10

El frío llegó después del estupendo verano de 1960. Para principios de octubre, Raven había empezado a hablar con pesimismo del ganado, que tosía de una forma lastimera. Por la mañana temprano el denso vapor blanco les llegaba hasta las rodillas, de manera que parecía que sus cuerpos flotaban por encima de la bruma. Sus cabezas, con unas orejas grandes a media asta, giraban lentamente envueltas en una nube de vaho hacia los escasos transeúntes.

La niebla no se levantaba hasta el mediodía, y bajaba de nuevo hacia las cuatro. Era una locura que el señor Brundish saliera en semejantes condiciones; y, sin embargo, en Holt House, completamente solo, se estaba preparando para hacer una visita. Hacia las once menos cuarto había logrado tener casi la apariencia de un boulevardier, con un abrigo de cuello de piel y un sombrero gris de fieltro, algo más elevado en la parte superior de lo que era costumbre en aquellos años. Los nativos de Hardborough sólo respiraban el aire otoñal a través de sus bufandas de lana, y el señor Brundish también llevaba una. Luego cogió un bastón de los muchos que le esperaban en la entrada.

La niebla hacía que sólo se viera el sombrero y las tres cuartas partes del señor Brundish, que se agachaba ocasionalmente con un respingo y un jadeo, mientras se deslizaba por Ropewalk, Sheepwalk y Anson Street. Pensaron, quienes le vieron por la ventana, que se dirigía al médico o, más alarmante aún, a la iglesia. Hacía años que el señor Brundish no oía una misa. Estaba pálido y parecía afligido. La opinión general coincidía en que tenía un aspecto muy moderado.

Si no era el médico ni la iglesia, sólo podía ser The Stead. Por improbable o imposible que pareciera, estaba subiendo las escaleras de la entrada con dificultad y, una vez se liberó de la bruma por fin, tocó el timbre.

La señora Gamart estaba haciendo una anotación mañanera en su diario, y había escrito: «Miércoles: un tiempo horrible para oct. Hortensia petolaria bastante húmeda». Oyó el timbre y estaba lista para levantarse, restándole importancia a la interrupción, cuando se dio cuenta de quién era el visitante. Entonces sintió la misma incredulidad que el resto de Hardborough, que había visto el avance del señor Brundish desde Holt House. La joven lugareña que ayudaba con la limpieza, y que había abierto la puerta, estaba medio aturdida, como si hubiera visto árboles andantes.

Que este viejo cansino la aceptara supondría entrar en una nueva dimensión en el tiempo y el espacio —en los siglos pasados del Suffolk habitado, y en su silencio actual y su vida expectante—. Desde los primeros meses de su llegada, él había rechazado todas sus invitaciones con la excusa constante de su mala salud. Sin embargo, no había duda de que se celebraban pequeños encuentros en Holt House, distinguidos por los visitantes que pasaban allí la noche, así como por los ancianos amigotes que llegaban desde los rincones más recónditos del este de Inglaterra. Sólo hombres quizá, aunque se comentaba —pero la señora Gamart no se lo creía— que la señora Green había ido a tomar el té, y nunca se había incluido a su propio marido. El General, sin embargo, con la complicidad transparente del sexo masculino, insistía en que el viejo señor Brundish era un tipo decente. Esta observación tan poco apropiada desconcertaba a la señora Gamart hasta dejarla sin palabras.

Y ahora el señor Brundish había venido. No pidió disculpas al entrar en la casa, ya que en su época, tratándose de una visita a las once, nadie lo habría considerado necesario. Sin pretender ocultar lo débil que estaba, sin fingir que se detenía un momento para admirar las dimensiones del recibidor, se agarró a las barandillas mientras intentaba recuperar el aliento. Se le cayó el bastón sobre el reluciente suelo.

—Recuperaré el bastón después. Afortunadamente no he perdido ninguna de mis facultades.

La señora Gamart, que había salido a recibirle, pensó que lo mejor sería llevarle a la sala. Los impresionantes balcones daban al mar, tan brumoso como la tierra. Se sentaron. Sin hacer más referencias a su salud el señor Brundish dijo:

—He venido a preguntarle algo. No es de muy buena educación, pero no creo que pueda plantearlo de otra forma. Si le importa que le pregunte, debe decirlo enseguida. Claro, que podría hablar con su marido.

