VII. El primer Felipe
El terror ya se sabe lo que es y a lo que conduce. El siglo XX será llamado en el futuro, si lo hay, el siglo del terror, mientras nosotros en nuestros estudios de trabajo, los niños y los ancianos en los parques nos creemos, a veces, en el mejor de los mundos. Cuestión de mirajes y dimensiones.
Pero el terror parece ahora inevitable. La Función social que cumplían antes las epidemias casi extinguidas (para reducir la población del planeta y mantenerla en términos razonables) ahora la cumple el terror a tiro limpio. La culpa la tienen los médicos que con sus antibióticos impiden que la gente se muera.
Hay que matar o morir. Y algunas personas no se dan cuenta porque lo natural no extraña ni ofende. Para mí en aquellos días el problema mayor era el de los imponderables (como creo haber dicho) para aceptar esa histórica y sangrienta sustitución.
Había amenazas tenues que no llegaban a cristalizar y cuyas aristas percibía cada cual según su agudeza. Porque se podía morir de muchas maneras: de hambre, de una bala, de pelagra, (le un metrallazo y hasta de miedo. Se dieron casos.
Las amenazas podían prosperar y crecer. Por ejemplo, yo me negué a aceptar las órdenes de un moscovita malaleche y éste hizo circular el rumor de que a tipos como yo iban a fusilarlos. El idiota se fue de la lengua por una copa más o menos. Un día lo encontré en un rincón de la biblioteca del Quinto Regimiento en la calle de Lista, y le dije con la mano en el anca, cerca de la pistola:
—¿Por qué dices que vas a fusilarme? Ésas cosas se hacen, pero no se dicen.
El otro, que era un picapedrero que a todo trance quería que lo llamaran general se puso melifluo. Cómicamente melifluo:
—Camarada, yo…
—Tú ladras, pero no muerdes. Eres un perro sin raza ni casta, degenerado y cobarde. Un mandria que come de la plusvalía obrera rusa.
Y le volví la espalda, lo dejé allí. Así conjuré el riesgo, porque lo había en aquel incidente, de veras. Si uno se acoquina le dan pasaporte. No tuve más remedio que darle aquella patada moral en el culo y no en los cojones para arreglar las cosas, y quedaron así por algún tiempo. Aquel mequetrefe no era sino un policía subalterno en su país de adopción y volvía al nuestro como a tierra conquistada. Pero había que ponerlo en su lugar. El imponderable, tenue y leve, se puede hacer y suele hacerse dañino si no salimos al paso con un contraveneno adecuado y si es posible anticipado.
Meses antes, cuando Vares cayó sobre mí en la trinchera cubierto de sangre no pesaba nada. Es curioso como lo moral y lo físico se corresponden. Había quedado su ego hecho añicos. Y físicamente era también demasiado feble aunque del género de los pájaros de altura.
No tenía casi peso físico. Una de sus botas me dio en un ojo y era una extraña bota volatinera que no me hizo daño alguno.
El odio mismo de Vares, aquella tarde, mientras lo curaban, no era realmente venenoso sino una especie de trauma de neutras ansiedades. Un entresijo de miserables recuerdos recientes más o menos afiligranados. Habría querido volver a ver a los que lo fusilaron y discutir por qué quisieron matarlo cuando él no estaba amenazando en aquel momento a nadie.
Pero se sentía aquel día de Guadarrama en una encrucijada de sutilezas malignas. Ni siquiera sabía el enemigo si era verdaderamente rojo sino cuando vieron que quería huir. El cacumen nacionalista (la flor y nata del ego) se equivocaba y allí nacían los peores imponderables de los que pueden surgir de improviso el «gori-gori».
Poco pesquis y demasiado discretear sin base sobre la voluptuosidad de cargarse al prójimo. Pero aquellos tíos tenían, como dije, falsas perspicacias y querían sacar polvo debajo del agua para justificar el asesinato en el nombre del Altísimo. Cuando es la cosa más natural del mundo.
Había, como digo, muchas clases de imponderables, además de los que fue víctima Vares. Yo mismo estaba rodeado de ellos y con Paquita había nacido uno más. Parecía una nimiedad, pero así comienzan las cosas. Era un imponderable del género zahorí que puede dar buen resultado o malo. Si es malo no hay quien te salve. Si es bueno puede llevarte al pináculo de la gloria o a la cama de la Sulamita, que es mejor.
Mi ego, aunque no es muy fuerte, sabe barrenar los suelos dudosos y los tabiques con entretelas de musaraña. Y en seguida discrimino lo falaz y lo nimio peligroso que suele haber en los suspicaces melifluos con carnet secreto. Y todas las combinaciones más barrocas del sí y del no quedan después nítidas e incontestables. Entonces puedo tomar y tomo una decisión.
Como se toma una copa de coñac. Pero con la pistola montada «al pelo». Por si acaso. Hay dengues y perendengues que anuncian el campanero doblar de los funerales.
Volviendo a Paquita, después de liquidar a Badillo se traía un love-affair parlero y cantarín con un gurrumino que parecía tonto, pero que era un lince. Olió en seguida la tostada. Se llamaba Felipe, lo que entre españoles de buena voluntad y gente amistosa tiene un eco humorístico. Felipe. No por sí mismo, sino porque todos los patronímicos, cuyo diminutivo resulta inusual, son nombres con resonancia cómica.
