XVIII.
A fines de octubre Cartagena era la ciudad asediada, herida, hambrienta, bajando los últimos tramos de la desesperación. La casa de Milagritos se conservaba a un tiempo influida por los acontecimientos y respetada por el hambre, por el terror y por las granadas también. Mister Witt había sacado fuerzas de su desaliento para trazar algunos planos y convencerse de que si algún lugar había en la ciudad a salvo de los fuegos de las baterías de tierra era su casa. En cambio los ataques por mar hubieran destruido la casa, incluso contando con que no dirigieran sobre ella la puntería. El azar mismo era, en aquel caso, una segura amenaza. Pero no había por el momento —pensó Mister Witt— en España barcos que pudieran acercarse a la plaza. Los fuegos de los castillos los obligaban a mantener una distancia desde la cual los buques del Gobierno eran totalmente inofensivos.
Mister Witt, terminado el plano en el que se demostraba que la curva de proyección de las baterías de tierra pasaba veintidós metros por encima de la casa, se levantó y se asomó a los cristales cerrados del balcón. La ciudad tenía un color amarillento. Las aguas quietas del puerto se rizaban a veces bajo el viento, que debía ser —pensó Mister Witt— bastante frío. Los barcos cantonales seguían con las calderas encendidas. Mister Witt, acostumbrado ya a lo anómalo y extraordinario, volvía a sentirse seguro en su intimidad. También había lucha dentro de su casa. Y había conquistado nuevas posiciones contra el recuerdo de Carvajal, cuya urna había desaparecido, cuya venda... ¿Dónde estaría la venda de Carvajal? Todavía el muerto conservaba un reducto en el hogar de Mister Witt. Y las cartas. También las cartas.
Salió al pasillo. En la casa no había nadie. Había salido Milagritos con la muchacha. Llevaban material sanitario y de paso unos vales para sacar víveres de Intendencia. La otra criada había salido antes. ¿Adónde? Mister Witt se acercó al bargueño. Buscó las cartas de Carvajal, sin encontrarlas. Milagritos las había sacado de allí al darse cuenta de que manos y ojos extraños habían investigado en ellas. Y, sin embargo, Milagritos nada le había preguntado. Era un secreto. Había entre ellos pasos y gestos evasivos. Mister Witt recorrió la casa con un ansia febril de encontrar las cartas, la venda. Por fin aparecieron en el pequeño joyero, cuya cerradura de plata rompió, haciendo palanca en las junturas con un destornillador. Aparecieron las cartas de Carvajal y la venda y con ellas otro papel que no vio Mister Witt hasta que comenzó a arder en el fogón de la cocina. Había ido apresuradamente —con el temor de que las mujeres regresaran—, y arrojó todos aquellos objetos a las brasas. La venda producía un humo asfixiante y se quemaba lentamente. En cambio, las cartas se prendieron alegremente y sólo cuando ardían, bajo las llamas advirtió Mister Witt que entre aquellos papeles había uno escrito con una letra que no era la de Carvajal. Metió sus manos en el fuego y trató de rescatarlo. Cuando lo consiguió sólo quedaba un pequeño trozo sin quemar. Las llamas se habían detenido en el último renglón. Se veía el final de una palabra que debía comenzar en la línea anterior. El resto de esa palabra era “...gameca”. Debajo aparecía la firma con toda claridad: “Colau.” Mister Witt —que era otra vez el mister Güí de lo desairado—, con aquella gratuidad que los indicios le toleraban generosamente, pensó que era una cita de Colau para su mujer en la bahía de la Algameca. Pero no había manera de comprobar nada, por el momento. En la carta no había podido ver la fecha. Le parecía muy natural que Colau fuera quien la citara a ella, que “le ordenara” más bien acudir a un lugar en un momento determinado. Milagritos era una mujer muy femenina y en cuestiones amorosas completamente pasiva. “Espera que le ordenen y le gusta que le ordenen” —se decía—. Aquello de Colau no le sorprendía. Colau encarnaba el mismo espíritu de Carvajal. En él vivía por lo menos el recuerdo de Carvajal, y así debía de verlo ella, Milagritos. Cuando comprobó que no quedaba una brizna de tela sin quemar, volvió a su despacho y se quedó otra vez contemplando el puerto. Aumentaba el bombardeo. Las granadas estallaban más o menos cerca, con estruendo seco o blando, según estallaran en el aire o en tierra. Mister Witt advirtió en el muelle un movimiento de alarma —voces, carreras, llantos—, que agitaba a una multitud, en