XV. Vuelta a Guermantes

Racimo

Y a no son un apellido; por fuerza han de sernos menos que lo que soñábamos de ellos. ¿Menos? Y quizá más, también. Ocurre con un monumento lo que con una persona. Se nos impone por un signo que generalmente ha escapado a las descripciones que de él se nos han hecho. Lo mismo que será el plegarse de su piel cuando ríe, o ese gesto un tanto simple de la boca, la nariz demasiado grande, o su caída de espaldas, lo que nos chocará en la primera ocasión en que vemos a un personaje célebre del que se nos ha hablado, lo mismo sucede cuando vemos por primera vez San Marcos de Venecia, el monumento nos parecerá bajo ante todo, bajo y ancho con las astas de bandera como un palacio de exposición, o en Jumiéges esas gigantescas torres de catedral en el patio del conserje de una pequeña propiedad de los alrededores de Rouen, o en Saint-Wandrille esa encuademación rococó de un misal romántico, como en una ópera de Rameau ese aspecto galante de un drama antiguo. Las cosas son menos bellas que el sueño que tenemos de ellas, pero más concretas que la noción abstracta que se tiene de ellas. ¿Te acuerdas con qué placer recibías las simples cartas tan felices que yo te enviaba de Guermantes? Luego muchas veces me has pedido: «Relátame un poco tu placer». Pero a los niños no les gusta dar la impresión de haber experimentado placer, por miedo de que los padres no los compadezcan.

Te aseguro que tampoco les gusta dar la impresión de haber sentido pena para que sus padres les compadezcan demasiado. Nunca te he hablado de Guermantes. Tú me preguntabas cómo es que todo lo que yo he visto, y que tú creías que me iba a hacer falta, había supuesto una decepción para mí, siendo así que Guermantes no lo fue. Pues bien, no encontré en Guermantes lo que buscaba. Pero encontré otra cosa. Lo que hay de bello en Guermantes, es que los siglos que ya no existen luchan por perdurar todavía; el tiempo ha adoptado la forma del espacio, pero no se le confunde. Cuando se entra en la iglesia, a la izquierda, hay tres o cuatro arcadas redondas que no se parecen a los arcos ojivales del resto y que desaparecen encastradas en la piedra de la muralla, en la construcción más nueva en la que se las ha engarzado. Es el siglo XI, con sus pesadas espaldas redondas que está allí, furtivamente aún, al que se ha tapiado, y que mira con asombro al siglo XIII y al XV que se ponen delante de él, que ocultan aquella troquedad y que nos sonríen. Pero reaparece más abajo, con más libertad, en la sombra de la cripta, o entre dos piedras, como la mancilla de los antiguos homicidios que cometió aquel príncipe en las personas de los hijos de Clotario (…) dos pesados arcos bárbaros de tiempos de Chilperico. Se advierte a la perfección que se cruzan los tiempos, como cuando un recuerdo antiguo nos viene a la memoria. Esto no ocurre ya en la memoria de nuestra vida, sino en la de los siglos. Cuando se llega a la sala del claustro, que da entrada al castillo, se pasa sobre las tumbas de los abades que gobernaron este monasterio desde el siglo VIII, y que están tumbados bajo nuestros pies y las losas grabadas; están echados con una cruz en la mano, hollando con los pies una hermosa inscripción latina.

