XIX.
Los cañones del asedio habían modificado sus posiciones y la situación de la ciudad se había agravado. Salcedo logró escalar la altura del Calvario, desde donde se enfilaba casi toda la parte de la ciudad que antes estaba a cubierto. Por si eso no bastaba, un buen día se vio que las baterías de la Atalaya disparaban contra la ciudad. La traición se había consumado, a pesar de que la Junta creía tener a los responsables en la cárcel. Las faldas del Monte Sacro, de Despeñaperros, no resguardaban ya a la población contra el bombardeo. La gente volvió a sus casas, a sus chozas, con espanto. En la muralla se sentían ya flanqueados por el enemigo y entre las tropas cundía la desmoralización. Pero los voluntarios se mantenían firmes. Algunos de sus jefes habían muerto; otros se sentían en cierto modo desligados de la Junta y combatían sin otra disciplina que la de su instinto de protesta. Éstos eran las mejores defensas que tenía el Cantón en tierra. Los castillos habían perdido una gran parte de su eficacia, porque el de Galeras estaba casi dominado por los fuegos de la Atalaya, y el de San Julián tenía en retaguardia y casi a su misma altura las cotas del Calvario, en poder de Salcedo.
Los asaltos a las casas de la calle Mayor, que constituían la obsesión del Calnegre, se iniciaron una noche. Las turbas iban capitaneadas por Hozé. A los primeros disparos hechos desde los balcones contestaron varios voluntarios con fuego cerrado. Saltaban los cristales hechos añicos. Al tener noticia la Junta quiso ir Antonete en persona a contenerlos; pero se lo prohibieron, y en su lugar fue Cobacho, con fuerzas mixtas de voluntarios e Infantería de Iberia. No tuvieron que disparar. A los toques de atención de la corneta las turbas cedieron. Hozé fue detenido, y aunque Contreras quería fusilarlo, la intervención de Antonete y de Cárceles le salvó la vida. El lugarteniente de Antonete, un muchacho joven, de grandes condiciones políticas, que se llamaba Puig —y que era, por su cultura y su tacto en el trato de gentes, el brazo derecho del caudillo—, fue elemento de primera fuerza en aquellas gestiones. Antonete no quería derramar una gota de sangre dentro del Cantón. “El Cantón era amor, fraternidad.” Le pareció muy bien la blandura de las sanciones contra Roque Barcia y le sublevó la idea de fusilar a un trabajador de la Maestranza que había arriesgado cien veces la vida por el Cantón. Todas las gestiones las llevó personalmente Puig y salieron a la medida de los sentimientos de Antonete. Hozé salvó la vida, aunque por su conducta “antisocial” hubiera que recluirle en la cárcel. Aquel episodio de la calle Mayor sembró el espanto en todos los hogares acomodados. El padre de don Eladio Binefar se llenó de una indignación terrible. Tan terrible, que resultaba ya cómica. Y tan cómica, que a fuerza de comicidad desprendía una extraña y confusa poesía. El pequeño viejo, con sus mejillas sonrosadas y su bata de panilla azul, era un monstruo pintoresco e infantil de cólera que sólo adquiría gravedad ante los demás cuando éstos pensaban en el arca de las onzas de oro y del papel del Estado. Tan indignado estaba, que rechazó de plano la proposición que tímidamente acababa de hacerle su hijo. Don Eladio vivía en una casa vieja, con el piso de las habitaciones muy desnivelado. Por los pasillos se alzaban las baldosas en combas y promontorios. Por añadidura, las baterías del Calvario la enfilaban de tal modo, que sólo el deseo expreso de un buen artillero —un artificiero verdaderamente experto— podía evitar que cualquiera de las granadas diera con ella en tierra. Don Eladio corrió a casa de su padre y le pidió que le dejara alojarse entre aquellos muros, que estaban a cubierto de la batería del Calvario por los bastiones de la Concepción y a resguardo de la Atalaya por las casas que se levantaban entre la calle Mayor y la Maestranza. El viejo le escuchaba con escama. No creía nunca en sus palabras ni en las de nadie. A través de ellas solía buscar lejanas intenciones:
—Tú lo que quieres es estar cerca de los cuartos, je, je, je —reía—. Para eso servís los hijos.
