X

Comenzaba la fase final.

Cuando llegué a casa, me lavé la sangre de la cara, me metí en la cama y permanecí acostado treinta y seis horas. Estaba sin amigos…, Paul había muerto, Duane me odiaba y Oso Polar se había revelado como un enemigo demasiado complejo como para ver con claridad. Sentía su contacto quemándome como un hierro de marcar, y aquel contacto era peor que sus golpes. Mi única protección era Rinn, una mujer de más de noventa años. Sin embargo, si Oso Polar y Arden en general me habían absuelto de sospechas, ¿por qué necesitaba protección? ¿Frente a Zack? Me había equivocado terriblemente en eso. Me revolví bajo las húmedas sábanas, gimiendo. Estaba aterrorizado.

Sé que esperaba, sin oír nada más que el sonido de mi propia voz diciéndole a Oso Polar, por encima del cadáver de Paul Kant, que había otra posibilidad pero que era demasiado disparatada y sabiendo que era allí donde se originaba mi verdadero terror…, y permanecí rígido de tensión. Pero nada sucedió. No hay otra posibilidad, me dije a mí mismo. Me fui calmando poco a poco y, finalmente, volví a dormirme.

Desperté, consciente del olor a agua fría que inundaba la habitación.

—Alison —dije.

Una mano tocó mi hombro. Esto sucedió. Me di la vuelta, alargué la mano y toqué…, toqué el cuerpo de una muchacha. Un cuerpo esbelto y frío, mucho más frío que mis manos. Yo me encontraba en ese estado de vigilia sólo parcial en que más tenue es el aspecto conque se aparece la realidad. Yo tenía consciencia solamente de haber sido perdonado, y de su presencia. Mis manos se dirigieron, por propio impulso, a su cara y palparon lo que yo no podía ver, los tensos pómulos enmarcando aquel contradictorio y mágico rostro y, luego, sus suaves cabellos. La sentí sonreír bajo la palma de mi mano, y no había duda de que era la sonrisa de Alison Greening. Una inmensa sensación general de beatitud invadió todo mi cuerpo. Toqué sus delgadas piernas, abracé su cintura, acurruqué la cabeza en la carnosa depresión de la base de su cuello. Nunca he experimentado tanto gozo.

En realidad, he sentido exactamente ese gozo, y por la misma razón: durante los años de nuestro matrimonio, medio me despertaba a veces y me apretaba contra Joan y pensaba en Alison, y la abrazaba, sintiendo en su cuerpo mientras hacíamos el amor los rasgos físicos de la chica muerta que yo necesitaba. En esos momentos experimentaba el mismo entumecido éxtasis, la misma beatitud; pero esta noche las sensaciones eran más específicas aún, y, mientras abrazaba sus hombros y penetraba en ella, las pequeñas manos en mi espalda y el cuerpo más esbelto tendido bajo el mío eran, indudablemente, los de Alison. Todo lo demás, toda la desventura de la pasada semana, se desvaneció. Si hubiera estado en un campo de batalla, no habría percibido los cañonazos ni las explosiones de las granadas.

Mientras su cuerpo se calentaba, comenzó la sensación de extrañeza, de alejamiento. No era que su cuerpo cambiase —no era nada tan tosco como eso—, sino que durante la noche parecía a veces como si fuera objeto de una doble exposición, cambiando imperceptiblemente de forma, de tal modo que durante una mitad de un segundo era el cuerpo que yo había visto fulgurar en el agua, y en la otra mitad era más grueso, de tal modo que una pierna levantada contra mi costado parecía aumentar de peso, presionar con mayor urgencia. Los pechos oprimidos contra mi pecho era pequeños, luego voluminosos, luego pequeños; la cintura, esbelta, luego ancha; pero es más exacto decir que ambos se hallaban presentes al mismo tiempo y que cuando tomé conciencia de esta doble exposición, imaginé que se trataba de una oscilación entre las dos mitades de un segundo.

Una vez, durante sólo un momento que quedó profundamente sumergido bajo una impetuosa sucesión de momentos más largos —un momento como la pequeña fracción contenida dentro de una fracción—, mis manos parecieron tocar algo además de carne.

Horas después, abrí los ojos y vi piel joven a mi lado, una curva de carne que se resolvía en un hombro. Unas manos me amasaban la espalda, una redonda rodilla se elevaba entre mis piernas. La cama era un baño de olores. Perfume sexual, aquel olor crudo y repugnante, polvos de talco, piel joven, cabellos recién lavados. Y el olor a sangre. Levanté la cabeza y vi que la muchacha que estaba debajo de mí, y que deslizaba la mano para excitarme otra vez, era Alison Updahl.

Me retiré.

—Tú.

—Mnnn.

Se me acercó. Sus ojos era pálidos e inexpresivos como siempre, pero su rostro era suave.

—¿Cuánto hace que estás aquí? Ella rió.

—Quería sorprenderte. Pero anoche no te portaste como si estuvieras sorprendido. Sólo hambriento. Realmente, le haces a una sentirse bien recibida.

—¿Cuánto hace que estás aquí?

—Desde anoche. Tienes la cara toda cortada donde te pegó el señor Hovre. ¿Sabes ese estúpido ayudante que tiene, Dave Lokken? Se lo ha estado diciendo a todo el mundo. Hará unos dos días. De cómo te pegó el señor Hovre. Cómo el culpable era Paul Kant. Así que pensé ayudarte a celebrarlo. Aunque tú intentaste hacerle creer que era Zack. Pero eso fue una idiotez.

—Quiero que te vayas.

—Oh, no hay peligro. Quiero decir que él no se enterará de nada. Es jueves por la mañana, y los jueves por la mañana va a la Cooperativa. Ni siquiera sabrá que estoy fuera de casa. La miré atentamente. Parecía por completo a sus anchas, ajena a cualquier rareza.

—¿Has estado aquí toda la noche?

—¿Eh? Claro que he estado.

—¿No has notado nada extraño?

—Solo tú —rió y me pasó un brazo por el cuello—. Eres bastante extraño. No deberías haberle dicho eso acerca de Zack al señor Hovre. Zack te aprecia realmente. Incluso ha leído alguno de esos libros que le diste, como te dijo. De ordinario sólo lee libros sobre crímenes, ya sabes, asesinatos y esas cosas. ¿Lo dijiste por lo de la presa? ¿Por lo que hicimos? Sólo estábamos bromeando. Te portaste bien entonces. Incluso después, cuando te enfadaste, me mirabas…, ya sabes. Porque no llevaba nada encima. Como ahora.

Hizo una mueca, al parecer porque se había arañado con algo que había en la cama, y se pasó la mano por la cadera; el gesto dejó al descubierto su compacto busto, y sentí una involuntaria llamarada de interés sexual. Ella tenía razón. Yo había estado hambriento. Sentía todavía como si no hubiera hecho el amor en varios meses. Alargué la mano y le agarré uno de los pechos. El olor a sangre empezó a brotar de nuevo. Mi única excusa es que estábamos juntos en la cama y ella se estaba mostrando deliberadamente seductora. Fue una experiencia por completo distinta de la de la noche anterior. Su cuerpo me resultaba totalmente extraño, nuestros ritmos no armonizaban, y me desconcertaban sus repentinos espasmos y sacudidas. Finalmente, rodé de lado y dejé que ella dirigiera las cosas, como evidentemente deseaba hacer. Fue una torpe actuación, a lo que supongo que contribuyeron mis dudas sobre mi estado mental. Yo había estado seguro de que mi pareja era mi prima; cuando traté de recordar la sensación de «doble exposición», me pareció algo vago. Pero una cosa era segura, Alison Updahl era una extraña sexual para mí, menos melódica con su cuerpo.

Cuando todo hubo terminado, ella se sentó en la cama.

—Bueno, esta vez no has puesto el corazón en ello.

—Alison —dije, sintiendo la necesidad de preguntarlo—, ¿hizo Zack esas cosas…, los asesinatos? Porque Paul Kant no lo hizo, pese a lo que crea Oso Polar.

Su ternura se había desvanecido antes de que yo terminara de hablar. Pasó las piernas por el borde de la cama, impidiéndome verle la cara. Me pareció que le temblaban los hombros.

—Zack sólo habla de esas cosas, nunca las hace. —Levantó la cabeza—. Eh, ¿y qué tienes en esta cama? Me ha estado arañando toda la mañana.

Se puso en pie, volvió la cara hacia mí y retiró la sábana. Sobre la sábana bajera se veían esparcidas varias diminutas ramitas oscuras…, en cantidad suficiente como para cubrir la palma de una mano.

—Ya es hora de que cambies las sábanas —dijo, recuperando el dominio de sí misma—. Están empezando a germinar.

Con la garganta seca, miré los pequeños objetos que había a mi lado en la arrugada sábana. Ella se apartó.

—Alison —dije—, contéstame una cosa.

—No quiero hablar de esas cosas.

—No. Escucha. ¿Dedicasteis Zack y tú una canción por la radio hará unas dos semanas? ¿De A y Z, a todos los perdidos? —Sí. Pero no puedo hablar de eso…, por favor, Miles.

Naturalmente, Alison no tenía ni idea de lo que significaban para mí aquellas ramitas semejantes a dedos, y cuando me levanté apresuradamente de la cama ella me ignoró al principio mientras se vestía.

—No estás muy charlatán, ¿verdad? Salvo para hacer preguntas estúpidas —dijo, pasándose una camiseta por la cabeza—. No tienes ganas de hablar, ¿eh, Miles? —Se introdujo en los ajustados pantalones vaqueros—. Te gusta echar a perder cosas. Bueno, no tienes que preocuparte. No volveré a invadir tu intimidad.

Luego, como yo no protestara, me miró más atentamente.

—Eh, Miles, ¿qué está pasando? Parecías tan espantado como aquel primer día que volviste.

—No me sorprende —dije—. Tengo la misma razón. Por tu propio bien, será mejor que te vayas.

—¿Por mi propio bien? Jesús, eres un caso.

—Sin duda —dije, y ella metió los pies en sus chancletas y bajó ruidosamente la escalera sin despedirse.

Otras explicaciones…, tenía que haber otras explicaciones. Las ramitas se me habían quedado prendidas en la ropa a mi paso por el bosque, o simplemente cuando caminaba por los alrededores de la granja. O se me habían adherido cuando Oso Polar permitió que Dave Lokken me dejara caer. Me puse en pie y las sacudí de las sábanas.

Finalmente, alisé la cama, me vestí, entré en mi estudio y cogí un lápiz, varias hojas de papel y bajé la escalera para intentar trabajar en la mesa de la cocina. Tuta Sunderson apareció poco después, y le pedí que cambiara las sábanas.

—He oído que estuvo en la tienda de Andy la otra mañana —anunció, con las manos en las caderas—. Creo que pasaron muchas cosas allí.

—Hum —dije.

—Supongo que se sentirá agradecido a alguna de ellas.

—No hay nada como una buena paliza.

—Red dice que Paul Kant hubiera debido marcharse hace mucho tiempo.

—Muy propio del bueno de Red.

—Yo creo que se suicidó. Ese Paul siempre fue un tipo débil.

—Sí, ésa es una de sus teorías favoritas, ¿verdad?

Fragmento de la declaración de Tuta Sunderson:

18 de julio

Tal como yo lo veo, no iba yo a lanzarme a pensar algo sólo porque lo pensaban todos los demás. No había ninguna prueba, ¿no? Yo creo que Paul Kant estalló, simplemente…, era demasiado débil para soportar la presión, y se derrumbó. Nunca confesó, ¿verdad? No. Y usted no había encontrado aún a la otra chica. Yo no tengo prejuicios.

De todos modos, yo iba a seguir vigilando a Miles. Por si decidía huir o algo. Así que fui a su casa el miércoles por la mañana, como siempre, y le diré en qué iba pensando…, en aquella fotografía rota de la hija de Duane que encontré. Lo tenía metido en la cabeza y era algo que me intrigaba. Quiero decir que ¿qué es lo que pasa por la mente de un hombre cuando rompe la foto de una chica? Piense en eso.

Así que, como he dicho, vi a la chica salir de la casa de él aquella mañana justo cuando yo subía por la carretera. Me dije, has estado donde no deberías estar, muchacha, y me quedé un rato allí, en la carretera, para que él no supiera que había visto, y cuando me dijo que le cambiara las sábanas comprendí lo que habían estado haciendo. Puede uno mentir todo lo que quiera, como hacen algunos, pero no se puede engañar a la persona que le lava a uno las sábanas.

Decidí contárselo a Red. Sabía que se pondría furioso, pero quería que él decidiese si debíamos contárselo a Duane. El es ahora el hombre.

Ese día estuve media docena de veces a punto de salir, meterme en el coche y marcharme a alguna parte, no importaba adonde. Pero aún no tenía mi coche y aún creía que podría haber otras explicaciones distintas de la que se había infiltrado en mi consciencia la noche en que había mirado por la ventana de mi habitación y había visto aquella esbelta figura fulminando contra mí una fría e inquietante energía desde la linde del bosque. Era entonces cuando había comenzado el miedo consciente.

Y subsistía, rehusando ser aliviado por teorías. Me seguía escaleras arriba y escaleras abajo, estaba conmigo mientras engullía mi comida, y cuando me sentaba a escribir permanecía detrás de mí, atravesándome la ropa con su helado soplo.

Ella es tu cepo, había dicho Tía Rinn. Mi vida entera había demostrado la exactitud de esa afirmación.

Lo cual volvía a situarme donde había empezado, con el invencible recuerdo del terror que había sentido aquella noche en el bosque. Traté de reconstruir aquellos momentos. Más tarde, me lo había explicado a mí mismo como una fantasía literaria, pero en el momento había sido importante, en el momento yo no había percibido nada literario, sino el puro e invencible terror del mal. Mal es lo que llamamos a la fuerza que podemos descubrir cuando hacemos volar nuestra mente todo lo lejos que puede ir: cuando la mente se desmorona ante algo más grande, más duro que ella misma, incognoscible y hostil. ¿No había cortejado yo al mal, deseando que mi prima volviera a la vida? Pensando de nuevo en la figura de la linde del bosque, comprendí que ella no prometía consuelo ni bienestar; ella no prometía nada que yo pudiera comprender.

Aún no podía reconocerme a mí mismo lo que había empezado a imaginar. Aquella noche, la noche que lo cambió todo, yo había mordisqueado distraídamente en la cocina una amplia variedad de cosas —nueces, un par de zanahorias, un poco de queso— y había salido luego al jardín. La noche era cálida y estaba llena de los aromas del heno y la hierba segada y podía oír el chirriar de los grillos y el sonido de los pájaros invisibles que levantaban el vuelo entre los nogales. Me froté la cara y bajé a la carretera. No podía ver el bosque, pero sabía que estaba allí. Desde el centro de la cálida noche, un frío tentáculo avanzó y me tocó el rostro. Ahora que los habitantes de Arden y del valle habían decidido que yo era inocente de la muertes de las chicas, me sentía más vigilado, más sometido a observación, que antes.

Pensé en las ramitas de mi cama, y volví a subir por el camino. Acerqué mi silla a la mesa. Mecánicamente, empecé a escribir de nuevo. Al cabo de unos minutos percibí una intensificación de la atmósfera: el aire de la habitación parecía cargado, atestado de una actividad invisible. En lo alto, la luz parecía oscilar, oscureciendo la sombra que yo proyectaba sobre la página que tenía delante. Parpadeé y erguí el cuerpo. Notaba olor a agua fría a mi alrededor. Una palmada de frío viento me arrancó el lápiz de la mano, un codo de viento se hincó en mi cuerpo.

Se oscureció la luz como se había oscurecido mi sombra, y noté inmediatamente que la presencia de Alison pugnaba por penetrar en mí. Mis manos y mi cara estaban heladas. Me incliné hacia atrás en la silla, moviendo violentamente los brazos, como aspas de molino. Ella estaba entrando a través de la nariz y los ojos y la boca; grité, aterrorizado. Un montón de hojas de papel saltó en el aire y se fragmentó. Sentí que mi mente se tornaba elástica, deslizante, y se estiraba fuera de control. Ella estaba dentro de mi mente, dentro de mi cuerpo: por debajo de mi terror animal, sentía su odio y sus celos. Mis pies golpearon la mesa, y la puerta cayó de los caballetes que la sostenían. La máquina de escribir retumbó en el suelo. Golpeó mi cabeza contra el suelo de madera. Cuando mi brazo derecho encontró una pila de libros, éstos saltaron por el aire como un surtidor. Percibía su odio en todos mis sentidos: la oscuridad, el frío abrasador de mi boca y de las yemas de mis dedos, el penetrante olor a agua, un ruido susurrante, el sabor a fuego en mi boca. Era el castigo por la última y triste copulación, aquella insípida unión animal. Ella estaba hirviendo dentro de mí, y mis brazos se agitaban y mi espalda se arqueaba y golpeaba contra la madera. Yo arrojaba papeles hacia la ventana, hacia la bombilla. Mi cuerpo fue lanzado rodando por el suelo. Saliva, mocos, lágrimas, me corrían por la cara. Por un instante, me hallé por encima de mi cuerpo, viéndolo agitarse y retorcerse sobre el abarrotado suelo, contemplando cómo se retorcía mi manchado rostro y mis brazos arrojaban libros y papeles, y luego retorné a la mesa hirviente y convulsa, sufriendo como un animal presa de espasmódico ataque. Sus dedos parecían deslizarse en el interior de los míos, sus ligeros y violentos huesos superponerse a los míos. Mis orejas fueron estiradas hacia adelante, la nariz se me llenó de líquido, me estalló el pecho.

Cuando abrí los ojos, todo había terminado. Me oía a mí mismo jadear, no gritar. No había notado su marcha, pero ella se había ido. Yo estaba mirando el sereno perfil de la luna a través de la ventana, por encima de mi derribada mesa.

