Hoy Ricardo parece especialmente triste. Apenas habla, la vista clavada en el interior de la botella de cerveza. Frente a él, Horacio Ricott se distrae leyendo la prensa. A la segunda ronda deciden por fin hablarse.

—¿Qué te pasa, Ricardo?

—No sé, estoy raro, no lo tomes muy en serio, pero es como si hoy no me apeteciera vivir.

Horacio se lo tomó totalmente en serio, de sobra conocía ese sentimiento de abandono, de desfallecimiento total, de inmensa tristeza, de cansancio, en definitiva.

—¿Ha pasado algo que deba saber? ¿O algo que quieras contarme?

—No, no, nada especial —dijo Ricardo—. Simplemente, que hay días que me da por pensar qué hacemos aquí, si todo esto tiene algún sentido, si hay derecho a que estemos rodeados por la caterva de imbéciles y sinvergüenzas que mueven los hilos de la cosa, si hay que seguir tragando todas las estupideces que dicen los que dirigen esto, no vayas a pensar mal, no hablo solo de políticos, sino también de empresarios, sindicalistas, periodistas y fantoches diversos, incluido el retrasado del bar de la esquina. Carajo, no sé por qué hablar resulta gratis, la cantidad de maldades y tonterías que algunos sueltan por sus boquitas. Deberían vigilarlos de cerca, o mejor aún, cobrarles por hablar, así al menos se lo pensarían dos veces antes de decir tantas maldades y tantas pelotudeces.

Horacio sonrió. Compartía la repulsa ante la catarata de estupideces que algunos seres humanos podían pronunciar y que siempre quedaban impunes, mentiras, maledicencias, calumnias… De buena gana le habría retirado a la gente de esa calaña el derecho a expresarse, pero eso chocaba de lleno con su escrupuloso respeto a la libertad y al derecho de expresión, por lo que en realidad estaba hecho un lío.

Así que recurrió a lo que mejor sabía hacer, recetar, pues casi todo está ya escrito y pensado por alguien antes que nosotros. Agarró su libreta, que en realidad parecía más un talonario, y escribió unas palabras.

Ricardo lo recibió con la calma del que está acostumbrado a que le entreguen numerosas recetas similares. Lo miró, levantó la vista para ver a Horacio, lo dobló en dos pedazos y lo guardó en el bolsillo de la camisa.

—¿Es un escritor de los Balcanes? —preguntó.

Horacio se encogió de hombros.

—La verdad es que nadie lo sabe —dijo—, es un tipo muy esquivo, pero por su nombre podría serlo. Ah —añadió el recetador—, no te resultará fácil encontrar el libro, apenas hay ejemplares publicados. Fue un auténtico desastre editorial.

Ricardo volvió a mirar la receta: El contrabandista de palabras, de Oilatan Tiasaj.

Le pareció un título muy comercial, poco trabajado, y además el tal Oilatan no sé qué era un autor del que nunca había oído hablar, ni mucho menos había leído nada. Pero fue el título que su amigo Horacio escribió cuando extendió la receta, algo sobre la degradación de las ideas y del lenguaje, sobre los soberbios analfabetos que hablan de más, sobre los humildes que no dicen lo que piensan, y sobre las bastardas reglas del juego, de este juego que al solitario exlocutor Ricardo Kublait le lleva a abrir la primera página de este libro en uno de esos atardeceres en que las callecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo.