IX. Número ene: Sinibaldo
Estando la víctima en el suelo se tiene la ventaja de que después de herirla el proyectil se clava en la tierra. Si le dispararan estando de pie la bala podría herir a otra persona de lis que andan por los sótanos. O rebotar y romper algo. Ese sistema lo inventaron los rusos en tiempos de Stalin. A cada cual su mérito.
El reo de aquel día dijo antes de que Vares disparara:
—Hijos tengo de cincuenta años. Y más. Eso no es cosa corriente, ¿eh?
Pensó Vares que a pesar de todo le gustaría conocerlos para exterminar a toda la familia. Se iba acostumbrando a aquel ejercicio más que nada por la rareza que proyectaba sobre sus relaciones con Paquita y también con los individuos que exterminaba. Le fatigaba, pero era una fatiga casi gustosa.
Porque algunos eran de veras notables. Siempre hombres, claro. Nunca mató a una mujer. Paquita le llevó un día a un tipo de veras inusual: «Es de los nuestros, pero no habla, ahora. Sólo habló el primer día».
Al decir «de los nuestros» quería seguir Paquita engañando a su víctima como si ella fuera también emboscada y conspiradora. Pero el vaina miraba a Paquita en éxtasis.
—¿No dice nada? —preguntó Vares.
—No. Sólo me dijo ayer —respondió Paquita ceceando— que no creía en las palabras porque todas estaban vacías y que nadie le haría hablar más de nada en pro o en contra de una doctrina o un hombre. Sólo quería vivir o morir, pero en silencio.
—¿Cuál es vuestra relación? —preguntó Vares a su amiga.
—Me besa y al parecer con el beso se satisface.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que se toca a sí mismo y tiene el placer que la gente normal suele tener con la copulación.
—¡Oh, el marrano!
El otro —Sinibaldo— estaba descubriendo que había caído en una imprudencia de las que no se sale ya con vida. Como el elefante que cae en una trampa de veinte metros de profundidad. ¿Por dónde sale? Por los cojones, sale. No hablaría ya porque todo sería inútil. En vista de eso fueron Paquita y Vares quienes hablaron y dijeron las cosas que les sugería el silencio de aquel tipo a quien llamaban Benedicto. Ya se sabe que eso quiere decir Bendito, pero también, en el folklore callejero, idiota.
Un bendito de Dios es un tonto. Por cierto que es una manera curiosa de entender los católicos su religión.
Un tonto es un bendito de Dios.
Podríamos añadir entonces: Dios nos libre de su bendición.
Pero no se trataba de interpretaciones de ese tipo. Paquita tenía el lacito color malva en el ángulo del descote, lo que quería decir que el tipo era uno de los del acabóse y que ella poseía toda clase de pruebas en contra.
Fue más bien Vares quien habló aquel día.
Paquita nunca le había oído decir cosas semejantes y aunque tenía ya una altísima opinión de él, desde aquel día decidió que era un genio. ¿Un genio del mal? No, sencillamente un genio que se defendía y castigaba a su manera.
Dijo señalando una silla para que se sentara la víctima:
—¿Cómo dicen que se llama? ¿Benedicto? —No. Sinibaldo —dijo Paquita sin poder evitar la risa—. Benedicto era su nombre de conspirador. Benedicto XIII. Su nombre-clave. Y seguía riendo. Aquella risa pareció disgustar al reo, pero no dijo nada.