la que no había reparado hasta entonces. Antes había visto junto a los embarcaderos una sombra confusa, inmóvil, silenciosa, que se extendía a lo largo de las escalinatas. Había pensado que serían fardos de ropa o de víveres. Pero se trataba de seres humanos. Con los gemelos fue identificando toda la miseria de aquellos 200 ó 300 viejos y niños, que esperaban el embarque para ser llevados fuera del alcance de las granadas, fuera del término de Cartagena. La mayoría parecían enfermos, pero no de verdaderos morbos, sino de vejez, de hambre. Algunos se cubrían cabeza y hombros con una manta sucia. Las mujeres hacían grandes extremos de dolor a cada estallido y protegían la cabeza de sus nietos con las manos o en el regazo. Aparecieron dos voluntarios con el fusil en la mano. Les ordenaron que se retiraran para quedar al abrigo de la muralla hasta que llegara el barco. Aquella masa doliente y miserable obedecía con la satisfacción de ver que había alguien que mandaba, que existían resortes poderosos de voluntad, bajo los cuales podían cobijarse. Mister Witt los veía asustados, corriendo de un lado a otro, con el mismo miedo contagioso de los rebaños. Mister Witt —que volvía a ser, aunque ahora no se diera cuenta, “mister Güí— pensaba que aquellas vidas en ruina, aquellas existencias casi acabadas no habían conocido nunca ninguna de las “verdades afirmativas”, que tanto gustaban a Emerson. “Se ve en sus rostros, en sus gestos.” Mister Güí creía que la dignidad humana no estaba al alcance de todo el mundo, que era el producto de una cultura y una educación lentas, sistematizadas, completas. Que sólo un país avanzado, con su tradición popular estratificada en las bibliotecas y las academias, con sus grandes mitos de autoridad, podía poseer en sus ciudadanos de primera, de segunda e incluso de última categoría, hombres con un sentido acusado de la propia dignidad. Mister Güí se sentía lejos de aquellos seres. La imaginación de Mister Güí no era muy ágil. De otro modo podría haber advertido que con sólo bañarlos, afeitarlos, vestirlos con decoro y darles de comer, todos aquellos viejos hubieran adquirido una expresión bien diferente. Quizá Mister Witt hubiera encontrado en unos los rasgos distinguidos de su abuelo, en otros un aire aristocrático, en los más cierta gracia popular de maneras y una agudeza especial de palabras. Sus ojos hubieran ofrecido la seguridad interior que ahora les faltaba. Pero mister Güí los veía encenagados en la miseria y no pensaba sino que eran seres de otra casta, de Otra especie. Esa misma falta de agilidad en la imaginación le impedía comprender otra circunstancia más sutil: que una gran parte del desprecio que proyectaba sobre ellos era el desprecio venenoso que le llenaba el alma y que tenía que arrojar fuera de sí, de cualquier modo.
El bombardeo continuaba. Las ambulancias de Bonmatí pasaron precipitadamente. Las campanas tocaron otra vez a rebato. Cuando Mister Witt oía las campanas en un momento dramático de su propia intimidad recordaba aquel toque de agonía del campanario de Ibi, la mañana en que fusilaron a Carvajal. Le rebosaba el desdén a Mister Witt, sobre todo al recordar al muerto y relacionarlo con Milagritos y Colau. ¿El desdén? ¿Contra quiénes? No encontraba objeto concreto. Por eso cuando algo como la muchedumbre hambrienta del muelle le ponía ante los ojos lo vil, lo sucio, lo deforme, el espíritu de Mister Witt sentía cierto desahogo. Porque Mister Witt, después de quemar las cartas, después de destruir la venda, se estaba desdeñando a sí mismo. Había llegado al último peldaño, allí donde se acaban las escaleras y comienza la rampa resbaladiza del caos. Mister Witt comenzaba a ser mister Güí para siempre, sin remedio. Sentía que en el desdén de sí mismo acabaría por fundirse con todo aquello tan primario y tan despreciado, que llegaría a quedar entre “todo aquello” como eso: como mister Güí, o sea más abajo, más hondo que lo primario y lo elemental.
Pensó en Milagritos. Las granadas seguían estallando sobre la ciudad. Pensó en el peligro que su mujer corría, y la idea de que ese peligro podía ser grave no le sacó de su indiferencia.
Cuando llegó Milagritos explicando precipitadamente la angustia de las calles, el dolor de los hospitales, la reacción creciente del pueblo contra los jefes militares, Mister Witt, que no la oía, le interrumpió con una pregunta:
—¿Cuándo va Colau a la Algameca?
