hacer. Entramos por el puente de Segovia. Nos detenemos en un bar, a desayunar. Después de tomar un vaso de café con leche y dos tostadas tenemos hambre aún y tomamos un segundo desayuno. Al pagar veo que me quedan seis pesetas nada más. Si mañana no sale un artículo mío en el diario donde colaboro, mal negocio. Si sale, es que el paro no ha sido completo y que los tipógrafos trabajan. Eso es peor. Bueno. No hay que pensar en ello. Star tiene prisa y se va a su fábrica mordiendo media tostada. Yo, cuando me veo solo, me siento junto a una ventana y saco la carta de mi novia. Oigo a los obreros entrar y salir. Escucho sus impresiones. Alguno lleva nuestro manifiesto en la mano y discute, y lo agita y lo lee en voz alta. La huelga tiene ambiente. Un chófer entra y dice que va a encerrar el coche y que en el centro los sindicalistas coaccionan. Pasa un grupo cantando La Internacional con un pedazo de percalina roja en un palo. De pronto se oyen gritos en la calle y la gente vuelve la cabeza en actitud de huir. Los rumores llegan hasta mi. Han apedreado los escaparates de una tienda que se ha atrevido a abrir, y un grupo de huelguistas conduce delante, a empellones y puntapiés, a un esquirol panadero al que cubren de insultos. El dueño del bar manda que echen los cierres y deja una sola puerta entreabierta. Yo no pude leer la carta, pero al fin me abstraigo y saboreo la letra picuda, las tiernas palabras, los lamentos. Como no nos hemos visto ayer, la carta tiene manchas de lágrimas. Son dos pliegos. Me dice que ella es «como yo» en ideas y que en los últimos encargos que ha hecho para su equipo de novia y que importaban once mil pesetas ha procurado que fueran géneros y labores en los que se beneficiaran muchas personas modestas. Bordadoras, costureras, y otras. «Supongo que esto te gustará. Esta tarde, tú me llamas por teléfono. Iremos si te parece al cine. Papá no quiere porque teme a los disturbios, pero con el coche estamos en un instante y cuando tú me llames me dices que hay tranquilidad. Si ocurriera algo como otras veces, puedes esperar a que apaguen la luz para entrar en el cine y después, durante el descanso te bajas un poco en la butaca y te pones a leer y así no te conocerán». Dos páginas de ternuras. «Tengo miedo de que ahora, con la revolución que dicen que estáis haciendo, me quieras menos. Ya he visto otras veces que antes es la revolución y después yo; es inútil que te diga que soy como tú y que en casa se dan cuenta, porque papá me lo dijo el otro día en broma pero lo pensaba en serio y tú, mi Lucas, crees que no». Estoy viendo sus ojos inquietos, su pecho convulso y agitado, y sigo leyendo, ajeno a todo. La cafetera exprés silba y me molesta. Instintivamente me levanto el cinturón por si dependía de mi ombligo, y la cafetera ha callado.
Leo hasta el final. La inquietud aumenta en la calle. Llega al cerebro la sangre en largas oleadas. El silencio de afuera y la animación son silencio y animación de domingo, llenos de oquedades. ¡Y esta carta! Arrugo el sobre hasta hacer con él una bola y lo tiro. Me guardo la carta y me dispongo a salir. Un individuo se ha inclinado sobre la escupidera, ha recogido la bola que yo había hecho con el sobre y se la ha guardado en el bolsillo. Entonces yo, que bajo la embriaguez de la carta he perdido la conciencia de lo que me rodeaba, vuelvo a la lucidez y con verdadero espanto me doy cuenta de que… Bueno, en aquel sobre estaba el dibujo del transformador eléctrico y en el otro lado, mi dirección.