3
A la mañana siguiente Florence se preparó arenques —no tenía mucho sentido vivir en East Suffolk si uno no sabía cómo cocinarlos—, dos rebanadas de pan con mantequilla y un té. La cocina estaba en la parte trasera de la casa. Era el cuarto más acogedor de Old House, con las paredes encaladas, y sin más ruidos que los suspiros del viejo pozo tapiado bajo el suelo. Los anteriores inquilinos sabían que eran muy afortunados de no tener que salir fuera para bombear agua; y se sintieron más afortunados aún cuando les instalaron el enorme lavabo pulido y lacado, hondo como un sarcófago. Un grifo de latón, que brillaba orgulloso, escupía agua helada desde una altura considerable.
A las ocho en punto desenchufó la tetera eléctrica y enchufó la radio, que inmediatamente empezó a hablar de disturbios en Chipre y Malawi, y luego anunció, con un leve cambio de entonación, que la esperanza de vida ahora era de 68,1 años para los hombres y de 73,9 para las mujeres, frente a los 45,8 para los hombres y los 52,4 para las mujeres que había a principios de siglo. Intentó que esto la animara. Pero el Aviso a las Embarcaciones —Mar del Norte, vientos ciclónicos del noroeste de fuerza variable rolando a más fuertes o temporal con mar gruesa o muy gruesa— hizo que se sintiera algo avergonzada. Avergonzada de estar allí sentada en su casa, de sus arenques del piélago y de lo inútil que era sentirse avergonzada. Por la ventana que daba al este divisó cómo la tormenta anunciaba su llegada, instalada sobre los guardacostas y contra un cielo de un color verde amarillento pálido.
Al mediodía aclaró. El cielo se había despejado desde una punta del horizonte hasta la otra, y una elevada nube blanca se reflejaba milla tras milla en el agua transparente del dique, de modo que los pantanos parecían sobresalir entre las nubes. Después de hacer los recados de la mañana, tomó un atajo de vuelta por el parque. Los alumnos de primaria estaban en su segundo recreo. Los chicos separados de las chicas, excepto los de la clase de los mayores, que rondaban los once años y que estaban dando vueltas unos alrededor de los otros. Una niña pequeña lloraba, completamente sola. La habían sacado de casa bien pertrechada, con una bufanda cruzada sobre el pecho y abrochada por detrás con un imperdible, y con unos guantes de lana enganchados a un elástico que pasaba bajo el cuello del abrigo. Saltaba a la vista que no encajaba en ningún grupo, ni con los chicos ni con las chicas. Florence intentó calmarla.
—Eres del jardín de infancia. No deberías estar fuera ahora. ¿Te has perdido? ¿Cómo te llamas?
—Melody Gipping.
Florence sacó un pañuelo limpio y le sonó la nariz. Una figura con aspecto poco cuidado y un pelo fino como la hierba seca se separó del grupo de las niñas.
—Está bien, señorita. Soy Christine Gipping, yo me ocupo de ella. Tenemos Kleenex en casa, son más higiénicos.
Se marcharon juntas. Los chicos se estaban pegando tiros; las chicas botaban viejas bolas de tenis en un círculo mientras cantaban:
Uno, dos, Pepsi-Cola,
Tres, cuatro, Casanova,
Cinco, seis, péinate,
Siete, ocho, da la vuelta,
Nueve, diez, hazlo otra vez.
Florence miró hacia el sur, donde una franja de bosque de pinos oscurecía el horizonte. Era una reserva de garzas, pero en 1953, cuando el mar anegó las tierras del bosque con sal, las aves volaron y dejaron de hacer sus nidos allí.
Cuando llegó a la verja del parque vio que se aproximaba, casi acechándola y con la mirada esquinada de un comerciante que ha fracasado, el señor Deben, de la pescadería. Seguro que la había seguido; de hecho, prácticamente admitió que lo había hecho.
—Se trata mi propiedad, señora Green. Va a salir a subasta, aunque eso no será hasta abril, o quizá más tarde. Pero preferiría que llegáramos a un acuerdo antes. Ahora, como usted ha mostrado interés por la propiedad… —no le dio tiempo a que ella respondiera que no había hecho nada parecido, sino que continuó hablando a toda velocidad—. Si no se va a quedar usted en Old House y tampoco se va a marchar del pueblo (se dará cuenta de que estoy demasiado ocupado para hacer caso de todos los rumores que llegan a mis oídos), lo lógico sería que hiciera una oferta para comprar otro local.