—¡Sinibaldo! —repitió Vares, sorprendido—. Eso debe de estar relacionado con el Sinaí, lo mismo que Benedicto. Haces bien en no hablar, Sinibaldo, porque cada palabra es una máscara que nos disfraza. Detrás de ellas nos escondemos nosotros y hacemos bien. La mayoría, como tú, estáis desintegrados. Tal vez también lo estoy yo, pero mi caso es distinto además tengo la culata del revólver en la mano. Quiero decir que hoy por hoy mando en la desintegración. Podridos todos y sin salvación. Bueno, yo la tengo a mi manera, pero todo es estiércol dentro y fuera, arriba y abajo, alrededor y en todos y cada uno, especialmente en los que se creen o aspiran a creerse puros. Todo está descomponiéndose en este campo y en el otro. Todo está fermentando detrás de cada palabra. Somos bacteria, moho y pus, detrás de cada bella frase. Nuestro alimento es infeccioso incluso cuando hablamos de Dios porque lo invocamos para justificar el crimen. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer? Somos vicio, estragamiento, malignidad, veneno y carnuz. Cada uno vive mientras puede aguantar su propio veneno y el de los demás. Detrás de cada palabra un estercolero. Detrás de cada pudridero osamentas canceladas. Mi abuela iba siempre a misa, pero yo la veo en mis sueños gusarapienta y trepando por las vertientes de mi cama y llamándome iluso e idiota. Y tiene razón. ¿Qué crees tú que estás haciendo en la vida, Sinibaldo? Somos todos parejos, rancios y macarras detrás de nuestras palabras. Todos menos esta Paquita que es una putilla frustrada de la burguesía que sabe reírse de la mar y sus orillas con mucha gracia. Pero tú, Sinibaldo, tú y yo, sólo hablamos generalmente para disfrazar nuestra porquería. Nuestra criminosidad. Nuestra mala sangre. Nuestra podrida ambición de ser no sabemos qué. Palabras máscaras, oraciones disfraces, pero tú no hablas. No creas que eso va a salvarte, viejo bujarrón. A mí me salvan a medias mis palabras porque no me escondo detrás de ellas, aunque tampoco iré mucho más lejos que tú. Hable bien o hable mal. Sinibaldo modorro, tienes cara de alcuza y morro de liendre soltera. Andas por ahí descomponiéndote en los rincones, depravado con lo que los otros se redimen a veces: con el beso de Paquita. Te juro que nunca oí cosa igual. ¿Cuántas veces tuviste tu puerca polución? ¿O no las cuentas? Debieron ser trece, el número fatídico que va a hacer una vez más su efectivo funeral. Si has tenido trece no tendrás catorce a no ser que resulte verdad eso de que en la última vibración nerviosa de la agonía se tiene también el placer del coito. Estaría bueno, eso, y no digo que no sea verdad. Al menos lo es con los ahorcados, que vierten semen, como es sabido. Estaría bueno, eso, repito, pero tú no hablas porque guardas todo tu estercolero detrás de las palabras mudas. Antes de separarnos quiero decirte que yo hablo mucho, como ves, y no tengo miedo a las palabras. En silencio o hablando cumplimos una misión natural. Digo que creo en Dios. Soy diferente de ti porque tengo alguna imaginación o fantasía y un poco de inteligencia. Perdona si te suena a arrogancia, pero así es. Yo no tengo por qué ocultar podredumbre alguna detrás de las palabras y digo por eso todas las que vienen a mi lengua y aunque creo en Dios mi dios no es el tuyo. Yo estoy con mi fantasía reintegrado en la naturaleza antes de morir lo mismo que lo estaré después. Cuando digo naturaleza puedes pensar que quiero decir universo. Y universo lo mismo que decir Dios. Es lo mismo. Me importa un rábano que haya o no haya algo después de la vida. Lo que importa es únicamente haber hecho lo que uno debía hacer. Claro es que hay que aprender y la experiencia nos enseña. Lo que llamamos experiencia es siempre la desgracia. Yo he conocido muchas clases de desgracias y la última —mi fusilamiento— quizá te la ha contado alguien a ti, porque se habla bastante de esas cosas. O es posible que lo hayas sabido tardíamente y que alguien te lo haya dicho cuando estabas ya dentro de esta casa y no podías escapar. De otra forma tal vez habrías matado a Paquita y salido corriendo. ¿O me equivoco? Es estúpido pensar que la naturaleza, es decir el universo, es enemigo del hombre porque nos hayan querido matar alguna vez o porque hay nieve en invierno y calor en verano, y fiebres malignas y traiciones amorosas, porque hay dolor —más dolor que placer—. Es idiota todo eso. Tú vas a morir a mis limpias manos. Como un gusano. No hay otra manera de morir. Todas las muertes son iguales. Pero yo también moriré un día y no me importa porque estoy ya en la muerte y no me siento mal. Estoy ya integrado en ese universo que nos espera después de la muerte. La naturaleza es una madre que nos obliga a obedecer y si no obedecemos nos da más palos que a una estera colgada en el corral. Por cierto que esto me recuerda un cuento del manús que te precedió a ti en el viajecito a los sótanos. Es un buen cuento. Tú sabes, él era al revés que tú porque hablaba y quería congraciarse por medio de las palabras. Hace falta ser estólido y zopenco. El que pasa esa puerta es sacado en angarillas para el pudridero que es el lugar que hemos tratado de merecer toda la vida.