Luego, el estómago se me desató de pronto, y justamente logré bajar a tiempo. Un amargo y oscuro líquido coloidal ascendió violentamente a mi boca. En ese momento, yo estaba sentado en el retrete, sintiendo que un líquido acuoso brotaba con igual fuerza del otro extremo de mi cuerpo, y volví la cabeza hacia el lavabo, con los ojos cerrados y el rostro bañado en un sudor frío.

Cuando salí del baño y entré en la cocina, tuve que sostenerme apoyándome en la fregadera mientras bebía vaso tras vaso de agua fría. Agua fría. El olor saturaba la casa.

Ella me quería muerto. Ella quería tenerme consigo. Aquella noche que parecía de hacía un siglo, Rinn me había advertido. Ella significa muerte.

¿Y las otras cosas…, las muertes de la chicas? Por primera vez, miré de frente aquel horror. Me hallaba sentado en la habitación que me había esforzado en preparar para ella y trataba de aceptar lo que antes había rehusado pensar: la otra posibilidad que le había mencionado a Oso Polar. Yo había despertado al espíritu de Alison, aquella terrible fuerza que había sentido en el bosque, y sabía ahora que el espíritu rebosaba de envidia de la vida. Ella aparecería el día 21 —y ahora comprendía que lo habría hecho de todos modos, aunque yo me hubiera esforzado en reconstruir el viejo interior de la granja—, pero a medida que se aproximaba la fecha ella iba aumentando en fuerza. Ella podía arrebatar la vida.

Había podido hacerlo desde el día en que yo empecé a aproximarme al valle.

Permanecí sentado en la fría habitación, totalmente paralizado. Alison. Pensé: El día 21 empieza a medianoche del 20. Un día después del que estaba empezando a aparecer con franjas de oscura púrpura sobre los bosques que ennegrecían las colinas.

Al aproximarse la mañana, salí al porche. Las franjas de púrpura se hicieron más anchas; los espaciosos campos, rayados en bandas verdes y amarillas, se iban haciendo visibles con más detalle. Una leve niebla permanecía suspendida sobre ellos, mechones de algodón se enredaban en el maíz.

Me despertaron unos pasos. Tenía frías las manos y los pies. El cielo había adquirido una pálida y uniforme tonalidad azul, y la niebla había desaparecido de todas partes menos de los bordes mismos de los bosques. Iba a ser uno de esos días en que la luna se mantiene visible toda la mañana, colgando de un firmamento azul como una piedra blanca. Tuta Sunderson avanzaba pesadamente por el camino, andando con trabajosos movimientos, como si sus zapatos estuviesen embutidos en cemento. El bolso se le balanceaba al costado. Cuando me vio, cerró la boca con fuerza y se le endureció el rostro. Esperé a que abriera la puerta del porche y entrara.

—Ya no tiene que venir más aquí —dije—. El trabajo ha terminado.

—¿Qué quiere decir?

Vi cómo la sospecha oscurecía sus saltones ojos.

—Su empleo ha terminado. Ya no la necesito más. El trabajo es finito. Kaput. Acabado. Concluido. Finalizado.

—¿Ha estado aquí sentado toda la noche? —Cruzó los brazos sobre su pecho, operación que requería una impresionante cantidad de esfuerzo—. ¿Bebiendo ginebra? Por favor, váyase a casa, Mrs. Sunderson.

—¿Teme que yo vea algo? Bueno, pues ya lo he visto.

—Usted no ha visto nada.

—Parece enfermo. ¿Qué ha hecho, tragarse un frasco de aspirinas o algo así?

—No sé cómo puede arreglarse sin usted el suicidio.

—Por derecho, debo cobrar el salario de toda la semana.

—En efecto. De hecho, debería cobrar el salario de dos semanas. Perdóneme. Le ruego que acepte catorce dólares.

Metí la mano en el bolsillo, saqué varios billetes, conté dos de cinco dólares y cuatro de uno y se los entregué.

—Le he dicho una semana. Eso son cinco dólares. Me paga hoy, viernes, y el sábado, además de los tres días que he trabajado.

Cogió uno de los billetes de cinco dólares y dejó el resto del dinero a mi lado, en el columpio del porche.

—Espléndido. Váyase, por favor, y déjeme sólo. Comprendo que he sido terrible para usted. No he podido evitarlo. Lo siento.

—Sé lo que está haciendo —dijo—. Es usted tan inmundo como cualquier animal del campo.

Eso era muy elocuente. Cerré los ojos. Al cabo de un rato, el ruido de su respiración cambió y la oí volverse. Me sentía mejor. Ahora olía ira. Gracias, Alison. La puerta del porche se cerró de golpe. Mantuve los ojos cerrados mientras la oía caminar por el sendero.

¿Quiénes durmieron juntos? Uno aplastó un hormiguero. Uno rompió una silla.

Uno tenía miedo.

Uno nadaba en sangre. Uno tenía manos frías.

Uno tenía la última palabra.

Cuando abrí los ojos, ella se había ido. Un polvoriento «Ford» de color oscuro, el coche del cartero, se acercó por la carretera y pasó sin frenar ante el empalado receptáculo de metal. No había más cartas de amenaza ni más misivas de mi prima. Sí. Era lógico. Su cuerpo —su esqueleto, después de veinte años— se hallaba en un cementerio de Los Ángeles, bajo una lápida que yo no había visto nunca. Así que tenía que darse forma a sí misma utilizando los materiales disponibles. O ser sólo un viento, el frío hálito del espíritu. Hojas, grava, espinos. Espinos para desgarrar.

Me puse en pie y bajé del porche. Dije mentalmente: espinos para desgarrar. Sentía como si estuviera caminando en sueños. La portezuela del lado del conductor del «Nash» estaba desencajada y se torció con un chirrido cuando la abrí.

Por un momento, no pude recordar adonde iba y me limité a avanzar lenta y serenamente por la carretera, como Duane en el tractor grande. Luego, recordé. La última, la única ayuda. Pisé el acelerador, y el coche rechinó y cogió velocidad mientras pasaba por delante de la casa Sunderson. La señora Sunderson estaba en una de sus ventanas, viéndome pasar. Luego el esqueleto de la escuela, la iglesia, la cerrada curva junto al muro de arenisca. Pasé por delante de la casa de Andy y le vi bombeando gasolina. Su cara tenía un color blancuzco. Detrás de él había una amplia extensión de tierra yerma. Su lechoso rostro giró, siguiéndome mientras pasaba.

Cuando llegué al angosto sendero que subía por entre los campos hacia los árboles, hice girar nuevamente el volante, y el coche empezó a botar sobre el irregular suelo, avanzando en dirección al sol. Unas cuantas mazorcas de maíz de la fila más próxima a la carretera habían sido derribadas, rotas por el tallo, y yacían extendidas al borde del campo. Aquí y allá, habían sido pisoteadas filas enteras; tallos de maíz tan gruesos como un bastón aparecían violentamente inclinados. No tardé en llegar al primero de los árboles, y los campos se desvanecieron entonces a mi espalda y me encontré avanzando entre corpulentos robles. Los rayos del sol se filtraban a través de las ramas y las hojas. Detuve el coche en la pendiente, junto al alto gallinero rojo. Al bajar del vehículo pude oír la algarabía de las aves. Unas cuantas aterrorizadas gallinas huían hacia el bosque, dando bandazos de un lado a otro.

Miré primero en el gallinero. Abrí las puertas y entré, asaltado de nuevo por el hedor. Parecía más intenso aún que el día en que yo le había ayudado torpemente a recoger los huevos. Dos o tres aves batieron sus alas, encaramadas en sus nidos. Giraron las cabezas provistas de picos, ojos como botones clavaron en mí sus miradas. Retrocedí lentamente, fijos en mí aquellos ojos que me miraban desde los lados de las cabezas de ancianos. Cerré la puerta con la suavidad con que ella me había enseñado.

Dos gallinas se habían encaramado en la capota del «Nash». Subí por el camino hacia la casa. La luz del sol no lograba penetrar aquí directamente, y había sólo un dorado resplandor en lo alto, donde las hojas formaban otro firmamento. La pequeña casa parecía oscura y vacía.

Uno tenía manos frías. Uno tenía la última palabra.

Sobre una repisa de la cocina había una bandeja llena de algo envuelto en un paño a cuadros rojos y blancos. Toqué el paño. Estaba seco. Lo retiré y vi que la pieza superior de lefsa aparecía punteada a trechos por un moho verdoso.

Ella estaba en el dormitorio, tendida en el centro de la cama de matrimonio. Una sábana amarillenta y una colcha de retales multicolores la cubrían. Mi nariz captó un olor penetrante. Supe que estaba muerta antes de tocarla y sentí la rigidez de sus dedos. Los blancos cabellos se extendían sobre la bordada funda de la almohada. Dos, tres días muerta, pensé. Podría haber muerto mientras el cuerpo de Paul Kant estaba siendo apartado de las llamas de la Casa Soñada, o mientras yo encajaba mi cuerpo dentro del de un fantasma. Solté su mano rígida y volví a la oscura cocina para telefonear a la Policía de Arden.

—Oh, maldita sea —dijo Lokken, una vez que yo hube expresado dos frases de explicación—. ¿Está usted allí ahora? ¿Con ella?

—Sí.

—¿Dice que la ha encontrado?

—Sí.

—¿Presenta… alguna marca? ¿Alguna señal de… ataque? ¿Alguna indicación de las causas de su muerte?

—Tenía unos noventa y cuatro años —dije—. Supongo que eso servirá como causa de muerte.

—Bien. Maldita sea. Maldita sea. ¿Dice que la ha encontrado ahora?

¿Y qué diablos estaba usted haciendo allí? Buscar la última protección.

—Era hermana de mi abuela —dije.

—Oh, razones familiares —dijo, y comprendí que lo estaba anotando—. ¿O sea que está ahora allí, en aquel bosque? Es ahí donde está su granja, ¿verdad?

—Es ahí donde estoy.

—Bien, maldita sea. —No se me alcanzaba por qué estaba tan agitado a causa de mi información—. Escuché, Teagarden, no se mueva de ahí. Permanezca ahí hasta que pueda llegar yo con una ambulancia. No toque nada.

—Quiero hablar con Oso Polar —dije.

—Bueno, pues no puede. ¿Comprende? El jefe no está aquí ahora. Pero no se preocupe, Teagarden, pronto estará hablando con el jefe. Colgó sin despedirse.

Lokken había sido como un ser de otro mundo, más furioso, y yo volví al dormitorio de Rinn y me senté junto a ella en la cama. Me di cuenta de que aún me estaba moviendo con el entumecimiento que se había adueñado de mí durante la casi insomne noche pasada en el cuarto de estar que había preparado para Alison Greening, y estuve a punto de tenderme en la cama junto al cuerpo de Rinn. Su rostro parecía más suave en la muerte, menos chino y arrugado. Yo tenía conciencia de los huesos que le abultaban la piel de la cara. La toqué la mejilla y, luego, traté de echarle sobre la cabeza la sábana y la colcha. Pero quedaban sujetas por sus brazos, y recordé que Lokken me había dicho que no tocase nada.

Pasó más de una hora antes de que oyera aproximarse unos vehículos. Salí al porche y vi que un coche de la Policía se detenía junto al «Nash», seguido por una ambulancia.

El rechoncho Dave Lokken saltó del coche de la Policía e hizo iracundas señas a los dos hombres de la ambulancia. Éstos descendieron, cruzaron los brazos y se apoyaron contra el costado de su ambulancia. Uno de ellos estaba fumando, y la nube de humo de su cigarrillo se elevaba, ondulante, hasta la espesa fronda de los árboles.

—Usted, Teagarden —gritó Lokken, y volví la cabeza para mirarle.

Vi entonces al hombre de aspecto desaliñado que estaba junto al ayudante. Tenía el pelo cortado casi al rape y llevaba gafas de gruesos cristales.

—¡Largo de aquí, Teagarden! —gritó Lokken.

El hombre que estaba a su lado suspiró y se frotó la cara, y vi la cartera negra que llevaba en la mano.

Bajé del porche. Lokken estaba casi dando saltos de rabia y de impaciencia. Vi cómo se le marcaban los pechos en la camisa de uniforme.

—Muy bien. ¿Cuál es su historia, Teagarden?

—La que le he dicho.

—¿Está ella en la casa? —preguntó el médico. Parecía muy cansado y como si Dave Lokken hubiera empezado a hartarle.

Asentí con la cabeza, y el médico empezó a caminar por el sendero.

—Espere. Primero tengo que hacer unas cuantas preguntas. Dice que la encontró usted. ¿Es cierto eso?

—Eso es lo que he dicho, y es cierto.

—¿Tiene algún testigo?

Uno de los hombres de la ambulancia soltó una risita, y Lokken empezó a enrojecer.

—¿Y bien?

—No. Ningún testigo.

—Dice que acababa de llegar aquí esta mañana, ¿a qué hora?

—Poco antes de llamarle.

—Supongo que ella estaba muerta cuando usted llegó.

—Sí.

—¿De dónde venía usted? —Puso gran énfasis en la pregunta.

—De la granja Updahl.

—¿Le vio alguien allí? Espere, doctor. Quiero terminar aquí antes de que entremos. ¿Bien?

—Tuta Sunderson me vio. La he despedido esta mañana.

Lokken pareció desconcertado y enfurecido por este detalle, pero decidió ignorarlo.

—¿Tocó usted de alguna manera a la vieja? Asentí. El médico me miró por primera vez.

—¿Sí, eh? ¿La tocó? ¿Cómo?

—Le cogí la mano.

Se le oscureció el rostro, y el hombre de la ambulancia volvió a soltar otra risita.

—¿Y cómo es que decidió venir aquí esta mañana?

—Quería verla.

—Sólo quería verla.

Su fofo e incompetente rostro mostraba bien a las claras que le encantaría darme un puñetazo.

—He tenido una mañana muy agitada —dijo el médico—. Terminemos con esto, Dave, para que pueda ir a redactar mis informes.

—Está bien —dijo Lokken, sacudiendo violentamente la cabeza—. Teagarden, esta luna de miel suya podría acabarse de pronto.

El médico me miró con curiosidad casi profesional, y, luego él y Lokken echaron a andar hacia la casa.

Yo me los quedé mirando y luego volví la vista hacia los hombres de la ambulancia. Los dos estaban mirando fijamente al suelo. Uno de ellos me miró un instante y luego se quitó el cigarrillo de la boca y lo contempló con el ceño fruncido, como si estuviera pensando en cambiar de marca. Al cabo de unos momentos, volví a entrar en la casa.

—Causas naturales —estaba diciendo el médico—. No parece que haya problemas con ésta. Simplemente, se quedó sin vida.

Lokken asintió con la cabeza, escribiendo una libreta, y, luego, levantó la vista y me vio.

—¡Eh! Fuera de aquí, Teagarden. ¡No puede estar aquí!

Salí al porche. Un minuto después, Lokken salió también para llamar con un gesto a los hombres de la ambulancia, que desaparecieron un instante tras el vehículo y reaparecieron luego llevando una camilla. Los seguí al interior de la casa, pero no entré en el dormitorio. No necesitaron más que unos segundos para colocar a Rinn sobre la camilla. Las sábanas y la colcha habían sido sustituidas por una manta blanca, echada sobre su cara.

Mientras permanecíamos viendo cómo la llevaban a la ambulancia, Lokken era una sinfonía de pequeños movimientos: daba golpecitos en el suelo con un pie, se frotaba el zapato en la pernera del pantalón, repiqueteaba con las yemas de los dedos en su grueso muslo, se ajustaba la pistolera. Comprendí que todo eso expresaba su repugnancia por estar tan cerca de mí. Cuando salió el médico, diciendo: «Vamonos, me esperan cuatro horas de trabajo con la otra», Lokken se volvió hacia mí y dijo:

—Muy bien, Teagarden. Pero tenemos personas que dirán que le vieron a usted entrar en ese bosque. No vaya a ninguna parte, más que a su casa. ¿Me ha entendido? ¿Eh, profesor? ¿Me ha entendido?

Todo lo cual quedó explicado por una visita que recibí horas después, ese mismo día. Yo había estado recogiendo los papeles de mi estudio, recogiéndolos simplemente a brazadas y dejándolos caer en cestos. La máquina de escribir estaba inutilizada ahora; el carro estaba tan doblado que el rodillo no giraba, y tiré la máquina al sótano.

Cuando oí el ruido de un coche aproximándose a la casa, miré por la ventana: el coche se había detenido ya demasiado cerca de la casa para que pudiera verlo. Esperé a que sonara una llamada, pero no se produjo ninguna. Bajé la escalera y vi un coche de la policía detenido justamente delante del porche. Oso Polar estaba sentado en el guardabarros delantero, enjuagándose la frente con un gran pañuelo moteado.

Me vio salir al porche, bajó la mano y desplazó ligeramente el cuerpo para quedar frente a mí.

—Sal, Miles —dijo.

Me situé delante de la puerta del porche, con las manos en los bolsillos.

—Siento lo de Rinn —dijo—. Supongo que debo excusarme también por el comportamiento de Dave Lokken. El doctor Hampton, el forense del Condado, dice que mi ayudante se mostró un poco áspero contigo.

—No, según lo que tú estilas. Sólo se mostró estúpido y pomposo.

—Bueno, no es ningún gigante mental —dijo Oso Polar.

Había en sus modales una cualidad serena y vigilante —una contención— que no le había visto antes. Permanecimos donde estábamos y nos miramos mutuamente durante un rato antes de que él hablara de nuevo. Me importaban un rábano él y cualquier cosa que él dijese.

—Pensé que te gustaría saberlo. El forense dice que murió hace cuarenta y ocho, quizá sesenta horas. Por lo que deduce, ella se dio cuenta, probablemente, de lo que estaba sucediendo, y se metió en la cama y se murió. Ataque al corazón. Pulcro y sencillo.

—¿Lo sabe Duane?

