XI
Después de que el ruido de la moto de Zack al retirarse me sacara por segunda vez de aquel horrible sueño, permanecí tendido en la grisácea luz de la madrugada experimentando lo que parecía ser una desolación total. Por segunda vez, el pensar en Alison Greening no me producía ninguna sensación de alegría ni de expectación. Habían sucedido las cosas indebidas; yo estaba en la habitación indebida, en el lugar indebido; yo era el hombre indebido. Así es como debe de sentirse un joven soldado cuando, después de haberse alistado por una gloriosa mezcolanza de ideales, espíritu aventurero y aburrimiento, se encuentra aterido, hambriento, injuriado y a punto de entrar en combate. Simplemente, no se me ocurría qué hacer. Había tenido intención de ir a decirle a Oso Polar lo que sabía sobre Zack…, ¿pero lo sabía realmente? (Sí. Lo sabía. Por lo menos, creía saberlo). Pero mi relación con Oso Polar había cambiado irrevocablemente. Recordaba con toda claridad cómo me había dicho que la violación era algo normal. ¿Se lo había estado diciendo a sí mismo durante veinte años?
Comprendía que mi regreso a Arden no debía de haberles hecho ninguna gracia a Duane y a Oso Polar. Yo era la última persona a la que querrían volver a ver. Especialmente teniendo en cuenta que había empezado a hablar de Alison Greening casi nada más llegar al valle.
Y pensé luego en la vulpina figura que había visto la noche anterior, dirigido su rostro hacia la casa como si fuese una escopeta cargada, y pensé también en la visión que había tenido cuando el gas había estado a punto de matarme. Y en las luces de la casa de mi abuela encendiéndose todas a la vez y haciendo que el edificio pareciese un barco zarpando de su puerto. No se me había perdonado.
Me pregunté hasta qué punto conocía —había conocido— a mi prima Alison. Volví a ver a aquel rostro hecho de hojas de árbol viniendo hacia mí, y salté apresuradamente de la cama, me puse la bata y bajé.
Pensé: ahora casi te da miedo.
Y pensé: No. Siempre te ha dado miedo. Tenía helados los descalzos pies.
Cuando sonó el teléfono, vacilé un instante antes de descolgar el aparato. Oso Polar, levantado temprano después de una noche de insomnio. ¿Tosen los pájaros?, aquella ardiente, aguda y ecléctica voz en los oídos. Pero recibí un olor a grasa de ballena y comprendí que aún no tenía que resolver el problema de qué decir a Galen Hovre. Ella dijo:
—¿Mr. Teagarden? ¿Miles?
—Presente.
—No puedo ir a trabajar hoy. No estaré ahí esta mañana. Estoy enferma.
—Bueno —empecé, y me di cuenta de que ella ya había colgado.
Me quedé mirando estúpidamente el auricular, como si él pudiera explicar el comportamiento de Tuta Sunderson.
La explicación llegó cosa de una hora después, cuando yo me había vestido ya y me encontraba sentado en el piso de arriba, tratando de no pensar mediante la conocida táctica de concentración en el trabajo. Lo había logrado con frecuencia durante mi matrimonio. El trabajo intelectual es una técnica común para evitar pensar. Sin embargo, yo tenía más problemas pugnando por encontrar espacio mental que los que me había creado la infidelidad de Joan con diversos Dribbles, y había escrito menos de media página antes de que apoyara la cabeza sobre la mesa, empapado de sudor el rostro y hundido de nuevo en plena desolación. Gemí. El reconocimiento de que podría sentir —de que sentía— turbación, inquietud, miedo, todas estas cosas a la vez, ante el cumplimiento de la promesa entre mi prima y yo había abierto un enorme agujero psíquico. Recordaba las ásperas palabras de Rinn…, sentía como si estuviese siendo empujado al mundo del sueño del «horror azul», como si el simple estado de vigilia no pudiera separarme de él. Yo seguía siendo un experto en culpabilidad; era ésa un vocación que se sobreponía a la académica.
Alison Greening era mi vida; su muerte me había expulsado para siempre de toda significación, de toda felicidad; pero supongo que Rinn tuviera razón y que la significación y la felicidad hubieran sido ilusorias desde el principio. ¿Y si al regresar al valle había llevado la muerte conmigo? ¿O, si no la muerte, su mancha? Me asaltó de nuevo el terror que había sentido en el bosque, me levanté de la mesa y salí del estudio. Mientras bajaba la escalera me sentí todo el tiempo perseguido por aquella pequeña figura, aquél átomo del bosque.
Al llegar abajo, fui devuelto violentamente al presente. Comprendí por qué Tuta Sunderson no había venido a trabajar. Estaban allí, en la carretera, esperando como buitres.
Porque eso era lo que parecían, buitres, sentados en sus coches, justo más allá de los nogales. No podía ver sus caras. Habían apagado los motores. Los imaginé reuniéndose a la hora concertada, deteniéndose cada uno en la carretera delante de la casa, procedentes de todo Arden, y de las partes alta y baja del valle. Se habían enterado de la desaparición de Candace Michalski. Tenía la garganta seca. Desde donde me encontraba, junto a la ventana de la cocina, podía ver unos veinte de ellos cada uno solo en su coche, todos hombres.
Al principio, pensé, como un niño, en llamar a Rinn…, en invocar esa seguridad.
Tragué saliva, fui al cuarto de estar y abrí la puerta que daba al porche. Ahora podía verlos a todos. Sus coches llenaban la carretera. Algunos de ellos debían de haber ido hasta la casa de Duane para dar la vuelta, porque estaban agrupados, mirando todos en la misma dirección, tres de frente, en lugares en que yo podía ver solamente los techos de los coches más lejanos reflejando la luz. De ellos se elevaban onduladas líneas de calor. La amenaza brotaba de ellos como una fuerza física. Retrocedí a la oscuridad de la habitación y continué mirándolos, enmarcados por el portal. Los hombres de los coches visibles para mí se hallaban sentados de lado en los asientos, mirando hacia el porche.
Uno, más impaciente que los demás, hizo sonar su claxon.
Y entonces comprendí que no saldrían de sus coches, pues nadie contestó con el suyo a aquel único claxon; simplemente, iban a permanecer allí.
Salí al porche, donde sería visible. Otro coche hizo sonar la bocina, uno de los más cercanos a la casa. Era una señal: ha salido; y pude ver cómo varias de las encorvadas figuras de los coches volvían de lado la cabeza para mirarme.
Volví a la cocina y marqué el número del despacho de Oso Polar. Me contestó una voz que reconocí como la de Lokken.
—No, no está aquí. Se ha desatado el infierno desde anoche. Ha salido con dos de los otros para buscar a esa chica.
—Se ha divulgado la noticia.
—Ha sido ese maldito Red Sunderson; él y varios de los muchachos fueron a visitar anoche a la familia, y ahora están todos alborotados, corriendo por ahí y preguntando cosas, y llevamos trabajando…, eh, por cierto, ¿quién habla?
—Póngase rápidamente en contacto con él y dígale que llame a Miles Teagarden. Tengo algunas dificultades aquí —y sé a quién se deben, dije en silencio—. Y quizá tenga alguna información para él.
—¿Qué clase de información sería, Teagarden?
—Yo había dejado de ser señor Teagarden.
—Pregúntele si se pudo usar un pomo de puerta sobre esas dos chicas —dije, y oí latir con fuerza mi propio corazón.
—¿Ha perdido usted un pomo, Teagarden? —Preguntó Lokken con su insufrible voz de paleto—. ¿Por qué no llama a su amigo Larabee y le pide que se lo busque? El jefe no le va a hacer ningún favor, Teagarden, ¿no lo sabe?
—Hágale venir aquí —dije.
