XX.
Las granadas seguían estallando alrededor de la casa de Mister Witt, casi abandonada por Milagritos, que se pasaba el día entre el Hospital de la Caridad y el Militar. Mister Witt llevaba veinte días sin salir de casa. Milagritos evitaba trabar conversación con él, sin eludir, sin embargo, las frases rituales, los saludos, los monosílabos. Mister Witt no se atrevía a preguntarle adónde iba ni qué hacia. Estaba coaccionado por la actitud de digna reserva de ella después de aquella declaración de culpabilidad de Mister Witt, que le había dejado con una sensación moral de cansancio. No acababa de comprender por qué había revelado aquello a Milagritos, aunque se sentía aliviado de un gran peso interior. “El secreto y la culpa me pesaban —se decía—, pero eran en cierto modo un lastre útil. Ahora estoy a merced de las pasiones más encontradas, en desconcierto, abandonado de mí mismo.”
Milagritos entraba y salía en casa sin dar ninguna explicación a su marido, que tampoco se atrevía a pedirselas. Pero la situación de Mister Witt era insostenible. Entre las cuatro paredes de su cuarto crecían los odios. Al fantasma de Carvajal se unió la viva presencia de Colau, cuyo barco desaparecía a veces hacia la Algameca, precisamente los días que Mister Witt no veía a Milagritos en el Buenaventura. A sus oídos había llegado la versión de las orgías a bordo del Tetuán. Subían mujeres alegres, que bebían y bailaban a bordo, bañadas por la luz espectral del carburo. Mister Witt sabía que mucho antes de cerrar la noche Milagritos regresaba a su casa; pero aquella atmósfera que comenzaba a envolver a Colau le alcanzaba a ella también, por lo menos dentro de los presentimientos de Mister Witt.
Colau y Antonete eran los dos jefes que se salvaban. El primero en el mar. El segundo, en tierra, en la Muralla. El pueblo había desplazado a casi todos los demás. A la hora del martirio el pueblo avanzaba al primer término, recogía las banderas maltrechas y presentaba el pecho a las balas. Mister Witt veía aquello desde el silencio de su casa, desde la alta atalaya de sus balcones. El hambre agravaba la situación, llevando sus fuertes tintas a las calles, donde había agonizantes abandonados, que morían, por fin, entre lamentos e imprecaciones, sin que se les pudiera auxiliar. Mister Witt pudo comprobarlo aquella tarde, en que salió dispuesto a seguir los pasos de Milagritos, porque la angustia sin horizontes de su casa le extenuaba.
Mister Witt encontró en la esquina de su calle un cadáver. No quiso volver la cabeza, pero advirtió que sus pies rebasaban el ángulo de la esquina y asomaban por el otro lado. Debía ser reciente, porque no despedía hedor. Mister Witt sintió una indignación compleja, que se alzaba sobre un mosaico de menudas contrariedades. Acusaba a Carvajal y a Colau de aquel crimen, de otros cien como aquél. Era una muestra más de la furia de aquellos organismos rudimentarios, mixtos de bosquimano y de hombre, con los que no cabía relación ni diálogo. Mister Witt se encontró con una procesión de enfermos y heridos del Hospital de la Caridad, que eran trasladados por su pie al Militar, porque en el anterior había caído una granada y podían caer muchas más. Los enfermos, aterrados, sin poder sostenerse apenas, se apoyaban unos en otros y lanzaban miradas de espanto alrededor. Casi todos eran viejos y la tensión del asedio les había destrozado los nervios. Cuando pasaba zumbando una granada, se iniciaba un movimiento instintivo de defensa. Una parte de aquella triste procesión se apiñaba más y esperaba, inmóvil. Otra se desperdigaba en hilachas que quedaban largo rato pegadas a la pared. Cuando se oía la explosión, centenares de voces aterradas gañían a coro. Sus lamentos (ojos secos, casi cerrados por el tracoma, incapaces ya del llanto; manos temblorosas, de cera; pechos contraídos protegiendo los corazones, cuyo latido era ya un espasmo en muchos casos) daban a la defensa cantonal un acento de debilidad, de ruina, de catástrofe, indescriptible. Mister Witt lo percibía bien. ¡Aquel desconcierto! ¡Aquel estúpido caos!