—Sí. La ha hecho trasladar esta tarde a la funeraria. El entierro será pasado mañana.

Tenía ladeada la cabeza y me miraba con los ojos entornados. A su lado, su sombrero estaba dirigido hacía mí, de tal modo que yo podía ver la luz que reflejaba la estrella prendida en su copa.

—Bueno, gracias —dije, y me volví para entrar de nuevo.

—Otra cosa. Me detuve.

—¿Sí?

—Debo explicarte por qué Dave Lokken se estaba comportando con demasiada rudeza.

—No me interesa —dije.

—Oh, sí que te interesa, Miles. Verás, hemos encontrado esta mañana a esa chica Michalski. —Me dirigió una de sus inexpresivas sonrisas—. Una curiosa coincidencia. Estaba muerta, naturalmente. Pero no creo que eso sea una sorpresa para ti.

—No. Ni para ti tampoco.

Sentí de nuevo el terror, y me apoyé contra la puerta del porche.

—No. Lo esperaba. La cosa es, Miles, que ella estaba ahí mismo, en ese bosque…, a menos de trescientos metros de la casita de Rinn. Empezamos a trabajar desde la 93 —dijo señalando con un brazo— y continuamos a través de ese bosque, mirando cada ramita, y esta mañana la encontramos enterrada bajo tierra suelta en una especie de claro que hay allá arriba.

Tragué saliva.

—¿Conoces ese claro, Miles?

—Tal vez.

—Ajá. Muy bien. Pues por eso se mostró un poco brusco contigo el bueno de Dave…, tú estabas allí con un cadáver, y nosotros habíamos encontrado otro tan cerca que casi se podía escupir de un sitio a otro. Es un pequeño claro natural, tiene en el centro los restos de alguna fogata de campamento. Por su aspecto, ha sido bastante utilizado.

Asentí con la cabeza. Continué con las manos en los bolsillos.

—Podría ser que tú acostumbraras a subir allá. Ahora eso ya no importa, salvo por un detalle. Oh, y ella lo pasó peor que las otras dos, Miles. Tenía los pies quemados. Ahora que lo pienso, tenía quemado también el pelo. Y déjame ver… Oh, sí. Ella fue retenida allí. Ese amigo nuestro la ató a un árbol o algo y…, es sólo una suposición, subía de noche para trabajar sobre ella. Durante más de una semana.

Pensé en la esbelta figura atrayéndome hacia el claro y en cómo había considerado las calientes cenizas como una señal de su presencia curadora.

—No tendrás por casualidad idea de quien haría una cosa así, ¿verdad?

Iba a decir , pero, en lugar de ello, dije:

—¿Tú crees que fue Paul Kant?

Oso Polar movió la cabeza como un orgulloso maestro.

—Muy bien. Muy bien. Mira, eso trae a colación el detalle que he mencionado antes. ¿Qué necesitamos saber?

—Cuánto tiempo llevaba muerta.

—Deberías haber sido policía, Miles. Verás, no creemos que muriese a consecuencia de…, de los experimentos de nuestro amigo. Fue estrangulada. Tiene unas grandes magulladuras en el cuello. Ahora bien, nuestro amigo el doctor Hampton no está todavía seguro de cuándo podría haber sucedido eso. Pero supongamos que fue después de haberse suicidado Paul Kant.

—No soy yo, Oso Polar —dije.

Él se limitó a permanecer allí sentado, parpadeando, fingiendo una cortés atención. Como yo no continuara hablando, entrelazó las manos sobre los muslos.

—Bien, los dos sabemos quién no es, ¿verdad, Miles? Ayer tuve una conversación con tu principal sospechoso. Me dijo que esas botellas de «Coca-Cola» procedían del sótano de Duane, donde tú podías cogerlas con toda facilidad, y que ese pomo de puerta lo tiraste tú mismo. Eran de Duane. Dice que no sabe cómo llegaron a su furgoneta. Y sé que no ha estado de noche en el bosque, porque me confesó lo que ha estado haciendo por las noches. —Sonrió de nuevo—. Él y la hija de Duane solían ir a ese caserón que había detrás de la tienda de Andy. A darse la juerga toda la noche. Paul Kant les echó a perder la diversión.

—Tú no quieres a nadie vivo —dije.

Entornó los ojos, emitió un gruñido de disgusto y volvió a encasquetarse el sombrero.

—Miles, si te vuelves contra mí, vas a echar a perder la diversión.

¿Por qué no vienes a dar una vuelta conmigo?

—¿Una vuelta?

—Una excursión. Quiero enseñarte una cosa. Sube a mi coche. Se puso las gafas de sol. Se levantó del guardabarros. Parecía algo de lo que uno escaparía en una noche oscura. Le miré, tratando de adivinar sus intenciones. —Te he dicho que subas al coche, Miles. Obedecí.

Hizo girar el coche patrulla y enfiló la carretera sin pronunciar palabra, con una expresión de repugnancia grabada en el rostro. Empezaron a acumularse todos aquellos desagradables olores. Nos dirigíamos hacia Arden a más de treinta kilómetros por encima de la velocidad máxima permitida.

—Me llevas a casa de sus padres —dije. No respondió.

—Cállate —dijo.

—Has decidido finalmente detenerme.

Pero no nos detuvimos en la Comisaría de Policía. Oso Polar atravesó Arden a toda velocidad y aceleró aún más cuando salimos de la ciudad. Restaurantes, la bolera, campos. Las granjas y el maíz se adueñaron nuevamente del paisaje. Estábamos ahora en la misma región por la que me había llevado la tarde en que yo había hablado con Paul Kant: amplios campos verdes y amarillos, y el río Blundell reluciendo a través de una pantalla de árboles. Finalmente, Oso Polar se quitó el sombrero y lo echó sobre el asiento trasero. Se pasó la mano por la frente.

—Hace demasiado calor —dijo.

—No lo entiendo. Si me ibas a dar una paliza, podrías haberlo hecho varios kilómetros más atrás.

—No quiero oír tu voz —dijo. Luego, me miró—. ¿Sabes qué hay en Blundell?

Meneé la cabeza.

—Bien, lo vas a averiguar.

Vacas de aspecto fatigado volvían la cabeza para vernos pasar.

—¿El hospital del Estado?

—Sí, está allí —y no dijo más.

Hovre apretó aún más el acelerador, y pasamos a toda velocidad ante el cartel que anunciaba el comienzo de la ciudad de Blundell. Era una ciudad muy parecida a Arden, una calle principal flanqueada de tiendas, casas de madera con porches en una cuadrícula de calles. Una hilera de bombillas y varias banderas colgaban ante un solar destinado a la venta de coches usados, las banderas demasiado fláccidas para ondear. Unos cuantos hombres con sombrero de paja y ropas de trabajo se hallaban sentados en la cuneta.

Oso Polar tomó por la primera carretera, fuera de la ciudad, y, luego, guió el coche patrulla hacia lo que parecía un parque. La carretera se estrechó. Se hallaba bordeada por una extensión de verde césped.

—Terrenos del hospital del Estado —dijo inexpresivamente—. Pero tú y yo no vamos ahí.

A mi izquierda, por entre los árboles, vi aparecer los grandes edificios grises del complejo hospitalario. Poseían una lejanía marciana. Varias sombrillas moteaban el césped, pero no había nadie sentado bajo ellas.

—Voy a hacerte un verdadero favor —dijo—. La mayoría de los turistas nunca ven lo que te voy a enseñar.

La carretera se bifurcaba, y Oso Polar tomó por el ramal de la izquierda, que terminó pronto en una zona de aparcamiento ante un edificio bajo y gris que semejaba un cubo de hielo. En torno a los lados del cubo varios arbustos pugnaban por sobrevivir en la dura arcilla. Comprendí dónde estaba medio segundo antes de ver la placa de metal plantada en el suelo, entre los arbustos.

—Bien venido al depósito de cadáveres del Condado de Furniveau —dijo Oso Polar, y salió del coche.

Echó a andar por el viscoso asfalto del aparcamiento sin volver la vista hacia mí.

Llegué a la puerta justo en el momento en que él la cerraba a su espalda. La abrí y penetré en un interior blanco y frío. Tras las paredes se oía un zumbido de maquinaria.

—Este es mi ayudante —estaba diciendo Oso Polar.

Al cabo de unos momentos me di cuenta de que se refería a mí. Se había quitado las gafas de sol y tenía las manos apoyadas en las caderas. El antiséptico y frío interior del depósito olía como un búfalo. Un hombre menudo y vestido con una chaqueta blanca se hallaba sentado a una destartalada mesa en un rincón y levantó la vista hacia él. La mesa estaba vacía, a excepción de una radio portátil y un cenicero.

—Quiero que eche un vistazo a la nueva.

El hombre me miró. A él le daba igual. Todo le daba igual.

—¿Qué nueva?

—Michalski.

—Ajá. Ha vuelto de la autopsia. No sabía que tenías ningún ayudante nuevo.

—Es un voluntario —dijo Oso Polar.

—Bueno, qué diablos —dijo el hombre, levantándose.

Franqueó unas puertas verdes de metal que había al final del pasillo.

—Tú primero —dijo Oso Polar, haciéndome seña de que pasara.

Era inútil protestar. Seguí al empleado a lo largo de una fila de armarios metálicos. Hovre venía detrás de mí, tan cerca que casi me pisaba los talones.

—¿Estabas preparado para esto? —me preguntó.

—No le veo la punta —dije.

—Pronto la verás.

El hombre se detuvo ante uno de los armarios, sacó del bolsillo un llavero y abrió la puerta.

—Boca arriba —dijo Oso Polar.

El hombre sacó la larga bandeja del armario. Sobre ella yacía el cadáver desnudo de una muchacha. Yo había pensado que las cubrían con sábanas.

—Dios —exclamé, al ver sus heridas y las cicatrices de la autopsia. Oso Polar estaba esperando, muy quieto. Miré la cara de la muchacha. Luego, empecé a sudar en la helada estancia.

Sonó la voz de Oso Polar.

—¿Te recuerda a alguien?

Intenté tragar saliva. Aquello era prueba más que suficiente, si es que necesitaba alguna prueba más.

—¿Se le parecían las dos primeras?

—Mucho —respondió Oso Polar—. La Strand se le parecía tanto que podría ser su hermana.

Recordé la violencia del odio que había sentido cuando ella había parecido penetrar en mí. Ella había vuelto y había matado a tres chicas que presentaban una semejanza accidental con ella. Yo sería el siguiente.

—Interesante, ¿verdad? —dijo Hovre—. Guárdala, Archy.

El hombrecillo, que había permanecido con los brazos apoyados contra el frente del armario como si estuviera dormido de pie, volvió a empujar la bandeja al interior del armario.

—Volvamos al coche —dijo Oso Polar.

Le seguí al ardiente y luminoso exterior. Él me llevó de nuevo a la granja Updahl sin pronunciar palabra.

Tras torcer por el camino de acceso, detuvo el coche patrulla delante del porche y salió al mismo tiempo que yo. Vino hacia mí, convertido en una grande e intimidante presencia física.

—Supongo que estamos de acuerdo en no hacer nada hasta que reciba el informe final del forense.

—¿Por qué no me metes en la cárcel?

—Hombre, Miles, eres mi ayudante en este caso —dijo, y volvió al coche—. Mientras tanto, duerme un poco. Tienes mal aspecto. Mientras hacía girar de nuevo el coche, vi en sus labios la sombría y satisfecha sonrisa.

Desperté bien avanzada la noche. Alison Greening se hallaba sentada en la silla a los pies de la cama. Podía distinguir su rostro y la forma de su cuerpo a la luz de la luna. Temí…, no sé qué temía, pero temí por mi vida. Ella no hacia nada. Me senté en la cama: me sentía terriblemente desnudo y desprotegido. Ella tenía un aspecto completamente normal; parecía una muchacha corriente. Me estaba mirando fijamente, con expresión plácida y desprovista de emoción, abstraída. Por un momento pensé que tenía un aspecto demasiado vulgar para haber causado todos aquellos trastornos en Arden y en mí. Su rostro parecía de cera. Luego, retornó de golpe todo mi terror, y abrí la boca para decir algo. Antes de que pudiera formar ninguna palabra, ella desapareció.

Salté de la cama, toqué su silla y me dirigí luego a mi estudio. Había todavía papeles esparcidos por el suelo, papeles derramados de los cestos. Ella no estaba allí.

Por la mañana, me bebí media pinta de leche, pensé con repugnancia en comer algo y reconocí que tenía que marcharme. Rinn había tenido razón. Tenía que abandonar el valle. La vista de Alison sentada serena e impasible en la silla a los pies de la cama, bañado su blanco rostro por la luz de la luna, era más aterradora que el frenético asalto en mi habitación. Podía ver aquel rostro, desangrado por la pálida luz, y no había en él ningún sentimiento que yo reconociera; las complicaciones de la emoción habían sido borradas. No había más vida de la que había en una máscara. Dejé a un lado la botella, comprobé que llevaba las llaves y dinero en el bolsillo y salí al exterior. Sobre la hierba brillaba el rocío.

Por la carretera 93 hasta Liberty, pensé luego continuar hasta donde pudiese coger la autopista a La Costa, y después cruzaría el río y me dirigiría a una pequeña ciudad, donde dejaría el «Nash» y telegrafiaría a la New York Chemical en petición de dinero y compraría un coche de segunda mano y me iría a Colorado o Wyoming, donde no conocía a nadie. Retrocedí a la carretera del valle y aceleré, dirigiéndome a la carretera general.

Cuando miré por el espejo retrovisor al pasar por delante de la iglesia, vi que me seguía otro coche. Aceleré, y el otro mantuvo invariable la distancia que nos separaba. Era como el preludio de aquella horrible noche en que yo la había perdido, la noche en que habíamos hecho la promesa. Cuando el otro coche aumentó su velocidad y se acercó más, vi que era blanco y negro y comprendí que era un coche de la Policía. Si es Oso Polar, pensé, le atacaré con las manos desnudas. Pisé a fondo el acelerador y estiré del volante al pasar la curva junto al muro de arenisca, el «Nash» empezó a vibrar. El coche patrulla me alcanzó sin esfuerzo y empezó a obstruirme el paso, forzándome a echar a un lado de la carretera. Torcí junto a la casa de Andy y pasé en torno a los surtidores de gasolina. El coche patrulla se me anticipó y se adelantó para bloquearme la salida. Yo miré a mí alrededor, considerando la posibilidad de retroceder y dar la vuelta por el aparcamiento, pero su coche habría alcanzado en treinta segundos al viejo «Nash». Apagué el contacto.

Salí del coche y me puse en pie. El hombre que estaba al volante del coche patrulla abrió la portezuela y salió. Era Dave Lokken. Echó a andar hacia mí, con la mano derecha en la pistolera.

—Bonita carrera.

Estaba imitando a Oso Polar, incluso en su lenta forma de andar.

—¿Adónde cree que iba?

Me apoyé en el caliente metal del «Nash».

—De compras.

—Espero que no estaría pensando en marcharse. Porque por eso es por lo que llevo dos días vigilándole, para cerciorarme de que ni siquiera piensa en ello.

—¿Me estaba vigilando?

—Por su propio bien —respondió, sonriendo—. El jefe dice que necesita usted mucha ayuda. Voy a ayudarle a quedarse donde podamos tenerle a la vista. El forense no tardará ya en llamar al jefe.

—Yo no soy el que busca —dije—. Le estoy diciendo la verdad.

—Supongo que me va a decir que fue el hijo del jefe Hovre, Zack. Le oí decir eso hace un par de noches. Lo mismo podría ponerse una pistola en la cabeza. Su hijo es toda la familia que tiene el jefe. Y ahora vuélvase y váyase a casa.

Recordé la pálida máscara mirándome desde los pies de la cama; y luego levanté la vista hacia las ventanas de la casa de Andy. Andy y su mujer estaban allí mirándonos, un rostro lleno de horror, el otro de desprecio.

—Venga a ayudarme a dar la vuelta a mi coche —dije, y le volví la espalda.

Tras dar un par de pasos, me detuve.

—¿Qué diría si yo le dijese que su jefe violó y asesinó a una chica? —pregunté—. Hace veinte años.

—Diría que estaba usted buscando que le volaran la cabeza. Como ha estado haciendo desde que llegó aquí.

—¿Qué diría si yo le dijese que la chica que violó…?

Me di la vuelta, miré su encolerizada cara de paleto y renuncié. El hombre olía a goma quemada.

—Me voy a Arden —dije—. Sígame.

Le vi conducir detrás de mí durante todo el camino hasta Arden, hablando a veces por el micrófono de su radioemisor, y cuando me puse a discutir con Hank Speltz él se quedó el coche y aparcó al otro lado de la calle frente al garaje. Al principio, el muchacho me dijo que las «reparaciones» en el «VW» me costarían quinientos dólares, y yo me negué a pagar esa suma. Él se metió las manos en los bolsillos de su mono y me miró hoscamente. Le pregunté qué había hecho.

—He tenido que reconstruir casi todo el motor. Remendar lo que no podía reconstruir. Montones de cosas. Correas nuevas.

—Supongo que estás de broma —dije—. No creo que tú puedas reconstruir ni un cigarrillo.

—O paga, o no hay coche. ¿Quiere que llame a la Policía?

—Te daré cincuenta dólares y nada más. Ni siquiera me has enseñado un parte de reparación.

—Quinientos. Nosotros no usamos parte de reparación. La gente de por aquí confía en nosotros.

Era mi día temerario. Crucé la calle, abrí la portezuela del coche de Lokken y le hice a éste seguirme hasta el garaje. Hank Speltz tenía aspecto de haberse arrepentido de su observación sobre llamar a la Policía.

—Bueno —dijo Speltz después de que le hube obligado a Lokken a escuchar un resumen de nuestra conversación—. Le estaba cargando un anticipo a cuenta del trabajo sobre la carrocería.