Algunos de los hombres podían verme telefonear, y yo sostuve el auricular durante unos momentos después de haber colgado Lokken y me situé directamente delante de la ventana con el negro cono de plástico junto al oído. Dos de los coches situados al frente de la columna volvieron a la vida y se marcharon después de que sus conductores hubieran hecho sonar sus bocinas. Otros dos avanzaron para ocupar su puesto. Pulsé el gancho y, luego, marqué el número de Rinn. Vi que el hombre más próximo a mí observaba el movimiento de mi brazo. También él tocó la bocina y se puso en marcha en dirección a la carretera general. En el hueco que dejó libre apareció el morro de una furgoneta azul. El teléfono de Rinn sonaba y sonaba. De todos modos, yo no sabía muy bien qué esperaba de ella. Colgué.
Oí el ruido de coches poniendo en marcha sus motores y de neumáticos rechinando en la carrera. Se alivió la opresión de mi garganta. Saqué un cigarrillo del paquete que tenía en el bolsillo de la camisa y lo encendí con una cerilla de cocina. Los coches seguían poniéndose en marcha y dando la vuelta para salir a la carretera general, y, mientras exhalaba una bocanada de humo, vi pasar ante el marco de la ventana la furgoneta azul, luego dos coches a la vez, de color canela uno y azul oscuro el otro, y después un coche gris con espectaculares abolladuras en un costado. Durante dos o tres minutos esperé, fumando, oyendo el ruido que hacían al retroceder hasta el césped, saltar el bordillo del camino que llevaba al garaje, dar la vuelta y alejarse.
Cuando creía que se habían ido todos vi el morro de un «Ford» oscuro aparecer en el marco de la ventana y detenerse.
Salí al porche. Tres de ellos se habían quedado allí. Cuando abrí la puerta del porche, sin saber realmente qué iba a hacer, dos de ellos se bajaron de sus coches. El tercero, cuya furgoneta se hallaba más próxima al camino, hizo retroceder su vehículo en torno al último de los robles y avanzó unos cinco metros por el camino. Cuando se apeó, vi que era Hank Speltz, el muchacho del garaje. Delante de la casa, el césped había quedado hollado por fangosas rodadas.
—Sigue por ahí, Hank, y nosotros saltaremos la cuneta —exclamó uno de los otros dos hombres. El muchacho empezó a avanzar por el camino, con las manos extendidas, cautelosamente.
Uno de los hombres saltó la cuneta y comenzó a avanzar a través de la línea de robles, seguido a poca distancia por el otro. Se parecían a los hombres que yo había visto delante del «Angler’s Bar», los hombres que me habían tirado piedras…, rudos y corpulentos, de mediana edad, con barrigas que les desbordaban por encima de los cinturones y camisas a cuadros abiertas dejando al descubierto las clavículas. Un círculo rojo justo bajo el cuello y, luego, la piel absolutamente blanca de ordinario tapada por la camiseta.
—Hovre va a venir aquí —grité—. Será mejor que os vayáis con los otros.
Un hombre al que no reconocí respondió:
—Hovre no vendrá aquí a tiempo para impedirnos hacer lo que vamos a hacer.
—¿Dónde tienes a la Michalski? —gritó el hombre que avanzaba en segundo lugar.
—No la tengo en ninguna parte.
Empecé a moverme de lado en dirección al garaje y al camino que llevaba a la casa de Duane. Hank Speltz, con la boca abierta como un luchador, continuaba acercándose. Tiré al destrozado césped los cinco centímetros de cigarrillo que me quedaban y me acerqué más al garaje.
El hombre de la camisa a cuadros que había hablado primero dijo:
—Vete a él despacio.
Y Hank Speltz redujo la marcha, arrastrando los pies a un lado y otro como un oso.
—Date prisa, Roy —dijo—. ¿Dónde la tienes?
—La tiene ahí dentro, en alguna parte, estáte seguro.
—Nunca la he visto aquí. —Continué moviéndome hacia un lado.
—Va a ir a ese garaje.
—Déjale ir. Le cazaremos ahí.
Tenía un rostro colorado y nariz ganchuda y profundos pliegues, un rostro de matón…, el rostro del matón de escuela que no había crecido. Los dos avanzaban lentamente hacia mí a través del césped.
—Vigiladle por si echa a correr hacia ese «Nash» —gritó el hombre de la gorra.
—¿De quién ha sido esta idea? —pregunté.
—Nuestra, so mamón.
Estaba ya lo bastante cerca del garaje, y levanté la aldabilla y abrí la puerta. Miré a la columnita de humo que se elevaba de mi cigarrillo y supuse lo que iba a intentar hacer.
—Si entras ahí te tendremos acorralado —exclamó el que parecía dirigir la acción.
Consciente de que cualquier movimiento brusco les haría precipitarse sobre mí, entré de espaldas en el oscuro garaje. Las tres latas de gasolina de cuarenta litros estaban donde yo las recordaba del día en que había forzado la tapa del cofre. Cogí una de ellas: estaba llena. De espaldas a ellos, me agaché y desenrosqué el tapón. Cuando salí llevando la pesada lata, uno de ellos dijo, con una risotada:
—¿Vas a ponerle gasolina al coche, Teagarden?
Sólo el hombre de la camisa a cuadros se dio cuenta de lo que iba a hacer.
—Mierda —gritó, y echó a correr hacia mí.
Arrojé con todas mis fuerzas la lata de gasolina hacia la columnita de humo. Suponía que no tenía menos probabilidades que si hubiera apostado a un caballo. El líquido empezó a brotar en todas direcciones.
Por un momento, permanecimos todos inmóviles, viendo cómo se derramaba por el aire la gasolina de la lata, pero cuando se produjo la explosión yo estaba ya corriendo sendero arriba en dirección a la casa de Duane. Les oí gritar a mi espalda. Un trozo de metal me pasó silbando muy cerca de la cabeza. Uno de ellos estaba gritando.
Tenía justo el tiempo suficiente para llegar al costado de la casa de Duane; cuando volví la vista por encima del hombro, les vi pasar a través de la llamas, a dos de ellos. El hombre de la gorra estaba rodando por el suelo. Pequeñas llamas se hallaban dispersas por todo el césped hasta la hilera de robles. Se estaban inclinando ahora para arrodillarse junto al hombre de la gorra.
Sí no me equivocaba al suponer que el sótano de Duane era como el de mis abuelos, podría entrar en él desde fuera.
—¡Duane no te va a ayudar, hijo de puta! —llegó una voz aullante y distorsionada.
Pasé corriendo por delante del cornejo y la mata de habas y entré en el césped de Duane.
No sé qué estaba imaginando: esconderme allí, encontrar una madriguera, defenderla con un hacha. Mientras atravesaba a toda velocidad la breve extensión de hierba, vi que no me había equivocado. Las tablas pintadas de blanco de la trampa de entrada —el antiguo acceso al sótano— se extendían desde la base de la casa, justamente visibles a la vuelta de la esquina en el lado que daba a la carretera. Patinando, di la vuelta a la esquina, y la puerta de la que estiré, giró rápidamente hacia arriba.
Caí por los escalones de tierra aplastada y rodé bajo las hachas colgadas de la pared. Entonces, recordé. La pared del fondo, donde había estado mi mesa, enfundadas como momias. Me incorporé apresuradamente y eché a correr, agachado, hacia las escopetas.
Cogí una, con funda y todo, metí la mano en la caja de los cartuchos y volví hacia los escalones de tierra. Como salir del agua a la luz, volviendo hacia el oblicuo rectángulo de aire azul y luz solar.
Saqué de la funda la escopeta, del calibre 12, mientras los hombres y Hank Speltz pasaban corriendo junto al cornejo y la mata de habas. Doblé el cañón e introduje dos cartuchos en las recámaras.
—Quietos ahí —dije, y levanté la escopeta y apunté al pecho del hombre de la camisa a cuadros.
Luego, me levanté de los escalones de tierra y salí del sótano. Tenía la respiración tan agitada que apenas si podía formar las palabras. Dejaron caer los brazos y permanecieron momentáneamente inmóviles, con expresión de sorpresa e ira.
—Largaos de aquí —dije.
Estaban empezando a moverse en círculo. Cautelosos como animales.
—Nunca he visto a esa chica —dije—. Nunca vi a ninguna de ellas. Sólo sabía lo de la Michalski porque Oso Polar me dijo que había desaparecido.