Debía de estar alterado por sus preocupaciones financieras, pensó ella. Había salido directamente de su tienda con el sombrero de pescadero puesto, hecho de paja, y con unos horribles pantalones de peto viejos. Mientras tanto, su astuto y embrollado discurso le había traído a Florence una idea repentina pero no extraña, que reconoció inmediatamente como la verdad. Una verdad que le había llegado en forma de advertencia, y por la que debería estarle muy agradecida.
—Ha debido de haber un malentendido, señor Deben. Pero no tiene la menor importancia, y me gustaría ayudarle. La señora Gamart fue extraordinariamente amable al hablarme de su plan para montar en el pueblo un Centro para las Artes, que nos beneficiaría a todos aquí, en Hardborough. Está buscando un lugar, y ¿qué mejor ubicación que una tienda de pescado vacía?
Sin darse tiempo a sí misma para reflexionar, salió precipitadamente por la puerta del parque, que, como de costumbre, estaba atascada de una forma bastante engorrosa, mientras intercambiaba despedidas con Deben. Cruzó High Street, giró a la derecha en la tienda de maíz y grano, y a la derecha de nuevo en dirección a Nelson Cottage. Por la ventana del piso de abajo pudo ver a Milo North, junto a una mesa cubierta con un mantel hecho a mano. Estaba allí sentado, sin hacer absolutamente nada.
—¿Por qué no está en Londres? —preguntó Florence al tiempo que golpeaba la ventana. Le molestaba ligeramente lo poco predecible que era su día a día.
—He mandado a Kattie a trabajar esta mañana. Pero pase, por favor.
Milo abrió la diminuta puerta de la entrada. Era excesivamente alto para aquella casa, que estaba alquitranada y pintada de negro, como las chozas de los pescadores.
—¿Le apetece un Nescafé?
—Nunca lo he probado —dijo ella—. Aunque he oído hablar de ello. Me han dicho que no se prepara con agua hirviendo. —Se sentó en una mecedora de madera muy delicada—. Estas cosas son demasiado pequeñas para usted —dijo.
—Lo sé, lo sé. Me alegro de que haya venido esta mañana. No hay nadie que me haga enfrentarme así a la verdad.
—Pues es una suerte, porque he venido a preguntarle algo. Cuando la señora Gamart hablaba, en su fiesta, de la persona ideal para llevar el Centro para las Artes, era usted, evidentemente, en quien estaba pensando, ¿no?
—¿La fiesta de Violet?
—Esperaba que yo me mudara —es más, probablemente esperaba que me fuera a vivir a otro pueblo— con la idea de que usted se instalara en Old House y así dirigirlo todo.
Milo la miró con sus ojos de un gris transparente.
—Bueno, si se refería a mí, no creo que hubiera utilizado la palabra «dirigir».
Florence se acusó a sí misma de ser una vanidosa, de autoengañarse y de hacer interpretaciones erróneas con premeditación. Era la dueña de un comercio: ¿por qué iba a suponer alguien que ella pudiera saber una sola palabra de Arte? Curiosamente, durante los días siguientes estuvo tentada de ofrecerse a abandonar Old House. La sospecha de que se quedaba simplemente porque habían herido su vanidad se le hacía insoportable. «Por supuesto, señora Gamart, a quien nunca llamaré o me referiré como Violet, era a Milo North a quien tenía usted en mente… Que se instale inmediatamente. Mi pequeño negocio de los libros se puede reubicar en cualquier otro lugar. Sólo le pido que no se salten las convenciones sociales demasiado deprisa. East Suffolk no está todavía preparado. Kattie tendrá que vivir, durante los primeros años al menos, en el cobertizo…»
En momentos más tranquilos pensaba que si la señora Gamart y sus secuaces pudieran obtener algún tipo de subvención del gobierno y permitirse pagar el precio que ella pediría por su finca, más los gastos de mudanza y un beneficio justo, estaría abierta a nuevas oportunidades, quizá no en Suffolk, ni en Inglaterra siquiera. Así, además, tendría esa impagable sensación de quien comienza de nuevo; una sensación que ya no podía esperar sentir muy a menudo a su edad. No había duda de que era absurdo imaginar que la estaban echando y que el brazo de los privilegiados la empujaba hacia la húmeda pescadería del señor Deben.