Lokken le miró con disgusto.

—Te daré treinta pavos —dije.

—¡Dijo cincuenta! —protestó Speltz.

—He cambiado de idea.

—Hazle una factura por treinta —dijo Lokken. El muchacho entró en la oficina del garaje.

—Es curioso —le dije a Lokken—, no se puede hacer nada malo en este país si se tiene un poli al lado.

Lokken se alejó lentamente sin responder, y Speltz reapareció gruñendo que las ventanillas nuevas le habían costado más de treinta dólares.

—Y ahora lléname el depósito —dije—. Tengo tarjeta de crédito.

—No aceptamos tarjetas de crédito de fuera del Estado.

—¡Agente! —grité, y Lokken nos miró ceñudamente desde atrás del volante de su coche.

—Cállese —dijo el muchacho.

Cuando llevé el maltratado coche junto a los surtidores, llenó el depósito y volvió con el aparato de la tarjeta de crédito.

En la calle, Lokken situó su coche junto al mío y se inclinó hacia mí.

—He recibido una noticia por la radio hace unos momentos. Probablemente, ya no le voy a vigilar más.

Luego, puso marcha atrás, dio media vuelta y se alejó por la calle Mayor en dirección a la comisaría de Policía.

Descubrí lo que Hank Speltz había querido decir al hablar de reconstrucción del motor cuando pisé el acelerador al subir la colina por delante del motel «R-D-N». El motor se paró, y tuve que arrimar el coche a la cuneta y esperar varios minutos antes de que volviera a arrancar. Esto mismo se repitió cuando subía la cuesta hacia el termómetro y la panorámica italiana, y una vez más cuando descendía la última colina hacia la autopista. Se paró por cuarta vez cuando entré en el camino de acceso a mi casa, y lo dejé que se siguiera moviendo por inercia hasta detenerse sobre el césped.

Otro coche de Policía se hallaba estacionado en mi lugar habitual delante del garaje. Vi la estrella del jefe en la portezuela.

Empecé a andar hacia la figura que se hallaba sentada en el columpio del porche.

—¿Ha ido todo bien en la estación de servicio? —preguntó Oso Polar.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Buena pregunta. ¿Qué tal si entras y habíamos de ello? —Había abandonado parte de su fingimiento: su voz era átona y fatigada. Cuando entré en el porche vi que Oso Polar se hallaba sentado junto a un montón de ropas mías.

—Una brillante idea —dije—. Quítale a un hombre su ropa, y no podrá ir a ninguna parte. Muy ingenioso.

—Hablaremos luego de la ropa. Siéntate.

Era una orden. Me dirigí a una silla situada en el extremo del porche y me senté frente a él.

—El forense ha telefoneado su informe hace un par de horas. Cree que la Michalski murió el jueves. Quizás hasta veinticuatro horas después de haberse suicidado Paul Kant.

—Un día antes de queja encontrases.

—En efecto. —Le costaba ahora disimular su ira—. Llegamos un día demasiado tarde. Podríamos no haberla encontrado nunca, si alguien no hubiera decidido decirnos que a ti te gustaba ir a ese bosque. Quizá Paul Kant estuviera todavía vivo si hubiéramos ido antes allá.

—Quieres decir que quizás uno de tus vigilantes no le habría matado.

—Muy bien —se levantó y caminó hacia mí, haciendo crujir las tablas con sus pasos—. Muy bien, Miles. Te has estado divirtiendo mucho. Has estado haciendo un montón de absurdas acusaciones. Pero la diversión se ha terminado. ¿Por qué no lo sueltas todo y me haces una confesión? —Sonrió—. Es mi trabajo, Miles. Estoy siendo realmente amable y cuidadoso contigo. No quiero que ningún astuto abogado judío de Nueva York venga aquí diciendo que he pisoteado tus derechos.

—Quiero que me metas en la cárcel —dije.

—Lo sé. Te lo dije hace mucho tiempo. Sólo hay una cosa que tienes que hacer antes de que tu conciencia encuentre descanso.

—Creo… —dije, y mi garganta estaba tan tensa como el rostro de Galen Hovre—. Sé que suena absurdo, pero creo que Alison Greening mató a esas chicas.

Empezaron a hinchársele las venas del cuello.

—Ella escribió, envió, quiero decir, aquellas cartas en blanco. La que te enseñé y la otra. Yo lo he visto, Oso Polar. Ha vuelto. La noche en que murió habíamos prometido reunimos en 1975, y yo he venido aquí por eso, y… y ella está aquí. Yo la he visto. Quiere llevarme consigo. Ella odia la vida. Rinn lo sabía. Ella…

Advertí con sorpresa que Oso Polar estaba furioso. Al instante, se movió con más rapidez de la que yo habría imaginado posible en un hombre de su corpulencia y dio una patada a la silla en que yo estaba sentado. Caí de lado y rodé contra la mampara. Él alargó el pie, y su zapato me alcanzó en la cadera.

—Maldito idiota —dijo.

El olor a pólvora se derramó sobre mí. Me dio una patada en la boca del estómago, y me doblé sobre mí mismo. Se me clavaron en la mejilla unas astillas sueltas de las tablas del suelo. Como la noche de la muerte de Paul, Oso Polar se inclinó sobre mí.

—¿Crees que te vas a librar de esto haciéndote el loco? Yo te voy a hablar de la zorra de tu prima, Miles. Claro que estuve allí aquella noche. Estábamos los dos. Duane y yo. Pero Duane no la violó. Yo lo hice. Duane estaba demasiado, ocupado dejándote fuera de combate —yo forcejeaba por respirar—. Le pegué en la cabeza justo después de que Duane te golpeó a ti con una piedra. Luego, la poseí. Era lo que ella quería…, solamente se resistía porque estabas tú allí.

Me agarró del pelo y golpeó mi cabeza contra el suelo.

—Ni siquiera sabía que estaba sin conocimiento hasta que todo terminó. Aquella putilla se había estado riendo de mí todo el verano. Quizás incluso quería matarla. Ya no sé. Pero sí sé que cada vez que tú pronunciabas el nombre de esa zorra te habría matado, Miles. No hubieras debido andar sacando a relucir el pasado, Miles —volvió a golpear mi cabeza contra las tablas—. No debiste andar revolviendo. Retiró la mano de mi cabeza e inhaló ruidosamente.

—Es inútil que intentes contarle esto a nadie, porque nadie te creerá. Lo sabes, ¿verdad? —podría oír su respiración—. ¿Verdad?

Su mano descendió y golpeó de nuevo sobre mi cabeza contra el suelo. Luego, dijo:

—Vamos adentro. No quiero que nadie vea esto.

Me levantó, me arrastró al interior y me dejó caer sobre el suelo. Sentí un agudo y estallante dolor en la nariz y los oídos. Seguía costándome respirar.

—Arréstame —dije, y oí gorgotear mi voz—. Ella me matará —mi mejilla descansaba sobre una alfombra de nudos.

—Tú quieres las cosas demasiado fáciles, Miles.

Oí sus pies moverse por el suelo y me puse tenso, esperando otra patada. Luego, le oí entrar en la cocina. Chapoteo de agua. Abrí los ojos. Volvió bebiendo un vaso de agua.

Se sentó en el viejo sofá.

—Quiero saber una cosa. ¿Qué sentiste al ver a Paul Kant la noche en que murió? ¿Qué sentiste al mirar a aquel desventurado marica y saber que él estaba en el infierno por causa de lo que tú habías hecho?

—Yo no lo hice —dije, con voz todavía gorgoteante. Hovre lanzó un enorme suspiro.

—Me lo estás poniendo todo muy difícil. ¿Qué hay de la sangre de tu ropa?

—¿Qué sangre?

Descubrí que podía incorporarme y sentarme en el suelo.

—La sangre de tu ropa. He registrado tu armario. Tienes unos pantalones manchados de sangre, un par de zapatos con lo que podrían ser manchas de sangre en la parte de arriba. —Dejó el vaso en el suelo—. Ahora tengo que llevarlos al laboratorio de Blundell para ver si encuentran el tipo de sangre de alguna de las chicas. Candace Michalski y Gwen Olson eran AB, Jenny Strand tenía el grupo O.

—¿Sangre en mi ropa? Oh. Sí. Fue cuando me corté la mano. El día en que llegué aquí. Me goteó en los zapatos mientras conducía. Probablemente, también sobre el pantalón.

Hovre meneó la cabeza.

—Y soy AB —dije.

—¿Cómo es que lo sabes, Miles?

—Mi mujer era donante. Todos los años dábamos medio litro cada uno al banco de sangre de Long Island City.

—Long Island City. —Meneó de nuevo la cabeza—. ¿Y eres AB? Se levantó del sofá y salió al porche, pasando por delante de mí.

—Miles —exclamó—, si eres tan inocente, ¿por qué esa prisa para que te meta en la cárcel?

—Ya te lo he dicho —respondí.

—Cristo.

Regresó trayendo mis ropas y mis zapatos. Sentí rebrotar el dolor en mi cabeza al acercárseme.

—Te voy a explicar la cruda realidad —dijo—. Va a circular la noticia. Yo no voy a hacer nada por impedirlo. Ni voy a hacer que Dave Lokken permanezca vigilando en la carretera. Si alguien viene a buscarte aquí, por mí perfecto. Un poco de justicia de la selva no me importaría lo más mínimo. Casi preferiría tenerte muerto que en la cárcel, muchacho. Y no creo que seas lo bastante estúpido como para pensar que puedes escapar de mí. No podrías ir muy lejos en ese coche, ¿verdad? —Su pie avanzó hacia mí y se detuvo a un par de centímetros de mis costillas—. ¿Verdad?

Asentí.

—Tendré noticias tuyas, Miles. Tendré noticias tuyas. Los dos vamos a recibir lo que queremos.

Tras permanecer una hora en un baño caliente, dejando que el dolor se fuera esfumando en el vapor, me senté a la mesa de mi estudio y escribí durante varias horas…, hasta que vi que había empezado a oscurecer. Oí a Duane gritarle a su hija. Su voz se elevaba y descendía monótonamente, airadamente, insistiendo en alguna cuestión inaudible. La voz de Duane y el crepúsculo me hacían imposible continuar trabajando. Pasar otra noche en la granja era casi imposible: me parecía verla todavía, sentada en la silla a los pies de la cama, mirándome inexpresivamente, incluso estoicamente, como si lo que yo veía fuese sólo una reproducción en cera de su rostro y de su cuerpo, un caparazón de un milímetro de grosor tras el que giraban estrellas y gases. Dejé el lápiz, cogí una chaqueta de mi saqueado armario, bajé la escalera y salí al exterior.

Estaba comenzando la noche. Las oscuras formas de las nubes se deslizaban bajo un inmenso firmamento. Por encima de ellas colgaba una descolorida luna. Una solitaria flecha de fría brisa parecía llegar directamente hacia la casa desde el negro bosque. Me estremecí y subí al maltrecho «Volkswagen».

Al principio, pensé en pasear simplemente por las carreteras comárcales hasta que me sintiera demasiado cansado para continuar y pasarme luego el resto de la noche durmiendo en el automóvil; luego, pensé que podría ir a «Freebo’s» y acelerar el olvido comprándolo. El olvido no podría costar más de diez dólares y era la mejor compra de Arden. Pasé a la 93 y enfilé el coche hacia la ciudad. Pero ¿qué clase de recibimiento podía esperar en «Freebo’s»? Para entonces todo el mundo conocería el informe del forense. Yo sería un horrible paria. O un ser inhumano al que someter a caza. En ese momento, se me paró el coche. Maldije a Hank Speltz. Yo carecía por completo de la competencia mecánica necesaria para arreglar lo que el muchacho había hecho. Me imaginé regresando a Nueva York a una velocidad constante de cincuenta kilómetros por hora. Necesitaría otro mecánico, lo que significaba que tendría que gastar la mayor parte del dinero que me quedaba en cuenta. Pensé luego en el rostro de cera que ocultaba estrellas y gases, y comprendí que tendría suerte si conseguía volver jamás a Nueva York.

Esa noche hice un llamamiento a la compasión, un segundo llamamiento a la violencia.

Finalmente, hice arrancar de nuevo el coche.

Al pasar por una de las calles secundarias de Arden vi una figura familiar que pasaba ante una ventana iluminada, y me arrimé a la cuneta y salté del coche antes de que se apagara el motor. Corrí sobre el negro asfalto del centro de la carretera y crucé su jardín. Pulsé el timbre de Bertilsson.

Cuando abrió la puerta, vi la sorpresa alterar sus facciones. Su rostro, como el de ella, era una máscara. Ignoró las preguntas de su mujer de «¿Quién es? ¿Quién es?» a su espalda.

—Bien —dijo sonriéndome—. ¿Vienes a pedir mi bendición? ¿O tenías algo que confesar?

—Quiero que me deje entrar. Quiero que me proteja.

El rostro de su mujer apareció por encima de su hombro, en alguna oculta abertura de su casa, un rincón o una puerta. Empezó a aproximarse.

—Hemos oído los terribles detalles de la muchacha Michalski —dijo—. Tienes un gran sentido del humor al venir aquí, Miles.

—Por favor, déjeme entrar —dije—. Necesito su ayuda.

—Yo creo que mi ayuda está reservada para los que saben usarla.

—Estoy en peligro. En peligro de muerte.

Su mujer me miró ahora ceñuda por encima del hombro de él.

—¿Qué quiere? Dile que se vaya.

—Creo que va a pedir que se le permita pasar aquí la noche.

—¿No tiene usted un deber? —pregunté.

—Tengo un deber hacia todos los cristianos —dije—. Tú no eres cristiano. Tú eres una abominación.

—Dile que se vaya.

—Se lo suplico.

La cabeza de Mrs. Bertilsson se irguió, y en su rostro había una expresión fría y dura.

—Fuiste demasiado altivo para seguir nuestro consejo cuando te vimos en la ciudad, y no tenemos ninguna obligación de ayudarte ahora. ¿Nos pides que te dejemos quedarte aquí?

—Sólo por una noche.

—¿Crees que podría dormir estando tú en mi casa? Cierra la puerta, Elmer.

—Espere…

—Una abominación.

Cerró de un portazo. Un instante después, vi correrse las cortinas en el centro de la ventana.

Desvalido. Sin posibilidad de ayudar ni de ser ayudado. Esta es la historia de un hombre que no podía hacer que le detuviesen.

Fui al centro y detuve el coche en medio de una calle desierta. Toqué el claxon una vez, luego dos veces. Por un momento, apoyé la frente en el borde del volante. Luego, la abrí la portezuela. Oí el zumbido de un letrero de neón, el fugaz batir de alas en lo alto. Quedé parado en pie junto al coche. A mí alrededor, nada se movía, nada revelaba la presencia de vida. Todas las tiendas estaban a oscuras; a ambos lados de la calle, había coches aparcados con el morro hacia la cuneta, como reses dormidas. Grité. Ni siquiera un eco me respondió. Hasta los dos bares parecían desiertos, aunque iluminados por letreros que centelleaban en sus escaparates. Caminé por el centro de la calle hacia «Freebo’s». Sentía el flotante azul congregarse en torno a mí.

Una piedra del tamaño de una patata había quedado retenida en la rejilla de un desagüe, junto a la cuneta. Podía ser una de las que me habían tirado a mí. La cogí y la sopesé en mi mano. Luego, la lancé contra el alargado escaparate rectangular de «Freebo’s». Me acordé de cuando arrojaba vasos contra la pared de mi apartamento, allá en los apasionados días de mi matrimonio. Se oyó un ruido terrible, y el cristal se hizo añicos contra la acera. Y luego todo quedó igual que antes. Yo seguía en la calle desierta; las tiendas continuaban sin luz; nadie gritaba, nadie corría hacia mí. El único ruido era el zumbido del letrero de neón. Le debía a Freebo unos cincuenta dólares, pero nunca podría pagárselos. Percibí un olor a polvo y a hierba, olores transportados por el viento desde los campos. Imaginaba a los hombres dentro del bar, apartados de las ventanas, conteniendo el aliento hasta que yo me marchase. Dentro, con las mesas y la gramola automática y los centelleantes anuncios de cerveza, todos esperando que yo me fuera. La última de las últimas oportunidades.

En la mañana del día 21 desperté en el asiento posterior del coche. Se me había permitido sobrevivir a la noche. Gritos, voces airadas desde la casa de Duane. Sus problemas con su hija parecían terriblemente remotos, problemas ajenos en un mundo ajeno. Me incliné sobre el asiento y accioné el seguro de la puerta, empujé el asiento hacia delante y salí. Me dolía la espalda; sentía un dolor agudo y persistente entre los ojos. Cuando miré un reloj vi que faltaban trece horas para el anochecer: no huiría de ello. No podía. El día, mi último día, era cálido y despejado. A veinte metros de distancia, la yegua zaina apoyó la cabeza sobre la valla y me miró con sedosos ojos. El aire estaba inmóvil. Un enorme tábano, de verde iridiscencia, empezó a revolotear sobre el coche, concentrándose en los excrementos de pájaros. Todo a mí alrededor parecía una parte de la llegada de Alison, pistas, piezas de un rompecabezas que encajarían antes de medianoche.

Pensé: si entro de nuevo en este coche y trato de marcharme, ella me detendrá. Hojas y ramas cubrirían el parabrisas, las enredaderas trabarían el acelerador. Mi sensación visual de todo esto fue demasiado poderosa… Por un instante, vi el sencillo interior del «VW» henchido de una asfixiante profusión de follaje, y experimenté náuseas ante el olor a savia… y separé la mano del techo del coche. No veía cómo iba a poder soportar la tensión de las próximas horas.

¿Dónde estaría yo cuando ella viniese?