Y si Guermantes no decepciona, como todas las cosas de la imaginación cuando se convierten en algo real, es sin duda porque en ningún momento constituye algo real, pues incluso cuando uno se pasea, se siente que las cosas que hay allí no son más que la envoltura de otras, que la realidad no está allí sino muy lejos, que esas cosas con las que se ha tomado contacto no son más que una encarnación del Tiempo, y la imaginación trabaja sobre el Guermantes visto, como sobre el Guermantes leído, porque todas esas cosas no son todavía más que palabras, palabras llenas de magníficas imágenes y que significan otra cosa. Se trata en efecto de este gran refectorio empedrado de diez, luego veinte, luego cincuenta abades de Guermantes, todos de tamaño natural, representando los cuerpos que están debajo. Es como si un cementerio de hace diez siglos hubiera vuelto a nosotros para servirnos de embaldosado. El bosque que desciende en pendiente por debajo del castillo, no es como esos bosques que hay alrededor de los castillos, bosques de caza que no son más que una multiplicación de árboles. Es el antiguo bosque de Guermantes, en donde cazaba Childeberto, y, en verdad, como en mi linterna mágica, como en Shakespeare o en Maeterlinck, «a la izquierda hay un bosque». Se dibuja sobre la colina que domina Guermantes, él ha afelpado de verde trágico el lado oeste, como en la ilustración iluminada de una crónica merovingia. Gracias a esta perspectiva, aunque profundo, está delimitado. Es «el bosque» que en el drama aparece «a la izquierda». Y al otro lado, abajo, el río en donde fueron arrojados los desnervados de Jumiéges las torres del castillo todavía, no te digo que sean de aquel tiempo, sino que están en aquel tiempo. Es lo que conmueve cuando se las contempla. Siempre se dice que las cosas antiguas han visto muchas cosas luego y que ahí reside el secreto de su emoción. Nada más falso. Mira las torres de Guermantes: ven todavía el cabalgar de la reina Matilde, su consagración por Carlos el Malo. Luego no han visto ya nada. El instante en que viven las cosas lo fija el pensamiento que las refleja. En ese momento son pensadas, reciben su forma. Y su forma, hace durar inmortalmente un tiempo en el seno de otros. Sueña que se elevaron las torres de Guermantes erigiendo allí indestructiblemente el siglo XIII, en una época en que, por muy lejos que llegara su vista, no habrían percibido para saludarlas y sonreírles las torres de Chartes, las torres de Amiens, ni las torres de París, que aún no existían. Más antigua que ellas, piensa en ese algo inmaterial, la abadía de Guermantes, más antigua que estas construcciones, que existía desde hacía mucho tiempo, cuando Guillermo partió a la conquista de Inglaterra, mientras que las torres de Beauvais, de Bourges, no se alzaban todavía, y que durante la noche el viajero que se alejaba no las veía por encima de las colinas de Beauvais elevarse al cielo, en una época en que las casas de La Rochefoucauld, de Noailles, de Uzés, apenas alzaban a ras de tierra su poder que iba a ascender lentamente como una torre hasta los aires, atravesar uno a uno los siglos, mientras que, torre lardera de la feroz Normandía, Harcourt con su apellido orgulloso y amarillento aún no tenía en lo alto de su torre de granito cincelado los siete florones de la corona ducal, mientras que, bastión a la italiana que iba a convertirse en el mayor castillo de Francia, Luynes no había hecho brotar todavía de nuestro suelo todas esas señorías, todos esos castillos de príncipe, y todos esos castillos fortaleza, el principado de Joinville, las fortificaciones almenadas de Châteadum y de Montfort, las enramadas del bosque de Chevreuse con sus armiños y sus corzas, todas esas posesiones místicamente al sol a través de Francia, un castillo en el mediodía, un bosque en el oeste, una villa al norte, todo eso unido por alianzas y cercado por murallas, todas esas posesiones al sol brillante, unidas la una a la otra abstractamente por su poder como en un símbolo heráldico, como un castillo de oro, una torre de plata, estrellas de arena que a través de los siglos han inscrito simétricamente conquistas y matrimonios en los cuarteles de un campo de azur.

—Pero si estabas a gusto, ¿por qué volviste?

—Ahora verás. Una vez, contrariamente a nuestras costumbres, habíamos ido a dar un paseo durante el día. En un paraje por el que ya habíamos pasado algunos días antes y desde el que la vista abarcaba una hermosa extensión de campos, bosques, caseríos, de repente, a la izquierda, una franja del cielo en una pequeña extensión pareció oscurecerse y adoptar una consistencia, una especie de vitalidad, de irradiación que no habría tenido una nube, y por fin cristalizó conforme a un sistema arquitectónico en forma de una pequeña ciudad azulada dominada por un doble campanario. Inmediatamente reconocí la figura irregular, inolvidable, querida y temible. ¡Chartres! ¿De dónde provenía aquella aparición de la ciudad junto al cielo, como tal gran figura simbólica aparecía la víspera de una batalla a los héroes de la Antigüedad, como… vio Cartago, como Eneas?… (Laguna en el manuscrito).

