IV. Don Bruno desaparece

Cuando Vares cayó sobre mí en la trinchera cubierto de sangre sólo pensaba en una cosa. Ya digo que parece imposible vivir sin ego, pero los animales no lo tienen y sin embargo viven a su manera, que es tan respetable y compleja —y no menos larga— como la nuestra. Las tortugas, las ballenas y los elefantes viven más que nosotros. Y entre los más pequeños, los que se reproducen por vivisección, como las amebas, no mueren nunca.

Mi amigo usaba de Paquita y ella acudía a él con sus informes. Habría podido destruir a muchos de los individuos desagradables que la trataban, que no eran pocos. A algún viejo sátiro, a tipos arrogantes y estúpidos, a homosexuales que la insultaron, pero se limitaba a su tarea política. Es decir a informar contra los que bombardeaban ciudades abiertas y mataban niños inocentes y mujeres indefensas.

Denunciaba a los amigos de Hitler y Mussolini. Especialmente a los de las llamadas JONS, palabra que a ella sin saber por qué le parecía indecente. Sin duda por su sonoridad incompletamente alusiva.

El primer informe completo que le llevó a Vares fue contra un hombre de media edad que parecía también un fantasma. No es que Vares diera esa impresión. A los que no conocían su pasado les parecía un ser natural y distinguidamente ordinario. Pero los que sabían lo que le había sucedido le atribuían una «personalidad alucinante».

Era en realidad el traidor descubierto por Paquita un pobre diablo. Y no creía en nada ni en nadie. De su falta de convicciones y de fe en un bando o el otro le venía su traición. Confesó que informaba al enemigo, pero que en el caso de estar en el campo de enfrente nos habría informado a nosotros. Es decir que su ego no lo era a la medida de su voluntad de acción, y lo primero que hacía para corregirlo era propiciar el asesinato. En cierto modo, como Vares. Aunque el caso de éste era más comprensible.

En fin, lo de siempre. El hombre quiere matar y eso va con nuestra naturaleza. Los que a lo largo de la vida no han logrado construirse un perfil propio o una personalidad satisfactorios (lo que les sucede a la inmensa mayoría) carecen de sentido moral y lo primero que quieren es promover el asesinato.

Las llamadas masas se juntan, amalgaman sus zonas inconscientes, y esperan el instante y la señal para el asesinato hallando antes un pretexto plausible. Porque el individuo que aislado puede y suele ser un cínico en comunidad y comunión hace uso de los mejores recursos de su inconsciente. Frente a la masa es casi virtuoso. Ataca lo que cree que no debe existir y construye bellísimas utopías. La más frecuente es esa del bien general. En su nombre hace sonar la trompeta del ataque.

Una vez más repito que el hombre sin ego o con un ego insuficiente necesita matar. La mayoría creen apropiarse del ego de la víctima, pero a veces la víctima casi carece también de él y entonces el criminal arriesga la vida por menos de nada. Es una estupidez, claro. Y la razón por la cual hay tantos crímenes cometidos por atrasados mentales. Es también la razón contraria de que muchos criminales elijan como víctimas a personalidades relevantes. Y de ahí el terror clandestino y anónimo de nuestros tiempos.

Eso le dijo la primera víctima a Vares. Éste se quedó confuso. Pensó que aquel tipo era un don nadie si no satisfecho al menos conforme con su destino. Un don nadie culto y resignado pasivamente a seguir siéndolo. Es lo menos que se puede ser en este mundo. Si informaba al enemigo era sólo por sentirse alguien. Había peligro, pero aquel riesgo le permitía admirarse a sí mismo. Vares lo comprendía, pero necesitaba también sus víctimas. Aquélla iba a ser la tercera o la cuarta, pero necesitaba otras.

—Usted comprende —le dijo con afabilidad— que a mí me fusilaron los suyos. En Guadarrama. Cinco tiros contra un ribazo.

Pero aquel hombre que se llamaba a sí mismo don Bruno (con el don y todo) no le escuchaba. Sabía que su suerte estaba echada y que había perdido. El que pierde, paga. Y si tiene con qué pagar no hay duda de que es alguien. Algo es algo.

Vares lo hizo salir de su oficina y no quiso saber ya de él sino la noticia de su muerte, que le fue comunicada al día siguiente. La reacción de Vares fue de lástima, de piedad. Y con aquella piedad no ganaba nada. Quedaba del todo insatisfecho. Debía haberlo matado él mismo pero no se atrevió. Lo había hecho una vez y le resultó repugnante.

Decidió que en lo sucesivo obraría de otra manera. Se tomaría en todos los casos la justicia por su mano. Porque después de la muerte de don nadie seguía sintiéndose igualmente póstumo.