Pues su cuento era el siguiente: Dos vagabundos se acercan a una casa y le dicen a la señora: «¿Puede darnos de comer algo a cambio (le que le hagamos una pequeña chapuza, digo algún trabajillo? Nos conformaríamos con un plato de sopa y unos mendrugos de pan». Ésos eran de los puercos esclavos vainípedos. La señora les dijo que sí y que les daría un pequeño almuerzo si limpiaban bien una alfombra. La colgaron de la cuerda de tender y uno por un lado y otro por el contrario comenzaron a varear con todas sus fuerzas. Sacaban nubes de polvo. De pronto uno de los vagabundos comenzó a dar brincos por el corral y viendo la señora desde la ventana que sus brincos alcanzaban dos y hasta tres metros de altura preguntó al otro:
»—¿Es su amigo acróbata de circo?
»—No, señora —dijo el otro—. Es que le di sin querer un varazo en los testículos.
»Tiene gracia pero no te ríes. Ni hablas ni ríes, claro. Quieres disfrazarte con el silencio como los otros se disfrazan con las palabras. Debes saber, como yo, que somos una infinitesimal y cochina parte del todo. ¿No te basta, eso? A mí, sí. El Todo es magnífico. A Paquita no le basta, porque quiere ser ella misma ese Todo y cree que lo es cuando está conmigo. Se equivoca de medio a medio. Yo he estado en las puertas del infierno y he visto lo que hay dentro. Lo que hay es odio y ganas de matar. Más que aquí mismo. Más que durante la vida. Pero en el infierno no pueden hacerlo y ésa es su tragedia y castigo. Acá o allá es inútil tratar de rebelarse. Aquí no podemos menos de asesinar. Allá no nos lo permiten y ese es, como digo, nuestro constante dolor y desgracia y angustia. Todo es frustración, una vez nacidos. Y una vez muertos será frustración también por toda una infinita eternidad. ¿Qué te parece? ¿Una eternidad de porquería? Diferentes formas de materia purulenta o roñosa. Y de ahí no hay quien salga. Yo te voy a dar la ilusión de que sales, pero no quiero engañarte demasiado. De todas formas sé que estás engañándote a ti mismo porque de otra manera no podrías vivir este minuto próximo. En cambio yo no me engaño. Lo que va a pasarte no es nada. La que va a morir es tu persona. Va a ser sólo un fenómeno de dispersión, para volver a recogerte más tarde en tus fosfatos y proteínas y en tus somas más o menos oxigenados. No debes llorar. Paquita te ha atrapado por idiota. Porque… porque… Bueno, digámoslo de una vez: porque crees en ciertas cosas. Antes que nada en el amor. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!
Sin haberle arrojado tintero alguno Sinibaldo estaba llorando. Vares decía:
—¡Qué raro nombre tienes! No sé por qué me recuerda una zarzuela que llaman «La verbena de la Paloma». Una cosa cómica que hace reír a la gente joven o vieja. Y tú parece que debías responder a juzgar por tu nombre y por las sugestiones del barrio de Lavapiés con algún desplante achulado del Madrid de aquellos tiempos. Pero estás más desguitarriado que los dos que pasaron por aquí antes que tú y no te vale ya ni la suprema corte Celestial con sus once mil vírgenes formadas en columnas de a ocho, es decir de honor.
Lo escuchaba Paquita sin oírlo, ensordecida por la carcajada reciente de Vares. Era la primera vez que lo había oído reír en la vida y lo hizo precisamente burlándose del amor. Es verdad que lo conoció ella cuando había sido fusilado ya. Y el pobre tenía derecho —se decía ella— a alguna clase de escepticismo.
¡Escepticismo!
A veces las opiniones dé Paquita resultaban sorprendentes de veras y revelaban una aproximación no muy adecuada a la realidad que la envolvía. En sus tareas de contraespionaje (Ta muy eficaz porque parecía inocentísima. (Y en cierto modo lo era). ¡Escepticismo!
La primera tentativa de acercamiento de Paquita a un tipo declarado como sospechoso era la tradicional mirada oblicua. Mirada de soslayo. Entre los hombres es ofensiva y entre hombres y mujeres halagüeña e incluso prometedora. La razón por la cual las monjas han llevado durante siglos tocas almidonadas que les impedían mirar oblicuamente a un hombre, era ésa. Para mirar a alguien tenían que volver del todo la cabeza, lo que era ingenuo, natural y sin malicia.