—¿Adónde llevan a esas gentes?
Creía más humano dejarlas morir en su yacija. “El que haya dado esta orden —se decía— es un salvaje, con un sentido humorístico fúnebre.” Pero el humor de lo macabro no le gustaba a Mister Witt. En aquel caso, sin embargo, le producía al mismo tiempo repugnancia física y la alegría de ver las miserias de sus enemigos, de aquellos enemigos a quienes había estado ayudando y quizá ayudara, a pesar de todo, en el porvenir. Pero esto último era ya demasiado dudoso. Los rebeldes no necesitaban ya su ayuda para hundirse despacio, para destruirse en un lento martirio. Mister Witt, que procuraba no cruzar su mirada con la de los asilados, no tuvo más remedio que escuchar a uno que se dirigía a él. Una ojeada rápida le presentó delante el rostro menos humano, más lamentable. “Es un rostro de buey —se dijo— con ojos de perro.” Aquel hombre le pedía una limosna, Mister Witt llegó a una conclusión:
—La mejor limosna que te pueden dar, desdichado —pensó en silencio— es un balazo.
Siguió adelante. Dejó atrás a la comitiva y se dirigió hacia Quitapellejos. Quería ir a la Algameca; pero ya hemos visto que no era fácil salir de la muralla y pasar al resguardo del fuerte de la Atalaya. Al final de la calle, contra el filo de un alero, hizo explosión una granada. La canal de cinc se desprendió y quedó colgada, oscilando. Volaron cascos de teja y trozos de madera. Mister Witt retrocedió y entró por una calleja transversal. Era inútil tratar de ir a la Algameca. ¿A qué? ¿A comprobar lo que hacia allí Milagritos? ¿A ver si estaba a bordo, con Colau? ¿Iba a ir a comprobarlo Mister Witt en persona? Pero si no iba a la Algameca, tampoco se veía en el caso de regresar a casa. No había que volver. Tenía su misión allí, en la calle, andando sin rumbo, bajo las granadas. Quizá había algo fatal que le empujaba a la calle, al encuentro de la granada que pondría el punto final de su vida. Suponiendo a Milagritos dispuesta a la venganza (¿cómo se le ocurriría a él confesar lo de Ibi?), a Mister Witt no le aterraba la idea de lo fatal guiándole a la muerte, De una ventana entreabierta en la calle desierta salió una mirada de curiosidad casi hiriente. Mister Witt se dio cuenta. “Debo tener —pensó— un aspecto tan ajeno, tan indiferente al peligro, tan «fuera de situación», que las gentes me miran como si cayera de otro planeta.” En aquel momento se abrió la puerta de una taberna y salió un hombre de edad mediada, no muy seguro de pies. Era Ricardo Yuste, un murciano primo hermano de la cocinera de Mister Witt. Reconoció al inglés, se tocó el viejo gorro marinero y se acercó. Llevaba una camiseta de listas y un chaquetón reforzado con correa y hule. Mister Witt contempló su traje y le preguntó, sonriente:
—¿Qué es eso?
—Ya ve usté. Estoy de palero en la fragata.
—¿En que fragata?
—En la Tetuán. Pero hoy libraba y digo, pues, lo que es la vida, Mister Witt. Digo: voy a echarme unos vasos a cá Currito.
Mister Witt lo miraba casi con voracidad. La sorpresa no le dejaba acabar de coordinar planes e ideas.
—¿Con Colau?
—Eso é. Con Colau.
Mister Witt esperaba algo más; pero Ricardo era tímido y corto de palabra, incluso cuando estaba borracho. De floja complexión, estrecho de pecho y la cabeza escueta, color castaño, indiferente y reseca, Yuste no tenía personalidad ninguna. Cuando el inglés le preguntó: “¿Qué tal?”, necesitó Yuste ver en sus labios un rasgo de ironía para comprender que Mister Witt le dictaba la respuesta. Entonces Yuste se animó:
- Na. Mucha fachada; pero, en el fondo, Colau es un blanco.