Como Paquita no le preguntaba nada, Vares le contaba muchas cosas. Si Paquita le hubiera preguntado no habría dicho una palabra. Se observaban recíprocamente, pero no buscando pretextos para la ofensa sino todo lo contrario, para comprobar que estaban de acuerdo y que el uno justificaba a la otra, o al revés.

Las funciones de él habían entrado en vías de la máxima eficacia. No faltaban «casos». Se iban aficionando Paquita y Vares a observar a sus víctimas y a estudiar sus manerismos tratando de darles un mismo sentido, es decir una misma manera de revelar alguna clase de peculiaridad, y solían coincidir en cuanto al carácter del individuo y a su culpabilidad o inocencia.

Era en eso en lo único que coincidían aquel hombre superviviente y aquella hembrita. Además de la cama, claro. Eso, entre hombre y mujer, se supone. Hay una edad en la que 110 hacen falta otras maneras de entendimiento entre mujer y hombre.

Si no se cree en el amor, como le pasaba a Vares, era más fácil entenderse.

En sus víctimas había muchos rasgos reveladores: ,por ejemplo, la voz. Como el trabajo de los dos era a veces, sobre todo los días nublados, muy aburrido, hacían juegos que podríamos disculpar llamándolos «experimentos». Por ejemplo, oían a un detenido en el cuarto de al lado hablando con las mecanógrafas. Ellos no sabían todavía que estaban detenidos y que habían sido llevados allí con graciosas y falsas promesas de Paquita.

Por la voz deducían la clase de persona de que se trataba. Y llegaron en eso a lograr efectos milagrosos. Desde luego la primera deducción era: cobarde o valiente, o también: cobarde agresivo o valiente defensivo. Incluso matices de atonía: el tipo aleatorio y el disidente a priori, cualquiera que fuera el problema.

Como se ve, Paquita y Vares se divertían a su manera y estaban haciendo de su trabajo una especie de arte bizantino.

La muerte —la amenaza de la muerte— era una cuestión sin dramatismo, como todas las cosas previstas.

En la voz de don Bruno había dobles tonos según los cuales podía ser, como digo, un cobarde agresivo. En su cobardía (tono falsamente engallado) se veía la posibilidad del arranque ciego.

Esto era infantil. Casi todos los niños tienen miedo, especialmente cuando se ven solos en la oscuridad. En el caso de las sentencias de Vares el pánico podía ser una atenuante y hasta un síntoma de inocencia.

Pero Paquita no llevaba allí a nadie por meras sospechas sino con pruebas irrefutables. Ahora bien, Vares tenía derecho a interpretarlas de un modo u otro.

Al principio había pensado en matar sólo a cinco para vengarse de su fusilamiento, pero los servicios especiales encontraron su deseo de venganza muy adecuado a las circunstancias —en las guerras se hace uso de todo— y lo estimulaban. Incluso le daban preferencias y facilidades en cuestión de víveres y vivienda. Algo de eso le llegaba a Paquita. No es que vivieran juntos, eso no.

Él no lo habría consentido porque no creía, como he dicho, en el amor, y ella porque creía demasiado. No podía imaginarse a sí misma sentada en la taza del retrete mientras su amante esperaba al otro lado de la puerta para hacer lo mismo.

La voz de Paquita con sus breves trémolos de risa y sus eses y sus zetas malagueñas revelaba esas condiciones de su carácter para un observador fino como Vares. En cuanto a él su voz no era útil para identificarlo, ya que había sido alterada por las heridas del fusilamiento. «El remedio —solía decir, en broma— salió bien, pero hacía falta en la sala de operaciones un músico».

Decía cosas un poco absurdas, pero sin reír. En cambio, quien reía era ella. Con motivo o sin él.

Reía tanto que a veces le daba hipo, como a los niños.

En esos casos Paquita tenía que salir de la oficina porque Vares no podía tolerar aquel hipo. Cosa rara, pero su fusilamiento le daba derecho a algunas manías o manerismos extraños.

Otra observación era la expresividad de las manos de los detenidos. Naturalmente, no era descubrimiento alguno. Los españoles todos tienen movimientos de manos que implican coquetería masculina, es decir deseo de probar ante la mujer firmeza, autoridad y poderío. Las de los franceses, en general, son maneras de aquiescencia o de disposición a ella. Las de los italianos de conquista por la simpatía (con hombres o mujeres, no es cuestión de sexo). Las de los ingleses, no se sabe. Porque no las usan. Tal vez por instinto saben que pueden traicionarles.

Cuando entró en la oficina aquel tipo de la voz artificialmente engallada, Vares le dijo, según solía:

—Siéntese usted.