Pero si la edificación geométrica y vaporosa que relucía vagamente, como si la hubiese mecido imperceptiblemente la brisa, tenía ese aspecto de aparición sobrenatural, era tan familiar, ponía en el horizonte la figura amada de la ciudad de nuestra infancia, como en ciertos paisajes de Ruysdaél, a quien agradaba, en la lejanía del cielo unas veces azul, otras gris, que se distinguiera su querido campanario de Harlem…

CUANDO íbamos a Combray con mi abuela, siempre nos obligaba a detenernos en Chartres. Sin saber demasiado por qué, veía en ellos esta ausencia de vulgaridad y de pequenez que hallaba en la naturaleza, cuando la mano del hombre no la retoca, y en esos libros que con estas dos condiciones —falta de vulgaridad, y ausencia de afectación— creía inofensivos para los niños, en esas personas que no tienen nada de vulgar ni de mezquino. Creo que veía en ellos un aire «natural» y «distinguido». De cualquier forma, le gustaban y pensaba que saldríamos ganando viéndolos. Como no sabía absolutamente nada de arquitectura, ignoraba que fuesen bellos y decía: «Hijos míos, podéis reíros de mí, no son parejos, quizá no son hermosos 'según los cánones', pero su vieja figura irregular me gusta. En su tosquedad hay algo que me resulta muy agradable. Creo que si tocaran el piano, lo harían con alma». Y al mirarlos, los seguía tan bien que su cabeza, su mirada, se lanzaba, diríase que quería lanzarse hacia ellos, y al mismo tiempo, sonreía bondadosamente a las viejas piedras gastadas.

Pienso incluso que ella, que no «creía», tenía sin embargo esa fe implícita, que aquella especie de belleza que hallaba en ciertos monumentos, la situaba, sin apercibirse, en otro plano, en un plano más real que nuestra vida. Pues el año en que murió de un mal que conocía y cuyo desenlace no ignoraba, vio por primera vez Venecia de la que no le gustó de verdad más que el palacio de los Dogos. Se sentía feliz cada vez que aparecía a la vuelta de un paseo, a lo lejos sobre la laguna, y sonreía a las piedras grises y rosas con esa actitud imprecisa que adoptaba cuando trataba de entrar en un sueño noble y oscuro. Pues bien, manifestó en varias ocasiones que se sentía muy dichosa de haberlo visto antes de morir, de pensar que podía no haberlo visto. Creo que en un momento en que los placeres que no son más que placeres dejen de contar, pues el ser para el que son placeres no existirá ya, y que al desvanecerse uno de los dos términos desaparece el otro, no habría atribuido tanta importancia a aquella alegría, si no hubiese experimentado una de esas alegrías que, en un sentido que comprendemos mal, sobreviven a la muerte, dirigiéndose en nosotros a algo que cuando menos no se halla bajo su imperio. El poeta que da su vida a una obra de la que no recogerá los frutos más que después de su muerte, ¿obedece realmente al deseo de una gloria que no disfrutará? ¿Y no es más bien una parte eterna de él mismo la que actúa, mientras que se entrega él (e incluso si aquélla no puede actuar más que en esta vida efímera) a una obra igualmente eterna? Y si hay contradicción entre lo que sabemos de la fisiología y la doctrina de la inmortalidad del alma, ¿no existe contradicción también entre algunos de nuestros instintos y la doctrina de la desaparición total? Quizá no sea más verdadera la una que la otra, y la verdad se halle en otra parte, como por ejemplo, en el caso de dos personas a quienes se hubiese hablado del teléfono hace cincuenta años, si la una hubiese creído que se trataba de una superchería, y la otra que era un fenómeno de acústica y que la voz se conservaba indefinidamente en tubos, ambas se habrían equivocado igualmente.