Me llevé la escopeta al hombro y la apunté a la abertura de la camisa a cuadros. Me preparé para el retroceso.
—Juntaos y permaneced juntos. Dejad de moveros así.
Obedecieron. Pude ver al hombre de la gorra cojeando detrás de ellos, con las manos en el aire. Su camisa estaba moteada de puntos negros, y le salía sangre de algunos de los agujeros. También las manos las tenía ennegrecidas. Se detuvo junto al cornejo con las manos en alto.
—Caminad hacia atrás —dije—. Todo el camino hasta los coches.
Hank Speltz dio un paso hacia atrás y tropezó con el cornejo, miró aturdidamente a su alrededor y, luego, empezó a caminar de lado por el sendero. Los otros se movieron con él, siguiéndole con los ojos.
—Si eres tan inocente, ¿cómo es que estás por aquí? —preguntó el hombre de la camisa de cuadros. Moví la escopeta.
—A joder a esa vieja loca del bosque —dijo Hank Speltz—. A eso ha venido. ¿Y qué hay de Gwen Olson y Jenny Strand?
—Os estáis equivocando de hombre —dije—. Y ahora quiero que empecéis a retroceder hacia los coches.
Al ver que no se movían, dirigí la escopeta hacia la derecha, quité el seguro y apreté uno de los gatillos. El retroceso casi me hace saltar la escopeta de las manos. El sonido fue más fuerte que el de la explosión de la lata de gasolina. Los tres se apresuraron a alejarse del cornejo. Vi que había destrozado las hojas de los arbustos y echado a perder los capullos, dejando por todas partes ramitas rotas y un olor a pólvora en el aire.
—Casi le matas a Roy —dijo el hombre de la camisa a cuadros.
—¿Y qué me iba a hacer él a mí? Andando.
Levanté la escopeta, y empezaron a retroceder por el sendero.
Por encima de sus hombros podía ver el destrozo causado en la parte delantera del césped. A diez metros del camino, un irregular círculo negro mostraba el lugar en que había estallado la lata de gasolina. Otras zonas quemadas más pequeñas, de color amarillo aceitoso, aparecían dispersas por todo el césped, revuelto y marcado con las huellas de sus neumáticos. Un gran agujero había aparecido en la rejilla del porche. Los animales habían huido hacia el extremo del campo lateral.
—Aún no hemos terminado —dijo el hombre cuyo nombre no conocía.
—Hank, sube a tu furgoneta y vete —dije—. Iré a recoger mi coche dentro de poco, y espero que no haya ninguna complicación.
—No —respondió, y echó a correr hacia la furgoneta.
Los tres nos quedamos mirando cómo se alejaba el vehículo, levantando una nube de polvo al girar hacia la carretera del valle.
—Ahora tú, Roy.
El hombre de la gorra me miró sombríamente, bajó las manos y caminó pesadamente por la hierba para pasar entre los nogales. Apagó a pisotones las pequeñas llamas que lamían la base de uno de los árboles.
—Ahora te toca a ti —dije al hombre que quedaba.
—¿Por qué no nos matas? —preguntó beligerante—. Te gusta matar. Todos te conocemos. No estás bien de la cabeza.
—Si no te largas de aquí ahora mismo —dije—, no vas a dar crédito a lo que te ocurrirá. Probablemente vivirás uno o dos minutos, pero te alegrarás de morir cuando hayan pasado.
Le apunté con la escopeta al cinturón. Y entonces hice algo sorprendente…, algo que me sorprendió. Me eché a reír. Sentí una repugnancia tan grande de mí mismo, que por un momento temí que iba a vomitar.
Fragmento de la declaración de Hank Speltz:
15 de julio
Yo estaba allí mirando a Miles y voy y me digo, muchacho si sales de ésta prometo ir a la iglesia todos los domingos, rezar todas las noches, no decir más obscenidades y ser bueno siempre, porque nunca ha visto usted nada como el aspecto que tenía ese Miles, tenía un aire de loco, como si fuera a ponerse a masticar cristales o a comer pólvora, eso es lo que parecía. Sus ojos eran dos hendiduras. Tenía el pelo flotando en todas direcciones. Cuando disparó con uno de los cañones de la escopeta, pensé, el siguiente es para mí. Porque él me conocía de la gasolinera. Y la cosa es que al principio yo no quería ir, sólo fui porque Red Sunderson dijo, dice, aparcaremos todos delante de su casa y le meteremos el miedo en el cuerpo a ese Miles. Y seguro que le hacemos derrumbarse. Tiene a esa chica escondida en alguna parte. Así que le dije, digo, cuenta conmigo. Luego, cuando se fueron todos los demás, vi que Roy y Don se quedaban, así que pensé quedarme yo también para no perderme la diversión.
Él era como una rata atrapada. Como algo malo acorralado en un rincón. Hizo volar todo por los aires con aquella lata de gasolina…, no le importaba lo que ocurrió. Podría haberse matado también él mismo.
Así que cuando me dejó ir, yo me largué zumbando, y pensé que busque otro a esa chica. Pero cuando volví a la ciudad le hice un pequeño trabajito extra a ese «VW» suyo. Lo arreglé de maravilla. Lo arreglé de modo que no podía ir más que a 45 por hora y tampoco podía rodar mucho tiempo seguido. Otra cosa no sé, pero buen mecánico sí que soy.
Pero yo sabía que aquel loco lo había hecho. Y, si me lo pregunta, él estaba pidiendo que le echaran el guante. Si no, ¿por qué dio ese nombre de Greening para el resguardo de la reparación? Contésteme a eso.
Una voz gritando:
—¡Miles, bastardo! ¡Bastardo! —Duane.
—¡Cálmate! —Otra voz, más baja, más profunda.
—¡Lárgate de aquí! ¡Ahora mismo!
—Tranquilízate, Duane. Vendrá.
—¡Maldito seas! ¡Maldito seas! ¿Te has vuelto loco?
Abro cautelosamente la puerta y veo que Duane enfurecido parece reducido de tamaño, una pequeña masa de ira reconcentrada en la que destaca su rostro congestionado.
—¡Te lo dije, maldita sea! ¡Te dije que te mantuvieras apartado de mi hija! ¿Y qué infiernos es todo esto?
Gira en redondo con una agilidad nueva que le da su cólera, y el gesto de sus brazos abarca además de las manchas negras y amarillentas en el destrozado césped y de las huellas de la explosión —el agujero abierto en la rejilla, los retorcidos fragmentos de la lata de gasolina—, la figura de Oso Polar, de uniforme detrás de él, y de Alison Updahl caminando apresuradamente en direciónn a su casa. Cuando ya casi ha llegado, vuelve la cabeza y me dirige una mirada medio de miedo y medio de advertencia.
—Sólo sentados en sus coches, maldita sea…, sólo allí sentados…, sin meterse con nadie… ¿Y qué infiernos les has hecho? ¿Tirarles una bomba? ¡Mira mi césped! —Mueve pesadamente los pies, demasiado furioso para seguir hablando.
—Intenté llamarte —le digo a Oso Polar.
—¡Tienes suerte de que no te mate ahora! —grita Duane.
—Tengo suerte de que no me hayan matado antes.
Oso Polar apoya firmemente una mano en el hombro de Duane.
—Espera un momento —dice—. Dave Lokken me dijo que habías llamado. No esperaba que hubiera problemas, Miles. Creía que podrías habértelas con un puñado de campesinos mirándote desde la carretera.
—Sentados allí…, sólo sentados allí —dice Duane, en voz baja ahora que Oso Polar le está agarrando el hombro.
—No creía que fueras a declararles la guerra.
—Y yo no creía tampoco que anduvieras rondándole a mi hija —dice Duane con voz sibilante, y veo tensarse los dedos de Oso Polar—. Te avisé. Te dije que te mantuvieras apartado.
—No estaban sólo allí sentados. La mayoría de ellos se fueron cuando me vieron llamar por teléfono, pero tres de ellos decidieron venir contra mí.
—¿Viste esta vez quiénes eran, Miles?