Mister Witt fue tanteando y acabó por comprender que Yuste estaba muy resentido con el caudillo. Mister Witt miró a su alrededor, bajó la voz al ver otra ventana abierta y susurró algo, inclinándose sobre el hombro de Yuste. Se separaron sin más, en dirección contraria, y Mister Witt bajó hacia el Náutico. Luego volvió a subir en la misma dirección que antes. Dos granadas estallaron lejos, a su derecha. Tuvo la impresión de que habían dado en la torre de la iglesia de la Caridad, De las montañas de La Unión llegaba el tronar incesante de los cañones. “Son piezas Krupp”, se decía Mister Witt, distinguiéndolas según el estruendo de los disparos. En lugar de torcer por la misma calle de antes, fue a pasar bajo la canalera oscilante de cinc y avanzó un trecho por el recodo que la calle formaba, hasta perderse de vista. Allí mismo llegó poco después Yuste. Mister Witt lo esperaba. Se perdieron en la encrucijada.
Una hora después volvió a aparecer. Sin alterar su paso mesurado y tranquilo, sin pestañear al oír las explosiones, dando un rodeo en la esquina, donde una vieja con dos niños semidesnudos —la piel sobre los huesos— salmodiaba, y cambiando de ruta al ver más abajo un cuerpo inmóvil en la acera, Mister Witt volvió a salir, por fin, a la calle Mayor. Comenzaba a lloviznar y se levantó el cuello del paletó. Encontró la misma procesión de enfermos y heridos, que marchaba ahora en dirección contraria. Bajo la lluvia tiritaban entre los harapos. Un enfermero iba delante. Mister Witt, que estaba mucho más locuaz y se dejaba influir menos que antes por el asco, preguntó al enfermero, y éste le dijo que regresaban al Hospital de la Caridad porque en el Militar no había plazas.
—¿Por qué no se han enterado antes de sacar a estos viejos de las camas?
El enfermero no sabia nada. Un viejo con los ojos hundidos, encendidos de fiebre, y la piel sumida entre los maxilares sin dientes, explicó:
—Todas las bombas caen en mi cama, señor.
Mister Witt los dejó atrás y aceleró la marcha hacia su casa. La lluvia cedía, aunque el cielo continuaba cubierto. Mister Witt entró en su casa. En el vestíbulo encontró a Milagritos, que sin duda acababa de llegar también. Estaba hablando con la vieja criada y se interrumpieron al aparecer Mister Witt, que, sin detenerse, saludó entre dientes y se metió en el despacho. Al cerrar la puerta oyó hablar de nuevo a su mujer con la criada. Echó el pestillo con voluptuosidad, procurando que se oyera desde fuera. Se quedó solo. ¡Qué bien se estaba ahora, lejos de todo! Pero no sólo por estar aislado, sino por sentirse de acuerdo con sus pasiones, con movimientos del ánimo en los que no tenía parte la conciencia. Recordó a Milagritos. Se vestía de obscuro, con una gran modestia, sin duda para no desentonar con la miseria desgarrada de la calle. ¡Qué hermosa estaba! La piel más blanca, más traslúcida, entre los vestidos obscuros, bajo la mantilla negra, en la que todo era viejo y marchito —mantilla cargada de evocaciones familiares— y en la que destacaban más su lozanía la garganta y el lóbulo rosado de la oreja. No la había mirado al entrar, pero conoció el traje y recordó otros días en que, yendo vestida lo mismo, se complacía Mister Witt en medir su cuerpo con los ojos, adivinar las turgencias y pensar que era suyo. Estaba hermosa, pero su hermosura no era de las que detienen la mirada ajena en las superficies diciendo: he aquí lo perfecto. Era toda ella insinuación, cálida vaguedad. Cuando pasó por el vestíbulo tuvo miedo un instante. “Si me habla —pensó Mister Witt— me derrumbaré, caeré desde mi propia altura y me haré pedazos. Seré ya lo que ella quiera.” Pasó con miedo. Milagritos era el animal, el pájaro, el ángel que mostraba mundos más allá del paraíso cristiano y perfecciones más lejanas y más altas que la de Dios. ¡Y todo tan simplemente! ¡Tan torpemente!