Felipe. ¿Felipillo? ¿Felipico? ¿Felipito? Huele furuleta, como decíamos los chicos de mi familia cuando no nos gustaba algún plato en la mesa y la mamá nos decía que era muy bueno para la salud. Era aquel Felipe el primero de ese nombre que se cruzaba en el camino de Paquita según me dijo. José o Nicolás o Carlos o Pedro y centenares de otros nombres están bien, pero Buenaventura o Blas o Venancio resultan sospechosos por el diminutivo. Y en algunos, que parecen mejores, hay sugestiones raras. Como Alberto, que si se llama Albertito toma aire de lagarto. O bien como Jesusito, que sitúa al que lo lleva en el mismísimo portal de Belén entre el asno y la vaca.
Y de Ángel, no digamos. O de Demetrio, Cuyo diminutivo suena a cascajo.
En fin, el nuevo affaire de Paquita se llamaba Felipe y era menudo y agudo como un lince.
Su ego era monstruoso, sin embargo, y eso le perdió. Porque había llegado ese ego a ser más fuerte que la vida y la muerte. Pasa a veces con los hombres demasiado pequeños de estatura.
La idea de sí mismo era de una ligereza intrepidísima.
Y aunque había llegado a hacer desaparecer casi su mundo inconsciente, no tenía miedo de la muerte. Pobre diablo.
—Tu cama debe de ser —le dijo a Paquita— el jardín de las delicias. Pero es posible que antes de llegar a él me metan en un cajón de pino sin barnizar y echen tierra encima.
Es la moda: el ataúd sin pintar.
Y mirándola con suspicacia añadió:
—Yo soy alguien, pero tú me gustas demasiado para que vengas a mis manos sin más ni más. ¿Comprendes?
—No he ido a tus manos todavía y es porque veo que tienes miedo a mi pistola. Que no confías.
Llevaba la suya de nácar y plata, pequeñita y graciosa, en la cintura. Un juguete peligroso. Lo había usado ya, como sabemos, cinco veces.
Y no dijo «pistola» sino piztola. El pis era piz. En diminutivo, además. Un diminutivo nada humorístico.
El otro sonreía sin decir nada y Paquita añadía:
—Antes de que me atrapen los rojos yo sabré darme un tiro.
—¿Dónde? —preguntó el otro todavía suspicaz.
—En el velo del paladar, dentro de la boca.
Ahí no falla.
—Esa boca no está hecha para la muerte sino para el beso. Pero…
—¿Pero qué?
Que hay besos mortales.
Soltó a reír Paquita. Una risa angelical, eso si.
¡Qué cobardes sois algunos hombres! Yo sé que estás en una red nacionalista y conozco la clave porque es la misma que tengo yo en la red mía. ¿Ves? Yo confío en ti porque te he calado. No sólo tú tienes ojos de lince. También los tengo yo, pero soy más valiente, porque ahora he puesto mi vida en tus manos. Anda a la primera comandancia, al primer cuartel y denúnciame. Mañana estaré en la «morgue» y a ti te darán documentos sellados con la garantía de «adepto». De putrefacto adepto.
Eso de «putrefacto» convenció a Felipe. Es una palabra con mucha carga magnética: putrefacto.
Y con la promesa del dulce tálamo Felipe confesó. O cantó.
Sin embargo faltaba otra confesión, la que haría delante de Vares cuando se sintiera perdido y sin remedio.
Esa segunda confesión solía ser mucho más interesante desde todos los puntos de vista. A la hora del beri cada cual saca sus puercas entrañas y las pone encima de la mesa. Ciertamente que huelen mal. Huelen como olerían las distintas categorías de la furuleta infantil. Huelen, en fin, y por decirlo así, a humanidad. En los momentos críticos el hombre huele mal y la mujer también. ¿Por qué vamos a engañarnos? ¿Y quién cree en los perfumes? La mayor parte de esos perfumes están hechos con los excrementos de otros animales no humanos, pero mamíferos, como la algalía, el ámbar, la almáciga, el almizcle, de modo que al besar a nuestra hembra a veces besamos el culo de un animalejo abyecto. Las entrañas de Felipe sobre la mesa de Vares no podían oler tan bien como los excrementos de algunos gatos de la Arabía asiática.
Lo curioso es que el pobre Felipe, como no tenía inconsciente o lo ~tenía y no lo usaba, era todo él persona, es decir yo mortal. Y cuando Vares que sabía de esas cosas lo puso delante de un espejo esa muerte se hizo más presente. Y Felipe, que era poderoso en su cacumen e invulnerable en su pesquis, comenzó a ver sólo su calavera, que era como las demás: una masa de huesos mondos y lirondos que usarán un día como albergue las hormigas y las sabandijas. Y alguna rata. Hablaron allí los dos. A Vares le gustaba hablar porque como ya he dicho estaba reconstruyéndose con los detritus de los demás. No hay otra manera. Con las entrañas malolientes de Felipe.