YO NO podía mirar jamás sin tristeza los campanarios de Chartres, pues muchas veces acompañábamos a mamá hasta Chartres cuando dejaba Combray antes que nosotros. Y la forma ineluctable de los dos campanarios se me antojaba tan terrible como la estación. Me dirigía hacia ellos como hacia el instante en que habría que decir adiós a mamá, sentir cómo mi corazón se partía en el pecho, alejarse de mí para seguirla y volver solo. Me acuerdo de un día especialmente triste…

Habiéndonos invitado Mme. de Z… a ir a pasar algunos días a su casa, se decidió que partiría ella con mi hermano y que yo me reuniría con ella algo más tarde, con mi padre. No me lo dijeron para que no me sintiera de antemano demasiado triste. Pero nunca he podido comprender cómo cuando se intenta ocultarnos alguna cosa, el secreto, por muy bien guardado que esté, actúa involuntariamente en nosotros, nos provoca una especie de irritación, de sentimiento persecutorio, y de delirio de búsqueda. Es así cómo en una edad en que los niños no pueden tener idea alguna de las leyes de la procreación, notan que se les engaña, tienen el presentimiento de la verdad. No sé yo qué indicios misteriosos se acumularon en mi cerebro. Cuando la mañana de la marcha entró mamá alegremente en mi alcoba, en mi opinión disimulando la pena que también sentía, y me dijo riendo, mientras citaba a Plutarco: «Ante las grandes catástrofes, Leónidas sabía mostrar un rostro… (Laguna en el manuscrito). Espero que mi pajarito sea digno de Leónidas», yo le contesté: «Te vas» con un tono tan desesperado que se sintió visiblemente turbada; creí que quizá pudiese retenerla o hacer que me llevara consigo; yo creo que fue eso lo que dijo a mi padre, pero sin duda él se negó, y me dijo ella que todavía tenía algo de tiempo antes de ir a prepararse, y que había reservado ese tiempo para hacerme una pequeña visita.

Ella tenía que marchar, ya lo he dicho, con mi hermanito, y como dejaba la casa mi tío lo había llevado a Evreux para que lo fotografiaran. Le habían rizado los cabellos como a los hijos del conserje cuando se los fotografía, su grueso rostro lo ceñía un casquete de pelo negro esponjoso con grandes lazos colocados como los de una infanta de Velásquez; lo miré con la sonrisa del niño de más edad hacia el hermano a quien quiere, sonrisa en la que no se sabe qué hay más, admiración, superioridad irónica o ternura. Mamá y yo fuimos a buscarlo para que yo le dijese adiós, pero fue imposible encontrarlo. Comprendió que no podría llevarse el cabritillo que le habían dado, y que era, con un carrito magnífico que llevaba siempre consigo, todo su cariño, y que «prestaba» algunas veces a mi padre, haciéndole un favor. Como después de la estancia en casa de Mme Z… volvía a París, pensaban regalar el cabritillo a los colonos vecinos. Mi hermano, presa y colmado de dolor, había querido pasar el último día con su cabritillo, o quizá también, creo, ocultarse, para vengarse haciéndole perder el tren a mamá. Lo cierto es que, tras haberlo buscado por todas partes, bordeamos el bosquecillo en cuyo centro se hallaba la explanada donde se enganchaban los caballos para sacar el agua, y a donde jamás iba ya nadie, sin pensar ni por un momento que mi hermano pudiese estar allí, cuando una conversación entrecortada por gemidos hirió nuestros oídos. Era en efecto la voz de mi hermano, e inmediatamente notamos que no podía vernos; sentado en el suelo contra su cabritillo y acariciándole cariñosamente la cabeza con la mano, besándole en su nariz pura y algo rojiza de presumido, insignificante y cornudo, el grupo recordaba muy poco al que los pintores ingleses han solido dar de un niño acariciando un animal. Si mi hermano, con su trajecito de fiesta, y su faldón de encaje, sosteniendo en una mano, junto al inseparable carrito, taleguillas de seda en donde se le había metido su merienda, su neceser de viaje y espejitos de cristal, tenía toda la magnificencia de los niños ingleses junto al animal, su rostro, en cambio, no expresaba, bajo ese lujo que hacía más sensible el contraste, más que la más feroz desesperación, tenía los ojos encarnados, el cuello oprimido por los perifollos, como una princesa de tragedia pomposa y desesperada. A veces, con su mano desbordada por el carrito, las taleguillas de satén que no quería dejar, pues con la otra no dejaba de estrechar y acariciar al cabritillo, recogía sus cabellos sobre la cabeza con la impaciencia de Fedra.