—Aquel chico del garaje, Hank Speltz, un hombre llamado Roy y otro que no conocía. Uno de los que me tiraron las piedras en Arden.
—Piedras…, piedras —resopla Duane, con un desprecio tan grande que es casi desesperación.
—¿Cómo has hecho todo esto? —Levanta la barbilla en dirección al césped, machacado por las huellas de neumáticos y surcado por fangosas rodadas.
—La mayor parte lo hicieron ellos mismos. Pasaron con sus coches por encima de la hierba. Supongo que tenían prisa por largarse antes de que aparecieras tú. Lo demás lo hice yo. Tiré una lata de gasolina del garaje encima de una colilla encendida. Ni siquiera creía que fuera a dar resultado. Tú sabías que iban a venir aquí, ¿verdad?
—Claro que lo sabía. Imaginaba que te ayudaría a mantenerte…
—Libre de líos. Como Paul Kant.
—Sí. —Su sonrisa casi expresa orgullo en mí.
—¿Estabais juntos tú y Duane? ¿Con Alison?
—No pronuncies ese nombre, maldita sea —dice Duane.
—Sólo tomando una cerveza en el «Bolwl-A-Rama».
—Sólo tomando una cerveza. No trabajando en tu historia.
—Ni siquiera un policía trabaja todo el tiempo, Miles —dice, y yo pienso: No. Tú trabajas todo el tiempo, y por eso es por lo que eres peligroso.
Retira su garra del brazo de Duane y se encoge de hombros.
—Quería explicarle aquí, a Duane, que tú y yo nos estamos ayudando el uno al otro en el asunto de estas muertes. Esa es una gran ventaja para ti, Miles. No deberías desear perderla. Tengo entendido que le has estado hablando a Duane de alguna idea absurda que se te ha ocurrido. Has estado hablando exactamente de lo que no deberías hablar, Miles. Y eso me hace dudar de tu buen juicio. Sólo quiero cerciorarme de que has comprendido tu error. Duane no te ha dicho que tuvieras razón, ¿verdad? Cuando le expusiste esa absurda idea, quiero decir. —Me mira, con expresión cordial y amistosa—. ¿Se lo dijiste, Duane?
—Le dije que debía hablar contigo.
—Bien, ya ves, le pusiste receloso y turbado.
—En realidad, lo supe en la presa. Le dije a la chica que gritara. No se le podía oír desde la carretera.
Duane mueve furioso los pies.
—Desnudos. Estabais desnudos.
—Calma, Duane, vas a empeorar las cosas. El bueno de Miles acabará sacando conclusiones erróneas si te pones a desvariar. Vamos a ver, Miles, Duane dice que nunca te dijo que tuvieras razón en tus ideas. Vamos a preguntárselo a él. ¿Estuviste allí aquella noche?
Duane menea la cabeza, mirando con expresión furiosa al suelo.
—Claro que no estuviste. Figura en las actas de las diligencias que practicó mi padre. Saliste por la 93 y torciste en la otra dirección, hacia Liberty, ¿no?
Duane asiente.
—Estabas furioso con aquella chiquilla Greening y sólo querías librarte de ella, ¿verdad? Claro. —Cuando Duane vuelve a asentir—. Mira, Miles, si le dices a una chica simplemente que grite, sin que ella sepa por qué, no es probable que lo haga con mucha fuerza, como haría una chica al ser atacada. ¿Comprendes el error? Bien, pues no quiero que sigas hablando de esto, porque solo conseguirás cavarte un agujero más profundo, Miles.
No tiene sentido prolongar esta charada. «Aquella chiquilla Greening», ¿la figura que he visto dirigiendo la mirada hacia la casa?
¿Aquella chiquilla Greening, la hoguera en el bosque y el soplo de viento helado? Me parece percibir el olor de agua fría a mi alrededor. Pienso lo que no deseo pensar; y recuerdo las palabras de Rinn. Mi culpabilidad me ahoga.
Duane, por razones diferentes, tampoco desea continuar.
—Al diablo con eso —dice.
Luego, se yergue y me mira, con el rostro congestionado.
—Pero te advertí que no volvieras a ver a mi hija.
—Ella me pidió que la acompañase.
—¿Sí? ¿Sí? Eso es lo que tú dices. Eres capaz de decir que no te desnudaste delante de ella.
—Era sólo para bañarme. Ella se desnudó primero. Y el chico lo hizo también.
Delante de Duane no puedo contarle a Oso Polar mis temores respecto a Zack. Ya he dicho demasiado, pues Duane parece a punto de perder de nuevo los estribos.
Estoy temblando. Noto un viento frío.
—Sí, muy bien —dice Duane—. Desde luego. Lo que tú digas. Vuelve el busto hacia mí.
—Si andas por ahí con ella, Miles, no esperaré a que nadie te coja. Yo mismo te cogeré.
Pero no hay verdadera convicción en su amenaza, no le importa lo suficiente; de las mujeres no espera sino traición.
Oso Polar y yo nos quedamos mirando mientras se aleja con pesados pasos por el sendero. Luego, se vuelve hacia mí.
—Oye, tienes mala cara, Miles. Debe de ser por todos esos baños que te das por ahí.
—¿Quién de los dos la violó?
—Basta.
—¿O quizás os turnasteis?
—Estoy empezando a dudar otra vez de tu buen juicio, Miles.
—Yo estoy empezando a dudar de todo.
—¿Me has oído mencionar ese agujero qué podrías estar cavándote? Oso Polar avanza hacia mí, sólido, corpulento y lleno de grave preocupación, y veo oscuras manchas de sudor en su camisa de uniforme, oscuros y azulados círculos bajos sus ojos.
—Cristo, tienes que estar loco para andar tirándoles bombas a los ciudadanos, metiéndote en líos…
Se mueve con pasos cautelosos, muy lentamente, y pienso: Ya está, va a estallar, va a atacarme. Pero se detiene y se pasa la mano por la cara.
—Muy pronto terminará todo esto, Miles. Muy pronto.
Retrocede un paso, y la agria combinación de sudor y pólvora que me envuelve como humo, retrocede con él.
—Cristo, Miles, ¿qué le decías a Dave Lokken sobre algo parecido al pomo de una puerta?
No puedo responder.
Aquella noche y todas las noches apagué el gas donde me había enseñado Tuta Sunderson. Por las mañanas, cuando ella entraba en la cocina y empezaba a toser y a golpear el suelo con los pies y a arrastrarlos y a carraspear y a producir toda la gama de ruidos expresivos de hosco desagrado con que había acabado familiarizándome, entre ellos estaba siempre el áspero gruñido de recelosa desaprobación —¿y desprecio?— que acompañaba a su descubrimiento de que lo que había hecho así. Yo la habría despedido de no haber sido por la certeza de que, como Bartleby, habría venido de todas maneras. Al día siguiente de la visita de Hank Speltz y los otros, oí las toses, el arrastrar de pies, etcétera, y bajé para preguntarle si había sabido lo que iba a suceder. Estúpido de mí. «Si sabía ¿qué? ¿Qué iba a suceder? ¿Qué había sucedido?». No había hecho ningún comentario sobre el estado del césped ni sobre el agujero de la rejilla del porche. Le dije que imaginaba que había estado implicado su hijo. «¿Red? Red no se mete en nada. Bueno, ¿cuántos huevos quiere tirar hoy?».
Durante varios días no hice nada más que trabajar; y trabajé sin que nadie me molestara, pues parecía que nadie quería hablarme. Aparte de sus demostraciones matutinas de cuánto ruido era capaz de producir, Tuta permanecía silenciosa; Duane se mantenía apartado, volviendo, incluso, la cabeza para no tener que mirarme las raras veces que pasaba por delante de la vieja granja. Su hija, presumiblemente golpeada o advertida en tal sentido de una manera menos física, me rehuía también. En ocasiones, podía verla desde la ventana de mi dormitorio atravesar una y otra vez el sendero para ir al cobertizo del material o al granero, con aire apresurado e inexpresivo, pero nunca apareció en la cocina ni en el porche, mordisqueando algo cogido de mí despensa. Por la noche, era despertado con frecuencia de mi sueño sobre la mesa, con el vaso de martini al lado y el lápiz todavía en la mano, por el sonido de la moto de Zack al pasar a mi altura. Yo escribía, dormitaba, bebía. Acumulaba culpabilidad. Esperaba que los Michalski recibirían pronto una tarjeta postal de su desaparecida hija. Esperaba que Oso Polar tuviera razón y que todo terminase pronto. Con frecuencia, sentía deseos de marcharme.