Resumiendo, se había engañado a sí misma al dejarse convencer, por un momento, de que los seres humanos no se dividen en exterminadores y exterminados, y que los exterminadores tienden a colocarse en la situación dominante en cuanto pueden. La fuerza de voluntad es inútil si no se va a algún lado. Y la suya estaba en unos niveles tan bajos que ya no era capaz de darle las instrucciones necesarias para poder sobrevivir.
No obstante, esa voluntad resurgió sin esfuerzo alguno por su parte, y en cuestión de diez minutos, un martes por la mañana a finales de marzo. El tiempo estaba raro, y le recordó al día en que vio pasar la garza que intentaba tragarse la anguila. Mientras la ropa tendida se agitaba en dirección oeste con la brisa marina, el molino de los pantanos se había adueñado de la brisa del interior y se movía hacia el este. Dejó su pequeño coche en el garaje al lado de los guardacostas, lo más cerca que podía de Old House, y tomó el camino corto, casi un pasadizo, que comunicaba la playa con su puerta de atrás.
El pasadizo era estrecho y, cuando el viento soplaba fuerte, las casitas de ladrillo y azulejo parecían agarrarse unas a otras, como decía el refrán, igual que el hijo de un marinero. Había que abrir la puerta de atrás con cuidado porque, si no, la llama piloto de la cocina se apagaba con la corriente. Giró la llave en la cerradura, pero la puerta no se abrió.
No desperdició más que un momento en pensar en bisagras oxidadas, madera deformada y cosas por el estilo. La fuerza hostil que empujaba contra su empuje, iba y venía, siempre con un poco de ventaja sobre ella, con la sagacidad de los dementes. La puerta temblorosa esperó a que lo intentara de nuevo. Desde el interior de la casa se oyó una sucesión de golpes. No sonó como si una cosa golpeara contra otra, sino más bien como una serie de explosiones diminutas, y todas seguidas. Entonces, cuando se dejó caer contra la puerta para recuperar el aliento, ésta se venció violentamente, girando hacia delante y hacia atrás como una mano que aplaudiera en un espectáculo cómico, y ella cayó de rodillas sobre el suelo de ladrillo.
Estaba segura de que todo el mundo en Score Lane la había visto estrellarse, de cabeza, contra el suelo de su propia cocina. Pero más poderosa que la vergüenza, el miedo y el dolor, era la sensación de injusticia. Al rapper le encantaba el cuarto de baño y el pasillo de arriba. Florence nunca había oído ni visto señales de su malicia en la parte de atrás de la casa. Los acuerdos tácitos existen incluso con los entes metafísicos, y el rapper no los había respetado. Su fuerza de voluntad, que Florence sintió en forma de indignación, fue creciendo hasta situarse al mismo nivel que el dolor de sus heridas. Lo Oculto, como lo llamaban las chicas de Müller’s, ya podía meterse en sus propios asuntos tanto como lo no oculto. Ninguno de los dos evitaría que ella abriera su librería.
En consecuencia, el señor Thornton recibió instrucciones claras de resolver el asunto lo antes posible, lo cual significó que siguió procediendo al mismo ritmo que hasta el momento. Thornton & Co. llevaba muchos años en activo. El trabajo de los juzgados podía dejarse en gran medida en manos de Drury, el abogado que no era Thornton, pero Thornton era absolutamente de fiar. Había oído, por supuesto, que a su cliente la habían visto caerse por la calle, sujetar la cabeza de un caballo para ese viejo canalla de Raven, y visitar a Milo North, a quien el propio Thornton observaba con recelo. Por otra parte, la habían invitado a una fiesta en The Stead, un lugar donde él mismo no había sido invitado nunca, aunque todavía tenía esperanzas de que algún día los Gamart entraran en razón y retiraran la administración de sus asuntos de las manos de Drury quien, por lo demás, no estaba preparado para manejar cuestiones familiares de importancia… Así que la señora Green conocía a los Gamart. Bien, pero incluso en ese aspecto, creía él, debían actuar con cierta prudencia.
