I. El superviviente Vares
Como yo temía —porque no me gusta hablar de cosas demasiado patéticas—, una noche después de cenar en casa de los Ghizé Me pusieron un magnetófono delante y Alef soltó a reír y dijo:
—No hay salvación.
—Bueno, lo contaré. Es algo que sucedió aunque parezca increíble. Fue uno de esos errores siniestros que se dan en la atmósfera de las guerras civiles y en esos intervalos sórdidos que hay entre las pasiones, las ideas y los instintos criminales de la gente.
Mis amigos me escuchaban y yo me encontraba en vena de confidencias y seguía:
—El hombre es un animal que necesita matar y mata unas veces de una manera estúpida, otras de una manera más o menos inspirada y siempre con sobretonos cantarines, líricos y gozosos, con himnos cara al sol o de espaldas al sol. Necesita matar y copular y volver a lo uno y a lo otro con una frecuencia igualmente atractiva e igualmente obstinada y tenaz.
Mientras no puede hacer lo uno ni lo otro trabaja, no para crear algo, sino para comer, beber y seguir en la tesitura de copular, fecundando o no, y de matar cada vez que se presenta la ocasión.
Esta segunda ocasión fue en Guadarrama el 28 de julio de 1936. Mandaba el frente el general Asensio con ese aire soñoliento y aburrido que toman los generales cuando no pueden matar personalmente, sino por delegación, ni copular porque en el frente no hay hembras. Y el protagonista del asesinato fue el que más tarde llegó a ser conocido como comandante Vares, un nombre falso. El protagonista no fue el asesino sino la víctima. Cosa rara, ¿eh? Me refiero al primer incidente, que da lugar a esta narración.
Fue una víctima que sobrevivió.
Lo fusilaron los fascistas sin lograr matarlo. Una de esas cosas raras que suceden en las guerras civiles. Viven hoy todavía muchas personas que se acuerdan de ese caso lo mismo que yo. Es decir, no tan bien como yo, porque yo era amigo de Vares.
Era Vares en aquel frente mi mejor amigo. Hombre culto que se interesaba mucho por los problemas de la siquiatría moderna, aunque no era su profesión. Más que el soldado usual de las guerras civiles —un soldado político, es decir, partidario apasionado de una bandera— estaba en el frente como curioso espectador. No hay que engañarse, sin embargo. Tenía profundas convicciones democráticas y una ametralladora a su cargo.
Lo que le sucedió se cuenta fácilmente. Alguien mandó rectificar algunas trincheras hacia adelante y en una descubierta matinal los fachas atraparon a Vares. Sin llevarlo a la comandancia y sin juicio ninguno lo arrimaron a un ribazo y le pegaron cinco tiros. Así de simples eran entonces las cosas.
Pero Vares no recibió ninguna herida mortal, volvió corriendo a su trinchera cubierto de sangre —rostro, manos, pantalones— y dando rugidos. Fue para mí también una experiencia horrible. Creí que la muerte —la mía— toda mi sangre rota y roja me caía encina. También yo grité como él:
—¡Oh, los hijos de la gran puta!
Llamé a los sanitarios que le hicieron las primeras curas —diez heridas, cinco de entrada y otras tantas de salida— y lo llevaron a El Escorial, dos kilómetros más lejos, donde había un hospital de sangre con todos los servicios. La mayor preocupación de los médicos al llegar la ambulancia era, como siempre, saber si Vares tenía alguna herida en el vientre.
Por fortuna no fue así. Y decían asombrados: «¡Qué fortuna, la suya! ¡Qué suerte ha tenido!». En cuanto a Vares seguía repitiendo:
—¡Oh, los cabrones, maricas, hijos de la gran cerda!
Resultaba cómico porque no se sabía si se refería a los médicos o a los fascistas.
Desde mi trinchera tiramos alguna granada y dos morterazos que debieron hacer pupa. Es pero al menos que atrapamos a alguno de los culpables.
Pero así son las cosas. Nosotros no éramos menos hijos de puta que ellos aunque fueron ellos los que habían comenzado la guerra y nosotros nos defendíamos como podíamos. También con himnos, canciones y gozosos fusilamientos y cañones y aviones. Y paseos en la Casa de Campo y en la Moncloa.
En fin, ya se sabe. Lo de todas las empresas bélico-patrióticas: redimir a tiro limpio a la nación y a la humanidad.
Como se puede suponer, cuando Vares salió del hospital era un hombre distinto. Los ojos más hundidos, los arcos de las cejas más altos e hirsutos, más pálido también por la pérdida de sangre, y la línea de la boca torcida. Le faltaban cuatro dientes y tal vez para disimular su voz quebrada hablaba lo menos posible.
Por la misma razón quizá —para ocultar la falta de dientes— no sonreía nunca.