Con la desesperada temeridad de un soldado que sabe que la batalla se producirá, esté él o no preparado para ello, decidí lo que haría al anochecer. Realmente, sólo había un lugar en el que debería estar cuando sucediese. Lo había esperado durante muchos años, y sabía adonde ir a esperar el momento final, adonde tenia que ir, y tenía que ser cuando llegara el sonido del fuerte viento y se abriera el bosque para liberarla y liberarme violentamente a mí. No había más últimas oportunidades.

Pasó el tiempo. Yo me movía aturdidamente por la casa, preguntándome vagamente a veces por qué no habría aparecido Tuta Sunderson y recordando luego que la había despedido. Me senté en los viejos muebles y caí físicamente en el pasado. Mi abuela introducía una cazuela en el horno, Oral Roberts declamaba por la radio, Duane daba palmadas desde una silla en un rincón oscuro. Tenía veinte años, y el pelo se le elevaba sobre la frente en ondulado tupé. Alison Greening, de catorce años, mágicamente vibrante, apareció en la puerta (camisa de hombre abotonada, pantalones pardo amarillentos, una promesa sexual haciendo restallar el aire a su alrededor) y entró deslizándose sobre sus pies calzados con zapatillas de goma. Mi madre y la suya hablaban en el porche. Sus voces eran cansadas y tranquilas. Vi a Duane mirar a mi prima con una expresión de odio.

Luego me encontré en el dormitorio, sin recordar haber subido la escalera. Estaba mirando la cama. Recordé la sensación de unos pechos apretados contra el mío, primero pequeños, luego exuberantes, y cómo me había introducido en el cuerpo de un fantasma. Ella estaba todavía bajando por la escalera; oí sus leves pisadas atravesando el cuarto de estar, la oí cerrar de golpe la puerta del porche.

Volviste a meterte en líos el año pasado. Había sentido abrasarme la cara. El verano se está esfumando, querido. Fui a mi estudio y vi papeles rebosando de los cestos. ¿Tosen los pájaros? Solo veía una conclusión. Yo estaba en jaque. Sin embargo, en el recuerdo, ella descendía la escalera. Sentía como si un algodón absorbente me envolviese, como si estuviera pisando melaza, una gruesa capa de polvo…

Volví al dormitorio y me senté en la silla situada frente a la cama Lo había perdido todo. Notaba el rostro como una máscara, como si pudiera desprendérmela como había hecho con el bálsamo de Rinn. Incluso cuando empecé a llorar, advertí que mis facciones se habían tornado tan inexpresivas y vacías como las de ella la noche en que la había visto mirándome abstraídamente desde aquella misma silla. Ella ha entrado de nuevo en mí, está abajo, bebiendo Kool en la burbuja de tiempo que es 1955, está esperando.

Pocas horas después, estoy sentado a mi mesa y mirando por la ventana cuando oigo gritar a Alison Updahl. Un momento después, mientras mis sentidos despiertan de su bruma, la veo cruzar el sendero en dirección al cobertizo. Tiene la camisa rasgada por la espalda, como si alguien hubiera intentado hacerla volverse, y el jirón aletea con su movimiento. Cuando llega al cobertizo, no se detiene, sino que lo rodea corriendo, salta una cerca de alambre de espino para pasar al campo contiguo y continúa corriendo por sus pendientes y sus herbosas eminencis hacia la línea del bosque en ese lado del valle. Ese es el bosque en que Alison y yo, provistos cada uno con una pala, habíamos buscado tumbas indias. Cuando llega a una pequeña loma y empieza a descender a una hondonada llena de abundantes flores amarillas, se arranca el pedazo de tela rasgada y lo tira tras de sí. En ese momento, sé que está llorando.

Luego, otro movimiento más próximo: veo a Duane, vestido con su ropa de trabajo, bajar por el sendero con aire titubeante. Lleva una escopeta bajo un brazo, pero parece incómodo con ella. Avanza unos tres metros, con la escopeta apuntando hacia el camino, y luego se detiene, la mira y me vuelve la espalda. Unos pasos sendero arriba, y luego se da de nuevo la vuelta y reanuda la marcha en mi dirección. Vuelve a mirar la escopeta. Avanza otros tres pasos. Luego, suspira —veo sus hombros elevarse y descender— y tira la escopeta entre las hierbas que crecen junto al garaje. Veo su boca formar la palabra puta. Mira por un momento hacia la vieja granja, como si deseara poder verla también en llamas. Luego, levanta la vista hacia la ventana y me ve. Inmediatamente, huelo a pólvora y a carne quemada. El dice algo, sacudiendo el cuerpo, pero sus palabras no atraviesan el cristal, y abro la ventana.

—Vete de aquí —dice—. Dios te maldiga, vete de aquí.

Bajo la escalera y salgo al porche. Él está paseando de un lado a otro sobre el destrozado césped, con las manos en los bolsillos del mono y la cabeza inclinada. Cuando me ve, da una violenta patada en un reborde de barro dejado por un neumático al patinar. Me mira furiosamente y, luego, vuelve a bajar la cabeza y hace girar el pie en el barro.

—Lo sabía —dice. Su voz es ronca y estrangulada—. Malditas mujeres. Maldito tú.

Tiene el rostro descompuesto. Su furia no es como la que yo había visto antes, sino más bien como la rabia contenida que había presenciado en el cobertizo, cuando golpeaba al tractor con un martillo.

—Eres basura. Basura. Tú la has hecho inmunda. Tú y Zack.

Salgo del porche a la desfalleciente luz del sol. Duane parece a punto de estallar. Tocarle sería quemarse las manos. Incluso en mi nebuloso estado, concentrado en lo que sucederá dentro de cuatro o cinco horas, me siento impresionado por la elevada carga de confusión emocional de Duane. Su odio es casi visible, pero como si se hallara sofocado cual un fuego bajo una manta.

—Te he visto tirar la escopeta —digo.

—Me has visto tirar la escopeta —repite con tono burlón—. Me has visto tirar la escopeta. Maldito cabrón. ¿Crees que no podría matarte con las manos? —Con un diez por ciento más de presión, su rostro estallaría y saldría volando en mil pedazos—. ¿Eh? ¿Crees que te vas a quedar tan ancho?

Quedarme tan ancho con qué, podría preguntar, pero su desesperación centra toda mi atención.

—Bueno, pues no va a ser así —dice. No puede controlar su voz, que adquiere un tono agudo de falsete—. Sé lo que os pasa en la cárcel a los monstruos sexuales. Te harán picadillo. Desearás estar muerto. O quizá te metan en un manicomio. En cualquier caso, estás perdido. Perdido. Cada día que pase lamentarás un poco más seguir con vida. Y eso está bien. Porque no mereces morir.

La dimensión de su odio me impresiona.

—Oh, va a suceder, Miles. Va a suceder. Tenías que volver aquí, ¿verdad? ¿A pasarme por las narices tu maldita cara, tu maldita educación? Bastardo. He tenido que vapulearla, pero me lo ha contado. Lo ha confesado.

Duane avanza hacia mí, y veo los colores alternando en su rostro.

—Los tipos como tú se figuran que pueden quedarse tan anchos haciendo cualquier cosa, ¿verdad? Tú crees que las chicas nunca hablarán de ello.

—No hubo ningún «ello» —digo, comprendiendo por fin.

—Tuta la vio, Tuta la vio salir. Ella se lo dijo a Red, y mi amigo Red me lo dijo a mí. Así que lo sé, Miles, lo sé. Tú la hiciste inmunda. Ni siquiera puedo aguantar mirarte.

—Yo no violé a tu hija, Duane —dijo, sin dar crédito a que realmente esté sucediendo esta escena.

—Entonces dime qué sucedió. Tú eres bueno con las palabras, tú dominas el idioma, dime qué sucedió.

—Ella vino a mí. Yo no le pedí que lo hiciera. Ni siquiera deseaba que lo hiciera. Ella se metió en mi cama. Estaba siendo usada por otra persona.

—Otra persona…

—Estaba siendo usada por Alison Greening.

—Maldita sea, maldita sea, maldita sea. —Y saca las manos de los bolsillos y se golpea a ambos lados de la cabeza—. Cuando te encierren, voy a quemar esta casa, voy a destruirla por completo, y todos los tipos de la ciudad podéis iros al infierno, voy a…

Está más calmado. Se separa los puños de las sienes y me mira con ojos llameantes. Me doy cuenta por primera vez de que los tiene del mismo color que los de su hija, pero tan llenos de luz abstracta como los de Zack.

—¿Por qué has decidido no disparar contra mí?

—Porque eso es demasiado fácil para ti. Tú no viniste aquí a revolverlo todo sólo para que te peguen un tiro. Te van a ocurrir las peores cosas del mundo. —Le llamean los ojos—. No creas que no sé lo de ese cabrón de Zack. Estoy enterado de sus salidas. Tú no sabes nada que yo no sepa, aunque les invites a beber y todo eso. Tengo oídos. La oigo volver a su cuarto por las mañanas…, es una basura, como todas las demás. Empezando por aquélla cuyo nombre le puse. Todas son basura. Animales. Una docena de ellas no haría un hombre bueno. No sé por qué me casé. Después de aquella zorra polaca, ya conocía a todas las mujeres. Basura, como tú. Sabía que no podía manteneros separados a ella y a ti. Todas las mujeres son iguales. Pero tú vas a pagar.

—¿Me odias tanto por causa de Alison Greening? —pregunto—. Pagar, ¿por qué?

—Por ser tú. —Lo dice con tono inexpresivo, como explicándoselo a sí mismo—. Todo ha terminado para ti, Miles. Hovre te va a encerrar. Acabo de hablar con él. Veinticuatro horas como máximo. Si intentas huir, te cazarán.

—¿Has hablado con Hovre? ¿Vas a detenerme? Es lo que quiero.

—Cristo —dice Duane, en voz baja.

—Alison Greening va a regresar esta noche. No es lo que era antes…, es algo horrible. Rinn trató de avisarme. —Miro el incrédulo rostro de Duane—. Y ella es quien ha matado a esas chicas. Yo creía que era Zack, pero ahora sé que fue Alison Greening.

—Deja de pronunciar ese nombre —dice Duane, mordiendo las palabras.

Doy media vuelta y echo a correr hacia la casa. Duane grita detrás de mí, y yo le respondo, también a gritos:

—Voy adentro para llamar a Hovre.

Me sigue al interior y me mira suspicazmente mientras marco el número de la Comisaría.

—No te va a servir de nada —murmura, moviéndose de un lado a otro en la cocina—. Lo único que puedes hacer ahora es esperar. O subirte a ese cacharro tuyo y tratar de huir. Pero según Hank no puedes ir a más de sesenta en él. Antes de llegar a Blundell, Hovre ya te habría cogido.

Está hablando para él mismo tanto como para mí; está vuelto de espaldas.

Yo escucho la señal de llamada, esperando que conteste Dave Lokken; pero en su lugar la voz de Hovre.

—Aquí, Hovre.

—Soy Miles. Duane:

—¿Con quién hablas? ¿Es Hovre?

—Soy Miles, Oso Polar. ¿Por qué no estás viniendo hacia aquí? Hay una pausa. Luego, dice:

—Vaya, Miles, acaban de darme noticias tuyas. Parece ser que no podías detenerte. Tengo entendido que tu primo Duane está ahí contigo.

—Sí. Aquí está.

—Y un carajo estoy —dice Duane.

—Bien. Oye, tenemos resultados sobre esa sangre. Es AB, sí. Los chicos del laboratorio dicen que hará falta otro día para determinar si es de hombre o de mujer.

—Yo no dispongo de un día más.

—Miles, mi viejo amigo, me sorprendería que dispusieras de cinco minutos más. ¿No lleva una escopeta del calibre 12? Le dije que llevase una cuando fuese a verte. La Ley puede pasar por alto ciertas cosas que podría hacer un hombre si se le somete a demasiada presión.

—Te estoy pidiendo que me salves la vida, Oso Polar.

—Algunos quizá dijesen que estarías mucho más seguro muerto, Miles.

—¿Sabe, Lokken, lo que estás haciendo? Oigo el jadeo de su tos.

—Dave ha tenido que ir al otro extremo del Condado.

—Dile que venga aquí ahora —dice Duane—. No puedo soportar tenerte por más tiempo en la casa.

—Dice Duane que debes venir ahora.

—¿Por qué no continuáis Duane y tú vuestra conversación? Me parece que está resultando muy fructífera. —Y cuelga.

Me vuelvo, con el auricular todavía en la mano, y veo que Duane me está mirando con ojos estólidos y rostro congestionado.

—No va a venir, Duane. Cree que tú me vas a pegar un tiro. Quiere que lo hagas. Ha enviado a Lokken a desempeñar alguna misión inventada para que nadie sepa cómo arregla las cosas.

—Estás diciendo tonterías.

—¿Te dijo él que trajeses una escopeta?

—Claro. Él piensa que tú mataste a esas chicas.

—Es más tortuoso que todo eso. Me contó lo de Alison Greening. Me contó lo que ocurrió. Preferiría verme muerto antes que en la cárcel. Si estoy muerto, sigo siendo culpable de los asesinatos, pero no puedo hablar con nadie.

—Cállate —dice, con los brazos balanceándose a los costados—. No digas ni una sola palabra acerca de eso.

—Porque detestas pensar en ello. No pudiste hacerlo. No pudiste violarla.

—Uf —resopla Duane, con rostro tenso y congestionado—. No he venido aquí para hablar de eso. Sólo quería oírte confesar que has introducido en mi hija la parte más sucia de ti mismo. ¿Crees que me ha gustado pegarle?

—Sí.

¿Qué?.

—Sí. Creo que has disfrutado con ello.

Duane se vuelve y aprieta las palmas de las manos contra un armario de cocina, sosteniendo su peso con los brazos, como le había visto hacer sobre el bloque del motor de un tractor. Cuando se vuelve de nuevo hacia mí, hace un esfuerzo por sonreír.

—Ahora sé que estás loco. Eso lo explica todo. Quizá debiera matarte, como dices que quiere Hovre.

—Quizá.

Me impresiona su forzado intento de relajación. Tiene ahora el rostro completamente pálido; parece como si pudiera fragmentarse en trozos, cual si fuese de barro. Su personalidad, que yo había creído tan estoica y recia como su cuerpo, parece estar quebrantándose, disgregándose en sus distintas facetas.

—¿Por qué me dejaste venir aquí? —pregunto—. ¿Por qué no me escribiste diciendo que había otra persona ocupando la casa? ¿Y por qué te mostraste amistoso cuando llegué?

No dice nada; simplemente, me mira, y su cuerpo entero manifiesta una ira sorda y hostil.

—Soy tan inocente de las muertes de esas chicas como de la muerte de Alison Greening —le digo.

—Quizás ése fue el primer aviso que tuviste —dice Duane—. Voy a estar al tanto de oír el sonido de ese cacharro tuyo, así que será mejor que te estés aquí quieto hasta que Hovre venga por ti. —Luego, con una sonrisa que parece casi sincera—: Voy a disfrutar con eso.

Su grisáceo rostro se altera, al darse cuenta de una cosa.

—Por Dios, si hubiera tenido mi escopeta te habría partido en dos.

—Entonces, Alison Greening vendría por ti esta noche.

—No importa lo loco que finjas estar —dice Duane—. Ya no.

—No. Ya no.

Cuando salió de la granja, Duane dijo:

—¿Sabes? Mi mujer era tan estúpida como las demás. La muy zorra lo deseaba realmente. Ni siquiera podía fingir que era mejor que eso. Solía quejarse de lo sucio que yo iba a los campos, y yo le respondía que la suciedad que yo llevaba encima no era nada en comparación con la que ella tenía en la mente. Yo sólo esperaba que me diera un hijo.

Cuando el crepúsculo comenzó a devorar el paisaje, comprendí que tenía aproximadamente tres horas para llegar adonde tenía que ir. Tendría que caminar. Duane oiría el coche y telefonearía a Hovre. Ellos no encajaban en el lugar adonde yo iba. La alternativa era esperar en la granja y tomar cada crujido de las tablas como la señal de su llegada. No. Yo tenía que volver solo al lugar de nuestra vieja promesa, a la presa Pohlson, donde había empezado, para verla tal como estaba aquella noche, sin el Hombre de Hojalata y sin Zack, para permanecer en la oscuridad sobre aquellas lisas superficies de piedra y respirar aquel aire. Sentía casi que si me encontrase de nuevo en aquel lugar, podría retornar al comienzo e invertir las cosas: podría encontrar un eco de la muchacha y reclamarme a mí mismo y a ella en esa salvación. Duane y sus furiosas represiones, Oso Polar y sus proyectos, quedaban empequeñecidos a la luz de esta inmensa posibilidad. Los olvidé a los dos cinco minutos después de que Duane saliera de la casa. El hambriento Paul Kant había caminado a través de los campos; yo lo haría también.

Me costó poco mas de la cuarta parte del tiempo que le había costado a Paul. Caminé, simplemente, a lo largo del mullido borde de la carretera, yendo bajo la moribunda luz adonde tenía que ir; una vez, pasó un camión, y me metí en un maizal hasta que sus luces rojas desaparecieron tras un recodo. Experimentaba una penetrante sensación de invisibilidad. Ningún tipo montado en un camión podría detenerme; como tampoco podía yo impedir que mi prima afirmara su pretensión. Chispeaba el miedo bajo mi piel; caminaba con pasos rápidos, apenas consciente de la grava sobre la que me movía; en lo alto de la larga y ondulada colina toqué la madera del letrero de la Caja de la comunidad y sentí la humedad de la carcoma. Brillaban unas luces en un granja apenas visible en un negro valle. Por un instante experimenté la sensación de que iba a saltar a la abrupta ladera de la colina e iba a echarme a volar…, un sueño de lo inhumano, un sueño de huida. Unas manos frías me rozaron los costados y me impulsaron a continuar adelante.