Por costumbre y desde tiempo inmemorial, la señora Gamart rechazaba la idea de que su marido pudiera ser necesario para algo. La concentración de su visitante parecía vacilar e interrumpirse. Durante lo que pareció un rato considerablemente largo, estuvo sentado con los ojos cerrados, mientras su cara se teñía de una extraña palidez pizarrosa, como si el mar se la hubiera blanqueado. Luego prosiguió:

—Una extraña experiencia la de desmayarse. Uno nunca sabe si lo está haciendo correctamente. No hay nada a lo que agarrarse. Uno no se acuerda de la última vez… Sería mejor que me ofreciera algo —añadió subiendo el tono. Después, sin bajar la voz, dijo—: Esta arpía no puede negarme un vaso de coñac.

La señora Gamart miró con asombro al enfermo. Si estaba teniendo algún tipo de ataque, lo único que había que hacer era llamar al médico. Entonces se lo llevarían y, por supuesto, él estaría en deuda, como cualquiera que se pone enfermo en casa de otro. Aunque quizá el señor Brundish no supiera reconocer cuándo debía un favor, pensó ella. En cualquier caso, no podía haber hecho el doloroso camino desde Holt House, en un día como ése, simplemente para decirle que no estaba bien, a no ser que de repente quisiera enmendarse por su escasa perspicacia durante esos quince años. Pensó que sería mejor no ofrecerle estimulantes.

—¿Quiere que pida que le hagan un café? —preguntó ella.

—Esta mujer intenta envenenarme. Ya se me pasará.

El señor Brundish abrió y cerró las manos, como si quisiera coger el aire, pero incluso ese movimiento estaba dotado de nobleza.

—Quiero que deje en paz a Florence Green —dijo.

A la señora Gamart la cogió enteramente por sorpresa.

—¿Le ha pedido ella que venga aquí?

—En absoluto. Es una mujer que ya no es joven y que lo único que quiere es tener una librería.

—Si la señora Green tiene algún motivo de queja —dijo la señora Gamart—, supongo que podría contratar a un abogado. Creo que tiene cierta tendencia a cambiar de consejero legal.

—¿Por qué quiere que se vaya de esa casa? Yo mismo vivo en una casa bastante vieja y sé lo incómodo que es. Además, la librería tiene corrientes, es imposible hacerle una segunda hipoteca y, por supuesto, la casa entera está encantada.

Para entonces, el tacto y la buena educación habían acudido en ayuda de la señora Gamart.

—¿No se le ha ocurrido a usted, que seguramente es un hombre que se interesa por el bienestar y el patrimonio de este pueblo, que un edificio de tanto interés histórico podría utilizarse para algo mejor?

Había dado un paso en falso. Al señor Brundish no le importaban en absoluto ni el bienestar ni el patrimonio de Hardborough. Él era, en cierto sentido, Hardborough, y nunca se había parado a pensar si aquello le interesaba o no.

—La antigüedad no es lo mismo que el interés histórico —dijo—. De lo contrario, nosotros dos seríamos más interesantes de lo que somos.

A esas alturas la señora Gamart se había percatado de que, aunque su visitante probablemente estaba llevando la conversación según unas normas determinadas, éstas no eran las que ella dominaba. Necesitaría, por tanto, una defensa en consonancia.

—Lo repito: quiero que deje a mi amiga Florence Green en paz —gritó el señor Brundish—. ¡En paz!

—Su amiga, ya sabe, parece que se ha saltado la ley más de una vez. Si ése es el caso, yo, por supuesto, no puedo decir nada. Si sigue como hasta ahora, la ley tendrá que seguir su curso.

—¿Tal vez se esté refiriendo a una ley que no existía el año pasado y que se coló en el Parlamento a nuestras espaldas? Me refiero a una orden que prevé la compra obligatoria. Puede llamarlo desahucio. Ése sería un término más justo. ¿Empujó usted a su precioso sobrino a que pasara ese proyecto de ley al parlamento?

Ella no podía rebajarse tanto como para hacer ver que no entendía de qué le estaba hablando.

—Es cierto que quizá el proyecto de mi sobrino afecte a la librería, ya que hay una disposición según la cual la propiedad tiene que haber estado vacía durante cinco años. Y eso, desde luego, sería aplicable a Old House…

¿Cómo habría obtenido esa información? Se diría que la había conseguido mediante unas raíces invisibles, sin moverse de Holt House. Sin ver ni escuchar.