Hablaba muy poco. Antes de que lo fusilaran era un hombre locuaz, pero parecía haber quedado mudo. Lo llamábamos «el superviviente» y a él no le parecía mal. Algunos soldados campesinos lo entendían a su manera y decían «el sobreteniente» o el «teniente mayor». Otros «el fusilado» y algunos «el resucitado».
Todas estas cosas incongruentes parecían al mismo tiempo cómicas y trágicas. Vares las oía y no sonreía nunca. No eran cosa de risa, claro.
Hablaba Vares en tono menor y parecía siempre un poco ausente. Dejó el uniforme y pasó a ser uno de los dirigentes secretos del servicio de información militar. Vestía traje civil oscuro y había enflaquecido mucho. La nariz más afilada, las mejillas más cóncavas. Un capitán que había sido muy amigo suyo le dijo un día.
—Vares, tienes una cara póstuma.
Y él lo miró fríamente a los ojos y le dijo a media voz como siempre y sin aparente ofensa:
—¡Tu puta madre!
Al adelgazar parecía haber crecido (era alto ya por naturaleza). El mismo que le había dicho lo de la cara póstuma solía decir que había dado el estirón de los que mueren y que debían ascenderlo. Un coronel mexicano de artillería en lugar de llamarlo Enciso (era nombre del superviviente) lo llamaba Occiso porque en México a los muertos los llaman así: occisos. Vares Occiso. El mexicano hablaba de buena fe.
Yo creo que Vares iba acumulando bilis con todas estas cosas. ¿Por qué había de querer nadie divertirse con su fusilamiento? Venía de una familia de la clase media acomodada gallega. Vares es un pueblo de Lugo. Su padre tenía tendencias conservadoras, aunque no fascistas. Eran el padre y el hijo personas de costumbres refinadas, claros de mente y firmes en sus convicciones. El padre era eso que llamaban en mi juventud un conservador-liberal, como creo haber dicho.
Vares había estudiado ciencias físicas —la siquiatría era su segunda afición y su lujo—. La guerra interrumpió su carrera en la que parecía poner grandes esperanzas e ilusiones. Y allí lo teníamos. Yo creo que después de su fusilamiento se hizo inhibido, secreto y receloso. No es raro. También bronco, tenso y vibrador como la cuerda más baja de un arpa. O de una guitarra.
Por decirlo de algún modo.
Al Superviviente, de la cara póstuma y al occiso, algunos desconocidos que sabían lo que le había pasado le llamaban también el teniente fantasma.
Como se puede suponer él no hablaba nunca de aquello.
La verdad es que merecía cualquiera de esos nombres, pero sólo toleraba el de Superviviente, que parecía llevar consigo algo razonable y meritorio.
Habíamos dejado de vernos porque él andaba por otros rumbos. Yo seguía en el ejército y en el frente y él se dedicaba a misteriosas actividades, y aunque nunca acertaba yo a imaginar cuáles eran suponía que dirigía el contraespionaje en algún sector de la retaguardia. Con un celo y hasta un ensañamiento naturales.
No podía menos de ser así.
Aunque había sido un hombre honrado, buscaba entonces oportunidades de venganza. No estamos hechos de materia angélica, es decir, de alfeñique. Y como él diría —en lenguaje de siquiatra— necesitaba reconstruir su ego roto a balazos. Cinco balazos. Uno por cada sentido: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Sin embargo gozaba mucho más que nunca de este último. Con Paquita, amiga mía.
Alef no acababa de entenderlo:
—¿Cinco balazos?
—Cinco, y dos de ellos en la cabeza. Uno entró por el temporal derecho y salió por el izquierdo.
—¡Imposible!
—Eso creía yo también, pero no fue el único (aso en la guerra. A veces las balas toman direcciones absurdas y la que hirió a Vares en el temporal derecho dio la vuelta al cráneo por arriba y fue a salir por el temporal izquierdo sin herir el cerebro.
—¡Pero le dieron otro balazo en la cabeza, según dice!
—La otra bala le cruzó las mejillas rompiéndole cuatro dientes. Las tres balas restantes fueron en los flancos, debajo de las costillas y en la ingle izquierda.
—Cualquiera pudo haberlo matado.
—Cuestión de milímetros, Alef. Y la primera reacción de Vares fue vengativa como es natural, pero aparentemente serena y reflexiva porque me escribía en un block (no podía hablar aún): «Esto no es una guerra. El asesinato en las guerras es impersonal. Esto es una acumulación de matanzas de persona a persona. Como bellacos degenerados. Como gorilas borrachos. En las guerras internacionales y por decirlo así legales es el id el que mata. En ésta es el miserable ego».
Alef se quedaba pensando que para llegar a aquellas síntesis Vares tenía que ser algo más que un pobre diablo. Su manera de entender las cosas no era sólo pintoresca.
Yo dije:
—Pero no termina ahí todo. Esto no es más que el comienzo.