Rinn había renunciado a contestar al teléfono y yo seguía diciéndome a mí mismo que la visitaría al día siguiente. Pero también eso me daba miedo. Cesaron las llamadas anónimas, tanto de Aliento de Cebolla como del… de lo que fuese la otra cosa. Quizás el viejo teléfono tenía una avería.
No recibí más cartas en blanco, y sólo una más de amenaza. Iba escrita en papel rayado, con perforaciones en un lado, y decía TE COGEREMOS, ASESINO. La metí en un sobre y se la envié con una nota a Oso Polar.
Me parecía como si me hubiera muerto.
Muchas veces pensaba: te equivocaste en la presa. El hecho de que tuviera botellas de «Coca-Cola» en su furgoneta no es ninguna prueba; el pomo de puerta cogido de dondequiera que yo lo dejara no es ninguna prueba. Y pensaba luego en el momento en que se dio el corte en la mano.
Decía: no es problema tuyo. Y pensaba luego en él dedicando un disco «a los perdidos».
Y pensaba en Alison Greening viniendo hacia mí, una criatura de corteza de árbol y hojas cosidas. Pero los pensamientos que seguían a eso no podían ser verdad.
Era imposible hablar con Oso Polar. No respondía a mi nota ni a la carta de amenaza.
Cuando finalmente sonó el teléfono un lunes por la tarde, pensé que sería Hovre, pero cuando fui saludado por otra voz que pronunciaba mi nombre, pensé en un hombre encorvado y hambriento de rizado pelo negro y rostro avejentado.
—Miles —dijo—. Me dijiste que te llamara si alguna vez necesitaba ayuda. —Su voz sonaba seca y quebradiza.
—Sí.
—Tengo que salir de aquí. Estoy sin comida. Te mentí aquel día… Dije que salía, pero no lo había hecho desde hacía tiempo.
—Lo sé.
—¿Quién te lo ha dicho? —El miedo le hizo temblar la voz.
—No importa.
—No, probablemente no. Pero no puedo permanecer más tiempo en la ciudad. Creo que van a hacer algo. Ahora son más los que están vigilando mi casa, y a veces los veo hablar, planear algo. Creo que están planeando irrumpir en mi casa. Temo que me maten. Y desde hace dos días que no he probado bocado. Si…, si consigo salir, ¿puedo ir ahí?
—Desde luego. Puedes alojarte aquí. Puedo hacerme con una escopeta.
—Todos tienen escopetas, las armas no sirven para nada… Sólo tengo que huir de ellos.
Durante las pausas, le oía jadear.
—Tu coche no funciona. ¿Cómo puedes llegar aquí?
—Iré andando. Me esconderé en las zanjas o en los campos si veo a alguien. Esta noche.
—¡Son quince kilómetros!
—Es la única forma en que puedo hacerlo. —Y, con aquel espectral decaimiento, aquel apagado tono en su voz, añadió—: No creo que nadie se preste a llevarme.
Hacia las nueve y media, cuando la luz empezó a debilitarse, me dispuse a esperar su llegada, aunque sabía que aún tendría que tardar muchas horas. Paseé en torno a la vieja casa, escrutando desde las ventanas del piso alto par verle cruzar los campos. A las diez, cuando ya era noche cerrada encendí una sola luz —la de mi estudio— para que no se le viera cruzando el césped. Luego, me senté en la mecedora del porche y esperé.
Tardó cuatro horas. A las dos, oí un crujido en la zanja, detrás de los nogales, y levanté la cabeza y le vi moverse a través del destrozado césped.
—Estoy en el porche —susurré, y le abrí la puerta.
Aun en la oscuridad, pude ver que estaba exhausto.
—Mantente apartado de las ventanas —dije, y le llevé a la cocina. Encendí la luz. Él se dejó caer sobre la mesa, jadeando, con la ropa cubierta de manchas de barro y briznas de paja.
—¿Te ha visto alguien? Negó con la cabeza.
—Voy a prepararte un poco de comida.
—Por favor —murmuró.
Mientras le preparaba unos huevos fritos con tocino, él permaneció en aquella postura de abatimiento, con los ojos parpadeantes, la espalda encorvada y las piernas extendidas. Le di un vaso de agua.
—Me duelen terriblemente los pies —dijo—. Y el costado. Me he caído contra una roca.
—¿No te ha visto nadie salir?
—No estaría aquí si me hubiesen visto.
Le dejé recuperarse mientras se freían los huevos.
—¿Tienes tabaco? A mí se me terminó hace seis días. Le eché mi paquete.
—Cristo, Miles… —dijo, y no pudo continuar—. Cristo…
—Guárdalo para luego —dije—. Tu comida ya está casi lista. Come un poco de pan mientras tanto.
Había estado demasiado cansado para fijarse en la hogaza que había en medio de la mesa.
—Cristo… —repitió, y empezó a partir pedazos de la hogaza.
Cuando le puse delante los huevos con tocino, comió ávidamente, silenciosamente, como un recluso evadido.
Cuando terminó, apagué la luz, pasamos al cuarto de estar y nos dirigimos a tientas hasta las sillas. Yo podía ver la punta de su cigarrillo ardiendo en la oscura estancia, balanceándose de atrás adelante mientras él se movía en la mecedora.
—¿Tienes algo de beber? Perdóname, Miles. Me estás salvando.
Creo que empezó a llorar y me alegré de que la luz estuviera apagada. Volví a la cocina y regresé con una botella y dos vasos.
—Es bueno —dijo cuando hubo bebido el suyo—. ¿Qué es?
—Ginebra.
—Nunca la había probado. Mi madre no dejaba que entrase alcohol en la casa, y yo nunca quise ir a los bares. Nunca tuvimos nada más fuerte que cerveza. Y eso sólo una o dos veces. Ella murió de cáncer de pulmón. Fumaba sin parar. Como yo.
—Lo siento.
—Fue hace mucho.
—¿Qué vas a hacer ahora, Paul?
—No lo sé. Ir a alguna parte. Esconderme. Intentar llegar a alguna ciudad. Volver cuando todo haya terminado.
La brasa del cigarrillo reluciendo con sus inhalaciones, moviéndose hacia adelante y hacia atrás con su balanceo.
—Hay otra, otra chica. Desapareció.
—Lo sé.
—Por eso es por lo que iban a venir por mí. Hace más de una semana que desapareció. Lo oí por la radio.
—Michael Moose.
—Ése es. —Emitió una risa breve y carente de humor—. Probablemente no conoces a Michael Moose. Pesa 150 kilos y masca chicle de menta. Es grotesco. Lleva el pelo aplastado y tiene ojos de cerdo y un bigotito estilo Oliver Hardy. Parece salido de Babbitt. Imita la voz de Walter Cronkite, y nunca encontraría trabajo más que en Arden, y los crios se ríen de él en la calle, pero es mejor de lo que yo soy. Para Arden. Piensan que tiene un aspecto ridículo, y hacen chistes a cuenta de él, pero le respetan. Bueno, quizá no tanto. Pero sí le toman como a uno de ellos. ¿Y sabes por qué?
—¿Por qué?
Su voz tenía un intenso deje de amargura.
—Porque cuando era joven sabían que salía con chicas, chicas que ellos conocen, y porque se casó. Porque saben, o dicen, que tiene una mujer en Bundell que es telefonista. Pelirroja.
Osciló el cigarrillo en el aire, y pude ver borrosamente a Paul Kant llevándose el vaso de ginebra a los labios.