—… Hay tantas autoridades a tener en cuenta, señor Brundish. Los simples mortales como yo —dudó un poco antes de continuar— y usted, apenas sabríamos por dónde empezar. Yo soy juez de Paz y estoy acostumbrada al servicio público, pero aun así estaría bastante perdida. No podríamos ni encontrar a la persona adecuada a la que escribir.

—Sé perfectamente bien, señora, a quién escribir. En los últimos años, si no me hubiera encargado de ello, habría perdido cientos de hectáreas de mis pantanos, algunas tierras de labranza y dos molinos. Déjeme que le diga que el comprador de Old House tendrá que ser el consejo municipal de Flintmarket, y que lo hará bajo la Ley de Procedimientos de Autorización para la Adquisición de Tierras de 1946, la Ley de Viviendas de 1957 y este grotesco esfuerzo de su sobrino. Si no se ha hecho nada hasta ahora, podemos hacer frente común contra ellos. Si hay noticias de que están dispuestos a llegar a un acuerdo, habrá que convocar una vista privada ante un inspector del gobierno.

El significado y el peso de esa primera persona del plural no podía llevar a equívoco. Violet Gamart entendió perfectamente el trato que se le estaba ofreciendo. Le estaba proponiendo una alianza, una alianza de trabajo en cualquier caso, entre Holt House y The Stead, y, a cambio, se le pedía algo que ella no podía ofrecer. Pero ¿acaso importaba? Trataría de ganar tiempo. El señor Brundish tendría que venir otra vez para seguir persuadiéndola, y ella tendría que ir a verle a él para discutir los detalles. Su mente no estaba del todo bajo control. Se olvidaría de lo que había dicho la última vez, y se convertiría en una visita habitual. Ella no habría dado nada y, en cambio, habría ganado mucho. Entretanto, sería más inteligente no hacer demasiadas promesas.

—Ciertamente, podríamos pensar en alguna forma de facilitar el proceso, si es necesario. Todavía hay bastantes tiendas en alquiler, ¿sabe?, en pueblos más grandes que Hardborough.

—¡Eso no es lo que estoy diciendo! ¡Usted tiene que hablar de lo mismo que estoy hablando yo! ¡Me ha sido muy difícil llegar hasta aquí con este tiempo! Esta mujer es estúpida o malévola…

—Me gustaría poder hacer más.

—Entiendo, entonces, que no hará nada.

Esto es exactamente lo que había querido decir, y lo que pretendía. Tenía que restablecer la situación y no serviría de nada ser ni evasiva ni franca. Él tendría respuesta para ambas posibilidades. Pero no tenía ninguna duda de que los viejos horrorosos también tienen un corazón al que se puede apelar. Le lanzó una sonrisa deliciosa, que templaba sus ojos negros y brillantes, y que había conmovido a gente mucho más importante que él.

—Pero no debe hablarme así, señor Brundish. No se da cuenta de lo que está diciendo. Debe de pensar que soy atroz. ¿Es eso?

Daba la impresión de que el señor Brundish estaba dando vueltas a las palabras en su cabeza, como si fueran guijarros que había que valorar.

—Me temo que no puedo responder ni sí ni no. Por «atroz» supongo que quiere decir «sorprendentemente ofensiva». Qué duda cabe de que ha sido ofensiva, señora Gamart; pero ha sido exactamente como esperaba.

Se levantó con cierta dificultad, y, con la ayuda de diversos muebles, no todos preparados para soportar su peso, recuperó su sombrero y se marchó de The Stead. Pero cuando llegó a la mitad de la calle —la niebla se había levantado para entonces, de forma que los habitantes de Hardborough pudieron verle claramente— el señor Brundish cayó muerto.

Los comerciantes locales, después de consultar con la Cámara de Comercio de Flintmarket, decidieron no cerrar el día en que se celebró el funeral del señor Brundish. Era día de mercado y había buenas posibilidades de que las ventas fueran mayores.