Quelle importune main en formant tous ces noeuds,

A pris soin sur mon front d'assambler mes cheveux?

(¿Qué inoportuna mano haciendo todos esos lazos,

Se ha preocupado de reunir sobre mi frente los cabellos?).

«Cabritillo mío, exclamaba, atribuyendo al cabritillo la tristeza que sólo él experimentaba, vas a ser desgraciado sin tu amito, ya no me volverás a ver más, nunca, nunca», y sus lágrimas nublaban sus palabras «nadie será bueno contigo, ni te acariciará como yo. Pero qué bien te portabas, niñito mío, cariñito mío», y notando que sus llantos lo ahogaban se le ocurrió de golpe, para llevar al colmo su desesperación, la idea de cantar una tonada que había oído a mamá y cuya conformidad con la situación redoblaba los sollozos. «Adiós, voces extrañas me reclaman lejos de ti, apacible hermana de los ángeles».

Pero mi hermano, aunque no tenía más que cinco años y medio era más bien de natural violento, y pasando del enternecimiento de sus desgracias y las de su cabritillo a la cólera contra los perseguidores, tras un segundo de vacilación, se puso a destrozar tirando con fuerza al suelo los espejillos, a pisotear las talegas de satén, a arrancarse, no los cabellos, sino los lacitos que le habían puesto en el pelo, a rasgar su bonito traje asiático, lanzando agudos chillidos: «¿Por qué estar guapo si ya no te veré más?», exclamó llorando. Mi madre, viendo desgarrar los encajes del traje, no pudo seguir insensible ante un espectáculo que hasta aquí más bien la había enternecido. Se adelantó, mi hermano oyó el ruido, se calló inmediatamente, la divisó sin saber si había sido visto, y con un aire muy atento y retrocediendo se ocultó detrás del cabritillo. Pero mi madre fue hacia él. Había que irse, pero él puso como condición que el cabritillo lo acompañara hasta la estación. El tiempo apremiaba, mi padre, desde abajo, se extrañaba de no vernos volver, y mi madre me había enviado a decirle que nos reuniéramos en la vía que se atravesaba pasando por un atajo de detrás del jardín, pues sin ello habríamos corrido el riesgo de perder el tren, y mi hermano se adelantó llevando al cabritillo de la mano como para el sacrificio, y con la otra tirando de las talegas que habíamos recogido, los pedazos de los espejos, el neceser y el carrito que arrastraba por el suelo. Por momentos, sin atreverse a mirar a mamá, lanzaba dirigidas a ella, sin dejar de acariciar al cabritillo, palabras sobre la intención de las cuales no podía ella engañarse: «Mi pobre cabritillo, no eres tú el que busca entristecerme, separarme de los que yo quiero. Tú no eres una persona, pero no eres malo tampoco, no eres como estos malos», decía echando una mirada de reojo a mamá, como para apreciar el efecto de sus palabra y ver si no se había pasado de la raya, «tú, nunca me has hecho sufrir», y se ponía a sollozar. Pero llegado al ferrocarril, y habiéndome pedido que le tuviera un momento el cabritillo, en su rabia contra mamá se abalanzó, se sentó en medio de la vía, y mirándonos con un aire de desafío, no se movió. En aquel lugar no había barrera. En cualquier momento podía pasar un tren. Mamá, loca de miedo, se abalanzó sobre él, pero por más que tiraba con una fuerza inaudita de su trasero sobre el cual tenía la costumbre de dejarse resbalar y recorrer el jardín cantando en los días mejores, él se pegaba a los raíles sin que lograra arrancarlo de allí. Ella estaba lívida de terror. Afortunadamente mi padre llegaba con dos criados que venían a ver si se necesitaba algo. Se precipitó, arrancó a mi hermano, le propinó dos cachetes, y dio la orden de que se devolviera el cabritillo. Aterrorizado, mi hermano tuvo que marchar, pero mirando durante mucho tiempo a mi padre con un furor concentrado, exclamó: «¡Ya no te prestaré jamás mi carrito!». Luego, comprendiendo que ninguna palabra podría superar el furor de aquélla, no dijo nada más. Mamá me cogió aparte y me dijo: «Tú que eres mayor, sé razonable, te lo pido, no pongas cara triste en el momento de la marcha, tu padre ya está enojado porque yo me voy, trata de que no nos encuentre a los dos insoportables». Yo no proferí ni una queja para mostrarme digno de la confianza que ella me testimoniaba y de la misión que me confió. A veces se apoderaba de mí una furia irresistible contra ella, contra mi padre, un deseo de hacerlos perder el tren, de estropear su plan urdido contra mí para separarme de ella. Pero se estrellaba ante el miedo de causarle pena, y seguía sonriendo y destrozado, helado de tristeza.