—Ésa es la cuestión. Él es uno de ellos. ¿Y sabes cuál es mi delito? —Contuve el aliento—. Nunca salía con una chica. Nunca tuve un plan. Nunca conté un chiste verde. Ni siquiera tuve una novia muerta como tú, Miles. Así que pensaba que yo era…, lo que pensaban. Diferente. No como ellos. Como algo malo que conocían.
Permanecimos largo rato allí sentados, en silencio, siendo cada uno de nosotros sólo una vaga forma para el otro.
—Pero no empezó así. No importaba que yo fuese menos… digamos, robusto, cuando éramos niños. En la escuela primaria. La escuela primaria era un paraíso…, cuando pienso en ella, era un paraíso. Las cosas se pusieron mal solamente en la escuela superior. Yo no era majo. No era como Oso Polar. No tenía nada de atleta. No perseguía a las chicas. Así que empezaron a hablar de mí. Observé que la gente no quería que yo anduviera cerca de sus hijos en la época en que tuve que dejar la escuela.
Se inclinó y buscó a tientas algo en el suelo.
—¿Te importa que tome otro trago?
—Está a tu lado, en el suelo.
—Por eso, ahora que ese admirable personaje anda por ahí destripando chiquillas, suponen que soy yo. Oh, sí, Paul Kant. Nunca fue trigo limpio, ¿verdad? Un niño de mamá. No muy normal, en una sociedad que hace de ser normal la cualidad más virtuosa de todas. Y había luego otra cosa…, un pequeño problema que tuve. Una estupidez. Me llevaron a una comisaría. Me pegaron sin haber hecho nada. ¿Te han hablado de ello?
—No —mentí—. No me han dicho ni palabra.
—Tuve que ir al hospital. Siete meses. Pildoras todos los días. Sin haber hecho nada. Cuando salí, todo el mundo se me quedaba mirando. El único trabajo que pude encontrar fue en «Zumgo’s». Con esas recelosas mujeres. Cristo. ¿Sabes cómo he llegado aquí esta noche? He tenido que salir a hurtadillas de mi propia casa. Deslizarme por las calles como un perro. ¿Sabes lo de mi perro, Miles? Le mataron. Uno de ellos lo hizo. Fue de noche y lo estranguló. Le oía gritar. Al perro.
Podía imaginar el pequeño y simiesco rostro contorsionándose. En la oscura habitación flotaba un olor a ginebra y cigarrillos.
—Cristo.
Pensé que quizás estuviera llorando otra vez. Luego:
—¿Y qué dices tú, Miles Teagarden? ¿O te limitas a quedarte sentado y escuchar? ¿Qué dices?
—No sé.
—Tu eras rico. Podías venir aquí los veranos y volver luego a uno de tus colegios particulares y luego ir a alguna costosa Universidad y fumar pipas e ingresar en una fraternidad y casarte y obtener una licenciatura y vivir en apartamentos de Nueva York, e ir a Europa y destrozar coches y comprar trajes de Brooks Brothers y, no sé, hacer lo que te diera la gana. Enseñar inglés en una Facultad. Voy a tomar otro poco de tu ginebra.
Se inclinó, y oí el ruido de la botella al chocar contra el vaso.
—Oh, he derramado un poco.
—No importa —dije.
—No te importaría, ¿verdad? Me estoy emborrachando. ¿Eres tú. Miles? ¿Eres tú? Dime.
—Si soy ¿qué? —pero ya lo sabía.
—¿Eres tú el admirable personaje? ¿Te has tomado unas vacaciones de tu vida de Atlantic Monthly para venir aquí a destripar unas cuantas chicas?
—No.
—Bueno, pues yo tampoco soy. ¿Quién es, entonces?
Miré al suelo. Antes de que hubiera decidido hablarle de Zack. él estaba hablando de nuevo.
—No, no soy yo.
—Lo sé —dije—. Yo creo…
—No soy yo, de ninguna manera soy yo. Ellos quieren que sea yo. O tú. Pero yo no sé nada de ti. Pero te estás portando bien conmigo, ¿verdad, Miles? Probablemente, nunca ha estrangulado alguien a tu perro. ¿O tenéis perros las personas como tú? Perros lobos, alanos. O un lindo cachorro de tigre atado con una correa.
—Paul, estoy tratando de ayudarte —dije—. Tienes una idea ridiculamente errónea de mi vida.
—Oh, lo siento, no te ofendas. Sólo soy un pobre campesino, lo sé. Un pobre, necio y despreciable paleto. Te diré por qué no puedo ser yo. Por lo siguiente. Yo nunca iría tras una chica. Por eso. ¿Oyes lo que estoy diciendo?
Le oía, y esperaba que no se torturase a sí mismo insistiendo en el tema.
—¿Has oído eso?
—Lo he oído.
—¿Entiendes?
—Sí.
—Sí. Porque yo lo haría con chicos, no con chicas. ¿No tiene gracia? Por eso es por lo que no soy yo. Eso es lo que siempre he deseado, pero tampoco lo hice nunca. Nunca he tocado ni a uno siquiera. Pero nunca le haría daño a ninguno. Nunca.
Permaneció allí, derrumbado en la mecedora, con el cigarrillo brillando en su boca.
—¿Miles?
—Sí.
—Déjame solo.
—¿Es importante para ti estar solo ahora?
—Lárgate de aquí, Miles. Estaba llorando otra vez.
En lugar de salir de la habitación, me levanté, pasé ante él y miré por la ventana que daba al porche y a la carretera. No pude ver nada más que la oscura masa de mi propio rostro reflejado en el cristal y la desgarrada rejilla del otro lado. Más allá, todo estaba negro. Su boca hacía ruidos en su vaso.
—Está bien —dije—, te dejaré solo, Paul. Pero volveré.
Subí la escalera en la oscuridad y me senté ante mi mesa. Eran las tres y cuarto. Debía pensar en la mañana. Si los hombres de Arden irrumpían en la casa de Paul y descubrían que se había marchado, la noticia, sin duda, llegaría casi inmediatamente a conocimiento de Oso Polar. Y, si iban a irrumpir en su casa, ello solamente podía significar que, de alguna manera, habían llegado a la conclusión de que era él y no yo el responsable de la muertes de las chicas. Pero entonces podrían pensar en buscar a Paul en mi casa…, y yo no podía imaginar sino consecuencias desastrosas si una banda de matones de Arden entraba al asalto en la casa y nos encontraba a los dos. Una escopeta del sótano de Duane no podría volver a salvarme. Oí el sonido de un coche poniéndose en marcha y me levanté de un salto. El sonido se desvaneció.
Transcurrieron quince minutos. Tiempo suficiente, pensé, para que Paul se hubiera recuperado. Me puse en pie y me di cuenta de lo cansado que estaba.
Bajé la escalera y entré en la oscura habitación. Vi la brasa de un cigarrillo reluciendo en el borde del cenicero. Los olores a humo y ginebra parecían muy densos en el aire de la pequeña y fría estancia.
—¿Paul? —dije, yendo hacia la mecedora—. Paul, deja que te dé una manta. Tengo un plan para mañana.
Y entonces me detuve. Podía ver la parte superior de la mecedora recortándose contra la ventana, y en ésta no aparecía la silueta de su cabeza. La mecedora estaba vacía. Él ya no estaba en la habitación. Comprendí inmediatamente lo que había sucedido, pero encendí de todos modos una de la luces y lo confirmé. El vaso y la botella, vacía en sus tres cuartas partes, estaban en el suelo junto a su silla, el cigarrillo había ardido casi hasta el borde del cenicero. Entré en la cocina y, luego, abrí la puerta del cuarto de baño. Se había marchado de la casa poco después de haber subido yo la escalera. Solté una maldición, en parte enfadado conmigo mismo por haberle dejado, en parte desesperado.
Crucé el porche y salí al césped. No podía haber ido muy lejos. Y recordé el sonido del coche que había creído oír desde el piso alto y eché a correr a través del césped.