—Yo tampoco voy a cerrar —le dijo Florence a Raven, que en ocasiones hacía de sacristán. Raven se quedó sorprendido, porque en su opinión ella tenía derecho a asistir a la ceremonia, ya que se podía decir que tenía mayor relación con el muerto que muchos de los que irían. Tenía razón, pero Florence no le podía explicar lo mucho que necesitaba estar sola para pensar en su extraño corresponsal y defensor. ¿Para qué misterioso recado había cruzado la plaza, con su sombrero y su bastón, aquel día?

Se le enterró en la tierra pizarrosa del cementerio, entre muertos que se había llevado el mar de Suffolk, guardiamarinas ahogados a los once años, y pescadores desaparecidos. La esquina del noreste del terreno pertenecía a la familia Brundish, tan amante de la tierra. Hardborough, apretado bajo el nivel de sus pantanos, fue al menos por un día el centro de atención de la comarca. ¿Quién iba a pensar que el señor Brundish conocía a tantas personas y que fueran a llegar tantos parientes y tanta gente de Londres? Era miembro de la Royal Society, al parecer. ¿Cómo era posible? Todos los pubs habían solicitado que se les permitiera cerrar más tarde, y se sirvió una gran comida fría en The Stead, donde los invitados charlaron y rieron, y luego bajaron el tono de sus risas y apenas supieron qué hacer con ellas. Se sabía que el viejo había muerto intestado, y el señor Drury se puso manos a la obra. Debía iniciar una exhaustiva investigación para disponer de Holt House y de los pantanos y de los molinos y de las dos mil setecientas cinco libras con trece chelines y siete peniques que le quedaban en la cuenta corriente.

Todavía se estaba celebrando la ceremonia religiosa, y Florence, que no esperaba tener ningún cliente, estaba cerrando lentamente la caja, cuando entró en la tienda el general Gamart. Se quedó un momento bloqueando la luz del sol. Entonces, obedeciendo de manera evidente una orden dirigida a sí mismo, dio tres pasos al frente. Al principio pareció que aquello iba a ser todo. No dijo nada y en cambio se dedicó a juguetear con un montón de anuarios. Florence Green no tenía muchas ganas de ayudarle. Llevaba meses sin ir a la tienda, y ella suponía que acataba órdenes. Pero luego se lo pensó mejor. Sabía que había venido siguiendo un impulso de bondad. Al final, lo que ella valoraba por encima de cualquier otra cosa era la amabilidad.

—No querrá un libro, ¿no?

—No exactamente. Sólo he venido a decir: «Se ha ido un buen hombre». —El General se aclaró la garganta. No podía hacerlo mejor—. Creo que usted conocía bien a Edmund Brundish —añadió con voz ronca.

—Me siento como si así fuera, pero cuando lo pienso, lo cierto es que sólo he hablado con él una tarde en toda mi vida.

—Pues yo nunca he hablado con él. Estaba en primera línea, por supuesto, pero no en los Suffolk; estaba en la RFC[16], creo. Quería volar. Qué extraño.

El General hablaba con más libertad ahora que se había quitado de encima la parte más incómoda, que era la de dar las condolencias.

—Otra cosa extraña es que nos vino a ver esa misma mañana.

—Quería hablar con su mujer, supongo.

—Sí, tiene usted mucha razón. Violet me lo contó todo. Hizo un gran esfuerzo por ir a verla, al parecer, para darle la enhorabuena por su idea; su idea, quiero decir, del Centro para las Artes. Es una pena que yo no pudiera intervenir e intercambiar alguna palabra con él. Debo decir que nunca habría pensado que el Arte fuera su tema preferido. Pero, en cualquier caso, un hombre bueno se ha ido. Doce años mayor que yo. Supongo que cualquiera de nosotros podría tener un colapso así, ahora que lo pienso.

No había nada que le detuviera, podía seguir así indefinidamente.

—No debe llegar tarde al almuerzo, general Gamart.

Florence sabía de los preparativos en The Stead. Su presencia sería necesaria para abrir el vino.

Consciente de que había estado algo falto de tacto, medio aliviado, medio insatisfecho, se despidió y se retiró.

Alrededor de un mes más tarde, Old House fue requisada bajo la nueva ley parlamentaria. Como una de las estipulaciones era la de que no debía haber en la zona otros edificios de la misma época que estuvieran deshabitados, se podía haber ofrecido el cobertizo en su lugar, así que fue una verdadera pena que Florence hubiera dado instrucciones para que lo derribaran. Wilkins había tardado casi un año en demolerlo, pero ahora avanzaba bastante rápido.