Don Eladio suplicaba. Dos granadas habían caído en la esquina de su calle aquella misma mañana. El viejo seguía sin oírle:
—¿Qué quieres? ¿Que aguante yo aquí a los tiraos de Cobacho? ¿A esos piojosos que vendrán a buscarte cada dos por tres con la carabina en la mano? —y añadía, paseando con desesperación—: ¡Dios mío, qué prueba me has enviado con este hijo!
Don Eladio veía al viejo encastillado entre aquellos muros y firme en su increíble salud. Se veía a sí mismo débil, viejo, hambriento, encerrado en una casa vieja también y endeble, bajo las baterías del asedio. Tenía razón la Olesana. El viejo estaba todavía en la carretera real. Fueron inútiles sus súplicas. Tuvo que volver a su casa y seguir afrontando por la calle, en el hospitalillo de la muralla y en su misma alcoba, el riesgo que le había confirmado la Olesana. Al día siguiente presenció una escena escalofriante, de las que más temía, de las que huía despierto, al oír alaridos en la calle o en la casa próxima; de las que huía dormido, en sueños. Cuatro voluntarios marchaban delante, conduciendo a un obrero maniatado. Al parecer iban a la cárcel. Una granada cayó junto al grupo. La explosión volvió a hacerle sentir a don Eladio por segunda vez aquella “bofetada de aire” que era como el aliento mismo de la muerte. Quedó clavado en el pavimento, inmóvil, incapaz de huir ni de gritar. Dos de los voluntarios cayeron a tierra. Otro se apoyó en su fusil como en un bastón y anduvo con dificultad hasta la pared, por la que resbaló lentamente hasta quedar sentado en tierra. Le salía sangre de una pierna y del vientre. Al parecer, estaban ilesos el preso y otro voluntario. Los dos acudieron en socorro de las víctimas y el preso se acercó a don Eladio y le mostró las manos atadas.
—Corte las ligarzas.
Don Eladio, turbado, miraba al cielo buscando el camino por donde podría llegar la nueva granada. El preso le insistía:
—Corte usted.
—Yo no me meto en nada —suspiró don Eladio—. Soy Binefar, el médico.
El preso le dio con el codo en el costado:
—Vamos, corte usted. Y si es médico, atienda a estos compañeros
Don Eladio, turbado por la firmeza serena de aquellas palabras, sacó un cortaplumas y libró las muñecas del preso. Este volvió al lado de las víctimas, se arrodilló y comenzó a soltarles correas y a revisarles las heridas. Don Eladio se acercó también. No hizo más que inclinarse y comprobar que dos de ellos habían muerto. Se acercó a reconocer al otro. Cuando terminó la cura de urgencia, el preso pidió al guardián que había resultado ileso el volante con la orden de encarcelamiento. El otro dudaba:
—¿Para qué?
El preso dijo con una indignación seca y tajante, arrancándole el papel de la mano:
—Me entrego yo mismo a la prisión. Tú cuida de éste —por el herido—, y vas después a desirle a la Junta que Paco el de la Tadea se marcha por su pie a la carse pa evitarse el matar a Contreras.
Se alejó con una sencillez llena de dignidad. Don Eladio protestaba boquiabierto:
—¡Yo no he oído nada, eh! Yo no soy más que un facultativo en cumplimiento de su misión.
El guardián se quedó al lado del herido, viendo marchar a Paco y moviendo la cabeza con una compasión en la que había cierta solidaridad.