Cuando llegué a la carretera, torcí por puro reflejo a la derecha y corrí hacia la granja Sunderson, en dirección a Arden, durante unos cuarenta segundos. Pero podía haber ido hacia el otro lado, adentrándose más en el valle…, yo ni siquiera sabía qué había en aquella dirección; y comprendí que también podía haber penetrado en los campos, como había hecho horas antes viniendo de Arden. Me lo imaginé escondido tras un edificio o agazapado en un campo, lleno de miedo y de aborrecimiento de sí mismo, y me dije que no tenía ningún sitio adonde ir, realmente ninguno. Volvería antes de que amaneciese.
Di media vuelta en la oscura carretera y empecé a regresar lentamente a casa. Cuando llegué al camino que llevaba a la casa de mi abuela, vacilé y, luego, continué andando un poco más por la carretera en esa dirección. Era inútil, no se veía nada. Solamente podría encontrarle si él me lo permitía. Retrocedí, subí por el camino y me senté en el columpio del porche para esperar. Una hora, me dije: ni siquiera llegará a una hora. Me sentaría a esperar. Aun con lo cansado que estaba, era inimaginable que pudiera quedarme dormido.
Pero una hora después fui despertado por un sonido que no pude identificar al principio. Un agudo y agitado gemido, un sonido de furia mecánica, de pánico mecánico, llegaba desde algún lugar a mi derecha, pero era lo bastante intenso y próximo como para distorsionar mi sentido de la situación: por un momento, creí estar en Nueva York, despierto antes del amanecer en Nueva York. Era un sonido de Nueva York, y, mientras localizaba gradualmente el lugar en que me encontraba, localicé también el sonido. Era la sirena de un coche de bomberos.
Me encontré de pie en el porche, a la grisácea luz de la incipiente madrugada, escuchando un coche de bomberos. La niebla se extendía a través de los campos y la alfombraba la carretera del valle. Mientras escuchaba tratando de situar el sonido de la sirena, éste cesó bruscamente. Di media vuelta y abrí la puerta del cuarto de estar. La botella y el vaso en el suelo, la colilla en el borde del cenicero. Paul Kant seguía ausente.
Con torpes movimientos, sabiendo que debía apresurarme, bajé el solitario escalón del porche. La niebla yacía en las rodadas del césped y ocultaba sus zonas quemadas. Me dirigí dando tumbos hacia el camino, olvidando por completo el coche ante el que debía de haber pasado, y salí a la carretera. Luego, empecé a correr. Apenas visible carretera abajo, en dirección a la autopista, una tonalidad roja bañaba el aire gris.
Para cuando llegué a la granja Sunderson, había dejado ya de correr, y caminé lo más rápidamente que me era posible sin aumentar el dolor que sentía en el pecho hasta que llegué a las ruinas de la escuela; luego, troté hasta la iglesia. El muro de arenisca roja ocultaba la rojez del cielo. Es la casa de Andy, pensé, y me forcé a correr otra vez. Oía movimientos de hombres y el ruido de máquinas en funcionamiento. Cuando di la vuelta al muro, empecé a correr más aprisa. El coche de bomberos estaba aparcado junto a la casa de Andy, y un coche de Policía se había detenido un poco más adelante, junto a los surtidores de gasolina. Oí el terrible y devorador ruido del fuego. Pero no era la casa de Andy la que se estaba quemando. Pude ver las llamas que se elevaban por detrás de la alta fachada de los almacenes.
Pensé, recordando: quizá fuera una moto lo que oí, y no un coche. Había estado demasiado aturdido para poder distinguir.
Di la vuelta a la casa de Andy.
Al principio, sólo vi la llameante fachada de la Casa Soñada, precipitándose en la destrucción, como con tanta frecuencia debía de haberlo deseado Duane. Parecía transparente, esquelética. Los marcos de las puertas y las ventanas pendían oscuramente suspendidos en las llamas rojo-anaranjadas. Tres bomberos con botas de goma y casco de hierro dirigían sobre las llamas una inútil manguera. Una nube de vapor se elevaba con el humo. Luego vi a Oso Polar que me observaba calmosamente desde un lado del coche; iba sin uniforme, con una deformada chaqueta deportiva y pantalones marrones, y con sólo mirarle me di cuenta de que no se había acostado. Su insomnio le había mantenido levantado dándole a su botella de «Wild Turkey» hasta que se produjo la llamada del servicio de bomberos. Estaba todavía lo bastante oscuro como para que las llamas enrojeciesen el suelo y la trasera de la tienda de Andy, y, al acercarme más sentí el calor. Dave Lokken, de uniforme, hablaba con Andy y su mujer, vestidos ambos en bata y mirando a la trasera del establecimiento. El fuego ponía una tonalidad sonrosada en sus rostros. Los tres me vieron al mismo tiempo y me miraron como si yo fuese un fantasma.
Oso Polar echó a andar hacia mí. Yo seguí mirando el fuego; las primeras tablas se derrumbaron hacia dentro, despidiendo una gran lluvia de chispas.
—¿Te ha despertado la sirena de los bomberos? —preguntó. Asentí con la cabeza.
—Has venido en seguida. ¿Estabas durmiendo vestido?
—No estaba acostado.
—Yo tampoco —dijo él, y me dirigió una de sus tristes y paternales sonrisas—. ¿Quieres oír la historia? Tendré que contártela de todos modos. Te interesará.
Yo estaba mirando en silencio un montón de grises mantas del ejército que había a mitad de camino entre la incendiada Casa Soñada y la parte trasera del local de Andy, y accedí.
—Naturalmente, estos chicos no van a conseguir nada con esa manguera —dijo—, pero quizá puedan impedir que las llamas pasen a la tienda de Andy Kastad. Será lo más que puedan hacer. La llamada llegó demasiado tarde para que salvaran ese aborto de tasa de Duane, pero supongo que nadie va sentir su destrucción, y Duane menos que nadie. Hace tiempo que debían haberla derribado. Lo que sucedió fue que Andy y su mujer se despertaron a tiempo para ponerse a salvo…, aseguran haber oído un ruido y, después, el fuego. Saltaron de la cama, miraron por la ventana y se llevaron el susto de su vida.
Miré a Andy y su mujer y pensé que, probablemente, era verdad.
—Así que Margaret llama a los bomberos mientras Andy sale corriendo para hacer algo…, no sabe qué. Mear encima quizás. Y ve algo. ¿Adivinas qué?
—No. —Oso Polar estaba utilizando su truco favorito para crear suspense.
—No, claro. Oye, a propósito, Miles, ¿no habrás visto esta noche a tu amigo Paul Kant?
Tenía la cabeza inclinada, las cejas levantadas y aire de absoluta naturalidad. Otro truco favorito.
—No.
—Ajá. Estupendo. Bueno, como iba diciendo, Andy sale a todo correr por su puerta trasera, dispuesto a echar cerveza o algo encima del fuego, y ve ese objeto en la puerta de la casa. Pero es como tú. Tampoco puede adivinar lo que es. Y piensa que debe mirarlo más de cerca. Así que se aproxima, lo agarra y lo suelta. La mitad está en llamas. Y cuando lo ve bien vuelve a entrar en la casa y me llama también a mí, sólo que Dave y yo estamos viniendo ya a toda marcha.
—¿A qué viene toda esta charla, Oso Polar?
El calor del fuego parecía intensificarse, tostándome un lado de la cara.
—Creía que lo adivinarías. —Me puso una mano en el brazo y empezó a conducirme hacia la tienda—. La cuestión es que ya no tienes nada más de qué preocuparte, Miles. Todo ha terminado. Elegí el caballo equivocado, pero tú estás libre de toda sospecha a partir de ahora. Es como te dije. Yo le fallé, pero él me falló a mí también.
Me detuve y le miré a la cara y, muy por debajo de su tono y su aire confidencial, percibí desconcierto e ira. Me empujó hacia delante, forzándome a unirme a su charada. Me tambaleé, y él me agarró con más fuerza el brazo.
—Estamos a 16 de julio, muchacho, así que, si no tienes nada que te retenga aquí después del 21, supongo que nos dejarás. Eso será dentro de menos de una semana. Tiempo suficiente para que mantengas la boca cerrada, supongo.
—Oso Polar —dije—, no sé de qué estás hablando, pero creo que sé a quién estás buscando.