Llegaban grandes cantidades de papeles de un tamaño considerable al buzón de latón de la librería. El cartero se disculpó por traer tantos. Uno de ellos, que venía de Flintmarket, le notificaba a Florence Mary Green que tenían la obligación de comprar y adquirir, bajo las estipulaciones de la ley de 1959 o las leyes o partes de las leyes incorporadas a dicha ley, las tierras o herencias mencionadas y descritas en el programa según se mostraba en el plan adjunto (aunque se les había olvidado adjuntarlo) y a tal fin marcadas en rosa, así como todas las minas y minerales que hubiera en y debajo de las tierras en cuestión, aparte del carbón, y que estaban dispuestos a tratar con ella y con cada uno de ellos los aspectos concernientes a la compra de dichas tierras y a la compensación que debería recibir ella y cada uno de ellos con motivo de la requisición de dichas tierras, autorizada como se mencionaba más arriba. Florence sintió, mientras leía esto, que era el momento de que el rapper se dejara oír y, cuando no lo hizo, casi lo echó de menos.

La noticia también apareció en el Flintmarket, Kingsgrave y Hardborough Times, e hizo que Florence se sintiera como una delincuente buscada por la justicia. Desde luego, no era producto de su imaginación el que sus viejos conocidos la evitaran por la calle, y que los clientes pusieran cara de sorpresa y dijeran: «Ah, me parecía haber leído en alguna parte que había cerrado». El señor Thornton, el señor Drury y el señor Keble y sus mujeres no volvieron a aparecer por la tienda, ya que estaba marcada.

No le importó tanto como creía. Suponía una derrota, pero la derrota es mejor recibida cuando al menos uno está cansado. La compensación sería suficiente para saldar la deuda con el banco y para dar la entrada de un alquiler, quizá en algún lugar muy diferente. El cambio sería bienvenido. Después de todo, se había dado cuenta de que hasta el señor Brundish había aceptado la idea del nuevo centro. Por alguna razón, esta idea le dolía más que la propia noticia de la Disposición-Para-Llegar-A-Un-Acuerdo.

Raven, acodado en la barra del Anchor, quería saber cómo esa panda del ayuntamiento de Flintmarket, que, según ellos mismos, nunca tenían un penique de sobra y que ni siquiera podían permitirse dragar sus propios pantanos, se las habían apañado para reunir el dinero y echar a la señora Green de Old House. Pero el municipio de Flintmarket estaba tan poco dispuesto a hablar de sus finanzas como cualquier otra institución pública. El comité de recreo manifestó en su informe lo muy esperanzador que era comprobar que si se deseaba o se necesitaba algo de verdad, siempre se podía encontrar un benefactor que tomara medidas para hacerlo posible.

Los abogados de Florence en Flintmarket estaban muy ilusionados al principio con la idea de llevar uno de los primeros casos bajo la nueva ley, como decían ellos. Hablaban de exigir que hubiera una declaración o de solicitar una petición de certiorari[17].

—¿Serviría de algo?

—Bueno, en realidad no puede haber ninguna base legal para enfrentarse a una decisión administrativa, pero se ha sostenido que de hecho el público puede hacerlo ateniéndose al derecho natural.

—¿Qué es el derecho natural? preguntó Florence. Cuando los abogados se dieron cuenta de que su diente tenía muy poco dinero, olvidaron la petición de certiorari y discutieron el asunto de la indemnización. Igual que todos sus consejeros, adoptaron una actitud negativa y hostil. No habría reclamación por depreciación, ya que bajo una perspectiva legal los libros eran como la chatarra, que no pierde su valor por mucho que se mueva de un lado a otro. No se podía reclamar nada por los servicios prestados, ya que se trataba de un negocio unipersonal. El señor Thornton habría hecho alguna broma acerca del hecho de que era un negocio de una sola mujer, pero los abogados de Flintmarket no la hicieron. Quedaba la cuestión de la indemnización por Old House.

Cuando les llamó varias semanas más tarde, le hablaron de obstáculos y retrasos. Con esto querían decir, aunque no lo admitieran durante un tiempo, que era probable que no obtuviera ni un penique. Varias leyes de planificación urbana y rural especificaban que si una casa era tan húmeda que no resultaba apropiada para la vida humana, y existía la amenaza de que se hundiera, no se podía reclamar indemnización.