Paquita esperaba la sonrisa del otro y cuando se producía —que era siempre— era ella quien se acercaba y comenzaba a hablar.
—Perdón —le dijo esta vez—. ¿No es usted piloto de aviación?
El otro respondió como excusándose. Dijo que le habría gustado serlo. Ella insistía:
—Le tomé a usted por el compañero de un hermano mío que es piloto en la base de Sevilla.
Y bajando la voz añadía:
—En el otro lado, ¿usted sabe? La guerra es la guerra. Y no es que mi hermano tenga ideas políticas porque lo mismo le da blanco que negro. Yo por eso le tengo el mismo aprecio de siempre, usted comprende.
El otro era lo que ella sospechaba y se apresuró a decir:
—Comprendo demasiado.
Ella fingía entonces asustarse creyendo, según decía, haber enseñado el plumero, pero el otro añadía:
Ya querría yo estar en el puesto de su hermano.
Debe ser terrible eso de volar y pelear en los aires, rodeado de los metrallazos de abajo.
¿No tendría usted miedo?
La situación no sería peor que la que tengo ahora.
—¿Qué quiere desí?
—Además yo no he tenido miedo nunca y menos que nunca, ahora. Antes de morir, todo ~s vida. Y después, ¿qué más da?
—Eso digo yo. Una anda por ahí tratando de disimular y de cantar el himno ruso con el Hombre del glorioso badulaque Stalín, pero no está una segura de que la crean los rojos ~ aparece a la vuelta de cada esquina el fantasma de la risa perpetua diciéndole a una:
¿Cómo te va?
Este truco le parecía a ella gracioso y lo repetía con frecuencia. El otro se presentó alargando la mano y ella hizo lo mismo. Se llamaba el aspirante a mártir Marcelo, nombre poco frecuente. Al decir su nombre parecía hacerlo con una complacencia narcisista un poco sospechosa. Paquita percibía esos matices muy bien. Ella mintió diciendo que se llamaba Fermina.
El apellido de Marcelo era Vivero. Con la partícula «de». De Vivero. Tenía abuelos asturianos. Echaron a andar juntos y sin rumbo. Él se veía un poco confuso por su propia aparente victoria viril e hinchaba el pecho. Como suele suceder con la gente narcisista comenzó a hablar de sí mismo:
—Mis abuelos eran de Oviedo, pero yo nací en Sevilla.
—¡Olé! —dijo ella y los dos rieron y declararon en voz baja que el general Queipo de Llano, a pesar de su aire tagalo y de sus interminables charlas de lorito en la radio, insultando a los republicanos y sobre todo a los socialistas tenía mucho «de aquí».
Ese «de aquí» para ella era la cabeza. Para Marcelo era más abajo.
En cierto modo estaban de acuerdo.
Y ella le hacía preguntas como una chica fulminantemente enamorada. La facilidad de aquella relación le hizo pensar a Marcelo que Paquita era una prostituta. Muy linda, eso sí. Y todas las prostitutas eran entonces fascistas. Marcelo se dio la fiesta obligada de la confesión entre los narcisos solitarios. Y debía ser hombre de tendencias literarias surrealistas porque comenzó diciendo:
—Cuando yo nací era una gata. No un gato sino una gata, pero luego me recuperé. Tuve la mala suerte de que mi padre, don Marcelo de Vivero y Lascurain, no permitiera a mi madre darme de mamar «para no marchitar sus hermosos senos» y comenzó la guasa con la servidumbre. El hijo de Vivero debía ser criado con biberón. Y como me llamaban «el Biberón» y aquello no le gustaba a mi madre, una doncella, maldita sea su estampa, me llamó in día el Botellín. Y eso me quedó como apodo cariñoso familiar. El Botellín. Luego se expandió la noticia por el barrio y botellín aquí y botellín allá nadie me daba otro nombre. Más tarde cuando quise ingresar en organizaciones peligrosas, ya sabe usted lo que quiero decir, tardé algún tiempo en decidirme porque con aquel apodo nadie llegaría nunca a tenerme respeto y menos aún miedo. No es que yo quisiera que me tuvieran miedo. Yo no lo tengo a nadie en este mundo, pero me queda todavía algo de mi naturaleza, digo de mi natividad.
—¿Qué quiere decir?