Mientras sacaba la documentación sobre Old House, explicó que se les había presentado una pequeña dificultad en lo que se refería al cobertizo de ostras. Podría alegarse que la comunidad de pescadores, por derecho propio desde tiempos inmemoriales, podía atravesarlo cuando iban hacía la orilla y, posiblemente, dejar secar las velas en la galería.
—Si se pasa por el cobertizo no se llega a la orilla —señaló ella—. Se llega a la oficina del gas. De todas formas, ahí no se puede secar nada; las paredes están húmedas por la condensación. La galería está destrozada, y ninguno de los pescadores sale ya al mar con barcos de vela. Sin duda, ese tema no tardará en solucionarse.
El abogado explicó que los derechos no se veían afectados de ninguna manera por la imposibilidad física de ponerlos en práctica. Los asuntos de compra y venta, añadió, no son tan sencillos como la gente se imagina.
—De hecho, estoy encantado de que haya venido hoy, señora Green. Algo que he oído, por pura casualidad, me ha hecho considerar si no estaría usted pensándose mejor todo este asunto de la transacción.
Se diría que estaba temblando de curiosidad.
—Al decir «pensándose mejor» quiere usted decir «pensándose peor», claro —dijo ella.
—Planteándoselo de nuevo, querida. Siempre es una pena perder a un miembro de una comunidad pequeña como Hardborough, pero si ofrecen mejores oportunidades en otro sitio, lo único que podemos hacer es aplaudir su decisión y tratar de ser comprensivos.
—¿Quiere usted decir que ha pensado que yo querría cambiar de opinión y marcharme a otro sitio?
En encuentros como éste, habría deseado poder hacerse mucho más alta, aunque sólo fuera durante media hora, para poder mirar hacia abajo y no hacia arriba.
—¿Quiere decir que ha pensado que yo me querría marchar de Old House, que, por cierto, es el único hogar que tengo, mientras usted todavía le sigue dando vueltas a los derechos de paso de los pescadores?
—Hay otras muchas propiedades vacías en Hardborough, y resulta que yo tengo una lista de algunas que hay un poco más lejos; Flintmarket, e incluso Ipswich. No sé si usted ha pensado…
Era mayo y el cielo se había poblado de bandadas de golondrinas que se elevaban y descendían con cada batir de sus alas, y se posaban en grupos de más de cien sobre la arena cerca de la orilla. Los fondos de Müller’s llegaron en dos camionetas de Carter Paterson, y una semana después llegaron los pedidos de los mayoristas. Para el resto, para las novedades, tendría que esperar a los vendedores, si es que los pobres estaban dispuestos a internarse en los pantanos hasta un punto de venta como aquél, completamente desconocido. Como estaba claro que el cobertizo no se podía utilizar, Florence tendría que apilar todo el material en el espacioso armario debajo de las escaleras, mientras pensaba en cómo organizarlo.
Una mañana, cuando volvía de Flintmarket, se encontró la casa llena de chicos de doce y trece años ataviados con jerseys azules. Eran Scouts del Mar[5]. Ella les preguntó:
—¿Cómo habéis entrado?
—El fontanero le entregó la llave al señor Raven —dijo uno de los chicos, cuadrado y firme como una bala de paja.
—Pero él no es vuestro capitán, ¿verdad?
—No, pero nos dijo que viniéramos aquí. ¿Por dónde quiere que empecemos?
—Quiero que coloquéis las estanterías —dijo ella de un modo igual de directo—. ¿Seréis capaces?
—¿Cuántas brocas puede conseguir usted, señorita?
Entonces ella se fue y compró brocas y tornillos al peso. Los Scouts trabajaron durante dos horas, luego se fueron a casa a comer y cuando terminaron volvieron a llamar a la puerta. Para cuando estuvieron colocadas las estanterías, el suelo y casi todos los libros estaban cubiertos por medio centímetro de serrín.
—Podemos arreglarlo después y dejarlo todo ordenado —dijo Wally.
—Ya lo ordenaré yo —respondió Florence. Se sentía henchida de amor por ellos—. Me gustaría daros algo para vuestro cuartel general.
Su cuartel era un viejo barco de tres mástiles que había encallado en el estuario.
—Tenéis ya algún libro de códigos de morse, o el Diccionario Médico de Pears?