Don Eladio indicó, por el herido:
—Llevarlo al Hospital Militar. Que le ayude a usted cualquiera —volvía el rostro a su alrededor, buscando, en vano, a alguien—, porque a mí me esperan en la Caridad.
Era mentira; pero así pudo zafarse y correr a su casa, en cuya bodega se encerró esperando que amainara el cañoneo. Aquel mismo día don Eladio hizo el propósito de huir.
No tenía nada de fácil. Toda la noche estuvo planeando la fuga. Por el puerto era imposible, porque en los embarcaderos había demasiada vigilancia. Por tierra, absolutamente descabellado; es decir, por la carretera de Madrid o por el frente donde las tropas de Martínez Campos tenían sus trincheras. Por fin recordó que el Arsenal estaba cerrado en el frente Sur por la misma muralla de la ciudad. Por ella se podía salir a la falda del monte de Galeras. Y una vez allí, aprovechando las sombras densas que separaban a Galeras de la Atalaya en una barrancada de más de medio kilómetro, no era nada difícil avanzar hacia la Algameca, donde podría embarcar sin dificultad siempre que hubiera un pesquero o una simple lancha. Esto tenía que disponerlo antes con dinero en la mano.
Pasó el día siguiente huyendo de las granadas. Como llevaba varias noches sin dormir, el pánico le daba un aire más ingrávido y fantasmal que nunca. Después de varios intentos para ponerse al habla con un pescador que solía ir diariamente a Punta de Aguas o a Escombreras —un alicantino poco entusiasta del Cantón—, se le presentó él mismo en su casa. Don Eladio le planteó la cuestión como si no fuera él quien quería huir. Así dejaba en el aire la duda de que pudiera ser su padre, lo que facilitaría mucho —pensaba el médico— las cosas. El pescador le dijo que de llevar a alguien lo llevaría gratis; pero no podía hacer nada porque las lanchas pesqueras no eran de él solo. Le insistió el médico, y el pescador prometió hablarle a otro que estaba en las condiciones apetecidas y contestarle aquel mismo día. La respuesta fue afirmativa, pero pedía mucho dinero. Don Eladio le ofreció un pagaré en regla para cuando heredara, pero el pescador le aseguró que su amigo no aceptaría sino dinero contante y sonante. Don Eladio rebañó su flaco bolsillo, su menguado crédito, y pudo alcanzar hasta 1.800 reales, que entregó al pescador. Al día siguiente el alicantino se hizo el encontradizo con don Eladio en “La Turquesa” y le dijo que todo estaría dispuesto en la Algameca aquella noche, a partir de las once.
El médico anduvo todo el día más febril, con la impaciencia del que se sabe emplazado para la salvación, para la seguridad. En la Junta se habían dado cuenta de sus evasivas, de sus disculpas, de su miedo, y los voluntarios habían llegado a sacarlo de su casa dos noches antes con palabras que se parecían mucho a la amenaza. Las horas que faltaban para las diez de la noche le parecían interminables y más llenas de peligros que nunca. La vieja Olesana, mascando tabaco, aparecía siempre detrás de cada riesgo, advirtiendo:
—No ha entrado usted en la encrucijada, pero tampoco está en el camino real.
Don Eladio se fue a las nueve y media hacia la Maestranza. Había allí dos naves habilitadas para hospital, y el médico entraba y salía como en su casa. La cuestión era desviarse desde la misma puerta, pasar por detrás de los pabellones hacia la muralla que quedaba junto al Arsenal y salir por allí al campo. Seguramente no había centinelas, porque aquel sector lo vigilaban desde la guardia de la puerta del Parque, a más de trescientos metros. Cuando se vio en la Maestranza consideró ya cumplida una parte importante de su aventura. Había salido en cierto modo de la ciudad, del riesgo no sólo de las granadas, sino de las chimeneas que se derrumbaban y de las curaciones al raso, bajo el bombardeo. Pero no pudo salir hasta cerca de la media noche. Estuvo dos horas agachado en la sombra de un contrafuerte de la muralla, sobresaltado por los rumores de la ronda nocturna, que se alejaban o acercaban, sin darle lugar a orientarse. Por fin, cuando se creyó completamente solo, subió gateando hasta las almenas. Aquello era fácil. Lo difícil iba a ser bajar por el lado contrario, aunque llevaba una cuerda y la muralla no bajaba perpendicularmente, sino con un alabeo bastante acusado.