Volvimos a almorzar. En honor «de los viajeros» se había confeccionado un almuerzo copioso, con entrantes, ave, ensalada, dulces. Mi hermano que seguía fiero en su dolor, no dijo una palabra durante toda la comida. Inmóvil en su silla alta, parecía absorto en su pesar. Se hablaba de unas cosas y otras, cuando al término de la comida, en los postres, resonó un grito agudo: «Marcel tiene más crema en el chocolate que yo», exclamó mi hermano. Había sido necesaria la justa indignación contra una injusticia semejante para hacerle olvidar el dolor de hallarse separado de su cabritillo. Mi madre me dijo por lo demás que no había vuelto a hablar de aquel amigo, al que la naturaleza de los apartamentos de París le había obligado a dejar en el campo, y creemos que jamás volvió a acordarse.

Salimos para la estación. Mamá me había pedido que no la acompañara a la estación, pero cedió ante mis ruegos. Desde la última velada, adoptaba la actitud de considerar mi pena legítima, de comprenderla, de pedirme únicamente que la contuviera. Una vez o dos en el camino, me invadió una especie de furor, me consideraba como perseguido por ella, y de mi padre, que me impedía partir con ella, habría querido vengarme haciéndolo perder el tren, impidiéndole partir, pegándole fuego a la casa; pero estos pensamientos no duraron más que un segundo; una sola palabra algo dura espantó a mi madre, pero muy pronto volví a mostrar mi apasionada ternura por ella, y si no la besé tanto como hubiera querido fue por no apenarla. Llegamos delante de la iglesia, luego apretamos el paso. Esta marcha hacia lo que se teme, los pasos que avanzan y el corazón que huye… Luego se volvió una vez más. «Vamos cinco minutos adelantados», dijo mi padre. Al cabo divisé la estación. Mamá me apretó ligeramente la mano haciéndome seña de que me mostrara firme. Nos fuimos al andén, subió ella a su vagón y le hablamos desde abajo. Vinieron a decirnos que nos apartáramos, que el tren iba a salir. Mamá me dijo sonriendo: «Régulo asombraba por su entereza en las circunstancias dolorosas». Su sonrisa era la que esbozaba al citar cosas que juzgaba pedantes, y para adelantarse a las burlas si se equivocaba. También servía para indicar que lo que yo consideraba un pesar muy desgraciado, y nos había dicho adiós a todos, dejó que mi padre se alejara, me llamó un segundo y me dijo: «Los dos nos comprendemos, ¿verdad, lobito mío? Mi niño tendrá mañana una cartita de su mamá si es muy bueno. Sursum corda», añadió con esa indecisión que afectaba al pronunciar una cita latina, para dar la impresión de equivocarse. El tren partió, me quedé allí, pero me pareció que algo de mí se iba también.