Milagritos calló. Vaciló un momento. Iba a contestar con la misma precipitación, con el mismo fuego, pero calló. Miró a su marido a los ojos, tratando de averiguar. Pero en sus ojos no había nada, como en los ojos de los muertos. En vista de esto, Milagritos se fue a su cuarto, a comprobar sus sospechas. Mister Witt se metió en su despacho, todo esplendente de marcos bruñidos, cristales y metales. Milagritos abrió el joyero, y al verlo vacío salió al pasillo, dudó y se fue mecánicamente a la cocina, tratando de reunir sus ideas. Con aquella pregunta de su marido se había acabado la revolución, el fragor del bombardeo, la angustia de los heridos y el hambre de la calle. Milagritos vio la ceniza de la venda, sintió el olor a tejidos quemados, las cartas abarquilladas, hechas carbón.
Mister Witt, en su despacho, tenía la impresión de lo irremediable: “Estoy en la pendiente y ya no me detendré”, se decía. El desdén de sí mismo le llevaba a aquellas agresiones, a aquella defensa disparatada. Contemplaba, sin verlo, el gráfico, cuando alguien llamó a la puerta. Era la muchacha:
—La señora, que haga el favor de ir.
Mister Witt contestó, por primera vez en su larga vida de matrimonio, con una incorrección:
—Dígale que no quiero.
Inmediatamente después de irse la muchacha entró Milagritos, muy decidida. Se sentó en el canapé, y de pronto le espetó:
—Tú no eres sincero conmigo. Tú, Jorge, no has sido nunca leal conmigo.
Mister Witt pensó: “Toma la ofensiva. Es natural. Luego me dirá que la engaño.” Pero no contestó. Miró distraídamente el gráfico y después afrontó la mirada de ella. Milagritos insistió:
—Tú no me has dicho nunca la verdad en lo de Froilán. ¿Por qué?
Mister Witt no quiso seguir callando, porque con su silencio ella tendría derecho a entender lo que quisiera.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó con cierto aire de reto.
Milagritos le explicó, sin que en su acento pudiera mostrarse la menor violencia —no era un acento humilde ni soberbio— que tenía la evidencia de que le ocultaba algo en relación con Carvajal. Mister Witt pensó que esas mismas palabras eran las que se habían formado en su propia conciencia y habían llegado muchas veces hasta los labios para quedarse en ellos, sin embargo. Para no ser pronunciadas nunca contra Milagros. Ahora era el momento de decirlas, pero le gustaba el papel de acusado. Aquello modificaba la situación, dándole un giro inesperado. Sin embargo, dejó caer de nuevo las palabras primeras:
—¿Cuándo va Colau a la Algameca?
Milagritos frunció el entrecejo. No quiso hacerse la enterada e insistió:
—¿Por qué murió Carvajal? ¿Por qué no llegó a tiempo el indulto?
Mister Witt sintió que perdía el dominio de sí mismo. Aquello estaba resuelto. Milagritos no negaba, sino que se limitaba a dar a su deslealtad el carácter de una venganza. ¿Era así? Pero antes de hablar, Mister Witt sintió que el relámpago de la ira había pasado. Pudo hablar serenamente, pero no quiso:
—¡Yo te lo diré! ¡Nadie puede decirtelo mejor que yo! Pero contéstame antes. ¿Qué significa esa carta de Colau?
Milagritos respondió esta vez congruentemente:
—Entonces, si la has leído, ¿por qué me preguntas?
Su acento seguía siendo confiado y tranquilo. Mister Witt pensó que la carta no debía decir nada comprometedor cuando Milagritos no se sobresaltaba.
—Estás engañándome hace años, Jorge. Yo no tengo nada que ocultarte, y, sin embargo, tú.
Y volvió a preguntar:
—¿Qué ocurrió en Ibi?
Se veía que Milagritos no había pensado en aquello hasta que observó la conducta de Mister Witt con las cartas, con la urna, con la venda.
—En Ibi sucedió lo que tenía que suceder.
—¿Por qué no llegó el indulto?
Milagritos preguntaba eso como pudo haber preguntado otra cosa cualquiera. Se veía que la pregunta era demasiado dramática para subrayarla, y Milagritos lo hacia simplemente. Quizá Mister Witt deseaba dar salida a su resentimiento o quizá el desdén de sí mismo le abrumaba y quería que alguien le ayudara a sentirlo. El caso es que en cuatro palabras lo dijo todo:
—Tienes razón. Fui yo. No quise pedir que se aplazara la ejecución y además impedí que el indulto llegara a tiempo.
Mister Witt se había puesto de pie. Añadió:
—Ya lo sabes. Fui yo. ¿Es eso lo que querías? ¿Necesitabas saberlo así, por mí mismo? Pues ya lo sabes. Yo. Yo mismo fui.
Hablaba demasiado. Repetía una y otra vez su confesión. Milagritos ya no oía nada. Palabras y más palabras sin valor. Milagritos rompió a llorar silenciosamente, se levantó y se fue, cerrando la puerta sin violencia.