En la base del camino que subía por la pequeña colina que conducía a la presa, me detuve a tomar aliento. Eran poco más de las nueve. En el cada vez más oscuro firmamento permanecía suspendida la blanca e inerte piedra de la luna. Di un paso por el camino: yo era el polo negativo de un imán, el polo lunar. Los pies me palpitaban dolorosamente en sus zapatos de ciudad. La rama de un roble emergía con una claridad sobrenatural, casi vocal; un enorme músculo vibraba bajo su corteza. Me senté en el borde de un saliente de granito y me quité los zapatos. Luego, los dejé caer junto a la roca y, encontrando lo que tenía que encontrar para moverme, me moví. De puntillas, pisando con cuidado, subí por el camino. Las piedrecillas dejaron paso a hierba seca. Al llegar arriba, apoyé los talones en el suelo. Ante mí se extendía la lisa y oscura superficie, limitada al fondo por la línea de matorrales. El firmamento se iba oscureciendo con rapidez. Me di cuenta de que llevaba la chaqueta en una mano y me la eché por los hombros. El aire me agarrotó la garganta. Alison Greening parecía profundamente incrustada en el paisaje, formando parte de él. Estaba fuertemente impresa en cada roca, en cada hoja. Continué avanzando, el acto más valiente de mi vida, y sentí la invisibilidad rebullir a mi alrededor. Para cuando llegué al otro lado de la lisa extensión, había oscurecido ya por completo. El tránsito del crepúsculo a la noche fue instantáneo, una fracción de segundo. Mis pies, embutidos en calcetines, encontraron una suave losa de piedra. Una ampolla me ardía en el talón. Su rojez me ascendía por la pierna. Me parecía ver ese color elevándose y manchándome, y continué avanzando sobre la oscura hierba hasta la línea de matorrales. Sentí turbárseme la mente, y volví la cabeza a la derecha y vi un par de pinzones subiendo hacia el firmamento. La luz de la luna los rozó un instante y plateó luego la escasa vegetación. Di otro paso y me encontré en la primera roca, contemplando la taza de agua negra que era la presa. Era el centro de un intenso y apretado silencio.

Y de un gran resplandor. La luna, tan semejante a un medallón como el rostro de Alison, brillaba trémulamente desde el centro del agua. Me temblaban las piernas. Mi mente no era más que una lisa superficie de imágenes. Habría necesitado un minuto para recordar mi nombre. La piedra me hería los pies; bajé al peldaño siguiente y me sentí empujado hacia el resplandor. Aquella lisa superficie de agua con su reluciente centro me atraía, me hacía descender hacia ella. Otro escalón. Parecía como si la presa entera, bordeada de roca, estuviera canturreando…, no, canturreaba realmente, encajada en la divisoria entre el insondable y oscuro fondo del agua y la lisa y reluciente cabeza de la luna. El mundo se inclinó para hacerme resbalar, y yo me incliné con él.

Luego, estaba allí, en el fondo del fondo del mundo. La fría roca empujaba hacia arriba las plantas de mis pies. Me ardían las sienes y se me erizaron los pelillos de la nariz. Por mis muñecas se deslizaba agua. Mis dedos tocaron mis mangas, y estaban secas.

En el fondo del fondo del mundo, con el rostro vuelto hacia la fría efigie de la luna, me encontraba en medio de un irreal resplandor. Cuando mi cuerpo empezó a temblar, apoyé las palmas de las manos sobre la fría superficie de la roca y cerré los ojos. Las señales de su venida eran inimaginables: me parecía que ella podría emerger del centro de aquel reluciente disco posado en el agua. La roca se deslizaba bajo mis manos; con los ojos firmemente cerrados, yo me estaba moviendo, formaba parte de un elemento en movimiento, la roca que se adaptaba a mis manos y a mi cuerpo como un negativo, como una imagen reflejada. La sensación era muy intensa. Las yemas de mis dedos se introducían en diminutos surcos existentes en la piedra, formas de manos tocaban mis manos, y cuando volví a abrir los ojos creía que me iba a encontrar con una escarpada pared de roca.

Me concentré en mi cuerpo, en medio de la superficie de piedra. Sentía la roca elevarse con mi respiración, las venas de mis manos conectar con otras venas existentes en la piedra, y dejé de moverme. Pensé: soy una mente humana en un cuerpo humano. Vi un irreal resplandor blanco sobre mis rodillas y mis pies enfundados en calcetines. Altos muros me circundaban, el agua permanecía inmóvil, la única cosa existente en el mundo debajo de mí. Sabía que me quedaba muy poco tiempo. La chaqueta se tendía sobre mi hombro como una masa de hojas. Tenía todo el resto de mi vida para pensar; para esperar.

Pero esperar es pensar, la anticipación es una idea en el cuerpo, y durante un largo rato hasta mi pulso estaba cargado con la energía de mi espera. Pensé en arrojarme a través del tiempo; ya no temblaba. Mis dedos se introducían en los surcos de la piedra. En el cuenco de la presa, la noche permanecía terroríficamente inmóvil. Una vez, abrí los ojos y miré mi reloj, en el que unos puntos junto a los números y unas rayas a lo largo de las agujas brillaban con un verdoso fulgor: eran las once menos cuarto.

Traté de recordar cuándo habíamos empezado a bañarnos. Tenía que ser en algún momento entre las once y las doce. Probablemente, Alison había muerto cerca de la medianoche. Levanté la vista hacia las estrellas y volví a bajarla luego hacia el agua en que flotaba la luna. Podía recordar cada palabra pronunciada aquella noche, cada gesto. Los había tenido presentes en mi mente durante los últimos veinte años. Por dos veces, mientras daba clase a mis alumnos, había retrocedido súbita y vertiginosamente hacia aquellos febriles minutos y había vuelto a verlo todo de nuevo, mientras mi voz desencarnada seguía sonando, haciendo gala de ingenio a costa de la literatura. Era cierto decir que yo había estado atrapado allí, en aquella sección del tiempo, desde entonces, y que lo que me había aterrado en mi clase no era mas que una imagen de mi vida.

Todo estaba sucediendo todavía, en un espacio detrás de mis ojos que le pertenecía, y yo podía volver la vista hacia dentro para verlo y vernos a nosotros. El aspecto que ella tenía, sonriéndome mientras el aire frío se posaba sobre mis hombros. ¿Quieres hacer lo que hacemos en California? Sus manos en las caderas. Yo podía ver mis propias manos soltando mis botones, mis piernas, las piernas de un muchacho de trece años, colgando pálidas y delgadas sobre la roca. Levanté la vista, y ella era un arco blanco penetrando en aquel momento en el agua, una visión de un pez volador. Eso estaría impreso en otras dos mentes, además de la mía. Hilos nos habían visto: nuestros cuerpos hendiendo el agua, nuestros blancos brazos, sus cabellos convertidos en una brillante masa contra mi rostro. Desde su ángulo visual, seríamos pálidos rostros bajo los cabellos oscurecidos por el agua, dos rostros tan próximos como para estar flotando juntos.

Alejé estos pensamientos. Levanté el brazo y miré mi muñeca: las once. En la nuca se me empezó a contraer un nervio.

Volví a cerrar los ojos, y la energía de la piedra ascendió de nuevo al encuentro de mis manos, mis talones, mis estiradas piernas. Mi respiración parecía insólitamente sonora, amplificada por los complicados conductos del interior de mi cuerpo. La zona entera de la presa respiraba conmigo, inhalando y exhalando aire. Conté hasta cien, haciendo que cada inhalación y exhalación durase ocho latidos. Muy pronto.

Me veía a mí mismo como me había visto un mes antes, cuando sólo a medias me había atrevido a reconocer que había regresado a la granja para acudir a una cita con un fantasma. Y traía conmigo una hilera de muertes que se arrastraban como una cola tras de mí. Pese a todo el aparato de las cajas de libros y las notas, yo ni siquiera había hecho un trabajo de tres días en mi tesis: había renunciado a ella con el más fútil de los pretextos, el de que las estúpidas ideas de Zack se asemejaban demasiado a las de Lawrence. En su lugar, había vuelto contra mí casi involuntariamente a todo el valle. Y me veía a mí mismo: un hombre corpulento de cabellos ralos, un hombre cuyo rostro expresa inmediatamente cualquier emoción que se apodere de él, un hombre dedicándose a alborotar a una pequeña ciudad. Yo había insultado en cuatro semanas a más personas que en los cuatro últimos años. Contemplaba todo esto como desde fuera, me veía a mí mismo irrumpir en tiendas y dar absurdos mensajes desde taburetes de bar, fingiendo pequeños hurtos y con la repugnancia reflejada en la cara. Hasta Duane había disimulado mejor sus sentimientos. Desde la mañana de mi llegada, yo había sentido el acercamiento de Alison Greening, y ese hecho —la visión de ella en la linde del bosque—, me había empujado a la irracionalidad.

Pronuncié su nombre, y crujió una hoja. La luz de la luna hacía que mi cuerpo pareciese bidimensional, una figura dibujada en un papel. Tenía que ser casi la hora. Las once y media. Se produjo una súbita presión en mi vejiga; sentía que me ardía la cara. Crucé las piernas y esperé a que cediera la presión. Empecé a balancearme hacia delante sobre mis rígidos brazos. Los nervios de la piedra respondieron a mi movimiento y lo repitieron de tal modo que al principio la piedra se balanceó conmigo y, luego, asumió todo el movimiento y me balanceó ella misma. La necesidad de orinar se convirtió en dolor. Fui balanceado con más fuerza, y se desvaneció. Me tendí de espaldas y dejé que la piedra acomodase un hueco para mi cabeza. Mis manos, estiradas a los costados, encontraron sus verdaderos lugares. Muy pronto.

Una nube ocultó la mitad de las estrellas y se deslizó lentamente sobre el muerto círculo de la luna. Mi cuerpo parecía ya haber renunciado a su vida, y habérsela incorporado la piedra. La fría agua de la presa estaba respirando a través de mí, usándome como su fuelle; creí oírla caminar hacia mí, pero pasó una leve brisa, y todavía las complicaciones de la vida, las complicaciones del sentimiento brotaban de mi cuerpo y se tendían en derredor. Pensé: no puede durar, es demasiado, la muerte es necesaria, necesaria. De pronto me pareció, como un latigazo de oro en el fondo de mi miedo, que había regresado al valle sabiendo que iba a morir allí.

Oí música y comprendí que procedía del eléctrico punto de contacto entre mi cabeza y la roca por encima del agua. Pronto, pronto, pronto. Mi muerte se me acercaba aceleradamente, y sentí hacérseme más liviano el cuerpo. Las tremendas fuerzas que se cernían sobre mí parecieron elevarme dos o tres centímetros por encima de la roca, la música sonaba en mi cabeza, sentí mi alma contraerse en una zumbante cápsula justo debajo de mi clavícula. Permanecí así largo rato, presto a disgregarme a su contacto. Contemplé a mi pesada, profana, sarcástica e ingenua persona atravesando Arden, ocultándose en el interior del cuerpo de la casa de mi abuela, titubeando en el suelo de un bosque, medio violando a una acurrucada muchacha; contuve una exclamación porque la sensación de levitación, todas mis células ligadas por la luz de la luna en un contrato por ignorar la ley de la gravedad, había durado mucho.

Todo mi ser me indicó la proximidad de la medianoche. No pude ahuyentar por segunda vez el súbito dolor en mi vejiga, sonó una hoja impulsada por una ráfaga de viento, y un cálido líquido fluyó a lo largo de mis piernas en una deliciosa sensación de liberación. Alargué la mano para cogerla, cada segundo de su tiempo palpitaba a lo largo de mi cuerpo. Solamente pude coger aire.

Y caí de nuevo sobre la yerta piedra. En aquella gigantesca turbación, cesó la música, y tuve consciencia de mis pulmones aspirando aire, de la roca inerte debajo de mí, del agua negra y fría, y me eché hacia atrás para apoyar la espalda contra el muro de la presa. Las húmedas perneras de mis pantalones me colgaban sobre las piernas. Yo me había equivocado respecto a la hora. Debía de haber sucedido más tarde; pero capté el ribete de desesperación que había en el pensamiento y me recliné y miré a través de la luz de la luna hacia la mayor pérdida de mi vida.

Eran las doce y dos minutos. Ella no había venido. El 21 de julio había pasado, y ella no venía. Nunca vendría. Estaba muerta. Me encontraba varado, solo, en el mundo humano. Mi culpabilidad, moviéndose a impulsos de su propio ímpetu, se desplazó en mi interior y estableció una nueva relación con mi cuerpo.

No podía moverme. Lo había intentado todo. No había visto nada en la linde de los campos…, nada más que mi histeria. Me ajusté la chaqueta al cuerpo, obedeciendo a un reflejo que me había quedado de la infancia.

El choque se mantuvo durante horas. Cuando mis pantalones empezaron a secarse, me di cuenta de que se me habían dormido las piernas, y me doblé las rodillas con las manos. Un intenso dolor irradió desde las rodillas. Traté de ponerme en pie.

Durante un rato, sofoqué mi conciencia de dolor, moviéndome torpemente sobre las piernas de otro. Luego, me senté en uno de los escalones de piedra y medité de nuevo en la pérdida que había sufrido. No podía llorar: demasiado de lo que había perdido era yo mismo. Cualquier cosa que en lo sucesivo fuera a ser yo, siempre que pudiera pensar en convertirme en algo que pudiera llamar yo mismo. Sería diferente. Había inventado un yo que confiaba en la posibilidad del retorno de Alison Greening, y me sentía ahora como un hermano siamés cuya otra mitad hubiera sido separada quirúrgicamente. La culpabilidad que había llevado durante veinte años había alterado drásticamente sus dimensiones, pero yo no podía decir si se había hecho mayor o menor.

Iba a tener que vivir.

Pasé toda la noche junto a la presa, aunque en el momento mismo en que me había parecido caer de nuevo a tierra —aun antes de mirar mi reloj— supe que Alison Greening había desaparecido de mi vida para toda la eternidad.

Durante la última hora que pasé lamentando la segunda y definitiva marcha de Alison de mi vida, pude pensar en Arden y en lo que había estado sucediendo allí. Duane, Oso Polar, Paul Kant, yo mismo. Cómo después de veinte años habíamos vuelto a reunimos en un trágico paisaje. Cómo nos habíamos visto todos marcados por mujeres. Vi las pautas que nos unían, como las «líneas de fuerza» de Zack. Y vi otra cosa.

Comprendí por fin que el asesino de las chicas había sido mi primo Duane. Que odiaba a las mujeres más que ningún otro hombre que yo hubiera conocido jamás, que, probablemente, había planeado los asesinatos de las chicas que se parecían a Alison Greening desde el día en que yo le había escrito diciéndole que iba a Arden. De Duane eran las viejas botellas de «Coca-Cola», las hachas, los pomos: Zack debía de haber robado el que yo había visto de dondequiera que lo hubiese escondido Duane.

Sentado junto a la presa, aturdido todavía por el choque de la pérdida, lo vi con una nítida y cruel claridad. Habiendo descartado a Alison, sólo podía ser Duane. Y vi que su hija lo había temido…, ella había rehuido cualquier discusión sobre las muertes de las chicas. Lo que yo había tomado por un deseo de parecer más insensible (por lo tanto, más adulta, imaginaba ella) de lo que era, se explicaba mejor por el temor a que su padre fuese un asesino. Ella había rechazado cualquier conversación sobre las chicas muertas.

Me puse en pie: podía andar. Me sentí investido de una especie de nueva fuerza. Toda una era dé mi vida, como un período geológico, estaba tocando a su fin…, terminaría con lo que yo iba a tener que hacer. No tenía ni la más remota idea de qué haría después de eso.

Bajé por la ladera de la colina y encontré mis zapatos. En una sola noche se habían quedado resecos y abarquillados, y cuando introduje los pies en ellos, las plantillas semejaban pieles de lagarto. Parecían no ajustarse, haber sido conformados por otro hombre.

Cuando salí a la carretera, vi un camión que se acercaba hacia mí, procedente de la dirección de Arden. Era primo hermano del camión del que yo había huido la noche anterior; extendí la mano, con el pulgar levantado, y el hombre que iba al volante frenó junto a mí. Del camión emanaba un fuerte olor a cerdos.

—¿Señor? —dijo el viejo que estaba al volante.

—Se me ha estropeado el coche —dije—. ¿Podría llevarme a algún lugar cercano al valle Norway?

—Suba, amigo —respondió, y se inclinó para abrirme la portezuela. Subí junto a él. Era un hombre delgado de setenta y tantos años, de pelo blanco cortado a cepillo. Sus manos resultaban enormes sobre el volante.

—Se ha levantado temprano —dijo, sin que ello fuera exactamente una pregunta.

—Llevo mucho tiempo viajando.

Puso de nuevo en marcha el camión, y la parte trasera empezó a crujir y a dar sacudidas.

—¿Realmente va usted al valle?

—Claro —respondió—. Acabo de llevar a la ciudad una partida de cerdos, y ahora vuelvo a casa. Mi chico y yo tenemos un terreno a unos catorce o quince kilómetros valle abajo. ¿Ha estado alguna vez por esa parte?

—No —respondí.

—Es bonita. Bonita de veras. No sé qué hace vagando por la comarca un joven como usted, cuando podría establecerse en las mejores tierras de labor de todo el Estado. El hombre no nació para vivir en ciudades, en mi opinión.

Asentí con la cabeza. Sus palabras hicieron brotar en mí la certeza de que no iba a regresar a Nueva York.

—Supongo que es usted vendedor —dijo.

—En estos momentos estoy entre dos empleos —respondí, y me gané una mirada de viva curiosidad.

—Lo siento. Pero voté a los demócratas y haremos que este país vuelva a ponerse en pie y que jóvenes como usted vuelvan a tener trabajo. —Miró con los ojos entornados a la carretera, iluminada ya por el sol naciente, y de la caja del camión nos llegaba oleada tras oleada de olor a cerdos—. Recuérdelo.

Cuando torció por la carretera del valle, me preguntó adonde quería ir exactamente.