Aseguró la cuerda y fue descolgándose. Raspaban los botones de su chaqueta sobre la piedra, se le alzaban los tubos de sus pantalones, se desgarraba ya el calzoncillo y la rodilla desnuda sobre las aristas y llegó un momento en que se acabó la cuerda y sus pies no habían llegado al suelo. Pero cerró los ojos y soltó las manos. Resbaló sobre el muro violentamente y cayó de pie. En aquel momento disparaban de la Atalaya. Don Eladio se agachó. Oyó el zumbido en lo alto y estuvo aguardando en vano la explosión. Al levantarse sintió un dolor agudo en el tobillo. “Una luxación”, pensó. Pero como el trayecto hasta la Algameca era corto, no le dio importancia. Además, se encontraba ya fuera de Cartagena, y la noche era tan densa que a cinco pasos no se veía la muralla.
Echó a andar. Le dolía el pie. Recordando el arca de su padre, las escrituras que le aguardaban en casa del notario y los peligros que le señaló la Olesana, se sentía feliz monte arriba. Conocía bien el terreno y subía hacia la Algameca, seguro de llegar en menos de media hora. Pero sin duda se desvió dos veces, porque de pronto oyó a su derecha tiros de fusil. Se arrojó a tierra, pensando:
—Es la avanzadilla de la Atalaya.
Tenía que desviarse hacia la izquierda. Lo hizo, y un cuarto de hora después oyó tiros a la izquierda. Otra vez en tierra, conteniendo la respiración, pensó:
—Son las avanzadas de las Galeras.
Le habían disparado por la derecha los soldados de Martínez Campos. Por la izquierda, los del Cantón. Pero, dentro de su sobresalto, don Eladio, con el pie luxado y todo, se sentía seguro y dichoso.
Tardó en llegar más de una hora. Como la noche era tan obscura, advirtió la proximidad del agua —encajada entre dos colinas— por el rumor de las espumas agitándose sobre la playa pedregosa. Descendió. Escuchó, conteniendo la respiración. Se oía rumor de remos a compás. Más abajo, fuera ya de la bahía, se veían ventanas iluminadas. Anduvo en la dirección de los remos —debía de ser la lancha—. Llegó a verla, cerca de la orilla. Una voz sonó de pronto:
—¡Alto! ¿Quién vive?
Instintivamente, don Eladio quiso correr hacia la embarcación. Sonó un disparo. El médico volvió a arrojarse a tierra.
—Gente de paz. Soy yo, Eladio Binefar.
Desembarcaron dos. Don Eladio creía todavía que se trataba de la lancha que había contratado. Pero era un bote de la fragata Tetuán, que estaba fondeada a la entrada de la bahía. Cuando vio las carabinas de reglamento y las chaquetas marineras consideró desbaratado todo su plan. Los marinos comprobaron que no llevaba armas, lo embarcaron y le preguntaron, muy sorprendidos, qué le llevaba por aquellos lugares. Don Eladio estaba irritadísimo:
—¿No he dicho que soy médico?
Como no quiso decir más, lo llevaron a bordo. Antes de entrar preguntaron por Colau. El capitán estaba en tierra, en la casita cuyas ventanas se veían iluminadas desde lejos. Don Eladio había mirado a su alrededor, por la bahía, y no había visto lancha alguna. Suspiraba por las mismas miserias que le aquejaban dentro de las murallas y además por su tobillo luxado y sus 1.800 reales. Colau no lo quiso ver. Dio orden de que le prepararan una cama y lo vigilaran discretamente. Al día siguiente, por la mañana, lo llevarían en un bote al puerto.