Sobre las calles desiertas seguían estallando las granadas. Mister Witt, después de aquella confesión, sintióse más tranquilo. Suponía a Milagros en su cuarto, llorando. Estuvo varias veces con el pie en el umbral del despacho, dispuesto a ir en busca de ella, porque necesitaba verla llorar, recoger las frases, las palabras entrecortadas y responder. Necesitaba el diálogo. Quería, sobre todo, intercalar en el diálogo un nombre: Colau. Pero se quedó entre el barómetro y el cuadro de su abuelo Aldous, entre el tiesto de ruda y las cornucopias. El mundo estallaba fuera de aquella habitación, con cada uno de cuyos objetos estaba tan familiarizado; pero. allí dentro había sucedido a la violencia del incidente una calma blanca, reseca y densa con impresiones morales bastante parecidas a la impresión física del algodón. Su estado moral se parecía al estado de destemple nervioso que la vista y el tacto del algodón le producían. No llegaba a ser la irritación del filo del cuchillo arrastrado sobre el cristal, pero era una sensación semejante, aunque más tenue. Mister Witt contenía el aliento, tratando de oir los sollozos de Milagritos, pero no oía nada. Tenía la serenidad del criminal que ha hecho una confesión cínica.
Volvió a asomarse a los cristales del balcón. Embarcaba la fila parda de miseria y vejez en una enorme lancha. Mister Witt no se atrevió ahora a insistir en las reflexiones sobre la indignidad humana. Volvió a la mesa y se sentó en una esquina, contemplando el cuadro de su abuelo. “Quizá a él —se dijo— no le hubiera parecido mal mi conducta en Ibi.” Aunque quizá los aventureros de altura como su abuelo no tuvieron jamás móviles de carácter sentimental en ninguno de los actos de su vida. Quizá su abuelo hubiera desaprobado aquello. “De todas formas —se dijo Mister Witt cerrando sus reflexiones—, lo hice espontáneamente, respondiendo a un impulso libre de mi naturaleza.”
Mister Witt se distrajo escuchando las explosiones de las granadas. Pero el tema le reclamaba desde lo más vivo de su conciencia. “Si creo estar libre de culpa porque mi conducta en Ibi era resultado de mi naturaleza en libertad, de lo más puro y virgen de mi subconsciencia, entonces yo también caigo en lo elemental, en lo primario, y además lo consagro por reflexión, por un hecho complejo de mi inteligencia, como lo mejor”. Lo pongo en la zona de lo más alto. De lo «indiscutible». En Ibi, Mister Witt se condujo, según creía, como cualquiera de aquellos seres a quienes en el fondo desdeñaba, como cualquiera de los que no alcanzaron aún la noción de la dignidad humana.
Siguió desmenuzando esas reflexiones hasta el mediodía, sin encontrarles el fondo contradictorio que buscaba. Al final tuvo que convenir que también Mister Witt, en uno de los momentos culminantes de su vida, cayó en lo primario, en lo bárbaro: en la indignidad. ¿Qué diferencia podía haber entre aquel caso suyo y los otros? Quizá sólo una:
—Mi indignidad era consciente y la de ellos no lo es.
Pero esa ventaja sólo lo era desde un punto de vista: el de la inteligencia. En el plano de la moral esa diferencia acusaba a Mister Witt de algo más.
—Quizá soy un canalla.
Y como para sus adentros esa idea la había aceptado ya horas antes, trató de superarla:
—Prefiero la vileza a esa honrada inconsciencia.
Y miraba a los viejos del muelle.
De quien no había vuelto a acordarse era de Colau. La imaginación de Mister Witt se quedaba en la reflexión, en las zonas morales. De ahí no solía pasar. Por eso quizá no pudo explicarse que hubiera dejado de preocuparle Colau desde que se planteó tan crudamente el recuerdo del fusilamiento. Por eso no comprendió que todo partía de allí, incluso la sugestión de Colau.
A la hora de comer las muchachas le sirvieron la comida a él solo. Cuando Mister Witt preguntó por “la señorita”, le dijeron que había salido, advirtiendo que no volvería hasta la noche. Mister Witt corrió a ver si estaba en el puerto el Buenaventura. Desde el balcón, con los gemelos en la mano, estuvo recorriendo la cubierta, sin hallar el menor indicio de su mujer. La chimenea despedía humo en abundancia. Poco después salieron la fragata Tetuán y el Católico. Detrás de ellos salió el Buenaventura con la bandera de la Cruz Roja arbolada.
Mister Witt vio a los navíos torcer hacia la Algameca, mientras la Numancia disparaba dos cañonazos en comba, por encima de la ciudad, contra las baterías de Salcedo. Mister Witt comió solo, sin enterarse de lo que hacia. No quiso hacer preguntas a las muchachas porque se veía en una situación muy desairada, que podía agravarse con un gesto, con una palabra.