—Podría venirse conmigo todo el camino y nos tomábamos juntos una taza de café. ¿Qué le parece?

—Gracias, pero no. Quisiera que me dejase en casa de Andy.

—Como mande —dijo, con tono de conformidad.

Luego, nos detuvimos ante los surtidores de gasolina de Andy. El sol matutino descendía oblicuamente sobre el polvo y la grava. Al abrir la portezuela, el hombre volvió la cabeza hacía mí y dijo:

—Ya sé que me ha estado mintiendo, joven.

Le miré sorprendido, preguntándome qué habría leído en mi cara.

—Sobre su coche. No tiene coche, ¿verdad? Ha venido todo el tiempo haciendo autostop, ¿verdad?

Correspondí a su sonrisa.

—Gracias por traerme —dije, y bajé de la cabina, dejando atrás el fuerte olor a cerdo. El camión se alejó rechinando, internándose en el valle, y yo me volví, crucé el espacio cubierto de gravilla y subí los peldaños.

La puerta estaba cerrada. Atisbé a través del cristal y no vi ninguna luz. En la puerta no había ningún letrero de CERRADO, pero miré el panel inferior del cristal que había tras la rejilla y vi una polvorienta tarjeta en la que ponía: Lunes a viernes, 7.30 a 6.30. Sábado, 7.30 a 9.00. Golpeé la puerta de rejilla. Después de cuarenta segundos de sacudirla violentamente, vi a Andy acercarse por entre las apiñadas mesas, forzando la vista para averiguar quién era.

Cuando estuvo lo bastante cerca como para identificarme, se detuvo.

—Está cerrado.

Le hice seña de que se acercase más. Él meneó la cabeza.

—Por favor —grité—. Sólo quiero usar tu teléfono. Titubeó y, luego, se aproximó lentamente a la puerta. Parecía preocupado y confuso.

—Tienes teléfono en casa de Duane —dijo, con voz sofocada por el cristal.

—Tengo que hacer una llamada antes de ir allí —supliqué.

—¿A quién vas a llamar, Miles?

—A la Policía. A Oso Polar Hovre.

—¿Qué le vas a decir al jefe?

—Quédate escuchando y lo sabrás.

Dio los dos pasos necesarios y puso la mano en la cerradura. Se le contrajo un músculo de la cara, y, luego, descorrió el cerrojo y abrió la puerta.

La puerta de rejilla está todavía cerrada, Miles. Supongo que si vas a llamar a la Policía, bueno…, pero ¿cómo sé que es eso lo que vas a hacer?

—Puedes quedarte detrás de mí. Puedes marcar tú mismo el número. Hizo girar la aldabilla.

—No hagas ruido. Margaret está atrás, en la cocina. No le gustará.

Le seguí al interior. Él volvió la cara hacia mí; parecía preocupado. Estaba acostumbrado a tomar decisiones equivocadas.

—El teléfono está en el mostrador —susurró.

Mientras se dirigía hacia el aparato, su mujer llamó desde la parte de atrás de la tienda.

—¿Quién era?

—El viajante —respondió Andy.

—Por amor de Dios, dile que se vaya. Es demasiado temprano.

—Un momento. —Señaló el teléfono; luego, susurró—: No. Yo marcaré.

Cuando obtuvo el tono de llamada, me pasó el aparato y cruzó los brazos sobre el pecho.

El teléfono sonó dos veces, y luego oí la voz de Lokken. —¿Policía?

Pregunté por Oso Polar. Si quiere coger al asesino, iba a decirle haga lo que yo le diga. Estará en su granja o enredando con alguna maquinaria.

—¿Teagarden? —sonó la aguda y asombrada voz del ayudante—. ¿Dónde diablos se ha metido? Tenía que estar aquí esta mañana. ¿Qué diablos pasa?

—¿Qué quiere decir con eso de que tenía que estar ahí?

—Bueno, verá…, el jefe me mandó ayer por la tarde a ese maldito recado. No encontré lo que se suponía que debía encontrar porque no estaba allí, nunca estuvo allí, supongo que él solo quería quitarme de en medio. El caso es que cuando volví era ya casi la medianoche y él estaba furioso. Duane le llamó y le dijo que usted había ido a alguna parte. Y el jefe va y dice, no pierdas los estribos, yo sé dónde está. Creo que fue a recoger a Duane para que le ayudase a traerle a usted aquí. ¿Y dónde está usted ahora? ¿Y dónde está el jefe?

—Estoy en la tienda de Andy —dije, y miré por encima del hombro a éste. Estaba mirando con aire preocupado hacia la trastienda de la tienda; temía que su mujer apareciese y me encontrase allí—. Escuche, Lokken. Sé quién debe ser detenido y creo que sé adonde ha debido de ir el jefe. Pase a recogerme a casa de Andy.

—Ya lo creo que voy a pasar por ahí.

—Cogerá al asesino —dije, y le devolví el auricular a Andy.

—¿Cuelgo? —preguntó, perplejo.

—Cuelga.

Depositó el auricular en su soporte y se me quedó mirando, dándose cuenta cada vez más de mi cara sin afeitar y de mis arrugadas ropas.

—Gracias —dije, y di media vuelta, serpenteé por entre las mesas y salí, dejándole con la mano sobre le teléfono. Bajé los escalones y salí a la luz de la mañana para esperar a Lokken.

Al cabo de ocho minutos, lo que debía de ser un récord, el coche patrulla del ayudante bajaba a toda velocidad por la carretera del valle. Agité la mano, y Lokken frenó en seco, levantando una gran nube blanca de polvo. Saltó del coche mientras yo cruzaba la carretera hacia él.

—Bueno, ¿qué es todo esto? —preguntó—. Es sencillamente absurdo. ¿Dónde está el jefe Hovre?

—Creo que imaginó que yo volvería al claro en que encontraron a la Michalski. Quizá Duane fue con él.

—Quizá si, quizá no —dijo Lokken. Tenía la mano en la culata de la pistola—. Quizá vayamos nosotros allí, quizá no. ¿Por qué diablos ha llamado usted a la Comisaría?

—Ya se lo he dicho. —Su mano se cerró en torno a la culata—. Sé quien mató a esas chicas. Vamos al coche y hablamos de ello por el camino.

Recelosamente, se separó del costado del coche y me permitió pasar por delante. Entramos al mismo tiempo. Yo me recosté contra el caliente plástico del asiento.

—Bien —dijo Lokken—. Será mejor que empiece a hablar. Si lo que dice vale la pena, tal vez le escuche.

—Duane Updahl lo hizo —dije.

Su mano, que sostenía la llave de contacto, se detuvo en el aire, como petrificada, y volvió la cabeza para mirarme con sorpresa.

—Yo ni siquiera estaba en la ciudad cuando murió Gwen Olson —dije.

—Por eso es por lo que le estoy escuchando —dijo Lokken. Le sostuve la mirada—. Esta mañana hemos recibido noticias de la Policía estatal de Ohio. El jefe les pidió que comprobaran su historia de que se había alojado en un motel tan pronto como usted se lo dijo. Finalmente han encontrado a un tipo llamado Rolfshus que ha reconocido su foto. Regenta un motel situado junto a la carretera general. Bueno, pues ese Rolfshus dice que usted podría ser alguien que se alejó allí aquella noche.

—¿Quiere decir que Oso Polar estaba buscando ese motel desde la noche en que yo le hablé de él?

—También ha tomado declaraciones —dijo Lokken—. Usted le cae mal a mucha gente de aquí. —Puso el coche en marcha—. No sé qué diría el jefe, pero estoy convencido de que no tuvo usted nada que ver en la muerte de esa Olson. Así que, ¿por qué diablos dice que fue Duane?

Le di mis razones mientras rodábamos por la carretera. Su odio a las mujeres, su odio hacía mí. La evidencia física.

—Yo creo que él lo tramó todo para que me impusieran una condena a perpetuidad en un manicomio —dije—. Y Oso Polar confiaba en que me pegara un tiro, para que yo no pudiera decir nada sobre cómo murió realmente Alison Greening. Él le envió a usted al otro extremo del Condado para que no estuviera presente cuando sucediese todo.

—Cristo, no sé —dijo Lokken—. Es absurdo. ¿Qué hay de esa Alison Greening?

Así que le conté eso también.

—Y yo creo que Duane ha estado medio loco desde entonces —terminé—. Cuando le escribí diciendo que volvía, yo creo que, simplemente, estalló.

—Es terrible.

—A mi también me ocurrió. Si no, me habría dado cuenta antes. Tenía una teoría magnífica, pero anoche se reveló equivocada.

—Todo esto es absurdo —dijo Lokken, con tono de abatimiento. Detuvo el coche a un lado de la carretera, junto a las hileras de maíz. El coche de Oso Polar se hallaba aparcado al otro lado de la carretera, apuntando en dirección contraria a la nuestra.

—Pero me da la impresión de que tiene razón en lo del jefe. ¿Cree que están los dos allí arriba?

—Yo creo que Duane iría con Oso Polar —dije—. Sería demasiado arriesgado para él no ir.

—Vamos a echar un vistazo. Diablos, vamos a echar un vistazo. Salimos del coche y saltamos la cuneta.

El no dijo nada, la caminata cuesta arriba hacia el bosque le hacia perder el resuello, pero cuando hubimos vadeado el arroyo, Lokken habló de nuevo.

—Si lo que usted dice es cierto, Duane podría intentar algo contra el jefe.

—No creo que lo hiciera —dije.

—Ya, pero podría intentarlo —dijo, y sacó su pistola—. No recuerdo exactamente dónde estaba ese maldito claro.

—Sígame —dije yo, y empecé a trasponer la cresta de la colina, en dirección al comienzo del bosque.

Cuando llegué al primero de los árboles, empecé a trotar cuesta arriba, en dirección a la vieja cabaña de Rinn. No tenía ni idea de cómo se desarrollarían las cosas. Por una vez, me sentía agradecido a la presencia de Lokken. No tenía sentido que Oso Polar hubiera pasado toda la noche en el claro. Gradualmente, los nudosos árboles fueron haciéndose más próximos unos a otros. Aflojé el paso. En algunos trechos tenía que apartar ramas y altas hierbas con las manos.

—¿No nota algo raro? —pregunté al cabo de un rato.

—¿Eh? —La voz de Lokken llegó desde bastante distancia detrás de mí.

—No hay ningún ruido. Ni pájaros, ni ardillas. No hay ruidos de animales.

—Uf —dijo Lokken.

Era cierto. Otras veces que había ido al bosque, había habido a mí alrededor un constante parloteo. Ahora era como si todas las aves y animales hubiesen muerto. En aquel sombrío lugar, rodeado por los corpulentos árboles, el silencio resultaba decididamente espectral.

—La pistola les asusta —dijo Lokken—. Quizás algo haya ido mal.

Su voz delataba tanta aprensión como la que yo sentía, y comprendí que llevaba la pistola en la mano.

—Estamos bastante cerca del claro ya —dije—. Pronto lo sabremos. Pocos minutos después, vi el anillo de árboles en torno al claro.

—Ahí está —dije, y volví la vista hacia Lokken. Su rostro estaba congestionado a consecuencia del esfuerzo.

—Sí, ahora lo recuerdo. —Hizo bocina con las manos en torno a la boca—. ¡Jefe! ¿Está ahí?

No recibió ni siquiera un eco como respuesta; gritó de nuevo:

—¡Jefe! ¡Jefe! ¡Hovre!

Me miró, con aire iracundo y frustrado, mientras le corría el sudor por la cara.

—Maldita sea, mueva el culo, Teagarden.

Aunque tenía frío, yo también había empezado a sudar. No podía decirle a Lokken que me daba miedo entrar en el claro. El bosque parecía muy poderoso en aquellos momentos.

—Vamos, hemos visto el coche, sabemos que está ahí —dijo Lokken.

—Hay algo raro —dije. Me pareció percibir olor a agua fría. Pero no era posible.

—Venga. Vamos. Adelante.

Oí el choque de la pistola contra un árbol cuando la agitó en mi dirección. Avancé hacia el círculo de árboles; flotaba la luz en el claro, más allá de ellos.

Crucé luego por entre los árboles centinelas y entré en el claro. El deslumbramiento de la súbita luz me impidió casi ver al principio. Una columna de humo se elevaba de las brasas en el centro del claro. Avancé otro paso. Me pasé la manos por los ojos. No se oía el habitual y vibrante zumbido de los insectos.

Entonces los vi. Me detuve. No podía hablar.

Lokken irrumpió ruidosamente en el claro detrás de mí.

—Eh, ¿qué pasa? Eh, Teagarden, ¿están ahí? ¿Ha…? Su voz cesó, como cortada con un hacha.

Comprendí por qué había vomitado Lokken cuando vio el cuerpo de Jenny Strand.

Oso Polar estaba delante, Duane detrás de él sujeto a un árbol. Estaban clavados en sus árboles, desnudos los dos, con los cuerpos ennegrecidos y colgando como frutos despachurrados.

Lokken se me acercó por detrás, emitiendo unos roncos y guturales sonidos. Yo no podía apartar los ojos de ellos. Era la cosa más salvaje que jamás había visto. Oí el ruido de la pistola al caer al suelo.

—¿Qué…? —empezó Lokken—. ¿Qué…?

—Estaba equivocado —murmuré—. Cristo, estaba equivocado. Ella ha vuelto, después de todo.

—¿Qué…? —El rostro de Lokken había adquirido una terrosa tonalidad blanca.

—No fue Duane, después de todo —dije—. Fue Alison Greening. Vinieron aquí anoche, y ella los mató.

—Cristo, mire su piel —gimió Lokken.

—Ella me estaba reservando. Sabía que podía cogerme en cualquier momento.

—Su piel

—Ella les ha castigado por violarla y matarla —dije—. Oh, Dios mío. Lokken medio se sentó, medio se cayó sobre la alta hierba.

—Ahora irá por la hija de Duane —dije, comprendiendo de pronto que otra vida estaba probablemente pérdida—. Tenemos que ir inmediatamente a la granja.

Lokken estaba empezando a vomitar en la hierba.

—¿Cómo pudo alguien…, alguien levantarles así a los dos…?

—Mi teoría disparatada era cierta —le dije—. Tenemos que ir inmediatamente a la granja. ¿Puede correr?

—¿Correr?

—Entonces, sígame lo más rápidamente que pueda. Baje y vaya en coche a la casa de Duane.

—… de Duane —dijo.

Luego, los ojos se le aclararon un poco, y cogió la pistola y la agitó en mi dirección.

—Espere. Usted no va a ninguna parte, ¿me oye?

Me incliné y aparté la pistola.

—Yo le he traído aquí, ¿recuerda? ¿Y cree que soy lo bastante fuerte como para levantar a esos dos y clavarles de esa manera en los árboles? Vamos, dése prisa. Si no es demasiado tarde, debemos impedir que esto vuelva a suceder.

—¿Cómo…?

—No lo sé —respondí, y me volví, alejándome de él, pero luego se me ocurrió una idea y me volví otra vez—. Déme sus llaves. Puede hacerle un puente al coche de Oso Polar.

Cuando llegué a la carretera entré en el coche patrulla e hice girar la llave de contacto de Lokken. El motor arrancó al instante. Me separé del coche de Oso Polar y mantuve a fondo el acelerador todo el tiempo.

Un tractor avanzaba lentamente por la carretera delante de la iglesia de Bertilsson; iba por el centro, ocupando parcialmente los dos carriles. Toqué la bocina, y el corpulento hombre del tractor, tocado con un sombrero de paja, agitó la mano sin mirar hacia atrás. Busqué el botón de la sirena y lo encontré. El granjero se volvió con un respingo, vio el coche y de un golpe de volante arrimó el tractor a un lado de la carretera. Toqué la bocina y le adelanté a toda velocidad. Cuando llegué a la vieja granja, no vi nada desacostumbrado. La yegua pastaba entre las vacas, el césped permanecía destrozado y quemado. No se veía a Alison. Tragué saliva y enfilé el coche por el camino de acceso, temiendo encontrarla como había encontrado a su padre y a Oso Polar. Frené al llegar al césped y salté antes de que el coche hubiera dejado de moverse.

Podía olería…, podía oler a agua fría, como si acabara de dejar de llover. Mis piernas se negaban a moverse, y sentía como si el miedo hubiera depositado un bloque de hielo sobre mi estómago.

Empecé a correr por el sendero que llevaba a la casa de Duane. Sonó un portazo. Comprendí que Alison Updahl había visto llegar el coche patrulla. Apareció corriendo por el costado de la casa. Cuando me vio a mí en lugar de a Oso Polar o Dave Lokken, dejó de correr y permaneció vacilante en el sendero, con aire preocupado, complacido y confuso a la vez. El aire pareció tensarse, como en mi primera noche en el bosque: parecía espeso e impenetrable, cargado de malevolencia.

—¡Corre! —grité a la muchacha. Agité los brazos—. ¡Sigue!

El olor de la presa se derramó sobre nosotros, y esta vez ella lo captó, pues se volvió a medias y levantó la cabeza.

—¡Peligro! —grité, y eché a correr hacia ella.

Una ráfaga de viento me derribó al suelo con la misma facilidad con que una brisa derriba un naipe.

—Miles —dijo ella—. Mi padre no…

Antes de que pudiera decir ha vuelto a casa, vi a otra mujer, una mujer más pequeña, aparecer momentáneamente en el sendero detrás de ella. Se me heló el corazón. La nebulosa segunda muchacha estaba en pie, con las manos en las caderas mirándonos a los dos. Se desvaneció al instante. Alison Updahl debió de haber sentido alguna partícula de la fuerza de la otra, y volvió el busto para mirar hacia atrás. Vi cómo comenzaba a brotar el terror en ella…, era como si la vida y la voluntad la hubiesen abandonado súbitamente. Había visto algo, pero yo no sabía qué. Me levanté del polvo y las piedras del sendero.