ASÍ ES cómo lo vi cuando volvía de los paseos por Guermantes y cuando tú no tenías que venir a darme las buenas noches a mi cama, así lo veía cuando te dejamos en el ferrocarril y yo veía que había que vivir en una ciudad en la que tú ya no ibas a estar. Entonces sentí esa necesidad que sentía entonces, mamaíta mía, y que nadie podía comprender, de estar cerca de ti y besarte. Y como las personas mayores tienen menos valor que los niños, y su vida es menos cruel, hice lo que habría hecho, si me hubiera atrevido, los días que acababas de dejar Combray, cogí el tren. Repasé mentalmente todas las posibilidades de marchar, de alcanzar todavía el tren de la noche, la resistencia que quizás encontraría porque no se comprendería mi deseo salvaje, mi necesidad de ti como la necesidad de aire cuando uno se ahoga. Y Mme. de Villeparisis, que no lo comprendía, pero que advirtió que la vista de Combray me había conmovido, guardaba silencio. Aún no sabía lo que tenía que decirle. Quería hablar sobre seguro, saber de los trenes, encargar el coche, que no se me lo pudiese ya materialmente impedir. Y yo caminaba a su lado, hablábamos de las visitas del día siguiente, aunque yo sabía bien que no las haría. En fin, llegamos, el pueblo, el castillo, ya no me daban la sensación de que pudiera yo vivir mi vida, sino una vida que seguía ahora sin mí, como la de las gentes que nos dejan en el tren y vuelven sin nosotros a reemprender las ocupaciones del pueblo. Encontré una pequeña nota de Montargis, dije que era tuya, que me obligaba a marchar, que me necesitabas para un asunto. Mme. de Villeparisis se sintió desolada, y muy amable, me llevó a la estación, y tuvo esas palabras que la coquetería de la dueña de la casa y las tradiciones de la hospitalidad hacen que se parezcan a la emoción y a la amistad. Pero en París, verdad o mentira, me dijo luego: «No necesité ver su nota. Ya lo dije yo a mi marido. De camino, mientras volvíamos, ya no era usted el mismo y comprendí en seguida: es un muchacho de alma atormentada. Traza proyectos para las visitas que hará conmigo mañana, pero esta noche saldrá camino a París».

—Eso me apena, pobre lobito mío —me dijo mamá con voz turbada—, pensar que de nuevo mi chiquitín sintió una pena así, cuando dejé Combray. Pero lobito mío, hay que hacerse un corazón más duro que todo eso. ¿Qué habrías hecho si tu mamá hubiera estado de viaje?

—Los días se me habrían hecho largos.

—Pero si yo me hubiese ido para meses, para años, para…

Nos callamos los dos. Entre nosotros nunca hemos intentado demostrar que cada uno amaba al otro más que a nada en el mundo: jamás lo habíamos dudado. Se trataba de hacernos creer que nos queríamos menos de lo que parecía, y que la vida la podría soportar el que se quedase solo. Yo no deseaba que se prolongara aquel silencio, pues para mi madre se llenaba de aquella angustia tan grande que debió sentir tantas veces y que es lo que me reconforta más, al pensar que no era nueva en ella, para recordar que ella la sentiría en la hora de su muerte. Le cogí la mano casi con calma, la besé y dije:

—Sabes, puedo recordarlo, lo desgraciado que me siento durante los primeros días que nos separamos. Después, sabes que mi vida se organiza de otra manera, y sin olvidar a los seres que quiero, ya no necesito de ellos, y prescindo muy bien de ellos. Me siento enloquecido los ocho primeros días. Después me quedaré bien estando solo durante meses, años, siempre.

Dije: siempre. Pero por la noche, hablando de otra cosa, le dije que contrariamente a lo que hasta aquí había creído, los últimos descubrimientos de la ciencia y las investigaciones más extremas de la filosofía invalidaban el materialismo, hacían de la muerte algo aparente, y las almas eran inmortales y un día volverían a encontrarse…