En la manera de decirlo, con voz opaca y gesto adusto comprendió aquel joven que estaba ante un peligro. Y reaccionó como era de esperar haciendo patente su miedo en la voz:

—¡A mí, maldita sea, no hay quien me acuse de facha porque me cargo a mi padre si es preciso!

La voz era o quería ser adulta y firme, pero le fallaba a veces y producía como ecos de vidrio raspado. Se llamaba Joaquín.

Paquita lo había acusado de sabotaje porque estando en el almacén de armas de la Guindalera daba los rifles a los soldados con un pequeño tapón de corcho en el interior del cañón y si algún soldado abría el cerrojo y miraba a lo largo decía:

—Esto no es cabal. Ahí dentro hay algo.

—Bah, eso se va con el primer disparo —respondía Joaquín con su voz quebrada.

Pero no era verdad. Con el primer disparo estallaría el rifle y menos mal si no dejaba malherido al tirador. La cosa era grave.

—Tú fuiste soldado, ¿verdad? —preguntó Vares.

—Como usted sabe, eso es obligatorio. ¡No que no!

—Y te gustaba.

—Eso no lo diría yo. ¿A quién le puede gustar eso y menos en tiempos de la monarquía?

—La prueba es que te reenganchaste y llegaste a ser sargento. Estuviste ocho años de sargento.

—¿Yo?

Allí se dio cuenta Joaquín de que iba a pagar el beso de Paquita. Así, de pronto y sin más ni más. Le dijo Vares —porque le gustaba que los reos estuvieran convencidos de su crimen— que taponaba los fusiles haciendo entrar el tapón bastante para que no se viera desde fuera.

—Eso con el primer tiro…

—Con el primer tiro revienta el cañón. Yo he sido capitán de infantería.

El otro se vio entrampillado y se puso de pie dando gritos:

—¡Maldita sea la macarena, que yo juro por mis padres muertos que…!

Pero entretanto le sujetaron las manos los milicianos de servicio y se las esposaron en la espalda.

Joaquín vio que no había salvación. Y sintiendo una gran lástima de sí mismo se puso a llorar. Y gritaba entre las lágrimas: «Yo le dije a la marquesita que sí porque estaba dándole un ligero parcheo y quería atrapar algún besito y quién sabe qué más. A todo le dije que sí. Yo pensaba que ella era fascista y no digo facha porque la suya es la más linda que Dios crio y si es preciso moriré por ella, aunque sea inocente».

Entonces Vares que estaba sentado no de frente sino de costado detrás de la mesa en su sillón giratorio le dijo mirándolo de reojo:

—Enamoradizo, ¿eh?

—A ver. ¿Qué otra cosa hay en la vida si se puede saber?

Vares sacó la pistola:

—Hay esto.

Mostró restos de comida en una bandeja sobre la mesa:

—Eso, también.

Entonces el gallito alzó la voz y se puso agresivo:

—Sois ustedes unos pelanas tiraos, ezo es.

Se veía que era de Málaga también, como Paquita. Quizás el paisanaje había intervenido y el fascista enamorado gritaba:

—Tire usted, no tengo miedo.

Pero había vibraciones de pánico en su voz.

Mecánicamente comentó Vares:

—No. Este trabajo no lo haré yo. Lo harán otros.

Volvió a dar gritos Joaquín, pero a una señal de Vares los milicianos le sellaron la boca con dos tiras de esparadrapo terriblemente adhesivas. Mientras le ponían la segunda Joaquín podía, aún, hablar:

—El martirio de quitarme después esas tiras de goma es peor que los clavos de Cristo porque con ellas me arrancarán uno por uno todos los pelos de la barba y del bigote.

—No te preocupes, que no será necesario. Y si te las quitan no sentirás ya nada.

Se lo llevaron y se le oía llorar escaleras abajo. Los primeros días el disparo de las ejecuciones se oía por todo el edificio y Vares decidió que pusieran silenciadores a las armas y comenzó dando ejemplo él mismo. «No es por nada —solía decir, muy convencido— sino porque las secretarias y mecanógrafas son demasiado sensitivas».

Quería decir que a él aquellos disparos le tenían sin cuidado y cuanto más sonoros mejor.

Aquel mismo día llegó otro reo —Paquita estaba especialmente activa— a quien antes de interrogar trataron de identificar observando sus manos. Recordaba Vares que Felipe II ordenó a sus diplomáticos que ocultaran las manos en el sombrero o dentro de las mangas o debajo de las sobrepellices o los gabanes porque por ellas deducían los contrarios su estado de ánimo y si decían verdad o mentira o si iban de buena o de mala fe.