—¡Huye! —le grité.

Pero era demasiado tarde. Estaba demasiado aterrada por lo que había visto, fuera lo que fuese, y no podía moverse.

—¡Alison! —grité, y no me estaba dirigiendo a la muchacha viva—. ¡Déjala en paz!

Se oyó un zumbido, semejante al que produciría un tifón, producido por una súbita y violenta ráfaga de viento. Me volví en la dirección del ruido y noté que Alison Updahl, aturdida como un pájaro ante una serpiente, se volvía también lentamente. En las largas y aplastadas hierbas próximas a la carretera, el viento estaba tallando grandes círculos. Hojas y ramitas empezaron a volar juntas. En la carretera, piedras y trozos de asfalto se elevaron y volaron hacia los círculos de la hierba.

Llamé a Alison Updahl.

—Ven hacia mí.

Ella dio un paso con espasmódico esfuerzo. Tropezó. El aire estaba lleno de diminutos trozos de madera volantes, de hojas que giraban vertiginosamente.

Corrí hacia ella por entre la turbonada de hojas. Se había caído en el sendero, y una lluvia de hojarasca y piedras se derramaba en cascada sobre ella. La cogí de la mano y la hice ponerse en pie.

—He visto algo —murmuró.

—Yo también lo he visto. Tenemos que huir.

El vertiginoso torbellino estalló. La mayoría de las hojas y las ramitas que llenaban el aire fueron dispersadas súbitamente y cayeron a tierra por toda la zona que se extendía entre las dos casas. Sólo permaneció una alta y esquemática superestructura, un vago esbozo de marrón y verde, y, luego, se dispersó también. Unas cuantas piedras chocaron entre sí a nuestro alrededor. El ruido de aire ululante, como si nos encontráramos en medio de un huracán, continuó con nosotros. Grandes círculos comenzaron de nuevo a marcarse en la hierba.

Alison Updahl abrió la boca, pero no podía hablar.

La cogí más firmemente de la mano y eché a correr. Mientras bajábamos apresuradamente por el sendero, llegó Dave Lokken en el coche de Oso Polar. Tenía todavía el aspecto de un hombre emergiendo de una borrachera de tres días. Nos miró a la muchacha y a mí mientras corríamos en dirección a él.

—Eh —dijo—. Tenemos que recoger esos cadáveres…

El círculo que giraba sobre la hierba se movió hacia él. Luego, vi la figura de la chica que había visto aparecer en el sendero, todavía nebulosa, junto a su coche. Inmediatamente, saltaron hechos añicos los dos parabrisas. Lokken lanzó un grito y se tapó la cara con las manos. Una fuerza que yo no podía imaginar le arrancó del asiento del coche y le precipitó al exterior por la abierta ventanilla. Rodó sobre la gravilla del camino. Estaba sangrando por la nariz.

Traté de llevar a Alison Updahl hacia el campo lateral, ya que veía la inutilidad de intentar ocultarnos en la casa. Habíamos avanzado tres pasos, yo estirando y ella tropezando, cuando nuestras manos fueron violentamente separadas, y un viento que hedía a tumba y a carne putrefacta me arrojó a un lado y me golpeó contra el árbol en que mi abuelo solía colgar su guadaña. Algo empezó a moverse a través de la hierba en dirección a Alison Updahl.

Era como si la corteza del mundo hubiera sido arrancada, como si se hubiera desprendido con todo lo que contenía, casas, árboles, perros, personas, empleos, luz, y sólo quedara la vida más oscura y primitiva, lo que permanece cuando todo lo comprensible y habitual, la corteza, ha sido arrancado y lo que emerge es lo que se ve al levantar una piedra ancha y lisa en el bosque. Lokken, tendido en las gruesas enredaderas detrás de mí y sangrando aún por la nariz, vio lo que yo veía y volvió a gritar. Me di cuenta de que se estaba tapando los ojos.

Alison llegó al porche y se precipitó en el interior. Lo que la seguía fuera lo que fuese, se desvaneció como un tiznón en una lámina de cristal.

Un surtidor de objetos —hierba, hojas, guijarros— se elevó del césped y se estrelló contra el costado de la casa.

Quedaba una lata de gasolina en el garaje. La vi mentalmente y sentí la forma en que el asa encajaría en mi mano, y, sin saber qué haría con ella ni en qué me podría servir, corrí al interior del garaje y la levanté. Estaba llena, como ya sabía yo que estaría. El peso del líquido pareció arrastrarme de nuevo afuera, como si me empujara por una pendiente.

Caminé hacia la casa. Ya has hecho esto una vez, me dije, lo hiciste anoche: pero sabía que junto a la presa yo había estado dispuesto a morir y ahora no lo estaba. Volví la vista hacia Lokken; estaba agachado entre las hierbas en que había caído, emitiendo sonidos guturales. Tenía la camisa de uniforme cubierta de sangre. No llegaba ningún sonido de la casa. Tuve una súbita visión mental del pobre Duane, del pobre Oso Polar, prendidos como frutas en los árboles, con la piel blanca y negra, y una obligación con el pasado —un sentimiento semejante al amor— me impulsó hacia delante.

El olor era como el del agua de las tumbas y cubría el porche. La lata de gasolina me pesaba en la mano. Entré en el cuarto de estar. Todo parecía diferente. Estaba todo allí, nada había sido movido, pero la habitación que yo había preparado para Alison Greening era ahora más oscura, más sórdida, más desaliñada; manchas de agua cubrían las paredes. El olor era dentro más intenso que en el porche. Alison Updahl estaba acurrucada en una silla, con las piernas recogidas ante el pecho, como si se dispusiera a rechazar a patadas a cualquier cosa que se le acercase demasiado. Creo que no me vio. Su rostro era un escudo blanco y hermético. Lo que ella había visto al volverse en el sendero era lo que habíamos visto Lokken y yo cuando nos dirigíamos hacia la casa.

—No dejaré que te coja —dije—. Voy a sacarte.

Era sólo ruido. Oí romperse las ventanas de toda la casa. La muchacha que tenía delante se encogió convulsivamente, desorbitados los ojos.

—Levántate —dije.

Ella bajó las piernas e intentó levantarse de la silla. Viendo que podía moverse, me volví y empecé a regar gasolina por la habitación. Si tenemos que ir por aquí, pensé, será mejor que… Vi los cuerpos clavados en los árboles. Regué los muebles y salpiqué también de gasolina la pared trasera.

Ella estaba allí, lo sabía; percibía su presencia en la casa. Esta percepción de una fuerza hostil era la que había tenido aquella primera noche en el bosque. Alison Updahl estaba en pie, con los brazos extendidos ante sí como los de una ciega. El suelo de la habitación se hallaba cubierto de una capa de suciedad; vi un triángulo de musgo brotando en un rincón del techo.

Luego, vi una sombra dibujarse en la pared rociada de gasolina. Pequeña, informe, pero esencialmente humana. Dejé caer la vacía lata de gasolina, que repiqueteó en el suelo. Afuera, una rama golpeó contra las blancas tablas.

—Miles —dijo Alison Updahl en voz muy baja.

—Estoy aquí. —Inútiles palabras de consuelo.

Las hojas presionaron contra la rota ventana de la cocina y penetraron en el interior. Las oí agitarse en el aire corrompido.

La sombra dibujada en la pared se iba tornando más oscura. Cogí el extendido brazo de la muchacha y la atraje hacia mí. Sus párpados se agitaban espasmódicamente, pero pude verle las pupilas.

—Ese olor…

Estaba al borde de la histeria, se le notaba en la voz. Movió la cabeza y vio la sombra, marcada cada vez con más intensidad en la pared. El suelo se movía en círculos.

—Voy a encender una cerilla —dije—. Cuando lo haga, quiero que salgas corriendo al porche y saltes a través de la rejilla. Está llena de agujeros, es débil. Luego, sigue corriendo.

Ella estaba contemplando con horror cómo se oscurecía paulatinamente la mancha. Abrió la boca.

—Una vez desenterré una vaca… después de haberla enterrado…

La sombra era tridimensional y sobresalía de la pared como un relieve. El podrido aire estaba lleno del susurro de hojas. Con una parte de mi mente pensé que parecía como si la habitación hubiera sido sacada de las aguas de un río desbordado. Tensé mi brazo en torno a los hombros de Alison Updahl. Ella parecía no respirar apenas.

—Sal ahora —dije—. Rápido.

La empujé hacia el porche. Me temblaban los dedos. Arranqué cinco o seis cerillas del estuchito y logré rascarlas contra la lija. Se encendieron, y las arrojé hacia la trasera de la habitación.

Se produjo allí una explosión de luz y calor. Por debajo del sibilante sonido de la gasolina ardiendo, oí el ruido de la rejilla del porche al atravesarla Alison.

Frente a mí, al otro lado de la habitación, no había ningún círculo móvil sobre la hierba, ninguna alta estructura de ramas, ninguna cosa oscura surgida de debajo de la corteza del mundo, sino una persona viva. De haber estado más cerca de ella quizás hubiera podido ver las vetas y las imperfecciones, la tosca nervadura de una hoja o la decoloración en el blanco de un ojo, pero desde donde me encontraba ella ofrecía el mismo aspecto que había tenido en 1955, una perfecta muchacha de carne y hueso. Aun entonces, me cortó el aliento, mientras el fuego avanzaba hacia nosotros. Era aquel rostro compuesto de mil mágicas complicaciones. Ni un hombre entre cincuenta podría haberla mirado sin aflicción… por el dolor que conocería, por el dolor que causaría.

Ella no sonreía, pero era como si lo hiciese. Su gravedad, la grave compostura de su rostro semejante, puede lograrlo. Tras su figura menuda y esbelta, el fuego ascendía a lo largo de la pared. El calor me abrasaba la piel.

Con inmóvil fascinación, vi que el fuego prendía en las yemas de los dedos de una de sus manos. Sin pasión, con una serena gravedad que prometía más de lo que yo podía conocer o comprender, ella me retenía con los ojos y con el rostro.

Arriba, la casa cedió con un ruido como un suspiro. El fuego ascendió en una llameante columna anaranjada por la estrecha escalera. Retrocedí, alejándome de las llamas. Tenía las cejas chamuscadas; sabía que mi rostro estaba quemado como por la acción del sol. Mientras ella, o lo que parecía ella, me miraba, comprendí que estaba siendo concluido un contrato. Comprendí que ella preferiría tenerme muerto, pero que la hija de Duane, su tocaya, era la razón por la que yo viviría. Ahora estaba ardiendo ya toda su mano, perdida en el centro de un fulgurante círculo de luz. Sí, había un contrato: yo no lo comprendí plenamente, nunca lo comprendería, pero estaba ligado a él.

Me dejó retroceder hasta la puerta. La expresión del rostro, tan semejante a su rostro, no había variado lo mas mínimo. El calor era insoportable, letal; me volví y eché a correr, huyendo de la sensación de sometimiento tanto como del fuego.

Como la Casa Soñada de Duane, la vieja granja estaba ardiendo a mi espalda, y cuando me volví para verla consumirse vi que también era una casa soñada. Sentía como si una parte de mí continuara en su interior. Estaba ligado a ella, ligado de por vida a ella, como lo había estado durante veinte años. Siete horas antes yo creí haber llegado a una nueva acomodación, y ahora veía —todavía comprendiéndolo sólo a medias— que todas las acomodaciones son la misma acomodación. Me sentía simultáneamente más pesado y más ligero, con el rostro abrasado y recuperada nuevamente la vida con las responsabilidades que siempre había tenido, porque yo era, simplemente, la persona que las tenía. La hija de mi primo se hallaba en pie delante de los nogales, mirándome con incredulidad. Cuando advertí la expresión de sus ojos, empecé a temblar más perceptiblemente. Me volví hacia la casa. Dave Lokken yacía sollozando detrás de nosotros.

Pensé en ella allí dentro. Toda la parte superior y la trasera de la casa estaban distorsionadas por las llamas. Yo me había reído de Duane sin darme cuenta de que también yo tenía una casa soñada; y él había pagado por mis ilusiones la noche en que más fuertes eran en mí.

—Había una…, una persona ahí dentro —jadeó Alison Updahl—. Creía que ibas a morir.

—Y yo creía que ibas a morir tú —respondí—. No sabía que podía realmente hacer algo para impedirlo.

—Pero has podido.

—Estaba aquí. Eso era suficiente.

La casa entera se hallaba ahora envuelta en llamas, que crepitaban con vasto y devorador sonido. Ella se me acercó.

—He visto algo horrible —dijo—. Miles…

—Nosotros también lo hemos visto —le dije, interrumpiendo su entrecortada exclamación al recordarlo—. Por eso está ése así. Miramos los dos a Lokken, que estaba ahora arrodillado y mirando a la casa con ojos enrojecidos y estupefactos. Tenía la camisa cubierta de sangre y vómito.

—Si no hubieras llegado tan a tiempo…

—Habrías muerto. Y yo también. Eso era lo que ha estado pasando.

—Pero ahora esa… persona… no volverá.

—No lo sé —dije—. Creo que no. Por lo menos, nunca volverá así.

La casa entera se hallaba próxima a desplomarse, y yo notaba el calor quemándome la cara. Tenía que sumergirme en agua fría. Se me estaban formando ampollas en las palmas de las manos. Tras las llamas, el viejo edificio era tan esquelético que parecía como si pudiera flotar.

—Cuando desenterré a nuestra vaca era el mismo olor —dijo Alison—. El mismo olor de ahí dentro.

Tablas y vigas comenzaron a desplomarse. El porche entero se inclinó contra el muro de llamas, suspiró como un niño cansado y se derrumbó en silencio.

—Si no vuelve así, ¿cómo volverá?

—Como nosotros —respondí.

—Tu padre y yo la amábamos —dije—. Supongo que él la odiaba también, pero te puso a ti su nombre porque primero la amó, antes de odiarla.

—Y la mató él ¿verdad? —preguntó—. Y te echó la culpa a ti.

—El solamente estaba allí. En realidad fue el padre de Zack. Él la mató.

—Sabía que no eras tú. Quería que me lo dijeses, allí en la presa. Creía que era mi padre. —Vi que le temblaba la garganta—. Me alegro de que no fuera él.

—Sí.

—Me siento… entumecida. No puedo sentir nada aún.

—Lo sé —dije.

Los lados de la casa estaban todavía en pie, enmarcando dos espacios abiertos de rugiente fuego. En el centro de una cortina de llamas permanecía inmóvil una sombra, una breve columna de humo. Dave Lokken se puso en pie, tambaleándose.

—¿Está mi padre…? —Me cogió una mano, y la suya estaba helada.

—No llegamos a tiempo —dijo—. Lokken y yo encontramos a tu padre y a Oso Polar. En el bosque. Ojalá hubiéramos podido hacer algo. Lokken los traerá.

La sombra que yo estaba mirando mientras ella se abrazaba a mí se oscureció en medio del fuego. Sus lágrimas cayeron sobre la irritada piel de la base de mi cuello.

La llevé a mi coche. No podía permanecer allí por más tiempo. Con una expresión de estupor en los ojos a consecuencia de la conmoción sufrida, Lokken nos miró mientras entrábamos en el «VW». Me daba cuenta de que también nosotros nos hallábamos aún bajo los efectos de la conmoción. Me dolían las manos y la cara, pero yo no podía sentir aún el dolor, era sólo una abstracción de dolor. Puse marcha atrás por el camino y me detuve para mirar por última vez a la casa. Adiós, abuela; adiós, casa soñada; adiós sueños; adiós Alison. Hola. Adiós. Adiós Alison. Que volvería… como un gesto visto en una calle abarrotada, o como un retazo de música oída por una ventana abierta, como la curva de un cuello y la presión de un par de manos, o como una niña. Que estaría siempre con nosotros. Varios vecinos se acercaban lentamente por la carretera, algunos de ellos andando, llevando en la mano trapos de cocina o herramientas, algunos saliendo de sus furgones con semblantes tensos y preocupados. Red y Tuta Sunderson avanzaban lentamente sobre el césped en dirección a Dave Lokken. La vieja granja estaba casi totalmente destruida, y las llamas eran bajas. Hice retroceder el coche por entre la gente y lo enfilé por la carretera, en dirección al valle.

—¿Adónde vamos? —preguntó Alison.

—No lo sé.

—¿Está realmente muerto mi padre? —Se llevó los nudillos a la boca, sabiendo la contestación.

—Sí. Y también Oso Polar.

—Creía que era él el que…, el que mató a esas chicas.

—Yo también lo creí durante algún tiempo —dijo—. Lo siento. También Oso Polar lo creyó de mí durante algún tiempo. Fue él quien finalmente me puso la idea en la cabeza.

—No puedo volver, Miles —dijo ella.

—Muy bien.

—¿Tendré que volver?

—Puedes pensártelo —respondí.

Yo estaba simplemente conduciendo un coche. Durante un rato su llanto fue un ruido húmedo a mi lado. La carretera parecía serpentear en dirección general hacia el Oeste. Yo sólo veía granjas y una carretera serpenteante delante de mí. Después de este valle habría otro, y otro después. Los árboles crecían aquí más próximos a los edificios.

Ella se irguió en el asiento, a mi lado. Ya no había más ruidos de llanto.

—Sigamos —dijo—. No quiero ver a Zack. No puedo verle. Podemos escribir desde dondequiera que vayamos.

—Muy bien —dije.

—Vamonos a algún sitio como Wyoming o Colorado.

—Lo que tú quieras —dije—. Haremos lo que tú quieras.

La curva de un cuello, la presión de un par de manos, el gesto familiar de un brazo. Las ampollas de mis manos comenzaban a doler realmente; los nervios de mi rostro comenzaban a transmitir el dolor de quemadura; estaba empezando a sentirme mejor.

En la siguiente curva del valle, el coche retembló, y se paró el motor. Me oí a mí mismo soltar la carcajada.