Don Eladio se acostó. Como el cañoneo sonaba más lejos y sabía que las baterías no se enfilaban sobre la bahía, durmió bastante bien. Al día siguiente, ya entrada la mañana, lo hizo pasar Colau a su cuarto. Sin darle tiempo para saludar, el capitán le dijo:
—Voy a proponerle a usted para una recompensa.
Le dijo, con un acento en el que se advertía una ironía muy soterrada, muy escondida, que, según le habían dicho “los muchachos”, había salido de Cartagena para prestar sus servicios de médico. Debió arrostrar grandes peligros. Era un héroe.
—Y esos heridos o enfermos, ¿dónde están?
Don Eladio no sabía lo que decía:
—Quizá algún malasombra que ha dado un aviso falso. Me habían dicho que había heridos graves aquí.
Colau afirmaba, muy convencido al parecer:
—Ya, ya. El instrumental lo debe llevar usted en el bolsillo, ¿eh, patrón?
El médico hizo un gesto ambiguo. Colau terminó:
—Abajo están los muchachos con el bote dispuesto para ir al muelle. Vaya usted, que le llevarán. Y ya sabe —le ofreció la mano— que voy a proponerle para una recompensa.
No tuvo más remedio don Eladio que darle las gracias. Bajó, y cuando salía tropezó con una mujer que entraba. Creyó conocerla, e hizo ademán de saludarla; pero advirtió en ella alguna sorpresa. Vio que ocultaba más el rostro y siguió adelante, aturdido. “Es un secreto de Colau”, se decía. Tenía miedo de que saliera todavía el capitán, y para evitar el escándalo —salvaguardar la honra de aquella mujer— mandara quizá que a don Eladio lo tiraran a la bahía con una piedra al cuello. Precipitó el paso y entró en el bote. Vio a Colau en la ventana. Al lado de la casa había otras, de madera, deshabitadas al parecer. Colau esperó que don Eladio volviera a mirarlo, y como no lo hacía, le llamó la atención:
—¡Eh, amigo!
Lo saludaba con la mano, pero el saludo era un pretexto para que don Eladio volviera a mirarlo y viera en su rostro la amenaza. En el gesto del médico vio también Colau que el pobre guardaría aquella confidencia hasta más allá de la muerte. Media hora después bordeaba Punta de Aguas y entraba en el puerto. El mar estaba tranquilo. Tronaban los fuertes y restallaba de vez en cuando una granada en las crestas o sobre los tejados.
Ya en tierra, volvió a pensar qué camino sería el más seguro para ir a su casa. Como estaba más cerca de la de su padre, se encaminó hacia allí. A la entrada de la plaza del Ayuntamiento vio al pescador alicantino. Se dirigió hacia él; pero el pescador se hizo el sueco, y cuando don Eladio iba a ponerle una mano en el hombro, se escabulló y le dejó estas palabras entre las manos:
—Cuidado. Nos vigilan. Mi compañero está preso.
Era mentira; pero don Eladio se deslizó como una sombra calle Mayor abajo, cojeando ligeramente, con una sensación mayor de angustia. Daba por bien perdidos los 1.800 reales si aquello no llegaba a tomar estado oficial con la Junta.
Llegó a casa de su padre. Las criadas le dijeron que no lo quería recibir y que estaba indignado con él.
—¿Por qué? —Toda la noche han estado llamando aquí los voluntarios y preguntando por usted. Querían tirar la puerta abajo.
Don Eladio marchó hacia su casa. Las calles estaban totalmente desiertas. Otras sombras fugitivas pasaban a veces pegadas a la pared, como él. A través de los muros, de las cancelas cerradas o entornadas, se oía llanto de mujeres.