—Me temo que no.
Estaban los dos igual de desconcertados.
—Mira, Wally. Quiero que te lleves estos taladros. A mí ya no me sirven para nada, no sé utilizarlos. Si quiero hacer un agujero en algún lado, tendré que mandarte un recado.
—Gracias. Desde luego que nos vendrán bien —dijo Wally—. Pero con cada trabajo que hacemos estamos obligados a contribuir con el valor de doce ladrillos a la nueva Casa de Baden-Powell que están construyendo en South Kensington.
Florence le dio cinco libras y él se cuadró.
—South Kensington es un barrio de Londres —explicó el chico.
Los Scouts, sobre los que Raven ejercía una influencia misteriosa pero directa, regresaron para pintar, y después ella quedó libre, tras rechazar otra oferta al respecto, para ordenar los libros.
Los libros nuevos venían en paquetes de dieciocho, envueltos en un fino papel marrón. A medida que los fue sacando de las cajas, fueron formando su propia jerarquía social. Los más pesados y lujosos que hablaban sobre casas de campo, los libros sobre las iglesias de Suffolk, las memorias de los hombres de Estado en varios volúmenes, tomaron el lugar que les correspondía por derecho natural en la ventana delantera. Otros, indispensables, pero no aristocráticos, ocuparían las estanterías centrales. Ése era el lugar para los libros sobre coches —desde el Austin hasta el Wolseley—, obras técnicas sobre el pulido de los guijarros, la vela, los clubs de ponis, las flores silvestres y pájaros, y para los mapas de la región y las guías. Entre éstos, las exitosas memorias sobre la guerra, con sobrecubiertas de color caqui y rojo oscuro, se enfrentaban unas a otras como rivales en aguda hostilidad. Al fondo, entre las sombras, colocó los Perseverantes, sobre todo filosofía y poesía, a los que tenía poca esperanza de perder de vista. Los Permanentes —diccionarios, libros de consulta y ese tipo de cosas— irían directamente a la parte de atrás del todo, con las Biblias y los libros para premios que, era de esperar, la señora Traill, de la escuela primaria, entregaría a sus mejores alumnos. Por último, estaban las cajas de restos en mal estado procedentes de Müller’s. Algunos incluso eran de segunda mano. Aunque le habían enseñado que nunca se miran los libros por dentro mientras se está trabajando, abrió uno o dos, viejas ediciones de Everyman con sus tapas de color aceituna estampadas en oro[6]. Allí estaban las elaboradas guardas que siempre le habían dado que pensar cuando era pequeña. Un buen libro es la preciosa savia del alma de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida. Después de vacilar un poco, los colocó entre Religión y Primeros Auxilios.
La pared de la derecha la dejó para los libros de tapa blanda. A un chelín y seis peniques cada uno, de colores vistosos, enormemente democráticos, llenaron las estanterías en filas bien disciplinadas. Se moverían con rapidez y contaban con su aprobación; pero se acordaba de aquel mundo en el que sólo los extranjeros se contentaban con tener sus libros encuadernados en papel. Los Everyman, con su dignidad raída, parecían enfrentarse a ellos lanzándoles miradas de reproche.
En la cocina (ya que no quedaba nada de sitio en la propia tienda) había dos cajones profundos consagrados a los Libros de los Libros: el Libro Mayor, el de Pedidos, el de Compras, el de Devoluciones y el de Dinero de Caja. Todavía en blanco, con sus dobles columnas intactas, estos libros no queridos amenazaban el bienestar silencioso de las estanterías vecinas. No muy buena con las cuentas, Florence habría preferido que se quedaran sin lectores. Esto suponía un problema, así que le pidió a la astuta sobrina de Jessie Welford, que trabajaba en una empresa de contabilidad en Lowestoft, que viniera una vez al mes para echarles un vistazo.
—Una breve comprobación del balance de vez en cuando —dijo Ivy Welford con condescendencia, como si fuera un tónico para los cortos de mente. Sus conocimientos mundanos, para una chica de veintiuno como ella, eran alarmantes, y habría que pagarla, por supuesto; pero tanto el señor Thornton como el director del banco parecieron aliviados cuando oyeron que había hablado con Ivy. Tenía la cabeza en su sitio, dijeron.