—Pero Old House ha estado ahí durante siglos sin hundirse. Yo estoy viviendo allí y todavía soy humana, y además, no es tan húmeda. Se seca en verano y a mitad del invierno. ¿Y qué pasa con la tierra?

El abogado se refirió a la tierra como «el solar vacío», como si Old House ya hubiera dejado de existir.

—De hecho, sólo se puede hacer una estimación si se trata de un terreno, pero tras una inspección del sótano se ha llegado a la conclusión de que la propiedad se asienta sobre un centímetro de agua.

—¿Qué inspección? No se me notificó.

Al parecer, en distintas fechas en las que usted estaba fuera del local, el ayuntamiento envió a un constructor y enyesador experto, el señor John Gipping, para que hiciera una valoración de las condiciones de las paredes y el sótano.

—¡John Gipping!

—Por supuesto, damos por hecho que entró de forma pacífica.

—Estoy segura de que fue así. No es en absoluto un hombre violento. Lo que me gustaría saber es quién le dejó entrar.

—Ah, su ayudante, el señor Milo North. Se entenderá que actuó como su empleado y siguiendo sus instrucciones. ¿Tiene algún comentario que hacer?

—Sólo que me alegro de que le dieran el trabajo a Gipping. Últimamente no le ha sido muy fácil encontrar empleo.

—Lo más extraño para nosotros es el que el señor North también ha firmado una declaración alegando que las condiciones de humedad de la propiedad han afectado su salud y que ha quedado incapacitado para un empleo normal.

—¿Por qué lo hizo? —le preguntó a Milo—. ¿Alguien le pidió que lo hiciera?

—Me lo pidieron con cierta insistencia, y me pareció lo más sencillo.

Milo no siguió presentándose en la tienda para echar una mano; se lo encontró por casualidad cruzando el parque. Él no hizo nada por evitar el encuentro en esta ocasión. Es más, intentó ser útil y sugirió que si todavía quería un ayudante, era posible que Christine estuviera libre otra vez ya que, después de un cuatrimestre en el instituto, el director la había echado. Milo dijo que no conocía los detalles, y Florence no insistió en saberlos.

No podía hacer mucho más. El director del banco, con cierto pudor, le preguntó si le vendría bien concertar una cita para verle lo antes posible. Quería saber si lo que había oído acerca de que no tenía ningún derecho legal a una indemnización era correcto, y, en ese caso, qué era lo que pensaba hacer respecto al pago del crédito.

—Quería empezar de nuevo —dijo Florence—. Creí que podría hacerlo.

—Yo no le aconsejaría que se embarcara en otro pequeño negocio. Es curioso constatar cuánta gente ve el banco como una institución benéfica. Llega un momento en que cada uno de nosotros debe conformarse con admitir que ha llegado el final. Claro, que siempre queda el almacén. Si se pudiera liquidar eso, estaríamos en el buen camino para resolver este problema.

—¿Eso significa que usted quiere que venda los libros?

—Para pagar el crédito, sí. Los libros y su coche. Me temo que será absolutamente necesario.

Por lo tanto, Florence se quedó sin tienda y sin libros. Se guardó, eso es cierto, dos ejemplares de Everyman que nunca se habían vendido bien. Uno era Unto this Last, de Ruskin, y el otro Grace Abounding, de Bunyan. Cada uno tenía su marcapáginas dentro: A todos los hombres seré vuestra guía, cuando más necesitéis tener a alguien a vuestro lado, y el Ruskin tenía además una genciana aplastada y descolorida entre las páginas. El libro debía de haber viajado, quizá cincuenta años atrás, a Suiza en primavera.

En el invierno de 1960, por lo tanto, después de haber mandado su pesado equipaje por adelantado, Florence Green tomó el autobús que iba a Flintmarket pasando por Saxford Tye y Kingsgrave. Wally le llevó las maletas hasta la parada. Una vez más, había llegado la época de las inundaciones, y los campos, a ambos lados de la carretera, quedaron ocultos bajo el brillo del agua. En Flintmarket tomó el tren de las diez cuarenta y seis hacia Liverpool Street. Cuando arrancó para salir de la estación, ella bajó la cabeza en señal de vergüenza, porque el pueblo en el que había vivido durante casi diez años no había querido tener una librería.