—Lo que dije antes. Una gatita era yo cuando nací. Y más tarde un gato. Pero les tenía miedo a los perros y a eso parece que le llaman licantropía, lo que al principio yo creía que era el nombre de esos bailes modernos de jazzband. Y luego resultó, según parece, que es el deseo de comerse a las personas y en eso la verdad, ahora que la miro a usted de cerca creo que soy licantropista o como se diga.
Era un piropo de mala sombra, o como dicen en Vallecas, de «mala follá». Y Paquita era sensitiva para esas cosas.
¿Dice usted —preguntó— que no tiene miedo?
¿Yo? —y volvió a alzar el pecho y la voz—:
¿No lo dije antes? Yo he cambiado la letra de Cyrano diciendo:
Son los verdugos
del comunismo
que a Stalin tienen
por capitán.
¡Por los clavos de Jesús en la Cruz!
Ella miró alrededor fingiendo miedo:
—Tenga cuidado, que las paredes oyen. No vuelva a hablar así.
Luego Paquita le dijo que se sentía muy sola rodeada de gente contraria y que se aliviaría de sus angustias si pudiera conocer algún grupo afín que se reuniera en alguna parte y de esta manera colaborar con ellos contra los rojos.
—Yo te llevaría —dijo él— pero antes tienes que darme una prueba de verdadera amistad.
—¿Cómo?
—Acostándote conmigo.
—¿Qué más te da, si crees que soy una putita?
—Yo no he dicho eso.
—Hay cosas que se notan sin desirlas. Cuando dijiste que Queipo tenía mucho de aquí señalaste hasia abajo. Y eso no se hase hablando con una dama, es decir con una zeñorita que ni siquiera conose todavía er amó.
Una virgencita. Vaya. Aquello encalabrinaba al homo ibericus vulgaris apodado el Botellín.
Para molestarlo ella lo llamó así, aunque tomándolo amistosamente del brazo.
El quiso vengarse:
Pues el diminutivo de su nombre también se las trae. Al menos en Asturias.
¿Qué diminutivo?
Ferminina.
Paquita se hacía la tonta y decía que no comprendía, lo que a él le gustó también. Todo lo que hacía o decía Paquita le encantaba.
Aquella noche fue llevada a una reunión clandestina y hubo una redada por disposición de Vares. Sólo cayó el Botellín, porque los demás eran todos agentes dobles.
Se quedó asombrada Paquita viendo lo bien organizadas que tenía las cosas Vares.
Pero nada hay perfecto en este mundo.
El nuevo facha Marcelo fue a la oficina de Vares. Su insistencia en decir que había nacido gata —gatita— hizo pensar a Vares que estaba loco y para ver si era verdad a fingimiento le dijo:
—Tanto mejor. Matar a un gato no tiene culpabilidad ni criminosidad alguna. ¿Quién no ha matado un gato en su vida?
El Botellín alzó la mano, abierta, pero al darse cuenta de que aquel era el saludo fascista la cerró:
—Lo era al nacer, pero luego me recuperé.
—¿Se recuperó de qué?
—Del felinismo. Entonces dicen que caí en la licantropía. Ya lo sabe Fermina. Y así me fue. Había informes sobre él —de los otros agentes— diciendo que no era miembro de partido alguno, pero que había pasado la frontera dos veces con sobres lacrados para el obispo de una de las ciudades donde el terrorismo fascista-sacristanesco había sido más sanguinario. Un tal Vidal —a quien llamaban el Vidalita porque anduvo algún tiempo por la Argentina— había sido el más negro de los pistoleros, con otro que era hijo de un maestra de la Escuela Normal que se llamaba no sé cuantos de Castro. Un castrado o castrense o ambas cosas a un tiempo porque entonces no se distinguía mucho en cuestión de matices. No deja de tener maldita y satánica gracia ese contrasentido de que matar sea necesario para vivir. Pero así es. Con una doctrina u otra. A veces sin doctrina ninguna, para «ver qué pasa». O porque, como en México, alguien le cae gordo a alguien. O le cae flaco. Cuestión de estética. Eso pensaba el Botellín que nació gata, sintiéndose ya con una de sus cuatro patitas en el otro mundo o por lo menos con el rabo atrapado por la puerta de la capilla. Aunque allí los reos no eran puestos en capilla. Tampoco en el otro lado, claro. No se trataba del alma sino del arma, que diría el reo de la mala follá. El arma de fuego. La parabellum.