Oyó la puerta de la casa y se alarmó. “Ha debido salir otra vez —se dijo—. Quizá vaya al Buenaventura. Quizá al mismo Tetuán”. Abrió la puerta y la llamó, sin estar seguro de ser oído. Pero Milagritos le contestó desde su cuarto, y Mister Witt, con acento indiferente, se disculpó:
—Nada. Creí que habías vuelto a salir.
Cerró de nuevo la puerta y se dijo que aquella mujer iba por la calle, veía los muertos en las aceras, oía los lamentos de los hambrientos y los heridos y volvía, sin embargo, a casa con la misma lozanía moral. El aliento de la miseria no la marchitaba. Había en sus venas algún fluido que la preservaba de la desesperación lo mismo que de la loca alegría. Y, sin embargo —concluia siempre—, es barro, materia bruta, apenas organizada en instintos.
No pensaba ya en ella con rencor. Caía la tarde y hacia la noche todo iba haciéndose más suave, más fácil. Se extrañaba Mister Witt de la ausencia del rencor. De aquel sentimiento hosco y agresivo que le invadió todo el día.
Miró el puerto, que se sabía de memoria. Distinguió enseguida, aun antes de verla, la fragata de Colau. Buscó los gemelos y estuvo tratando de descubrir al héroe a bordo, pero no estaba. Quizá se hallara en la cámara soñando, esperando de nuevo a Milagritos. Los sueños, los recuerdos, los anhelos debía sentirlos Colau como cosa concreta, debía sentirlos físicamente. Quizá le rezumaban en el tórax, en las fuertes piernas, los deseos de Milagritos. Antes de abandonar la inspección de la cubierta Mister Witt pensó:
—Colau duerme a bordo.
Se repitió esa convicción varias veces. Tenía en aquel momento una gran importancia para Mister Witt.
Cuando bajó el foco de los gemelos hasta el muelle, los retiró sorprendido. Allí estaba la procesión de los dolientes. ¿Los habían echado del hospital y se acogían al azar del puerto, a ver si algún barco se compadecía de ellos, los recogía a bordo, se llevaba todo aquel cargamento de úlceras y sangre viciada, de nervios sueltos y cerebros delirantes a otra parte, a un mar de miseria, a una playa de horror? Una granada se desgajó en haces rojos sobre la muralla. Los cristales del balcón de Mister Witt temblaron. Mister Witt cerró las maderas, corrió las cortinas, encendió la luz y se asomó al pasillo. Preguntó cuándo podría cenar. Le contestó la muchacha, y no le extrañó que Milagritos, que tuvo que oírle, se callara. Mister Witt, a medida que avanzaba la noche se iba sintiendo optimista. Tenía hambre, además; hacía días que no había percibido tan clara, tan saludable, tan segura, la voz de su cuerpo. En cuanto a Carvajal, a la venda manchada de sangre, al mismo Colau, ¿quién pensaba en aquello?
Llamó a Milagritos con el aire de un héroe que, sin embargo, se da cuenta de la temeridad que comete. Milagros pasó al despacho, se sentó en el canapé y esperó con una serenidad total. Mister Witt la miraba sin hablar. Como no le decía nada, Milagritos preguntó:
—¿Querías algo?
Mister Witt esbozó una sonrisa.
—Sí. Verte.
Milagritos no le acompañó en aquella sonrisa. Lo miró un poco más hondamente, pero sin veneno y sin amargura. Después de haber presenciado los horrores de la calle, estaba más hermosa. Pero seguía lejos de él, tan lejos como Mister Witt la suponía.