—A quién estaba buscando —dijo él.
Estábamos casi junto al montón de mantas, y me di cuenta de que Lokken instaba a Andy y Margaret Kastad a que se alejaran. Se apresuraron a apartarse a algún lugar por detrás de mí, aparentemente contentos de marcharse.
—Y fue un hombre lo que encontró ahí —dijo Oso Polar, y se agachó como alguien que se dispone a coger una moneda del suelo.
—¿Un hombre?
En silencio, Oso Polar retiró el borde de la manta.
Yo tenía delante su cara. Tenía parte del pelo quemada y ensangrentada la mejilla. Sus ojos estaban abiertos todavía. Sentí que se me doblaban las rodillas, y sólo con gran esfuerzo conseguí mantenerme en pie. Oso Polar me tocó en la espalda, y sentí de nuevo su contenida ira. Salía de él como el contacto de un hierro de marcar. Le oí decir: «Ese es tu salvoconducto para salir de aquí, Miles», y miré sus facciones enrojecidas por el fuego y, luego, de nuevo el cuerpo de Paul.
—¿Qué es eso que tiene en el lado de la cabeza? —Pregunté y oí temblar mi voz—. Parece como si le hubieran dado un garrotazo.
—Le cayó una tabla.
—No han empezado a caer hasta después de haber llegado yo aquí.
—Entonces se cayo él. Me aparté.
—Una cosa más, Miles —dijo Oso Polar, a mi lado. Volvió a agacharse, extendió de nuevo el borde de la manta, se incorporó y utilizó el pie para apartar otro pico de manta.
—Mira. Otra cosa que sacó Andy.
Me agarró del brazo y me hizo girar como a un muñeco. Tardé unos instantes en reconocer lo que quedaba al descubierto junto a la retirada manta, porque el metal había resultado ennegrecido por el fuego. Era la segunda lata de cuarenta litros que había en el garaje de la granja.
—Así es como provocó el incendio —dijo Oso Polar—. Está tan claro como el agua.
—¿Qué es? Esa lata de gasolina es de mi casa.
—Claro. Se escabulló, robó esa lata de gasolina, volvió aquí, la derramó y prendió fuego. Es como si hubiera confesado. Ya no podía soportarlo más.
—No, no, no —dije—. Estuvo en mi casa antes, Oso Polar. Intentaba escapar de esa pandilla de rufianes antes de que le diesen una paliza o le matasen. No era culpable, no tenía nada que confesar.
—No te esfuerces, Miles —dijo Hovre—. Ya me has dicho que le habías visto. Es demasiado tarde para mentir al respecto.
—No estoy mintiendo ahora.
—Estabas mintiendo antes, pero ahora no. —Su voz era átona e incrédula.
—Salió de mi casa poco después de las tres. Alguien debió de estarle siguiendo todo el tiempo. Alguien le rrjató. Eso es lo que él temía. Por eso es por lo que huyó. Incluso oí el coche. —Mi voz se iba elevando Oso Polar se separó unos pasos, arrastrando los pies. Vi que estaba haciendo esfuerzos por dominarse.
—Mira, Miles —dijo, dirigiéndose de nuevo hacia mí—. Volviendo a la realidad, a mí me parece que el instructor podría seguir uno de los dos caminos en este asunto. ¿Me escuchas? Podría considerar que se trata de un suicidio o que se trata de una muerte accidental con ocasión de la comisión de un delito, según el grado en que quisiera proteger la reputación de Paul Kant. En cualquiera de los dos casos, tiene que apoyarse en la evidencia de esa lata de gasolina.
—¿Son ésos los dos únicos veredictos que crees que podría considerar?
—Sí.
—No, si yo puedo evitarlo.
—No podrás hacer nada aquí, Miles. Será mejor que termines esa investigación tuya y te largues.
—¿Quién es el instructor aquí?
Oso Polar me dirigió una mirada triunfal y airada.
—Yo.
Me lo quedé mirando, sin saber qué decir.
—En un Condado tan pequeño como éste, era absurdo tener a dos hombres cobrando sueldos públicos.
Me volví para mirar al fuego. Su intensidad había decrecido, y el marco de la puerta y todo el techo se habían desplomado en el rugiente interior del edificio. Sentía medio quemada la piel de la cara y de las manos. Notaba los pantalones calientes en los puntos en que me rozaban las piernas. Advertí que los Kastad se alejaban de mí y del fuego.
—Estuvo en mi casa —dije. Ya no podía soportarlo por más tiempo. Empecé a avanzar hacia él—. Estuvo en mi casa, y tú violaste a mi prima. Tú y Duane. La matasteis. De forma accidental, probablemente. Pero con ésta, son ya dos muertes sobre las que quieres arrojar basura. Esta vez no será así.
Su furia era más aterradora que la de Duane porque era más serena.
—Dave —dijo, mirando por encima de mi hombro.
—No puedes colgárselo todo a un hombre inocente porque esté convenientemente muerto —dije—. Yo sé quien es el culpable.
—Dave.
Lokken se me acercó por detrás. Oía sus pasos sobre la grava.
—Es ese Zack —dije—. Hay otra culpabilidad, pero es demasiado disparatada…, así que tiene que ser Zack. —Oí a Lokken murmurar algo en tono de sorpresa a mi espalda—. El tenía esas botellas de «Coca-Cola» en su furgoneta, y un pomo de puerta…
—¿Sabes quién es Zachary, Miles? —me interrumpió Oso Polar, con voz inexpresiva.
—También a él le gustan los incendios, ¿no? —dije—. Duane dijo que le gustaban tanto que a veces no esperaba que los empezase otro. Dave Lokken me agarró de los brazos.
—Sujétale, Dave —dijo Oso Polar—. Sujétale bien.
Se me acercó, y Lokken me dobló los brazos a la espalda, sujetándolos con tal fuerza que no podía moverme.
—¿Sabes quién es Zachary?
—Ahora lo sé —traté de decir.
—Es mi hijo —dijo Oso Polar—. Mi hijo. Y ahora voy a enseñarte a tener la boca cerrada.
En el segundo que precedió inmediatamente a su golpe vi su rostro inflamado de ira y tuve tiempo de preguntarme si Duane me habría contado el detalle final si no se hubiera herido en la mano. Luego, no pude pensar en nada más que en el dolor. Después, dijo a Lokken que me soltase, y me desplomé sobre la grava. No podía respirar. Le oí respirar: «Lokken, largarte inmediatamente de aquí» y abrí los ojos y vi sus zapatos. Uno de ellos se levantó y descendió sobre mi cara. Oí marcharse a Lokken. El olor de Oso Polar se derramó sobre mí. El pie se levantó de mi rostro. Su voz me llegó directa al oído.
—Te habría ido mucho mejor si nunca hubieras venido aquí, Miles. Y creo que será mejor que te portes como si lo supieras.
Le oía respirar con fuerza. «Wild Turkey» se mezclaba con el olor a pólvora.
—Miles, maldita sea, como digas una palabra más acerca de esas malditas botellas de «Coca-Cola» o de esos malditos pomos, te parto en dos.
Su respiración se tornó agitada, y su vientre se le tensaba contra el cinturón.
—Y tu prima murió hace veinte años, Miles. Di una palabra más acerca de ella y estás terminado. Recuerda ahora esto, y recuérdalo bien. Quienquiera que fuese el que estuvo allí cuando murió tu prima, te salvó la vida al llevarte a la roca. Quizá no repitieran el favor. Quizás ahora te dejaran caer al agua.
Luego, soltó un gruñido mientras se incorporaba y se marchó. Cerré los ojos. Oí el ruido de neumáticos sobre la grava.
Cuando volví a abrir los ojos, me toqué la cara. Tenía sangre. Me incorporé. Estaba solo. La Casa Soñada de Duane no era más que un ardiente amasijo de tablas coronado por un penacho de humo negruzco. El cuerpo de Paul había desaparecido, y también el montón de mantas. Me encontraba absolutamente solo, tendido sobre la blanca grava junto a un moribundo incendio.