Parece que es verdad y Vares estaba seguro de que la distensión muscular de las manos revelaba especiales y muy concretos estados de ánimo. El nuevo delincuente, que se llamaba Jesús y parecía estar influido por su nombre porque era muy beato, abría las dos manos con los dedos muy separados queriendo aludir sin darse cuenta a los diez mandamientos. Algún dedo temblaba y correspondía tal vez al infringimiento del decálogo. Luego enlazaba sus manos tal vez para indicar fraternidad. O las separaba de pronto con los puños cerrados para sugerir poderío o las abría con las palmas hacia arriba y las apartaba como si fuera a recibir los dones del Señor.

Creía Vares en aquellas cosas porque en España mismo había regiones donde la gente hacía con la mano el gesto de llamar a alguien para que se acercara mientras con el mismo gesto en otras regiones quería decir: «vaya con Dios». Y revelaban formas del id colectivo.

Aquel hombre sabía de electricidad y había producido dos cortocircuitos en una misma línea del metro subterráneo.

Estaba perfectamente enterado de su situación:

—Vaya con la putita —decía mirando a Paquita de refilón—. Yo sé que me van a apiolar. De otra manera no estaría ella aquí presente. Porque le daría vergüenza que yo la volviera a encontrar y a recordarle que me había pasado la mano por ciertas partes para que me confiara. Y la putita se hacía la cachonda para que el convencimiento fuera más seguro. Vaya, que las hembras tienen todos los trucos y si fuera uno a contarlos no acabaría la cuenta. Antes eras Paquita la virgen de los altares, la querubina de los empíreos, y ahora eres Paquita la Merdillona. Tuvo Paquita un arranque de odio:

—A éste déjamelo a mí —y sacaba la pistolita.

—Llevádmelo abajo —ordenó ella a los milicianos.

Vares se levantaba:

—Un momento, por favor, un momento. Usted…

No se acordaba del nombre. Pero era lo de menos y continuó: «Usted se enamoró de Paquita y la prueba de que se enamoró como un becerro es que ahora la insulta. Al parecer usted es un bendito de Dios del tipo sacristanesco con tendencias eróticas y quiere cargarse a los serafines, es decir a las querubinas de Marbella. Usted…».

Pero ya maniatado Paquita se llevaba el reo a empujones. Se maravillaba Vares de ver hasta qué extremo era capaz de odio aquella criatura cuando la insultaban y penaba que tal vez sería lo mismo en el campo contrario «denunciando a los nuestros». Salieron todos menos Vares del cuarto y poco después se oyó la pistolita de nácar de Paquita. Ésta era muy pequeña y como de juguete, pero mataba. Si no al primer disparo al segundo o tercero. Como no tenía silenciador se oyeron hasta cinco tiros.

Aquellos cinco se los agradeció Vares porque comprendió que de un modo inconsciente el id de la bella Paquita disparaba cinco veces, una por cada uno de los cinco fascistas que lo fusilaron a él.

Luego apoyando el lápiz en la carpeta de la mesa —primero la punta, luego la contera, después otra vez la punta— se decía que Paquita se ponía «cachondita» como había dicho el beato rijoso para luego ofrecerle a él su cuerpo cálido e impaciente.

Pero Vares se burlaba de todo aquello. El amor. Un atrapabobos. En lo humano y en lo divino. ¿Cuál es el amor de Dios por las criaturas a quienes ahoga con la difteria? ¿Y el amor de los hijos para los padres a quienes se acercan sólo para pedirles dinero y cuya muerte esperan lo antes posible con el mismo fin?

¿El amor de esposos era el más divertido? No. Había otro mejor: el de los adúlteros, que creen dar amor a uno sacrificando el del otro. Todo hombre que cree en el amor se podría clasificar como un protocornudo del género babieca o del género cínico, ,que simula aceptar riesgos, consciente y despreocupadamente. Él se hallaba fuera de aquellas ridículas sospechas.

En todo caso Jesús murió de los cinco tiros de Paquita.

Aquel día no quisieron trabajar más. Paquita se llevó a Vares a su pisito en la calle de Fernando VI. Un pisito requisado, claro.

Era verdad la «cachondería» de la que hablaba Jesús, exacerbada además por los cinco disparos de la pistolita de nácar y plata.

Después de hacer el amor un par de veces se quedó adormilado Vares mirando al techo de la alcoba y ella le dijo: «Mi pistola está ahora con el cañoncito ahumado y tú me la vas a desmontar y a limpiar, ¿verdad?».

—No —dijo él con inflexiones amables—. Que te la limpie tu madre.

Paquita hablaba entre sollozos:

—Mi santa mamá no podría porque fallessió hará tres añitos justos la semana que viene. Luego se quedó callada y en un arrebato de pasión se acercó a Vares, se dejó caer de bruces sobre él y le dijo:

—Eres un cabronsito, de lo más salao.

Vares comenzaba a roncar y hasta eso le hacía gracia a ella, que reía mirándose desnuda de cuerpo entero en el espejo.